Xtories

Historia de un matrimonio morboso

Silvia ya no quiere fantasías: quiere que otro hombre la use mientras él mira. Con ojos vendados y el corazón acelerado, Manuel debe encontrar al desconocido perfecto para convertir su mayor tabú en una noche de hotel que cambiará todo.

ManuySilvia27K vistas8.9· 21 votos

HISTORIA DE UNA MATRIMONIO MORBOSO (Parte 1)

Silvia y yo (Manuel) nos conocimos cuando ella tenía 24 años y yo 29. Silvia mide 1,60, pesa 64 k, y tiene una talla 100 de pecho, con unos pezones grandes, y unas aureolas marrones y grandes, también, como si fueran una galleta Cuétara. Con curvas muy morbosas, tiene algo de gordibuena que vuelve locos a los tíos. Guapísima de cara, y con unas piernas bellísimas. Yo mido 1,80, peso unos 85 k, no soy feo y de polla gasto unos 17 centímetros. No es gruesa de exageración, pero delgada tampoco. Desde el primer momento fuimos muy morbosos en la cama. Ella se había acostado con bastantes chicos (18 según sus cuentas), y yo, aunque con menos tantos en mi haber, tampoco tenía poca experiencia. Excepto analmente, ella ya había dado mucho uso a su vagina y había mamado siempre las pollas de sus novios, amantes o rollitos de una noche, y en más de una ocasión se había tragado su semen. Analmente era virgen, sí, pero eso se solucionó a los dos meses de que estuviéramos saliendo. Le folle el culo, por primera vez, en el asiento trasero de mi coche. Y mientras ella gritaba, medio de dolor y medio de placer, yo terminé de enamorarme de ella, en ese momento, como un becerro.

Nos gustaba follar en baños de bares, parques, en el coche, con las persianas subidas y las cortinas descorridas, por si alguien nos miraba. También, cuando íbamos a hostales (nos ponía mucho ir a hostales de mala muerte a follar en vez de a hoteles más o menos decentes), ella gritaba y gemía mucho más fuerte de lo normal para que el resto de los inquilinos nos oyeran. Los juguetes eróticos no tardaron en llegar, claro está. El follar en cabinas de sex shops también llegó. Y una vez entramos en un cine porno, cuando existían esas salas en Madrid, y me hizo una mamada mientras otros tíos nos miraban y yo veía la película en pantalla. Quise repetir aquella experiencia, pero ella se asustó un poco de verse rodeada de tíos, aunque no la tocaran ni hicieran nada, y nunca más volvimos a una sala X. Con el tiempo, esos locales desparecieron, y la opción de repetir ya era imposible.

Además de ser tan morbosos, nunca nos ocultamos fantasías ni secretos, y a mí me encantaba que me contara como follaba con sus exnovios, en donde se lo hacían y como. Me ponía mucho que me contara a cuál de ellos se volvería a follar, y cuando estábamos muy cachondos y bebidos, me llamaba por el nombre de algunos de ellos Como podéis imaginar, las fantasías de meter terceras personas en nuestras relaciones, en forma de trío o intercambio, era cuestión de tiempo que aparecieran.

Esta cuestión surgió de manera natural. Imagino que los dos los deseábamos, pero esperábamos que el otro diera el primer paso. Fue en su casa, un fin de semana que se había quedado sola, en la que mientras me la follaba a cuatro patas, mientras mamaba un consolador, la pregunté:

— ¿No te gustaría que fuera una polla de verdad lo que tienes en la boca y no un consolador?

Ella gimió fuertemente, pero no contesto. Noté como su coño se humedecía bastante.

—Contesta, puta—le exigí mientras aceleraba las embestidas y le daba más fuerte.

—Sííííííííí……-contestó.

— ¿Te gustaría que buscáramos a otro tío que te follara la boca mientras te folló a cuatro patas? Un tío de carne y hueso que te llame puta también mientras se corre en tu boca.

No llegó a contestar, ya que se corrió como una loca, y al oírla gemir de esa manera, y agarrarse a las sabanas de placer y morder la almohada gritando como nunca, yo también me corrí llenándola el coño de lefa.

Más tarde, en frio, le comenté que si se animaba a llevar a la realidad lo hablado mientras follábamos, pero me dijo que no. Que había sido muy morboso, pero que una cosa era la fantasía y otra la realidad. Que le gustaba hacer de todo, pero solo conmigo.

—Solo quiero ser puta contigo.

El tiempo fue pasando, y la fantasía, en la que la follábamos otro y yo a la vez, surgía, cuando estábamos en la cama, cada vez más. Lo que empezó a ser algo recurrente por mi parte cuando la veía muy caliente, empezó a ser algo más normal y ella se terciaba al juego y disfrutaba muchísimo. Fuimos introduciendo rostros conocidos, por darle más morbo. Nombres reales de personas qué a ella, físicamente, o por alguna otra razón, le daban morbo: un compañero de trabajo; exnovios; vecinos, amigos…etc.

Una noche, estando de fiesta los dos, ella propuso ir a un local de intercambio: “A tomar una copa a allí y mirar. Solamente a eso” me dijo. Fuimos a un local llamado Sala Trivial, que estaba en la otra punta de donde vivimos, en Madrid, para evitar encontrarnos, por alguna casualidad, con conocidos.

Cuando llegamos, y llamamos a la puerta, la dueña del local (los dueños eran un matrimonio) nos preguntó si era la primera vez que íbamos a un sitio de ese estilo. Ante nuestra respuesta afirmativa, se ofreció a enseñarnos el local. Después del recorrido, y de explicarnos las reglas, nos dejó solos. Nos pedimos un par de copas, nos sentamos en un sofá, y nos dedicamos a mirar, de manera disimulada, al resto de los clientes y a morbosear entre nosotros. Evidentemente, el resto de las personas también nos observaban curiosos. Éramos novatos, y eso se notaba. “Género nuevo” pensarían.

Se nos acercó una pareja, de unos 50 años. Ella estaba muy bien, pero él no, la verdad. Nos preguntaron si éramos novatos. Les dijimos que sí, hablamos un rato, y cuando les dijimos que estábamos allí solo para tomar una copa y tener primer contacto con ese mundillo, pero sin hacer intercambio de momento, se retiraron educadamente sin agobiar ni nada parecido. Al rato se acercó otra pareja, más o menos de nuestra edad. El mismo proceso que con la anterior, y sin problema. La educación y el saber estar de la gente hizo que nos relajáramos y nos pudiéramos tomar la copa tranquilamente. Después de la segunda copa, Silvia quiso bajar a los reservados a follar. Quería hacerlo, pero solo conmigo. Eso sí, quería mirar a otras parejas follando y que las otras parejas nos miraran a nosotros. Fue muy morboso y excitante, pero no volvimos más a ese tipo de locales. No era lo que andábamos buscando, si es que, en realidad, buscábamos algo.

Los años pasaron. Seguíamos follando, con nuestros morbos y nuestras fantasías. Unas veces más “bestias”, y otras veces menos. Ampliamos nuestra colección de juguetes eróticos. Nos casamos, tuvimos dos hijos (niño y niña) y de esa manera nos plantamos, yo en los 44 años, y ella en los 40. Una hipoteca, dos vástagos (uno de 8 años y otra de 5), y una vida en común bastante feliz. En la cama, seguíamos con lo nuestro. Yo de vez en cuando la animaba a hacerlo realidad, y ella siempre ponía alguna pega: tener hijos primero…criarlos…etc. No me molestaba que ella no quisiera, y a ella no le molestaba que yo se lo propusiera.

Con los años, nuestros juegos de cama habían ido ampliándose. Yo hablaba por un chat de cornudos de ella con otros hombres (sin enseñar fotos, por supuesto), y a ella le ponía muy cachonda que después le contara lo que había hablado con ellos y lo que estos habían dicho de ella. El cómo se la follarían, cuando, donde, etc. En ese momento, la fantasía del rol puta-cornudo era lo que más nos ponía. No un rol de cornudo sumiso, servicial e inactivo, no…pero si sentirme cornudo y ver como otro trataba como a su puta a mi mujer. Eso a ella también le ponía mucho. Naturalmente, seguíamos metiendo en nuestros juegos a conocidos. Los nombres y los rostros habían cambiado con los años, pero el morbo era el mismo. Y más, cuando quedábamos con alguno de esos conocidos, ya porqué fuera del grupo de amigos o ya porqué fuera compañero de trabajo de ella o mío, y los dos nos mirábamos de manera morbosa. Cuando estaba muy cachonda, me llamaba por los nombres de algunos de ellos y me llamaba cornudo. Varias veces le comí el coño, después de correrme dentro de ella, mientras me decía “cómete la lefa de tal o cual, cornudo” (los nombres variaban en cada sesión y otras veces se repetían).

Y así, como acabo de mencionar un poco más arriba, nos plantamos en los 44 y 40 años respectivamente.

Hace como cosa de un año, en una de nuestras salidas de pareja, en la que dejábamos a los niños con los abuelos, y nos íbamos a cenar, a abusar del alcohol y a casa a follar de manera muy salvaje sin las restricciones que se tienen al haber niños pequeños en casa, Silvia, mientras cenábamos, abordó el tema. Sin preliminares.

—De acuerdo—dijo mientras daba un sorbo de la copa de vino y me miraba muy sensualmente—. Hagámoslo.

—¿Hacer el qué?

—El que me folle otro delante de ti.

Casi me atraganto con el trozo de chuletón que tenía en la boca. Por un lado, porque no me esperaba que ella abordara el tema, y menos en frio. Cuando hablaba de ese tema era en la cama y ya cachondísima perdida. Por otro lado, porqué lo había dicho en un tono de voz un poco alto, con el riesgo consiguiente de que las mesas de al lado la hubieran escuchado. ¿Lo hizo aposta? No lo sé. Y no me importaba, la verdad. La única realidad es que mi polla se puso dura inmediatamente.

—¿Hoy?

—Hoy no, bobo. Quiero que lo prepares con tiempo. Y hay condiciones.

Ya, repuesto de la sorpresa inicial, me metí de lleno en la conversación e intenté llevar el control de esta.

—Dispara—le dije.

Volvió a beber vino para no perder, imagino, el valor que le había llevado a decidirse, y habló.

—Lo primero, quiero que sea alguien que no tenga más de 40 años. No lo quiero más mayor. Y hay que hacerlo con condón. Está muy bien que fantaseando imaginemos que me follan a pelo, pero una cosa es la fantasía y otra la realidad.

Su manera decidida de abordar el tema me mosqueó un poco.

—¿Hay algún tío que te quieres follar o que te esté follando y por eso me estás diciendo esto?

—¿En serio piensas eso? Vale, déjalo, olvídate de lo que te he dicho.

—No, no. Perdona—rectifiqué rápidamente—. Pero comprende, que después de tantos años pidiéndotelo, me sorprenda y piense…que se yo…

—Lo que pasa es que ya solo follamos si imaginamos que otro me folla. Y pienso que ya es hora ¿no?

Su crudeza de palabras casi me dolía…y me excitaba. Seguía teniendo la polla dura.

—Otra cosa—continuó hablando—: yo al tío no quiero verle. Quiero tener los ojos vendados en todo momento. Si le miro a la cara, lo mismo me echo para atrás. Me fio de ti para que escojas a alguien que sabes que me gustará. Y claro está, tiene que ser un desconocido. Fantasear con conocidos está muy bien, pero creo que los dos sabemos los problemas que puede acarrear eso.

—Es lo mejor, sí.

—Y tendrá que ser en un hotel. No quiero llevar a desconocidos a casa ni ir a casa de ellos.

—También lo había pensado yo así.

Continuamos cenando y hablando de cosas morbosas y sexuales. La cena fue pasando, y cuando iba a pedir la cuenta, mi mujer me dijo.

—Pide la cuenta mientras yo voy al baño de mujeres. Cuando hayas pagado, vienes y me follas, como a la puta que soy, en el baño.

Sin darme tiempo a replicarla, se levantó y se dirigió al baño. Yo llamé rápidamente al camarero. Aboné la cuenta dejando una generosa propina y me dirigí, discretamente, al baño de mujeres. Llamé a la puerta y con un leve “Soy yo”, le di a entender que me abriera. Ella abrió la puerta y me esperaba con la falda levantada hasta la cintura, sin bragas, sentada en la taza y tocándose. Entré, eché el pestillo tras de mí, y me desabroché los pantalones. Me los bajé, junto a los calzoncillos hasta los tobillos, y la levanté del brazo bruscamente.

—Levante, puta, que te voy a romper el culo.

Ella no hablaba y solo jadeaba. La apoyé contra el lavabo de espaldas a mí. Me agaché e introduje mi lengua en su culo para dilatárselo.

—Por favor—me dijo gimiendo—. Primero métemela un poco por el coño.

—Yo no me follo a las putas por el coño—dije levantándome y apoyando el capullo en el agujero de su ano—. Yo a las guarras casadas, que se follan a otros tíos que no son sus maridos, solo me las follo por el culo.

Y según terminaba esa frase, le metí la polla, sin importarme que le doliera o no, en el culo. Ella estaba super dilatada y excitada, y la polla entró sin problema. Aun así, un grito sordo, evitando que nos escucharan desde fuera, salió de su boca.

—Arrghhhh…cabrón—dijo apoyando todo su cuerpo en el lavabo—, me has roto.

Hice caso omiso a su queja y empecé a follármela sin miramientos. La cogí del pelo y la levanté la cabeza para ver su rostro en el espejo. Sus gestos, de dolor y placer, hacían que la polla se me pusiera muy dura y gorda. En ese estado de excitación no tardé mucho en correrme, lo cual hice embistiendo mucho más fuerte que el resto de la follada, y queriéndola hacer daño. Queriendo que ese daño le gustara. Y le gustó. O al menos se corrió como una loca mientras yo descargaba toda mi lefa dentro de su culo. Jadeando los dos, y cansados, nos quedamos quietos un buen rato hasta recuperar el aliento.

—Me has destrozado, bruto.

Me dijo rompiendo el sonido de nuestra respiración.

No dije nada y me subí los pantalones. Los dos salimos del baño disimuladamente, pero afuera había un par de mujeres esperando a entrar. Evidentemente se habían enterado de todo. Tuvimos suerte y se lo tomaron de manera graciosa sonriéndonos cuando salimos. Nos fuimos a casa.

Por supuesto, esa noche follamos como locos. No dejó de llamarme por el nombre de otro. Esa noche, el elegido fue un exnovio suyo (un policía) que por lo visto tenía la polla super gorda. Me llamó también cornudo varias veces, cosa que a mí me ponía a cien, y yo a ella puta y otros sinónimos parecidos. Dos veces me la follé por el coño (quise darla de nuevo por el culo, pero le dolía después de la enculada del restaurante). Las dos veces me corrí, y las dos veces la limpié con mi lengua mientras me decía que esa era lefa de uno o de otro

Al día siguiente, sin demorarme más, me puse manos a la obra en busca de la persona elegida. A las normas que me había puesto mi mujer la noche anterior, añadí yo, a modo personal, otra más: el hombre que buscara tenía que ser casado y con hijos. No queríamos líos ni problemas, y una persona con familia, y con algo que perder, no se busca complicaciones (o lo normal es que no lo haga) buscándote y queriendo algo más aparte del sexo ocasional para el que ha sido requerido.

De inicio, probé suerte en el chat de cornudos en el que solía escribir y chatear alguna vez. Pero a los pocos días desistí de encontrar a alguien de fiar allí. Esos chats están llenos de pajilleros que solo buscan ver fotos y hablar de sus mujeres o de las mujeres de otros. Por lo cual, decidí darme de alta en una página de contactos. Lo malo es que dicha página pedía una foto de “autenticidad” en la que se viera a la pareja, sin rostro, portando un cartel con el nombre de dicha página. Se lo comenté a Silvia, y pareció no gustarle la idea, pero una noche, después de pasadas dos o tres semanas en que le dije lo de la foto, mientras le estaba comiendo el coño a la vez que le introducía un pequeño consolador por el culo, de repente dijo:

—Hazme las fotos, venga.

Sin perder tiempo, pillé un folio, escribí lo que tenía que escribir en el papel, y nos hicimos unas fotos sin rostro. Una de ella sola, tumbada en la cama, abierta de piernas, con el consolador metido en su coño lubricado y húmedo, y otra de los dos. Después, me la folle sin miramientos. Cada día estaba más enamorado de ella, a pesar de los años que llevábamos juntos.

En los días siguientes puse el anuncio en la página de contactos.

“Pareja de 44 y 40 años, busca hombre, de no más de 40 años, para trio HMH. Buscamos un poco rol Puta-Cornudo, pero en plan light. Ella sentirse usada y él cornudo, pero activo y participativo. Se concretaría y hablarían los términos. Foto de cuerpo entero, desnudo, imprescindible. Si es con el pene erecto, más posibilidades tendréis de ser elegidos. Somos novatos en esto, pero no tontos. Pedimos seriedad, y que la persona sea limpia, educada (tanto cívicamente como culturalmente), higiénica y, a ser posible, no fumadora. “

Reconozco que el mensaje me quedó un poco pedante, pero no quería equívocos, y ya que podíamos elegir (que íbamos a tener candidatos de sobra era algo que no dudaba), pues por lo menos, a nuestro gusto y que pensaran lo que les diera la gana.

Evidentemente, no tardamos ni un solo día en tener varios mensajes. La liturgia de leer juntos los mensajes, ver las fotos, responder y ponernos cachondos, para terminar follando, fue una costumbre entre nosotros. Después de varias semanas de selección, nos quedamos con dos candidatos de todos los que nos habían escrito. Pero nos decidimos, finalmente, por uno de ellos.

Se llamaba Diego. Era un hombre de 38 años. Abogado. Casado y con tres hijos. Moreno, de 1,80 y 80 kilos. Con cuerpo bien definido y muy cuidado, ya que iba habitualmente al gimnasio. Tenía incluso algo de tableta de chocolate marcada en el estómago. Con una polla de 20 centímetros y con el grosor un vaso de tubo. Una de las fotografías que mandó, era de su polla totalmente erecta con un vaso de tubo al lado, para que comprobáramos que no mentía. Y no; no mentía. Especificaba que era dominante en la cama, y que tenía experiencia con otras parejas de rol puta-cornudo. Que había comprendido perfectamente lo que queríamos, sobre todo yo. Eso de sentirme cornudo sin ser sumiso y con el punto justo de humillación. Nos avisó que era bisexual, pero que para él no era una prioridad que yo lo fuera. Que lo que le interesaba de verdad, en esta clase de relaciones, era la esposa más que el marido. Nos dijo también, por si servía de ayuda para ser el elegido, que tenía la vasectomía hecha.

Durante semanas follamos pensando en Diego, y en lo que le haría a ella en la cama. Incluso fantaseamos con que yo le pajeaba e incluso le mamaba la polla. Esto a ella le ponía a mil.

El siguiente paso era ponerme en contacto directo con él. Silvia, a partir de aquí, ya no quería saber nada excepto el día, la hora y el sitio. Ella tendría los ojos vendados, como habíamos acordado y ya está. Dejaba toda la planificación en mi mano.

“Buenas, Diego. Silvia y yo hemos decidido que seas la persona con la que nos iniciemos en el mundo liberal. Más o menos hemos hablado, por mensajes, a través de esta página, de gustos y de lo que buscamos en la cama, pero habría que concretar más. Por escrito todo es bastante abstracto y lo suyo sería quedar en persona, hablar y dejar todo más o menos claro. O por teléfono. Hasta ahora no te lo hemos pedido por tema discreción, ya que, si nosotros la buscamos ante todo, imaginamos que tú también, pero llegados a este punto, debemos dar el paso. Por lo cual, o nos das un número de teléfono al que llamarte y hablamos, o quedamos en alguna cafetería discreta, nos tomamos un café, y hablamos. Lo dejamos a tu elección”

Este fue el mensaje que le puse a Diego. Al día siguiente nos contestó.

“Hola. ¿Qué tal estáis? Lo primero, quiero daros las gracias por haberme elegido. Sobre todo, a Silvia, ya que imagino (si no es así, Manuel, siento equivocarme) que habrá sido ella quien haya tenido la palabra final. Es lo normal en estas situaciones. Es cierto que llegados a este punto hay que dar un paso más, y aunque las desconfianzas, a pesar de tener buen feeling a través de los mensajes, son lógicas y normales, es verdad que, si queremos llegar a llevarlo a cabo, hay que hablar más personalmente. Lo de dar número de teléfono, como que todavía no lo veo. Imagino que lo entenderéis. Pero a lo de quedar en persona para hablar, en algún sitio discreto, no le veo problema. Dime donde y cuando, y cuadramos agendas.”

Después de leer su mensaje, pensé en donde podíamos quedar los dos sin problema.

“Ok. ¿Te parece bien que quedemos el martes 16, a las 19:00, en la puerta de la Mallorquina? En la Puerta del Sol. Desde allí podemos ir a un bar tranquilo a hablar. Podemos llevar los dos un libro en la mano, para reconocernos. Yo llevaría Moby Dick.”

Él me contestó:

“Por mi parte, sin problemas. Yo llevaré Matar a un Ruiseñor”

Y así quedamos.

Esa misma noche conté las novedades a Silvia. Como era habitual, cada vez que hablábamos, aunque fuera un poco, del tema de Diego, terminamos follando.

(Continuara…)