Xtories

Mi marido me obliga a follarme a su socio de 50 añ

Javier creyó que estaba negociando un favor para salvar su empresa, pero Elena tenía otro plan. Mientras él observaba impotente desde el sillón, ella transformó la humillación en un trono y demostró quién realmente manda en la casa.

Elena Rios17K vistas9.1· 15 votos

PARTE 1 - La semilla

Llevaba meses imaginando cómo sería sentir a Enrique dentro de mí, pero nunca pensé que sería mi marido quien me lo ofreciera como si el regalo fuera suyo.

La noche era como cualquier otra en los últimos cinco años. Javier estaba a mi lado en la cama, mirando el techo con los brazos cruzados detrás de la nuca. Llevaba tres días sin tocarme, sin mirarme siquiera cuando me cambiaba delante de él. Lo conocía demasiado bien. No era falta de deseo. Era orgullo herido.

—La puta empresa se va a la mierda —murmuró, más para sí mismo que para mí.

Me giré hacia él, apoyando la cabeza en mi mano. El camisón se me abrió un poco más de lo necesario, pero él ni se dio cuenta.

—¿Has hablado con Enrique?

Javier frunció el ceño al oír el nombre. No le gustaba que nombrara a su socio. Tal vez porque sabía, en algún rincón oscuro de su conciencia, que yo miraba a Enrique de cierta manera cuando venía a cenar.

—Esta tarde estuve con él —respondió—. Dice que los bancos no le prestan más, que él ya ha puesto todo lo que podía.

—Es muy generoso, Javier —dije, acariciándole el pecho con un dedo—. Seguro que si le pides un favor... no sé, algo especial... te lo haría.

Javier arrugó el ceño. Lo besé en la mejilla y cambié de tema. Le hablé de la cena del día siguiente, de la factura de la luz, de cualquier cosa absurda. Pero vi cómo sus ojos se quedaban fijos en la nada, pensando. La semilla estaba plantada.

Tres días después, Javier llegó de una reunión con Enrique con el semblante raro. Durante la cena apenas habló. Movió la comida en el plato sin llevársela a la boca. Yo fingí normalidad, aunque mi coño ya empezaba a humedecerse solo de pensar en lo que podía estar tramando.

—He pensado lo que me dijiste —solté de repente, con la voz ronca—. Que Enrique es generoso.

Levanté la vista de mi plato.

—He hablado con él... de forma críptica... y creo que está dispuesto a ayudarnos. Pero quiere algo a cambio.

Fingí no entender. Parpadeé dos veces, con inocencia estudiada durante veinte años de matrimonio.

—¿Qué algo?

Javier tragó saliva. El pulso le latía en la sien.

—Tú.

El tenedor se me cayó. Choqué contra el plato con un ruido seco que hizo eco en el silencio de la cocina.

—¿Estás de broma? —Me levanté, empujando la silla hacia atrás—. ¿Soy un objeto? ¿Una moneda de cambio?

—Elena, por favor...

Él también se levantó. Me siguió al salón mientras yo caminaba rápido, con el corazón desbocado. Pero no era indignación lo que lo aceleraba. Era la certidumbre de que mi plan estaba funcionando.

—Es la única manera —suplicó Javier, agarrándome del brazo—. La empresa se hunde. He hablado con el abogado. Si no conseguimos liquidez antes de fin de mes, perdemos todo. La casa, el coche, todo.

Me quedé quieta, dándole la espalda. Dejé que mi respiración se agitara. Dejé que mis hombros temblaran un poco, como si estuviera conteniendo las lágrimas.

—Una sola noche —dije al fin, con voz quebrada—. Y no me mires. No quiero que me veas.

Javier exhaló, aliviado. Me rodeó con los brazos por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro. No sabía que, mientras él celebraba su pequeña victoria de negociador desesperado, yo sonreía en la penumbra del salón.

Tres noches después, Enrique vino a cenar.

Me puse el vestido negro que sabía que le gustaba. Escotado, ceñido, corto. Javier puso cara rara cuando me vio bajar las escaleras, pero no dijo nada. Ya era tarde para arrepentirse.

La cena fue un ejercicio de fingimiento perfecto. Enrique y Javier hablaron de la empresa, de números, de plazos. Yo serví vino y sonreí, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban sentía cómo se me humedecía el coño. Me había masturbado pensando en él al menos tres veces en los últimos meses. Una, después de la última cena de empresa, cuando me rozó la mano al pasar la botella de vino. Otra, una tarde que vino a buscar unos papeles y me encontró en bragas y sujetador porque se me había roto la cisterna y él apareció sin avisar. Esa noche me corrí tres veces seguidas imaginándome que me follaba contra la pared del pasillo.

La tercera fue la noche anterior. Sabiendo que al día siguiente estaría en mi casa. Sabiendo que quizá, tal vez, él estaría dentro de mí.

—Ya sabes lo que hemos hablado —dijo Javier durante el postre, dejando caer la servilleta sobre la mesa.

Enrique me miró. Sosteniendo la copa de vino, con esa barba de dos días que lo hacía parecer un pirata moderno y esa mirada intensa de hombre que ha visto demasiado y ya nada le sorprende.

Bajé la mirada. "Avergonzada".

—Vamos al dormitorio —anunció Javier, levantándose—. Yo me sentaré en el sillón.

Subimos los tres las escaleras. Era ridículo y excitante al mismo tiempo. Delante, Javier. Detrás, Enrique. Yo en medio, sintiendo sus ojos en mi culo cada vez que el vestido se subía un poco más de la cuenta.

En el dormitorio, Javier se instaló en el sillón junto a la ventana. Cruzó las piernas, se puso una mano en la barbilla, como si fuera a ver una película y no a su mujer follando con su socio para salvar su empresa.

Enrique se acercó a mí despacio, con pasos de cazador. Yo seguía con la mirada baja, las manos apretadas sobre el regazo. Él se sentó a mi lado en la cama y me levantó la barbilla con un dedo.

—Mírame —dijo.

Lo hice. Sus ojos eran marrones oscuros, casi negros. Tenía las manos grandes, callosas. No era un hombre de oficina. Se había criado en el campo, lo notabas en su forma de moverse, de ocupar el espacio.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano. Fue tierno al principio. Casi dulce. Como si supiera que yo era una esposa aburrida que necesitaba que la trataran como a una señora antes de tratarla como a una puta.

Cuando me besó, todo se acabó.

Su boca era firme, segura. Sabía a vino y a tabaco. Me agarró la nuca con una mano mientras con la otra me bajaba la cremallera del vestido. Yo gemí contra su boca y él se rió bajito, sabiéndose ganador.

Javier seguía en el sillón, tieso como un palo. No apartaba la mirada. Pero yo había dejado de pensar en él. O eso quería que creyera.

Enrique me quitó el vestido y me dejó en bragas y sujetador negros. Me miró de arriba abajo sin prisa. Era la primera vez que un hombre me miraba así en años. Como si fuera un banquete y tuviera toda la noche para comerme.

Me tumbó en la cama y me quitó las bragas despacio, pasándolas por mis piernas, por mis tobillos. Luego las arrojó al suelo y se quedó mirando mi coño. Yo lo sentía tan mojado que me avergonzaba y excitaba al mismo tiempo.

—Estás hermosa —dijo. Y no sonaba a frase hecha.

Se desabrochó los pantalones y los bajó lo justo para liberar su polla. Era más gruesa que la de Javier, más larga, con la cabeza morada y las venas marcadas. Se la acarició un par de veces, mirándome a los ojos, y luego se colocó entre mis piernas.

Las aparté más.

Me penetró despacio. Entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo mi coño mojado se abría para recibirlo. Jadeé. Me agarré a sus brazos. Él empezó a moverse con un ritmo constante, nada de prisas, como si me estuviera midiendo.

Javier seguía en el sillón, con las manos agarrotadas en los brazos del asiento. Lo vi de reojo y noté cómo sus nudillos se ponían blancos.

Pero entonces abrí los ojos del todo.

Y miré directamente a Javier mientras Enrique me empujaba dentro.

Él aguantó mi mirada un segundo, dos. Tragó saliva. Sabía que yo lo estaba viendo. Sabía que yo veía cómo se hundía en ese sillón mientras su socio le follaba la mujer.

Y sonreí.

No fue una sonrisa de víctima. Fue una sonrisa de triunfo. De poder. De "esto es exactamente lo que quería, y tú me lo has servido en bandeja".

Enrique se corrió dentro de mí con un gruñido sordo, enterrándose hasta el fondo y quedándose allí mientras su semen llenaba mi coño. Sentí el calor, las pulsaciones de su polla aún dentro, la humedad escurriendo por mis muslos.

Javier se levantó, incómodo, arreglándose los pantalones.

—Ya está —dijo, con la voz rota—. Suficiente.

Enrique hizo amago de separarse de mí. Pero yo lo agarré del brazo y lo mantuve dentro.

No. Aún no he terminado yo —dije, con la voz ronca—. Siéntate.

Javier me miró, atónito. Abrió la boca para protestar, pero algo en mis ojos lo hizo callar. Obedeció. Se sentó otra vez en el sillón, como un perro al que acaban de dar un cachete con el periódico.

Enrique me miró sorprendido, pero también excitado. Tenía la polla aún dura dentro de mí, manchada de nuestra mezcla. Sonrió, medio torcido, como diciendo "conque así son las esposas aburridas".

Yo empecé a moverme. Sola. Marcando mi ritmo, mi placer. Cabalgando sobre él despacio, sin prisa, con las manos apoyadas en su pecho.

Y mientras lo hacía, miré a mi marido a los ojos.

Me toqué el coño mientras Enrique entraba y salía, asegurándome de que Javier viera cómo mis dedos se mojaban, cómo mi cuerpo respondía a otro hombre como jamás había respondido a él.

Me corrí ruidosamente. Gimiendo, arqueándome, temblando. Sin disimulo. Sin vergüenza.

Después, cuando las pulsaciones volvían a la normalidad, me reí. Una risa baja, ronca, saliéndome desde algún lugar profundo que hacía años que no visitaba.

—Qué bien se te da pedir favores, cariño —dije, mirando a Javier.

PARTE 2 - El sillón

Javier seguía sentado, mudo, con las manos apretadas sobre los muslos. Tenía los ojos hundidos, la mandíbula apretada. No sabía si mirarme a mí o mirar al suelo. Decidió las dos cosas a la vez y se quedó mirando la punta de sus propios zapatos.

Yo cabalgaba sobre Enrique despacio, sin prisa. Él me agarraba las caderas con esas manos grandes que parecían hechas para partir leña y follar mujeres, en ese orden. Yo subía y bajaba, subía y bajaba, sintiendo cómo su polla me llenaba otra vez, cómo el semen que ya había dejado dentro se mezclaba con mis propios fluidos y hacía que todo fuera más fácil, más húmedo, más sucio.

Me incliné hacia él para besarlo. Enrique me agarró la barbilla con una mano y me separó lo justo para ver mis ojos.

—Eres una puta —dijo, pero no era insulto. Era diagnóstico.

—La puta de tu socio —respondí, sonriendo.

Javier emitió un ruido ahogado desde el sillón. Una tos, un gemido, un intento fallido de decir algo que no se atrevía.

—Vale, ya —dijo al fin, levantándose de golpe—. Se acabó.

Enrique y yo nos detuvimos. Él miró a Javier. Yo también. Pero mientras Enrique esperaba a ver qué pasaba, yo tenía claro lo que iba a hacer.

Javier, si quieres que Enrique firme los papeles mañana, te quedas ahí y no dices nada.

Apreté las palabras como quien aprieta un tornillo. Una a una, clavándolas en su orgullo.

Javier se mordió el labio. Lo vi dudar. Lo vi pelear consigo mismo en silencio. Su empresa. Su orgullo. Su mujer. Tuvo que elegir.

Eligió la empresa.

Volvió a sentarse sin decir palabra. Pero esta vez no se puso cómodo. Se quedó al borde del sillón, como si necesitara estar listo para salir corriendo. Para hacer algo. Para recuperar lo que fuera que acababa de perder.

Pero ya era tarde.

Enrique se dio cuenta. Lo vi en sus ojos cómo entendía la nueva reglas del juego. Este hombre que llevaba años siendo el socio silencioso, el divorciado discreto, el amigo que nunca preguntaba demasiado. Se dio cuenta de que Javier no controlaba nada. Que tal vez nunca había controlado nada.

Sonrió. Y su sonrisa era fea y hermosa al mismo tiempo.

Me agarró de las caderas y me giró como si pesara veinte kilos. Me puso a cuatro patas en la cama, con el culo en alto, la cara pegada a las sábanas. Enrique se colocó detrás de mí y me penetró de una sola embestida, sin miramientos, sin el tierno cuidado de antes.

Yo grité. No de dolor. De placer.

Empezó a follarme duro, rápido, con un ritmo que me dejaba sin aire. Cada embestida me movía hacia adelante, mis pechos rozaban las sábanas, mis dedos se agarraban a la tela como si fuera a caerme de la cama y de la vida entera.

Javier estaba en mi campo de visión. Borroso, porque todo se movía, pero allí. Lo vi llevarse la mano a la entrepierna. Lo vi apretar los dedos contra su propia polla, aunque no sabía si lo hacía por deseo o por rabia. Quizá las dos cosas.

—Míralo —me susurró Enrique al oído, con la boca pegada a mi nuca—. Míralo mientras te follo.

Yo levanté la cabeza y clavé los ojos en mi marido. Vi cómo se humedecían sus ojos. Vi cómo se mordía el labio hasta hacerse sangre. Vi cómo su hombría se desmoronaba sillón adentro.

Me corrí otra vez.

Esta vez grité su nombre.

—ENRIQUE.

No el nombre de mi marido. El nombre del hombre que me estaba follando. El nombre que había susurrado en mis masturbaciones nocturnas. El nombre que Javier escuchó con la certeza absoluta de que su mujer nunca había gritado el suyo así.

Me corrí durante lo que me parecieron minutos enteros, con Enrique empujando dentro de mí, con mi coño apretándole la polla como si no quisiera soltarla nunca.

Después, Enrique se vino otra vez. No sé si fue segundos después o un año después. Todo se había vuelto borroso excepto la cara de Javier y el placer inmenso, estúpido, egoísta, maravilloso que sentía.

Terminamos. Enrique se apartó y yo me dejé caer sobre la cama, boca arriba, con las piernas abiertas, rezumando semen por el coño. Mi coño mojado, hinchado, satisfecho.

Enrique se vistió despacio. Se abrochó los pantalones, se subió la cremallera, se pasó la mano por el pelo. Antes de irse, se acercó a la cama, se inclinó sobre mí y me susurró al oído con su voz de whisky y madrugada:

—Esto no ha sido un favor para él, ¿verdad? Ha sido para ti.

Le guiñé un ojo. Él sonrió, se enderezó y salió del dormitorio sin despedirse de Javier.

El portazo de la calle resonó en la casa vacía.

Javier se quedó en el sillón. Derrotado. Pequeño. Con las manos vacías y la mirada perdida.

Me levanté de la cama, desnuda, con los muslos manchados, el coño aún goteando. Me acerqué a él, despacio, como un gato que ha cazado y está lista para jugar con el ratón antes de rematarlo.

Me senté en su regazo. Él no me tocó. No podía. Era como si yo estuviera hecha de fuego y él supiera que quemaba.

Pasé un dedo por su mejilla. Sus ojos seguían sin mirarme. Los cogí con dos dedos y lo forcé a que me viera.

—Ha sido muy generoso por tu parte, Javier —dije, con voz dulce, con esa dulzura que da el poder absoluto—. ¿Cuándo vuelve?

Javier me miró con odio y deseo al mismo tiempo. Dos emociones que se parecen más de lo que la gente cree. Abrió la boca para responder. Cualquier cosa que fuera a decir, cualquier intento de recuperar el control, de poner límites, de recordarme que él era el hombre de la casa.

No dijo nada.

Cerró los ojos y apartó la cara. Y yo sentí su polla dura debajo de mí, traicionándolo, diciéndome lo que sus labios no podían confesar.

Me levanté de su regazo sin más palabras y me fui a la ducha. El agua caliente resbaló por mi cuerpo mientras escuchaba a Javier llorar en el salón.

Lágrimas de hombre humillado.

Yo, en cambio, no podía dejar de sonreír. Disponible la Parte 3 (¿Crees que Javier aceptará que Enrique vuelva o intentará recuperar el control?) y contenido exclusivo, puedes consultar la información en mi perfil de usuario.