Xtories

La tentación del jardín

Laura solo quería tomar el sol, pero la mirada fija de Roberto desde la ventana encendió algo prohibido en su interior. Lo que empezó como una coqueta exhibición para calmar la frustración sexual se transformó en un juego de dinero y desnudez que la llevó a cruzar la línea de la fidelidad.

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Marcos y Laura, ambos de 28 años, se habían mudado hacía tres semanas. Marcos era contable, alto, de hombros anchos, mandíbula marcada y ojos verdes. Laura, técnica de marketing en paro, medía 1,68, tenía un cuerpo esbelto y curvilíneo: cintura estrecha, caderas anchas, culo redondo y firme, pechos naturales en copa C altos y turgentes, piel dorada, pelo castaño ondulado y ojos marrones grandes. La casa era pequeña pero acogedora, un adosado de dos plantas en una urbanización tranquila cerca de Mataró. El precio del alquiler esta algo encima de su nivel económico, pero lo cogieron justo cuando Laura tenía y trabajo y recientemente se había quedado en el paro y estaba en buscada de empleo. Por lo que su nivel de vida era muy justo y se estaban comiendo los ahorros hasta que Laura encontrase trabajo.

La casa de al lado era más grande, con piscina y ventanas que daban directamente a su patio trasero. Laura se dio cuenta, pero no le dio importancia.

Mientras Marcos trabajaba, Laura aprovechaba para hacer búsqueda de empleo y tras llevar algunas semanas sin ningún éxito, bajo su intensidad ante la frustración. Y sin darse cuenta nos acercamos al mes de mayo, un mayo muy caluroso. Un día soleado, Laura salió al pequeño jardín con un bikini negro minúsculo que utilizo en un viaje anterior a Formentera y se tumbó boca arriba en la hamaca. Se sentía muy tranquila y relajada, pero al rato le pareció ver una sombra en la ventana de arriba del edificio del frente. Decidió ignorarlo en ese momento.

Dos días después, aburrida de la búsqueda de empleo, decidió volver a tomar el sol con el mismo bikini que la ocasión anterior. Se sintió observada de nuevo, no se preocupó, supuso que debería ser un adolescente salido que quería ver a una mujer de verdad fuera del abuso de internet. Sonrió para sí y empezó a posar de forma sugerente: arqueó la espalda, separó las piernas, se pasó las manos por el vientre. Le hizo gracia imaginar que el adolescente la observaba.

Esa tarde, al volver de comprar, vio a Marcos hablando con un hombre en la puerta.

—Laura, ven —dijo Marcos—. Te presento a Roberto, nuestro vecino.

Roberto tenía unos 50 años, pelo gris grasiento y largo, gafas de pasta gruesa y sucias, barba desigual de varios días, camiseta vieja holgada sobre una barriga blanda, pantalones de chándal desgastados y sandalias. Olía ligeramente a cerrado.

—Encantado, Laura —dijo él, mirándola de arriba abajo con detenimiento—. Bienvenidos al barrio.

—Hola… gracias —respondió ella con una sonrisa neutral, sintiendo su mirada intensa. Y admitiendo que era él quien la observaba y no ningún adolescente.

Le sorprendió que no se enfado ante este descubierto, le causó algo de excitación viendo que ese hombre se escondía para espiarla. Pero no entendía que hacía por las mañanas a casa y como se podía permitir esta casa, parecía carísima.

—¿A qué te dedicas Roberto? - pregunto Laura

—Vivo solo, soy programador y trabajo desde casa, así que casi siempre estoy por aquí.

Se despidieron y Laura lo entendió todo, el hombre trabajaba des de casa y debería ser un buen programador para permitirse esa casa.

El día transcurrió con normalidad. Esa noche Marcos y Laura hicieron el amor. Él la besó con cariño, le quitó la ropa y se colocó encima.

—¿Te gusta así, cariño? —preguntó mientras entraba en ella con suavidad.

—Sí… sigue —contestó Laura, aunque sentía que faltaba intensidad.

Marcos se movió con ritmo constante y se corrió tras unos minutos. Ella fingió placer. Después se quedó insatisfecha, pero lo normalizó. Y eso ya duraba una buena época, Laura no le daba mucha importancia, pero le empezaba a dar vueltas sobre cómo solucionarlo, ella también quería gozar.

Al día siguiente estuvo buscando trabajo encerrada en el estudio con el ordenador, pero ante la no obtención de ninguna respuesta se rallo y decidió salir a tomar el sol. Sabía que Roberto seguramente la observaba. No le gustaba, pero no quería renunciar al sol. Se tumbó, se aplicó crema lentamente y adoptó poses naturales pero sugerentes. Le hacía gracia jugar con Roberto de esta forma, como si fuera un niño pequeño, el posar y ser consciente que está escondido espiándola.

El resto del día transcurrió con normalidad y se dio cuenta que tenía la nevera medio vacía, así que decidió ir a comprar. En el supermercado estaba concentrada con la compra y coincidió con Roberto cerca de la sección de frutería.

—Hola, Laura —saludó Roberto con torpeza, se notaba que no estaba acostumbrado a hablar con mujeres—. Qué casualidad. El súper está bastante bien, ¿verdad?

Laura asintió con cara incómoda, le daba pereza hablar con él.

—Y oye, ¿has visto las obras en la entrada de la urbanización? Creo que tardaran…

—Está bien, sí. Pero tengo prisa, Roberto. Hasta luego. - dijo Laura incomoda, no le apetecía hablar con él. Lo consideraba un friki.

Las semanas siguieron pasando con normalidad. No hacía mucho sol, por lo que Laura no salió mucho a tomar el sol. Aunque solo si lo que hizo, unas tres veces, y convencida que lo hacía ante la mirada de Roberto.

Una tarde volviendo de comprar, vio a Marcos hablando con Roberto. Y se transformó en una nueva normalidad que Marcos y Roberto, hacían cada tarde sus 20 minutos de charla en la puerta de entrada de casa. Casi que ya se buscaban el uno al otro.

Una noche, antes de dormir Laura le pregunto que le parecía Roberto y de que hablaban tan a menudo.

—Es un poco raro —admitió Marcos una noche—, pero parece buena gente. Siempre va bien llevarse bien con los vecinos. Hablamos de series, videojuegos, política y la vida…

Laura pensó que si supiera que la espiaba mientras tomaba el sol, no diría lo mismo.

Esa noche volvieron a follar. Fue parecido: cariñoso pero corto. Al finalizar Laura se levantó al baño y le pareció ver una silueta en la ventana de Roberto. Se preocupó un momento por si los había visto follar, pero se autoconvenció de que no había visto mucho, el ángulo no lo permitía, pero no se quedó tranquila.

Llego el fin de semana, era sábado, y Laura y Marcos salieron a tomar el sol. Lo curioso es que Laura llevaba un bikini más discreto que con el que acostumbraba a tomar el sol los días que estaba sola.

Al lleva unos minutos tomando el sol, Roberto los saludó desde la ventana.

—Buenos días. ¿Qué tal?

—Bien, gracias —respondió Marcos—. ¿Tú cómo vas?

Estuvieron hablaron un rato de series y de futbol durante unos 20 minutos, y Laura no intervino en ningún momento en la conversación. Y en un momento Roberto dijo:

—Hablar así es incómodo. ¿Por qué no venís a mi piscina? Estáis invitados.

Marcos aceptó enseguida:

—Claro, vamos ahora mismo.

Laura lo acompañó a regañadientes, no le apetecía mucho ir a la piscina de su voyeur, aunque ante el calor a medida que se acercó a la piscina se le empezó a pasar el enfado. Mientras Marcos se bañaba, Roberto charlaba con él, pero cada vez que su novio se distraía, sus ojos se clavaban en el cuerpo de Laura, tanto cuando nadaba o tomaba el sol y distraída de la conversación. En un momento, mientras Laura no estaba siguiendo el hilo de la conversación, Marcos comentó:

—La verdad es que ahora vamos un poco justos de dinero. Laura está buscando trabajo y los gastos de la mudanza nos han apretado.

A Laura le jodió que explicase eso, no era de incumbencia de nadie su situación económica. Pero le sorprendió que Roberto asintió, interesado, como si esa información le diese alguna idea.

Esa noche Laura folló con Marcos con más ganas, pensando en que quizá los miraban. No entendió el porqué, pero eso hizo que algo dentro suyo se encendió. Se esforzó, gimió más y disfrutó un poco más, aunque la respuesta de Roberto fue la misa de siempre.

Al día siguiente, domingo, Laura estaba sola en el jardín, y Roberto observaba sin disimulo. Laura se dejó ver: arqueó la espalda, levantó las piernas, se giró mostrando el culo. Al cabo de unos minutos Roberto apreció y se estiro al lado de Laura. Roberto los saludó de nuevo mientras tomaban el sol.

—Hola, ¿qué tal el fin de semana? —preguntó.

A partir de aquí siguieron los dos con las conversaciones sobre los mismos temas tópicos de siempre.

Al cabo de unos minutos, Marcos volvió a hablar de dinero. Laura se molestó, se sentía culpable por no encontrar trabajo y eso ya le empezaba a pesar como una losa. Al cabo de poco dijo:

—Voy a ducharme. - Se levanto y se fue ante la mirada de ambos mientras seguían conversando.

Se duchó y salió envuelta solo en una toalla blanca. Justo cuando salía Marcos regresaba de tomar el sol y se metió en la ducha.

Laura se dirigía a su habitación y entonces sonó el timbre. No sabía quién podría ser, y le molestaba ir a abrir la puesta con solo la toalla, pero decidió ir.

Laura abrió la puerta lentamente, asomando la cabeza para que no se viese con la toalla solamente. Roberto estaba allí, nervioso, con varios billetes en la mano. Laura no entendía nada, pero al ser él, decidió abrir más la puerta y ella se quedó delante de Marcos con la toalla tapándole el cuerpo.

—Hola… perdona que te moleste —balbuceó, mirándola de arriba abajo—. Si… si tiras la toalla al suelo un minuto… te doy 150 euros.

Laura se quedó en blanco, atónita ante la propuesta y lo expuesta que se sentía en este momento. En una milésima de segundo, pensó en las facturas, en el alquiler, en que necesitaban dinero. Tras unos segundos de silencio, sin pensarlo mucho más ni entender el porqué, dejó caer la toalla. Quedó completamente desnuda delante de él. Roberto se relamió, devorándola con la mirada: sus pechos firmes con pezones rosados duros, su cintura estrecha, su coño completamente depilado, los labios suaves e hinchados.

—Dios… —murmuró él, respirando agitado.

El minuto pasó. Laura recogió la toalla, se la puso, le cogió el dinero de las manos y cerró la puerta sin decir nada. Dentro temblaba: nerviosa, excitada, con 150 euros en la mano. Se sentía sucia… pero viva. No entendía porque le excito esa situación.

Pasaron dos días sin que saliera al jardín, le daba vergüenza coincidir con Roberto. Le había dado muchas vueltas ante esa situación, se sentía sucia por haber mostrado su cuerpo por dinero, pero le excito mucho la situación, también le molestaba que un hombre feo como Roberto se hubiese salido con la suya, tenía un conglomerado de sensaciones.

Al tercer día volvió a salir a tomar el sol, con el bikini que solo utilizaba cuando estaba sola. En esa ocasión, Roberto la observaba desde la ventana y esta vez sin disimulo, no se saludaron ni nada, y Laua actuó como si nada y como siempre.

Por la tarde Marcos, cuando regreso a casa le dijo que le había dado el teléfono de los dos al vecino por si llegaban paquetes.

—¿Por qué le das mi número sin preguntarme? —protestó ella.

—Era por si no estamos en casa… solo eso. ¡Que somos vecinos!

Este hecho le molesto mucho a Laura. No le gustaba nada que Roberto tuviese su teléfono.

Al día siguiente, antes de salir a visitar a su familia, recibió un mensaje:

Roberto: Hola Laura, soy Roberto, el vecino. Me gustó mucho ver tu cuerpo el otro día. Es precioso, muy bonito. No quería molestarte.

Laura: Gracias, pero que mi novio no se entere de nada.

Roberto: Por supuesto. Si algún día tomas el sol sin la parte de arriba, te puedo enviar 20 euros por Bizum. Solo si tú quieres.

Laura: Ni de coña.

Le sorprendió lo directo que era Roberto cuando le hablo y tenía el nudo en el pecho, de lo que había provocado por ceder por lo de la toalla. Tenía decidido responder que todo esto se había acabado, que fue una broma momentánea pero ya había llegado a su fin. Pero la idea se le quedó… Esa noche quería hacer sexo con Marcos, pero la rechazo argumentando que estaba cansada.

A la mañana siguiente, todavía le duraba la excitación de la noche anterior. Y volvió a pensar en la propuesta de Roberto, y no sabía porque le vino una sensación de excitación. Así que ese día salió, tomó el sol y vio como Roberto la miraba en la ventana. Así que Laura ante la mirada de Roberto se hizo la “valiente” y al final se quitó la parte de arriba del bikini y sus pechos quedaron al aire. Roberto se quedó mirando con atención des de la ventana y cogió el móvil.

Laura recibió un Bizum de 20 euros en ese momento y un mensaje.

Roberto: Muchas gracias, Laura. Eres realmente hermosa. Disfruta del sol.

Durante los siguientes catorce días, Laura estableció una rutina diaria. Cada tarde bajaba al jardín trasero de la casa, se quitaba la parte de arriba del bikini y se tumbaba al sol, esperando el correspondiente bizum.

El tercer día mientras desayunaba, recibió un mensaje de Roberto.

Roberto: Si te apetece enviarme alguna foto posando en toples, te pagaría 20 euros por cada una. Solo si te sientes cómoda, sin ninguna presión.

Laura se mordió el labio, sorprendida. Un cosquilleo le recorrió el estómago. «¿Por qué no?», pensó. «Total, solo es toples y necesitamos el dinero». Se levantó, se colocó de pie de perfil, arqueó ligeramente la espalda y sacó la foto. Los pechos firmes y redondos quedaban perfectamente ante la cámara.

Laura: [Foto de pie, de perfil, pechos al aire, espalda arqueada] Roberto: Gracias por la foto. Tienes una figura increíble. Me has alegrado mucho el día. Aquí tienes los 20 euros.

Laura sintió una extraña satisfacción al leer su respuesta. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien admiraba su cuerpo de esa forma.

El quinto día se sentía más segura. Se sentó en la cama, cruzó las piernas con elegancia y empujó el pecho hacia la cámara, mirando directamente al objetivo con una expresión entre tímida y provocadora. «Esto me está gustando más de lo que debería», pensó mientras pulsaba enviar.

Laura: [Foto sentada en la cama, piernas cruzadas, torso girado hacia la cámara, pechos expuestos y pezones endurecidos] Roberto: Gracias. Eres muy generosa. Tu cuerpo es precioso. (20€)

El séptimo día Laura ya posaba sin dudar. Se tumbó boca arriba sobre la cama, estiró los brazos por encima de la cabeza y arqueó la espalda, ofreciendo su cuerpo a la cámara. Sentía los pezones duros por el momento y una ligera humedad entre las piernas. «Dios… me estoy excitando solo con posar», se dijo.

Laura: [Foto tumbada boca arriba, brazos estirados, espalda arqueada, cuerpo completamente expuesto] Roberto: No sé cómo agradecerte. Cada día me dejas sin palabras. Gracias de verdad. (20€)

Laura notaba cómo el juego le provocaba un morbo creciente. Por las noches follaba con Marcos mucho más húmeda y desesperada, aunque él seguía corriéndose rápido, dejándola insatisfecha y pensando en las fotos.

El noveno día, Roberto subió el nivel:

Roberto: Si te apetece enviarme alguna foto tuya posando completamente desnuda, te enviaría 75 euros. Solo si quieres, sin ninguna obligación.

Laura leyó el mensaje y no contestó. El corazón le latía con fuerza. Esa noche apenas durmió, debatiéndose entre la vergüenza y una excitación intensa. Al día siguiente, tras comprobar que los pagos del mes los dejaban justos otra vez, tomó una decisión.

Se desnudó completamente frente al espejo del dormitorio. Se miró el cuerpo desnudo durante un largo rato, respirando agitada. «Esto ya es otro nivel… pero quiero hacerlo», pensó. Se colocó de pie, con una mano cubriéndose ligeramente el pubis y la otra sujetando el teléfono.

Laura: [Foto de cuerpo entero desnuda frente al espejo, una mano tapando ligeramente el pubis, mirada nerviosa pero decidida] Roberto: Gracias, Laura. Eres perfecta. No tengo palabras. Aquí tienes los 75 euros.

A partir de entonces, la rutina se volvió más intensa. Laura seguía tomando el sol en toples cada día, pero ahora añadía fotos completamente desnudas, cada vez más atrevidas. Su excitación aumentaba con cada foto.

El décimo día se arrodilló sobre la cama, de espaldas a la cámara, con el culo elevado y mirando por encima del hombro. Sentía el corazón acelerado y un calor húmedo entre los muslos.

Laura: [Foto de rodillas, culo hacia la cámara, espalda curvada y mirada provocadora por encima del hombro] Roberto: Gracias. Tienes unas curvas preciosas. Me encanta cómo posas.

El undécimo día tumbada boca arriba, abrió ligeramente las piernas y colocó una mano sobre su vientre bajo, muy cerca del sexo. La excitación era evidente en su respiración entrecortada.

Laura: [Foto tumbada boca arriba, piernas entreabiertas, mano sobre el vientre bajo, pechos expuestos y expresión de placer] Roberto: Eres una mujer muy atractiva. Gracias por confiar en mí.

El duodécimo día, se atrevió a más. Abrió bien las piernas y bajó la mano hasta rozarse los labios vaginales. Estaba muy mojada. «Esto ya es casi pornográfico…», admitió para sí misma mientras tomaba la foto.

Laura: [Foto tumbada, piernas abiertas, mano tocándose entre las piernas, cara de excitación]

El decimotercer día, de pie frente al espejo del lavabo, completamente desnuda, separó las piernas y se pellizcó un pezón con una mano mientras miraba a la cámara con deseo. El morbo la dominaba por completo.

Laura: [Foto de pie frente al espejo, piernas separadas, pellizcándose un pezón, mirada intensa y sexual] Roberto: Impresionante. Cada día estás más sensual.

En el decimocuarto día, la foto más explícita: tumbada en la hamaca con las piernas bien abiertas hacia la cámara, separó sus labios hinchados con dos dedos, mostrando lo mojada que estaba. Laura estaba tan excitada que casi se masturbó allí mismo.

Laura: [Foto tumbada en la hamaca, piernas abiertas hacia la cámara, dedos separando sus labios vaginales, mostrando su excitación brillante] Roberto: Joder, Laura… Esto es otro nivel. Gracias. Eres increíblemente caliente.

Tras esta nueva rutina, Un día antes de salir a comprar recibió un nuevo mensaje de Roberto.

Roberto: He dejado algo en el buzón. Si sales con ello puesto, subo la cuota a 35 euros al día.

Laura sorprendida fue directamente al buzón y recogió un pequeño paquete que abrió en el comedor. Era un micro tanga negro semitransparente. Laura se lo puso tras pensarlo poco, al nivel que habían llegado ya no venía de aquí. Decidió no ir a comprar y estrenar el micro tanga ahora mismo. Se lo provo y se vio espectacular, todavía no entendía como seguía con el juego, si por el dinero, por el morbo o ambas cosas. Así que, salió al jardín. Roberto observaba atentamente desde la ventana. Recibió los 35 euros con un simple “Gracias” de mensaje.

Los dos días siguientes repitió con el micro tanga. Pero al tercer día, sin saber porque, mientras tomaba el sol, se acarició un pecho instintivamente mientras Roberto la observaba. En un momento cerro los ojos mientras lo hacía, y cuando los abrió l vio a Roberto con la polla fuera, masturbándose. Laura, sin pensar, bajó la mano a su coño y se acarició el clítoris mientras le aguantaba la mirada. Roberto se corrió con fuerza. Ella volvió a casa, excitada y nerviosa, y se masturbó pensando en él, sintiéndose culpable después.

Al día siguiente, Laura salió al jardín decidida a solo posar, pero la excitación ya era demasiado fuerte. Se tumbó en la hamaca con el micro tanga negro semitransparente, el cuerpo brillante por la crema solar. El sol de media tarde caía con fuerza sobre el pequeño jardín trasero. Solo llevaba puesto aquel tanga ridículamente pequeño: un triángulo diminuto de tela casi transparente que apenas cubría su coño depilado, y un hilo finísimo que se perdía completamente entre sus nalgas firmes y redondas. El resto de su cuerpo estaba totalmente desnudo.

Sus pechos grandes y naturales, de copa C perfecta, descansaban expuestos al sol, los pezones rosados endurecidos por la brisa y la excitación. Tenía la piel dorada y brillante, con gotitas de sudor mezcladas con el aceite que hacían que su cuerpo resplandeciera. Su larga melena castaña ondulada caía a los lados de la hamaca, algunos mechones pegados a su cuello y hombros por el calor.

Laura tenía las piernas ligeramente abiertas, una rodilla doblada. Su mano derecha subía y bajaba por su torso, acariciándose primero el vientre plano, luego subiendo hasta uno de sus pechos. Lo apretó con fuerza, amasándolo, y pellizcó el pezón entre dos dedos, tirando de él suavemente. Un gemido bajito escapó de sus labios entreabiertos.

Su mano izquierda ya había bajado hasta el micro tanga. Los dedos se colaron bajo la tela transparente y húmeda. Separó los labios mayores de su coño con dos dedos y empezó a frotar el clítoris hinchado en círculos lentos pero firmes. Estaba empapada. La tela del tanga se había oscurecido por sus jugos y se pegaba a su piel. Introdujo un dedo dentro de su coño, luego dos, follándose lentamente mientras seguía pellizcándose el pezón con la otra mano. Su respiración se volvía más agitada, el pecho subía y bajaba con fuerza, haciendo que sus tetas se movieran de forma hipnótica.

De repente abrió los ojos y miró directamente hacia la ventana del primer piso de la casa de al lado. Allí estaba Roberto, esperándola como siempre. Se había asomado sin ningún disimulo. Su cara, con el pelo gris grasiento cayéndole sobre la frente, las gafas de pasta gruesa empañadas y la barba desigual, mostraba una expresión de puro deseo animal. Tenía la boca entreabierta y respiraba con dificultad. Se había bajado los pantalones de chándal y los calzoncillos hasta los muslos. Su polla gruesa y venosa, estaba completamente erecta, la cabeza morada e hinchada brillando por el precum que ya le chorreaba.

Con la mano derecha se masturbaba con movimientos largos y firmes: subía y bajaba por todo el tronco, apretando fuerte, haciendo que la piel se deslizara sobre la cabeza. Con la izquierda se sujetaba los huevos pesados, masajeándolos mientras no apartaba la mirada ni un segundo del cuerpo de Laura.

Sus ojos recorrían obsesivamente cada detalle: los pechos que ella misma se estaba manoseando, los pezones duros que pellizcaba, el micro tanga transparente empapado, y especialmente los dedos de Laura que entraban y salían de su coño brillante, frotando el clítoris cada vez más rápido.

Laura no apartaba la mirada. Le aguantaba la mirada al viejo pervertido mientras aceleraba el movimiento de sus dedos. Metió tres dedos dentro de su coño, follándose más profundamente, y con el pulgar frotaba el clítoris hinchado con fuerza. Sus caderas empezaron a moverse contra su propia mano, buscando más fricción. Sus tetas rebotaban con cada movimiento.

Roberto, al ver eso, aceleró también su mano. Se pajeaba con furia ahora, el sonido húmedo de su polla siendo masturbada llegaba débilmente hasta el jardín. Su cara estaba roja, sudaba, las venas del cuello marcadas. Gruñía bajito, los ojos entrecerrados, pero sin dejar de mirarla.

Laura sintió que el orgasmo se acercaba. Arqueó la espalda con fuerza, empujando sus pechos hacia arriba. Sus dedos entraban y salían de su coño a toda velocidad, el micro tanga completamente desplazado a un lado, dejando su sexo totalmente expuesto. Empezó a gemir más alto, sin importarle ya si alguien podía oírla desde la calle.

—Joder… —susurró ella entre dientes, sin dejar de mirar a Roberto.

El vecino abrió mucho los ojos al oírla. Su mano volaba sobre su polla gruesa. De repente su cuerpo se tensó. Soltó un gruñido ronco y largo mientras eyaculaba con fuerza. Chorros gruesos y blancos de semen salieron disparados de su polla, salpicando el alféizar de la ventana y cayendo hacia abajo. Siguió corriéndose durante varios segundos, sacudiendo la polla para sacar hasta la última gota, sin apartar la vista de Laura.

Ver cómo el viejo se corría tan violentamente mirando su cuerpo fue el detonante final para ella. Laura metió los dedos hasta el fondo, frotó su clítoris con furia y explotó en un orgasmo intenso. Su coño se contrajo alrededor de sus dedos, soltando un chorrito de jugos que empaparon aún más el micro tanga y la hamaca. Sus tetas temblaban, su boca se abrió en un gemido largo y ahogado, y todo su cuerpo se sacudió con espasmos de placer mientras mantenía la mirada fija en Roberto.

Cuando el orgasmo empezó a bajar, Laura sacó lentamente los dedos brillantes de su coño, los llevó a su boca y los chupó con descaro, saboreando sus propios jugos mientras miraba al vecino.

Roberto, todavía con la polla semi erecta y goteando semen, se quedó allí quieto, respirando agitadamente, observándola con una mezcla de satisfacción y hambre insaciable.

Laura se quedó tumbada unos segundos más, el pecho subiendo y bajando, el micro tanga destrozado y empapado, el cuerpo brillante de sudor y placer. Luego, sin decir nada, se levantó lentamente de la hamaca y entró en casa, sintiendo cómo las piernas le temblaban y su coño seguía palpitando.

Al día siguiente salió con la micro tanga, decidida solo a posar, no quería caer en la trampa de volver a masturbarse con Roberto. Le parecía una locura donde iba la cosa y lo que hicieron el día anterior. Roberto apareció, la miró varios minutos, sin hacer nada… y se metió dentro. Laura se sintió rechazada y nerviosa, no entendía que sucedía.

Entonces llegó el mensaje:

Roberto: Ven a mi casa tal como estás ahora. Si follamos, te pago 350 euros.

Laura se quedó en blanco. Le vino a la cabeza el rechazo que acaba de sentir cuando el se retiró sin hacer nada y sentía que estaba en su telaraña. Toda esta situación, era consciente que no estaba bien, pero lo hacía más por el morbo que por el dinero, le excitaba mucho este juego. Tecleó casi sin pensar:

Laura: VOY.

Se acerco a la puerta con el micro tanga y envuelta en la toalla. Miró que la calle estuviera vacía, cruzó rápidamente y entró. Roberto la esperaba en el salón.

—Ven —dijo él con voz ronca.

Laura se quedó de pie delante de él, se quitó la toalla y se quedó con las tetas al aire y solo con el micro tanga puesto. Se miraron fijamente. Sin que le dijera nada, ella enganchó los dedos en los laterales y bajó el tanga lentamente hasta quitárselo. Quedó completamente desnuda. Roberto la miró con deseo, deteniéndose en sus pechos, en su coño depilado e hinchado.

—Eres mucho más hermosa de cerca… —murmuró.

Se acercó y la besó con ansia. Sus manos recorrieron su espalda, apretaron su culo, subieron a sus tetas y pellizcaron los pezones. Laura gimió en su boca. Roberto la llevó al sofá, la sentó y se arrodilló entre sus piernas. Le separó los muslos y empezó a lamerle el coño con dedicación: lengua plana recorriendo sus labios de abajo arriba, chupando el clítoris con calma, metiendo un dedo y luego dos, follándola suavemente con ellos mientras succionaba. Laura se agarró al sofá, jadeando fuerte, y tuvo su primer orgasmo largo y tembloroso.

Roberto se levantó, se quitó la ropa. Su polla gruesa, larga y venosa estaba completamente dura. La puso a cuatro patas en el sofá y la penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, dejando que su coño se abriera alrededor de su grosor. Luego empezó a follarla con ritmo profundo y constante, agarrándola fuerte de las caderas. El sonido de su piel chocando llenaba la habitación.

—Qué coño tienes… —gruñó él—. Llevo semanas deseando esto.

Laura gemía con cada embestida profunda. Roberto la cambió de postura: la puso encima y la hizo cabalgar. Laura subía y bajaba, sus tetas saltando, el coño tragándose toda la polla hasta el fondo. Él le sujetaba las tetas, pellizcaba los pezones y le metía un dedo en el culo mientras ella se movía. Laura se corrió por segunda vez, apretando el coño alrededor de él.

La tumbó de lado, levantó una de sus piernas y la penetró desde atrás, follándola con estocadas largas y fuertes. Luego la puso contra la pared, de pie, sujetándola por las nalgas y embistiéndola desde atrás mientras le besaba y mordía el cuello. Laura sentía la polla gruesa rozándole el punto G en cada movimiento.

Finalmente la tumbó en el sofá en misionero, le levantó las piernas sobre sus hombros y la folló con fuerza salvaje. Sus embestidas eran profundas, rápidas y brutales. Laura gritaba de placer, clavándole las uñas en la espalda, las tetas rebotando con cada golpe. Roberto sudaba, jadeaba, le pellizcaba los pezones y le metía dos dedos en la boca para que los chupara.

—Quiero correrme dentro —gruñó.

—Hazlo… lléname —jadeó Laura.

Roberto aceleró al máximo, gruñendo, y se corrió con chorros potentes y calientes que inundaron el coño de Laura hasta rebosar. Siguió empujando unos segundos más, vaciándose completamente. Cuando salió, un hilo espeso de semen blanco cayó de su coño abierto al sofá.

Se quedaron unos instantes en silencio, respirando agitados. Laura se levantó temblando, se puso el micro tanga rápidamente, y salió casi corriendo hacia su casa.

Nada más cerrar la puerta recibió el Bizum de 350 euros.

Se apoyó contra la pared, el corazón latiéndole con fuerza, el coño palpitando y lleno de semen del vecino. Se sentía nerviosa, avergonzada y terriblemente excitada.