Xtories

Capítulo 3: La Promesa Rota

Belisario prometió dejarla por su esposa, pero necesitaba una última mirada. Lo que encontró en la puerta de Claire no fue amor, sino la fría certeza de que nunca fue especial para ella. Ahora, el silencio en casa pesa más que cualquier mentira.

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Belisario había pasado las últimas horas en el sofá de Claire, pero no en sus brazos. Mientras la adolescente dormía plácidamente, él se había quedado despierto, sentado en la oscuridad del salón, dando vueltas a todo en su cabeza. El enfrentamiento con Nasserine, la humillación en su propia puerta, los ojos rojos y llenos de lágrimas de la mujer con la que había pasado casi una década. ¿Realmente valía la pena? ¿Vale la pena destrozar una familia, por más imperfecta que fuera, por una adolescente de 18 años? Claire era una tormenta de pasión, sí, pero las tormentas pasan. Y él, con sus 55 años, ¿qué quedaría de él cuando la lluvia cesara? ¿Un hombre solo, con dos hijas que odiarían su nombre y una esposa a la que había arruinado? La duda le carcomía el estómago como un ácido. Cansado de la batalla interna, encendió el motor y condujo lentamente de vuelta a su casa. Era lunes, 27 de abril de 2026. A las 8:00 a.m., la puerta se abrió con un chasquido suave. Belisario entró, intentando proyectar una normalidad que sentía lejana. El sonido de sus pasos en el pasillo hizo que dos pequeñas cabezas asomaran por el marco de la puerta de su habitación. Eran Dafne y Belén, acabando de despertarse para ir al colegio. Sus pijamas de lunas y estrellas estaban arrugados, y sus ojos verdes se abrieron como platos al ver a su padre.

—¡Papá! —exclamó Belén, corriendo a abrazarlo con la inocencia ciega de un niño de cuatro años.

—¿Has vuelto? —preguntó Dafne, más reservada, sintiendo la tensión invisible que flotaba en el aire. Belisario las abrazó, sintiendo el peso de su lealtad: —Hola, mis pequeñas. ¿Listas para el cole?

Ellas asintieron, pero sus miradas se desviaron hacia la cocina, donde Nasserine estaba de espaldas. Su madre tenía los ojos enrojecidos e hinchados, y sus movimientos al preparar el desayuno eran mecánicos, casi automáticos. Las gemelas no entendían la complejidad adulta de la situación, pero percibían la tristeza como un frío en la habitación. Nasserine se sintió humillada. La simple presencia de su marido, después de haberla abandonado en medio de una discusión para ir a casa de su amante, era una bofetada silenciosa. Servió los cereales y la leche con manos temblorosas, sin decir una palabra. El desayuno transcurrió en un silencio denso y pesado, roto solo por el crujido de los cereales y las preguntas inocentes de las niñas, que Belisario respondía con una voz forzosamente alegre. El trayecto al colegio fue igual de tenso. Belisario y Nasserine caminaron lado a lado, cada uno empujando una mano pequeña, mientras un abismo de resentimientos se abría entre ellos. Fue solo cuando las puertas del colegio se cerraron detrás de las gemelas, y el silencio las envolvió de nuevo, que Nasserine se detuvo y se giró hacia él: -Ya es la segunda vez que te pillo, Belisario —dijo, su voz baja pero cargada de una ferocidad contenida. —La segunda vez que mientes y vas a estar con esa chica. No puedo seguir así. Quiero que pares ya.

Belisario la miró. Vio el dolor en sus ojos azules, la ruptura de su confianza. Por un momento, la imagen de Claire durmiendo plácidamente se desvaneció, y solo vio a la mujer con la que había construido una vida. La duda de la madrugada volvió con fuerza: —De acuerdo —dijo, y la palabra le salió más pesada de lo que esperaba. —Lo entiendo. Ya no volveré a verla.

Nasserine parpadeó, sorprendida por la rápida rendición. No se lo creía: —No te creo —replicó ella, con los ojos llenos de lágrimas a punto de derramarse. —Demuéstramelo. Bloquéala ahora mismo. Delante de mí.

Belisario suspiró, sacando su teléfono del bolsillo. Sus dedos se movieron sobre la pantalla, buscando el contacto de "Mi Rosa sin Espinas". Con un toque, la bloqueó. Luego, le mostró la pantalla a Nasserine. Nasserine miró el teléfono, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Asintió, una mezcla de alivio y escepticismo en su rostro: —Bien —susurró, y en ese momento, por primera vez en horas, pareció exhalar.

—Voy a hacer la compra —dijo Belisario, rompiendo el tenso momento. —Necesitamos cosas.

Nasserine, tratando de aferrarse a ese frágil hilo de normalidad, fue a la cocina, escribió una lista en una hoja de papel y se la entregó. Belisario la tomó, y con un beso vacío en su mejilla, salió de la casa. Pero en lugar de dirigirse al supermercado, su coche, como una criatura con voluntad propia, lo llevó de vuelta al barrio de Claire. Tenía que verla una última vez. Tenía que explicarle. Asegurarle que esto no era un adiós, sino una pausa. Que se seguirían viendo en secreto, que encontrarían la manera. Necesitaba oírla decirle que lo esperaría. Estacionó y caminó hacia su edificio, con el corazón latiéndole con fuerza. Justo cuando llegaba a la entrada, la puerta se abrió. No era Claire quien salía, sino un chico. Un adolescente, no mayor de diecinueve años, con el pelo desaliñado y una mochila colgando de un hombro. Y entonces, Claire apareció en el umbral. Vestida con una camiseta de tirantes y pantalones cortos, sonrió al chico, se inclinó y lo besó en los labios con la misma espontaneidad y alegría con la que siempre había besado a Belisario. Fue un beso rápido, de despedida, lleno de una familiaridad que lo heló hasta los huesos. El chico se fue, y Claire le hizo un gesto con la mano, sonriendo. No lo había visto. Para ella, Belisario no era más que un hombre más en una larga lista de diversiones pasajeras. "Mi rosa sin espinas" no era su posesión; él era simplemente uno de sus muchos jardineros. El mundo de Belisario se derrumbó no con un estallido, sino con un silencio helador. Se giró, sin que ella lo viera, y volvió a su coche. La lista de la compra sobre el asiento del copiloto parecía burlarse de él. Conducía como un autómata, fue al supermercado, compró todo lo que Nasserine había apuntado y volvió a casa. Cuando entró, con las bolsas en las manos, Nasserine lo miró con una pregunta silenciosa en los ojos. Él no dijo nada. Solo le entregó las bolsas, su rostro inexpresivo ocultando un abismo de tristeza y humillación. No había perdido a su amante; había descubierto que nunca la tuvo. Y esa era una pérdida mucho más profunda.