Xtories

Amor Inconcluso… Intruso Seguro

Diego creía que controlaba el juego, pero al ver a su esposa rodeada de otros hombres, la confianza se quiebra. Mientras ella disfruta de su libertad, él se hunde en la duda de si realmente fue cómplice o simplemente un espectador ignorado.

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17. Sobran explicaciones

La música prosiguió en su vaivén de sonidos provocadores, como si el casete al girar y girar, hubiese aprendido a desenvolverse con tanta sensualidad entre la variedad de aromas presentes: lavanda, eucalipto, menta, rosa y sándalo, que a Diego Alejandro le recordó una añeja canción de Donna Summer, Love To Love You Baby.

Con Margarita desnuda por completo —pues no llevaba puesto más que aquel traje de baño—, la segunda persona en aceptar el compromiso de ser la nueva gallinita ciega dio inicio a la otra tanda. Aquella rolliza mujer se ajustó el antifaz de seda, aceptando el papel de coprotagonista sin aspavientos. La cámara Polaroid pendió de su cuello, no tan pesada para su cuerpo robusto. Algunos rodearon la tina de hidromasaje, corriendo de aquí para allá como elementos móviles de algún engranaje. Margarita giró en círculos, y sus carnes fofas marcaron otro ritmo.

Gonzalo se apoyó en el borde del jacuzzi, pero sin esconderse, casi ofreciéndose, y Valeria comenzó a bailar con lentitud frente a la grabadora ―más observadora que participativa―, levantó los brazos, entornó los ojos y sonrió con sus labios encarnados. La piel clara brillaba y sus ojos verdes refulgían acalorados por el vapor, y la camiseta que Diego Alejandro le ofreció se le pegaba más a la piel, insinuando el volumen de sus senos, transparentándosele ambas areolas e izando la tela tras cada pezón. Y Martina caminaba en puntillas hacia una decorativa cortina de bambú, mas la humedad marcaba cada paso en el suelo de caucho dejando huellas que no podían ser rastreadas.

—Tras sus tres intentos, ella no capturó a nadie, y para la otra ronda —puntualizó Diego Alejandro—, quien encabezó el juego fue Gonzalo, que, a pesar de intentar cubrirse el pene con una mano, consiguió fotografiar con algo de nitidez a Martina, su mujer, y por segunda ocasión a Margarita. Ella fue la primera castigada y nos abandonó, adentrándose en las penumbras del baño turco.

Un silencio breve, que reforzó las imágenes recién contadas, se instaló en el ambiente de la cocina. Diego Alejandro, ensimismado aún en el relato, se bajó del taburete y avanzó hacia Joaquín. Este lo observó sin rechistar antes de que su anfitrión pasara por detrás del sofá, confiando en que continuaría exponiendo sus recuerdos, a pesar de aquella calma enrarecida y para nada ensayada. Lo vio guardar el acetato del LP de Madonna y colocarlo en su lugar.

Pero de entre todos esos álbumes, el anfitrión tomó uno en específico: The Grand Illusion de Styx, uno de sus grupos preferidos. Con cuidado, lo depositó en el tornamesa para ambientar, quizás como otro vestigio más de aquella historia, seleccionando el cuarto tema, Come Sail Away.

—Martina, con su cuerpo todavía temblando por la timidez —le relató Diego Alejandro, con una breve sonrisa— desató el nudo de su bata y, como si fuese una naciente mariposa emergiendo de una crisálida, la entregó en las manos de su esposo. Por debajo tenía puesto un bikini de dos piezas estampado con flores turquesas y moradas, así que cuando se percibió parcialmente vulnerable y mostró su delgada pero bonita figura, se cubrió los pechos cruzándose de brazos.

—Pero, por supuesto. ¿Usando una bata de baño en ese calor? Cualquiera se desharía de ella —intervino Joaquín.

—Concuerdo con usted, sin embargo, estoy bastante seguro de que no fue solo por amoldarse a la temperatura del spa, sino que también podría jurar que lo hizo para que su marido se ahorrara la vergüenza de permanecer jugando la siguiente ronda totalmente desnudo. Por supuesto, Gonzalo lo agradeció con alivio y se envolvió en la bata. Así que, como puede ver, la fase aquella, la de deshacerse de las cosas innecesarias, seguía su curso.

—Fue Colette, cegada por la seda negra —le mencionó Diego Alejandro—, quien dio dos pasos al frente y el vapor me pareció que se abría para dejarla pasar. La cámara se activó y un primer disparo se escuchó tras el destello. La gallinita permaneció inmóvil por un segundo, como si estuviese pendiente de escuchar el mecanismo fotográfico. Giró a la izquierda y movió el cuerpo con sensualidad, como si danzara guiada por las sombras la canción Fly Robin Fly de Silver Convention. Al agacharse, pasó muy cerca de Gonzalo, quien retiró lentamente la esquina de su bata. Ella no lo vio, pero pareció sentir el cambio de textura en la superficie y se produjo un segundo clic. Una imagen más, tal vez una extremidad, un hombro o el parietal.

—El cuerpo de Valeria y el mío la rodearon en un improvisado intento de confundirla. De pronto, Colette se incorporó y se giró con velocidad inesperada hacia la cortina de bambú. No por sonido, ni por intuición pura. Por un impulso incontrolable presionó el obturador. Allí, escondida, Martina se cubría la boca. Una vez más, la pericia o su sexto sentido definió ese presente en tres fotografías. Colette se detuvo sin que me diera la oportunidad de terminar la cuenta ni silenciar la música, y se quitó el antifaz con majestuosa lentitud; la organizadora se encargó de llevar a la mesa las imágenes que comenzaron a revelarse.

—Nadie hablaba, pero todos allí sonreíamos. Y de nuevo, la curiosidad y el nerviosismo se apresuraron a atestiguar la ceremonia del castigo o una nueva oportunidad. Las fotos se secaban sin premura, mientras Martina se observaba la parte superior de su bikini, analizando la manera más adecuada de desprenderse por voluntad propia de su privacidad. Colette, con su rostro de porcelana húmeda de rocío, permanecía en silencio, pero cruzó los brazos como quien se prepara para recibir los resultados de un riguroso examen. A su lado, Gonzalo sonreía emocionado, expectante por confirmar si había salido en alguna imagen.

Detrás de él, Joaquín, con el cigarrillo Pall Mall colgando lánguidamente entre sus labios, tomó otro sorbo largo y directo de la botella de Beluga. Alargó el cuello, la piel se le estiró sobre los músculos que luchaban por contener el trago y la nuez se movió con fuerza. Tras ese nudo tenso el humo realizó algunas cabriolas, instantes antes de dispersarse en la atmósfera ya clara de la sala de estar, y un suspiro casi inaudible escapó de sus labios, como si se zambullera igualmente en aquel recuerdo ajeno.

—Valeria alzó la cámara y enseñó las tres fotografías. Por supuesto, uno era Gonzalo y la otra, su esposa. Ya en la tercera, solitaria, una de las paredes beige.

—«Ahora le toca a otro. Quien capturó debe elegir. Colette… ¿a quién le entregas el antifaz?» ―Nos preguntó Valeria tras finalizar esa tanda.

—Y supongo que la francesita lo escogió a usted. ¿Sí o no? Porque como yo lo veo hasta ahora, lo encuentro algo divertido, pero le falta el ajícito ese que… ¿Cuándo le llegó a usted el turno de desnudarse? ¿Cómo se sintió al hacerlo sin la presencia de su mujer? ¿No es acaso ese el punto a donde quiere llegar?

—Pues… ¡para qué le voy a decir que no, si sí! —le respondió con sinceridad Diego Alejandro y se lo detalló de inmediato.

—Cuando llegó mi turno, sentí sobre mis ojos la suave oscuridad de la seda negra del antifaz que Valeria deslizó desde mi frente y lo sujetó por encima de las orejas; en una parte la sentí húmeda, pero toda ella estaba aromatizada. Lo visto y reconocido hasta hacía un segundo antes, tan concreto y visual, se redujo totalmente, y solamente reconocí la sinfonía líquida proveniente del jacuzzi y la ubicación de la grabadora. Algunos susurros a mi derecha, o risas cómplices por delante. Ah, y el eco de mis propios pasos sobre el caucho mojado. Me sentía temeroso ante mi desnudez, y una extraña mezcla de vulnerabilidad y virilidad me recorría el cuerpo. La Polaroid colgaba de mi cuello, un ojo mecánico en la tiniebla que para nada me guiaba, y no obstante, un dedo en el obturador listo para la caza.

—Avancé, guiado por la intuición y el vapor cálido que me envolvía. El aire vibraba con la presencia de los otros, cada respiración, cada movimiento se convertían en una pista. Intenté concentrarme en los sonidos. Escuché un chapoteo, el deslizamiento suave de un cuerpo y me moví hacia allí, con la cámara lista. Sentí un roce inesperado. Mis dedos rozaron una tela mojada y supe que era ella por su perfume.

―¿Quién? —preguntó Joaquín, sin expresar emoción.

―Valeria. La escuché reír, un sonido bajo y ronco que me erizó la piel. Sentí la familiaridad de mi camiseta empapada rozándome el antebrazo. La imaginé con ese bañador fucsia anudado a la cintura, como única barrera entre el resto de su piel y mi muslo derecho. Mi mente dibujó las curvas sugerentes bajo la tela mojada y el contorno de sus muslos firmes. Disparé hacia abajo. El flash, como una ráfaga blanca, se filtró débilmente por el antifaz, dejando una estela púrpura en mi visión. Ella se apartó, sentí que la camiseta se apartaba de mis rodillas y ese calorcito residual permaneció como un recordatorio de su presencia. Esa fue mi primera captura.

—Y así, Joaquín, continué. Con la adrenalina convertida en un latido constante. La oscuridad era un lienzo para mis otros sentidos. Otro movimiento, más cerca de las cortinas decorativas. Extendí una mano y sentí la suavidad de un tejido ligero, una tira… y, debajo, un tacto más firme, la suavidad de una piel bajo el sostén, claramente ajustado a su cuerpo. Era Colette. El aire a su alrededor vibró con una picardía diferente. Pude imaginar su sonrisa, el desafío risueño en sus ojos y hasta el sostén del bikini de Martina que le quedaría absurdamente apretado, como una broma silenciosa sobre tanta sensualidad. Y la bata de Gonzalo, holgada, apenas ocultaba lo que prometía. Otro clic, otro destello cegador que prometía una imagen. La segunda.

―Ah, ya veo. —Lo interrumpió Joaquín—. Su estrategia para el juego era un ejercicio de clarividencia más que de exhibición. Sintió una presencia más esquiva, casi fantasmagórica. ¡Claro, claro! El susurro de alguna tela fina, fue un resquicio de lucidez en esa erótica atmósfera.

—Sí, más o menos así sucedió. Me moví con cautela. Un sonido ahogado, como un suspiro. Mis manos buscaron en el aire, encontrando la suavidad de una piel desnuda, luego la tela mínima de una tanga. Y, finalmente, el delicado gesto de unos brazos que se cruzaban para cubrirse. Martina intentaba escapar. Pequeña, vulnerable y su pudor, una barrera frágil. Ella, al igual que yo, no se había rendido del todo a la desinhibición, y eso la hacía aún más intrigante. La capturé de espaldas, en un acto de intrusión consentida. La tercera y fue la vencida. O eso creí.

—Así que la recatada Martina decidió que un poco de exposición controlada era mejor que la humillación total —intervino Joaquín, con un tono burlón que apenas disimulaba una pizca de interés, mientras se recostaba más en el sofá. Su sonrisa, siempre tan enigmática, se hizo más ancha.

—Entonces, la música cambió, como una señal, y lo supe. La ronda había terminado. Me quité el antifaz; el brillo tenue de las luces del spa fue un alivio para mis ojos. Miré a la Polaroid, sudando bajo la presión de mis dedos, y a Valeria, que ya levantaba en el aire las tres imágenes que empezaban a revelarse.

—Imagino que en la última, pescó usted a Gonzalo con la mano intentando cubrirse lo obvio, la vergüenza colgando entre sus piernas y el buen humor expresado en su rostro. Y en la primera a Valeria, con ganas de devolverle su camiseta, aunque seguiría con ese bañador fucsia anudado a la cintura, pero las tetas… esas bien erguidas para que usted las siguiera contemplando. ¿Estoy en lo cierto? —aseveró más que preguntó, aquel invitado.

—Pues, más o menos, sí. Pero en la tercera… —Y el anfitrión pausó sus palabras por un instante— en la tercera fotografía sentí algo como un golpe en el estómago.

Diego Alejandro se inclinó sobre la mesa de centro para levantar el cenicero repleto de colillas. Con la otra mano sostuvo la botella de aguardiente vacía y la pequeña copa. Guardó silencio, pero en su mente no pudo evitar revivir aquel instante: la incertidumbre sobre la tercera imagen que se revelaba lentamente en las manos de Valeria. Una sorpresa, ajena a los intríngulis del juego, estaba a punto de irrumpir en la atmósfera cargada del spa.

—Ninguno era participante del juego —con prontitud le esclareció a Joaquín, mientras en la cocina, desocupaba el cenicero en la basurera y acomodaba en el suelo la botella—, pero sí llegaron con intenciones de utilizar las instalaciones del spa. La imagen al comienzo borrosa, luego se hizo inconfundible. Una figura de mujer, piel oscura, en medio de otras dos, más altas y corpulentas, todas ajenas pero entrometidas en nuestro juego, estaba ahí, precisamente en la entrada, bajo el umbral de nuestra burbuja de diversión privada.

―¡Ayyy! No me diga que a usted se le apareció… ¡Ja, ja, ja! ―le dijo Joaquín, sentándose casi en la orilla del sofá, y Diego Alejandro hizo oídos sordos al comentario y simplemente continuó con su relato.

—Entonces, Valeria y yo…, todos dirigimos nuestras miradas hacia allí, y pudimos ver la silueta inconfundible de mi mujer, y no estaba sola. A cada lado, la custodiaba un hombre. A su derecha, Thierry, con un aura de galantería despreocupada. A la izquierda, Rubén. Macizo, carismático y cargado, con algunas toallas blancas bien enrolladas bajo el arco de su brazo. Detrás de ellos, casi como un escolta silencioso y corpulento, Omar, con una bandeja plástica y en ella, varios cócteles. Una nueva intriga se apoderó de mí. ¿Qué hacían todos ellos juntos? ¿Dónde se habían encontrado? Y… ¿Qué había sucedido a mis espaldas?

—Ay, hombre, qué pesar que llegó Salomé y le dañó el jueguecito. ¿Y a usted le entraron de repente los celos?

—Para nada sentí celos en ese momento. Más bien fue intriga, ya que la había dejado durmiendo en la cabaña. Además… mi mujer estaba radiante y reinando entre esos tres hombres. Y para acabar de redondear la sorpresa, mientras analizaba todo aquello, desde el interior del baño turco se escucharon gritos de sorpresa y luego risas. Hubo algo de silencio, pero casi al momento, gemidos de mujer, risas varias y voces gruesas. La puerta se abrió y salieron sudados pero risueños, Jhonny y Santiago, y después… Margarita.

—La vida tiene un sentido del humor peculiar, ¿no lo cree usted? —Le comentó de improviso Joaquín, levantándose del sofá y recogiendo la botella de vodka, al igual que el vaso Highball—. Ya que se creía el maestro de ceremonias de su propio juego de «liberación», y de pronto, la pieza más inesperada y, sin duda, la más valiosa… ¡Hace su entrada triunfal! Especialmente cuando mi amiga pilla a su marido, digamos, «al natural». Me pregunto qué opinión tuvo Salomé de ese… ¡Cuadro tan revelador!

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, ridículamente sorprendido al verla. El susto y la intriga que me provocó verla acompañada, fueron tales que no solo se me olvidó cubrir mis partes íntimas con una mano o el antifaz, lo que Diosito me había obsequiado, sino respirar con tranquilidad, pues mi corazón palpitaba alocadamente como si acabara de cometer algún delito.

—¿Y ella qué le respondió? ¿Se enojó al verlo en esas tesituras? —Le soltó en ráfaga aquellas inquietudes, acercándose al mesón y dejando allí la botella de Beluga para que Diego Alejandro dispusiera de ella, el vaso para que lo lavara también, y enseguida deshizo sus pasos para sentarse de nuevo en el sofá.

—¿No se lo imagina? ¿Conociéndola cómo es ella? —Joaquín negó con la cabeza—. Pues simplemente me dijo: «Mirá, ve. ¿Acaso no te alegrás de verme, monito mío? Porque a mí sí me encanta encontrarte así». Y con una pizca de juguetona ironía, me dio un pellizco en la punta de la nariz y, sin dejar de sonreír de forma pícara y algo burlona, me ofreció un poco de su daiquirí.

―¡Ja, ja, ja! Pero claro, hombre, por supuesto. Si no la he comprendido mal, eso era precisamente lo que tanto ansiaba mi amiga. Buscó su liberación, dejándolo solo y mire que le dio resultado.

Diego Alejandro no respondió de inmediato. La única señal de que las palabras de Joaquín habían impactado bajo la línea de flotación, fue un ligero parpadeo. Su mirada, hasta entonces serena mientras enjuagaba la loza, se fijó en el poco contenido de la botella de Beluga que Joaquín había dejado sobre el mesón. Sin decir una palabra, la tomó y sirvió un poco de ese líquido transparente en su pequeña copa impregnada de aguardiente. La alzó, y sus ojos azules se encontraron con los negros de Joaquín por un breve instante, en el que pudo existir un entendimiento tácito de que la broma había dejado de serlo, al menos para él.

—Usted y yo sabemos bien que… el destino nos marea con tantos giros inesperados —dijo Diego Alejandro, mientras bajaba lentamente la copa y el golpe del cristal contra el mesón resonó levemente—. Y algunos, como usted bien dice, simplemente encuentran la manera más… expresiva de recordárnoslo. Salomé es una de esas personas. Era un escenario que mis sentidos, tan afines a la razón, no habían contemplado. Una variable imprevista, pero para ser francos, comprendí de inmediato el punto y tuve que hacer de tripas corazón y darle a mi mujer su espacio. Yo no había hecho nada malo, por lo tanto, dudar de ella no tenía sentido. A eso habíamos ido. Mi mujer con ganas y yo, a regañadientes, pero acepté y eso me hacía copartícipe de todo lo que pudiese suceder.

—Claro, hombre, claro. Muy comprensivo, usted. Una mente muy amplia y demuestra mucha seguridad en la lealtad de mi amiga. Me gusta, en serio, me encanta eso de usted. Pero entonces, ¿qué ocurrió después? Hubo entre ustedes un acuerdo final para eso de ir cada uno a su bola y así poder… ¿Intercambiarse?

Por la mente de Diego Alejandro se pasearon diáfanos esos momentos. La penumbra del baño turco y lo que hubiera sucedido adentro se rompieron como un conjuro. El sudor de los participantes les brillaba en la piel como una revelación. Nadie preguntó por qué se detuvo el juego. Todos sabían que algo había cambiado. Lo sentían Colette y Thierry en las sonrisas disimuladas, o en las miradas confundidas entre Diego Alejandro y Salomé, que no se sostenían. Valeria los recibió con una sonrisa firme, pero Jhonny fue el primero en hablar y organizar las cosas para lo que se haría por la noche: una cena al aire libre con la colaboración de todos, y más tarde juegos. Varios juegos en las habitaciones superiores de la casona, pero antes, todos ―menos los recién llegados― deberían darse un baño en las duchas mixtas.

—Jhonny anunció la nueva dinámica —le reveló el anfitrión a su curioso invitado—. Duchas, reagrupamiento y colaboración. El día terminaría con una parrillada nocturna y cada uno tendría una tarea en específico que lo vincularía al grupo. Las duchas fueron territorio de encuentros más no de descubrimientos. Todo lo que había por ver, ya había sido visto, así que nos bañamos sin apremio. Y aparte del jabón floral y el agua, solo existieron comentarios jocosos sobre el juego, aunque con seguridad por la mente de todos persistieron algunas ideas, bastantes imágenes y pocas sospechas.

—Hummm, vea pues. Me acaba usted de bajar de las nubes. Imaginé que continuarían con una orgía nocturna y no con otra separación como la de antes del juego entre usted y su mujer.

De inmediato, la imagen de lo que había sucedido durante y después de la actividad en el spa careció de relevancia, pues ―a la insinuación de Joaquín―, en la mente de Diego Alejandro, escaseó la información precisa sobre ese tiempo perdido en el que Salomé, ajena a todo, tomaba la siesta.

◆ ◆ ◆

Cuando Salomé se desperezó tras echarse su «motoso», la luz que se filtraba por las cortinas de la cabaña le indicó que el tiempo había pasado más rápido de lo esperado. Estiró un brazo ―buscando instintivamente la familiar presencia de Diego Alejandro a su lado―, pero los dedos de su mano solo arañaron la sábana vacía y recordó. Sonrió para sí misma, imaginando un sinfín de situaciones a las que su esposo podría enfrentarse solo. Sin ella, pero con todas esas otras, y entonces una leve punzada de extrañeza, la invadió. No era propio de su marido tardarse en regresar para buscarla y entretenerse sin su compañía.

Un cosquilleo de curiosidad, más que de preocupación, la impulsó a levantarse. Quizás se habría aventurado a pasear por los alrededores, o se habría internado en las habitaciones superiores de la casona. Salomé optó por un vestido tipo playero, de malla semitransparente, con tirantes finísimos y un escote atrevido que dejaba entrever un bralette de encaje, elegante, cómodo y muy sexy.

Ese vestido se ceñía a las curvas llamativas de su cuerpo de una manera peligrosamente casual, al tener aberturas por ambos costados y casi hasta la cadera, insinuando más de lo que cubría. Escogió unas sandalias planas, doradas como el color del vestido y un recogido despreocupado para su cabello rizado, completando el arrebatador look. Evidentemente, era informal, pero con una sensualidad que a su marido y a las otras parejas les resultaría tan atrayente como desconcertante.

Al salir de la cabaña, tomó el camino empedrado hacia el salón principal de la edificación colonial y la encontró sumida en un silencio inusual. Se asomó por el amplio comedor, luego fisgoneó en la cocina. Ni rastro de su esposo. Justo cuando su curiosidad comenzaba a intensificarse, una voz para nada familiar la sorprendió debido a la francofonía.

—¿Buscaaaando a tu media najaangá, bellá Salomeé?

Thierry apareció por un pasillo lateral, sonriéndole con amabilidad, pero ladeando pícaramente la curva de sus labios y sosteniendo una botella en la mano que denotaba que ya estaba disfrutando de las últimas horas de la tarde. Le ofreció compartir el asiento de cuero y madera, para disfrutar ―además de una refrescante cerveza― la vista hacia el patio central adornado con preciosos jardines y otra fuente de piedra.

—Parece que cierrrtoss maridoss son… plus difficile a encontrarrr que otrosss, ¿no creé? —Y Salomé, sonriendo, recibió la cerveza y, concediéndole la razón, se acomodó a su lado.

Mientras la conversación fluía sin prisa, centrada en anécdotas triviales y los planes para el resto del día, un murmullo lejano comenzó a colarse en el ambiente. Eran sonidos amortiguados al principio, casi inaudibles: gemidos contenidos, risas ahogadas y un ritmo suave pero persistente, que no encajaba con la quietud del primer piso. La mirada de Salomé se cruzó con la de Thierry; la curiosidad se encendió en ambos, y una chispa de incertidumbre se transformó en un deseo mutuo de investigar. Los ruidos se hicieron más claros, más insistentes y placenteros por encima de sus cabezas. Desde alguna habitación en la segunda planta de la casa, la curiosidad los encaminó hacia las escaleras y, tan decididos como tomados de la mano, subieron por las escaleras.

Salomé y Thierry, guiados tanto por los cuchicheos como por la intención de despejar el enigma, caminaron muy pegados, la una al otro, por el estrecho pasillo de la segunda planta. La madera crujía dolorosamente bajo sus pasos y la luz de los faroles colgantes era tenue. Aun así, fue suficiente para distinguir que una de las puertas, a diferencia de las demás, permanecía entrecerrada.

Detrás de ella, los sonidos se volvieron perceptibles y tomaron forma en sus mentes: respiraciones entrecortadas, palabras con mucha intimidad y frases alargadas que parecían formar parte de un guion de película porno; y esa cadencia pausada que podría ser música o movimiento calculado, impulsó a que Thierry no detuviera el siguiente paso, y sin hablar, miró a Salomé y la invitó a observar. Ella no respondió con palabras, pero su mano derecha apretó con fuerza la del entrometido francés. Y no fue por necesidad debido al temor, sino por el gusto que sintió al compartir ese momento de tensión sexual.

Thierry, más alto, observó y mojó con la punta de la lengua sus labios. Salomé no los vio de inmediato, sino que personificó el acto —vio las siluetas, percibió sus ritmos, descifró los gestos—. Pero sintió placer, sin ver realmente lo que sucedía frente a ella, pues ocurría justo lo que quería que pasara. Ella no pensó que fuera Rubén con Omar. Quiso que fuese Diego Alejandro con alguno de ellos, o con los dos y ella. Para nada su esposo con otra mujer, pues esa era una etapa quemada. Ni hablar de ella con la pareja de Colette. Al menos, no en ese momento.

La experiencia voyeur, al ser tan visual y sensorial, la encendió. Y a Thierry también. Oxidadas las bisagras, hicieron sonar más fuerte el desplazamiento de la puerta al pretender observar mejor, pero los protagonistas no se inmutaron al voltear a verlos, y, por el contrario, parecieron entusiasmarse y acelerar el ritmo. El hecho de que todo ocurriese en aquella semioscuridad les permitió a Salomé y a Thierry completar el cuadro desde sus propios deseos y temores, acariciando curvas ajenas y apretando genitales embravecidos por encima de las ropas.

Lo que vieron les cortó la respiración por unos segundos suspendidos en el tiempo. En el centro de una habitación que, por su diseño y algunos elementos a la vista, parecía estar destinada a prácticas de BDSM, Rubén y Omar estaban inmersos en un acto de sexo oral. Las cadenas, tenues a la luz, tintineaban levemente con cada movimiento, la piel sudada de sus cuerpos brillaba bajo aquella iluminación discreta, y la escena era tan explícita como inesperada. Un espectáculo íntimo que los dejó a ambos, a Salomé y a Thierry, paralizados en el umbral, absortos en la cruda y poderosa imagen ante ellos.

El potro que montaba Omar no rechinó, pero los atrajo. Y a ellos dos, les pareció que su boca chasqueaba más de lo necesario, quizás debido a la saliva excesiva o por el esfuerzo en adaptarse al tamaño del émbolo de carne que lo martirizaba a placer. Era un evidente juego de poderes, donde Rubén era quien mandaba, el que sometía, y Omar el que acataba y se entregaba.

Salomé se excitó; la invadió un repentino sofoco que le provocó jadeos y disfrutó de la elevada temperatura que le ascendía desde las ingles. Pero obstaculizó con determinación la invasión de un dedo, o de dos, por el lateral de su vestido de malla, perdida en la contemplación de algo que deseaba para sí misma, junto a su marido.

No objetó, aunque sintió en la parte baja de su espalda la dureza de una hombría distinta y ladeada, pues, al parecer, a medias estaba allí; no en espíritu, al menos. Sin embargo, alcanzó a dudar, tras pensar qué tan bueno o malo sería ceder un poco, compartir quizá otro tanto y abrirse de manos, labios y piernas ante la tentadora oferta.

―¡Ven! Acércate y me alcanzas una de esas ―pidió Rubén, pero tras dar el primer paso, detuvo al francés.

—¡No tú, primo! La necesito a ella. ¡Sí, tú, negrura!

Salomé, con dudas, se acercó hasta la mesa. Observó todo con curiosidad, pero no sabía con certeza cuál de esos cuatro objetos parecidos a lágrimas plateadas y puntiagudas se refería.

—Pero ponte pilas con esa vaina que la cosa es pa’ hoy. Coge la más grande y úntale bastante lubricante de ese frasco ―le ordenó a Salomé.

Ella lo cogió, lo observó y concluyó el uso. Mientras hizo lo que le ordenaron, con nerviosismo miró a Thierry, luego a los ojos agrandados de Rubén y, por último, hacia el trasero expuesto de Omar y se fijó en el lugar donde lo que tenía en la mano tendría que ser insertado.

―¡Hazlo, de one! ―volvió a indicarle Rubén―. Colabora, negrura, que ese culito no va a chillá porque ya está acostumbrado a meterse cipote mondá.

Salomé, tras embadurnar exageradamente aquel tapón brillante, se acercó y apoyó la punta, que ya goteaba antes de posarse sobre el arrugado objetivo. Y, como en aquel cuento infantil de «Los tres cerditos», ella hizo el papel del lobo, pero no sopló y sopló como él, sino que empujó y empujó ―y volvió a empujar―, hasta que la resistencia cedió y, por delante, sucedió algo que ella no pudo ver, más si imaginó. El angustiante rictus de Omar y sus ojos cerrados; aquel apuro por fruncir el ceño o la forma en que se mordió el labio inferior, tras soltar la presa. Pero, entre la penumbra, ella sí escuchó. Oyó cómo la boca de Omar dejó escapar con fuerza la primera vocal, prolongándola hasta que, paulatinamente, la incomodidad cesó.

—Sigue, sigue, negrita, que esto se va a poner muy bacano. —Le dijo un emocionado Rubén a una Salomé transfigurada.

―¡Mirá a este, ve! Creo que ya te colaboré bastante, ¿oís? Imagino que para meterle lo que querés, vos no vas a necesitar de mi ayuda. —Respondió muy a su estilo, con esa mezcla de elegancia y descaro tan habitual en ella, y se retiró de la habitación, sin esperar a que Thierry la siguiera.

En el pasillo, Salomé pudo por fin respirar un aire menos denso. Se llevó la botella a los labios y bebió dos tragos largos, casi protocolarios, como si quisiera refrescarse algo más que la boca. Cuando desvió la mirada, Thierry ya estaba ahí, apoyando una mano sobre su hombro. No dijo nada, pero sus ojos —quietos, grises, e inquisitivos— parecieron formular una pregunta que él no se atrevió a pronunciar. Salomé lo miró apenas, sin buscar algún juicio en su rostro. Sabía que él había visto todo. O casi todo.

—Mirá, ve. Voy a bajar ahora —dijo—. Quiero seguir buscando a mi marido, ¿oís?

No sonó como una excusa. Más bien fue un anuncio, una declaración final que daba por concluida esa arrebatadora ceremonia. Dio un paso, luego otro. Y mientras avanzaba, sin mirar atrás, sintió en el cuerpo una especie de calor mudo, difícil de nombrar. ¿Poder? ¿Hastío? ¿El raro sabor de haber cruzado un límite sin saber aún qué había del otro lado?

◆ ◆ ◆

—Es una lástima, hombre. ¡Ja, ja, ja! Yo pensé que…, ¿en serio? ¿Ni siquiera un pequeñísimo intercambio sexual en la piscina? ¡Qué aburridos! —comentó con un tono de burla aquel invitado.

—Hicimos algo más simple pero efectivo y necesario. «Barriga llena, corazón contento». —le aclaró el anfitrión.

Y por la mente de Diego Alejandro el recuerdo hizo presencia, trasladándolo a esa noche, cuando el cielo ya estaba completamente cubierto por los guiños de las estrellas, y la luna ―redonda y de un fulgor deslumbrante― parecía abrazar con su luz toda la vegetación de la finca, como si fuese un cálido manto. Las luces colgantes del kiosco empezaron a titilar con un tono ámbar, invitando a la celebración bajo aquella estructura techada de paja, que se levantaba junto a la casa principal.

—Bajo un techo de guadua, las mesas de madera maciza fueron dispuestas en forma de herradura ―recordó Diego Alejandro―, con sillas sencillas que olían al paso del tiempo y crujían al sentarse. A un costado, la parrilla de hierro fundido, encajada en los muros de piedra y ladrillo, comenzaba a emitir humo lentamente, mientras Jhonny, con un delantal improvisado, avivaba las brasas con movimientos seguros y precisos. Recuerdo que llegué sin mi camiseta, pero con una bolsa de carbón en los brazos y la coloqué junto a la asador; observé cómo cada trozo empezaba a prenderse y a liberar ese aroma que inquieta y seduce al estómago vacío. Los movimientos tranquilos y metódicos del organizador venezolano me causaron una especie de envidia que no pude explicarme en ese momento.

Joaquín, quien permaneció en silencio, clavó la mirada en las brasas vivas de la chimenea de la casa y, casi que entre dientes, se atrevió a hacerle un comentario a Diego Alejandro, como si la frase le brotara de algún rincón oscuro de su memoria.

—¡Ahhh…, la paz, hombre!, esa tranquilidad que tanto envidiamos y que suele venir del vacío… más no del bienestar. Es como el humo, ¿sabe usted? Que se eleva solo cuando algo se consume desde adentro.

Luego se recostó en el espaldar del sofá, con los dedos entrelazados por encima de la nuca, y añadió tras la pausa: ―A veces el cuerpo se aquieta porque el alma ha decidido callarse. No por plenitud… sino por cansancio. Pero a ver, dejémonos de filosofía barata y mejor dígame… ¿Dónde quedaron los otros?

—Los demás no tardaron en llegar. Margarita y Martina trajeron las ensaladas en bandejas de barro, charlando entre ellas de forma relajada. Santiago se dedicó a cortar el lomo de res sobre la tabla, mientras Gonzalo preparaba aderezos en pequeños cuencos de cerámica, saboreando cada uno como si intentara descubrir algo secreto y, de paso, vigilaba orgulloso los chorizos; Colette acomodó los manteles sobre las mesas alisando las arrugas con una calma que parecía un ritual familiar, tan delicado como femenino. Valeria se ocupó de poner a sonar música acorde al evento. Una mezcla de salsa, vallenato, merengue y, por supuesto, unas cuantas rancheras que hicieron más rumbero aquel asado.

—Colette, que había estado en silencio desde que salimos del jacuzzi, encendió algunos de los faroles colgados en las esquinas del kiosco que se habían apagado por la brisa. Sus movimientos me parecieron precisos, mecánicos, como si cada luz activara en ella una emoción distinta que se trasladaba a todo el grupo. Valeria, siempre en el centro de todo, repartía tareas con una sonrisa que escondía algo más profundo que simple eficiencia. El humo subía, la carne empezaba a sudar sobre la parrilla, y el olor a grasa tostada se mezclaba con el aroma de los cafetales y árboles frutales cercanos, mientras las sombras de las ramas se dibujaban en las baldosas del suelo.

—Pero a ese cuento le falta gente. ¿Y su mujer?

—Salomé apareció tarde, con el cabello aún húmedo, todavía con algo de su cóctel en la mano, y una mirada serena, dirigida a mí, sin dejar de ser provocadora. Nadie le consultó la razón de su demora. Tampoco lo hice yo. Sabía bien dónde había estado. Su sola presencia era una escena en sí misma. Se sentó cerca de mí, me dio un piquito en la boca y me sobó el antebrazo sin una intención clara. Thierry, Rubén y Omar llegaron no mucho después, mojados también, y me saludaron con cordialidad. La saludaron igualmente sonrientes, relajados, como si no hubiesen estado con ella.

—¡Ah, sí, por supuesto! ¡La llegada de los impíos! —comentó Joaquín, con una voz carrasposa y seca—. Una procesión de santos y santas, ¿no le pareció a usted? Todos tan frescos, tan «casuales», saludando como si acabaran de jugar una partida de ajedrez, con esa serenidad que solo se consigue… después de una buena «meditación profunda». Pero dígame, Diego, ¿el «piquito» y la sobada en el antebrazo venían con alguna garantía de exclusividad, o usted, como yo, comprendió que ese saludo solo fue la bienvenida a la «nueva versión» de su matrimonio? ¿O me equivoco?

—Usted, siempre viendo más allá de las apariencias. ¿No es verdad, Joaquín? ¿Será tal vez porque el que las hace se las imagina? ―Diego hizo una pausa y, luego, su voz se fue haciendo más baja, casi como masticando la siguiente frase―. Digamos que lo que vi y lo que la mirada de Salomé me dio a entender… todo ello formaba parte del paisaje. Y en cuanto a mi matrimonio… las normas siempre estuvieron claras. ¡Jamás darle la espalda al otro! O todos en la cama o todos en el suelo. Nuestra relación, a pesar de las ideas innovadoras de mi mujer, se basaba en la confianza y el respeto. Y ese no era precisamente el comienzo para dudar.

Pero el anfitrión le mintió a su invitado, pues evidentemente dudó. Diego, al otro lado del kiosco, sintió como si su propia carne fuera la que se estaba cocinando. Los carbones encendidos crepitaban de tal forma que a Diego Alejandro le pareció que la profecía estaría por cumplirse más tarde esa noche. Y mientras los primeros cortes, chorizos y papas saladas se servían, algunos empezaron a hablar en voz baja sobre las habitaciones del segundo piso. Decían que querían divertirse un rato, jugar una partida de billar o de dominó y apostar algo más que dinero. Pero en todas esas miradas, en sus pausas como en las risas bajo las sombras, las intenciones eran muy distintas.

Los pasillos de madera pronto crujirían, al igual que algunos muebles; el alcohol correría por las venas y, afectando el razonamiento, colaboraría para desatar las bestias y «El Terruño» no sería tan solo el escenario lúdico para disfrutar en silencio la digestión después de comer.

―¿Dudar? ¡Pero, hombre! Eso es lo más humano que pudo hacer usted desde que se quitó la camiseta y se encargó de suministrar el carbón. Y lo más honesto, también. ¡Lástima que se me terminó el Beluga!, porque justo es el momento para hacer un brindis por la duda, que es madre de todas las certezas. ¡Ja, ja, ja! Eso sí… no se me achicopale, que en esa finca nadie se iba a quemar sin antes pedir el turno.

Diego Alejandro continuó lavando los vasos y los trastes sin apartar la mirada del fregadero, aunque sí que evaluó la profundidad de las palabras, asimilándolas como metáforas que lo continuaban envolviendo. Se retiró los guantes y, con movimientos lentos, comenzó a secar la loza, y sin levantar demasiado la voz, le respondió a Joaquín: ―Brindar por la duda… Tiene gracia, sí. Pero hay dudas, como otras cosas, que no se celebran. Porque existen algunas que se incrustan como diminutas astillas, y no importa cuánto tiempo se invierta para retirarlas con las uñas, y cuánto alcohol se tome después para olvidarlas. ¡Esas siguen ahí, escondidas por debajo de la piel, esperando el momento justo para volver a doler!

—¡Uf, carajo, qué poético! —exclamó Joaquín, con aquel típico tono de burla suyo, aunque se le escapó un poco de comprensión, algo de familiaridad con el dolor—. Se le escuchó más a confesión que a una simple queja. Se nota que mantiene ciertas astillas de madera aún clavadas, pero ninguna de su mujer, hasta ahora. ¿Estoy en lo cierto? Pero bueno, no me haga caso y mucho menos nos pongamos melancólicos ahora, porque si no estoy mal, ya casi llegábamos a lo mejor de la noche. Me dejó con las ganas, hombre. ¿Qué más sucedió después de la suculenta parrillada? ¿No me va a salir con que se fueron a dormir como angelitos, cuando sus cuerpos les pedían otra cosa?

Continuará…