Xtories

Unos vecinos influencers 19. Dos gemidos

Armando creía conocer a sus amigos, pero la noche se torció cuando descubrió que las puertas cerradas ocultaban secretos húmedos y crudos. Ahora, atrapado en una niebla blanca y espesa, escucha gemidos que no puede ignorar y comprende que su silencio es el precio de su propia corrupción.

LuzOscura905.7K vistas8.2· 10 votos

CAPÍTULO 19

Dos gemidos

"El oído abre un espacio donde la imaginación corre libre. Un sonido lejano se convierte en amenaza, aunque solo sea un eco de nuestros temores."

El silencio era tan absoluto que resultaba opresivo. El contraste con el bullicio salvaje de hacía apenas unos minutos era tan brutal que parecía que nos hubieran transportado a otra dimensión. Lucy y yo nos miramos, y en sus ojos vi reflejado el mismo desconcierto helado que debía de haber en los míos.

—¿Dónde… dónde se han metido todos? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente alta en el vacío, como un grito en una catedral.

Lucy se encogió de hombros, pero el gesto era forzado. —No sé. Habrán ido a… a buscar más hielo. O a por tabaco. —Su tono intentaba ser ligero, pero fallaba. Noté cómo su mirada escudriñaba la casa, buscando cualquier movimiento, cualquier sonido.

—¿Todos? ¿A la vez? —pregunté, la incredulidad apretándome el pecho—. ¿Y sin decir nada?

—Ya aparecerán —dijo Lucy, desviando la mirada hacia la piscina vacía. Parecía querer creérselo, querer minimizarlo, pero una pequeña arruga de preocupación se había marcado entre sus cejas.

Yo no podía quedarme quieto. La adrenalina, mezclada con el residuo de los celos y la paranoia, me empujó a actuar. Algo no iba bien. Muy mal.

—No, esto es raro —mascullé, y sin esperar a que Lucy respondiera, me adentré en la casa.

El salón principal estaba desierto. Vacío. Los restos de la fiesta —vasos, botellas, ropa mojada— eran los únicos testigos de lo que había ocurrido. El silencio era ahora aún más ominoso dentro de estas cuatro paredes.

Mi mirada se clavó en la primera puerta que vi. La del cuarto de los trastos, la que estaba al final del pasillo. Siempre estaba abierta. Ahora estaba cerrada.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Avancé hacia ella, mis pasos resonando en el suelo de mármol.

—¿Hey? —llamé, golpeando la madera con los nudillos—. ¿Hay alguien?

Silencio.

Golpeé más fuerte. —¡Teddy! ¡Clara! ¡Salid de ahí!

Nada. Solo el eco de mis propios golpes.

Me agaché y pegué la oreja a la madera. Conteniendo la respiración, afinando el oído al máximo. Nada. Ni un susurro, ni un respiro, ni un roce. Un silencio de tumba.

—Es imposible —murmuré para mis adentros—. Si están dentro, tendría que oírles. Y si no están… ¿por qué coño está cerrada por dentro?

La lógica se desmoronaba. Agarré el pomo y lo sacudí con fuerza. Estaba firme, cerrado con llave o con pestillo desde dentro.

—¡¡ABRID!! —grité, golpeando la puerta ahora con la palma de la mano, con una furia creciente que nacía del puro pánico—. ¡¡JODER, ABRID LA PUERTA!!

Ninguna respuesta. La puerta era solo una masa de madera indiferente a mis gritos.

Lucy apareció a mi espalda, pálida. —Armando, para… quizás se han ido a dar una vuelta. O…

—¿Y por qué iban a cerrar esta puerta? —la interrumpí, volviéndome hacia ella con los ojos desencajados—. ¡No tiene sentido!

Ella no supo qué responder. Se mordió el labio, mirando la puerta como si también le diera miedo ahora.

La impotencia me corroía. Di una última patada frustrada a la base de la puerta y me alejé, respirando agitadamente.

—Voy a probar otra —dije, más para mí que para ella.

Mi mirada se dirigió entonces a la siguiente puerta en el pasillo. La del estudio de Teddy. También estaba cerrada.

El corazón me empezó a latir con una fuerza descomunal. ¿Qué demonios estaba pasando? Sin pensarlo, me abalancé hacia ella, repitiendo el ritual de los golpes, los gritos, la oreja pegada a la madera.

Silencio.

Solo silencio. Y la terrible, aterradora certeza de que estábamos completamente solos en esa casa. O de que, si no lo estábamos, lo que hubiera al otro lado de esas puertas era algo que no quería encontrar.

La frustración y el pánico se convertían en una bola de acero en mi estómago. Lucy, viéndome al borde de un ataque de nervios, suspiró y se retiró al jardín, buscando refugio en la aparente normalidad del exterior. "Ya vendrán", murmuró, pero su voz sonó débil, perdida en la inmensidad del silencio que nos rodeaba.

Yo me quedé allí, en el pasillo oscuro, frente a la tercera puerta. La del baño de invitados. Ya no tenía fuerzas para gritar ni para golpear. Solo me acerqué, con el corazón martilleándome en los oídos, y pegué la oreja a la madera, preparado para otra nada aterradora.

Pero no fue el silencio lo que encontré.

Fue un sonido.

Bajo, ahogado, pero inconfundible.

Un gemido. Un quejido breve, de placer o de dolor, no supe distinguirlo. Un "Aaaa…", sofocado, que duró menos de un segundo pero que se grabó a fuego en mi cerebro.

¡Era Clara! Lo habría reconocido entre mil. O… ¿era mi paranoia, mis celos enfermizos, jugándome otra mala pasada?

No. Estaba seguro. Alguien estaba dentro. Y ese alguien era ella.

¿Y con quién? La imagen de Teddy, sudoroso, encima de ella, surgió en mi mente con una nitidez obscena. ¡Clara y Teddy! ¡Estaban ahí dentro, follando! Se habían escondido, habían cerrado todas las puertas para tener su momento de intimidad perversa, riéndose de mí, de Lucy, de todos.

La rabia me cegó por un instante. Iba a derribar la puerta a patadas. Iba a…

Y entonces, se me ocurrió. Este baño… tiene una ventana. Una ventana pequeña, alta, que daba al lateral de la casa, a una zona de arbustos. Si podía llegar hasta allí, podría asomarme. Verlo con mis propios ojos. Confirmar la traición definitiva.

La idea me electrizó. Era morbosa, era humillante, pero era una necesidad visceral. Tenía que saber.

Con un disimulo que me sorprendió a mí mismo, salí de la casa por la puerta principal. Lucy estaba de espaldas, mirando la piscina vacía, así que pude escurrirme sin que me viera. Corrí por el lateral de la casa, pisando los arbustos, con el corazón a punto de estallar. Las ramas me arañaban las piernas, pero no sentía nada.

Ahí estaba. La ventana. Estaba un poco alta, pero justo debajo había un macetero pesado de cemento. Con un esfuerzo, me subí a él, agarrándome al alféizar de la ventana. Estaba empañada por la humedad y la diferencia de temperatura. No veía nada.

Con la mano, restregué el vapor del cristal, limpiando un círculo lo suficiente para mirar.

Mi respiración se detuvo. El mundo se redujo a ese pequeño óculo.

¿Qué vería? ¿A mi mujer entregada al hombre que me había estado torturando durante semanas? ¿La prueba final de mi derrota?

Me incliné, conteniendo el aliento, y espié a través del cristal limpio.

La intriga era insoportable. Cada latido era un martillazo de anticipación y terror. ¿Qué demonios estaba pasando dentro de ese baño?

El vapor en el cristal se resistía, empañando la visión con una obstinación cruel. Froté con más fuerza, con la mano de mi camisa ahora húmeda y sucia. Al principio, solo eran formas borrosas, sombras que se movían detrás del vidrio opaco. Un destaque de piel, un movimiento rítmico.

Hasta que, por fin, el círculo que había limpiado me dio una imagen nítida, y el aire se me atragantó en la garganta.

Teddy. Completamente desnudo. Su espalda musculosa y sudorosa estaba pegada a la puerta del baño, como si la estuviera sosteniendo cerrada con su propio peso. Su cabeza estaba ladeada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta en una mueca de puro éxtasis concentrado.

Y a sus pies, de rodillas, había una chica.

¡Clara! Fue mi primer y aterrado pensamiento. El pelo castaño, la espalda desnuda y delgada… ¡Tenía que ser ella! Una rabia ciega, un dolor desgarrador, empezó a inundarme. ¡Me había traicionado! ¡Allí mismo, en el baño, mientras yo…!

Pero entonces, mis ojos, desesperados por los detalles, se fijaron en lo que tenía en las manos. Las manos de la chica. Estaban apoyadas en los muslos de Teddy, y llevaban unas pulseras de plata. Un montón de ellas. Clara nunca llevaba pulseras. Y el bikini… en el suelo, hecho un montón, era rojo. No rosa.

No era Clara.

El corazón me dio un vuelco salvaje. Era Mar.

Mar estaba de rodillas, de espaldas a mí, con su espalda arqueada y su cabeza moviéndose con un ritmo lento y experto entre las piernas de Teddy. Le estaba haciendo una mamada. Teddy la tenía agarrada por la nuca, con una mano enredada en su pelo, follándole la boca con embestidas suaves pero firmes, guiándola. Era un acto de posesión absoluta, obsceno e íntimo.

La conmoción me dejó paralizado. No era Clara. Era Mar. ¿Y dónde estaba Clara entonces? ¿Dónde estaban todos?

En ese momento de caos mental, Teddy abrió los ojos.

No sé cómo me vio. Quizá fue un reflejo en el espejo del baño, o simplemente la sensación de ser observado. Pero sus ojos, vidriosos por el placer, se clavaron directamente en los míos a través del pequeño círculo de cristal limpio.

Y sonrió.

No fue una sonrisa de sorpresa, ni de enfado. Fue una sonrisa de complicidad perversa, de triunfo. Como si hubiera estado esperándome. Como si supiera que yo acabaría ahí, espiando.

Y entonces me hizo un gesto.

Lentamente, llevándose el índice de la mano libre a sus labios. «Shhhh».

«Cállate».

«No digas nada».

«Disfruta del espectáculo».

Y yo, como un idiota, como el «buen chico» sumiso que él sabía que era, me quedé ahí. Hipnotizado. No me moví. No aparté la mirada. Mis ojos, traicioneros, siguieron el movimiento de la cabeza de Mar, la expresión de éxtasis de Teddy, la mano agarrando el pelo con fuerza.

La rabia por Clara se había esfumado, remplazada por una excitación sucia y vergonzante. Estaba viendo cómo otro hombre se follaba la boca de la novia de su amigo, y me estaba gustando. Teddy me lo había ordenado con un gesto, y yo había obedecido.

Él volvió a cerrar los ojos, abandonándose de nuevo al placer, sabiendo que tenía a su público cautivo. Yo me quedé en mi macetero, espiando a través del cristal, sintiéndome tan corrupto y vil como ellos, preguntándome, una vez más, ¿dónde demonios estaba mi mujer?

La escena detrás del cristal se intensificó de una manera que me dejó sin aliento. Teddy, con un movimiento brusco y dominante, separó a Mar de su entrepierna. Ella emitió un quejido de protesta, pero Teddy no le dio opción. La agarró de los brazos y la puso de pie frente al lavabo, de espaldas a él. Su reflejo y el mío nos miraban desde el espejo empañado.

Mar estaba temblorosa, jadeante, con los labios hinchados y brillantes. Teddy, sin perder un segundo, se pegó por detrás a ella, su cuerpo musculoso aplastando el suyo contra el mármol frío del lavabo. Con una mano, le apartó el tanga rojo a un lado, un gesto que ya parecía rutinario. Con la otra, le agarró la cadera con fuerza, hundiendo los dedos en su carne.

—¿Lista, zorrita? —gruñó Teddy contra su oído, y sin esperar respuesta, embistió.

Fue una penetración brutal, sin preámbulos. Mar gritó, un sonido que era mitad dolor, mitad placer absoluto, y su rostro se desencajó en el reflejo del espejo. Los ojos se le volvieron blancos, la boca se abrió en un «o» perfecto de éxtasis.

Teddy no le dio tregua. Las embestidas eran fuertes, profundas, ritmicas. Cada una hacía que el cuerpo de Mar se estrellara contra el lavabo. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo y obsceno, llegaba amortiguado a través del cristal, pero era inconfundible.

—¡Sí! ¡Así! —gemía Mar, perdida en la sensación, abandonándose por completo.

En una de las embestidas particularmente fuertes, Mar, para no caerse, pegó la palma de la mano abierta contra el cristal del lavabo. La impresión de su mano, sudorosa y temblorosa, se marcó nítidamente en el vapor.

Teddy vio la mano en el cristal, y eso pareció excitarlo aún más. Aumentó el ritmo, volviéndose más salvaje, más posesivo.

—¡Dime, puta! —le gritó, agarrándola del pelo y tirando de él hacia atrás para que su rostro se reflejara mejor en el espejo—. ¿Tu novio te folla como yo? ¿Eh? ¿Félix te da así?

La pregunta era retórica, un insulto, una forma de humillarla y de reafirmar su dominio. Pero Mar, con los ojos desencajados y la voz quebrada por los espasmos del placer, sorprendió hasta a Teddy con su respuesta.

—¡No! —gritó, y era un grito de rendición total—. ¡Ojalá! ¡Ojalá me follara así!

La admisión, tan cruda, tan sumisa, electrizó el aire. Teddy rió, una risa de triunfo bestial.

—¡Lo sabía! —rugió—. Sois todos unos miserables. ¡Pero yo sí te doy lo que necesitas! ¡Yo sí te hago sentir como una puta!

—¡Sí! —aulló Mar, ya completamente fuera de sí—. ¡Más fuerte! ¡No pares, Teddy, por favor!

Teddy obedeció. Su cuerpo se convirtió en un pistón implacable. Mar gritaba con cada embestida, su mano se deslizaba por el cristal empapado, dejando un rastro en el vapor. Yo estaba paralizado, hipnotizado por la crudeza del acto, por la confesión, por la sonrisa de superioridad de Teddy.

No podía apartar la mirada. Era como si mis párpados se hubieran soldado abiertos. Cada embestida de Teddy, cada gemido desgarrado de Mar, cada palabra soez que cruzaba el baño como un latigazo, era un golpe directo a mi sistema nervioso, excitándome de una manera que me llenaba de vergüenza y de un placer retorcido e inconfesable.

Sentía mi propia erección, dolorosa y palpable. Estaba cachondo. Cachondo de ver a Teddy, el hombre que me humillaba, follándose a la novia de su amigo con una brutalidad animal. Cachondo de la sumisión absoluta de Mar, de sus gritos de «¡más fuerte!». Cachondo de ser el espectador invisible, el voyeur consentido de esta orgía de poder y lujuria.

Teddy, como si pudiera sentir mi excitación a través del cristal, intensificó el espectáculo. Inclinó la cabeza y mordió el cuello de Mar, no un mordisco cariñoso, sino uno posesivo y salvaje que hizo que ella gritara, no de dolor, sino de un placer aún más intenso.

—¡Sí! ¡Márcame! —suplicó, con la voz entrecortada.

Teddy obedeció. Le dio un azote en una de sus nalgas con la mano libre. El sonido seco de la palmada resonó en el baño pequeño, y una marca roja apareció al instante en su piel blanca. Mar gimió, arqueándose aún más hacia él, entregándose por completo.

—¿Te gusta que te trate como a la zorra que eres? —le gruñó Teddy al oído, sin dejar de moverse dentro de ella con un ritmo que ya era frenético, animal.

—¡Sí! ¡Soy tu zorra! —aulló Mar, y su confesión fue el clímax de mi propia humillación y excitación.

Teddy ya estaba al límite. Su respiración era un jadeo ronco, sus músculos estaban tensos como cuerdas. Mar también estaba al borde, gritando sin control, con los ojos en blanco.

—¿Dónde lo quieres, puta? —rugió Teddy, con la voz cargada de una urgencia bestial—. ¿Dónde te lo echo?

—¡Dentro! —gritó Mar, sin dudar un instante—. ¡Quiero sentirlo todo dentro!

Pero Teddy no era un hombre que obedeciera órdenes. Era el que daba. En el último segundo, la sacó de un tirón. Mar gritó, frustrada, pero el grito se le convirtió en otro de puro éxtasis cuando Teddy, con unos pocos y expertos movimientos de su mano, se corrió.

No lo hizo dentro de ella. No lo hizo en su espalda o en sus nalgas.

Se corrió en el reflejo del espejo.

Un chorro espeso y blanco golpeó el cristal empañado, justo al lado de la mano marcada de Mar, escurriendo por la superficie en regueros lentos y obscenos. Fue un acto de posesión final, de marcar su territorio no solo en ella, sino en todo su entorno.

Mar, jadeando, con las piernas temblorosas, se giró y, sin necesidad de que se lo pidiera, se inclinó y limpió el resto con la boca, lamiendo su propia mano y el borde del lavabo con una devoción que me dejó helado.

Teddy jadeaba, satisfecho, y sus ojos se encontraron de nuevo con los míos en el espejo, a través de los regueros blancos. Su sonrisa era de un cansancio triunfal. Me había usado. Había convertido mi voyerismo en parte de su propio placer.

Y yo, desde mi escondite, con el bañador manchado de mi propia excitación, me sentí más pequeño y más sucio que nunca.

Bajé del macetero con las piernas temblorosas, la imagen de Mar y Teddy grabada a fuego en mi retina.

Con el corazón aún encogido, regresé al salón principal, esperando encontrar el mismo vacío opresivo.

Pero no fue así.

Estaban todos.

Todos. Félix, Mar, Carlota, Andrés, Teddy, Dani y Clara. Estaban repartidos por el salón, bebiendo, riendo, como si nada hubiera pasado. Como si no hubieran estado desaparecidos durante veinte minutos angustiosos.

Pero algo no cuadraba.

Mi mirada, ahora en alerta máxima, escudriñó a cada uno de ellos, buscando pistas, y las encontró todas. Eran detalles sutiles, pero para mí, gritaban.

Teddy estaba recostado en un sofá, con una sonrisa amplia y satisfecha, pero tenía el pelo mojado en las sienes, no de la piscina, sino de un sudor frío. Su camisa hawaiana estaba desabrochada un botón más de lo normal, mostrando un poco más de pecho del que solía enseñar.

Mar estaba junto a la barra, hablando con Carlota. Se reía, pero su risa era demasiada alta, demasiado forzada.

Félix, a su lado, tenía la mirada un poco vidriosa. Bebía su cerveza con ansia, y cuando posó la mano en la espalda de Mar, noté que le temblaba levemente.

Carlota y Andrés estaban juntos, pero no se tocaban. Estaban separados por unos centímetros que parecían un abismo. Andrés tenía el cuello manchado de algo rojizo, como barra de labios, pero el tono no coincidía con el de Carlota.

Dani estaba en un rincón, se ajustaba constantemente el bajo de su bañador, como si estuviera incómodo. Sudaba.

Y Clara. Mi Clara. Estaba junto a Teddy, sonriendo, pero su sonrisa no llegaba a los ojos. Tenía el pelo ligeramente revuelto en la nuca, como si alguien le hubiera pasado la mano por allí. Y al girarse para coger una aceituna, vi que la espalda de su bikini rosa estaba torcida, la lazada mal hecha, como si se la hubieran desatado y vuelto a atar con prisas.

Todos parecían… excitados. Calientes. Sudorosos. Desalineados. Como si acabaran de… de…

—¿Dónde estabais? —pregunté, y mi voz sonó áspera, acusadora, cortando la falsa normalidad como un cuchillo.

Todos se volvieron a mirarme. Hubo un silencio incómodo, cargado.

—¿Cómo? —preguntó Teddy, con una sonrisa despreocupada—. Aquí, tonto. ¿Dónde íbamos a estar?

—¡No! —insistí, señalando alrededor—. ¡Hace cinco minutos no había nadie! ¡Las puertas estaban cerradas! ¡He estado gritando!

Clara frunció el ceño. —Armando, ¿qué dices? Hemos estado aquí todo el rato. Tú te fuiste a la cocina con Lucy y…

—¡He revisado todas las puertas! —casi grité, la frustración apoderándose de mí—. ¡Estaban cerradas! ¡Todas!

Y entonces, como movido por un resorte, giré la cabeza para comprobarlo.

Todas las puertas estaban abiertas.

La del cuarto de trastos, abierta de par en par, mostrando un interior oscuro y aparentemente normal. La del estudio, también abierta. La del baño… la del baño desde donde acababa de espiar la escena entre Teddy y Mar, estaba abierta. El interior estaba impecable, limpio, seco. No había rastro de vapor, de sudor, de sexo. Nada.

Me quedé helado.

—¿Ves? —dijo Teddy, con una sonrisa que ahora me pareció diabólica—. Te lo has imaginado, banquero. Estás más puesto de lo que pensaba. ¿O es que necesitabas un poco de atención?

Los demás rieron, una risa nerviosa, forzada. Clara me miró con preocupación, pero también con un deje de… ¿vergüenza? ¿Era vergüenza por mí?

Ellos lo sabían. Todos lo sabían. Habían estado en otra parte, haciendo Dios sabe qué, y habían vuelto justo a tiempo para montar esta farsa. Habían abierto las puertas. Habían limpiado el baño. Se habían recompuesto en un abrir y cerrar de ojos.

Pero no podían ocultar el brillo del sudor en sus sienes, el rubor de sus mejillas, el temblor de sus manos, la ropa desalineada. No podían ocultar el olor a sexo y a secreto que impregnaba la habitación.

La tensión se diluyó, o al menos, así lo fingieron ellos. La música volvió a sonar, un poco más baja. Alguien sacó más cervezas. Las risas, aunque aún un poco forzadas, llenaron de nuevo el espacio. Clara se acercó a mí, con una sonrisa preocupada.

—Cariño, ¿estás bien? Parece que has visto un fantasma —dijo, tocándome el brazo. Su mano estaba fría.

—Sí, sí… —murmuré, evitando su mirada—. El calor, el alcohol… me he mareado un poco.

Era una excusa pobre, pero ella asintió, apretándome el brazo con complicidad. ¿Era complicidad o condescendencia? Ya no sabía distinguir nada.

Me dejé llevar por la corriente, intentando mimetizarme, bebiendo una cerveza que no quería y asintiendo a conversaciones que no escuchaba. Pero por dentro, hervían la confusión y el miedo. Ellos lo sabían. Todos. Era una conspiración silenciosa, y yo era el único excluido. O el blanco.

Fue entonces cuando Teddy se deslizó a mi lado.

Pasó un brazo por mis hombros, un gesto que pretendía ser de camaradería pero que sentí como una trampa de serpiente.

—Oye, banquero —susurró, su aliento caliente y húmedo rozándome el oído—. Cabrón, no puedes chivarte de lo que has visto, ¿eh?

Sus palabras me helaron. No había sido una alucinación. Él sabía que yo había estado ahí. Lo había planeado.

—Si se entera Lucy… —prosiguió Teddy, con un tono de falsa preocupación—. Pobre, se le caería el mundo encima. Y Félix… joder, Félix se volvería loco. Le tiene mucho cariño a su zorrita, aunque no sepa follarla como es debido.

Se rió, una risa baja y cruel que solo yo podía oír. Yo me quedé mudo, paralizado, con la cerveza sudorosa apretada entre mis manos.

Teddy me dio una palmada en el pecho, como si acabara de contar un chiste excelente.

—Pero joder, ¿eh? ¿Te gustó? ¿Te gustó cómo me follé a esa puta? —preguntó, y su voz era pura malicia—. Con la boca que tiene, parece hecha para mamarla. Y ese culo… para no sacarla de ahí en una semana.

Intenté tragar, pero tenía la garganta seca como el yeso. Él no esperaba una respuesta. Solo quería ver mi reacción. Quería verme sufrir. Quería que supiera que él tenía el poder, que podía hacer lo que quisiera con quien quisiera, y que yo sería su cómplice silencioso.

—Tranquilo —añadió, apretándome el hombro con fuerza antes de soltarme—. Tu secreto está seguro conmigo. Mientras tú guardes el mío. Y el de Mar. Y el de todos.

Se alejó entonces, mezclándose con los demás.

Todos tenían algo que ocultar. Todos estaban en el ajo. Y yo, ahora, también era parte de ello. Había visto demasiado. Y mi silencio era el precio a pagar por mi propia corrupción y por la frágil paz de esta jaula de oro en la que estaba atrapado.

La fiesta seguía su curso. Mi mente aún intentaba procesar la amenaza de Teddy cuando mi atención fue capturada por Clara. Estaba hablando con Dani, muy pegada a él, sus cabezas juntas, susurrando. Demasiado cerca. Demasiado íntimo.

Una punzada de celos, esta vez más nítida, me hizo acercarme. Al hacerlo, noté cómo cortaban de golpe. Se separaron un palmo, como dos adolescentes pillados haciendo algo que no debían.

—¿Qué hablabais? —pregunté, intentando sonar casual, pero mi voz sonó forzada.

—Nada —dijeron los dos al unísono, demasiado rápido. Dani se aclaró la garganta—. De que el ron con coca cola está mejor que con Fanta.

Era una mentira tan burda que hasta Clara soltó una risita, una risa nerviosa que sonó a burla en mis oídos.

—Yo decía que con Fanta —añadió ella, encogiéndose de hombros, como si fuera lo más gracioso del mundo.

—¡Ja! ¡Con Fanta! —rió Dani, sacudiendo la cabeza—. Eso es de críos, Clara.

Me sentí excluido, ridiculizado. Ellos tenían un secreto, una complicidad que yo no compartía. Clara me miró, y por un segundo vi algo en sus ojos… ¿fastidio? ¿Impaciencia?

—Bueno, me voy a por otro cubata —anunció de repente, y se dio la vuelta, alejándose con ese balanceo de caderas que ahora me parecía dirigido a Dani.

Me dejó plantado ahí, con el tipo que acababa de mentirme a la cara. Dani la siguió con la mirada, sin disimulo alguno, hasta que se perdió entre la gente. Y entonces, cuando ya no la veíamos, hizo algo que me dejó paralizado.

Se sacó la polla.

Fue tan rápido, tan natural, tan descarado, que me costó procesarlo. Simplemente se metió la mano por el bajo del bañador, se ajustó y la sacó. No era una erección completa, pero era enorme. Gruesa, larga, imponente incluso en estado semi-flácido.

«Joder, otro niñato con pollón», pensé, atónito. «¿Para ser de este grupo te tiene que medir la polla más de 20 cm?» Era una estupidez, pero en ese momento, rodeado de tanta testosterona y exhibicionismo, parecía la única explicación lógica.

Dani notó que la miraba. No se avergonzó. Al contrario.

—Joder, así me la pone tu puta mujer —dijo, con una naturalidad pasmosa, como si comentara el tiempo.

Y entonces, se metió la mano y empezó a tocarse delante de mí, acariciándose lentamente, mirándome fijamente, desafiante.

—¡Córtate, joder! —le espeté, recuperando la voz, la indignación quemándome la cara—. ¿Qué coño haces?

—Es que está buenísima —insistió él, sin dejar de moverse la mano—. Me la quiero follar.

Las palabras, tan crudas, tan directas, me dejaron sin aire. ¿Me lo estaba pidiendo? ¿Así, sin más? ¿Como el que pide sal en un restaurante?

—Me la quiero follar —repitió, como si no me hubiera oído—. ¿Tú crees que querrá?

Me quedé flipando. Mirándolo como si fuera un marciano. ¿En qué universo paralelo vivía este tío?

—¡Claro que no! —exploté, encontrando por fin la fuerza—. ¡Estás tonto! ¡Es mi mujer! ¿Cómo voy a querer que te la folles?

Dani paró su movimiento. Bajó la intensidad de su mirada, como si de repente se diera cuenta de que había calculado mal. Frunció el ceño, con genuina confusión.

—Uy, perdona —dijo, metiéndosela de nuevo en el bañador con un gesto casi ofendido—. Me confundí. Pensaba que te gustaba… ya sabes… Hizo un gesto vago con la mano—. Como la has traído así… Señaló hacia donde se había ido Clara—. Pensaba que querías que nos la folláramos. Perdona, perdona.

Se alejó entonces, meneando la cabeza como si yo fuera el raro, el que había roto las normas no escritas de aquel lugar de mierda.

Justo cuando Dani se alejaba, dejándome sumido en mi crisis existencial, Teddy apareció como el director de orquesta de este infierno particular. Tenía a Lidia enganchada de su brazo, como su consorte personal, y una sonrisa de puro éxtasis anticipado en la cara.

—¡Chicos! —gritó, alzando la voz por encima de la música—. ¡Se acerca el final! ¡Hora del gran cierre! ¿Qué os parece si… máquina de espuma?

El efecto fue instantáneo. Como si hubiera pulsado un botón. Todos y todas, sin excepción, empezaron a gritar como posesos.

—¡¡MÁQUINA DE ESPUMA!! ¡¡MÁQUINA DE ESPUMA!!

Félix pegó un grito de zorro salvaje, obsceno. Mar saltaba sobre sus pies como una niña pequeña. Andrés y Carlota se abrazaron, chillando. Hasta Clara, que volvía con su cubata, se unió a los vítores con una sonrisa amplia y desinhibida. Lucy, la tímida Lucy, sonreía y aplaudía con suavidad. Parecía una secta en pleno éxtasis colectivo, y Teddy, con su sonrisa de lobo, era su líder indiscutible.

—¡Si me lo pedís así, no puedo decir que no! —rugió Teddy, disfrutando de su poder—. ¡Esperadme!

Soltó a Lidia y se metió en la casa. Salió un minuto después, arrastrando tres cañones de espuma industriales, de esos que se usan en las discotecas. Eran enormes, negros, con boquillas metálicas que parecían armas de ciencia ficción.

Los conectó a tres enchufes diferentes que tenía estratégicamente colocados en la terraza y los apuntó hacia el centro del jardín, lo entendí.

Quería hacer una fiesta de la espuma. Dentro de su casa.

Los cañones rugieron de repente, con un zumbido eléctrico amenazador. Y entonces, empezaron a escupir.

No era la espuma ligera y divertida de las fiestas de verano. Era una espuma densa, blanca y cremosa que salía a una presión bestial, llenando el espacio a una velocidad alarmante. En segundos, el jardín empezó a cubrirse de un manto blanco y espeso que llegaba ya a los tobillos.

¿Qué tendría de malo? Me pregunté, por un instante de ingenuidad. Parecía divertido. Caótico, pero divertido.

Luego miré hacia dentro de la casa. Los cañones, estratégicamente colocados en el umbral de la puerta corredera, no solo apuntaban al jardín. La espuma, impulsada por la presión, empezó a colarse en el salón. Una ola blanca y silenciosa que avanzaba por el suelo de mármol, engullendo los muebles, las alfombras, los vasos abandonados.

—¡¡WUUUUUU!! —gritó Félix, y fue el primero en lanzarse de cabeza a la espuma del jardín, desapareciendo bajo un mar blanco.

Los demás le siguieron. Clara se rió, dejó su vaso y se lanzó también. Teddy observaba, con los brazos en alto, como un dios satisfecho de su creación, mientras la espuma le lamía los tobillos y empezaba a inundar su casa.

¿Qué tendría de malo? La espuma ya me llegaba a las rodillas en el jardín y cubría completamente el suelo del salón. Arruinaría los suelos de madera, los muebles, la electrónica… El olor químico, agrio, empezaba a impregnarlo todo.

Pero a nadie le importaba. Estaban todos allí, revolcándose como cerdos en un lodazal químico, riendo, gritando, borrachos de alcohol y de la anarquía que Teddy había desatado.

Yo me quedé en la terraza, viendo cómo la espuma blanca se tragaba literalmente la casa, sintiendo cómo el caos se adueñaba de todo. No era una fiesta. Era el final lógico de la noche. La destrucción total. Y todos, incluida mi mujer, estaban encantados de ser arrastrados por ella.

La espuma era un monstruo vivo, cegador y silencioso. En cuestión de segundos, el jardín y gran parte del salón se habían convertido en un mar blanco e impenetrable que me llegaba ya por la cintura. La música había sido ahogada por el zumbido de los cañones y el aislante manto de burbujas. No veía nada. Absolutamente nada. Solo una blancura opresiva y el olor dulzón y artificial del producto.

Avancé a ciegas, con los brazos extendidos, sintiendo cómo la espuma fría se pegaba a mi piel, se me metía en la boca, en los oídos. Oía risas ahogadas, gritos lejanos y distorsionados, chapoteos… pero todo era etéreo, como en un sueño. Era a la vez divertido y aterrador. Había perdido por completo el sentido de la orientación. No sabía si estaba en el jardín, cerca de la piscina, o ya dentro del salón.

Y entonces, en medio de esa cacofonía de ruidos amortiguados, lo oí.

Un grito. O eso pensé al principio. Corto, ahogado por la espuma.

Me detuve en seco, conteniendo la respiración, afinando el oído al máximo.

Otro. Pero esta vez no fue un grito. Fue un gemido. Largo, gutural, cargado de una intensidad que erizó la piel de mis brazos a pesar del frío de la espuma. Era un gemido de placer. O de dolor. O de ambas cosas.

«¿Han gritado?» me pregunté, desconcertado.

Pero no. No eran gritos de fiesta. Eran sonidos íntimos. Carnales. Y venían de muy cerca. A escasos metros de mí.

Una chica estaba siendo follada ahí. En medio de la espuma. Delante de todos, aunque nadie pudiera ver nada. ¿Quién sería?

Mi mente, enloquecida por los celos y la paranoia, empezó a barajar opciones a una velocidad demencial:

¿Clara? ¿Se habría encontrado con Teddy o con Dani en la espuma y había empezado la fiesta de verdad? «Joder, así me la pone tu puta mujer», había dicho Dani.

¿Mar, con Teddy otra vez? ¿Repitiendo el numerito del baño pero ahora con público invisible? «Ojalá me follara así», había gemido ella.

¿Andrés y Carlota? ¿Aprovechando el caos para reconciliarse o para empeorar las cosas?

¿Mar y Félix? ¿Habiendo hecho las paces de la manera más primitiva posible?

¿Lidia con cualquiera? Ella era capaz de cualquier cosa.

¿Lucy? La idea me pareció la más descabellada, pero en esta noche, nada era imposible.

Otro gemido, más agudo esta vez, seguido de un jadeo masculino, ronco y potente.

¿Quién estaba follando?

Avancé hacia el sonido, moviéndome con la torpeza de un fantasma en la niebla, apartando la espuma a brazadas. Cada gemido, cada choque de cuerpos que lograba captar entre el murmullo de las burbujas, era un cuchillo en mi corazón y, para mi vergüenza, un latigazo de excitación en mis entrañas.

Continuará...