Con tu jefe, por fin (y 4)
Sabes que él está escondido, mirando cada embestida, cada grito ahogado en la almohada. No es solo sexo, es un ritual de sumisión donde tu dolor es la moneda de cambio y tu silencio, la única respuesta permitida.
Al final pasó. Llegó, le abriste sólo con tu mejor ropa íntima, al menos la que sabes que más me gusta, y en el mismo pasillo os besasteis. Contra la pared os metiais mano con desesperación, creo que te temblaron las piernas cuando le agarraste la polla. Te llevó a la cama, se quitaba la ropa mientras no dejabas de intentar meterte todo eso en la boca, te tumbó y te la metió hasta donde pudo. Tú gritaste, sí, gritaste, como nunca te había oido gritar. Parecía que te había roto algo, pero era algo más. En cada embestida su polla entraba aún más dentro de ti, y a ti te faltaba el aliento. Cuando por fin vuestras caderas se juntaron creo que ya te habías corrido dos veces. Y él seguía, mientras te metía la lengua por tu boca abierta, tú no podías hacer más que sentir cómo te entraba; creo que te quemaba, abrías la boca intentando no chillar, y él sólo seguía bombeando, lamiéndote, y diciéndote que eras una puta, que eso es lo que querías desde siempre, sentir su polla dentro de ti.
Se te tensó todo el cuello cuando él se corría, yo creo que aún se empalmó más en ese momento, y el dolor te dio aún más placer. Mientras se recostaba a tu lado, te dirigió las primeras palabras: "chúpala y límpiala". Pero no te podías mover. Te metió dos dedos en el coño, y pringados de semen te los puso en los labios. Chupaste esos dedos como sedienta, y eso te dio fuerzas para acercarte a su polla. No estaba flácida del todo, ni así te la podías meter toda en la boca. Mientras se la limpiabas, él utilizó sus dedos manchados de semen y saliva, y te los metió por el culo. Creo que te dolió, al menos al principio, pero ya te daba igual. Todo el dolor convertido en placer que te dio por delante, deseabas sentirlo por detrás. Además, estabas rendida a él. Hubieras hecho lo que te pidiera. Y lo hiciste.
Su polla crecía dentro de tu boca, mientras te enculaba con sus dedos. Cuando él pensó que ya tenía un tamaño suficiente, te tumbó boca abajo, te metió la punta y algo más en el coño, y con la misma rapidez que te la había metido por delante hacía un rato, te penetró por detrás. Mucha menos, pero suficiente. Suficiente para que se te desencajara el rostro, mordieras la sábana, arquearas tu cuerpo con desesperación, pero sin reproche ni intento de que esa vara que te rompía y te quemaba saliera de dentro de ti. A él no le importaba si te dolía o no, y siguió embistiendo, logrando incrustar dentro de ti cada vez un poco más. Golpeaste la cama con desesperación, hundiendo la cara en la almohada para no gritar, pero no dijiste nada. El seguía, y seguía, en tu rostro no había placer, solo dolor, pero no te quejaste. Cuando por fin se corrió y la sacó, había casi tanta sangre como semen manchando la sábana.
Se levantó y se duchó. Cuando volvió por su ropa, tú aún seguías tumbada boca abajo, se diría que inconsciente si no fuera por la respiración, agitada, y por los gestos de dolor que a veces te cruzaban la cara. "Puta, como todas", fue lo segundo y último que te dijo antes de irse. Estoy seguro de que le sonreiste.
Yo estaba paralizado. Había soñado con la idea de que me la hubieras chupado en algún momento mientras follabas con él, pero no me había podido mover. Tampoco hubiera tenido opción, en ningún momento diste la sensación de poder atender algo más que no fuera ese pollón entrando y saliendo por tus agujeros. Me acerqué a ti, seguías boca abajo, y acercándome a tu cara, comencé a masturbarme. Sin moverte, entreabriste los labios, esperando caer en ellos la última humillación que te quedaba ese día. No tardé mucho, en cuanto busqué tus agujeros, y los sentí tan empapados, tan grandes, me corrí por tu cara, por tu pelo, y por tu espalda.
Miré el reloj. "Te quedan 20 minutos. Cuando se te cure, llámame. Yo también te quiero romper el culo". Y me fui.
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