Xtories

El amigo de Don Ernesto se llama Don Pedro

Don Pedro no era solo un conocido; era una presencia que pesaba en la habitación. Con sus 125 kilos de carne y una verga que prometía castigo, el jubilado reservado decidió que era hora de que el chico dejara de ser un niño. La noche en el burdel no fue un regalo, fue una lección de carne y sudor.

Tiliref12K vistas9.7· 6 votos

Pasaron meses en los que Don Ernesto y yo follabamos 2 o 3 veces por semana, y en cada encuentro nos corríamos varias veces. Descubrí a través de mi amiga que el gordo y fuerte jubilado nunca volvió a estar con ella desde aquella tarde-noche en la que Don Ernesto nos folló a todos.

Me daba un sexo muy erótico y viril aunque sólo moviera las caderas y descansando acostado, pusiera su gran verga a mi disposición para que yo me diera placer en ella. Era un hombre machista, bruto, fumaba y bebía, y su mentalidad y forma de ser impactaron mi mundo afectivo y sexual.

Me hacía regalos, me daba dinero…

Don Ernesto tenía muchos conocidos y entre ellos había uno con el que habíamos coincidido en alguna vez y que no me había pasado desapercibido. Era Don Pedro, 68 años, casado, tres hijos independizados e igual de corpulento que Don Ernesto. Era bajito, calculo 1.67 de altura. No tenía bigote ni barba y su cabello blanco corto lo peinada con raya al lado.

Tenía una aguzada naríz alguileña pero lo que más destacaba en el era su gran barriga. Pesaría unos 125 kilos pero estaba macizo. Las veces que lo vi siempre vestido con pantalones clásicos oscuros y camisa abierta hasta la barriga.

Tenía unos antebrazos enormes igual que sus piernas con gemelos masivos. Siempre estaba bien afeitado y me había fijado en el tamaño de su bulto, extremadamente grande, y aunque usaba pantalones de pinzas, se podía adivinar las dimensiones de su verga que se dibujaba en su apretada bragueta.

A través de la abertura de la camisa se podía ver su pecho con algo de vello canoso liso y también unos pezones puntiagudos y rosados, e igual que Don Ernesto, una cadena de oro con cristo le colgaba del cuello.

Al contrario de Don Ernesto. Don Pedro se caracterizaba por ser un hombre reservado. Hablaba poco pero bebía mucho. Whisky también. Don Ernesto me contó que Don Pedro tenía problemas con la bebida. Se había refugiado en ella debido a su seriedad, timidez, y también porque con su mujer ya no tenía sexo. Fumaba dos paquetes de cigarrillos diarios y, por supuesto, le encantaban las mujeres aunque no tenía éxito con ellas por lo grueso y barrigón que estaba.

Cuando Don Ernesto me llevaba al bar, casi siempre lo encontrábamos sentado en la barra hablando con el camarero. Al hablar se le notaba bebido pero era cariñoso y bonachón.

Un día, después de recogerme Don Ernesto en su coche, me llevó al bar y encontramos a Don Pedro extrañamente hablador y deshinibido. Cuando me acerque a él me dió un abrazo con sus potentes brazos que casi me estruja y, pegándome contra su enorme barriga, mi mano se encontró accidentalmente con su bulto, que me pareció que estaba duro. No me corte y se lo sobé un par de segundos.

Después de una hora y unas cuantas copas, Don Ernesto me dijo que no podía llevarme a casa porque tenía que acudir a un compromiso, pidiéndole a Don Pedro que me acercara, a lo que él accedió.

Como yo no bebo alcohol, después de buen buen rato de haberse ido Don Ernesto, me estaba cayendo de sueño. Don Pedro me dijo: “ven chaval, recuéstate en mi pecho y duérmete. Yo te agarraré para que no te caigas”.

Así pues, me acerqué a él y puse mis manos en su prominente y dura barriga y descansé mi cabeza en su pecho. La camisa la tenía desabotonada hasta casi su ombligo. Se podían ver sus hinchadas tetas con los areolas rosadas y los pezones grandes y duros.

Me hice el dormido mientras Don Pedro continuaba bebiendo y charlando con el camarero. En un momento dado, bajé disimuladamente mi mano y palpé su hinchado paquete y me percaté de que tenía una erección.

Podía notar sus enormes bolas. Don Pedro que,me tenía agarrado con su potente brazo, me acarició el cabello y me empezó a dar besitos en la frente y cerca de los labios, y yo, mientras continuaba haciéndome el dormido, también besé sus enormes tetas y su papada con el pretexto de acomodarme mejor apoyándome en su potente cuerpo.

Llegó la hora del cierre y Don Pedro me invitó a tomar la última en otro sitio.

Me incorporé y salimos hacia su coche. Él tenía su brazo por encima de mis hombros y yo me agarraba de su cintura, cuando antes de subirnos a su vehículo que era un 4x4, él se apoyó en el capó, me cogió por la cintura y yo puse mis brazos en su pecho y me dio tres breves piquitos en los labios tiernamente. Me excitó tanto aquello, que lleve mi mano a su enorme bulto y correspondí sus besos mientras se lo tocaba.

“Chaval! Ya va siendo hora que te hagas un hombre. Te voy a llevar a un sitio especial”.

Nos subimos a su carro y yo, cansado recosté mi cabeza en su muslo y empecé a subirle la pernera del pantalón para tocar sus grandes y redondos gemelos. Los tenía como una roca de duros e imberbes.

Condujo hacia un polígono del extrarradio y cuando llegamos, vi que el lugar tenía unos neones iluminados.

Cuando entramos nos atendió una señora mayor y nos pasó a una habitación con un sofá de color rosa en el que Don Pedro y yo nos sentamos a esperar no se qué. Al cabo de unos minutos la señora volvió con un whisky para Don Pedro y un refresco para mi.

“Hoy has venido con buena compañía” le dijo la señora a Don Pedro y este alborotándome el cabello le contestó: “si, muy buena pero el chico es primerizo”. Vaya! Que honor” le contesto la señora y se acercó a una pared a pulsar un botón.

Al cabo de unos segundos, aparecieron por una puerta dos chicas jóvenes que rodaban los veinte años calculé a ojo. Caminaron delante de nosotros contoneando sus cuerpos hasta que Don Pedro señaló a una de ellas, y la otra desapareció por donde había venido.

Don Pedro conversó con la señora algo ininteligible a mis oídos. Entonces él sacó la cartera y le dió un fajo de billetes que ella se metió en el canalillo de las tetas, y nos dijo que pasáramos a una habitación contigua.

Estaba la estancia llena de espejos, en las paredes, en el techo…una cama extra grande colocada en el centro de misma y un sofá de terciopelo azul eléctrico a un lado del lecho. También, en una vitrina acristalada se podián observar múltiples botellas de alcohol de diferentes marcas y género.

Don Pedro rodeó mis hombros con su grueso brazo y caminando hacia el sillón azul eléctrico, alborotó mi cabello de forma cariñosa con la otra mano, y me dijo una vez sentados en el sofá: “chaval, Ernesto me pidió que te trajera aquí”, yo contesté acerca del motivo.

“Bueno…él quiere que te enseñe algunas cosas”. En ese momento, Don Pedro, sentado y con sus enormes y musculosas piernas abiertas se dio una palmada en una de ellas invitándome a subir, cosa que yo realicé ipso facto y la puerta de la habitación se abrió y apareció la chica que Don Pedro había seleccionado.

Mientras yo estaba colgado del grueso cuello de Don Pedro y con mi culo encima de su gran muslo, él me agarraba por la cintura con aquella manaza. La chica se acercó y se puso a bailar justo delante nosotros mientras sensualmente se iba quitando la poca ropa que vestía.

A través de la abertura de la camisa de Don Pedro, metí mi mano libre y empecé a sobarle aquellas anchas y rosadas areolas de sus tetas hinchadas a la vez que acerqué mi rostro al suyo dándole unos besitos en el moflete.

Una vez que la chica terminó de desnudarse contoneando su cuerpo, se sentó en el otro muslo de Don Pedro que la agarró por la nuca y la besó buscando su lengua. Mientras la besaba, ella intentó abrirle el cinturón para bajarle la bragueta pero fue imposible debido a la redonda y gran barriga de Don Pedro.

Él nos indicó que nos levantáramos y poniéndose de pie con dificultad, se desabrochó el cinturón y bajó su pantalones y slips a sus tobillos dejando a la vista una gruesa y venosa verga de unos 19 centímetros.

Así de pie, se masturbó durante unos segundos y la chica terminó de abrirle la camisa exponiendo su portentoso cuerpo robusto y duro. Se volvió a sentar en el sofá y la chica y yo nos volvimos a sentar encima de él.