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Entregué mi virginidad en el metro de madrid - 2

Sabe que su novio no la toca como ella desea. Sabe que el metro es un lugar de riesgo. Y aún así, esta noche ella decide no detenerse.

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El domingo me desperté radiante por haber tenido mí primera cita, incluso mi madre, que no sabía nada, me dijo que me veía más jovial que de costumbre.

Todo era perfecto hasta que a mitad de mañana me pensé que en realidad mi cita no había sido tan maravillosa como yo esperaba.

Llevaba años soñando con ella y al final se había limitado a dar un paseo, beber un refresco y darnos unos inocentes besos de despedida.

¿Dónde estaba la atracción, la pasión, el deseo sexual? Mis compañeras de clase siempre hablaban de la excitación que sentían en sus citas y yo eso yo no lo había vivido.

Me sentí defraudada y pase toda la tarde en mi cuarto encerrada.

El lunes fui a clase y estuve hablando con Alberto, el chico de mi cita. Le pregunté qué tal lo había pasado y me dijo que muy bien, y para mi sorpresa me emplazó a salir de nuevo el sábado siguiente.

Bueno, al menos él había quedado satisfecho.

Al salir de la facultad, caminando hacia el metro, recordé todo lo sucedido el viernes, aún podía ver el rostro del hombre que me robó la virginidad en el vagón. Su sonrisa al mirarme, su seguridad al acariciarme, y sobre todo, la decisión con la que me asaltó hasta lograr seducirme.

En pocos minutos había obtenido su premio y yo había contribuido a ello por culpa de mi inocencia, timidez y falta de carácter. O quizá no, quizá por simple deseo.

Cuando quise darme cuenta, el vagón paró en la estación de metro en la que empezó todo aquel día.

Vi el andén lleno de gente, y al abrirse las puertas, un arrebato me obligó a salir rápidamente del vagón. Miré a un lado y a otro sin entender por qué, allí había cambiado mi vida y quería saber el motivo.

Después de permanecer unos minutos inmóvil supe que no era eso lo que quería, había sucedido y punto, lo que me impulsaba a estar allí era la necesidad de encontrar al hombre del viernes.

Recorrí el andén de un extremo a otro como una tonta esperando un imposible, y cuando finalmente decidí marcharme, vi un hombre que me miraba fijamente, sus ojos pasaban de mi pompis a mis pechos y al momento volvían a mirar mi culo.

Sin saber por qué, sentí una enorme excitación, di dos pasos, me giré, y comprobé que no apartaba su vista de mí.

Cuando el metro entraba en la estación el hombre se acercó y se colocó a mi espalda, casi podía sentir su respiración en mi cuello y un calor repentino invadió todo mi cuerpo.

Abrieron las puertas y la gente entró precipitadamente, la gran mayoría quería encontrar un asiento donde sentarse.

Yo esperé hasta el final y entré cuando apenas quedaba hueco. El hombre se pegó a mí y me empujó para no quedar atrapado por la puerta. Noté su pecho pegado a mi espalda y mis braguitas se humedecieron de una forma irracional.

Lo tenía tan cerca que estaba convencida que alargaría la mano unos centímetros y acariciaría mi pompis como habían hecho el viernes.

¡Lo deseaba tanto! Anhelaba sentir el contacto de su piel en cualquier parte de mi cuerpo.

Pensaba en ello y sabía que era absurdo, una chica decente como yo y educada en unos valores estrictos en cuanto al comportamiento, no podía desear que un desconocido acariciase su cuerpo, aunque solo fuese un leve roce. Sin embargo, así era, yo estaba provocando que aquel individuo me tocara.

En uno de los vaivenes del metro me eché hacia atrás y me apreté contra su pecho. Esperé unos segundos pero nada, el hombre no se movió y sus manos se mantuvieron firmemente sujetas a la barra del vagón.

¡Venga! Solo un poco por favor, un simple roce me valía. Impaciente por su falta de atrevimiento solté disimuladamente uno de los botones de la blusa y me giré poniéndome de perfil. Vi como lanzaba miradas furtivas a mis pechos pero seguía inmóvil, se conformaba solo con mirar.

¿Qué estás haciendo? – Pensé en ese momento- Estás comportándote como una buscona.

Noté que entraba en pánico y me costaba respirar. Bajé rápidamente en la siguiente parada y me fui al final del andén. Quería llorar pero ni eso podía, así que esperé unos minutos hasta que recobré la cordura.

Cuando subí en el siguiente convoy, una pareja se colocó junto a mí. Ver como sonreían y se besaban me produjo una gran envidia, pero cuando advertí que la mano de él acariciaba el culo de la muchacha y ella le dejaba, me hizo recordar el momento en que el desconocido apretó mis glúteos con sus dedos y metió la mano bajo mi falda.

Cerré los ojos y recordé cada segundo, la mano explorando mi sexo, la habilidad con la que hizo a un lado mi braga y sobre todo el instante en que metió su dureza entre mis piernas. Un gemido salió de mis labios y rápidamente abrí los ojos para ver si alguien lo había escuchado. Comprobé que no y volví a cerrarlos.

Sus palabras resonaron de nuevo en mis oídos “No seas tonta. Verás como vas a disfrutar”. Disimuladamente subí una de mis manos y acaricié suavemente mi pecho. Con el simple roce de los dedos pude comprobar la dureza de mis pezones.

Separé un poco las piernas, tal y como él me lo había pedido aquel día, e imaginé que su dureza abría mi hendidura húmeda y penetraba en ella.

Bajé la mano y acaricié mi monte de Venus por encima del pantalón.

Ummm. Otro gemido y de nuevo abrí los ojos asustada.

¿Qué estás haciendo Sara? – Me pregunté a mi misma – Miré a la pareja y vi como fundían sus bocas jugando con sus lenguas.

¡¡Calor, mucho calor!! Tenía que salir de allí de inmediato.

En casa me di una ducha fría y después de comer fui rápidamente a mi habitación. Pensé en los exámenes, en mi familia, en la próxima cita con Alberto, intenté por todos los medios evitar pensar en lo ocurrido en el metro, pero finalmente sucedió lo inevitable.

Cerré los ojos y vi la cara del hombre del viernes, su sonrisa, su seguridad. Y como si una vez más estuviera en sus manos, aparté la braguita y acaricié mi sexo con los dedos, recorrí mi hendidura comprobando lo húmeda que estaba y comencé a masturbarme pensando que era él quien lo hacía.

Sentí un calor abrasador y abrí las piernas esperando que me penetrara, quería notar su dureza forzando mi estrecha y cálida hendidura. Mi respiración se agitó y mis dedos ocuparon el espacio reservado a ese miembro que tanto placer me había dado.

Gemí, apreté mi mano con las piernas, y con los dedos sumergidos en mi sexo, disfruté de un maravilloso orgasmo que me hizo recordar el vivido en aquel sórdido vagón de metro.

Ahora entendía a mi tía, ella no se había dejado intimidar por el qué dirán y había disfrutado plenamente de su cuerpo. ¿Por qué no hacer lo mismo? Ella tenía una vida feliz y plena de satisfacciones y yo era una muchacha tonta y acomplejada.

En la Universidad cada día iba mejor, por primera vez en mi vida tenía algunos amigos y Alberto era muy considerado conmigo.

¿Considerado? Sí, eso es lo que era, considerado. ¿Pero era lo que yo deseaba?

Cada mañana anisaba recibir sus besos y sentir sus manos acariciando mi cuerpo, pero él no se decidía y cada día yo regresaba a casa frustrada y más necesitada de amor…. y de sexo.

¿Por qué no se comportaba como hacían otros chicos con sus novias? Él se limitaba a pasear conmigo de la mano y besarme cuando nos despedíamos, pero seguíamos sin tener la pasión que yo deseaba.

Ansiaba que me besase y explorase mi cuerpo bajo la ropa, necesitaba sentir el roce de sus dedos en mis pechos y en mi sexo, pero eso nunca ocurría y yo regresaba a casa hastiada y desilusionada.

El sábado fuimos al cine y pasó el brazo por encima de mis hombros, esperé que me besase o acariciase mi pecho como había oído a mis compañeras de clase, pero tampoco ocurrió nada, se limitó a ver la película en silencio. Al salir tomamos un refresco y al despedirme me besó inocentemente como cada día.

Al llegar a casa mi frustración era tal que me puse a llorar en la habitación.

El domingo no tenía intención de salir y por la tarde decidí dar un paseo y comprar unos pasteles para tomarlos con mis padres.

Cuando caminaba por la acera vi a un hombre que estaba sentado en la terraza de un bar haciéndome señales con la mano. Me aproximé, y al verle me quedé paralizada, era el individuo que el viernes en el metro se había puesto junto a nosotros para taparnos y había metido la mano bajo mi blusa.

No puede ser – pensé - ¿Cómo puede estar aquí?

Sentí mucha vergüenza y quise salir corriendo, pero cogió mi mano y me pidió que me sentara junto a él. Una vez más, mi falta de carácter hizo que me quedase inmóvil y me sentase en la silla como me pedía.

Al contrario que la vez anterior, que apenas me había fijado en él, esta vez pude comprobar que se trataba de un hombre rudo, de unos 55 a 60 años y con unas manos muy poco cuidadas. Se presentó como Sergio y me dijo que el viernes, cuando salí corriendo del vagón, me había seguido a distancia hasta ver como entraba en mi portal.

Al oírle sentí mucho miedo. ¿Y si les contaba algo a mis padres? Prefería no pensarlo, si se llegaban a enterar de lo que había hecho serían capaces de echarme de casa.

Me contó que había ido varios días por el barrio para encontrarme, pero que hasta hoy no había sido posible.

Debió ver el miedo reflejado en mi cara y rápidamente me dijo que no tenía ninguna intención de molestarme, pero que lo sucedido en el vagón de metro no podía apartarlo de su cabeza.

Pregunté qué quería entonces, y respondió que lo que yo permitiese. No entendí su respuesta y entró en más detalles.

- Si la otra vez permitiste que aquel hombre te follase en el metro, quizá ahora quieras hacerlo conmigo. – y añadió - Eso o lo que tú quieras.

No podía creerlo, aquel desconocido me pedía que le dejase repetir lo que había ocurrido el viernes pero ahora con él. Me quedé en blanco y no supe que contestar, lo que me pedía era inaudito.

¿Cómo iba a permitir que me tomase también él? La vez anterior me había pillado por sorpresa y no fui capaz de reaccionar, pero hacerlo voluntariamente era una locura.

Le pedí que se olvidara de mí y no volviera a molestarme, pero cuando iba a levantarme cogió mi mano.

- Piénsalo bien, creo que la otra vez disfrutaste mucho. ¿No quieres repetirlo?

- Está loco.- respondí – Déjeme en paz, por favor.

- Como quieras, pero piénsalo, estaré esperándote en el andén del metro durante media hora.

Me levanté y caminé deprisa hacia mi casa, lo que me pedía era una barbaridad. ¿Quién pensaba que era yo? Entré en casa y fui a mi cuarto, me tumbé en la cama y pensé en su disparatada propuesta. ¡Que locura!

Pero después recordé lo que había hecho el lunes, había sido yo misma quien había ido a la estación de metro y había buscado desesperadamente el roce del hombre que viajaba junto a mí.

No, no, no puedo hacerlo. – me repetía – Pero mi cuerpo me pedía ir en busca de Sergio. Añoraba las caricias de un hombre y Alberto no me las daba.

¡Estás loca Sara! – Pensaba – Pero al mismo tiempo trataba de convencerme de que no había nada malo en ello. Además, había dicho que solo iba a hacer lo que yo le permitiera, y por unas simples caricias no pasaba nada.

Miré el reloj y vi que habían pasado quince minutos.

¿Qué hago? ¿Qué hago? – me repetía sin parar –

Y de un saltó fui al aparador, saqué las braguitas de la vez anterior y un sujetador sin refuerzos ni costuras, quería que mis pechos se mostrasen tal y como eran. Me los puse rápidamente y saqué la minifalda y una blusa ligera del armario.

¡Veinte minutos!

Me vestí corriendo y les dije a mis padres que tenía que ir a ver a una compañera de clase. No les di oportunidad de contestar, salí velozmente y fui corriendo hasta la estación.

¡Treinta minutos!

No va a estar – pensé – Y una horrible sensación de ansiedad me impidió respirar. ¡Que no se haya ido por Dios! ¡Que no se haya ido!

Entré en el andén y miré en todas direcciones, vi gente paseando, otros mirando sus móviles y por fin suspiré de alegría. ¡Allí estaba! Sentado en un banco esperando mi llegada.

Me hizo una seña y me acerqué a él. Cuando entró el convoy puso la mano en mi espalda y sin decir palabra me guió hacia el extremo del vagón. El simple roce de su mano hizo que me estremeciera de una manera incomprensible.

Como el vagón iba poco ocupado me pidió que me apoyara en una ventana mirando al interior. Él se puso a mi lado y en décimas de segundo su mano se metió entre la ventana y mi pompis agarrando con fuerza mi glúteo.

Miré nerviosa por si alguien se había percatado de su movimiento, pero los viajeros iban leyendo, jugando con los móviles o simplemente adormilados sin prestar atención alguna.

Le miré de reojo implorando prudencia.

- Ten cuidado por favor, nos van a ver.

Pero no hizo caso a mi suplica y metió la mano bajo mi falda. Sus gruesos dedos ciñeron mi glúteo y ya no pude contener mi excitación, notar como apretaba mi nalga con sus rugosos y enormes dedos hizo que mi respiración se acelerara.

Volví a mirar a la gente pero nadie nos observaba.

- Separa las piernas, pequeña. - me susurró al oído –

Lo hice y él aprovechó para meter los dedos entre mis cachetes, los separó y con un dedo presionó mi orificio anal.

- No, por favor. – susurré –

Pero ignoró mi petición y apartó ligeramente la braguita. Sin darme tiempo a rechazarle, forzó mi esfínter introduciendo levemente su grueso dedo en mi ano.

¿Por qué estoy permitiendo esto? – Me pregunté – Aquel hombre apretaba mis glúteos y su dedo ganaba terreno a cada momento.

La idea de que estuviese preparándome para penetrarme por detrás, me asustó tanto que me moví incomoda y le ordené que me dejara. Al ver mi determinación, rápidamente lo sacó.

- Tranquila, solo lo que tú quieras, ya te lo he dicho. - Susurró de nuevo -

Me relajé al escucharle y él metió la mano más profundamente entre mis piernas y palpó mi vulva por encima de la braga. Sus movimientos toscos y el roce áspero de su piel, me hicieron anhelar al hombre del viernes.

Aquel me había cautivado con su serenidad, podía recordar perfectamente la decisión con la que me abordó, la sutileza de sus movimientos y su habilidad para llegar a la parte más íntima de mi cuerpo sin darme opción a protestar. Pero también ansiaba el suave roce de su piel, no como la de Sergio que arañaba el contorno de mi sexo con sus lastimosos dedos.

Cuando aún estaba rememorando lo sucedido con aquel desconocido, Sergio metió la mano bajo la braguita y acarició el comienzo de mi hendidura.

Mi sexo se humedeció de tal manera que tuve que apretar las piernas creyendo que iba a mearme delante de aquella gente.

- Relájate, déjame hacer a mí. – dijo abiertamente -

Y sus dedos recorrieron mi vulva para penetrar finalmente en ella. En ese instante cerré los ojos y me abandoné a sus deseos, ya no tenía voluntad.

Recorrió los pliegues de mi sexo, los acarició, hundió los dedos en mi vagina y los sacó, en ese instante yo era un juguete en sus manos, mis gemidos apagados le invitaban a hacer conmigo cuanto quisiera y aprovechó para tocarme sin ningún tipo de resistencia.

El metro paró en una estación y él sacó la mano y esperó.

La gente se arremolinaba para entrar y nada más abrir la puerta inundó el vagón ocupando el espacio que nos rodeaba. Sergio me empujó contra la pared del vagón y me giró poniéndose a mi espalda.

Con el inicio de los vaivenes del vagón se apretó contra mí y su dureza se ajustó a mi trasero, al mismo tiempo, su mano se metió bajo mi falda y acarició mi monte de venus.

Una ola de calor recorrió mi cuerpo y separé las piernas cediéndole más espacio. Con el siguiente vaivén deslizó los dedos bajo la braga para ocupar el lugar que habían tenido antes de la parada.

Excitada por sus caricias empujé mis caderas hacia atrás para moverme sutilmente rozando el miembro que embestía mis nalgas. Al notarlo, sus yemas ásperas y curtidas invadieron mi hendidura iniciando un rítmico y delicioso movimiento entrando y saliendo de mi sexo.

Me agarré a la barra y separé aún más las piernas, su pene se frotaba con fuerza contra mi pompis y sus dedos abrían mi sexo irrumpiendo placenteramente en mi vagina. En pocos segundos tuve un orgasmo y mis labios gimieron sin pierde evitarlo.

- Shhhh. – me susurró al oído –

Apreté los dientes y disfruté sin importarme donde estaba.

Cuando por fin me recobré comprobé que un chico me miraba boquiabierto, aparté a Sergio y salí corriendo en la siguiente parada, caminé con rapidez hasta llegar a la calle y al ver la luz respiré nerviosa y excitada.

¿Qué había hecho?

No lo podía creer, había permitido otra vez que un extraño acariciase mi sexo hasta llevarme al orgasmo. Me sentía avergonzada y al mismo tiempo terriblemente excitada.

Una mano tocó mi hombro y me giré asustada. Sergio me miró sonriendo y me hizo una pregunta que no fui capaz de responder.

- ¿Te ha gustado?

¿Qué podía responder? Claro que me había gustado, y sobre todo ¡Cuanto había disfrutado!

Cada mañana al levantarme anhelaba sentir lo que había tenido ahora en ese sucio vagón de metro, pero no con él, lo deseaba con Alberto, con un amigo, o con un hombre de quien estuviera enamorada. Y sin embargo era con un completo desconocido con quien lograba tener lo que tanto ambicionaba.

Me miró esperando mi respuesta pero no supe que decirle, por un lado quería que saliese de mi vida, pero por otro deseaba enormemente entrar de nuevo en el vagón para continuar con lo que habíamos dejado a medias.

- Dime, pequeña. ¿Te ha gustado?

- Si. – respondí muy bajito –

Una sonrisa iluminó su cara y pasó un brazo por mis hombros.

- La próxima vez no te vayas tan rápido, yo aún no he acabado.

¿Próxima vez? ¿Iba a haber una próxima vez? Seguramente estaba loco, no pensaría que iba a montarme otro día con él en el metro.

Iba a responder cuando tiró de mí hacia un portal.

- El viernes pasado me dejaste pasmado con tus tetitas. Vas a dejarme que te las toque otra vez. ¿Verdad?

¿Mis tetas? ¿Realmente quería que le dejase tocar mis tetas?

Vio que dudaba y volvió a insistir en su propuesta.

- Venga, no seas tonta, solo un poquito.

Vio que salía una señora del portal y antes de que se cerrase la puerta la sujetó y me empujó dentro con él, me llevó a un rincón bajo la escalera y me miró impaciente.

- Venga, ábrete la blusa.

Mi falta de carácter, o mi inconcebible deseo de vivir en mis carnes las experiencias que había oído relatar a mis compañeras de clase, me habían llevado de nuevo a una situación que nunca hubiese imaginado y que no era capaz de gestionar.

Desabroché los botones de la blusa, y mis pechos, cubiertos por un pequeño y poco discreto sujetador blanco, aparecieron frente a aquel hombre que los miraba embobado sin saber que decir.

Ver el deseo en su cara me excitó de tal manera que no fui capaz de detenerme. Yo, una inocente adolescente de 19 años, podía provocar en aquel hombre de 60 un deseo tan grande, que sin pensarlo desabroché también el sujetador y lo subí mostrándole mis senos desnudos.

Sus manos salieron disparadas y los rodearon manoseándolos y apretándolos sin medida.

- Joder que tetas tienes, pequeña. – me dijo entusiasmado.

Bajé la mirada y vi como los manoseaba y apretaba alocadamente, sus dedos pellizcaban mis pezones y mis braguitas no paraban de mojarse.

Se inclinó aproximando los labios a mis pechos y me miró ilusionado.

- ¿Puedo chuparlos?

Su cara lasciva me excitaba y mis bragas seguían mojándose sin remedio, pero si le dejaba hacer eso. ¿Qué pediría después?

- Venga, pequeña, solo un poquito.

- Si. – respondí -

Su cara lujuriosa me había acalorado de tal manera que no fui capaz de negarme. Sus labios rodearon mi garbanzo rosado y una vez más sentí como me derretía.

Pensé en mi madre cuando siendo adolescente me decía que tenía que ocultar “mis garbancitos rosados para que nadie lo viese”, especialmente cuando iba en bañador a la piscina. Si viera ahora como me los chupaba un desconocido, se escandalizaría de tal modo que me retiraría la palabra de por vida.

Cerré los ojos y tomé la cabeza de Sergio entre mis manos, notaba como succionaba mi pequeño y duro pezón y lo apreté con fuerza para que siguiera, no estaba dispuesta a dejarle escapar.

Lo chupaba, mordía y jugaba con su lengua y yo gemía sin parar disfrutando de algo nuevo para mí, era la primera vez que alguien acariciaba mis pechos y asombrosamente era terriblemente placentero.

Ver como saltaba de uno a otro pecho me excitaba y me incitaba a dar un paso más, necesitaba devolver a ese hombre parte del placer que me estaba regalando. Me incliné y acaricié su miembro por encima del pantalón, su tamaño y dureza me sorprendió y quise verlo de inmediato.

Sin dejar de morder mis pezones, desabrochó la cremallera y sacó su miembro poniéndolo en mis manos. Lo tomé y recorrí su longitud con mis dedos, el roce del vello, el grosor de las venas y los pliegues que protegían el glande eran nuevos para mí, me entretuve explorándolos y vi como él se movía nervioso.

- Hazme una paja, corre. – me dijo –

¿Una Paja? Era la primera vez que tocaba un pene y no sabía cómo hacerlo, solo podía imitar lo que había visto en algún video de internet. Tiré de la piel y el glande apareció ante mi. Ver aquella cosa me excitó y comencé a mover mis dedos como creía que a Sergio le gustaría.

Éste no paraba de acariciar mis pechos y a mi ya no me importaba la aspereza de sus manos, ver como apretaba mis senos, jugaba con los pezones y en ocasiones los mordía, me producía un placer enorme y notaba como mis braguitas se empapaban por enésima vez esa tarde.

Por primera vez fui yo quien tomo la iniciativa.

- ¿Te gusta cómo lo hago? – pregunté inquieta –

- Si, pequeña, no pares.

Oír su aprobación me dio confianza y aceleré el movimiento de mi mano sacudiendo su pene con más soltura. Masturbar a un hombre por primera vez, no sabía el motivo, me ilusionaba y quería demostrarle lo bien que lo hacía.

Cuando más obsesionada estaba en menear con destreza aquel miembro duro y rugoso, unos gruesos dedos se metieron bajo mi falda y apartaron la braguita.

Sabiendo lo que venía a continuación, abrí las piernas de inmediato para permitir que penetraran en mi sexo. En el instante en que separaron mis labios vaginales y los tuve dentro, imaginé que estaba haciendo el amor y empecé a mover mis caderas como si de un pene se tratara, masturbar a Sergio y pensar que me follaban, me producía una increíble sensación de bienestar.

- Vamos a follar. – Oí como decía Sergio al tiempo que intentaba darme la vuelta y ponerme contra la pared -

Estaba disfrutando tanto que por un momento a punto estuve de girarme y permitirle que me penetrase, pero por suerte recobré la cordura y respondí que no.

- No seas tonta, verás como te gusta. – insistió –

Pero volví a negarme y seguí sacudiendo su pene mientras él tomaba de nuevo mis pechos entre sus manos para tocarlos y besarlos con la misma intensidad de antes.

Instantes después noté humedad en mis dedos, miré y vi como su pene escupía líquido blanco que empapaba mi mano. Paré un momento para ver como lo hacía pero Sergio jadeando pidió que continuara.

- Sigue, pequeña, no pares.

Y continué agitando su pene sin perder detalle de cómo el glande llenaba mi mano de semen.

Al momento, Sergio volvió a introducir los dedos en mi sexo hasta llevarme a otro largo y delicioso orgasmo, la intensidad del placer era tan grande que subí la faldita para ver como me penetraba sin dejar de gemir alocadamente.

Después de recomponer nuestra ropa salimos a la calle y Sergio me pidió quedar otro día. Pensé que era una locura y respondí que no debíamos vernos nunca más, pero él insistió, apuntó su teléfono en un papel y lo metió en mi bolso.

De camino a casa no podía apartar de mi cabeza todo lo sucedido, había masturbado a un hombre y él lo había hecho conmigo, y a punto había estado de permitir que me hiciera el amor en un portal, tenía que parar o al final haría algo irremediable, pero por otro lado, me sentía tan viva y disfrutaba tanto que no quería dejar de hacerlo.

Al llegar a casa fui derecha a mi habitación, saqué las cosas del bolso y vi el papel con el teléfono de Sergio, lo arrugué dispuesta a tirarlo, pero sin saber por qué, abrí el cajón de la ropa interior y lo escondí dentro de una braguita.

Mientras me ponía el camisón recordé lo sucedido en el portal, miré mi mano y vi restos de semen en ella, me dio un vuelco el corazón y me tumbé sobre la cama excitada, aún podía oler los restos de Sergio en mi mano.

Subí el camisón hasta las caderas y bajé un poco la braguita, miré mi sexo desnudo y posé la mano sobre él, había oído muchas veces a mis compañeras de clase como sus novios se corrían sobre sus pechos, cara y pubis y deseaba vivir esa situación, quería sentir el contacto del semen en mi piel.

Cerré los ojos fantaseando que uno de los chicos de clase había eyaculado en mi pubis y deslicé la mano por mi hendidura imaginando que pasaba los restos de semen por ella. Ese simple contacto produjo una sacudida en mi cuerpo que fue el adelanto de un inesperado e intenso orgasmo, el calor que sentí fue tal, que me obligó a penetrar mi sexo enterrando los dedos en él.

Gemí y gocé sin parar mordiendo la almohada para no alertar a mis padres, el placer era inmenso y no quería detenerlo. Solté los tirantes del camisón y tiré de él con violencia, mis pechos desnudos emergieron y mi mano se adueñó de ellos acariciándolos con la misma intensidad que había visto a Sergio poco antes.

Penetrar mi sexo y apretar mis pechos era todo uno, por primera vez me masturbaba de una forma tan brutal y mi orgasmo se prolongaba produciéndome una enormemente satisfacción.

¡Que no se acabe nunca! – deseaba sin parar – Y seguí acariciándome viendo como el placer me llevaba casi hasta la locura, ya no era capaz de contener mis gemidos y mis piernas temblaban, pero mis dedos no abandonaban su húmeda cueva ni dejaban de pellizcar mis pequeños y duros garbancitos doloridos.

Por fin llegué al punto en que mi cuerpo dijo basta y me quedé inerte en la cama, una sensación de bienestar se apoderó de mí y me dormí acurrucándome en la cama.