El viejo mirón y la joven pareja 5
Sabe que ese viejo feo la ha visto desnuda. Sabe que su marido lo sabe. Y aún así, esta noche las cortinas no se cerrarán.
Parte 5: El primer encuentro
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre la costa mañageña. MC y Luis decidieron aprovechar la mañana libre para bajar a la playa privada que compartían los chalés de la urbanización. MC se había puesto un bikini blanco muy pequeño que acababa de comprar: la parte de arriba eran dos triángulos diminutos que apenas cubrían sus tetas perfectas de 95C, dejando a la vista la curva inferior de sus pechos redondos y firmes. La braguita era un tanga brasileño que se le hundía profundamente entre las nalgas, dejando casi todo su culo respingón y redondo al aire. Se había dejado el pelo suelto, con ondas suaves, y llevaba unas gafas de sol grandes que le daban un aire inocente y provocativo al mismo tiempo.
Luis no podía dejar de mirarla mientras caminaban por el sendero de madera hacia la playa. Su mujer parecía una muñeca sexualizada: joven, dulce, con ese cuerpo de porcelana que contrastaba brutalmente con la ropa tan reveladora.
—Estás increíblemente provocativa hoy, cariño —le dijo Luis al oído, apretándole el culo por encima del tanga—. ¿Es por lo de anoche?
MC se puso roja al instante y bajó la mirada, mordiéndose el labio.
—Un poco… —admitió en voz baja—. No sé qué me pasa. Después de hablar de la silueta… me apetece sentirme deseada. Aunque me dé vergüenza.
Llegaron a la playa y extendieron las toallas en la arena dorada, cerca del agua. Apenas habían pasado veinte minutos cuando otra pareja joven se acercó a ellos. Eran vecinos del número 5: él se llamaba Raúl, unos 28 años, atlético; ella, Laura, 26 años, morena y con un bikini negro más discreto. Se presentaron con simpatía y enseguida se unieron a ellos, charlando animadamente sobre la urbanización, el clima y lo caro que estaba todo.
MC se tumbó boca abajo en la toalla, arqueando ligeramente la espalda para que su culo quedara bien expuesto al sol. El tanga blanco desaparecía casi por completo entre sus nalgas perfectas, dejando ver la piel tersa y bronceada. Cada vez que se movía para coger el protector solar o para girarse, sus tetas se balanceaban peligrosamente dentro de los triángulos diminutos. Laura la miró con una sonrisa cómplice, pero Raúl no podía evitar echarle miradas discretas.
Hacia las once y media, mientras los cuatro charlaban y bebían refrescos, un hombre mayor pasó caminando lentamente por el paseo marítimo que bordeaba la playa. Era alto, encorvado, con la piel arrugada y llena de manchas, barba blanca de varios días, dientes amarillentos visibles cuando sonreía y una mirada hundida y amarillenta. Llevaba un bañador viejo y una camisa hawaiana abierta que dejaba ver su pecho peludo y flácido. Caminaba con paso lento y deliberado, mirando hacia la arena.
Laura lo señaló discretamente con la cabeza y bajó la voz:
—Ese es Don Víctor. Vive justo enfrente de vosotros, en el número 9. Es un señor mayor, un poco raro, pero inofensivo. Lleva aquí muchos años.
MC sintió que el estómago se le encogía. Se incorporó de golpe, sentándose en la toalla con las rodillas juntas. Sus tetas casi se escaparon del bikini al moverse tan rápido. La cara se le puso roja al instante, un rubor intenso que le subía desde el cuello hasta las orejas.
—¿Don Víctor? —preguntó Luis, sorprendido—. ¿El de la casa de al lado? Nosotros pensábamos que estaba vacía… No hemos visto a nadie.
Raúl se rio y asintió.
—Sí, vive solo. Es un tipo solitario. A veces se le ve sentado en su sillón mirando por la ventana, pero nunca molesta. ¿No os habéis cruzado con él todavía?
MC estaba completamente cortada. No podía hablar. Solo miraba hacia el suelo, con las manos apretadas sobre los muslos y las mejillas ardiendo. Sabía que esa silueta oscura que había visto masturbándose, la misma que la había hecho correrse el día anterior, pertenecía a ese viejo repulsivo que ahora caminaba por la playa.
El contraste era brutal: ella, con su cuerpo de muñeca perfecta, casi desnuda en bikini, y él… ese hombre de 75 años, feo, arrugado, con aspecto reptiliano.
Laura, ajena al torbellino interno de MC, levantó la mano y llamó a Don Víctor con voz alegre:
—¡Don Víctor! ¡Ven un momento, por favor!
El viejo se giró lentamente. Cuando vio al grupo, fingió sorpresa perfecta. Sus ojos hundidos se clavaron primero en MC, recorriendo sin disimulo sus tetas apenas cubiertas y sus piernas largas y abiertas. Luego miró a Luis con una sonrisa torcida y amarillenta.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? —dijo Don Víctor con su voz ronca y babosa, acercándose con paso lento—. No sabía que tenía vecinos nuevos. Una pareja tan joven y tan… guapa.
Se detuvo frente a ellos. Desde tan cerca, su fealdad era aún más impactante: la piel flácida del cuello, las manchas de edad, el olor ligeramente rancio a viejo y a colonia barata. Sus ojos se detuvieron descaradamente en el cuerpo de MC, bajando desde sus tetas hasta el tanga blanco que apenas cubría su coño.
MC quería que se la tragara la tierra. Estaba roja como un tomate, las manos temblándole ligeramente sobre los muslos. No se atrevía a mirarlo a la cara. Solo veía sus pies viejos y llenos de venas, y sentía cómo esos ojos repulsivos la desnudaban por completo. Recordaba perfectamente cómo se había abierto de piernas delante de su ventana, cómo se había tocado pensando en la silueta… y ahora ese hombre estaba allí, a menos de dos metros, mirándola como si ya supiera exactamente cómo era su coño rosado y depilado.
—Encantado —dijo Don Víctor extendiendo una mano huesuda y manchada hacia Luis—. Soy Víctor. Bienvenidos al vecindario. No me había enterado de que el número 7 estaba ocupado. Si lo hubiera sabido, habría pasado a presentarme antes. Sobre todo con una chica tan preciosa como tu mujer.
Luis estrechó la mano del viejo, sintiendo una mezcla de asco y esa excitación enfermiza que ya empezaba a conocer. Miró de reojo a MC, que seguía con la cabeza baja, las mejillas encendidas y el cuerpo tenso.
—Gracias… —respondió Luis—. Nosotros también pensábamos que la casa estaba vacía. No hemos visto luces ni movimiento.
Don Víctor soltó una risa ronca y babosa, sin apartar los ojos de MC.
—Soy muy discreto. Me gusta sentarme en mi sillón y disfrutar de las vistas del jardín. Estos ventanales tan grandes… son una maravilla, ¿verdad? Se ve todo desde mi salón.
MC sintió que le faltaba el aire. “Se ve todo”. Esas palabras le golpearon directamente en el vientre. Recordó cómo se había quitado las braguitas, cómo se había abierto de piernas en la cama, cómo se había corrido mirando hacia su casa. Ahora ese viejo repulsivo estaba delante de ella, sonriendo como si supiera cada detalle.
—Mucho gusto… —murmuró MC casi sin voz, sin levantar la mirada. Su cara seguía roja, las orejas ardiendo. Se cruzó de brazos sobre las tetas, intentando cubrirse un poco, pero el gesto solo consiguió que sus pechos se apretaran y se marcaran aún más.
Don Víctor fingió no notar su corte y siguió hablando con naturalidad:
—Sois una pareja muy bonita. Tan jóvenes… tan frescos. Si necesitáis cualquier cosa, no dudéis en llamarme. Vivo solo, así que tengo mucho tiempo libre. Puedo ayudaros con el jardín, con alguna reparación… o simplemente charlar.
Raúl y Laura seguían charlando animadamente, ajenos a la tensión. Laura incluso invitó a Don Víctor a sentarse un rato con ellos, pero el viejo declinó con una sonrisa.
—No quiero molestar a los jóvenes. Disfrutad de la playa. Ya nos iremos viendo… sobre todo por los ventanales. Son tan grandes que es como si viviéramos todos en la misma casa.
Dicho esto, guiñó un ojo a MC —un gesto lento y cargado de intención— y continuó su paseo, pero no sin antes echar una última mirada larga y descarada al culo de la joven cuando ella se giró para coger su toalla.
MC se quedó sentada, completamente roja, las manos temblando. No se atrevía a mirar a Luis. Sentía el coño húmedo bajo el tanga, una traición de su cuerpo que la avergonzaba aún más. La vergüenza era tan intensa que casi le dolía, pero debajo de ella latía un morbo corrosivo que no podía ignorar.
Luis le puso una mano en la rodilla y le susurró al oído:
—¿Estás bien, cariño? Estás muy roja…
MC solo asintió, mordiéndose el labio con fuerza. No podía hablar. Solo podía pensar en que ese viejo repulsivo, Don Víctor, la había visto masturbarse. Y que ahora sabía exactamente quién era la silueta.
La mañana en la playa continuó, pero para MC y Luis todo había cambiado. La silueta ya tenía nombre. Y la corrupción acababa de volverse mucho más real.
Después de varias horas en la playa, MC y Luis regresaron al chalé alrededor de las tres de la tarde. El sol les había dejado la piel caliente y el cuerpo cansado, pero la mente de ambos estaba completamente alterada por el encuentro con Don Víctor. MC caminaba en silencio, todavía con el bikini blanco puesto bajo un pareo ligero que apenas tapaba nada. Su cara seguía con un rubor constante, mezcla de vergüenza y una excitación que no conseguía apagar.
Nada más entrar en casa, MC fue directa al salón y, sin decir nada, empezó a cerrar las cortinas grandes de los ventanales. Tiró de ellas con fuerza, como si quisiera borrar lo que había pasado esa mañana. La tela gruesa bloqueó la luz del exterior y dejó el salón en una penumbra suave.
Luis la observaba desde la entrada, todavía con la toalla al hombro.
—¿Estás bien? —preguntó él suavemente.
MC se giró hacia él, mordiéndose el labio con fuerza. Sus ojos miel estaban brillantes, nerviosos.
—No lo sé… —admitió—. Ese hombre… Don Víctor. Es él. Es la silueta que vi. El que me miró mientras yo… mientras yo estaba casi desnuda y… tocándome. Me muero de vergüenza, Luis. Me vio todo. Me vio abrirme de piernas. Me vio correrme. Y hoy en la playa me ha mirado como si ya supiera exactamente cómo soy desnuda. Me siento sucia… pero al mismo tiempo…
Se calló, incapaz de terminar la frase. Se sentó en el sofá y se abrazó las rodillas, todavía con el bikini puesto. El tanga blanco se le marcaba entre las nalgas incluso sentada.
Luis se acercó y se sentó a su lado. Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia él.
—Dilo —susurró—. Aunque te dé vergüenza. Dime qué sientes.
MC escondió la cara contra su pecho y habló con voz muy baja, casi temblorosa:
—Me da muchísimo morbo. Muchísimo. Saber que ese viejo tan feo, tan repulsivo, me ha visto masturbándome… que me ha visto el coño abierto, las tetas, cómo me corría… me pone muy cachonda. Me da asco de mí misma, pero no puedo parar de pensarlo. Y cuando me ha mirado hoy en la playa… con esos ojos amarillentos… he sentido que se me mojaba el bikini. Soy horrible, ¿verdad?
Luis respiró hondo. Su polla ya estaba dura dentro del bañador solo de oírla.
—No eres horrible —dijo él, acariciándole el pelo—. A mí también me está pasando. Me da celos enfermizos imaginar que te vio correrte. Me da asco pensar en su cara de viejo baboso mirándote las tetas y el culo… pero al mismo tiempo me pone como una piedra. Saber que te vio en tu momento más íntimo… joder, MC. Creo que nunca había estado tan cachondo.
Se quedaron en silencio unos minutos, abrazados en la penumbra del salón con las cortinas cerradas. El ambiente era denso, cargado de confesiones sucias y deseo reprimido. MC levantó la cabeza y miró a Luis a los ojos.
—¿Y si… volvemos a abrirlas? —preguntó ella casi sin voz, roja como un tomate—. Solo un rato. Para ver qué se siente ahora que sabemos que es él. Para ver si nos sigue mirando.
Luis tragó saliva. El corazón le latía fuerte.
—¿Estás segura?
MC asintió lentamente, aunque su cara reflejaba una vergüenza profunda.
—Sí… pero me da muchísimo corte. Quiero sentir que me mira sabiendo que soy yo la que se está exhibiendo. Quiero que sepa que lo sabemos.
Sin esperar más, Luis se levantó y abrió las cortinas de par en par. La luz del atardecer inundó el salón otra vez. Los ventanales quedaron completamente expuestos. MC se quedó de pie en medio del salón, todavía con el bikini blanco diminuto. Se giró hacia los ventanales y, aunque le temblaban las piernas, no se movió. Dejó que su cuerpo de muñeca quedara perfectamente visible: las tetas apenas cubiertas por los triángulos blancos, el tanga hundido entre sus nalgas perfectas, la piel dorada por el sol.
Se quedaron allí varios minutos, hablando en voz baja.
—Seguro que nos está mirando ahora —susurró MC, mordiéndose el labio—. Seguro que está en su sillón con el telescopio o lo que sea que use. Me imagino su cara de viejo asqueroso… babeando al verme con este bikini tan pequeño.
Luis se colocó detrás de ella y le abrazó la cintura, pegando su erección contra su culo.
—Me encanta que te dé morbo —le dijo al oído—. Me encanta que una chica tan dulce y buena como tú se esté volviendo tan puta por dentro solo porque un viejo repulsivo te mira.
MC gimió bajito y arqueó la espalda, empujando su culo contra la polla de Luis. Sus tetas subían y bajaban con la respiración acelerada.
—Quiero que nos vea —confesó ella—. Quiero que vea cómo me pones cachonda hablando de él. Quiero que sepa que me excita su mirada aunque me dé asco.
En ese preciso momento, desde su casa, Don Víctor observaba todo con el telescopio. Había visto cómo abrían las cortinas de nuevo después de cerrarlas. Había visto a MC de pie, exhibiéndose con ese bikini provocativo. Una sonrisa torcida y perversa se dibujó en su cara arrugada.
—Qué zorrita más rápida… —gruñó para sí mismo, masturbándose lentamente con su polla gruesa y venosa—. Ayer te corrías pensando en mi silueta y hoy, después de conocerme en persona, vuelves a abrir las cortinas para mí. Con ese culito casi desnudo y esas tetas a punto de salirse. Perfecto. Es el momento de dar un paso más.
Don Víctor se levantó, se puso una camisa limpia (aunque todavía vieja y con olor a naftalina), cogió una botella de vino tinto barato pero presentable que tenía en la cocina y salió de su casa. Caminó los pocos metros que separaban los dos chalés y llamó al timbre del número 7 con decisión.
Dentro, MC dio un respingo al oír el timbre.
—¿Quién será? —preguntó nerviosa.
Luis miró por la mirilla y palideció ligeramente.
—Es él… Don Víctor.
MC se puso blanca y luego roja otra vez. Intentó taparse con las manos, pero era inútil.
—No abras… —susurró, aunque su voz no sonaba convencida.
Pero Luis ya estaba abriendo la puerta.
Don Víctor apareció en el umbral con su sonrisa amarillenta, la botella de vino en la mano y los ojos clavados inmediatamente en el cuerpo de MC, que seguía de pie en el salón, visible desde la entrada, con su bikini blanco diminuto.
—Buenas tardes, vecinos —dijo el viejo con su voz ronca y babosa, fingiendo naturalidad—. He visto que habéis vuelto de la playa y he pensado en ser un buen vecino. Os traigo una botellita de vino tinto para daros la bienvenida como Dios manda. No quiero molestar, solo pasar un momento.
Sus ojos recorrieron descaradamente el cuerpo de MC: las tetas que casi se escapaban del bikini, el tanga que desaparecía entre sus nalgas, las piernas largas y bronceadas. No disimulaba en absoluto.
MC estaba completamente cortada. Se cruzó de brazos sobre el pecho, pero eso solo hizo que sus tetas se apretaran y se marcaran más. No podía mirarlo a la cara. Tenía la cabeza baja, las mejillas ardiendo y las piernas ligeramente temblorosas. Sabía que él la estaba viendo casi desnuda, después de haberla visto masturbarse el día anterior.
—Gra-gracias… —balbuceó ella casi sin voz—. Es muy amable…
Luis invitó al viejo a pasar un momento al salón, todavía con las cortinas completamente abiertas. Don Víctor entró con paso lento, mirando todo con detenimiento, especialmente los ventanales y el cuerpo de la joven esposa.
—Qué casa más bonita habéis dejado —comentó, sin apartar los ojos de MC—. Y qué vistas tan… interesantes tienen estos ventanales. Se ve todo desde aquí. Y desde mi casa también, claro.
MC sintió que le faltaba el aire. Estaba roja como nunca, muerta de vergüenza, pero su coño palpitaba bajo el tanga mojado. Don Víctor se quedó solo unos minutos más, charlando de tonterías, pero cada mirada que le lanzaba a MC era pesada, cargada de intención y lujuria contenida.
Cuando por fin se marchó, dejando la botella de vino sobre la mesa, MC se dejó caer en el sofá, temblando.
—No puedo creer que haya estado aquí… viéndome así —susurró, aún roja y cortada.
Luis se sentó a su lado y la abrazó.
—Y a los dos nos ha puesto cachondos —respondió él—. Las cortinas siguen abiertas… y creo que van a seguir así.
Don Víctor regresó a su casa con una sonrisa triunfal. La visita de cortesía había sido perfecta. El primer contacto directo estaba hecho.
Y la corrupción de la pareja idílica acababa de entrar en una fase mucho más peligrosa y excitante.
Don Víctor se había marchado hacía apenas cinco minutos, pero el salón del número 7 seguía cargado de su presencia. La botella de vino tinto barato reposaba sobre la mesa como un trofeo sucio. Las cortinas seguían completamente abiertas, y la luz dorada del atardecer entraba sin piedad, iluminando cada centímetro del cuerpo de MC, que aún llevaba puesto el diminuto bikini blanco.
La joven estaba sentada en el sofá con las rodillas juntas, los brazos cruzados sobre el pecho intentando cubrir sus tetas, aunque los triángulos blancos del bikini apenas contenían nada. Su cara seguía siendo un incendio: roja, caliente, con las orejas ardiendo. No levantaba la mirada del suelo. El tanga se le había metido aún más entre las nalgas después de estar sentada, y sentía cómo la tela mojada se le pegaba al coño hinchado.
Luis, en cambio, tenía una sonrisa extraña en los labios. Una mezcla de celos, excitación y una picardía nueva y perversa que estaba descubriendo en ese mismo momento. Se sentó a su lado, muy cerca, y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia él.
—Joder, MC… —murmuró contra su pelo, con voz baja y cargada—. ¿Has visto cómo te miraba? No disimulaba ni un segundo. Ese viejo repulsivo te estaba comiendo con los ojos. Te miraba las tetas como si quisiera arrancarte el bikini con los dientes.
MC soltó un gemidito avergonzado y escondió la cara en el cuello de su marido.
—Luis… por favor… no digas eso. Me muero de vergüenza. Estaba aquí, a dos metros, y yo casi desnuda… con este bikini tan pequeño. Seguro que me ha visto el culo entero cuando me he girado.
Luis soltó una risa baja y le besó el hombro desnudo. Su mano bajó lentamente por la espalda de ella hasta posarse en una nalga, apretándola con posesión.
—Claro que te ha visto el culo. Y le ha encantado. Ese culito respingón y perfecto que tienes… Apuesto a que en su casa ahora mismo se está tocando la polla vieja y flácida pensando en ti. En cómo se te marcaban los pezones bajo el bikini. En cómo se te hundía el tanga entre las nalgas. ¿Te imaginas la cara que pondría si supiera que ayer te corriste mirándolo?
MC se removió incómoda, pero no se apartó. Al contrario, su respiración se estaba acelerando. Sentía cómo su coño palpitaba con cada palabra de Luis.
—Para… —suplicó ella con voz débil, aunque su cuerpo decía lo contrario—. Me da muchísimo corte. Es un viejo asqueroso, arrugado, con esa barba sucia… y yo soy tu mujer. Solo tengo diecinueve años…
Luis no paró. Al contrario, su picardía creció. Le separó las rodillas con una mano y metió la suya entre sus muslos, rozando con los dedos la tela mojada del tanga.
—Mírate… ya estás empapada otra vez. Solo porque ese viejo baboso te ha mirado las tetas y el coño. ¿Sabes qué creo? Creo que te gustaría que volviera. Que te mirara más de cerca. Que te dijera con esa voz ronca lo guapa que eres y lo mucho que le gustaría verte sin nada.
MC gimió bajito y apretó los muslos alrededor de la mano de Luis, pero no lo detuvo.
—Eres malo… —susurró, roja como nunca—. Me estás avergonzando más todavía.
Luis sonrió con malicia y le pellizcó suavemente un pezón por encima del bikini, haciendo que MC diera un respingo.
—Admítelo, mi vida. Te pone cachonda saber que Don Víctor te desea. Un viejo de setenta y cinco años, feo, repulsivo, con la polla probablemente medio flácida y llena de venas… babeando por el cuerpo perfecto de mi mujercita de diecinueve años. Te imaginas que te está mirando ahora mismo desde su sillón, ¿verdad? Te imaginas que te está viendo con este bikini tan puto, las tetas casi fuera, el tanga metido en tu coñito depilado…
MC ya no podía ocultar su excitación. Su respiración era entrecortada y tenía los ojos vidriosos. Se mordía el labio con tanta fuerza que casi se hacía sangre.
—Sí… —confesó al fin, con voz temblorosa y avergonzada—. Me pone muy cachonda… y me da muchísima vergüenza. Me da asco pensarlo, pero cuando estaba delante de él… sentía que se me mojaba todo. Sus ojos eran tan… sucios. Me miraba como si ya me hubiera follado mil veces en su cabeza.
Luis gruñó de placer y metió dos dedos por debajo del tanga, rozando directamente los labios hinchados y resbaladizos de su coño.
—Qué zorrita estás empezando a ser… —le susurró al oído con picardía—. Mi dulce doctora buena, mi muñequita inocente… y ahora te excita que un viejo asqueroso te mire el coño. Mañana mismo voy a dejarte otra vez con las cortinas abiertas. Y si él vuelve a llamar a la puerta, vas a abrirle tú. Con este mismo bikini… o sin nada. ¿Qué te parece?
MC soltó un gemido más fuerte y arqueó la espalda, empujando su pelvis contra los dedos de Luis.
—Luis… por favor… no digas eso… —suplicó, aunque su cuerpo se movía buscando más fricción—. Me moriría de vergüenza si volviera… pero… Dios… creo que me pondría aún más cachonda.
Luis sacó los dedos del tanga y se los llevó a la boca, chupándolos delante de ella con una sonrisa perversa.
—Sabes que te gusta la idea. Imagínate que entra otra vez y te dice “qué bien te queda ese bikini, niña”. O que te pide que te des la vuelta para verte mejor el culo. ¿Te atreverías? ¿Te atreverías a girarte despacio delante de él, sabiendo que te está mirando como a una puta?
MC estaba temblando. Su cara era un poema de vergüenza y deseo. Asintió muy despacio, casi sin voz.
—Creo… creo que sí. Me temblarían las piernas y me pondría roja como un tomate… pero lo haría. Solo para ver cómo me mira. Solo para sentir ese morbo tan sucio…
Luis la besó con fuerza, metiéndole la lengua mientras sus manos le apretaban las tetas por encima del bikini.
—Buena chica —murmuró contra sus labios—. Pues las cortinas se quedan abiertas toda la noche. Y mañana… mañana vamos a jugar un poquito más con Don Víctor. Quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar por ese morbo que te está corroyendo.
MC gimió dentro del beso, completamente rendida. Su cuerpo de muñeca perfecta estaba ardiendo, traicionado por su propia mente dulce e ingenua que empezaba a disfrutar del peligro.
Desde su casa, Don Víctor observaba todo a través del telescopio. Había visto cómo abrían las cortinas de nuevo, cómo MC se exhibía con el bikini, cómo Luis la tocaba y le hablaba al oído. Había visto la cara roja y avergonzada de la joven mientras su marido la provocaba hablando de él.
El viejo soltó una risa ronca y babosa, masturbándose lentamente con su polla gruesa y venosa.
—Qué bonito… el maridito ya está empujándola hacia mí. Poco a poco, princesita. Muy poco a poco. Mañana mismo voy a encontrar una excusa para volver. Y esta vez… esta vez vas a tener que mirarme a los ojos mientras te miro el coño.
Las cortinas seguían abiertas. La botella de vino seguía sobre la mesa. Y la corrupción de la pareja idílica avanzaba más rápido de lo que ninguno de los dos imaginaba.
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