Xtories

Allí donde te halles, te volveré a encontrar. 8

Bajo la superficie calmada de la laguna, el deseo y el peligro se entrelazan. Entre la traición conyugal y la violencia externa, el protagonista descubre que su verdadera identidad es la llave de un amor que nadie esperaba.

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Diciembre de 2014

Confesión

Después del incidente de la piscina, sabía que me había ganado un enemigo peligroso. Esa familia era de rencores largos y no olvidaban fácilmente. Yo tampoco, ese hombre debía una vida.

Si en las próxima elecciones de la Federación agraria, el padre de Jhoel o uno de sus laderos, fuera elegido presidente, la cooperativa y yo en particular, la íbamos a pasar mal. El odio enfermizo que le tenía esa familia a los peones emancipados era legendario.

Esa noche no salí y el domingo lo dediqué a recorrer La Mar Chiquita y ver el estado de la plantación de árboles. A la tarde vino Lidia con sus chiquitos acompañada de Clara y la pasamos jugando en la laguna.

El lunes volví a mi rutina, pero a la tarde Isabel quiso conversar conmigo. Fuimos hasta la laguna y nos quedamos conversando sobre el muelle.

Espero que no le hayas contado a Ramón lo que pasó entre nosotros.

Eso ni se pregunta, no es de hombre hacer una cosa así.

Siendo una mujer casada, imagino lo que pensarás de mí, pero debes saber que mi matrimonio es una farsa. Mi esposo solo se excita en los puticlub y jugando al poker.

No soy de meterme en la vida de los demás, pero por lo que ví te cela bastante. Eso no pega demasiado con lo que me estás contando.

No te confundas, eso es un simple reflejo de su falso sentido de la propiedad y del poco orgullo que le queda. Don David lo tiene tomados de los huevos. Lo cebó bancándole las deudas de juego y ahora lo extorsiona para que le ceda la estancia. El primer paso, fue entregar a Inés.

¿Y ella lo consiente? Ese tipo es un asqueroso sin alma.

Ines adora a Ismael, haría cualquier cosa por él y por la estancia. A pesar de sus defectos no ha sido mal padre y la ha querido, siempre ha sido su consentida.

Mala vida le espera ¿Tu no puedes hacer nada?

No me escucha. Ismael se ha preocupado en que me vea como una mujer frívola y superficial, y se ha cuidado de contarle el por qué. Le ha vendido la epopeya de salvar a la estancia sin detallarle porque estamos como estamos.

Es muy duro lo que me cuentas, yo te veo como una mujer de mucho caracter.

Isabel me acarició la mejilla agradecida y acercando su cara a la mía me dió un dulce beso en los labios que pronto se convirtió en morreo.

Cuando quise atraparla contra mi cuerpo, se separó, y mirándome con lujuria mordiéndose los labios se desnudó de prisa, se montó sobre el muelle y se arrojó a la laguna, nadando vigorosamente hacia la isla.

No tardé en seguirla y atraparla antes de que subiera las escaleras, en esa posición, de espaldas a mí, arrodillada sobre el escalón y tomándose de la baranda, la empotré sin compasión.

Hayyy…Bruto

Preocupado por las consecuencias de mi calentura empecé a recular, siendo detenido por ella que dando vuelta la cabeza cachonda perdida me miró con lascivia

¿Se puede saber a dónde vas?

Teniéndola calzada como la tenía, la cópula se volvió infernal. A cada golpe de mi cadera ella respondía tirando el culo hacia atrás, produciendo una estela de agua vaporizada sobre la calma de la superficie.

Terminamos agotados y abrazados en el viejo camastro de la cabaña, había llegado el momento de la confesión.

El año pasado convencí a Ismael de contratar como contador a un viejo conocido de mi juventud al cual él no conocía. Necesitaba saber en qué lugar estaba parada. Cada semana nos encontrábamos aquí y me iba poniendo al tanto de los desastres de mi esposo pasándome copias de documentos para que me cubriera con un abogado.

Y las cosas pasaron a mayores- Acoté.

Algo así. Roberto es un hombre atento y agradable y yo estaba agradecida. Una tarde durante nuestra despedida nos besamos en la boca con mucho sentimiento, pero no fuimos a más, aunque la semilla estaba sembrada.

Y tu cuñado destapó el estofado.

Si, no se como ese buitre desconfió y nos siguió descubriendo todo el entripado y tomando fotografías.

¿Se lo contó a tu esposo?

No todo, las fotos se las guardó para él. La mañana siguiente despidieron a Roberto y me obligaron a devolver todos los documentos que por suerte tengo respaldados en una memoria. Por la tarde, Juan me citó en el establo y me pidió una paja para devolverme las fotos. El resto ya lo sabes, gracias a tí, todo se terminó.

Mirándome con cariño se montó sobre mi cuerpo ronroneando y frotando su piel sobre la mía, con las piernas muy abiertas ubicó al profanador y se empaló. Un coito suave y medido, de mucho sentimiento y lleno de besos profundos y sentidos. Por primera vez hicimos el amor. Un amor raro, tramposo, sin futuro. Un amor de momentos puntuales de liberación.

Volvimos remando desnudos entre risas y salpicones, nos vestimos en el muelle y regresamos al trote de nuestros caballos. Al llegar, el panorama era por decirlo de alguna manera, humillante.

Desde una distancia de unos cien metros del borde de la piscina aproximadamente, Jhoel y su cuñado practicaban su drive de golf embocando en el agua, mientras Inés, vestida con una hermosa malla enteriza contemplaba la escena con hastío y Juana, embutida en un escueto bikini, festejaba cada acierto.

Al llegar junto a ellos, Ignacio me alcanzó una bolsa de red, y con un movimiento insultante de cabeza me encargó la tarea de recogerlas. Por no exponer a Isabel acepté y encarándome a la piscina, me saqué la ropa dejándola sobre la baranda. Al dar la vuelta para zambullirme en medio de la risa de los idiotas, alcancé a contemplar la mirada interesada de Ines y la expresión cachonda de Juana que se mordía los labios.

Buceando y sin más ayuda que la de mis manos, logré atraparlas todas y colocarlas en la larga bolsa de red que me habían facilitado. Al emerger por última vez con ella en la mano, todo se desmadró.

Los desagradables personajes que vimos con Ramón en el bar acompañando al figurín, irrumpieron arma en mano dominado a los hombres, amenazando a las mujeres y ordenándome que me quedara en el agua ya que conmigo no era la cosa.

Ataron a Jhoel y su futuro cuñado con precinto a los parantes de la baranda de la pileta, separaron con instrucciones precisas a Isabel precintándole las manos a su espalda y finalmente, dándole el arma del morocho al flacucho para que me vigile, encararon a las aterradas muchachas. Dirigiéndose el pelado a Inés que lo enfrentaba con arrogancia.

¿Empezamos por tí gatita? ¿O por la puta de tu cuñada? De alguna forma tiene que entender tu padre que las deudas se pagan. Si no lo hace con dinero, nos cobraremos con carne. Una y otra vez hasta que comprenda.

A una señal del pelado tatuado, el morocho se abalanzó sobre la paralizada Juana, le arrancó el corpiño y empezó a magrearle las tetas mirando a Inés. Mientras tanto su socio se acercó a Jhoel y le apoyó un arma en la cabeza.

¿Qué dices gatita? ¿Me haces una mamada a cuenta de la deuda?¿O le vuelo la cabeza a tu novio?

No,no… Por favor Ines, no lo permitas. -Hazlo por mí, vociferaba el cobarde mientras su cuñado gimoteaba a su lado temiendo ser el siguiente.

Superado por la situación, el flacucho dejó de prestarme atención para dedicarse a contemplar la brutal escena que claramente lo estaba superando. Miré a Isabel a los ojos pidiendo permiso y me empecé a mover despacio. El primero en mi camino al terminar de ascender la escalera fué el pelado, que al notarme a sus espaldas se dió vuelta alarmado arma en mano. Arma que no pudo usar porque se la volé usando la bolsa con las duras pelotas como cachiporra. Acto seguido le reventé la cara de un cabezazo.

El morocho tardó más en reaccionar, ocupado en magrear el culo de Juana, mientras se devoraba sus suculentas mamas, no advirtió que el flacucho no se animaba a intervenir, cuando lo hizo, se lanzó sobre él para recuperar su arma dándome la espalda. No llegó. El golpe de la improvisada cachiporra lo alcanzó en la nuca dejándolo fuera de juego.

Asustado, el flacucho arrojó el arma en la pileta y levantó las manos. Me acerqué a él con una sonrisa, y cuando más confiado estaba, le rompí la nariz de un frentazo.

Até a los delincuentes con precinto de pies y manos a la baranda, solté a Isabel y tomando en brazos a la aterrada Juana, acompañé a las mujeres a la casa y me marché dejando atados a los cuñados donde estaban, vociferando para que los soltara.

Por la tarde, después de la intervención de la policía que se llevó detenidos a los agresores, se generó una discusión en la casona. Conociendo el motivo del ataque Don Ismael se negaba a realizar la denuncia, pero la posición firme de Isabel ante la afrenta, doblegó sus temores. Los tres malechores quedaron procesados por intento de violación y abuso de armas de fuego y gracias a mi declaración y la de Ramón que presenciamos la reunión, Juan quedó procesado como sospechoso de instigación. Pero no lo pudieron encontrar.

Al otro día iniciamos la semana con una falsa tranquilidad. Isabel muy nerviosa por la posible reaparición de Juan, Don Ismael extrañamente cabizbajo, Inés contemplando curiosa cada uno de mis movimientos y Juana rondándome con hambre atrasada.

Al llegar un nuevo fin de semana, los patrones debieron realizar un viaje urgente a la capital y me pidieron como favor especial, que me quedara la noche del sábado en la casa vacía de los caseros como protección de su familia. Juan todavía estaba desaparecido.

Sabiendo cómo se las gastaba ese hijo de puta, acepté sin dudar. Al terminar mi jornada me reuní con la peonada y rechazando la invitación de Inés de comer en la casa, cené con ellos un suculento asado servido con abundante vino patero propio de las vísperas del domingo. Pequeño paréntesis de vidas miserables donde uno se cobija en sus iguales. Noches de risas, de groserías festejadas por igual por hombres y mujeres sin distinción. Noches de amistad.

Levemente achispado regresé a la casona de servicio y me desnudé sin cerrar las ventanas, que ocultas al abrigo de la cerrada noche no permitían visión alguna, me tiré en la enorme y antigua cama de muelles elásticos y grueso colchón de lana y quedé profundamente dormido.

No puedo precisar en qué momento me despertó el quejido de la puerta de entrada del dormitorio y al observar la silueta recortada por la tenue luz de la luna, pude apreciar la voluptuosa figura de Juana ingresando ataviada por un indecente camisoncito transparente.

Se subió a la cama deslizándose de rodillas felinamente y se amorró a mi violenta erección con ansias desmedidas. Con mucho trabajo la separé de su presa y le levanté la cara para hablar con ella.

Juana, ¿Qué haces? Ignacio está en la casa. Qué pasa si se da cuenta de lo que estás haciendo.

Lo sabe

¿Y lo consiente?

No tiene más remedio, sabe que se ha portado mal. Y tú me has puesto muy cachonda.

Sin nada que rebatir la dejé hacer y ni lerda ni perezosa, al notar mi falo más que preparado se empaló desesperada. Una cópula feroz, tirándose de los pezones y que la llevó a un orgasmo violento en pocos minutos. Una cópula de hambre atrasada.

Quedó sobre mi cuerpo ronroneando satisfecha. Pero si pensaba que ahora que había recuperado los sentidos la cosa iba a quedar ahí, estaba muy equivocada. Para su sorpresa, girándola boca arriba en la amplia cama y sin desenfundar mi erguida polla, puse sus talones sobre mis hombros y la follé sin compasión. No soy de contar orgasmos, pero cuando exploté en su interior la mujer estaba totalmente entregada.

Ni siquiera se quejó cuando a los besos la puse boca abajo y aprovechando mi renovada erección, la lubriqué con los jugos de su vagina y la enculé sin preguntar. Clareando el día se marchó. Saciado su repentino frenesí no necesitaba más.

El domingo limpié la piscina, alimenté a los caballos, regué la huerta y me marché sin saludar. Había tomado una decisión. El lunes retomaría sus tareas Ramón. Me estaba complicando la vida innecesariamente mezclándome en un complejo mundo de pasiones que me resultaba ajeno. Ya había tenido una amarga experiencia.

Pero no todo sale como uno lo propone.

El lunes retomé mi rutina y a las seis de la mañana, después de comer una banana, salí a correr por el bosque. La perfecta alineación de la arboleda permitía la marcha y el arrullo de las hojas en la fresca mañana era una grata compañía. Regresé a la casa a las seis cuarenta y luego de algunas elongaciones me arrojé a la laguna a tirar unas brazadas hasta el farallón ida y vuelta.

Retorné a la explanada, me desnudé en el plato de ducha y al terminar de asearme me dirigí al interior sin vestirme.

Vaya, vaya, ahora comprendo a mi cuñada.

Inés me estaba contemplando con una sonrisa desde la entrada. Sin inmutarme pasé a la cocina y luego de calzarme un pantalón corto y una remera la invité a desayunar.

¿A qué debo esta sorpresiva invasión de mi propiedad?

Ja, ja, ja. No seas melindroso. Invasión es la que has hecho tú en la pobre Juana. El domingo no podía caminar.

¿Te ha molestado?

Para nada, mi hermanastro es un idiota y la tiene descuidada. Le has hecho un gran favor. Aunque fué un sorpresa, no te hacía tan fogoso.

Hablando de sorpresa, no creo que estés acá para hablar de tu cuñada. ¿Cómo encontraste el camino?

No imaginarás que Ramón, por más amigo tuyo que sea, puede resistirse a un grado uno frente a un buen escote.

Ya me va escuchar esa rata traidora.

Ja ja ja, no te enojes con él, es un buen tipo y me conoce desde chiquilla. Sabe que no represento un peligro para tí.

Eso sí que lo dudo, no me queda claro que buscas aquí.

Lo primero, agradecerte que me hayas defendido de esos asquerosos.

¿Y lo segundo?

Que no me trago que seas un simple peón, he averiguado y sé que tienes a cargo el control de las parcelas. Quiero que me lleves contigo a recorrerlas. Son el único foco productivo que ha quedado en pié en estas tierras y necesito saber como lo haces. No me resigno a perder la tierra de mis padres.

¿Aunque el precio a pagar sea casarte con Jhoel?

No tengas ninguna duda.

Algo en mi estómago se removió ante su confesión. Después del desayuno iniciamos el recorrido y me asombró su entusiasmo. Verla conversar con la peonada aceptando su sabiduría y compartiendo mate con sus mujeres, o jugar divertida con sus pequeños hijos y sus mascotas, me hizo sentir que estaba frente a una gran mujer.

Fuerte, capaz y decidida a cualquier sacrificio para lograr sus nobles objetivos. La gente de las parcelas también lo notaba, solo ver su emoción cuando una humilde puestera nos regaló un pañuelo a cada uno para proteger nuestros cuellos del sol del camino lo confirmaba. En ese momento no tuve dudas de que lo lograría. La tierra la ayudaría.

El jueves retornamos del último recorrido y la notaba meditabunda. Al preguntarle qué le sucedía, me miró con decisión a los ojos y me soltó…

Toño, no me engañas. ¿Quién eres tú en realidad? La gente te idolatra, tus conocimientos exceden ampliamente a alguien de tu edad y te mueves con una soltura que no es normal.

Soy solo alguien que nació aquí y ha hecho toda la vida lo que has hecho tú esta semana, abrevar en los ancestrales conocimientos de la gente experimentada. Todo lo que sé es un compendio de sus amplias experiencias, ellos me han criado. Después fue solo estudiar, respetarlos, ayudar a ordenarlos y organizarlos y amar mi trabajo. Soy un hijo de la tierra.

Conmovida y con lágrimas en los ojos, escuchaba cada palabra tratando de digerir lo que le contaba, la miré con una sonrisa y acariciándole la mejilla con la palma de mi mano le pregunté

¿Qué planes tienes para mañana? ya hemos recorrido todo.

Todo no, me falta conocer cómo es tu día ideal.

O.K. te espero a las ocho para desayunar. Tráete traje de baño.

El viernes estuvo puntual. Vestida con un fino vestido de algodón sobre su traje de baño, unas sandalias de esparto, un gracioso sombrero de paja y un pequeño bolso para cambiarse.

Desayunamos café con leche acompañado de tostadas de pan casero untadas de mermelada silvestre y lo acompañamos con jugos de frutas frescas. Media hora mas tarde, luciendo un hermoso bikini negro que le quedaba de ensueño, se arrojó desde el muellecito rumbo al farallón y para mi sorpresa, me costó alcanzarla. Era una gran nadadora.

La marea estaba baja al llegar a la caverna, la atravesó intrigada llegando a la pequeña playita y al rodear la roca centinela, se extasió al contemplar el mar calmo de esa hermosa mañana. Como los vientos eran propicios, encaré las suaves olas de la rompiente y la invité a seguirme. Cosa que hizo con un gran entusiasmo.

Al llegar a la bahía y alcanzar la amplia playa, se arrojó de espaldas a la arena.

Toda una vida viniendo aquí y no conocía esta maravilla.

Yo también llevo una vida aquí y tampoco te conocía.

Dándose por aludida se puso de rodillas frente a mí y atrapando mi cuello entre sus brazos me comió la boca. Nos separamos con una sonrisa y me miró a los ojos.

Gracias

Sin mediar otra palabra, enjuagamos nuestros cuerpos en el mar y retornamos a la casa a través del bosque tomados de la mano. Al llegar, cruzamos la cocina y nos metimos en el amplio plato de ducha, nos desnudamos, lavamos nuestros cuerpos sin dejar de besarnos y nos secamos al sol, durmiendo una pequeña siesta en las tumbonas del muelle.

Al despertar nos miramos a los ojos, y en completa armonía, tomados de la mano pasamos al dormitorio. La levanté en brazos y la deposité suavemente sobre la cama. Comí su boca con placer, recorrí su hermoso cuerpo con mi boca y llegué a su intimidad deleitándome con su salobre humedad.

Saciado de ese manjar, trepé por el cuerpo de mi hermosa y entregada dama y apoyado sobre mis rodillas intrusé su intimidad. Inés atrapó mi cuerpo con sus piernas y levantó sus caderas comenzando el baile ritual.

Follamos durante horas, suavemente, entregándonos con la suave pasión de algo más. Al atardecer, famélicos, cansados y extasiados, degustamos unos pescados al horno acompañados con papas a la crema y un fresco vino blanco para maridar. Por la noche nos volvimos a amar.

El Sábado por la mañana me desperté solo en la cama. Temiendo que hubiera sido solo una aventura pasajera más, me dirigí desnudo y apesadumbrado a la cocina y la encontré preparando el desayuno, vestida solamente con una amplia remera mía.

La tomé por detrás a pesar de sus protestas y metiendo las manos bajo la remera me apropié de sus tetas mientras le comía la boca. No tardó en empitonarse más de lo que le llevó apagar el fuego. Tomándose de la mesada, abrió sus piernas y me invitó a entrar.

Desayunamos entre risas después de enjuagarnos en la ducha y quedamos en volver a vernos el domingo para desayunar. Antes de partir, me pidió el pañuelo que me había regalado la puestera, lo unió al suyo con un fuerte lazo y lo ató en la baranda del balcón de cara al sol. Una ofrenda que auguraba el comienzo de un camino en común.

A la mañana siguiente retomé mi rutina y al regresar de mi carrera observé con una sonrisa que había gente en la casa. Entré a la carrera y quedé congelado ante la presencia de Isabel.

Vestida con unos indecentes pantalones cortos, una remera ajustada y zapatillas de tacón alto me esperaba parada frente a la mesada.

Veo que no te agrada mi visita.

No es eso, pero…

Esperabas a mi hija… No vendrá, en este momento viaja rumbo a la capital.

Eso sí que no me lo esperaba, quedamos en vernos hoy.

Y así era, pero luego de contarme su romántica aventura de muchacha enamorada, le hice notar que su misión no estaba terminada. No dudo que a tu lado podría ser muy feliz, pero lo que está en juego es mucho más importante que una dulce historia de amor.

¿Le has hablado de lo nuestro?

Por supuesto que no, no soy tan cruel. Eso es algo que guardo muy dentro mío y que no me importaría repetir hoy mismo que tenemos todo el día para nosotros.

Te confundes conmigo, no soy un juguete a tu disposición. Por favor, vete.

Me miró satisfecha con una sonrisa y depositó un suave beso en mis labios

Gracias, no esperaba menos de tí.

Se retiró dándome la espalda con su andar felino como de costumbre y al abrir la puerta se volvió en medio de una carcajada.

Pero si de pronto te sientes muy urgido, te puedo mandar a Juana, ja ja ja.

Salió corriendo antes que la taza que tenía en la mano se estrellara contra el marco de la puerta. Una vez más, la vida me había jugado una mala pasada.

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