La depravacion de Camila - Jefes peligrosos
Mónica no eligió a Camila por su currículum, sino por su silencio. Y esa tarde, en el archivo, el silencio fue lo único que permitió que Camila viera lo que nunca debería haber visto: la verdadera naturaleza del poder.
Capítulo 1
Camila Vásquez tenía veinticuatro años, una cartera de cuero sintético color camel que había comprado convencida de que parecía de buena calidad, y la certeza absoluta de que el esfuerzo siempre encontraba su recompensa.
Era la certeza específica de los recién graduados que todavía no ha tenido tiempo de demolerse: esa combinación de mérito real y fe ingenua que la vida se encarga de complicar tarde o temprano. Camila la cargaba con una naturalidad que no era arrogancia sino simplemente la lógica de alguien que había sacado el mejor promedio de su generación trabajando los fines de semana en la caja de una farmacia de la Colonia Doctores, comiendo tortas de jamón preparadas la noche anterior para no gastar en la cafetería universitaria, tomando el metro a las seis de la mañana durante cuatro años. El resultado había sido un expediente académico que nadie podía disputar y una ingenuidad sobre el mundo que el expediente no alcanzaba a compensar. Camila creía, con una convicción que no era ignorancia sino temperamento, que la gente en su mayoría era buena y que las cosas en su mayoría tenían solución si uno ponía la voluntad correcta. Sus compañeros de carrera la llamaban idealista. Ella los llamaba cínicos prematuros. Nadie había ganado ese debate todavía.
La habían admitido en Portas Group gracias a su madrina Estefanía, que era amiga de Sandra Buenaventura desde la universidad y que había hecho la llamada con el tono de quien pide un favor pero ofrece algo a cambio: la palabra de que Camila valía lo que decía su currículum. Estefanía conocía a su ahijada lo suficiente para saber que si se equivocaba en esa llamada, se equivocaba en algo que importaba.
Portas Group tenía sus oficinas en el piso veintitrés de una torre de cristal en Santa Fe. La primera vez que Camila entró al edificio, en el lobby de mármol blanco con el logo de la empresa grabado en letras doradas sobre la pared del fondo, sintió algo en el pecho que no sabía nombrar exactamente. No era miedo, aunque lo tuviera. No era emoción, aunque eso también estuviera. Era más parecido a pararse en el borde de algo muy alto y mirar hacia abajo: la mezcla específica de vértigo y de querer igual.
La empresa era lo que su madrina le había descrito: una compañía de moda de alto nivel con sede en México, oficinas en Madrid y Barcelona, y la mirada puesta en Nueva York con la urgencia contenida de quien sabe que el siguiente paso es el que define todo. Vestían a mujeres que aparecían en revistas. Sus campañas ganaban premios internacionales. Sus números crecían con la regularidad de algo que ya no dependía de la suerte sino de una inteligencia que había aprendido a no cometer el mismo error dos veces.
Todo eso lo había construido Andrés Puyol. Pero eso lo aprendería después.
Camila tenía el cabello negro hasta los hombros con reflejos castaños naturales, sin el blowout ni el tratamiento de quienes entienden el cabello como inversión. Lo llevaba recogido ese primer día porque le parecía más profesional, con una liga azul que era la que había encontrado en el cajón esa mañana. Ojos café oscuro, grandes y expresivos, con esa honestidad visible que la gente interpretaba de inmediato como ingenuidad sin entender que las dos cosas podían coexistir. Un metro sesenta y tres, piel trigueña clara, el cuerpo de una mujer joven que todavía no sabe completamente cómo habitarlo: curvas suaves, boca generosa, una manera de moverse que no era calculada sino simplemente suya. Vestía bien dentro de sus posibilidades: ropa limpia y de buen corte que no gritaba su precio. Tenía algo en la cara que la gente leía antes de que hablara: apertura. Como si el mundo todavía le pareciera un lugar razonablemente bien diseñado.
Eso, en el mundo donde acababa de entrar, era tanto una ventaja como una vulnerabilidad.
Todo eso lo aprendería después. Esa primera mañana lo que sentía era el lobby de mármol y las letras doradas y la certeza de que había llegado a algún lugar que importaba.
Sandra Buenaventura tenía treinta años y la cara de alguien que había aprendido a leer a las personas mucho antes de aprender a hablarles.
Cabello negro lacio cortado precisamente al hombro, siempre impecable. Ojos oscuros con esa capacidad específica de evaluar sin que pareciera que evaluaban. Un metro sesenta y ocho, delgada con las curvas justas de quien cuida su cuerpo con la misma disciplina con que cuida su agenda. La ropa siempre en ese punto calibrado entre la informalidad que permite la cercanía y la formalidad que establece la distancia.
Era jefa de personal de Portas Group. Sabía exactamente quién era quién en esa empresa antes de que la persona lo supiera ella misma. Había visto llegar a decenas de pasantes y directores intermedios. Sabía en la primera semana quién iba a durar y quién no. Sabía también qué tipo de daño podía hacerle a cada persona el lugar donde trabajaban.
Recibió a Camila el primer lunes con una eficiencia que no era fría sino precisa. Le explicó las funciones, le mostró el espacio, la presentó al equipo. Y mientras hacía todo eso, sin que se notara, la medía.
—Tu madrina me habló bien de ti —dijo Sandra al final del recorrido.
—Ella es muy generosa —dijo Camila.
—Las personas generosas dicen que alguien es buena persona. Las personas precisas dicen que alguien es capaz. Tu madrina fue precisa.
Camila no supo qué responder. Archivó esa frase en el lugar donde archivaba las cosas que necesitaban más tiempo para entenderse.
Lo que pensó Sandra en esos primeros días, Camila no lo sabría hasta mucho después. Lo que pensó fue: esta chica tiene demasiada calidad para este lugar y demasiada ingenuidad para sobrevivir sola. Y después: que no la toque Mónica todavía.
Pero Mónica ya la había visto.
Thiago Mayora fue el primero en hablarle sin motivo laboral.
Veintisiete años, un metro ochenta, moreno con el cabello oscuro corto y siempre arreglado. Guapo de una manera que Camila notó pero que no la perturbó: había en él una calidez inmediata que convertía cualquier otra lectura en irrelevante. Las manos expresivas cuando hablaba. La voz grave y cálida, con un humor que aparecía en los momentos exactos para disolver la tensión de una oficina que la tenía en cantidades industriales.
—Primera semana —dijo Thiago, apareciendo en el cubículo de Camila el miércoles con dos cafés—. El primer día estás emocionada. El segundo estás procesando. El tercer día te das cuenta de dónde llegaste y necesitas algo caliente en la mano para manejarlo.
—¿Y dónde llegué?
—A un lugar que puede ser muy bueno o muy complicado dependiendo de a quién le caigas bien. Cáeme bien a mí y empiezas con ventaja.
Camila se rió. Fue la primera risa genuina en esa oficina.
Amalia Suarez llegó al viernes.
Cabello castaño claro con un blowout perfecto que debía costarle más de lo que Camila ganaba en una semana. Ojos verdes con ese cálculo permanente en el fondo. La sonrisa amplia que llegaba antes de que la situación la justificara. Vestida con esa elegancia estratégica de quien entiende que la ropa es un mensaje.
—Tú eres la nueva de Sandra. Amalia Suarez, diseño.
—Camila Vásquez.
—Lo sé. En esta empresa todo el mundo sabe quién es todo el mundo antes de que se presenten. Es más eficiente.
En cinco minutos le dijo el nombre del mejor restaurante de Santa Fe, le preguntó dónde había estudiado con el tono de quien evalúa la respuesta, y mencionó que en Portas Group había dos tipos de personas.
—¿Y cómo funciona? —preguntó Camila.
—Eso se aprende. No se explica.
Thiago cuando Amalia desapareció: —Amalia colecciona información sobre las personas como otros coleccionan zapatos. Siempre está sumando. No es un defecto moral. Es una estrategia de vida.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu estrategia?
—Yo no tengo estrategia. Tengo criterio. Son cosas diferentes.
Lo vio por primera vez el segundo jueves, al fondo del pasillo principal.
Salía de la sala de juntas grande con dos ejecutivos detrás de él que caminaban ligeramente más rápido de lo natural para seguirle el paso.
Casi un metro ochenta y cinco. El atletismo contenido de alguien que cuida su cuerpo porque es un instrumento que se mantiene en condiciones. Cabello negro con canas precisas en las sienes que no llegaban por descuido sino que el tiempo había colocado donde producían el efecto correcto: hacerlo ver mayor sin hacerlo ver viejo. La mandíbula marcada con esa firmeza de quien no cede. Los ojos grises, casi sin expresión, procesando algo interno que los demás no podían ver. Las manos grandes con una textura que hablaba de alguien que en algún punto había trabajado con ellas de verdad. Traje oscuro sin corbata, camisa blanca abierta en el primer botón — no por descuido sino por una decisión que comunicaba exactamente lo que quería comunicar: que las reglas, incluyendo las suyas, eran algo que él establecía.
Pasó a tres metros de Camila sin mirarla. No fue una indiferencia hostil. Fue la indiferencia total de quien mira a través de los objetos que no son relevantes para su ecuación del momento.
Thiago llegó a su lado un segundo después. Camila esperaba el nombre. En cambio vio la cara de Thiago: la expresión de quien acaba de ver algo que produce un efecto que preferiría no tener.
—Si yo no fuera lo que soy —dijo Thiago, en voz muy baja y con total seriedad— tendría un problema muy serio.
—Ese es Andrés Puyol. El fundador. El dueño.
Y después, como si necesitara completar el retrato:
—IQ de ciento sesenta y algo. Habla cuatro idiomas. Construyó esta empresa desde cero antes de los treinta. Y ha tenido de amantes a algunas de las mujeres más hermosas del mundo. Ninguna pudo retenerlo más de un año. No porque las dejara — bueno, sí, porque las dejaba — sino porque Andrés Puyol no es el tipo de hombre al que se retiene. Es el tipo que decide cuándo se queda y cuándo se va. Y siempre ha decidido irse.
Las revistas de sociales lo fotografiaban en eventos con modelos y actrices cuya profesión era ser las más hermosas del cuarto. Andrés aparecía junto a ellas con esa indiferencia suya y la foto resultaba siempre más interesante que cualquier otra en la página. No porque posara. Sino porque no posaba.
Esa tarde, Amalia pasó junto a Camila cuando Andrés Puyol cruzó de vuelta hacia su oficina. Amalia, que nunca perdía la compostura, tardó exactamente dos segundos en retomar el hilo de lo que estaba diciendo. Dos segundos que Thiago notó y Camila notó y que Amalia habría negado con la misma convicción con que negaría cualquier cosa que la hiciera parecer humana.
Cada mujer en Portas Group, sin excepción, tenía en algún rincón de su cabeza la versión imposible de una historia con ese hombre. Lo sabían imposible. Lo sostenían igual.
En los días siguientes la relación entre Andrés Puyol y Camila Vásquez se reducía a lo mínimo. Café. Un documento. Una carpeta. Nada que requiriera que su nombre existiera para él.
La otra persona que Camila aprendió a reconocer en esas primeras semanas fue Valentina Cruz.
Treinta y ocho años. El pelo rojizo oscuro que llevaba recogido con esa informalidad que en realidad era una declaración de principios: no necesito convencerte de que soy la persona más importante en este cuarto porque ya lo sabes. Un metro setenta y dos, delgada pero con presencia, con esa energía específica de las personas que están siempre en el proceso de resolver algo más interesante que lo que están haciendo físicamente en ese momento. Los ojos verdes con esa concentración constante de quien lleva décadas mirando cosas y entendiendo qué tienen de particular. Las manos siempre con algo: un boceto, un teléfono, una taza de café que se enfriaba porque no tenía tiempo de tomársela.
Era la directora creativa de Portas Group. Y era también, según los rumores que circulaban con la consistencia de los hechos verificados, la razón por la que tres firmas de moda en París, dos en Milán y una en Nueva York llevaban años intentando robarla sin conseguirlo.
—¿Por qué no se va? —le preguntó Camila a Thiago una tarde.
—Esa es la pregunta de los últimos ocho años. —Se recostó en su silla—. La versión oficial es que Andrés le ofrece condiciones que nadie más puede igualar: participación en las ganancias, libertad creativa total, presupuesto sin techo en los proyectos que ella elige. La versión extraoficial es que Andrés Puyol vendió su alma al diablo para firmar ese contrato. —Una pausa—. Y que Valentina Cruz es el diablo.
Tenía cuatro premios LVMH, dos A List Apart, y una mención especial en los CFDA Awards que la industria todavía citaba. Cuando una colección de Portas Group llegaba a las pasarelas de París o Milán, era Valentina Cruz quien decidía cada línea, cada tela, cada ángulo. Andrés ponía el dinero y la inteligencia de negocio. Valentina ponía lo que el dinero no podía comprar.
* * *
Mónica Casillas era el tipo de mujer que llegaba antes de llegar.
Su perfume — algo oriental con madera debajo, costoso sin ser obvio — se instalaba en el pasillo unos segundos antes de que ella apareciera, como si el espacio necesitara prepararse. Treinta y cinco años con esa cara que el tiempo había refinado en lugar de tocar: los pómulos altos, la mandíbula firme, los labios con una forma que la gente recordaba aunque no supiera exactamente por qué. Los ojos color miel que evaluaban con una velocidad que nadie registraba porque estaban demasiado ocupados siendo evaluados. Un metro setenta de cuerpo trabajado no en el gimnasio sino en la disciplina de quien entiende que el cuerpo es también un argumento: las curvas precisas de quien sabe exactamente cómo moverse para que el movimiento sea una declaración. La ropa siempre justa: una blusa que sugería sin mostrar, una falda que llegaba exactamente donde tenía que llegar, los tacones que sonaban en el pasillo como decisiones tomadas. El cabello castaño oscuro que llevaba suelto con ese movimiento específico de quien lo mueve a propósito aunque parezca descuido.
Los hombres giraban la cabeza cuando Mónica Casillas cruzaba un cuarto. Las mujeres también, aunque con menor disposición a admitirlo.
Era consultora externa de Portas Group. Su relación con Andrés era de esas que toda la oficina conocía pero nadie nombraba.
La primera vez que habló con Camila fue un viernes de la tercera semana, en la sala de descanso.
—Tú eres la de Sandra.
—Camila Vásquez. Pasante.
—Lo sé. ¿Cuánto tiempo llevas?
—Tres semanas.
—¿Y cómo te va?
—Bien, creo.
—¿Crees o sabes?
—Sé que trabajo bien —dijo Camila—. No sé todavía si eso es suficiente aquí.
Mónica la estudió durante un momento con ese inventario rápido que tenía para las personas. Y en esa mirada había algo que Camila no supo clasificar: interés, sí, pero de un tipo específico. No el interés de quien evalúa una candidata. El interés de quien acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar.
—Eso es una buena respuesta —dijo Mónica—. La mayoría dice que le va muy bien aunque no sea verdad. Tú hiciste la distinción.
Se fue. Y Camila archivó esa conversación.
La cuarta semana, Sandra reunió al equipo en la sala principal.
—La señora Mónica va a incorporar una asistente directa de Portas Group —dijo, con la economía de palabras que usaba para todo lo que era importante—. El perfil requiere organización, discreción y capacidad de adaptación. Las interesadas pueden dejar su nombre con recursos humanos antes del viernes. Las entrevistas serán la semana que viene.
El anuncio duró cuarenta segundos. El efecto duró el resto del día.
Camila lo supo en la cara de Amalia cuando salieron de la sala: esa concentración específica de quien ya está calculando. La asistente directa de Mónica Casillas no era un cargo cualquiera. Era el acceso al núcleo real de Portas Group.
—¿Vas a aplicar? —le preguntó Thiago esa tarde.
—No sé. Soy pasante. Probablemente buscan a alguien con más experiencia.
—Probablemente. Pero aplica igual.
—Amalia va a conseguirlo.
—Amalia lo cree también. Lo cual podría ser un problema para Amalia.
Camila lo miró sin entender del todo.
El viernes a las cinco, dejó su nombre con recursos humanos con la convicción de quien no espera ganar pero cree que intentarlo es correcto. Seis personas habían dejado su nombre. Tres con más experiencia que ella. Y Amalia, cuyo currículum era exactamente el tipo de currículum que ese cargo parecía exigir.
Esa noche Mateo le dijo: —Tú tienes otras cosas.
—¿Como qué?
—La gente confía en ti sin que hagas nada para que confíen.
Camila guardó eso.
Las entrevistas fueron el martes de la quinta semana.
Mónica las hizo ella misma, en la sala de reuniones B, con Sandra tomando notas en un rincón. Cuarenta minutos por candidata. Sin la amabilidad de protocolo que hacía que las entrevistas normales parecieran conversaciones. Mónica no necesitaba que la persona se sintiera cómoda. Necesitaba verla cuando no lo estaba.
La primera candidata salió con esa expresión de quien respondió lo que creía que querían escuchar. La segunda, con esa tensión de quien sabe que no le fue bien pero no entiende exactamente dónde. Amalia fue la tercera. Salió de esa sala con la expresión calibrada de siempre — sin grietas, sin el alivio visible de quien salió bien ni la decepción de quien salió mal — y Thiago, que estaba cerca, no pudo leer nada en su cara. Lo cual, en Amalia, podía significar cualquier cosa.
Camila fue la quinta.
Entró con la carpeta que había preparado la noche anterior: un resumen de sus funciones actuales, los procesos que había mejorado en cinco semanas, y dos propuestas de reorganización que nadie le había pedido pero que había desarrollado porque le parecían evidentes y porque no había podido dormir bien pensando en ellas. Iba vestida igual que siempre: la blusa azul que alternaba con la gris, el pantalón negro, los zapatos de punta redondeada que eran cómodos y presentables sin ser espectaculares. Sin el blowout de Amalia. Sin el reloj de marca de la tercera candidata. La liga azul en el pelo.
Mónica la miró entrar. Sandra tomó nota de algo.
La entrevista duró cincuenta y cinco minutos. Quince más que las demás.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que te costó moralmente? —preguntó Mónica, sin preámbulo, con el bolígrafo quieto sobre la mesa.
Camila pensó antes de responder. No calculó la respuesta correcta ni ensayó el tono adecuado. Pensó de verdad, con esa concentración suya de cuando algo le importa.
—Hace dos meses —dijo—. Cubrí a una compañera que llegó tarde porque sabía que la iban a reportar. Le dije al supervisor que la había visto entrar a tiempo. Me sentí mal por haber mentido aunque el motivo fuera bueno. Todavía me siento mal.
Mónica no anotó nada. Escuchó.
—¿Qué harías si descubrieras algo comprometedor sobre alguien de la empresa?
—Depende de qué tan comprometedor y de cómo lo descubrí. Si fue información que alguien me dio en confianza, la guardo. Si vi algo que nadie me pidió que viera... también. No es mi información. No me corresponde usarla.
—¿Ni siquiera si te beneficiara usarla?
Camila tardó en responder esa parte.
—Especialmente entonces —dijo—. Porque si la uso para beneficiarme, ya no soy la persona que encontré esa información. Me convierto en otra.
Mónica la miró durante un segundo de más.
—¿Cuál es el límite de tu discreción?
—No sé si tengo un límite claro. Depende de lo que sea. Pero si alguien confía en mí, no la voy a defraudar a menos que me pida que haga daño a alguien.
—¿Por qué quieres este cargo?
—Porque quiero aprender cosas que no están en ningún manual. —Pausa—. Y porque creo que puedo hacerlo bien aunque no tenga toda la experiencia que tienen las otras candidatas.
—¿Crees o sabes?
Era la misma pregunta del pasillo de la sala de descanso. Camila la reconoció. Sonrió sin poder evitarlo.
—Creo —dijo—. Pero con bastante convicción.
Algo en Mónica se movió levemente. No fue visible para nadie que no estuviera mirando con atención. Sandra, que llevaba años mirando con atención, tomó nota de algo.
Cuando Camila salió, Sandra levantó la vista.
—¿Amalia? —preguntó.
—No —dijo Mónica.
Sandra esperó.
—Amalia guarda información para usarla. Lo vi en la segunda pregunta: calculó la respuesta en lugar de darla. Evaluó qué convenía decir antes de decirlo. —Una pausa—. Camila no calculó nada. Respondió y después pensó en si debería haberlo dicho. Eso es diferente. Eso es honestidad sin entrenamiento.
—Es una pasante con cinco semanas de experiencia.
—Es una persona que cree que la gente en su mayoría es buena —dijo Mónica—. Que cree en la paz mundial, básicamente. —Lo dijo sin sarcasmo—. En el mundo donde me muevo eso es extraordinariamente útil o extraordinariamente peligroso. Voy a apostar a que es lo primero.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces aprendo algo. —Se levantó—. Además vi su carpeta. Organizó los archivos del trimestre y de paso rediseñó el sistema de etiquetado para que fuera más rápido encontrar los documentos. Nadie le pidió eso. Lo hizo porque le pareció evidente que era mejor.
—Es la chica de la liga azul en el pelo —dijo Sandra, casi para sí misma.
—Exactamente —dijo Mónica—. Es la chica de la liga azul en el pelo. Y nadie en esa sala de espera tenía liga azul en el pelo porque nadie en esa sala de espera se vistió esta mañana para ser ella misma. —Tomó la laptop—. Eso es lo que necesito.
El miércoles, Sandra llamó a Camila a su oficina.
—Mónica te eligió. A partir del lunes trabajas directamente con ella además de tus funciones actuales.
—¿A mí?
Sandra la miró con esa paciencia suya.
—A ti.
Camila salió con algo que no sabía exactamente cómo clasificar: no era solo alegría, era también la sorpresa genuina de quien no esperaba ganar y que por eso no había preparado ninguna reacción para el momento en que ganara.
Thiago lo supo antes de que ella llegara a su cubículo.
—Te lo dije. Aplica igual, te dije.
—No entiendo por qué me eligió a mí.
—Yo sí. —Y no explicó más.
Amalia apareció diez minutos después. Se paró en el marco de la puerta. Silencio de dos segundos exactos.
—Me lo ganaste, perra —dijo Amalia. Y en su voz había algo genuino y raro en ella: la incomodidad de alguien que siente algo que no calculó sentir—. Qué envidia.
—Amalia, yo no —
—No me expliques nada. Gana quien gana. —Pausa. Se acomodó el saco—. Pero yo merecía y tú lo sabes.
—Lo sé —dijo Camila, con honestidad.
Algo en la cara de Amalia se suavizó un milímetro.
—Por lo menos eres honesta. Eso se agradece.
Se fue.
Thiago, en cuanto desapareció: —Con Amalia eso es lo más cercano a "me caes bien" que vas a escuchar en mucho tiempo.
Mateo Tovar tenía veintiséis años y la virtud, que a veces es también una limitación, de querer exactamente lo que tenía.
Un metro setenta y cinco, delgado con esa complexión de quien hace ejercicio ocasional pero no lo convierte en identidad. Cabello castaño siempre ligeramente desordenado, no por descuido sino porque ese era su estado natural. Ojos café cálidos, de esa calidez constante que no cambia según el humor. La sonrisa de adolescente que le quedaba igual a los veintiséis que cuando Camila lo conoció a los veinte. Manos largas y ágiles de programador.
Vivían juntos en un departamento de dos cuartos en la Colonia del Valle. Pequeño pero ordenado, con plantas en el balcón que Mateo regaba con la regularidad de un rito y estantes de libros que ocupaban cada pared. El lugar tenía la temperatura de dos personas que han aprendido a compartir un espacio sin que se sienta apretado.
Camila lo amaba con la certeza tranquila de quien ama algo que ya no requiere explicación. Mateo había sido el hombre con quien había tenido su primera vez, hacía tres años, y desde entonces no había tenido dudas sobre él.
Cocinaba los martes porque sabía que a Camila le gustaba llegar y encontrar la comida lista. Leía novelas de ciencia ficción en la cama. Cuando ella llegaba tarde, él siempre estaba despierto: no esperándola con ansiedad sino simplemente ahí, presente, con esa disponibilidad tranquila de quien no necesita hacer drama del amor para que el amor sea real.
Esa semana, cuando Camila llegó a casa con la noticia del puesto, Mateo la celebró con la intensidad con que celebraba todo lo de ella: completa, sin reservas.
—Te lo mereces —dijo.
—No sé por qué me eligieron a mí.
—Yo sí —dijo Mateo, con esa sencillez que no necesitaba adornos.
Camila lo miró. Pensó en el cargo, en lo que empezaba el lunes. Pensó en Mónica. Y sintió por primera vez en semanas esa cosa específica de estar exactamente donde quería estar.
Todavía no sabía que ese sentimiento iba a ser cada vez más difícil de sostener.
La primera semana como asistente de Mónica fue una clase en el idioma que Camila no sabía que estaba aprendiendo.
La oficina de Mónica Casillas no era grande. Era exacta.
Esa era la diferencia. Los directores de Portas Group que necesitaban demostrar algo tenían oficinas grandes con muebles de diseñador y vistas panorámicas que nadie miraba. Mónica tenía cuarenta metros cuadrados con cada centímetro justificado.
El escritorio era de madera oscura sin adornos: solo la laptop, una libreta de pasta dura color negro y un bolígrafo. Nada encima que no tuviera función. Dos sillas frente al escritorio para visitas, tapizadas en tela gris antracita, con el respaldo recto de las sillas que comunican que la conversación va a ser eficiente. Detrás del escritorio, una credenza baja con carpetas ordenadas por color y una hilera de cajas de archivo etiquetadas con la caligrafía precisa de quien escribe como piensa. En la pared lateral, un solo cuadro: una fotografía en blanco y negro de una calle de Milán que nadie había preguntado si era personal o decorativa porque la pregunta no parecía necesaria.
La luz era indirecta, cálida, del tipo que no cansa los ojos en jornadas largas. No había plantas. No había fotografías familiares ni ninguno de los objetos personales que la gente pone en los escritorios para hacer saber a los demás quiénes son. Mónica no necesitaba que su oficina explicara nada de ella. Eso era también una declaración.
La puerta principal de la oficina daba al pasillo central del piso veintitrés. Pero había otra puerta, interior, que conectaba directamente con el archivo: un cuarto de no más de cuatro metros cuadrados, iluminado con luz artificial de techo, con estantes metálicos de piso a techo. La puerta interior tenía cerradura. Mónica era la única que tenía esa llave.
Y frente a la puerta principal, en el espacio de acceso que separaba la oficina del pasillo, estaba el escritorio de Hilda.
Hilda Escamilla llevaba doce años en Portas Group y nueve trabajando directamente para Mónica Casillas.
Cincuenta y un años. El cabello castaño con canas naturales que no intentaba disimular, cortado hasta la nuca con esa pulcritud de quien no tiene tiempo para el mantenimiento pero sí para verse bien. El cuerpo de una mujer que ha pasado dos décadas sentada frente a una pantalla pero que camina con la postura de quien sabe que la postura comunica antes que las palabras. Los ojos café con esa expresión permanente de quien ha visto demasiado para sorprenderse pero que tiene la discreción de no decirlo. Vestía siempre en tonos neutros, siempre impecable, con esa invisibilidad elegante de las personas cuya función es que las cosas ocurran sin que nadie tenga que preguntar cómo.
Su escritorio era el filtro de todo lo que llegaba a la oficina de Mónica: llamadas, documentos, personas, información. Nada pasaba sin que Hilda lo procesara primero. Y lo que Hilda procesaba, desaparecía en ella con la eficiencia silenciosa de algo que nunca existió.
Camila la aprendió rápido: Hilda no era amable exactamente. Era precisa. La diferencia entre las dos cosas era importante. La amabilidad podía ser calculada. La precisión de Hilda era una forma de respeto: hacía lo que tenía que hacer, en el tiempo que tenía que hacerlo, sin adornos ni fricción. Si Camila necesitaba un documento, Hilda lo tenía antes de que terminara de pedirlo. Si Mónica estaba en reunión, Hilda lo sabía aunque la puerta estuviera cerrada y no hubiera ninguna señal visible. Y si alguien llegaba sin cita con la energía de quien cree que puede saltarse el filtro, Hilda los detenía con una sola frase dicha en voz completamente normal que sin embargo no admitía ninguna continuación.
Thiago le había dicho, la primera semana: —Hilda sabe todo lo que pasa en esa oficina. Todo. Y no ha dicho nada en doce años. Eso no es lealtad de empleada. Eso es algo más serio.
Camila no había entendido del todo esa frase al principio.
La entendió el miércoles de la quinta semana.
Ese mismo miércoles, Mónica le había pedido que organizara los expedientes del último trimestre en el archivo detrás de su oficina. Camila llevaba cuarenta minutos entre los estantes cuando escuchó los pasos.
—¿Tu novio sabe que trabajas aquí? —le preguntó un martes.
—Sí.
—¿Y qué piensa?
—Está orgulloso.
Mónica asintió. Pausa.
—¿Sabes qué le pasa a la gente cuando entra a un lugar como este?
—¿Qué?
—Que el mundo de afuera empieza a parecerles más pequeño. No es malo ni bueno. Es lo que pasa. La pregunta es qué haces con eso.
Camila no respondió. Pensó en Mateo esa noche preparando la cena con el delantal azul marino. Pensó en el departamento, los libros, las plantas. Pensó en cuánto quería todo eso. Y después, sin que lo hubiera convocado, pensó en si quererlo era lo mismo que necesitarlo.
La diferencia entre las dos cosas la inquietó más de lo que esperaba.
Sandra, por su parte, la observaba con la atención de quien sigue un proceso conocido. No mencionaba a Mateo. Pero la manera en que miraba a Camila cuando ella contaba algo de su vida fuera de la oficina tenía algo que Camila aprendió a leer como distancia. Como si Sandra estuviera mirando un paisaje del que había decidido alejarse.
Una tarde, mientras organizaba archivos en el cubículo contiguo, escuchó una llamada de Andrés Puyol a través de la pared delgada. No las palabras. Solo el tono: uniforme, sin excitación ni impaciencia, procesando la información con la eficiencia de algo que nunca sube la temperatura. Camila se quedó quieta sin querer. Escuchó hasta que la llamada terminó. Después siguió trabajando.
No le dijo a nadie que se había quedado quieta.
Sin querer, sin pedirlo, empezaba a distinguir el olor de Andrés Puyol cuando había estado en un espacio antes que ella: algo amaderado y limpio que se quedaba en el aire. Aprendió a reconocerlo antes de saber que lo reconocía. Un día se dio cuenta de que lo buscaba sin haberlo decidido.
Guardó ese dato en el mismo lugar donde guardaba todo lo que no quería nombrar todavía.
Ocurrió un miércoles de la quinta semana, a las cinco menos cuarto de la tarde.
Mónica le había pedido que organizara los expedientes físicos del último trimestre en el pequeño archivo detrás de su oficina. Era un espacio de no más de cuatro metros cuadrados, iluminado con luz artificial de techo, con estantes metálicos de piso a techo y una ventana interior de vidrio translúcido que daba hacia la oficina principal. El vidrio tenía ese tipo de tratamiento que difumina las siluetas sin bloquear la luz: las formas del otro lado eran perceptibles como sombras densas. Los sonidos, en cambio, pasaban con la claridad traicionera de los muros que parecen más gruesos de lo que son.
Fue Hilda quien escuchó los pasos de Andrés Puyol en el pasillo antes de que llegara a la puerta.
No necesitaba mirarlo. Llevaba años aprendiendo los pasos de las personas que importaban en ese edificio con la misma precisión con que aprendía todo lo demás. Los de Andrés eran inconfundibles: ese ritmo largo y sin prisa del hombre que no necesita apurarse porque el lugar ya le pertenece.
Levantó el teléfono de su escritorio. Marcó el interno de Mónica.
—Va para allá —dijo. Dos palabras. Colgó.
Cuatro segundos después, Andrés abrió la puerta de la oficina sin llamar. Hilda no levantó la vista de la pantalla. No era descortesía. Era la forma específica de respeto de quien entiende que hay personas que no necesitan ser recibidas porque el espacio ya es de ellas.
La puerta se cerró.
Hilda tomó el teléfono de nuevo y desvió todas las llamadas entrantes al buzón automático. Después abrió el documento en el que estaba trabajando y continuó.
En los siguientes quince minutos, dos personas se acercaron al escritorio de Hilda con documentos para Mónica. A las dos las detuvo con la misma frase, dicha en el mismo tono de siempre:
—Mónica está en reunión. Le dejo el documento cuando salga.
Ninguna preguntó cuánto iba a durar. La expresión de Hilda no invitaba a preguntas de ese tipo.
Cuando los pasos de Andrés volvieron a escucharse al otro lado de la puerta — esa cadencia larga y sin prisa, ahora en dirección contraria — Hilda reactivó las llamadas entrantes sin levantar la vista de la pantalla. El documento que tenía en la mano lo llevó a la oficina de Mónica tres minutos después, cuando calculó que el tiempo era el correcto.
Mónica estaba frente al monitor con los ojos en la pantalla. Le indicó que lo dejara sobre el escritorio con un gesto mínimo. Hilda lo dejó. Salió. Cerró la puerta con la suavidad de quien no hace ruido por costumbre, no por esfuerzo.
En el pasillo, mientras volvía a su escritorio, pasó junto al archivo.
La puerta estaba entornada.
Hilda no miró. Siguió caminando.
Eso era también parte del trabajo. Saber cuándo no ver.
Camila llevaba cuarenta minutos entre los estantes, ordenando carpetas por fecha y cliente con esa concentración metódica suya, cuando escuchó la puerta de la oficina de Mónica abrirse.
Reconoció los pasos antes de reconocer la voz.
Los pasos de Andrés Puyol tenían una cadencia específica que llevaba semanas aprendiendo sin querer aprenderla: el paso largo y sin prisa del hombre que no necesita apurarse porque el lugar ya le pertenece, que camina con la certeza de quien sabe que nada importante va a ocurrir antes de que él llegue. Camila se quedó quieta entre los estantes con una carpeta en la mano, la respiración súbitamente más corta de lo necesario.
Su primer pensamiento fue práctico y correcto: debería salir y anunciar que estaba ahí. Empujar la puerta del archivo, decir con voz firme que no sabía que iban a usar la oficina, pedir disculpas y salir con la dignidad intacta de quien interrumpió sin querer y se fue en cuanto lo entendió. Era la decisión correcta. Era la que habría tomado la Camila de hace un mes, antes de Portas Group, antes de que este lugar empezara a enseñarle el idioma que no sabía que estaba aprendiendo.
No lo hizo.
No supo después explicarse exactamente por qué. Quizás porque interrumpir a Andrés Puyol le parecía la clase de acto que podía tener consecuencias que no alcanzaba a calcular. Quizás porque la carpeta en su mano pesaba de pronto como algo que no sabía cómo dejar sin hacer ruido. Quizás, y esto era lo que prefería no pensar, porque una parte de ella había leído la situación antes de que la situación se declarara del todo y había tomado la decisión que la otra parte todavía no autorizaba.
—Tenemos quince minutos —dijo Mónica al otro lado del vidrio translúcido. No como advertencia. Como información, con la misma neutralidad con que informaba sobre una junta o un plazo de entrega.
—Suficiente —dijo Andrés.
La voz de él, tan cerca y tan filtrada al mismo tiempo, le produjo a Camila algo en el centro del pecho que no era ninguna de las cosas que habría esperado sentir. No miedo. No indignación. Algo más parecido al vértigo: esa sensación física de terreno que se mueve.
Fue todo lo que se dijeron.
Lo que siguió no tenía la forma que Camila hubiera imaginado para ese tipo de encuentro. No hubo conversación. No hubo preámbulo de ningún tipo. Fue inmediato y sin transición: el sonido de la cerradura de la puerta interior, el ruido de ropa moviéndose con esa urgencia específica de quien sabe exactamente lo que quiere y hacia dónde va, el impacto suave de un cuerpo contra el borde del escritorio de Mónica.
Camila dejó de respirar del todo.
A través del vidrio translúcido, las siluetas eran formas sin detalle preciso: sombras que se movían en una coreografía que su cuerpo traducía antes que su mente. La sombra alta y ancha de él, la más baja y curva de Mónica. El sonido de los tacones de Mónica contra el suelo y después no, el momento en que los pies dejaban de tocar el suelo. La respiración de Mónica cambiando de registro con esa velocidad que solo ocurre cuando el cuerpo reconoce algo que lleva tiempo esperando.
Y entonces Camila entendió, con una certeza que no llegó del cerebro sino del estómago, que Mónica sabía que ella estaba ahí.
No era una deducción. Era la suma de tres hechos: Mónica había dejado la puerta del archivo sin seguro, esa tarde específica, a esa hora específica. Mónica le había pedido que trabajara ahí esa tarde y no otra. Mónica conocía los horarios de Andrés Puyol mejor que nadie en ese piso, porque Mónica conocía los horarios de todos en ese piso mejor que ellos mismos.
Mónica sabía. Y había elegido no impedirlo.
El calor que le subió por el cuello a Camila no era vergüenza, aunque tuviera su temperatura. Era otra cosa. Era el calor específico del cuerpo cuando encuentra algo que no buscaba y que sin embargo reconoce: esa sensación profundamente desconcertante de que algo que llevaba adentro sin nombre acaba de encontrar la forma que le correspondía.
Debería haberse ido.
Se quedó.
Apoyó la espalda en el estante metálico despacio, sin hacer ruido. La carpeta que tenía en la mano la apoyó también con el cuidado de quien mueve algo frágil en la oscuridad. Cerró los ojos.
La respiración de Mónica se fue haciendo más audible, con esa pérdida de control gradual que ocurre cuando el cuerpo toma el mando y la voluntad decide no pelear. Sonidos contenidos, el tipo que se hace cuando se intenta no hacer ruido y el cuerpo no coopera del todo, que se filtraban igual aunque se intentara detenerlos. La cadencia que se establecía del otro lado era constante, metódica, con esa eficiencia de Andrés Puyol que Camila había observado en los pasillos y que ahora reconocía en un idioma completamente diferente pero con la misma temperatura fundamental.
Porque eso era lo más perturbador de todo: que él no perdía la temperatura. No había urgencia audible en su respiración. No había el descontrol que Camila asociaba instintivamente con ese tipo de situación. Era la misma frialdad funcional de siempre, convertida en otra cosa pero sin abandonar su naturaleza. Como si el deseo, para ese hombre, fuera también una operación que se ejecutaba con precisión.
La humedad entre sus piernas llegó sin pedir permiso.
Eso fue lo que más la perturbó después, cuando lo recordó con la lucidez incómoda de los recuerdos que no se pueden controlar: que su cuerpo no le consultó. Que la respuesta física fue anterior a cualquier decisión consciente, como si el deseo tuviera sus propios reflejos que no pasaban por la voluntad. El calor concentrado, la tela de la ropa interior húmeda, el latido insistente que pedía atención.
Su mano fue sola.
Bajó por debajo de la cintura de la falda con esa lentitud que era también una negociación con ella misma: como si moverse despacio le diera tiempo de arrepentirse antes de llegar. No se arrepintió. Los dedos encontraron la tela húmeda y debajo de ella el calor concentrado de su propio cuerpo respondiendo. Se quedó ahí un segundo, con los ojos cerrados y la espalda contra el estante frío, sintiendo simplemente lo que había.
Después los dedos se movieron por debajo de la tela.
Los encontró empapada. Los pliegues suaves y calientes, el clítoris ya hinchado y sensible, respondiendo desde el primer contacto con esa urgencia de quien lleva demasiado tiempo sin que nadie le preste atención. Comenzó con círculos lentos, mordiéndose el labio para no emitir ningún sonido, sintiendo el placer acumularse capa sobre capa.
Al otro lado del vidrio, la cadencia de Andrés se intensificó. Camila lo escuchaba: el ritmo más marcado, los jadeos de Mónica que ya no podían contenerse del todo, la voz de Andrés diciendo algo en voz muy baja — una instrucción seca, autoritaria — que Camila no alcanzó a descifrar pero cuyo tono le produjo un escalofrío que no era de frío.
Introdujo dos dedos en su entrada, curvándolos hacia arriba con la presión que su cuerpo conocía de memoria, el pulgar sobre el clítoris en círculos firmes y constantes. La imagen detrás de sus párpados era específica y sin posibilidad de negación: Andrés Puyol, la mandíbula marcada, los ojos grises fríos, esas manos grandes que su cerebro colocaba ahora en un contexto que no tenía nada que ver con los pasillos. Su cuerpo sobre Mónica con esa eficiencia implacable. Esa precisión que nunca subía de temperatura.
Sus dedos se movieron más rápido. La presión más firme, el ritmo leyendo las respuestas de su propio cuerpo y ajustando. Todo su cuerpo ardía desde adentro hacia afuera.
Del otro lado del vidrio, Mónica soltó un gemido largo que salió a pesar de ella, contenido pero perfectamente audible.
Camila observó hipnotizada cómo Mónica se bajaba lentamente hasta arrodillarse. Con manos expertas liberó el miembro grueso y erecto de Andrés, lo miró un instante con deseo y lo tomó profundamente en su boca. Lo chupó con hambre, bajando hasta la garganta, succionando con fuerza mientras gemía alrededor de su grosor. Andrés gruñó, sujetándola del cabello, y finalmente explotó. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron su boca. Mónica tragó todo con devoción, sin desperdiciar una sola gota, gimiendo de placer mientras lo hacía.
Camila llegó al orgasmo con los dientes apretados sobre el labio inferior y la frente húmeda de sudor frío. No fue el orgasmo largo y construido de las noches con Mateo. Fue el tipo concentrado y punzante de los placeres que no se permiten: contracciones breves y profundas que la recorrieron de adentro hacia afuera en oleadas cortas, dejándola temblorosa contra el estante con la mano húmeda contra el muslo y los pulmones buscando el aire que no podía tomar con normalidad sin arriesgarse a que se escuchara.
Se quedó quieta hasta que las contracciones terminaron.
Al otro lado del vidrio, el ritmo de Andrés se detuvo.
Silencio.
Andrés dijo una o dos palabras, en voz completamente baja, con esa temperatura uniforme de siempre, como si lo que acababa de ocurrir fuera simplemente el siguiente ítem en la lista de la tarde. El sonido de la ropa acomodándose con esa eficiencia. Los pasos en dirección a la puerta interior, con esa cadencia que Camila reconocería en cualquier lugar del mundo. La puerta abriéndose. Cerrándose. Los pasos alejándose por el pasillo.
Silencio completo.
Camila estaba apoyada en el estante con la mano todavía húmeda contra el muslo y el corazón en un ritmo que no correspondía a alguien parada entre archivos a las cinco de la tarde. La palma izquierda seguía en el metal frío. Los ojos todavía cerrados.
Los abrió.
Los estantes de metal. Las carpetas ordenadas. La luz artificial de techo. Todo exactamente donde estaba antes.
—Camila —dijo la voz de Mónica, al otro lado del vidrio translúcido, con la neutralidad perfecta de todos los días, con la misma voz de las instrucciones de trabajo y los plazos de entrega y los buenos días de todos los lunes—. Cuando termines con el archivo, ¿me traes el expediente Rendón? Está en la R, tercer estante.
Camila cerró los ojos un segundo.
Los abrió.
—Sí, Mónica —dijo. Su voz salió completamente normal. Eso fue lo que más la sorprendió de todo lo que había ocurrido esa tarde: que su voz saliera completamente normal.
—Gracias.
Camila buscó el expediente Rendón en la R, tercer estante. Lo encontró. Lo tomó con la mano izquierda porque la derecha todavía tenía ese temblor fino que prefería no exhibir. Fue a la oficina. Llamó a la puerta con los nudillos aunque estuviera abierta, porque era lo que hacía siempre.
Mónica estaba frente al monitor con los ojos en la pantalla. El escritorio en su orden de siempre. La blusa perfectamente acomodada, el cabello en su sitio, la postura de trabajo de todos los días. Levantó la vista el tiempo necesario para tomar el expediente.
—Gracias. Puedes retirarte.
—De acuerdo.
Y así pasó el resto de la tarde. Camila frente a su pantalla, con los datos del resumen trimestral que necesitaban organizarse en celdas y gráficas, con la luz de siempre y el ruido de fondo de siempre. Y la imagen de las dos siluetas en el vidrio translúcido instalada en algún lugar detrás de los ojos donde las imágenes se quedan cuando no tienen a dónde ir todavía pero saben que llegarán.
Llegó al departamento de la Colonia del Valle a las siete y media con el metro lleno y algo que no era culpa exactamente pero que tenía su peso.
Mateo estaba en la cocina. El olor del departamento la recibió antes de entrar: el sofrito de ajo, su perfume de almendras, el detergente de las sábanas. Todo exactamente igual a siempre. Todo diferente en ella.
Cenaron con una conversación liviana que Camila sostuvo desde algún lugar automático de sí misma. Mateo contó de un error en el código que había estado resolviendo toda la tarde. Camila escuchó y respondió en los momentos correctos. La comida estaba buena, como siempre estaba buena cuando él cocinaba.
Cuando Mateo se levantó a llevar los platos, Camila lo siguió.
No era el movimiento habitual de los miércoles. Mateo lo notó en la manera en que ella se acercó: sin el preámbulo doméstico, directamente, con las manos buscando su cintura antes de que él terminara de dejar los platos. Él se giró con una expresión que era pregunta genuina.
Camila lo besó.
No con la dulzura de los besos de todos los días. Con la urgencia de algo que se ha estado conteniendo durante horas y que ya no tiene energía para seguir conteniendo. Mateo respondió con todo lo que tenía porque eso era lo que Mateo hacía: recibir lo que Camila traía sin preguntar de dónde venía.
* * *
Fueron al cuarto sin soltar el contacto.
Camila lo empujó sobre la cama con las manos en su pecho y se montó encima con esa urgencia que llevaba desde las cinco de la tarde buscando forma de descarga. Mateo la recibió con los ojos abiertos y la expresión transformada: la sonrisa de adolescente convertida en algo más oscuro, más caliente, la misma calidez pero con una temperatura que ella no le veía siempre. Le quitó la camiseta. El torso delgado de Mateo, con el abdomen plano del hombre que camina mucho y no piensa en ello, quedó expuesto bajo sus manos.
—Camila —dijo, su nombre como pregunta sin signo de pregunta.
—No pares —dijo ella.
Lo besó en el cuello. Sus dientes rozaron la piel sobre el pulso, sintiendo el latido acelerar bajo sus labios. Bajó por su pecho, su abdomen. Llegó al borde del pantalón y lo bajó junto con la ropa interior con la eficiencia de quien ya no tiene tiempo para los preámbulos que no son necesarios. Encontró su erección firme y cálida, la temperatura específica de Mateo que era constante y reconocible, y la tomó en la mano sintiendo el peso, la textura, la respuesta inmediata de ese cuerpo que la quería desde hacía tres años sin que eso hubiera cambiado en ningún punto del camino.
Lo tomó en la boca.
Mateo exhaló con los pulmones enteros, ese sonido bajo que era completamente suyo, la mano encontrando el cabello de Camila sin empujar sino simplemente posándose ahí, como quien pone la mano en el hombro de alguien que está haciendo algo que lo salva. Camila lo tomó despacio primero, aprendiendo la respuesta de su cuerpo esa noche, con la urgencia de ella amplificada de una manera que él sentía en la presión de su boca y en el ritmo que ella imponía. Su lengua recorrió la vena que palpitaba bajo la piel sedosa, sus labios cerrándose alrededor del glande con una succión deliberada que hacía que el miembro de Mateo se endureciera todavía más dentro del calor húmedo de su boca. Lo tomó más profundo, sintiendo cómo él se tensaba, los muslos apretándose levemente a sus lados.
—Camila —dijo, con la voz ronca que ya no era la voz de la cena.
Ella subió. Se quitó la ropa con esa torpeza mínima de los brazos que tienen prisa, y se montó encima de él antes de que ninguno tomara ninguna decisión adicional. Lo guió con la mano y lo recibió despacio, con ese momento de adaptación que incluso después de tres años tenía su propio tiempo, sintiendo la plenitud familiar de ese cuerpo que la conocía: el ángulo exacto que había aprendido, la profundidad, la presión específica que hacía que sus caderas respondieran solas. Su cuerpo se abrió alrededor del suyo envolviéndolo en la humedad caliente, ajustándose a cada centímetro.
Mantuvo los ojos abiertos.
Lo hizo deliberadamente, mirando a Mateo: el cabello castaño desordenado sobre la almohada, los ojos café abiertos mirándola con esa atención total que él reservaba para las dos cosas que más le importaban. La cicatriz en la ceja, pequeña, que ella besaba en las noches tranquilas. Las manos largas y ágiles en sus caderas, sosteniéndola con una firmeza que le dejaba libertad de movimiento. Todo real. Todo reconocible. Todo completamente suyo.
Empezó a moverse.
El ritmo vino solo, como venía siempre: ese ritmo que tres años de conocerse habían calibrado hasta que ya no requería ajustes, que los dos cuerpos encontraban sin buscarlo. Mateo la sostenía y respondía a cada movimiento de ella con el movimiento correspondiente, con esa sincronía que no era mecánica sino conocimiento real. Sus manos en las caderas guiando sin dirigir, acompañando sin imponer.
—Más fuerte —dijo Camila.
Él la miró un segundo, registrando lo que era diferente.
—Sí —dijo.
Las embestidas se volvieron más profundas, más firmes, con una intensidad que Camila había pedido y que su cuerpo recibió con una respuesta que llegaba de varios lugares a la vez. Mateo tenía los ojos abiertos mirándola, esa mirada cálida que no se parecía a ninguna otra mirada. Sus besos más urgentes, devorando sus gemidos mientras su miembro entraba y salía con esa fricción que ella sentía en todo el cuerpo, el sonido de los dos cuerpos llenando el cuarto junto con sus respiraciones entrecortadas.
Camila envolvió las piernas alrededor de su cintura atrayéndolo más adentro, sintiendo cómo llegaba hasta el fondo en cada embestida. Mateo se inclinó sobre ella besándola sin parar: en los labios, en el cuello, en los pechos — succionando sus pezones endurecidos mientras sus caderas mantenían el ritmo, penetrándola una y otra vez con esa dedicación completa que era también la descripción de cómo Mateo hacía todo lo que le importaba.
Y cuando Camila cerró los ojos un segundo, había otra imagen al otro lado de los párpados.
Gris. Frío. Sin prisa. La mandíbula sobre una sombra en vidrio translúcido. Unos pasos que reconocería en cualquier pasillo de cualquier edificio.
Los abrió enseguida.
Mateo. Solo Mateo.
Lo besó con más fuerza de la que correspondía, los labios buscando los suyos con una urgencia que era también una afirmación. Él respondió al beso sin entender por qué era tan urgente. Solo lo recibió, que era lo que hacía con todo lo de Camila: recibirlo, sostenerse en ello, estar ahí.
El orgasmo llegó largo y profundo, construido desde el centro, con las contracciones recorriéndola en oleadas mientras sus uñas se clavaban en los hombros de Mateo y un gemido largo y sin disculpa llenaba el cuarto. Mateo llegó justo después, con ese gruñido bajo y contenido que era solo de él, descargándose dentro de ella con los últimos movimientos lentos que prolongaban el placer de los dos hasta que el cuerpo ya no tenía más que dar.
Se quedaron quietos.
El peso de él sobre ella. Las respiraciones mezclándose. El ventilador del cuarto con su ruido de siempre. Mateo le besó la sien, el cuello, le acarició el pelo con esa ternura constante que tenía para todo lo que era de ella. En diez minutos estaba dormido, el brazo sobre su cintura, la respiración profunda y tranquila del hombre que no tiene deudas con el día que acaba de terminar.
Camila no durmió.
Se quedó con los ojos abiertos en la oscuridad, con el peso del brazo de Mateo y el ruido constante del ventilador, y pensó en la R del tercer estante. En una voz pidiendo un expediente con la neutralidad perfecta de todos los días. En unos pasos que reconocería en cualquier pasillo de cualquier edificio de la ciudad.
Pensó en la liga azul en su pelo durante la entrevista. En Mónica diciendo es la chica de la liga azul en el pelo con esa voz de quien acaba de tomar una decisión. En lo que esa decisión iba a costarle a alguien, aunque todavía no supiera exactamente a quién ni exactamente cuánto.
Pensó: la Camila de hace cinco semanas no habría hecho lo que hizo esta tarde en ese archivo.
Esa Camila ya no volvía.
No supo si eso era una pérdida o una promesa. Quizás eran la misma cosa con nombres distintos, dependiendo de quién miraba y desde dónde.
La habitación. El ventilador. El brazo de Mateo.
Y empezó.
Continuara...
Nota de la Autora:
Gracias por llegar hasta aquí con esta aventura tan excitante de Camila.
Si no quieres esperar semana a semana, ya tengo 3 capítulos completos disponibles ahora mismo en mi Patreon, por menos de lo que cuesta un café. Además, subo dos capítulos nuevos cada mes.
Al suscribirte también encontrarás otras sagas igual de adictivas: El diario de Sara, El regreso y más.
Patreon: https://www.patreon.com/c/JAROSSI
P.D.: El próximo capítulo de Camila... algo se quiebra. Y no querrás perdértelo.
Con mucho cariño y fuego,
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