La apuesta perdida (Cap. 2)
La mesa de póker no solo jugaba dinero; jugaba con su dignidad. Cuando las cartas se repartieron, Elena supo que la verdadera apuesta no era ganar, sino perder. Y esta vez, la derrota la desnudó ante los ojos de quien más debería protegerla.
NOTA DEL AUTOR:
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CAPÍTULO 2
LA DERROTA
—Ven aquí, preciosa—, dijo el dealer, haciendo que se levantara y tomándola por la cintura.
Elena miró a Javier, buscando una salida, pero él solo bajó la cabeza, murmurando un "lo siento" que no significaba nada.
—Empezaré yo— continuó el dealer, —debo catar la mercancía.
—Luego te enviaremos al club para que los clientes puedan contratarte.
—No puede negarse a nada, le pidan lo que le pidan deberá obedecer.
—A las seis de la mañana bajamos persiana, o sea que le esperan ocho horas de intenso trabajo.
—Si al finalizar la noche ha saldado su deuda podrá irse a casa, en caso contrario se quedará en el club hasta que lo consiga.
Sin más preámbulos agarró una navaja y de un corte desgarró la blusa dejándola echa harapos. Entonces, sujetando el sujetador por el puente, lo cortó y liberó las hinchadas tetas de Elena coronadas por sus grandes y rosados pezones.
—Buenas tetas, la mercancía es de calidad— dijo después de agarrarlas con ambas manos e intentar levantarlas como si fuera a pesarlas.
Cuando Elena vio que se proponía desgarrar también su falda, antes de que lo hiciera se la desabotonó y se la quitó.
—Que la guarde el perdedor— dijo con desprecio el dealer quitándole la falda a Elena y lanzándosela a Javier.
Javier, que aún estaba con los codos y la cabeza apoyados sobre el tapete de la mesa, no se movió.
Elena quedó frente al dealer, prácticamente desnuda, respirando aceleradamente y tapándose las tetas, tímidamente, con las manos.
—Eso no te va a hacer falta más— añadió el dealer desgarrándole las bragas de un tirón.
—¡Vaya! Tiene el coño peludo. Esto no les gusta a los clientes, cuando terminemos contigo aquí mandaré a una de las chicas para que te deje en condiciones.
Elena estaba temblando, frente a aquel musculoso hombre con tatuajes en los brazos. Intentaba cubrirse los pechos y el sexo como podía aunque sabía que de poco le iba a servir.
—¡Gírate! — ordenó, —recuéstate sobre la mesa.
Con lágrimas derramándose por las mejillas, Elena obedeció, y se recostó aplastando sus tetas sobre la mesa.
—Abre los brazos— le ordenó el dealer.
—Abre las piernas.
Completamente sometida, Elena perdió la noción del tiempo y su mente pareció desconectarse del cuerpo.
—¡Ahhhhhh!!! — gritó cuando una dura polla la penetró sin lubricación previa.
El dealer, con su polla enterrada en el coño de Elena la sujetó por la cintura y empezó a moverse adelante y atrás; penetrándola rítmicamente.
—¡Dios, qué apretada estás! — dijo al notar como las paredes vaginales de Elena le apretaban la polla.
—¿Es que no te la follas cornudo? — dijo cruelmente, —¿o es que la tienes muy pequeña?
Javier no respondió. Permanecía quieto con los ojos cerrados, se negaba a mirar como le quitaban lo último que le quedaba, lo último que había querido.
“¡Poker de ochos!”, ¡Que mierda de póker es ese!!” “¿Quién coño se queda en la mano dos ochos y pide tres cartas?”.
Con la cabeza apoyada sobre la mesa, notaba como cada vez que el dealer penetraba a su esposa, esta, se movía ligeramente.
¡plop! ¡plop! ¡plop!
El dealer empezó a tomar ritmo y las estocadas cada vez eran más rápidas. También el cuerpo de Elena empezó a reaccionar a la estimulación del clítoris y su vagina empezó a humedecerse facilitando la penetración.
—¡Ummmmmm! — jadeó Elena finalmente cuando tras una estocada especialmente profunda notó un escalofrío en su clítoris
—¿Lo oyes, cornudo? Parece que a tu mujer le está empezando a gustar.
La religiosa educación que Elena había recibido le impedían disfrutar de aquella violación pero su cuerpo opinaba distinto. Lo que el dealer había insinuado era cierto, su marido la follaba poco y la tenía pequeña.
Casi todas las noches regresaba borracho y sin un euro; se metía en la cama a su lado y se quedaba dormido como un tronco.
—No has contestado, cornudo. ¿La follas poco o la tienes pequeña? — insistió el dealer.
Javier ni siquiera oyó la pregunta, su mente aún estaba visualizando el póker de ochos.
—¿Y tú que dices puta? ¿No te folla o la tiene pequeña?
La Elena puritana aún lloraba mientras que la Elena puta estaba empezando a gozar del polvo; pero la Elena engañada por su marido estaba tan ofendida que, despiadadamente, contestó:
—Las dos cosas.
—Ja, ja, ja— rieron todos a la vez.
—Pues hoy vas a saber lo que es follar de verdad— dijo el dealer sin detenerse lo más mínimo.
¡plop! ¡plop! ¡plop!
—¡Ahhhhhh!!! — acabó jadeando Elena cuando su hinchado clítoris empezó a lanzar destellos de placer directamente al hipotálamo.
—¡Ahhhhhh!!! — chilló esta vez.
—Parece que a la puta le gusta— dijo uno de los gemelos que aun estaban en la sala de juegos mirando el espectáculo.
Javier acabó girando la cabeza y lo que vio lo partió por la mitad. Elena estiraba su cuerpo, levantando la cabeza y curvando la espalda al límite del orgasmo mientras que el dealer, completamente desnudo, se la follaba. Cruzaron las miradas y la burlona sonrisa del dealer le partió el alma en dos.
—¡Ahhhhhh!!! — volvió a chillar Elena y empezó a correrse.
—¡Ahhhhhh!!! ¡Si!!! ¡Si!!! ¡Si!!!
—¡Ahhhhhh!!! ¡Me corro! ¡Me corro! ¡Me corro!
—¡Ahhhhhh!!! ¡Dame más! ¡MÁS DURO!
Y el dealer, poniendo toda la carne en el asador aceleró el ritmo, cerró los ojos y empezó a correrse dentro del coño de Elena.
—¡Toma puta! ¡Toma mi leche!
Tres, cuatro chorros de semen inundaron el útero de Elena que, agotada, se derrumbó apoyando la mejilla sobre el cálido tapete verde.
Poco después, el dealer sacó su morcillona polla dejando el coño de Elena completamente abierto.
—¡Joder! — dijo Luis, el ganador de la mano, —¡su coño está chorreando lefa!
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