Xtories

Mi primer vuelo (1)

Ismael no es solo un piloto; es un cazador que sabe exactamente cómo desarmar a las mujeres. Cuando Andrea cruza su camino, él no le ofrece romance, sino una prueba de obediencia que desafía cada límite moral que ella creía tener. ¿Podrá resistirse a la tentación de ser su próxima víctima?

David Lovia15K vistas9.2· 23 votos

Intro

Quedaron en una cafetería en el centro de Madrid y su compañera de trabajo llegó cinco minutos tarde, como de costumbre. Iba impecable con su melena rubia suelta, un pantalón vaquero blanco y un suéter de color rosa.

―Muchas gracias por haber venido ―dijo Andrea.

―Pues tú dirás... ―le apremió en un tono bastante seco.

―Solo quería pedirte perdón por lo que hice... por favor, escúchame, ya sé que me pasé y entiendo que estés enfadada conmigo.

―Tú y yo no tenemos nada más de que hablar, ya te lo dejé bien claro la última vez que nos tocó trabajar juntas...

―Lo siento, lo siento de verdad, solo quiero decirte que esa Andrea no era yo, lo que pasó es muy difícil de explicar y como no vas a querer escucharme, por eso te he traído esto... ―y sacó un libro.

―Mi primer vuelo, de Andrea Carrillo... ―leyó en alto la rubia al ver la portada―. ¿Qué es esto?, ¿quién es Andrea Carrillo?

―Soy yo, es un seudónimo, no quería sacar este libro con mi verdadero nombre. Por favor, no se lo digas a nadie, confío en ti para que guardes este pequeño secreto y solo te pido que lo leas cuando puedas, y si después no quieres seguir hablándome, lo entenderé y no te volveré a molestar nunca más. Es muy importante para mí, prácticamente lo he escrito para que me perdones...

―¿En serio?

―Sí...

―Está bien, lo leeré ―dijo poniendo cara de curiosidad―. No sabía que escribías novelas...

―Y no lo hago... bueno, es mi primer libro y necesitaba hacerlo para sacar fuera toda esta historia y... empezar otra vez de cero, sobre todo contigo. Me fastidia mucho que termináramos así. Eres..., eras mi mejor amiga.

―A mí también me jodió mucho, no me lo esperaba de ti. Bueno, Andrea, me tengo que ir...

―¿No te quedas ni a tomar un café?

―Lo siento..., entenderás que no me apetezca mucho después de lo que pasó, pero al menos te prometo que lo leeré ―dijo tintineando con los dedos en la portada del libro.

―De acuerdo.

―Nos vemos, Andrea.

―Hablamos... y muchas gracias...

PARTE 1

1

Se estiró en la cama mientras me vestía frente al espejo y emitió un pequeño ronquido. A mi novio le encantaba dormir sin ropa, y después de ocho años de relación, me seguía volviendo loca su melena de surfero y esa espalda desnuda y musculada.

Las sábanas estaban revueltas y olía a sexo en la habitación, y es que unas horas antes habíamos follado con tal intensidad que caímos exhaustos en cuanto terminamos. Me quedé unos segundos observando lo bueno que estaba, ¡mira que era guapo el cabrón!, pero un inseguro de la hostia, y aunque es verdad, que se escuchaban muchas historias de affairs entre azafatas y pilotos, yo nunca le había dado motivos para desconfiar de mí.

Adoraba a mi chico.

Pensé que el sexo me vendría bien para relajarme, pero no dio los frutos deseados y aquella madrugada me desperté muy nerviosa una hora antes de que sonara el despertador. El motivo; comenzaba a trabajar como tripulante de cabina (auxiliar o azafata) en una gran compañía y tenía mis primeros vuelos.

Madrid-Zurich. Ida y vuelta y otra vez ida por la tarde. Dos horas y veinte por cada trayecto, dormir allí y vuelta a Madrid al día siguiente.

Me pegué una ducha que no despertó a mi chico y después me vestí frente al espejo. Me encantaba el uniforme con aquella minifalda azul marina y camisa de manga corta en tono celeste, que junto con los zapatos de tacón, todavía realzaban más mi estilizada figura. Era alta, bastante alta, a decir verdad, cerca del 1.80, lo que siempre me había acomplejado durante el colegio y el instituto, hasta que en la etapa universitaria dejé atrás esos estúpidos complejos y me di cuenta de que era toda una mujer espectacular.

Estaba guapa y radiante frente al espejo, y es que a mis 28 años puedo decir que me encontraba en mi mejor momento físico, personal y profesional. Recogí mi preciosa melena en un moño y me maquillé lo justo para corregir esas pequeñas imperfecciones en mi cara que solo yo veía.

Antes de salir, desperté a Sebas arañando su espalda y me senté a su lado en la cama.

―Cariño, tengo que irme...

―¿Qué hora es?

―Pronto, tú sigue durmiendo, todavía te quedan un par de horitas...

―En cuanto llegues me llamas, eh...

―Vale, no te preocupes, ya te voy diciendo.

―Mmmmm, estás muy guapa con ese uniforme ―murmuró frotándose los ojos―, te lo tenías que haber puesto ayer...

―Sí, claro, y hoy no sé en qué estado estaría, ja, ja, ja..., me sienta bien, ¿verdad? ―le pregunté levantándome y mostrándome delante de él con los brazos en jarra.

―¡Joder, Andrea!, ya lo creo, ¡estás buenísima! ―exclamó dándose la vuelta y flexionando una rodilla―. ¿Segura que tienes que irte ya? ―me dijo con un tono insinuante.

―No seas malo ―murmuré fijándome en cómo se le marcaba el paquete por debajo de la fina sábana―. Sí, tengo que salir ahora mismo...

―Oh, ¡qué pena! ―protestó y yo me incliné sobre él y le di un beso, antes de que se tapara hasta el cuello y se diera media vuelta.

―Llámame, eh...

―Que sí...

Llegué al punto de encuentro con más de veinte minutos de antelación para tener el briefing de la tripulación de cabina. Era una reunión, en la que la sobrecargo nos daba las tareas, la asignación de puestos y los procedimientos del servicio, y aunque pensé que era muy pronto, ya estaban allí también los dos pilotos charlando y tomando un café; Francisco Lomas, un joven y gran talento que apenas llevaba tres años en la compañía e Ismael Bueno, todo un histórico con miles de horas de experiencia, que además, era el Comandante del vuelo.

Casi no pude hablar con ellos, salvo las típicas presentaciones cordiales y desde el principio me ayudó en todo Sandra, con la que hice buenas migas nada más conocernos.

―Tú no te preocupes, que vas a estar conmigo ―me aseguró quedándose a mi lado, presentándome al resto de compañeras, incluida Leticia, la sobrecargo, una rubia muy atractiva, pero para mi gusto demasiado altiva y con una voz desagradable.

El corazón me latió muy deprisa en cuanto subimos al avión, pero enseguida comenzaron a llegar los pasajeros y ya me relajé, concentrándome en lo que tenía que hacer. Me situé en una de las entradas y con mi mejor sonrisa les fui dando a todos los “buenos días”, deseándoles un feliz vuelo. Éramos cuatro auxiliares (tripulantes de cabina, contando la sobrecargo) y a mí me habían asignado junto a Sandra la cabina de tripulación; faltaba la de primera clase y la de emergencia.

Por suerte, mi compi era todo un encanto. Una rubia que tendría mi edad y en todo momento estuvo muy pendiente de mí, sin perderme un segundo de vista, indicándome lo que tenía que hacer. Nos echamos una mirada cómplice cuando el avión cogió velocidad antes del despegue y ella estiró el brazo y me dio la mano, susurrándome un “bienvenida” justo al separarnos del suelo.

Enseguida cogió confianza conmigo, y una vez que el avión se situó en altura de vuelo y con los pasajeros ya atendidos, nos sentamos detrás y comenzamos a hablar de manera más distendida.

―Oye, me has caído genial, tía... ―me confesó Sandra.

―Tú también y muchas gracias por todo, estaba muy nerviosa al principio....

―Lo has hecho muy bien, Andrea y ahora que ya podemos relajarnos un poco, no sé, cuéntame algo más de ti, lo único que sé es que eres un pibonazo y que mides dos metros, ja, ja, ja...

―Ja, ja, ja, lo mismo digo, y no mido dos metros, solo 1.80...

―Bueno, ¿qué te ha parecido la primera toma de contacto?

―Bien, bien, mejor de lo que pensaba...

―Aquí lo único malo, es que vas pasar mucho tiempo fuera de casa, ¿tienes novio, novia...?

―Sí, novio, novio...

―Yo solo pregunto..., ¿y llevas mucho tiempo con él?

―Sí, hemos cumplido ocho años hace poco...

―¡Guau!, eso es mucho.

―¿Y tú?, ¿tienes pareja?

―Sí, más o menos, podría decirse que sí, estoy con un chico desde hace un año y medio..., aunque es una relación complicada...

―Entiendo ―dije sin querer profundizar mucho más.

―Y en viajes como el de hoy, es cuando me arrepiento de tener novio... ―me susurró acercándose un poco a mí.

―¿Y eso?

―¿Es que no te has fijado en Fran?

―¿En quién?

―¡El piloto!, Francisco Lomas...

―Sí, sí, Francisco, bueno, tampoco es que me haya fijado mucho, entre los nervios y tal, estaba un poco sobrepasada en el briefing...

―¡No me fastidies!, ¿es que no te parece mono?, ¡joder, si es como el hermano gemelo de David Beckham!

―Sí, bueno, si tú lo dices, ja, ja, ja...

―Ya hemos viajado juntos unas cuantas veces... y esta noche en Zurich, después de cenar, es tradición tomar algo todos juntos, las compis y los pilotos, ya me entiendes... y sobre todo hoy, que es tu primer día...

―Haré el esfuerzo, después de tres vuelos no creo que me apetezca mucho tomar algo...

―¡No seas sosa, Andrea!, ya verás cómo lo pasamos bien, además, hoy lo mismo Fran y yo... ya me entiendes, espero que no se me escape...

―¡¿En serio?!, no sabía que te llevaras tan bien con él...

―Y tan en serio, algún día hemos cenado, hemos tomado una copa, y ya sabes, lo típico, un poco de tonteo, pero nada más y hoy tienes que acompañarme, tía, me da apuro quedarme sola con ellos si se van Beatriz y Leticia... después de cenar solemos tomar algo con los pilotos, es bastante normal...

―Ah, ¿sí?

―Sí, claro, me haces de acompañante... aunque siento que el otro sea Ismael...

―A mí me da igual, como si es Brad Pitt, ya te he dicho que tengo nov...

―Es muy buen piloto ―me interrumpió Sandra―, pero ya está de vuelta de todo, serio, arisco... parece que lleva un palo metido por el culo, se rumorea que es alcohólico; se le murió una hija de veinte años en un accidente de tráfico y desde entonces no levanta cabeza, eso sí, por lo que me han dicho, hace años tenía fama de follarse todo lo que se movía...

―¡Madre mía!, no tenía ni idea...

―Para eso estoy yo, nena, para ponerte al día de todos los chismes... lo único es que tendremos competencia...

―¿Competencia?

―Sí, las otras dos “compañeras”, Beatriz es maja y tal, está casada, y es buena tía, ella no me preocupa porque no va de ese palo, pero Leticia, uffff, es que no puedo con ella. ¡Es una puta arpía!

―¿La sobrecargo?

―Sí, se cree una diosa, y siempre se pone en primera clase, es una “chupapollas” de primera... “clase”, ja, ja, ja...

―Pues a mí no me había dado esa impresión, tampoco es que sea miss simpatía, pero...

―¡Tú hazme caso a mí!, esa va detrás de Fran también, está como loca porque un piloto le haga un poco de casito... aunque debería ser más realista, yo sé lo que hay, y tampoco me preocupa, mira, no soy tonta, claro que me gustaría salir con Fran y ser su novia, pero hay mucha competencia, muchísima, así que me conformo con echar un polvo con él... ellos, para tener algo serio buscan otra cosa, no una tripulante de cabina como nosotras, y Leticia se piensa que por ser guapa puede aspirar a un piloto, ja, ja, ja, ¡pobre ilusa!

De repente se encendió una luz y se activó la señal de los cinturones de seguridad.

―¡Tranquila!, estamos llegando a una pequeña zona de turbulencias... vamos a comprobar que todos los pasajeros lleven puesto el cinturón de seguridad, será unos minutos, luego seguimos hablando...

En cuanto pasamos ese mal rato, que apenas duró diez minutos, nos volvimos a poner de pie y Sandra me sugirió acercarnos hasta la cabina de los pilotos.

―Vamos a hacerles una visita, así los conoces y hablamos un poco con ellos...

―Ya nos hemos presentado antes... me da apuro.

―Es muy normal, tonta... tú ven conmigo...

Caminamos por el estrecho pasillo hasta llegar a la cabina y al pasar por primera clase, Leticia nos fulminó con la mirada, a lo que Sandra le dedicó una sonrisa falsa y le soltó.

―Vamos a ver a estos para que conozcan a Andrea...

La verdad es que una vez dentro de la cabina, impresiona ver el vuelo desde allí y me quedé unos segundos absorta, observando a los dos pilotos manejar el avión. Fran fue mucho más simpático y al vernos se levantó enseguida, dejando los cascos sobre el asiento. El otro, un señor grande y corpulento con el pelo canoso, ni se inmutó, como si fuéramos invisibles.

―¿Y qué tal tu primer vuelo, Andrea? ―me preguntó Fran de manera cortés.

Sandra tenía razón. ¡Qué atractivo era el condenado!, alto, pelo castaño con unas mechitas rubias, cara cuadrada, ojos azules, y además de listo, educado y simpático, se notaba que estaba en muy buena forma.

―Bi... bien, muy bien, Sandra me está ayudando mucho... ―tartamudeé como una idiota.

―Has tenido suerte con ella, es de las mejores ―dijo el piloto, pasando una mano por el hombro a mi compañera.

―La mejor ―afirmó Sandra.

Se notaba que entre ellos había complicidad y que se llevaban muy bien, y la rubia le correspondió el gesto, rodeando la espalda de él con su brazo.

―Te recuerdo que teníamos algo pendiente, eh... ―bromeó Fran, haciendo que la cara de Sandra se iluminara al instante.

―Sí, sí, siempre dices lo mismo y luego te escapas corriendo...

―Bueeeeeno, a ver esta noche qué podemos hacer, a lo mejor la que se escapa eres tú...

―No creo, mira, se lo estaba comentando antes a Andrea, que después de cenar podíamos salir a tomar algo...

―Sí, claro, ya me lo había dicho antes Leticia también, yo por mí ya sabéis que podéis contar conmigo... ―comentó Fran, haciendo que Sandra frunciera el ceño.

Yo miraba absorta la conversación, y me parecía increíble el juego y el tonteo descarado que se traían y además, la adoración que mis compañeras le procesaban a ese piloto. Por muy guapo que fuera se estaban comportando como dos niñatas en una lucha de gatas callejeras y por suerte, Ismael terminó aquella conversación que me estaba empezando a dar vergüenza ajena.

―Vamos a comenzar el descenso... ―dijo con su voz seria y grave.

―Bueno, chicas, pues allá vamos ―y Fran tomó asiento colocándose los cascos en la cabeza.

Fuimos comprobando que todos los pasajeros llevaban de nuevo el cinturón puesto y después tomamos asiento en la parte de atrás. Sandra se quedó unos segundos en silencio y al mirar hacia ella me pareció verla enfadada.

―¿Estás bien?

―Sí, aunque esa zorra de Leticia se me ha adelantado... ―masculló entre dientes.

―Tú eres mucho más guapa... no te preocupes... además, no sé, a mí me ha dado la impresión de que le gustas a Fran.

―¿Tú crees?

―Yo creo que sí, esas cosas se notan...

―Pues entonces esta noche no se me escapa, y tú tienes que acompañarme, eh...

―¿Yo?

―Sí, tía, después de cenar quedamos con Fran para tomar algo, además es tu primer día, no me puedes decir que no...

―Vaaaaale, hecho... cuenta conmigo.

Aunque no es que me apeteciera mucho, ya tenía plan para mi primera noche en el destino y después el avión fue descendiendo lentamente hasta tocar tierra en un aterrizaje suave y perfecto.

Ya estábamos en Zurich.

2

Después de tres vuelos en un día, lo último que me apetecía era salir a tomar una copa, pero se lo había prometido a Sandra, así que en cuanto me pegué una ducha, llamé a Sebas, estuve un ratito hablando con mi chico tirada en la cama e hice un esfuerzo supremo por bajar a cenar.

No quería arreglarme mucho, tampoco es que hubiera llevado demasiada ropa, y aun así tuve serias dudas de qué ponerme; al final opté por unas sandalias, falda larga de color verde militar, y una camisetita blanca de tirantes que me sentaba genial.

Un look informal, pero arreglada.

Pasé por la habitación de Sandra y toqué en la puerta.

―Sí, pasa, tía, que ya estoy terminando ―me pidió abriendo apresurada y volviendo al baño para retocarse el maquillaje frente al espejo.

Me quedé de piedra al ver que ella se había arreglado más de lo que pensaba. Yo a su lado parecía que iba a un concierto y ella estaba para ir de boda, con un pantalón negro de vestir y una camisa blanca con un par de botones desabrochados, dejando ver el nacimiento de unas bonitas tetas.

¡Estaba claro que quería resaltarlas!

Fue cuando me fijé bien en ella, era algo más bajita que yo, pero tampoco mucho, mediría sobre 1.73, pelo largo rubio muy rizado y unos preciosos ojos verdes algo separados, que le proporcionaban una belleza muy exótica. Además de sus pechos, era una mujer de curvas, buenas caderas, un culo grande y proporcionado que resaltaba todavía más por lo estrecho de su cinturita.

―Pensé que era una cena más informal, vas demasiado elegante...

―No, lo normal, yo suelo ir así ―dijo Sandra―. Tú también vas muy guapa... ¡jo, tía, qué pelazo tienes, cabrona! ―y entonces caí en la cuenta de que era la primera vez que me veía con la melena suelta, pues en el avión nos tocaba hacernos un recogido.

―Casi ni me he maquillado...

―No te hace falta, eres muy guapa y ¡menudo cuerpazo tienes, mmmm!, ya me gustaría a mí tener tu tipín y sobre todo, ¡esas piernas kilométricas!, mmmmmm...

―Siempre he sido un poco bicho-palo, aunque mi novio dice que estoy buena, ja, ja, ja...

―¿Bicho-palo?, pero si eres muy sexy, y tienes un culazo perfecto, tía, se nota que es de esos duros, apuesto a que te matas a hacer sentadillas y búlgaras... ―afirmó dándome una pequeña cacheta en el glúteo.

―Ja, ja, ja... tú sí que tienes buenas curvas, y unas tetas muy bien puestas...

―¿Te gustan? ―preguntó apretándoselas frente al espejo―. Me las operé el año pasado, ¡estoy muy contenta con el resultado!

―Sí, son muy bonitas...

―¡Las tuyas también!

―Pero son muy pequeñitas...

―¡Qué envidia me das!

―¿Y eso? ―le pregunté a mi compañera.

―Porque se nota que no tienes complejos, y te encanta lucirlas, o no irías sin sujetador ―dijo mirándome detenidamente―. ¡Ala, tía!, ¿llevas un piercing en ese pezón?

―Sí, ¿se nota mucho?

―Bueno, sí, un poco, mmmm, me encanta, ¡te queda genial!, ¿ves?, ¡lo que yo te decía!, las tienes pequeñas, pero preciosas y ese piercing le da un toque muy, pero que muy morboso...

―Quizás debería ponerme el suje para bajar a cenar, es mi primer día y tampoco quiero llamar la atención...

―Lo mismo sí, a mí me da igual, eh, pero Leticia y Beatriz no sé, son más tradicionales...

―Pues me lo voy a poner, voy a la habitación y ahora vuelvo, no tardo nada...

―Vale, yo ya termino, eh... tres minutos, ¡joder, Andrea, qué guapa eres, de verdad!, menos mal que no te has arreglado, porque si no me levantas a Fran, seguro...

―Por mí no te preocupes, no me interesa, ja, ja, ja...

―Bien, bien, entonces mi única rival es Leticia, uffff, y encima nos toca cenar con ella...

―Ah, ¿no cenamos solas?

―No, hemos quedado las cuatro a las 20:00.

―Pues ya vamos cinco minutos tarde...

―¡Que se esperen...!

―Está mal que unas tripulantes de cabina lleguen tarde, ¡tendríamos que ser muy puntuales!, ja, ja, ja... ahora vuelvo, venga, ¡date prisa!

Al entrar al restaurante ya nos estaban esperando las otras dos compañeras. Vimos a los dos pilotos cenando solos, apartados en un lado del salón, les saludamos con la mano y pasamos de largo. Llegamos a la mesa y Leticia miró su reloj, con un ligero carraspeo por la tardanza, por lo que me disculpé.

Beatriz iba más normalita, como yo, con unos vaqueros y camisa de rayas, se notaba que era algo más mayor que nosotras, sobre 35 años, también rubia con media melena por encima de los hombros, 1.68, tenía la cara muy cuadrada y una nariz algo aguileña, pero era muy atractiva y además, se notaba que es de las que van al gym, con unos muslos gruesos y fibrados y sobre todo, un culo excepcional, redondo y prominente que llamaba mucho la atención.

Y si Sandra se había arreglado, Leticia estaba en el siguiente nivel, con un vestido de fiesta morado, y una especie de recogido en el pelo como si fuéramos a un gran evento. Me pareció ridículo bajar así a cenar en el hotel, aunque tenía que reconocer que la sobrecargo estaba espectacular. Rondaría los 30 años, alta y delgada como yo, tenía una cara de mala hostia muy afilada y también los pechos operados, como mi compañera.

Durante la cena se notaba la tensión entre Leticia y Sandra, ¡eran dos rubias de armas tomar!, y Beatriz y yo nos mirábamos en silencio, con una sonrisa cómplice cuando se soltaban alguna pullita, cada vez con más frecuencia.

―Pues ahora he quedado con Fran para tomar algo ―dijo Leticia terminando los postres, con su insoportable y altiva voz de pito.

―Sí, nosotras también ―le contestó Sandra.

―Ah, no lo sabía...

―Yo me voy a subir a descansar ―afirmó Beatriz.

―Y yo también ―salí al paso.

―De eso nada, tía, hoy es tu primer día y eso hay que celebrarlo ―insistió Sandra, dirigiéndose a mí.

―Está bieeeen, pero una y me voy, eh...

―Sí, sí, una por lo menos...

En el bar del hotel nos estaban esperando Fran e Ismael. El clon de David Beckham se levantó en cuanto nos vio, pero Ismael ni se inmutó y siguió sentado en la barra dándonos su enorme espalda, mirando a la camarera y sin hacernos el más mínimo caso.

―Ya estáis aquí, chicas, ¿qué queréis tomar?, yo invito ―se ofreció Fran con amabilidad.

―Hoy tenemos que celebrar el estreno de Andrea, eh...

―Sí, sí, por supuesto...

Y Fran pidió una botella de champán para hacer un brindis. Fue curiosa la escena, porque Ismael pasó de nosotros y se quedó como si tal cosa, pendiente del móvil y degustando su copa.

Desde luego que era un tipo muy peculiar, durante la cena comentaron las compañeras que se rumoreaba su inminente jubilación, rondaría los 60 años, voz grave y varonil, con el pelo blanco, repeinado hacia atrás, muy alto, sobre 1.90, ancho de hombros, con unas manos enormes, debía haber sido un guaperas de joven, pero ahora estaba muy desmejorado, desaliñado con la camisa por fuera, incipiente barriga, con pinta de cansado y unas grandes bolsas en los ojos que todavía le hacían más mayor.

Permanecí callada con mi copa de champán, y durante media hora tuve que asistir a la lucha entre Leticia y Sandra por ver quién se llevaba el gato al agua. Se comportaban como dos niñatas histéricas, manoseando a Fran, acercándose a él y finalmente quedaron en salir del hotel y tomar algo en la noche de Zurich.

―Yo me retiro, chicas, ahora sí... ―me excusé de nuevo.

Pasaba de seguir viendo aquella ridícula escena entre Leticia y Sandra.

―Ohhhhh, ¿no te vienes?, qué pena, si insisto, ¿podría convencerte?... ―dijo Fran.

―Bueno, no pasa nada, deja que se vaya, nos tienes a nosotras ―le interrumpió Leticia, poniéndose delante de mí y se enganchó a un brazo y Sandra al otro antes de salir del restaurante del hotel.

Respiré aliviada, pues con el estrés del primer día no veía el momento de subir a la habitación a descansar, dejé la copa en la barra justo cuando Ismael levantaba el brazo para pedir otro cóctel.

―Me voy, no subas muy tarde, eh... que mañana tienes que llevarnos a todos de vuelta ―quise hacer una pequeña broma, apoyando mi mano en la espalda del Comandante.

Entonces y sin que me lo esperara, se giró hacia mí, me miró con indiferencia y contestó sin cambiar el rostro.

―¿Quieres tomar algo? ―me preguntó.

Mi primera reacción fue decirle que no, pero sinceramente sentí pena por aquel tipo, y más después de lo que me había contado Sandra sobre la muerte de su hija. Estaba claro que no se encontraba bien y quizás solo necesitara un poco de compañía y alguien que le escuchara.

―Eh, sí, claro... ―contesté con una sonrisa amable, tomando asiento a su lado...

3

Por fin se fueron las putas pesadas. Dos minutos más y me hubiera pegado un tiro. Es que no las soportaba, ni a ellas ni su voz histriónica.

Ni lo zorras que eran.

Apuré el Rusty Nail y levanté la mano para pedir otro. Ahora sí, me apetecía tomármelo tranquilamente, sin tener que escuchar a esas dos moscardonas pelearse por Fran. ¡Qué alivio!, creo que hasta se me bajaron las pulsaciones de la mala hostia que me estaban poniendo, cuando justo noté una mano en la espalda.

―Me voy, no subas muy tarde, eh... que mañana tienes que llevarnos a todos de vuelta ―escuché que me decía una voz femenina.

Tuve que girarme para ver quién era y allí estaba. La nueva. Parecía una chica agradable, esas cosas se notan en la cara, pero lo que enseguida me llamó la atención fue su pelo tan largo y esas piernas kilométricas.

―¿Quieres tomar algo? ―fue lo primero que se me ocurrió por mera educación.

No es que me apeteciera mucho que se quedara, a decir verdad prefería estar solo, aunque aquella azafata no era como las otras, tenía una cara amable y atractiva y sin haber cruzado dos palabras con ella, deduje que podía ser una compañía interesante; sinceramente pensé que declinaría mi oferta y se subiría la habitación, pero para mi sorpresa tomó asiento a mi lado.

―Eh, sí, claro... ―aceptó.

Fue un momento delicado, porque ni tan siquiera recordaba su nombre después de haber hecho tres vuelos con ella.

―Perdona, ya sé que es muy grosero, pero, ¿te llamabas...?

―Andrea ―contestó ruborizándose por mi incómodo olvido, aunque quiso restarle importancia―. Tú ya sé que te llamas Ismael, ja, ja, ja...

―¿Qué tomas?

―Pues no sé, en la cena he bebido un poco de vino, ahora champán, no me apetece mezclar más cosas o...

―Un Cosmopolitan... ―le pedí al camarero sin volver a consultarla―. Prueba esto, seguro que te gusta...

―¿Qué lleva?

―Vodka, es afrutado, zumo de... tú hazme caso y pruébalo...

―Ah, vale, perfecto ―y justo le sonó el móvil―. Disculpa un momento...

Se levantó de la silla y se apartó cinco metros para hablar por teléfono. Era su novio seguro. Lo había visto tantas veces que era lo más típico, y aproveché para pegarle otro buen repaso a aquella morena, que por su aspecto físico debía rondar los 25 años y el metro ochenta.

Observé sus movimientos de manos armoniosos, y su melena, que casi le llegaba hasta el final de la espalda y que no dejaba de acariciarse con los dedos. Sus piernas eran larguísimas y además, era bien guapa, con una cara muy natural, en la que apenas llevaba maquillaje. Se le transparentaba el sujetador negro debajo de la camiseta de tirantes blanca y era evidente que tenía muy poco pecho, pero en ella se veía muy bien y armonioso con el resto de su cuerpo y cuando se dio la vuelta, me quedé mirando el trasero que se adivinaba bajo esa falda ibicenca de color verde militar. Se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y se podía vislumbrar perfectamente el contorno de sus caderas.

La tal Andrea estaba muy buena.

Apenas pude escuchar lo que hablaba, aunque sí entendí algo así como,“hemos bajado a tomar algo, nada, una copita y enseguida subo a dormir, me han pedido champán para celebrar que era mi primer día, ya mañana te cuento”. Me pareció curioso que en ningún momento le comentara a su pareja que estaba sola conmigo, aunque tampoco pudo explayarse, pues la conversación apenas duró tres minutos.

―Ya estoy de vuelta, disculpa ―y apagó el móvil y lo metió en el bolso―. Así ya no nos interrumpirán más...

―¿Y qué tal tu primer día, Andrea?

―Muy, muy bien, estoy encantada, además he tenido la suerte de que me toque con Sandra, me ha puesto las cosas muy fáciles...

―Sí, es buena chica, he volado con ella unas cuantas veces...

―Ya me lo había dicho.

―Eres muy joven, ¿puedo preguntarte la edad?

―Sí, claro, veintiocho...

―Ah, pues aparentas algunos menos...

―Muchas gracias, ¿y cuántos aparento?

―No sé, veintidós o así, como mucho...

―Ja, ja, ja, sí, claro, nunca me habían quitado tantos años, pero gracias, gracias, ja, ja, ja...

―¿Y cómo es que te dio por trabajar de azafata?

―Ejem...

―Auxiliar de vuelo...

―Ejem, ejem...

―Tripulante de cabina... ―afirmé con desgana, porque aunque le hayan cambiado el nombre mil veces, para mí seguían siendo azafatas de toda la puta vida.

―Eso sí... pues una amiga me lo recomendó y tal, domino el inglés y el francés, hice un par de cursos y lo vi una buena oportunidad laboral, siempre me había gustado... aunque nunca imaginé que terminaría trabajando en esto...

―Entonces, ¿te doy la enhorabuena o no?... es un trabajo muy sacrificado, nos pasamos la mayor parte del tiempo fuera de casa.

―Yo creo que sí...

―Pues enhorabuena...

―Gracias, ¿y tú, llevas muchos años?

―Ufffff, bastantes, más de 30, y este es el último, en unos meses me jubilo, la verdad es que ya se me hace muy pesado esto de viajar, pasar noches fuera de casa, preparar la maleta... de joven me gustaba, y he disfrutado mucho, pero...

―Me imagino.

―Recuerdo cuando era como Fran, me veo muy reflejado en él, porque yo hacía lo mismo...

―Ah, ¿sí?

―Sí, lo he pasado muy bien, demasiado bien..., pero también se ha llevado por delante otras cosas...

―¿Por ejemplo?

―Tiempo, sobre todo el tiempo que no he podido estar con mi familia, mis hijas... eso ya no lo puedo recuperar, y estar tanto fuera de casa ha sido un desgaste muy importante en mis matrimonios, tampoco quiero decir que las separaciones hayan sido por eso, no he sido ningún santo, eh... Fran hace bien, está soltero y no tiene ningún compromiso, pero yo cuando entré en la compañía ya estaba casado y..., te imaginarás el resto...

―Me hago una idea, sí...

―¿Y tú tienes pareja?

―Sí, tengo novio...

―¿Lleváis mucho tiempo?

―Sí, desde hace ocho años y llevamos viviendo juntos un par de años... ―dijo cruzando las piernas, y entre la falda asomó un bonito muslo que miré inconscientemente antes de que ella se tapara.

Había sido un gesto involuntario, estaba claro que para nada quería provocarme, pero me encantó ver su pierna, aunque solo fueran un par de segundos y ella me pilló de pleno mirando hacia abajo, lo que hizo que se ruborizara y diera un trago a su cóctel.

―La verdad es que nos va muy bien, pensé que la convivencia sería más difícil, pero de momento no tengo queja... ―siguió hablando, pasándose el pelo por detrás de la oreja y volviendo a beber de la pajita.

Me pareció curioso que me diera explicaciones sobre su relación sin que se las hubiera pedido, como para demostrarme que ella no era como las otras azafatas y además, quisiera decirme que ni se me ocurriera intentar nada, porque la relación con su chico era perfecta; así que asentí en silencio y enseguida cambié de tema; durante la siguiente media hora tuvimos una conversación fluida y muy entretenida hablando de sus posibles destinos, de algunos los que países que yo había visitado y lo que más me gustaba de cada uno de ellos.

Cuando nos quisimos dar cuenta ya nos habíamos terminado el cóctel y me apeteció seguir charlando con Andrea.

―Te invito a otro ―le dije mostrándole mi vaso vacío―, hacía tiempo que no tenía una conversación tan animada y ya había olvidado lo que me gusta la compañía de una chica joven y simpática...

―No debería, es un poco tarde.

―Yo me voy a tomar otro, te prometo que es el último, que mañana os tengo que llevar a todos de regreso sanos y salvos...

―Está biennnnn ―afirmó dubitativa―, aunque ahora invito yo...

―De eso nada, si estás conmigo pago yo... ―y levanté el brazo para que se acercara el camarero―. Lo mismo...

―Muchas gracias ―le dijo Andrea al chico, esbozando una tímida sonrisa por mi descortesía.

Esperé a que el camarero nos sirviera y después levanté la copa para brindar con ella.

―Chin, chin, por que te vaya fenomenal en tu nuevo trabajo... ―y bebimos a la vez mirándonos a los ojos.

―Gracias, Ismael, es una pena que no vayamos a ser compañeros mucho tiempo... ¡me has caído muy bien!

―Sí, aunque es una suerte que nos hayamos conocido, ¿no?

―Eso sí...

―¿Te cuento un secreto? ―susurré acercándome a ella y poniéndome interesante.

―Sí, claro, no hay cosa que más me guste que un buen secreto...

―Le has llamado mucho la atención a Fran, me comentó durante el vuelo que le parecías muy atractiva.

―Ah, ¿sí? ―dijo ruborizándose.

―Tampoco le hice mucho caso, porque estaba concentrado, aunque ahora veo que no le faltaba razón... seguro que le hubiera encantado que fueras con ellos a tomar esa copa...

―Ya va muy bien acompañado y a mí no me interesa tener nada con... bueno, ya me entiendes, con ninguno de vosotros...

―Sí, claro, tienes novio...

Y ella afirmó con una sonrisa sin decir nada.

―¿Es celoso tu novio?

―No... ¿por...?

―No sé, ¿qué pensaría si te viera a... ―miré el reloj haciendo una pausa―,… casi a la una de la mañana de copas con un viejo piloto en tu primer día?

―Ja, ja, ja, pues supongo que nada..,. no tendría por qué molestarse, es solo eso, una copa ―y mostró el vaso poniendo cara de indiferencia.

―Hoy eras la primera opción de Fran, pero como no has querido ir con ellos, eh... ya me entiendes... supongo que terminará con Sandra, porque con la otra ya ha estado un par de veces ―le comenté y ella se sobresaltó al escuchar esas palabras.

Levantó la mirada y me miró extrañada, como si no le hubiera gustado mi comentario. Quizás había sido demasiado directo e intenté matizar mis palabras.

―Llevan tonteando desde hace tiempo y con Leticia ya ha estado, así que hoy le toca a tu amiga...

―Claro para eso estamos las “azafatas”... un par de veces con una y luego otra... ―me soltó bastante enfadada.

―No quería decirlo así... perdona si te ha molestado...

―Entonces, Fran, ¿ya ha estado con Leticia? ―preguntó indignada negando con la cabeza y bebiendo más deprisa, como si de repente tuviera prisa por terminar el cóctel―, creo que eso no lo sabía Sandra...

―Sí, ya te he dicho que dos o tres veces... aunque hoy eras tú la elegida, pero también me dijo que tenía muchas ganas de follar con Sandra...

―Casi que prefería no haberlo sabido, no sé, parece que dais por hecho que podéis acostaros con nosotras cuando os dé la gana...

―Eres nueva y ya lo irás viendo; pero la verdad es que sí, esta feo que yo lo diga, y es que la mayoría de veces podemos elegir, que no lo digo por ti, eh... estoy hablando en general... además, es un hecho que reunimos varias circunstancias que a vosotras os parecen muy atractivas...

―Ah, ¿sí?, dime alguna...

―Un trabajo con un alto standing social, un estatus superior al vuestro, con lo que eso conlleva, el uniforme también os encanta, nos tenéis en muy alta estima, aunque sinceramente... viéndome a mí, ya te estarás dando cuenta de que no es para tanto...

―¿Y por eso ya caemos rendidas a vuestros pies?

―Si yo te contara...

―¿Tú has estado con muchas?, bueno... es evidente que sí...

Me hizo gracia que quisiera saber eso, pero no le contesté y respondí con otra pregunta.

―Si no tuvieras pareja, ¿hubieras ido con tus compañeras a tomar esa copa con Fran?

―Sinceramente, te digo que no, no me gusta mucho salir y prefiero esto, tomar una copa en un sitio tranquilo y una buena conversación, además, es mi primer día y quiero descansar para estar mañana presentable, quizás debería marcharme ya ―y apuró su cóctel hasta el final―. Pensé que esto tenía menos alcohol, pero pega, eh... ―se tambaleó al intentar ponerse de pie.

―Ey, ey, cuidado ―y me incorporé, sujetándola con fuerza contra mi cuerpo.

Andrea se ruborizó, y enseguida retrocedió, sentándose otra vez en la silla.

―Te has levantado demasiado deprisa, ¿estás bien?

―Sí, sí, no te preocupes, me encuentro perfectamente, de verdad...

―Ya no bebas más, que luego no quiero que pienses que he intentado emborracharte...

―Creo que una mujer puede decidir lo que bebe o no, no te preocupes, que no voy a pensar eso...

―Ey, vale, perdona, oye, ¿no serás una de esas feministas radicales? ―pregunté abriendo los brazos.

―¿Feminista radical?, si fuera una feminista radical ya habría subido a la habitación y te hubiera dejado plantado hace un buen rato, porque no has parado de soltar tópicos machistas uno tras otro, que si azafata, que si caemos rendidas a vuestros pies, que si qué pensaría mi novio si me viera contigo... no sé si eres buen tío o no, pero está claro que no has evolucionado de acuerdo a los tiempos que corren ―me recriminó aquella niñata―. Y tranquilo, que aunque hayas sido un poco soez, tampoco me voy a asustar porque utilices palabras como follar con alguien que acabas de conocer...

Vaya, vaya, así que Andrea se había enfadado y acababa de ponerme en mi sitio en tan solo un minuto. Me miró altiva y desafiante, esperando mi respuesta. Yo afirmé con la cabeza y levanté el brazo para que se acercara el camarero.

―Chico, pon otros dos de lo mismo...

―Dijiste antes que era el último... ―me recordó ella―, me tengo que ir...

―Lo sé, pero esto se acaba de poner interesante, me gustan las mujeres con carácter, aunque sinceramente, creo que tú no eres de esas... ¿te gusta mandar o que te manden?

―¡¡¿Perdona?!!

―Pues eso, ¿cuál de las dos opciones prefieres?... ―insistí cogiendo su nuevo Cosmopolitan y poniéndoselo en la mano.

Andrea aceptó mi invitación y esta vez retiró la pajita, lanzándola al suelo, le pegó un buen trago, apoyando los labios en el cristal y mirándome directamente a los ojos mientras meditaba su respuesta.

Y en ese momento lo vi. Andrea era la siguiente en mi lista.

―Me gusta mandar... a la mierda a gilipollas machistas...

―¿Como yo...?

―Yo no lo he dicho... eso lo has dicho tú...

―Está bien, como veo que no me contestas te voy a responder yo, tú eres de las que se creen que nos imponen a los “tíos” por ser muy alta, eres de las que quieren llevar el control, vas de feminista, de mujer empoderada y todas esas mierdas, aunque en el fondo te encanta que te digan lo que tienes que hacer y bueno... lo siento por ti, pero tu novio no es de esos...

4

Ya lo que me faltaba. Que encima se metiera con mi novio.

Me había quedado con él porque me daba pena, ni más ni menos. Viéndole en la barra del bar con la mirada perdida, nadie hubiera dicho que ese hombre era un reputado piloto de avión. Es verdad que todavía tenía buena planta, pues era corpulento, aunque se notaba que no había llevado una “buena vida” y los excesos le habían terminado pasando factura.

Como decía, había tomado una copa con Ismael por mera compasión, y siendo sincera, la primera media hora de la charla fue muy amena. Casi sin darme cuenta me bebí el cóctel que me ofreció y me dejé llevar, aceptando una nueva invitación.

Pero enseguida sacó a relucir un lado rancio, casposo y anticuado que no me gustó nada.

Con cada palabra que salía de su boca se notaba que era un machista de la vieja guardia y además, había tenido que escuchar su lenguaje soez mientras me decía que yo le gustaba a su compañero y que como tenía novio y no había querido irme de fiesta con ellos, Fran se iba a terminar follando a Sandra.

Me repateó la manera de referirse a las tripulantes de cabina, como si fuéramos las fulanitas de los pilotos, y ellos pudieran hacer con nosotras lo que les diera la gana. ¿Pero de qué cojones iba este tío?, y ya para terminar de rematar la noche, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme, sin venir mucho a cuento tampoco, si me gustaba mandar o no.

¿En serio esa era su manera de ligar?

No me cabía duda de que Ismael, años atrás, debía haber sido un pieza tremendo; y es que con esas pintas de galán trasnochados, no me quería ni imaginar la de mujeres que habrían pasado por su cama, pero ahora estaba de vuelta de todo y se había quedado completamente obsoleto.

Ya no era ni la sombra de lo que debió ser en su día.

Y para colmo, terminó de rematarlo metiéndose con mi novio. Eso sí que no se lo iba a consentir. Ni una falta de respeto más.

―¿Y tú qué narices sabrás cómo es mi novio? ―le pregunté cada vez más enfadada.

―Hombre, no lo sé, pero me hago una idea...

―¿Has estado una hora conmigo y ya te haces una idea del tipo de chico que me gusta?

―Seguro que es un guaperas, en casa hace todo lo que le pides y en la cama folla de maravilla, ¿estoy en lo cierto?

―Pues sí, mira, has acertado, ¡sobre todo en lo de que folla de maravilla!

El muy cabrón sonrió y afirmó con la cabeza. Enseguida comprendí que había caído en su juego y no solo había conseguido enfadarme, sino que además le confesara intimidades con mi pareja, y es que el alcohol que llevaba encima me había desinhibido en parte y ahora me sentía capaz de hacerle frente.

―Aunque antes te has equivocado con él; es de los que les gusta mandar, y a mí me gustan muy hombres... ―le confesé realzando las cualidades amatorias de mi chico.

―¡Uy, eso no te pega nada!, me da a mí que me estás engañando... ―sonrió rascándose la barbilla, lo que todavía me enervó más.

―¿Y tú que sabrás?

―Lo que sé es que llevas muchos años con él y seguro que ya lo tienes muy bien adiestrado, las chicas de hoy en día sois todas iguales, solo queréis perritos falderos...

―Paso... ―dije apoyando el cóctel en la barra―. No sé cómo ha derivado la conversación en esto, pero no me apetece discutir contigo sobre lo que hago o no con mi novio... ¡faltaría más!

―Y yo solo quiero que nos quitemos las caretas, Andrea... por lo menos podías haber sido sincera... yo lo estoy siendo. Venga, termina el cóctel, por favor ―y se puso de pie frente a mí y me devolvió la copa.

―Está bien, lo termino y me voy...

―De acuerdo, y ahora reconoce que te gusta que te manden; ahí dentro... ―dijo haciendo círculos sobre mi frente sin tocarme―, tienes una parte sumisa escondida en algún sitio...

―Y a ti te gustaría encontrarla, ¿no?

―Ya la ha encontrado hace tiempo, y ahora si me dejas, podemos probar...

―Ja, ja, ja, en tus sueños...

―Toma, para ti...

Y cogió con un palillo una de las aceitunas que nos habían puesto para picar y me la acercó a la boca. Me rozó los labios y de manera involuntaria los abrí, sacando con timidez la lengua hasta dejar que reposara en ella la aceituna, para después masticarla sin dejar de mirarle a los ojos y finalmente darle un trago a mi Cosmopolitan.

Sonrió satisfecho y se arremangó una vuelta más las mangas de su camisa; después se dejó caer en el taburete, sentándose de nuevo con una mirada arrogante. Y yo como una estúpida, me arrepentí al instante por lo que acababa de pasar, bajando la cabeza avergonzada.

¿Por qué había hecho eso?

Volví a beber e Ismael permaneció callado unos treinta segundos, observándome con detalle, poniéndome cada vez más nerviosa con su silencio. Me aterraba lo que me pudiera decir con esa voz tan grave, a la que era difícil llevarle la contraria.

―Estarías más imponente si no llevaras sujetador, seguro que has dudado si ponértelo o no, apostaría a que eres de las que va muchas veces sin él... ―me soltó confiado señalando mi escote―. ¿Por qué no vas al baño y te lo quitas? ―y yo me puse todavía más roja.

Era como que pudiera leer mis pensamientos. ¿Cómo habría adivinado eso?

―He acertado, ¿verdad?

―¿Perdona?, ¿qué acabas de decir?

―Que vayas al baño y te lo quites... ―me ordenó sin pestañear.

Lo de ese cretino ya era demasiado. ¿Por quién me había tomado ese imbécil?

―Te estás pasando, Ismael, ¡cuidado con lo que dices!

―Sigo esperando...

―No pienso ir al baño y menos por darte el gusto...

―¡Ooooh, qué pena... ya casi lo tenía! ―dijo en modo irónico cerrando el puño y moviendo el brazo―. Pensé que te había gustado...

―¿El qué...?

―La sensación de sentirte dominada... ―y se volvió a incorporar, avanzando un par de pasos hasta plantarse delante de mí, como si quisiera intimidarme con su altura―. ¿Por qué has abierto la boca antes? ―preguntó acercando su mano a mi camiseta―. Creo que te verías genial sin el sujetador...

―¡Ey!, ¿qué haces? ―me indigné al ver que me rozaba con su grueso dedo por debajo del cuello, moviéndolo arriba y abajo, llegando casi hasta mi pecho―. ¡Ni se te ocurra volver a tocarme, cerdo!, o...

―¿O qué vas a hacer...? ―preguntó regresando a su sitio.

No supe qué contestar y al levantar la mirada me encontré con una sonrisa cínica que me dio escalofríos.

―La verdad es que no me extraña que Fran quisiera follarte, ¡estás bastante buena! Por hoy ya hemos terminado... ―y de repente se giró hacia la barra, dándome la espalda y levantó la mano, pidiendo otra copa para él solo―. ¡Chico, otro Rusty Nail!

Ni tan siquiera tuvo la cortesía de preguntarme si quería tomar algo y me dejó allí de lado, como si no estuviera. ¡Menudo imbécil!

―No querías nada más, ¿no? ―soltó sin tan siquiera mirarme―. Es que como veo que no te vas...

Dejé el cóctel en la barra, me levanté de la silla, y me acerqué a él furiosa, situándome a su lado.

―No te he dado pie para que cojas esas confianzas conmigo, así que te pediría que de ahora en adelante me hables con respeto, y no vuelvas a hacer ninguna mención sobre mi físico, ni sobre mi novio, ni sobre nada que no sea de trabajo ¿entendido?

―Entonces, ¿te quedas o no?, larguirucha...

La desfachatez de Ismael no tenía límites, yo le estaba regañando por sus impertinencias y a él no se le ocurrió otra cosa que preguntarme si me tomaba otra copa con él mientras me llamaba aquella palabra que odiaba.

―Por supuesto que no, ¡eres un...!, ¡bah, paso de decirte nada!, y que sepas que me he quedado contigo porque me dabas pena, pero si lo llego a saber...

Y de repente me rodeó con su gran brazo por la cintura, impidiendo que me moviera y atrayéndome contra su cuerpo con firmeza, pero sin apenas hacer fuerza, en un gesto que podía parecer grosero, pero a la vez muy cortés.

―¡No te vayas!, lo hemos pasado muy bien y no quiero que termine así la noche. Si te quedas te prometo que me disculpo contigo...

―Ah, me tengo que quedar para que te disculpes...

Aquel hombre era enorme, y encontrarme así, entre sus brazos, me hizo sentir pequeña, pero a la vez protegida. Apoyó su manaza en mi cintura, demasiado cerca de mi culo y un calor me subió por la boca del estómago, haciendo que me ruborizara al instante.

Dudé unos segundos, en los que las palabras no me salían e Ismael ni esperó a que contestara. Otra vez levantó la mano que tenía libre y pidió un Cosmopolitan.

―Te he dicho que no quería nada más, ¡me voy! ―y con suavidad, para que no pareciera algo violento, me liberé de su brazo.

―Está bien, puedes irte a la habitación si quieres, pero te advierto una cosa, hoy te vas a correr pensando en mí...

―¿Quéééé...?

―Lo que has oído, larguirucha..., es más, apostaría todo mi dinero, que no es mucho, a que ya estás mojada...

―¡Vete a la mierda, imbécil!

―Ja, ja, ja, buenas noches, Andrea, y si cambias de opinión, estaré por aquí un ratito más, eso sí, cuando vuelvas tienes que hacerlo sin ropa interior, eh, me gusta más cuando vais sin nada, me encantaría ver cómo se te transparentan esas tetitas debajo de la camiseta y tampoco me parece muy erótico las costuras por debajo de la falda, ¡ese culazo luciría mucho mejor sin las braguitas!

Me quedé con las ganas de lanzarle a la cara lo que me quedaba en la copa, pero preferí no montar ningún numerito en la cafetería del hotel, así que con las pulsaciones a mil, cogí el bolso y me dirigí hacia el ascensor. Entré en la habitación deprisa, demasiado nerviosa por lo que acababa de pasar y me senté en la cama tratando de tranquilizarme.

Tenia que denunciar a ese hijo de puta por lo que me acababa de hacer, un piloto, por muy Comandante que fuera, no podía tratarme así, con esa violencia verbal y mi primera reacción fue coger el móvil. ¿A quién podía llamar? Lo normal hubiera sido hablar con mi novio y contárselo, pero me dio mucha vergüenza que eso sucediera en mi primer día de trabajo, además, yo había dejado que me metiera la aceituna en la boca y que me rozara.

A parte de eso, ¿qué más había pasado? Me había tocado la cintura y me dijo un par de impertinencias; si denunciaba eso parecería una estúpida niñata calientapollas y me tocaría revivir lo sucedido en un juzgado delante de mucha gente. ¿En serio iba a denunciar a un compañero el primer día?, ¿tan grave era lo que había pasado?

¿Y qué pensarían de mí?

La típica auxiliar de vuelo tonteando con el piloto, los dos solos, a la una de la mañana en la cafetería del hotel.

Nadie me creería.

Me desmaquillé la cara, me pegué una ducha relajante y ya más calmada y con el pijama puesto, me dispuse a meterme en la cama y olvidarlo todo, cuando de repente, escuché ruidos en la habitación de al lado.

Era Sandra.

Iba acompañada por un hombre y enseguida capté que se trataba de Fran, se estaban riendo y luego me pareció percibir que comenzaban a besarse. Entonces, sentí un calor inusual en la entrepierna con los primeros jadeos; no me parecía normal ponerme tan cachonda por tan solo escuchar unos besos y sus respiraciones aceleradas, y cuando me quise dar cuenta, ya había colado un par de dedos por el elástico del pijama...

5

Todo fue muy deprisa. Risas, suspiros y después un gemido hondo y profundo de Fran.

―¡Sííííí, eso es, Sandra, aaaaaah, muy bien, aaaah, joderrrrr, aaaaaah!, no pares, no pares, mmmmm, ¡chúpamela!

No llevaban ni dos minutos en la habitación y mi compañera ya se estaba esforzando al máximo en satisfacer al guaperas. Se había llevado el gato al agua en su lucha con Leticia y no iba a desaprovechar su gran oportunidad de estar con Fran.

Y a juzgar por sus jadeos, Sandra le debía estar haciendo una mamada de diez.

Alcancé mi coñito con la yema de los dedos y me sorprendió lo húmedo que lo tenía. Me rocé despacio, escuchando los gimoteos de Fran y no pude evitar por un segundo, imaginar que yo podría haber sido la que estuviera allí de rodillas.

Arqueé la espalda, levantando el culo de la cama, y con la otra mano me acaricié un pecho. También estaba hinchado y muy sensible y se me escapó un pequeño gemido, sin parar de subir y bajar las caderas.

―Para o me corro, zorra, ¡¡joderrrr, qué buena eres!!

Al girarme, vi sobre la silla la camiseta blanca y la falda que había llevado durante la cena y entonces recordé las palabras de Ismael, diciéndome que esa ropita me quedaría mejor sin la ropa interior. Me levanté sigilosa de la cama para no hacer ruido y durante cinco segundos pegué la oreja en la pared.

―Ponte ahí, eso es... ahora no te muevas ―le ordenó Fran a mi compañera y se escuchó la cama como si se hubieran subido encima.

Yo me desnudé deprisa y sin pensármelo dos veces me vestí con la falda ibicenca y la camiseta, pero sin las braguitas ni el suje. Me miré en el espejo de la habitación y me giré a ambos lados, comprobando cómo se me marcaba el culo.

Sandra y Fran ya estaban follando como locos, y a tenor del sonido de sus cuerpos chocando, el piloto debía estar embistiendo a mi compañera a cuatro patas. Me excitaron demasiado los gemidos de mi compañera e incluso me pareció que Fran le soltaba un par de azotes.

El piercing de mi pecho izquierdo se transparentaba por debajo de la camiseta y también se podía apreciar con claridad lo duros que tenía los pezones. Ismael tenía razón, quedaba mucho más sugerente sin la ropa interior y con la boca abierta y jadeando, me acaricié las tetas por encima de la camiseta.

“Uf, estoy demasiado caliente”.

Y volví a escuchar a la parejita de al lado, esta vez fue Sandra la que gimió.

―Aaaaaah, síííííí, aaaah, fóllame... eeeeeh, ¿qué haces?, por ahí no, cabrón, aaaah, por ahí noooo...

―Sssssssh, cállate, zorra, ¡quiero follarte el culo!, ¡tienes un culazo impresionante!

Y esas palabras todavía me pusieron más cachonda.

Pensé que Sandra protestaría o incluso se negaría. Era su primer encuentro, llevaban cinco minutos escasos en la habitación, y mi amiga ya le había comido la polla y, ¿ahora le iba a permitir también que la sodomizara?

―¡¡Aaaaaah, despacio, despacio, despacito, aaaaaah, AAAAAAH, AAAAAAH!! ―chilló Sandra cuando Fran penetró su culo.

Me dejé caer de rodillas en el suelo con las piernas temblorosas y me puse a cuatro patas en medio de la habitación. Levanté la falda para desnudarme de cintura para abajo y apunté con mi trasero hacia el espejo. Fue muy morboso verme en esa postura tan impúdica, justo cuando Fran comenzaba a embestir a mi compañera.

Colé una mano entre las piernas y miré mi coño a través del espejo antes de retroceder y pegar mis glúteos en el cristal.

El cabrón del guaperas se la follaba a muy buen ritmo y Sandra no dejaba de gritar y pedirle que lo hiciera un poquito más despacio, pero un minuto después ella también gemía descontrolada cuando llegó al orgasmo.

―¡¡Diossssss, qué rico, sigueeeeeee, sigueeeeeee, aaaaah, aaaaah, me corroooo, joderrr, me corroooo!!

Yo me movía delante y atrás, chocando con mi trasero contra el frío cristal, masturbándome al ritmo del folladón que se estaban pegando a tres metros escasos de mí y de repente, y sin que me lo esperara, escuché un profundo gemido de Fran, anunciando su inminente corrida.

¿¿¿Yaaaaaa????

―¡¡Me corrooooo, joderrrrr, aaaaah, me corrooooo, aaaaah, aaaaah, aaaah, síííííííí, sííííííí, toma zorra, tomaaaaaa, aaaaaaah, zorraaaaaaaa!! ―y unas últimas embestidas acompañaron sus chillidos de placer.

Me quedé gimoteando, al borde del orgasmo, rebotando despacito mi culo y al girarme me vi reflejada en el espejo, sofocada, con el pelo despeinado. Mis dedos seguían jugando entre mis labios vaginales y negué con la cabeza.

―¿Qué estoy haciendo? ―murmuré en bajito, saliendo del trance en el que me encontraba y dejando caer mi falda hasta cubrirme el culo.

Un minuto más tarde, sentí la cadena del baño y a Fran, que se despedía de Sandra.

―Mañana nos vemos, buenas noches, lo he pasado muy bien... ―le soltó el muy hijo de puta.

Como mucho había estado quince minutos en la habitación y en ese momento sentí pena por mi amiga. La acababan de utilizar para un mal polvo y me la imaginé en la cama, desnuda y bocabajo, sintiéndose como una mierda. Estuve muy tentada de llamarla, pero no podía hacerlo, ¿qué se supone que tenía que decir?, y a pesar del pequeño bajón que me invadió al pensar en mi compañera, seguía con los dedos pegados al coño, y me apetecía llegar al orgasmo después de un día tan intenso.

Di un par de embestidas más contra el espejo y agaché la cabeza, sacando más la cadera y arqueando la espalda, en un postura todavía más lasciva. “No. No. No sigas, joder”. Descansé unos segundos y me giré, sentándome frente al espejo y lentamente fui abriendo las piernas, tirando de la tela hasta que descubrí mi coño, dejándome caer hacia atrás, y recostándome con los codos apoyados en el suelo.

En ese momento me acordé de Ismael. ¿Qué pensaría si me viera así? Ya me lo había advertido cuando me despedí de él, “está bien, puedes irte si quieres, estás deseando llegar a la habitación, pero te advierto una cosa, hoy te vas a correr pensando en mí... apostaría todo mi dinero a que ya estás mojada”.

Lo que más me fastidiaba era que tenía razón e incluso me puse de pie con el corazón latiendo a toda velocidad. Me miré al espejo cada vez más nerviosa, quería eliminar ese pensamiento de mi cabeza, pero no podía dejar de imaginarme lo que pasaría si volvía a bajar al restaurante así vestida.

Sin mi ropa interior.

¿Cómo iba a hacer eso? ¿Es que acaso había perdido la puta cabeza?

No podía dejar de pensar en su voz firme y autoritaria, me temblaban las piernas y me excitaba mucho fantasear en lo siguiente que me pediría Ismael si me viera arrastrarme así ante él. Tenía la respiración entrecortada y la boca abierta, me costaba tomar aire, con una sensación de morbo que jamás había experimentado. Y cuando me acerqué a la puerta, escuché un pequeño sollozo en la habitación de Sandra.

Mi amiga parecía estar llorando y sentí mucha pena por ella, pero eso no hizo que disminuyera ni un ápice mi calentón. Me detuve unos instantes y negué con la cabeza, no podía bajar y comportarme igual que Sandra, ¿es que quería terminar la noche igual que ella?, y sin saber por qué, sintiendo una fuerza que me empujaba a hacer algo que no quería, apoyé una mano en el pomo y todavía se me aceleró más el corazón.

“No, no lo hagas”.

Abrí la puerta y con las piernas temblorosas me costó dar el primer paso, aunque al final, salí de la habitación. Recorrí los escasos metros del pasillo y la espera hasta que llegó el ascensor se me hizo eterna. Dudé otra vez antes de pulsar el botón de la planta baja y cuando lo hice noté que se me humedecía más la cara interna de los muslos.

Estaba demasiado cachonda.

Fue muy humillante verme en el espejo del ascensor. Tenía las mejillas encendidas y mis pequeños pechos jodidamente hinchados. Se me marcaban muchísimo los pezones a través de la camiseta y salí del trance en el que me encontraba cuando sonó el timbre de la planta baja.

Caminé despacio hasta el restaurante, deseando que hubieran cerrado o que Ismael ya no se encontrara allí, pero el bar seguía abierto y ya solo quedaban dos personas. El camarero e Ismael. Me lo encontré tal cual lo había dejado, mientras apuraba su enésima copa y avancé despacio, sentándome sigilosa en el taburete que estaba a su lado.

Levanté la mano y llamé al camarero.

―Un Cosmopolitan...

6

Ismael sonrió sin tan siquiera mirarme. Se atusó el pelo hacia atrás y le dio un trago a su copa.

―Vaya, vaya, ¡qué sorpresa!, ¿otra vez aquí?, ¿es que no podías dormir? ―me preguntó.

―He escuchado a Fran y a Sandra desde mi habitación...

―Ah, ¿sí?, ¿y qué tal?, ¿te ha gustado?

―Se ha comportado como un cabrón...

―Bueno, los dos son adultos, y ella ya sabía lo que había, un polvo y ya está... ―dijo encogiéndose de hombros―, y tú, ¿por qué has bajado otra vez? ―y removió la copa, pasando un dedo por el borde del vaso.

―No lo sé... no podía dormir...

―No voy a follarte...

―Ya te gustaría, no he bajado para eso...

―¿Entonces?, ¿es para que vea cómo vas vestida?, vienes sin bragas, ¿verdad?

No quise contestar a su pregunta, aunque tampoco fue necesario. El silencio lo hizo por mí. Y en ese momento me arrepentí por haber bajado sin la ropa interior.

¿Por qué me estaba comportando así?

―¿Te has estado tocando en la habitación después de nuestra charla tan interesante? ―me soltó mirando los últimos restos de su copa, girando en círculos el escaso alcohol que quedaba.

―No... no he hecho nada...

―Claro que te has tocado escuchando cómo se follaban a tu amiga..., y ahora estás que te subes por las paredes...

―¡Vete a la mierda!

―¿Te has corrido?, nah, no creo, o no hubieras vuelto a bajar, seguro que los dedos todavía te huelen a coño, je, je, je... pero bueno, si no te has corrido mejor, ¡ya no vas a hacerlo!, así mañana estarás todavía más cachonda en el vuelo de vuelta a Madrid, quiero que vayas sin ropa interior, tal y como estás ahora... solo el traje de azafata y nada debajo..., te aseguro que tu novio me lo agradecerá cuando llegues a casa...

Y se levantó de la silla, quitándome el vaso de la mano.

―Anda, no bebas más, ven conmigo... ―me pidió dejando un billete de veinte euros en la barra.

―¿A dónde?

―Es tarde y ya hemos bebido bastante por hoy, solo quiero acompañarte a tu habitación...

―No voy a acostarme contigo...

―Ya lo sé... ―afirmó, comenzando a moverse torpemente por el pasillo―. Tampoco te lo he pedido y además, ya te lo he dicho antes..., ¡no voy a follarte! ―me soltó como si él decidiera lo que íbamos a hacer.

Caminamos juntos y en silencio hacia el ascensor y permanecimos callados hasta que se abrieron las puertas. Entramos dentro e Ismael pulsó el número 5. Reconozco que estaba muy nerviosa y él aprovechó para pegarme un buen repaso visual de arriba abajo.

―Entonces, ¿te has quitado las bra... ¡¡joder!!, ¡¡no me fastidies que llevas un pendiente de esos en las tetas!!, ¡me cago en la puta!, vaya, vaya, eso sí que no me lo esperaba, tú tienes mucha más clase que esa ridiculez que llevas ahí, ¡no me fastidies!, ¡eso es de guarras!

―Es solo un piercing...

―¿Y no te duele?

―No...

Sin que me lo esperara, puso sus manazas en mi cintura e hizo que me girara para mirarme el culo. Intentaba hacerse el duro, pero al bajar la mirada comprobé que tenía el paquete muy marcado. Y en ese instante, me gustó saber que él no había podido evitar excitarse.

Descubrir que aquel hombretón iba empalmado bajo los pantalones todavía me encendió más.

―Lo que yo decía, esa falda te queda mejor sin braguitas ―y se situó detrás mí, y nos miramos a los ojos a través del espejo del ascensor―. ¿Te ha gustado quitarte la ropa interior porque yo te lo he pedido?

Su polla rozó de manera imperceptible mi trasero y estuve muy tentada de echar la cadera hacia atrás para sentirla mejor entre mis glúteos, aunque no tuve tiempo, pues Ismael se retiró unos centímetros, dejando un pequeño espacio entre los dos cuerpos.

Esa mirada tan penetrante me intimidaba demasiado. Tenía el rostro serio y me costaba adivinar sus intenciones. El muy cabrón estaba jugando conmigo y sentí su aliento mi nuca, respirando con fuerza.

―No olvides lo que te he pedido mañana...

―¿El qué...? ―acerté a decir en una especie de suspiro.

―Ya sabes, lo de ir sin ropa interior durante el vuelo...

―No puedo hacer eso ―me negué cuando el ascensor llegó a nuestra planta.

―¿Por qué?

―¿Tú qué crees?, es mi segundo día, no creo que a Leticia le hiciera mucha gracia que fuera sin sujetador, y se me notaría el piercing debajo de la camisa...

―Está bien, te voy a conceder eso solo porque es tu segundo día, y no quiero que Leticia te eche una bronca por mi culpa, pero mañana tienes que subir al avión sin braguitas... ¿entendido? ―dijo situándose frente a mí en cuanto salimos del ascensor coló una mano por la abertura de mi falda larga.

Sentí sus gruesos dedos manoseando mis glúteos desnudos y después estiró el corazón, para pasarlo entre mis labios vaginales. Me dio mucha vergüenza que descubriera mi humedad cuando me acarició el coño de esa manera furtiva y volvió a sonreír, apretándome el culo de manera ruda, antes de retirar la mano que acababa de colar bajo mi falda sin pedirme permiso.

―¿Entendido?

―Sí...

―Estás demasiado mojada para llevarme la contraria ―afirmó mirándose los dedos―. Así me gusta, que seas obediente ―y con esa misma mano me atrapó el pezón en el que estaba el piercing. Me lo pellizcó con dos dedos, tirando a través de la tela de la camiseta, y el dolor hizo que me pusiera de puntillas.

―¡¡Aaaaah, me has hecho daño, joder!!

―Todavía no me has dicho por qué has vuelto a bajar... ―insistió retorciéndome el pezón―. ¿Ha sido porque te has puesto cachonda escuchando los gemidos de tu amiga?

―No... ¡¡aaaaah!! ―grité cuando me volvió a tirar de los pezones.

―O porque querías complacerme...

―¡¡Aaaaah, mmmmm, me haces daño!!

―¿Querías que te viera así vestida?

―Nooo, aaaah, aaaaah...

―No me mientas..., ¿por qué has bajado?

―No lo sé...

―¿Quieres que te folle?

―¡No!

―De acuerdo, mira, te voy a contar una cosa ―y acercó su cara a la mía, apoyando sus manazas en mi cintura―. Llevo muchos años sin tirarme a una azafata, pero hoy has conseguido excitarme de verdad... hacía tiempo que no me cruzaba con una como tú... ―me soltó en las narices, llegándome su aliento a alcohol.

―¿Una como yo?

―¿Alguna vez le has puesto los cuernos a tu novio?, y sé sincera conmigo, al menos esta vez...

―No, nunca... ―susurré tratando de aguantarle la mirada, apoyando mis manos en sus antebrazos.

―Pues mira, ahora sí que te creo, veo que eres sincera ―dijo apuntando con su dedo en mi frente―, aunque por otro lado me extraña mucho que en ocho años nunca le hayas engañado, ¿sabes por qué?, ¡porque estás demasiado buena, pero eres muy facilona!

―¡Te estás pasando!

―Ya sé que estás que derrites, pero recuerda, hoy no puedes correrte... ―y se pasó el dedo por la nariz, aspirando el olor que emanaba―. Mmmmm, delicioso... ―y después se lo metió en la boca.

―¡No eres más que un cerdo y un puto borracho! ―exclamé dándole un empujón y separándome de él.

Me giré dejándolo allí plantado y caminé deprisa por el pasillo hasta mi habitación.

―Ja, ja, ja... ¡buenas noches, Andrea!, ¡qué duermas bien! ―le escuché que se jactaba tras de mí.

Cerré deprisa en cuanto entré, sin atreverme a mirar por si me seguía y apoyé la espalda contra la puerta, dejándome caer con las manos en la cara.

―¡Mierda, mierda!, pero, ¿qué he hecho?

Mi cuerpo no paraba de temblar y sentía un nudo en el estómago. Cogí aire y solté dos exhalaciones profundas, tenía que intentar tranquilizarme porque me encontraba muy nerviosa. No entendía lo que acababa de suceder, y es que no me reconocía en mi comportamiento.

Y al mirar hacia mi derecha me vi reflejada en el cristal de la habitación, tenía los pies apoyados en el suelo, las rodillas semiflexionadas y por la abertura de la falda, asomaba toda mi pierna desnuda. Me aparté el pelo de la cara y en ese instante caí en la cuenta del calor que emanaba la cara interna de mis muslos.

Entonces recordé los gruesos dedos de Ismael acariciándome bajo la falda, sobándome el culo con rudeza, pero rozando de una manera sutil mis labios vaginales.

Apreté los dedos en mi piel desnuda y me dieron unas ganas locas de acariciarme. Agaché la vista y al apartar un poco la tela de la falda, me encontré con mi coño desnudo y mojado. Empapado.

―¡¡Joder!! ―suspiré apretándome el muslo―. No, no puedo hacerlo, uffff, Ismael me ha dicho que no puedo correrme... ¡me lo ha prohibido, mmmm!

De repente alguien llamó insistentemente con los nudillos en la puerta de una habitación de mi planta y unos segundos después, escuché a dos personas hablando. No reconocía las voces, pero mi curiosidad pudo más que mi nerviosismo y sin pensármelo, pues podrían haberme descubierto, abrí la puerta tratando de no hacer ruido.

Y al asomarme con discreción allí lo vi. Con esa figura enorme y descamisada era imposible equivocarme e Ismael avanzó un par de pasos y se metió en una habitación, aunque esa no era la suya.

¿Quién estaba ahí?

Recordé cuando llegamos a media tarde del vuelo, que avanzamos las cuatro tripulantes de cabina por el pasillo con la maleta, y yo me quedé en mi habitación, Sandra en la de al lado y Beatriz y Leticia siguieron andando. Tenía que ser una de las dos. Beatriz estaba casada, dos hijos, era una chica seria, formal y no había mostrado el más mínimo interés en ninguno de los pilotos, por lo que enseguida la descarté. Tenía que ser Leticia, pero tampoco podía confirmarlo al cien por cien.

Otra vez dentro de la habitación, me quité la ropa y ya desnuda, me lavé los dientes, y me eché crema hidratante por la cara en mi ritual de limpieza de cutis. Eso ayudó a calmarme, pues habían sido demasiadas emociones para ser el primer día.

Aun así me acosté nerviosa, excitada y pensé en Sebas. Me sentí muy mal por él, joder, después de ocho años había estado a punto de serle infiel.

Y lo peor es que Ismael tenía razón, no creo que a mi chico le hubiera hecho mucha gracia ver cómo me había comportado. Me fastidió mucho tener que meterme en la cama en ese estado, incluso tardé en conciliar el sueño un par de horas, moviéndome de lado a lado, retorciéndome de placer, sintiendo el calor que emanaban mis muslos y reprimiendo una imperiosa necesidad de correrme. Estaba muy arrepentida por lo que había hecho y necesitaba urgentemente hablar con mi chico. Sería mi primera tarea nada más abrir los ojos.

Todavía tenía seis horas de descanso por delante y cuando me despertara, solo deseaba que todo hubiera sido un mal sueño...

7

―Ya sabía que eras tú, ¡uf, estás hecho un desastre!

―¿Me dejas pasar?

―Haz lo que quieras... ―y Beatriz dejó la puerta abierta, permitiendo que se colara en su habitación―. ¿Qué quieres, Ismael?

―Ha pasado mucho tiempo.

―Sí...

―¿Cuánto?, ¿dos, tres años? ―preguntó Ismael sentándose en la cama, como si las piernas le fallaran.

―Más de cuatro ―afirmó Beatriz, que permanecía de pie en medio de la habitación, con un precioso pijama de seda color camel.

―Pero aun así lo sigues llevando...

―Sí ―dijo ella tocándose un colgante de oro que llevaba al cuello.

―Estás muy guapa, se nota que estos años le has metido horas en el gimnasio...

―¿Qué es lo que quieres Ismael después de tanto tiempo?

―¿No te lo imaginas?

―Pues no...

―Sabías que este día llegaría, Chloe.

Beatriz tembló al escuchar ese nombre. ¡Habían pasado tantos años!, frunció el ceño y negó con la cabeza. Por supuesto que sabía lo que él quería.

―He estado tomando algo con la nueva...

―¿Con Andrea?

―Sí.

―¿Y...?

―Si te he venido a ver... ya te lo puedes suponer. Ella es especial, muy especial... y será la última.

―¿Me estás diciendo lo que creo que...?

―Sí. Ha llegado el momento de...

―¡¡No, nooo...!! ―se negó Beatriz agarrándose con fuerza el colgante.

―Ella será la siguiente...

―No, por favor, Ismael...

―Sabías que tarde o temprano esto sucedería, Chloe...

―¿Y crees que ella accederá a...?

―Sí.

―¿En serio?

―Por supuesto, ya solo falta una última cosa...

―Viéndote tan mal estos años, pensé que ya no llegaría este momento, pero ahora supongo que..., tengo que hablar con ella, ¿no?

―Así es... ―afirmó Ismael.

―¿Y ella aceptará?

―No tengo ninguna duda ―y cuando fue a ponerse de pie, Beatriz dio un par de pasos y le puso la mano en el hombro, impidiendo que se levantara.

―¡No te vayas, por favor! ―le suplicó con la voz temblorosa e Ismael sonrió.

―Has sido la mejor, Chloe, pensé que nunca encontraría a una mejor que tú, pero estoy convencido de que Andrea te va a superar...

―¡Haré lo que me pidas, por favor!, quiero ser tuya por última vez...

―¡Está bien!, ¡desnúdate!, ¡quítate el pantalón!

Beatriz retrocedió un par de pasos y se plantó en medio de la habitación. Antes de empezar se miró al espejo y se alisó su media melena, dándole la espalda al corpulento piloto. Y muy despacio se fue bajando el pantalón de su pijama de seda, deslizándolo por sus fibradas piernas muy poco a poco hasta que se lo quitó del todo, quedándose tan solo con un elegante tanguita negro.

Se giró para mostrarle bien el culo y puso los brazos en jarra.

―¡Joder, Chloe!, ¡te has puesto muy potente estos años!, antes no estabas tan buena, ¡uf, qué culazo!, se nota que le metes horas en el gimnasio y que cuidas la alimentación, has hecho muy buen trabajo...

―¿Te gusta? ―le preguntó ella acariciándose los muslos, agachándose para pasarse los dedos por un lateral de sus piernas hasta llegar a los tobillos.

―Ya lo creo, tu marido tiene que estar muy contento contigo...

Se quedó inclinada con esa pose tan erótica y miró hacia atrás, intentando provocar a Ismael.

―Las bragas esas de guarra también, ¡quítatelas!

Y Beatriz fue tirando lentamente de su tanguita, hasta desnudarse por completo de cintura para abajo. Se agachó a recoger la ropa interior y se la lanzó a Ismael, que ni tan siquiera cambió la postura al ver su tanguita volando hacia él, dejando que aterrizara en su regazo.

―Ahora quítate también la parte de arriba...

―Espera ―le dijo Beatriz caminando descalza hasta donde tenía los zapatos del trabajo.

Se los puso delante de Ismael, y se le tensaron todavía más sus gemelos, los muslos y esos dos portentosos glúteos, que lucían duros como una piedra. Sabía que eso le excitaba al Comandante y caminó hasta ponerse delante de él, a apenas un metro y también se deshizo de la parte de arriba del pijama.

Tan solo llevaba puestos ya los zapatos de tacón.

―¿Hace cuánto que empezamos tú y yo, Chloe?

―Más de siete años ―suspiró Beatriz, dándose la vuelta y acercándose a él.

―¿Sigues subiendo al avión sin ropa interior?

―Cuando me toca contigo, por supuesto, mmmm...

―¿Y eso te pone cachonda...?

―Muchísimo...

Subió una pierna y la apoyó en la cama, plantándole su depilado coño delante de la cara. Ismael acarició su culazo desnudo, manoseando sus dos glúteos y después le soltó un pequeño azote.

¡PLAS!

―¡¡Mmmmm, síííí!!, ¡¡aaaahggg, cuanto tiempo!!, ¡te he echado mucho de menos!

―No voy a castigarte ahora, zorra, es muy tarde y montaríamos un buen escándalo...

―Hoy es el último día, puedes hacerme lo que quieras, por favor... ―murmuró Beatriz moviendo las caderas delante y atrás y luego se sentó a su lado, estirando el brazo para acariciarle el paquete por encima de los pantalones―.Va a ser nuestra última vez, ¿verdad?

―Sí.

―Por favor, Ismael...

―¿Le has puesto estos años los cuernos a tu marido?

―No, ninguna vez, solo cuando estuve contigo...

―¡Qué desperdicio!, seguro que más de uno de esos guaperas del gimnasio ha intentado follarte.

―Sí...

―¿Y hay alguno que te guste en particular?

―Bueno, hay uno que...

―Está bien, pues si te gusta, esta semana te lo tienes que follar...

―Nunca me habías pedido eso.

―¿Y no lo harías por mí, Chloe?

―Sí, pero... está bien, lo haré con una condición...

―¿Desde cuándo pones tú las condiciones, jodida puta? ―le preguntó Ismael agarrándola con fuerza del pelo.

―¡¡Aaaaaahgg!!

―A ver, ¿qué me quieres pedir a cambio?

―Que me folles ahora...

―Sabes que no puedo hacer eso.

―Venga, Ismael, va a ser nuestra última vez... por favor, por favor y no dejes de llamarme Chloe mientras me follas ―gimoteó Beatriz, sin dejar de palparle el paquete―. ¡Mmmm, quiero que me la metas!, no tienes que hacer nada, solo dejarme a mí, yo me encargo, quiero tenerte dentro, al menos hoy... ―le pidió ella comenzando a desabrocharle el pantalón.

―¿Has echado de menos mi polla, Chloe?

―Síííí... ―murmuró Beatriz sacándosela muy despacio.

―Al principio no te gustaba que te lo llamara...

―No.

―Pero ahora...

―Ahora me pone muy cachonda, mmmmm, lo he echado tanto de menos...

―Chloe, mmmmm...

Y cuando la tuvo entre los dedos miró hacia abajo. Era tal y como la recordaba. La polla de Ismael era igual que él. Grande, ancha y muy dura. Beatriz se lanzó a su cuello y comenzó a besuquearle esa zona, moviendo la mano arriba y abajo, haciéndole una paja al Comandante.

―Nada de besos, ya lo sabes, joder ―protestó él, tirando de su pelo, para apartar los labios de su cuello.

―¿Tan especial es Andrea? ―le preguntó Beatriz, sacudiéndosela muy despacio.

―Sí...

―Parece buena niña y es muy atractiva... ¿vas a hacer con ella lo mismo que conmigo?

―Sí, incluso más...

―¡JO-DER! ―jadeó ella mordiéndose los labios―. ¡Fóllame, Ismael, por favor!, ¡fóllame! ―le pidió montando una pierna encima de su muslo, pero rápidamente él se la quitó de encima.

―¡Cuidado, zorra, no te pases!, ¡que todavía no he terminado contigo!

―¡Sííí, síííí, hazme lo que quieras!

―Hoy voy a dejar que me hagas una paja, y mañana te tienes que correr durante el vuelo...

―¿Quieres que te la chupe?

―¿Has olvidado las putas normas o qué te pasa?, ¡solo una paja!

―Mmmmmm, sí, vale... ―dijo poniéndose de rodillas delante de él a toda velocidad―. ¿Vas a correrte encima de mí? ―le preguntó mirándole a los ojos mientras le sacudía la polla.

―Por supuesto, Chloe... ahora empieza, y ya lo sabes, prohibido tocarte...

8

El despertador sonó a las 7:45, pero yo ya llevaba un rato con los ojos abiertos.

La noche había sido muy larga, y es que primero me costó conciliar el sueño y después tampoco había descansado en condiciones. Poco y mal. Salté de la cama y me miré en el espejo del baño. Tenía unas buenas ojeras y acto seguido entré en la ducha. Lo necesitaba.

Una buena ducha relajante con agua caliente.

Ojalá me hubiera servido para algo, pero al salir seguía igual de nerviosa y alterada. Todo lo que había pasado con Ismael me parecía surrealista y no lograba entenderlo. Era como que ese tío hubiera anulado mi voluntad. En ocho años de relación con mi novio, por supuesto que había tenido unas cuantas proposiciones y muchas oportunidades para estar con otros, pero a mí ni tan siquiera se me había pasado por la cabeza; no era algo que me atrajera ni tampoco lo buscaba. Mi relación con Sebas era muy sólida, nos llevábamos bien, teníamos un proyecto de vida común y sexualmente tampoco tenía ninguna queja. Más bien al contrario.

Mi chico era una puta bestia en la cama.

Y sin embargo, en unos pocos minutos Ismael había conseguido desarmarme por completo. Reconozco que me gustaba la seguridad que transmitía, su voz grave y firme, aunque por otro lado, ese carácter hosco y machista me daba mucha repulsa, por lo que no entendía el porqué me había dejado someter con esa facilidad.

En la barra del bar cogí con la boca la aceituna que me ofreció, después subí a la habitación, me quité la ropa interior para él y volví a bajar, y lo peor fue cuando dejé que colara una mano bajo mi falda y me sobara a su antojo, como a una cualquiera. Me daba terror pensar en lo que hubiera pasado si él me hubiera ofrecido que le acompañara a su habitación; en frío por supuesto que no quería acostarme con él, pero en el estado en el que me encontraba por la noche cuando salimos del ascensor, era muy probable que hubiera cedido, terminando sometida a la voluntad de Ismael.

Intenté apartar esos pensamientos de mi cabeza y me puse un vaquero y una camiseta de tirantes para bajar a desayunar, y cuando ya estaba terminando de arreglarme, sentí que alguien llamaba a mi puerta. Era Sandra y enseguida vi en su cara que para ella tampoco había sido una noche fácil.

―¿Ya estás lista, cariño?

―Sí, venga, vamos... bueno, bueno, ¿y qué tal ayer? ―la pregunté, como si no hubiera escuchado nada mientras cerraba la puerta de la habitación y ella se agarraba a mi brazo hasta el ascensor.

―Muy bien, tía. Al final, terminé con Fran...

―Ah, ¿sí?, ¿y...?, ¿bien bien?

―Sí, aunque lo mejor fue la cara de Leticia cuando la acompañamos hasta su habitación los dos y Fran se despidió de ella. ¡Uf, me miró con odio!, y yo le sonreí y subí así las dos cejas, ja, ja, ja... como diciendo, hoy Fran es mío... ¿y tú has dormido bien?, espero que no te despertáramos...

―La verdad es que no, tengo el sueño muy profundo y bueno, yo también me acosté tarde, demasiados nervios durante el día y al final me quedé tomando una copa con Ismael...

―¿En serio?

―Sí, al despedirme de él me preguntó si quería tomar algo.

―Con lo serio que es, seguro que te arrepentiste al momento de que te invitara...

―No, estuvo muy entretenido, me estuvo contando sus viajes, hablamos de la vida, de la compañía... se me hizo muy ameno.

―Pues me alegro que tú también disfrutaras, pero para otro día tienes que venir con nosotras, eh...

―Vaaaale...

Esta vez fuimos las más madrugadoras en el comedor del hotel, aunque cinco minutos más tarde apareció Fran por el buffet.

―¡Buenos días, chicas!

―Hola ―le soltó Sandra de manera seca con el café en la mano, y después pasamos a su lado y nos sentamos solas en una mesa.

Yo solo pude esbozar una tímida sonrisa a modo de saludo, pues no me dio tiempo ni a contestarle.

―Joder, tía, has estado muy borde con él, ¿no decías que todo bien con Fran?

―Ahora tengo que hacerme un poco la dura si quiere volver a estar conmigo, tampoco se lo quiero poner tan fácil, ¿no crees?

―Me parece estupendo....

Y acto seguido fueron llegando el resto de los compañeros, primero Beatriz con una minifalda cortita y camiseta de tirantes, como yo. La verdad es que tenía unas piernas y un culazo tremendos; hasta a mí se me fue la mirada sin querer a su culo y después apareció Leticia con cara de pocos amigos.

Nos saludó con un frío “buenos días” y pasó de largo, sentándose en la mesa en la que se encontraba Fran solo, que al verla no tuvo más remedio que dejar que la sobrecargo le hiciera compañía.

El último en aparecer fue Ismael, y en cuanto lo vi me puse muy nerviosa. Como una idiota.

Nadie diría que por la noche se había bebido unos cuantos cócteles. Iba perfectamente peinado, con una camisa blanca impoluta y ni se dignó a saludar al pasar por nuestra mesa. Se sentó directamente con Fran y Leticia y nosotras, al ver sola a Beatriz, le dijimos que nos hiciera compañía.

―¿Y qué tal ayer? ―le preguntó nuestra compañera a Sandra, dándole un pequeño codazo cómplice―. Por cómo ha bajado Leticia, yo diría que te llevaste el premio.

Y Sandra afirmó con la cabeza, sonriente y triunfal.

―¡Afirmativo!

―Ja, ja, ja... la verdad es que hacéis buena pareja, los dos tan jóvenes y guapos... ¡quién tuviera vuestra edad!

―Oye, ni que tú fueras tan mayor..., y si no es indiscreción, ¿cuántos años tienes, Beatriz? ―le pregunté yo.

―35... llevo casi diez años en la compañía, soy de las más veteranas... ―y cuando dijo eso, pude ver en su rostro un poco de resquemor. Tenía que ser muy duro para ella ver cómo otras trepas, tipo Leticia, le pasaban por la derecha para ser sobrecargo.

―Pues estás estupenda, ya me gustaría a mí tener ese cuerpo dentro de siete años ―aseguré cogiendo uno de los donuts.

―Pues deberías empezar por no comer eso, ja, ja, ja... aunque tú te lo puedes permitir, ¡menudo tipazo tienes! ―y se me quedó mirando fijamente mientras se tocaba un colgante de oro que llevaba al cuello; una especie de círculo de un centímetro en el que dentro había una medio luna.

De repente nos llegó la risa histriónica y exagerada de Leticia, que se hacía la interesante con su pantalón gris de vestir y una americana, en compañía de los dos pilotos. Las tres miramos en su dirección y la sobrecargo se volvió hacia nosotras, asegurándose que aquello lo estábamos viendo bien.

―¡Qué idiota! ―farfulló Sandra entre dientes.

―No puedo con ella ―le siguió Beatriz, que yo pensé que era la que mejor se llevaba con Leticia, aunque al parecer solo le hacía compañía porque nadie más la aguantaba y yo viendo que todas estaban en mi equipo, me decidí a revelar lo que había visto por la noche.

―Tengo un cotilleo, chicas ―susurré inclinándome hacia delante para que nadie me escuchara.

―Ah, ¿sí?, cuenta, cuenta ―me apremió Sandra.

―Pero de esto ni una palabra, eh...

―Sí, claro...

―Pues creo que... ayer Ismael fue a la habitación de Leticia...

―¡¿En serio?!, ¡estás de coña! ―exclamó Sandra―. No creo que sea tan zorra como para estar con un viejo como Ismael... aunque de esta me creo todo... con tal de pasar la noche con un piloto.

―¿Y cómo lo sabes? ―preguntó Beatriz―. ¿Los viste?

―No, aunque lo escuché, eh... después de cenar me quedé tomando algo con Ismael y cuando subimos a las habitaciones sentí a alguien llamando a una puerta. Era él seguro y la otra... si estamos aquí las tres, ¡tiene que ser Leticia por narices!

―¡Joder, joder, qué fuerte! ―exclamó Sandra―. Esto sí que no me lo esperaba...

―De todas formas, no digáis nada, eh... esto que quede entre las tres, primero por confidencialidad y segundo, porque tampoco sé seguro si se fue con ella...

―¿Y con quién va a ser? ―insistió Sandra.

―Ya... Ismael era seguro, pero la otra...

―Lo mismo no era él y te estás equivocando... ―me advirtió Beatriz encogiéndose de hombros.

―No, abrí la puerta y lo vi... era él seguro...

―Ja, ja, ja, que no le des más vueltas, Bea, si Andrea lo ha visto entrando en su habitación, blanco y en botella ―dijo Sandra―. ¡¡Se lo ha follado!!, ¡madre mía!, ¡ya hay que ser puta y buscona!

Y al terminar de desayunar, regresamos a las habitaciones. Paré en mi puerta, Sandra caminó hasta la siguiente y me fijé en Beatriz, que se volvió hacia mí cuando llegó a su habitación. Entonces cruzamos las miradas y ella pasó la tarjeta por el lector.

¡No podía ser!

Esa era la habitación en la que había entrado Ismael; mi cabeza iba a toda velocidad y Sandra me seguía hablando a unos metros de distancia, pero yo ya no la escuchaba.

¡¡Era Beatriz la que había pasado la noche con Ismael!!

No tenía que haber dicho nada, y ahora Beatriz ya sabía que yo conocía su pequeño secreto. Entré en la habitación angustiada por la metida de pata que acababa de cometer y de repente me llegó un mensaje de whatsapp. No tenía el número guardado en la agenda, pero tampoco hacía falta.

Ya sabes lo que tienes que hacer. No me defraudes.

Este es mi número personal, guárdalo.

Era un mensaje de Ismael y mi corazón palpitó a toda velocidad. Terminé de preparar la maleta, recogí la habitación echa un manojo de nervios y antes de salir, retoqué mi maquillaje, el recogido del pelo y me puse el uniforme de trabajo. Podía haber terminado con aquello esa misma mañana, habiéndome dejado las braguitas puestas y desobedeciendo a Ismael, pero me quedé parada frente al espejo, dudando qué hacer.

Y otra vez volví a tener las mismas sensaciones que durante la noche anterior, la taquicardia, sudoración, el estómago encogido, las manos temblorosas y sobre todo, un calor desmesurado en la entrepierna que recorría mi espalda y me llegaba hasta la nuca.

Me costaba pensar con claridad. Hasta la respiración tenía acelerada.

“No lo hagas, Andrea”, me dije frente al espejo, pero al final fui tirando de la faldita y la dejé en mi cintura como si fuera un cinturón. Miré mis largas piernas desnudas y aquella ropa interior blanca reluciente, que resaltaba en la penumbra de la habitación.

Toc toc toc

Alguien llamó a la puerta. Era Sandra. Y yo seguía allí, cada vez más nerviosa y excitada.

―Sí, un segundo ―grité desde el otro lado.

Y a toda velocidad, no me lo pensé más y deslicé la tela por mis piernas hasta quitarme las braguitas. Las hice un ovillo, las colé en el bolso secundario de la maleta y luego recompuse mi falda, alisándola y cubriendo mi desnudez.

Ya estaba lista para regresar a casa junto a mi novio...

...

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