Xtories

Casada, divorciada, casada... ¿Insatisfecha?

Llegaron al chalé con una excusa inocente, pero la verdad que guardaban era mucho más osada. Ella, una mujer de cuerpo perfecto y mirada enigmática, y él, un esposo delicado con secretos inconfesables, tenían un plan para ti. No era una visita, era una invitación a cruzar la línea que separa la amistad del placer prohibido.

Valenciano8K vistas9.0· 12 votos

Es una mujer bella y simpática, con una personalidad tímida que la hace parecer reservada. Estaba casada, pero tras un proceso tortuoso se divorció y cuando menos se lo esperaba la gente volvió a casarse, pero con el mismo. Su comportamiento y decisiones generan en quienes la conocemos opiniones divididas: algunos piensan que busca una satisfacción personal que aún no ha encontrado, mientras que otros no logran entender qué realmente busca o qué le hace feliz.

Así es Cecilia, a sus 39 años recién cumplidos, 1.80, 63 kg, 95-64-86, cabello largo rubio, ojos azules, aunque tenía una 95 de pecho llamativo, lo que llamaba más la atención era su generoso culo con forma de melocotón con nalgas separadas atractivas. Tanto su mirada, como la expresión de su cara era de mujer enigmática en busca del santo grial. Nunca logre descifrar ese misterio.

El marido de Cecilia era todo un personaje curioso y la diferencia con ella era más que llamativa, Luis era más bajo que ella 1.67, su físico eran una combinación de rasgos masculinos y femeninos. Sus rasgos faciales eran de una estructura de líneas suaves marcadas, mandíbula moderada y pómulos definidos. No se le veía ni un solo vello en la cara, las cejas eran perfectas y tenía las pestañas naturales más grandes que jamás haya visto. Su complexión corporal era de contextura no demasiado musculosa, tal vez mas bien delgada y sin ápice de grasa. Su silueta era más de mujer y lo digo porque si le veías de espalda parecía el cuerpo de una mujer con una forma de culo muy bonito y pequeño. Su voz era suave y delicada. Aparte te tener tres carreas hoy grados, era un erudito en muchas materias y daba gusto escucharle.

A mi Cecilia siempre me había atraído, como a otros muchos. Yo nunca intente nada porque Luis es un tío majo y ella siempre mantenía las distancias, entre otras cosas porque su marido era un tío estupendo y si tenías algún problema, el primero en ofrecerte ayuda era él. Todo este tiempo atrás se estuvo preocupando por mí. A Cecilia le faltaba un poco más de cercanía, el exceso de sociabilidad de Luis era el que le faltaba a ella. Porque Luis aguantaba carros y carretas con la familia de ella y con la suya propia, que no decian nada, pero decian mucho. Luis de un día para otro, sin esperármelo, me pidió un favor sabiendo que iba a decirle que, si y le dije que como nos llevaría tiempo, mejor en el fin de semana y fue cuando me dijo que estupendo y mejor en su chalé de Cullera. Dije que sí, como podía haber dicho otra cosa y despues de comer el viernes nos fuimos juntos a Cullera.

La se veía desde fuera que tenía muchos años, era una herencia de una tía, pero no sabía por parte de cuál de los dos. Lo bueno era la situación, el mar estaba pegado. Al entrar dentro me quede asombrado, porque si por fuera era de los años 40 o 50 del siglo pasado, por dentro era todo modernísimo y fuera en la parte de la piscina igual. Llegamos pronto y llegando compraron granizados y horchata. Luis dijo de tomarnos un granizado “bautizado” y ella nos dijo —Luisito, vosotros a lo vuestro que yo me voy a dar un chapuzón que estoy que me derrito—, era la primera vez que la escuchaba llamarle Luisito y nosotros nos sentamos en el porche junto a la piscina.

No tardó en llegar Cecilia con un vestido de playa hasta los tobillos, estaba pendiente de todo lo que me decía Luis, pero también estaba pendiente por ver a Cecilia en bikini o bañador. Se me paro el corazón al verla de espalda, dejando caer el vestido y quedándose desnuda, si el culo pensaba que era de diez, ahora podía afirmar que era de quince y se lanzó al agua. Logicamente Luis se dio cuenta y cuando iba a hacer un comentario de disculpa, me dijo —¿A que esta perfecta? Es super bonita. Como no hemos tenido embarazos y es muy deportista...— me limite a asentir sin hacer ningún comentario para no meter la pata. Cecilia se salió del agua y se fue. Mi rabo estaba loco. Entonces Luis dijo que iba a preparar una merienda ligera y le acompañe a la cocina.

Se notaba que era un sibarita en la cocina y mientras hablábamos y el seguía haciendo pinchos, gildas y panecillos tostados, vi a Cecilia en mallas. Salimos con dos bandejas y Cecilia seguía con sus ejercicios, ni la había visto nunca ni nadie me había comentado, la agilidad que tenía, su cuerpo parecía de chicle, las piernas por el cuello, como contorsionaba todo el cuerpo, era increíble.

— Pelayo ¿Qué te parece su elasticidad?

— Nunca había visto a nadie así, bueno salvo alguna vez en la TV, pero me ha impresionado.

— Pero que es lo que más te ha impresionado, ¿su cuerpo desnudo o la elasticidad?

— Vaya preguntita, todo...

— Nunca has preguntado, ni tan siquiera lo has insinuado... el saber porque nos hemos casado despues de divorciarnos.

— Esas cosas si las queréis contar las contáis y si no hay que respetarlo. Ya sois mayorcitos.

Creo que había esperado que mostrara más interés, pero la verdad es que no tenía ninguna curiosidad. Eso le desconcertó, su cara lo decía todo y miraba hacia donde estaba su mujer, que seguía a lo suyo y no se enteraba. Se quedo callado mientras se abría una lata de cerveza y bebía como pensando algo. Cecilia termino sus ejercicios y vino junto a nosotros.

CECILIA: Que hacíais los chicos, de que hablabais... pero si era de política PA-SO

YO: No hablábamos de nada interesante, lo que me ha dejado alucinado ver cómo te contorsionas. Algunas de las posturas me han dado hasta dolor.

CECILIA: Que exagerado, pero te digo una cosa Pelayo, es mejor que el yoga, te relaja un montón. ¿Y a ti que te pasa Luisito, que te veo mala cara?

LUIS: Nada que estaba tratando de hablar con Pelayo y me ha cortado el rollo.

YO: ¿Que rollo?

LUIS: Pues me tenías que haber mostrado interés por nuestras “historia” matrimonial.

YO: ¿Por eso de verdad? Pues no ha sido por cortarte, es que, si lo quieres contar lo cuentas y no hay más, porque yo no me meto en ese tipo de decisiones. ¿Tú me entiendes Cecilia?

CECILIA: Claro que te entiendo y es que Luisito buscaba esa excusa para plantearte algo, que yo no quería que se plantease delante de mí, porque NO... aunque le apoyo en todo y estoy de acuerdo.

YO: Pues cuéntame Luis.

LUIS: Es que ahora no sé cómo empezar y menos estando Cecilia.

YO: Venga no seas tonto joder. Sujeto, verbo y predicado y por Cecilia como si no estuviera. Venga.

LUIS: Tal vez tengas razon. Pero lo tenía todo bien preparado bien hilado y ahora... pero allá voy.

Su respiración se notaba alterada, como si le fuera a dar algo. Cecilia estaba más o menos igual, sentada, espalda recta y parecía una efigie. El favor que me querían pedir, porque era un favor, debía de ser importante.

LUIS: Ya sabes que llevamos toda la vida juntos.

YO: Luis así nos podemos tirar una semana, arráncate que tenemos confianza y no te voy a comer.

LUIS: Nos separamos y nos volvimos a casar, porque no podemos vivir sin estar juntos. Pero el motivo es porque tengo gustos raros y la polla pequeña.

CECILIA: ¡JA! ¿PEQUEÑA? ¿GUSTOS RAROS?

LUIS: ¿Qué quieres decir con eso?

CECILIA: Esto sé que no estaba previsto, pero da igual. Pelayo, nos es pequeña es diminuta y no son gustos raros, tampoco diría vicio, pero de gustos sexuales abiertos. Mira que cara pones, es verdad lo que estoy diciendo. Uno de esos gustos es que quiere que me folles y por eso de invitarte aquí. Él tendría que sondearte, luego si dijeras que aceptabas pues intentarlo, pero ya te digo que no creo que pueda.

YO: ¿Y ahora que se supone que tengo que decir o hacer? Además de preguntar si es que es tan pequeña.

Cecilia que se le había puesto un poco de cara perversa, le dice a su marido que se desnude. Luis se queda muy parado. — JODER LUISITO, sabes que no me gusta repetirte las cosas — y Luisito no se atrevió a decir nada más, se puso de pie y se iba a empezar a desnudar cuando Cecilia, se puso de nuevo en plan autoritaria, algo que no le pegaba, nunca me lo había imaginado. — Luisito da la espalda a Pelayo para dar más emoción —, me dio la espalda y se desnudó. Tenía un cuerpo que parecía de mujer, reconozco que un culo pequeño, pero de una forma, que si lo tuviera una mujer seria tentador. A indicación de su mujer o mejor dicho obedeciendo la orden de su mujer se dio la vuelta.

Se había puesto las dos manos cruzadas delante para tapar su rabo. Su cuerpo era menudo, pero muy bien formado y trabajado. Ni un solo pelo en ningún sitio y cuando se quitó las manos, solo había visto un rabo parecido y Cecilia me pregunto — es diminuta o no es diminuta — y conteste para no ofender, aunque me daba que a él le daba igual, pero por si acaso — yo diría más bien... reducida — ella se echó a reír y pude ver en Luis una sonrisa contenida. Seguía mirándole y es que su cuerpo se parecía más al de una mujer que al de un hombre. — Y los “gustos” por decirlo así, es que le gusta escuchar durante el sexo todo lo malo que se le pueda decir entre otras cosas. Ahora Pelayo tu dirás, porque nosotros hemos puesto las cartas boca arriba — me dijo Cecilia, mientras los dos me miraban expectantes. No me prepare la respuesta, pero si di un sorbo tranquilo a mi bebida, para poner más tensión.

— Fíjate que entiendo a Luis o Luisito, no sé cómo llamarlo ahora, pero tengo claro que no me importa intentarlo, aunque ya aviso, sobre todo a ti Cecilia, que no va a ser como piensas o quieres tu y tampoco como desea tu marido, porque soy DURO y te has portado mal con él, aunque tenga ganas de ser cornudo y además tienes un culo para ser follado y castigado por mala — les dije a los dos, cuando observo que a Luis su micro rabo se le ha puesto bien duro.

Cecilia se sonrojó al escuchar mis palabras, pero no pudo evitar que su mirada bajara hasta la entrepierna de mis pantalones, donde ya se marcaba claramente la prominente silueta de mi erección. Intentó fingir indiferencia, cruzando las piernas con fuerza, pero el pequeño charco oscuro que dejó en la tumbona del jardín delató su verdadero estado.

—No sé de qué hablas...— murmuró ella, aunque su voz temblaba. — Yo solo... solo estoy aquí por Luisito, para apoyarle en sus... gustos. —

Me levanté lentamente, dejando que mis manos se deslizaran por la cintura de mis pantalones. El silencio se hizo denso, solo interrumpido por la respiración agitada de los dos. Cuando me bajé los calzoncillos, mi rabo se liberó con un movimiento pesado, golpeando mi abdomen con un sonido seco. Era grueso, largo y la punta ya brillaba con el primer fluido.

Cecilia jadeó involuntariamente, llevándose una mano a la boca. Sus ojos azules se abrieron desorbitados, recorriendo cada centímetro de mi rabo.

— Dios santo... — susurró, olvidando por completo su papel de reacia. —Eso... eso no es normal, eso es...—

— ¿Qué te pasa, Cecilia? — la provoqué, acercándome un paso. —¿No decías que no querías? Tu coño parece opinar lo contrario.—

Ella intentó cerrar las piernas, pero el temblor de su cuerpo la traicionaba. Entre sus muslos, el húmedo brillo de su excitación era innegable, un hilo de su propia humedad resbalaba por su muslo interior.

— Yo... yo solo... — tartamudeó, sin poder apartar la mirada.

Fue entonces cuando escuchamos un sonido húmedo, un babear contenido. Los dos giramos la cabeza hacia Luis, que estaba de pie junto a la mesa, con la boca entreabierta y un hilo de saliva descendiendo por su barbilla. Sus ojos estaban fijos en mi rabo, con una adoración casi religiosa, su propia excitación hacía que su diminuta erección palpitara.

Cecilia, recuperando algo de compostura a pesar de su propia excitación, frunció el ceño y se giró hacia su marido con indignación fingida pero real en su voz:

— ¡Luisito! ¡Eres un guarro de mierda! — le espetó, señalándolo con el dedo tembloroso. —¿Cómo me vas a mirar así? ¿Babeando por el rabo de Pelayo como un perro hambriento? ¡Qué vergüenza, joder! —

Luis se sobresaltó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, pero no pudo disculparse. Su mirada seguía alternando entre mi erecta virilidad y el rostro de su mujer, que, aunque le regañaba, tenía las mejillas sonrojadas y los pezones erectos marcando claramente bajo el top deportivo.

— Lo siento, Cecilia... — murmuró él, avergonzado pero excitado. —Es que... es que nunca había visto... algo tan hermoso —

— ¡Cállate! — ordenó ella, aunque su voz perdió fuerza cuando mis manos se posaron en sus hombros, obligándola a mirarme a los ojos. —Tú querías esto, Luisito. Ahora aguanta las consecuencias y mira bien cómo tu mujer va a descubrir lo que es un hombre de verdad. —

Cecilia intentó retroceder, pero sus piernas cedieron ligeramente. Sentí el calor emanando de su cuerpo, el perfume de su excitación mezclado con el cloro de la piscina y el sudor de su ejercicio. Estaba empapada, lista, aunque sus labios siguieran murmurando protestas débiles.

— No... no quiero... — dijo, pero su cuerpo se inclinó hacia mí, sus caderas buscando contacto involuntariamente.

— Tu coño miente, Cecilia — susurré al oído, mientras Luis observaba desde su lugar, con las manos temblorosas y su boca entreabierta, esperando ver cómo su mujer recibía lo que él nunca podría darle. — Y tu marido lo sabe. Mírale, cómo babea imaginando cómo te voy a partir en dos. —

Ella gimió, derrotada por su propio deseo, mientras yo la obligaba a arrodillarse lentamente frente a mi imponente erección, justo donde Luis pudiera ver cada expresión de su rostro cuando la tocara por primera vez.

Cecilia se arrodilló sin fuerzas, sus manos temblorosas se acercaron a mi miembro con reverencia. Cuando sus dedos finalmente rozaron la piel caliente y tensa, soltó un gemido gutural que no pudo contener.

— Luisito... — jadeó, sin apartar la vista de mi glande hinchado. — Esto... esto es otra cosa. Es pesado, caliente... y la punta... mira cómo brilla. —

Luis se acercó un paso, su respiración agitada, su propia excitación haciéndole temblar. Su pequeña erección palpitaba inútilmente mientras observaba cómo sus manos de mujer apenas podían cerrar alrededor de mi rabo.

— Tócalo bien, Cecilia — susurró él, con voz ronca. — Dime qué sientes. —

— Es... es enorme, Luis — confesó ella, deslizando suavemente su puño a lo largo de mi rabo. — La piel es suave, pero por debajo es duro como el hierro. Y huele... huele a macho, a sexo fuerte. Tuve... tuve que usar las dos manos. —

Intentó hacerlo, juntando ambas palmas para cubrir mi extensión, más ni así lograba ocultar mi tamaño. El contraste era brutal: sus manos delicadas, su anillo de casada brillando, envolviendo mi brutal virilidad.

— Imagina esto dentro de ti — murmuré, agarrándola del cabello rubio y obligándola a mirar a su marido. — Dile cómo te va a reventar. —

— Me... me va a partir, Luisito — balbuceó ella, con los ojos vidriosos de lujuria. —Va a... va a hacerme gritar. Nunca... nunca sentí algo así... —

Sonreí perversamente mientras ella seguía acariciándome, ajena a lo que venía. Lentamente, la obligué a ponerse de pie, girándola para que quedara de espaldas a mí, frente a su marido. El culazo de melocotón quedó perfectamente expuesto, las mallas marcando cada deliciosa curva de sus nalgas separadas. Su culo era más grande e imponente que el de su marido.

— Qué culo más provocativo, Cecilia — gruñí al oído, haciéndola estremecer. — Todo el día enseñándolo, flexionándote... mereces que te castiguen. —

—¿Qué... qué vas a hacer? —preguntó ella, confundida, intentando girarse.

La sujeté firmemente por la nuca, obligándola a mirar a Luis, que observaba con la boca seca y los ojos desorbitados.

— Mira a tu marido, puta — ordené. — Y cuenta hasta diez. Alto y claro. ê

—Uno... —empezó, con voz temblorosa.

¡PAF!

El primer golpe resonó en el jardín. Mi mano abierta impactó contra su nalga derecha con fuerza, haciendo que su carne perfecta temblara como gelatina. Cecilia chilló, arqueándose, pero no intentó escapar.

—¡ Dos! — gritó, con el rostro congestionado.

¡PAF! ¡PAF!

Dos golpes más, alternando mejillas, dejando huellas rojas perfectas sobre su piel pálida. Luis gemía sin disimulo, tocándose su pequeña erección con vergüenza y excitación mezcladas.

— ¡Tres! ¡Cuatro! — balbuceaba ella, las lágrimas asomando, pero sus caderas empujaban hacia atrás, buscando más.

Seguí castigándola sin piedad. ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! Cada impacto hacía que su culo saltara y se sonrojara más. A la quinta, estaba gimiendo sin control. A la séptima, empezó a suplicar entre golpe y golpe.

— ¡Ocho! ¡Por favor...! —

¡PAF!

— ¡Nueve! ¡Ay, Dios...! —

¡PAF!

— ¡Diez! — gritó, desplomándose contra mí, el culo ardiendo en rojo intenso, marcado por mis dedos.

La agarré por las caderas, frotando mi erección contra sus nalgas calientes, sintiendo el calor que irradiaba su piel castigada. Luego la obligué a girarse, dejándola ver mi expresión cruel.

— Ahora te vas a quedar así — susurré, mientras ella jadeaba, confundida. — Sin tocarme. Sin que te toque. Hasta que me ruegues que te folle. Y lo harás delante de Luisito. Le contarás cada segundo lo que sientes, lo mucho que necesitas que te meta mi rabo hasta el fondo. —

— No... no puedo... — gimió ella, retorciéndose, su coño chorreando visiblemente ahora, manchando el interior de sus mallas. — Por favor... —

— Por favor, ¿qué? — la provoqué, alejándome un paso, cruzando los brazos.

Cecilia se quedó desesperada, mirando mi erección, luego a su marido, luego de nuevo a mí. Su cuerpo temblaba por la necesidad, el dolor del castigo había encendido algo primitivo en ella.

—Por favor... fóllame — susurró, avergonzada.

— No te escucha Luis — dije, señalando a su marido, que se había acercado, escuchando cada palabra con la lengua fuera.

— ¡Fóllame! — gritó ella, desesperada, olvidando toda dignidad. — ¡Te lo suplico! ¡Necesito... necesito sentirte dentro! ¡Es que me muero, joder! —

Luis gimió como un animal, viendo a su mujer suplicar por otro rabo, su propia humillación máxima.

— Buena chica — sonreí maliciosamente. — Ahora quítate esas mallas y enséñale a tu marido lo empapada que estás. Quiero que vea el desastre que hace mi rabo antes de que siquiera te penetre. —

Cecilia se bajó las mallas temblorosa, revelando un coño completamente depilado, hinchado y chorreando. El brillo de su humedad corría por sus muslos internos, una prueba irrefutable de su excitación. Se quedó de pie, expuesta, con el culo rojo de los golpes y el coño palpitando al aire libre.

— Mira, cornudo — le ordené a Luisito, señalando la hendidura húmeda de su mujer. — Mira lo que tiene tu esposa. ¿Alguna vez la has visto así por ti? —. Luisito negó con la cabeza, jadeando, su pequeña polla erecta pero insignificante comparada con mi miembro que ahora palpitaba pesadamente contra el vientre de Cecilia. — Nunca... nunca había chorreado así — confesó él, humillado y sobre todo super excitado. — Porque nunca la has tenido a una polla de verdad — escupí, agarrando a Cecilia por las caderas y frotando mi glande contra su hendidura resbaladiza. — Ahora vas a ver cómo se corre como una puta en segundos. —

Empujé lentamente, dejando que mi cabeza se abriera paso entre sus labios vaginales. Cecilia jadeó, arqueándose, sus piernas cediendo.

— Joder... joder... es... es demasiado gordo... — gimió ella, pero empujó hacia atrás, ansiosa. — Aguanta, zorra — vocifere, introduciendo unos centímetros más, sintiendo cómo su coño se estiraba para adaptarse a mi tamaño. — Luisito, dile a tu mujer lo que es. —

— Es... es un hombre de verdad, Cecilia — balbuceó el cornudo, con la mano en su rabito erecto. — Un macho... mientras yo soy... —

— Un puto cornudo sin rabo — terminé por él, embistiendo de golpe, hundiendo la mitad de mi rabo en ella. Cecilia gritó, un sonido gutural que salió de lo más profundo. Sus uñas se clavaron en mis brazos, su cuerpo se convulsionó inmediatamente.

— ¡Me... me estoy corriendo! ¡Dios, ya me estoy corriendo! — chilló ella, sin control, el coño apretando mi rabo con espasmos violentos. La mantuve quieta, inmóvil, dejando que su orgasmo la recorriera mientras yo apenas había empezado. Su cuerpo temblaba como una hoja, las piernas cediendo, pero la sostuve firmemente, enterrado en su interior, negándome a moverme. — Luisito... mira a tu mujer — ordené, mientras ella jadeaba, deshecha. — Se ha corrido con la mitad de mi rabo. Imagina cuando se la meta entera. —

— Por favor... no pares... — suplicó Cecilia, todavía en las convulsiones de su primer orgasmo.

— No pienso parar, puta — dije, empezando a moverme lentamente, sacando casi todo mi rabo para volver a hundirlo profundo. — Pero voy a tomarme mi tiempo. Quiero que te corras una y otra vez hasta que no puedas más. Y tú, cornudo, vas a contar cada uno de sus orgasmos. —

Empujé con fuerza, llegando al fondo, sintiendo cómo mi glande golpeaba su cuello uterino. Cecilia gritó de nuevo, otro orgasmo estallando casi inmediatamente, su coño exprimiendo mi rabo con fuerza. — ¡Dos! — contó Luisito, jadeando, su mano moviéndose frenéticamente en su pequeña erección. — ¡Ya lleva dos! —

— Buen cornudo — dije, acelerando el ritmo, embistiendo con fuerza cada vez que ella empezaba a bajar de su orgasmo, obligándola a subir de nuevo. — Ahora cuenta hasta diez, puta. Y si llegas antes de que yo decida, te dejo con las ganas. —

— ¡No! ¡Por favor! — chilló ella, retorciéndose, el tercer orgasmo ya construyéndose. La follé con fuerza, con rabia, haciendo que sus nalgas rojas rebotaran contra mi abdomen. Cada embestida la hacía gemir más alto, más desesperada. Luisito observaba, fascinado, cómo su mujer se convertía en una puta deshecha, corrida una y otra vez por una polla que él jamás podría tener.

— ¡Tres! ¡Cuatro! — iba contando ella entre jadeos, los ojos en blanco, la boca abierta, babando ligeramente. — ¡Cinco! —, estaba claro que debía de ser multiorgásmica y ninguno de los dos lo sabía.

— Sigue, zorra — ordené, sin ceder, mi resistencia inhumana mientras ella se deshacía en orgasmos consecutivos. — Luisito, dile lo que eres. —

— ¡Soy un cornudo! ¡Un cornudo sin polla! — gritó él, al borde del suyo propio. — ¡Seis! ¡Siete! — seguía Cecilia, convulsionando, el coño tan sensible que cada movimiento mío la hacía estallar de nuevo. —¡Por favor... ya no puedo... es demasiado... —

— Aguanta — gruñí, embistiendo con más fuerza, sintiendo cómo ella se mojaba cada vez más, el sonido de nuestros cuerpos chocando húmedos y obscenos. — Quiero diez antes de llenarte con mi leche —

— ¡Ocho! ¡Nueve! — gritó ella, desesperada, el cuerpo completamente entregado, sin fuerzas, solo sostenida por mis manos en sus caderas. — ¡Diez! ¡Diez, por favor, termina...! —. La agarré por el cabello, obligándola a mirar a su marido mientras aceleraba el ritmo final, embistiendo con brutalidad, sintiendo cómo mi propia corrida imposible de contener ya se acercaba. — Mira al cornudo, puta — gruñí, sintiendo cómo ella se corría una vez más, la undécima, completamente desmayada en mis brazos. — Mira su cara mientras te lleno de leche. —

Y con un rugido, me vacié dentro de ella, profundo, llenándola de chorros calientes mientras ella gemía sin fuerzas, derrotada, satisfecha como nunca en su vida.

Reposamos en la tumbona, el cuerpo desnudo de Cecilia brillando con el sudor de la follada salvaje que acababa de darle. Sus tetas subían y bajaban agitadas, los pezones aún erectos y sensibles. Yo estaba recostado a su lado, mi rabo todavía húmedo de sus corridas y mi semen, pero ya empezando a recuperar la respiración. — No sé qué decir... — murmuró ella, cubriéndose el rostro con las manos, avergonzada. — Esto... esto ha sido demasiado. Nunca... nunca me había corrido así, tantas veces... —

— Pero lo importante es si te ha gustado, si has gozado — le dije, acariciando su vientre plano, bajando hasta su monte de Venus aún hinchado. — Ha sido... increíble — confesó, mirándome con ojos vidriosos. — Nunca había sentido esto. Es como si... como si no hubiera estado viva hasta ahora. —

Fue entonces cuando notó el movimiento bajo la toalla. Mi rabo, ese animal insaciable, empezaba a despertar de nuevo, la sangre bombeando con fuerza, recuperando su tamaño imponente. Cecilia se sonrojó intensamente, sus mejillas poniéndose rojas como su culo castigado, y miró hacia donde estaba Luisito, sentado en una silla, con la mirada perdida en mi entrepierna.

— Otra vez... no... — susurró ella, pero su voz temblaba con una mezcla de miedo y deseo. Me incorporé, dejando que mi erección quedara completamente expuesta, palpitante y ya casi a su máximo esplendor. La agarré por la barbilla, obligándola a mirarme. — No hemos acabado, puta —gruñí, con voz ronca. — No sé si te habrán follado el culo, pero pienso hacerlo. Quiero ese culito de melocotón abierto por mi rabo. — Cecilia tragó saliva, sus ojos desorbitados mirando mi tamaño, imposible de creer que pudiera caber en su ano virgen. — Jamás... — tartamudeó. — Jamás ha entrado nada natural ahí. Algún juguete pequeño, pero nada más... igual que a Luisito. — Se quedó callada de repente, como si hubiera soltado algo que no debía. La miré con curiosa perversidad. — ¿Qué pasa con Luisito? — pregunté, acariciando mi propia erección lentamente.

Ella dudó, miró a su marido, y luego sonrió con una perversidad que nunca le había visto. Una sonrisa de verdadera zorra experimentada. — ¿Sabes otro de los gustos de mi marido cornudo? — susurró, casi gozándose en la humillación de Luisito. — Quiere sentir una polla en su pequeño culo. Dice que se siente muy bisexual... que le gustaría saber lo que es ser penetrado. —

— ¿Y tú qué opinas de eso, zorra? — le pregunté, excitado por la dirección que tomaba todo. Cecilia se mordió el labio inferior, sus ojos brillando con malicia pura. — Me gustaría verlo — confesó, su voz baja pero firme. — Me gustaría ver tu pollón rompiéndole el culo al cornudo maricón de mi marido. Verle gritar mientras un hombre de verdad le folla como a la puta que es. —

Luisito se sonrojó intensamente, pero su pequeña polla saltó con la confesión de su mujer. Estaba humillado, pero más excitado que nunca. — Luisito —ordené, señalándolo con el dedo. — Ve a mi neceser, el que dejé en la habitación. Dentro hay una caja de condones. Tráemela. Y date prisa, cornudo. — Luisito se levantó tambaleante, su cuerpo menudo desapareciendo dentro de la casa. Volvió en segundos, con la caja en las manos temblorosas.

— Bien — dije, agarrando a Cecilia y poniéndola a cuatro patas sobre la tumbona. — Primero voy a desvirgar este culito perfecto. Y tú, cornudo, vas a ver cómo tu mujer recibe su primer rabo en el culo. Abrí un condón, enrollándolo en mi rabo con calma deliberada, haciéndolos sufrir con la espera. Cecilia temblaba, su culo expuesto, las nalgas aún rojas de la paliza anterior. Me puse detrás de ella, acariciando su hendidura con mi glande, presionando contra su ano cerrado.

— Relájate, zorra — ordené. — Y cuéntale a tu marido cómo te sientes. —

— Luisito... — gimió ella, sintiendo la presión. — Está... está empujando... joder, es enorme... va a romperme... — Empujé con fuerza, sintiendo cómo su esfínter cedía lentamente, abriéndose para mí. Cecilia gritó, arqueándose, sus uñas clavándose en la tumbona.

— ¡Está entrando! ¡Dios, Luisito, está entrando en mi culo! — chilló ella, con voz entrecortada. — Es... es demasiado grueso... me está partiendo... en dos. — Seguí empujando, centímetro a centímetro, viendo cómo su ano se estiraba obscenamente alrededor de mi grosor. Luisito gemía sin control, viendo cómo su mujer era sodomizada por primera vez. — Ahora — ordené, ya enterrado hasta la mitad. — Ordena a tu marido que te coma el coño. Que vea cómo mi rabo entra en tu culito mientras limpia mi leche de tu coño. —

— ¡Luisito! —gritó ella, desesperada, el dolor mezclándose con el placer. — ¡Ven aquí! ¡Cómeme el coño! ¡Lámelo todo! ¡Quiero que veas cómo me folla el culo mientras tú me limpias y me das placer que no hay nadie que lama el coño como tu! —. Luisito se arrodilló frente a ella, su rostro a centímetros de su coño chorreante de mi semen. Su lengua salió temblorosa, empezando a lamer, a succionar, mientras yo empujaba más profundo en el culo de su mujer. — Mira, cornudo — gruñí, embistiendo con fuerza ahora, el sonido de nuestros cuerpos chocando contra las nalgas de Cecilia resonando en el jardín. — Mira cómo tu mujer recibe mi pollón en el culo. Dile cómo se siente, zorra. —

— ¡Es... es increíble! — chilló Cecilia, entre la lengua de su marido en el coño y mi polla en su culo. — ¡Me está llenando todo! ¡Siento... siento que voy a correrme otra vez! ¡Luisito, mírame! ¡Mira cómo me convierto en su puta! — Y empecé a follarla con fuerza, moviéndome en su culo apretado, mientras Luisito lamía desesperadamente su coño, sintiendo cómo ella se estremecía, a punto de estallar en un orgasmo anal que la dejaría completamente rota.

Cecilia se transformó ante mis ojos. La timidez, la reserva, todo se desvaneció. Ahora era una diosa cruel, una zorra dominante que se deleitaba en la humillación de su marido cornudo. Se separó de nosotros, se sentó en la tumbona frente a Luisito, abriendo las piernas obscenamente, mostrando su coño hinchado y chorreante.

— Mira, cornudo — dijo ella, deslizando dos dedos en su interior y sacándolos brillantes con mi semen. — Mira lo que dejó tu amigo en mi coño. ¿Alguna vez llenaste algo así? ¿Con esa cosita que tienes entre las piernas? — Luisito gemía, arrodillado, su pequeña polla palpitando sin ser tocada. —Respóndeme, maricón —ordenó ella, clavándose los dedos con fuerza, gimiendo de placer. — ¿Alguna vez me hiciste sentir esto? —

—Nunca... — jadeó él, avergonzado. — ¡Exacto! ¡Nunca! — gritó Cecilia, retorciéndose, pellizcándose los pezones con la otra mano, haciéndose daño y disfrutándolo. — Porque eres un inútil, un cornudo de mierda, un maricón que no sirve para follar. ¡Pero ahora vas a sentir lo que es ser la puta! —

Me miró con ojos brillantes de perversidad. — Pelayo, destroza ese culo — suplicó, casi ordenando. — Fóllalo como nunca has follado a nadie. Hazle gritar, hazle llorar. Que sepa lo que es recibir una polla de verdad, ese cornudo maricón de mierda. —

Empujé a Luisito contra la mesa, su cuerpo menudo temblaba. Su culo era una obra de arte, pequeño, perfecto, dos nalgas tersas y blancas que parecían de mujer. Me lubrico con saliva, preparándome, y apoyé mi glande contra su entrada virgen. — Por favor... — murmuró Luisito, mirando hacia atrás. — ¡Cállate, puta! — gritó Cecilia desde la tumbona, masturbándose frenéticamente ahora, tres dedos entrando y saliendo de su coño con sonidos húmedos. — ¡No digas por favor, di que te lo meta! ¡Pide que te rompan el culo, maricón de mierda! —

— Métemela... — balbuceó Luisito, el rostro sonrojado. — Por favor, métemela... necesito... necesito sentirla... —. Empujé con fuerza brutal. Su esfínter era el más apretado que había sentido, una succión violenta que resistía mi entrada. Luisito gritó, un sonido agudo de dolor mezclado con éxtasis. — ¡Sí! ¡Grita, cornudo! — celebró Cecilia, acercándose más, abriendo más las piernas para que su marido tuviera vista perfecta de su coño mientras ella se dedeaba. — ¡Siente cómo te rompe! ¡Eso es lo que yo sentí, inútil! ¡Pero ahora eres tú la puta! —

Seguí empujando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su culo cedía, cómo se abría para recibir mi rabo perforándolo. Luisito jadeaba, las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero empujaba hacia atrás, buscando más. — No... no pares... — gimió él, con voz entrecortada. — Lo aguanto todo... dame más... soy una puta... tu puta... —

—¡Escúchalo! — se burló Cecilia, pellizcándose los pezones con fuerza, arqueándose de placer. — ¡Mi marido pidiendo más polla! ¡Maricón! ¡Cornudo de mierda! ¿Te gusta sentirte usado? ¿Te gusta ser el receptáculo de un hombre de verdad mientras tu mujer se masturba delante de ti? —

— Sí... — lloriqueó Luisito, ahora moviéndose contra mí, buscando que entrara más profundo. — Soy... soy una puta... fóllame... usa mi culo... — Empecé a moverme con fuerza, embistiendo ese culo apretado con brutalidad. El sonido de mis golpes contra sus nalgas resonaba, mezclado con los gemidos de Luisito y los gritos soeces de Cecilia. — ¡Mira mi coño, cornudo! — ordenaba ella, acariciándose el clítoris frenéticamente. — ¡Mira lo que te niego! ¡Mira cómo me corro viéndote humillado! ¡Eres una basura, Luisito! ¡Una puta barata que solo sirve para recibir pollas! —

—Sí... — gemía Luisito, su propia excitación creciendo a pesar del dolor. — Soy... soy basura... tu puta... fóllame más duro... —

— ¡Escúchalo! — gritó Cecilia, al borde del orgasmo. — ¡Mi marido pidiendo que le destrocen el culo! ¡Maricón! ¡Cornudo! ¡Inútil! — Seguí embistiendo con furia, sintiendo cómo el culo de Luisito se rendía completamente, cómo se convertía en mi juguete. Cecilia se corrió con un grito ensordecedor, su coño contrayéndose en espasmos violentos, chorreando sobre la tumbona, mientras observaba con ojos vidriosos cómo su marido era sodomizado sin piedad.

— ¡Córrete dentro de él! — ordenó ella, jadeando, todavía frotándose. — ¡Llénalo de leche! ¡Que sepa lo que es ser la hembra! — pero no pensaba quitarme el condón, lo mismo otra vez. Y con un rugido, se corrió Luisito.

Me salí de su culo con un sonido húmedo, mi rabo durísimo. Luisito se desplomó contra la mesa, jadeando, su cuerpo menudo cubierto de sudor, el culo rojo y abierto. Lo agarré del cabello, obligándole a girarse, a arrodillarse frente a mí. — A ver si es verdad que tienes buena boca y lengua, puta — gruñí, arrancándome el condón de un tirón y dejando mi rabo expuesto, brillante, durísimo y palpitante. — Ven aquí putita... y mama. —

Me senté en la tumbona, las piernas abiertas, mi rabo imponente frente a su rostro. Luisito, todavía sin aliento, con los ojos vidriosos de la reciente sodomización, se arrastró hasta quedar entre mis piernas. Su lengua salió temblorosa, empezando a lamer la base, subiendo lentamente, saboreando el sabor de su mujer y el mío.

Cecilia se sentó a mi lado inmediatamente, su cuerpo desnudo pegado al mío, observando con fascinación cada movimiento de su marido. Su mano encontró mi pecho, acariciando mientras ella no perdía detalle. — Mírale — susurró ella, con voz ronca pero suave ahora. — Mírale cómo te lame. Cómo te adora. — Luisito gemía contra mi piel, su lengua trabajando con dedicación, succionando mi glande, intentando meterse en la boca todo lo que podía de mi tamaño. Sentí cómo su garganta se abría, cómo intentaba tragárselo todo, tosiendo ligeramente, pero sin detenerse. —Va... va a correrse — murmuró Cecilia, excitada de nuevo, su mano bajando hasta acariciarse a sí misma. — Quiero verlo. Quiero ver cómo te llena la boca. —

Agarré la cabeza de Luisito con ambas manos, empujando, follándole la boca con fuerza, sintiendo cómo se relajaba completamente, entregándose a ser mi receptáculo. El placer se acumulaba en mis cojones, imposible de contener más. — ¡Me voy a correr! — grité, arqueándome, mis caderas embistiendo su rostro. — ¡Trágatelo todo, puta! — Y exploté. Un grito largo, gutural, salió de mi garganta mientras descargaba chorro tras chorro en su boca, llenándola de mi leche caliente, espesa. Luisito tragó desesperadamente, algunas gotas escapándose por la comisura de sus labios, corriendo por su barbilla. Cecilia observaba con los ojos brillantes, jadeando, su propio placer renovado por la visión.

Cuando terminé, me dejé caer contra el respaldo, exhausto, satisfecho. Luisito se apartó lentamente, tosiendo suavemente, con la boca llena, tragando lo último. Y entonces, algo cambió en el aire. Luisito se giró hacia Cecilia. Ella hacia él. Se miraron a los ojos, y sin decir palabra, se fundieron en un beso profundo, largo, verdadero. Mis restos de leche se mezclaban entre sus lenguas, un intercambio íntimo que nada tenía que ver con la humillación anterior.

— Te quiero — susurró Luisito, con la voz quebrada, acariciando el rostro de su mujer. — Te quiero tanto, Cecilia.—

— Y yo a ti, Luisito — respondió ella, con lágrimas en los ojos, pero sonriendo. — Mi cornudo. Mi maricón. Mi amor. — Se abrazaron, desnudos, vulnerables, completos. Se decían cosas que solo ellos entendían, promesas, gratitudes, confesiones de años de silencio y comprensión. Su tono era suave, sincero, cargado de una verdad que trascendía el sexo.

— Gracias por entenderme — dijo él, besando su cuello. — Gracias por confiar en mí — respondió ella, acariciando su espalda.

Los observé en silencio, testigo de su intimidad. Habían encontrado algo, un equilibrio, una forma de amarse que incluía todo: los juegos, la humillación, la entrega, pero, sobre todo, la aceptación muta. Yo había sido el catalizador, el puente, pero ellos eran el destino.

— Sois perfectos —murmuré, más para mí que para ellos.

Cecilia levantó la vista, sonriéndome con una ternura que contrastaba con la zorra de hacía minutos. — Quédate con nosotros — dijo, extendiendo una mano hacia mí. — El fin de semana apenas empieza. —