Silvia se ofrece a desconocidos para follar 🤗
La furgoneta está cerrada, el mundo exterior no existe. Solo hay siete cuerpos y el peso de un secreto que podrÃa destruirlo todo. Silvia no tiene miedo; tiene hambre. Y esta vez, no va a quedarse con las ganas.
Silvia se ofrece a desconocidos para follar 🤗
Silvia, sentada en la parte de atrás de la furgoneta, miró al rubio y luego al resto del grupo con ojos brillantes de pura lujuria. Su voz salió ronca, casi suplicante, pero con un tono firme:
—Que entren todos… Quiero que se sienten alrededor. Que vuestros cuerpos me tapen por completo. Si mi novio vuelve antes de que terminéis, que no pueda verme aquà dentro.
El moreno tradujo rápidamente. Hubo un segundo de sorpresa entre los ingleses, pero luego sonrieron con esa mezcla de incredulidad y excitación. Nadie se opuso. Uno a uno fueron subiendo a la furgoneta.
El rubio se sentó justo al lado de Silvia. Los otros cinco chicos entraron también: dos se acomodaron en el asiento de atrás, flanqueándola, y los tres restantes se sentaron en los asientos del medio, girados hacia ella. Sus cuerpos grandes y anchos formaban una barrera humana casi perfecta.
Desde fuera, cualquiera que mirara por las ventanillas solo verÃa espaldas, hombros y cabezas. Silvia quedaba completamente oculta, rodeada, expuesta y vulnerable.
La puerta corredera se cerró con un golpe seco.
Ahora estaba encerrada dentro de la furgoneta de unos desconocidos, en un aparcamiento público, con siete hombres a su alrededor. La posibilidad de que arrancaran el motor y se la llevaran a cualquier sitio era real. PodrÃan secuestrarla, follarla durante horas, dejarla tirada en cualquier playa apartada… y ella lo sabÃa perfectamente.
Pero en ese momento, con el coño chorreando y latiendo de pura necesidad, esa idea no le daba miedo. Al contrario. Le provocaba un escalofrÃo aún más fuerte de excitación.
Se recostó contra el respaldo del asiento, abrió las piernas sin ningún pudor y dejó que el vestido se le subiera hasta la cintura. El bikini estaba completamente empapado, pegado a sus labios hinchados y brillantes. Un hilo grueso de flujo vaginal ya le bajaba por el muslo derecho.
—Fóllame —le dijo al rubio, mirándolo fijamente—. Ahora. Delante de todos ellos.
El moreno tradujo. El rubio no perdió el tiempo. Le bajó el bikini de un tirón, dejando su coño completamente expuesto: rosado, hinchado, chorreando. La veinteañera gimió cuando sintió el aire fresco rozarle el clÃtoris.
El rubio se bajó el bañador, sacó su miembro, ya duro y grueso, y, sin preliminares, se colocó entre sus piernas abiertas. Empujó la cabeza contra su entrada empapada y entró de un solo golpe profundo.
—Ahhh… ¡joder! —gritó la rubia, echando la cabeza hacia atrás contra el asiento.
La polla la llenó por completo en una estocada. Empezó a follarla con fuerza, con embestidas rápidas y profundas que hacÃan que sus tetas rebotaran dentro del vestido.
Los otros chicos miraban de cerca, algunos ya tocándose por encima de la ropa. Uno de ellos le subió el vestido hasta arriba, dejando sus pechos al descubierto otra vez. Inmediatamente varias manos se lanzaron sobre ellos: amasándolos, apretándolos, pellizcando los pezones hinchados.
La novia de Manuel estaba rodeada de cuerpos masculinos. Manos por todas partes. Miradas hambrientas. El sonido húmedo de su coño siendo follado llenaba la furgoneta. Cada vez que el rubio empujaba hasta el fondo, ella soltaba un gemido agudo y entrecortado.
—Más fuerte… —suplicó, con la voz rota—. Fóllame más fuerte… No me importa si me veis todos… Usadme…
Estaba completamente expuesta y vulnerable. Cualquier cosa podÃa pasar. PodÃan arrancar el coche en cualquier momento y llevársela. Pero Silvia solo sentÃa placer. Su coño se contraÃa alrededor de la polla del rubio, chorreando tanto que el asiento ya estaba mojado debajo de ella.
El riesgo era máximo.
Y ella nunca habÃa estado tan cachonda en su vida.
Desde fuera, la furgoneta parecÃa tranquila. Solo un grupo de guiris charlando dentro.
Dentro, Silvia gemÃa cada vez más alto mientras el rubio la follaba sin piedad y las manos de los demás la tocaban por todas partes.
Completamente entregada cómo estaba, la chica sintió que el rubio aminoraba la velocidad con que la follaba esta vez, yendo con más calma. TenÃa sentido, ya que, habiéndose corrido antes en su boca, habÃa descargado lo más urgente y ahora iba sin prisa.
MovÃa las caderas con embestidas lentas, profundas y deliciosamente ricas, sacando casi toda la polla para volver a hundirla hasta el fondo con un ritmo pausado y sensual.
Cada vez que entraba del todo, Silvia sentÃa cómo la llenaba por completo, cómo la cabeza gruesa rozaba ese punto tan sensible dentro de ella. GemÃa bajito con cada embestida, un sonido largo y ronco que llenaba el interior del vehÃculo.
—Joder… asÃ… qué rico… —susurraba ella, con los ojos entrecerrados de placer.
Mientras el rubio la penetraba despacio, Silvia giró la cabeza hacia el moreno que hablaba español. Lo miró con una sonrisa generosa, casi cariñosa, y le puso una mano en el muslo.
—Tú también… ven —le dijo con voz suave y caliente—. Quiero chupártela mientras tu amigo me folla.
El traductor no se hizo de rogar. Se desabrochó el pantalón y sacó su polla, dura y palpitante. La veinteañera se inclinó un poco hacia un lado, abrió la boca con generosidad y se la metió con gusto hasta la garganta de un solo movimiento.
Empezó a mamársela con devoción lenta y húmeda, saboreándola, moviendo la cabeza al ritmo de las embestidas que recibÃa en el coño. Sus labios se deslizaban por el tronco, apretados, la lengua giraba alrededor del glande, succionando con cariño mientras gemÃa alrededor de ella cada vez que el rubio empujaba profundo en su coño. De vez en cuando lo tragaba hasta la garganta con un gemido ahogado.
Entre mamada y follada, Silvia soltó la polla del traductor un momento, jadeando, y le pidió con voz entrecortada:
—Hazme una última traducción… por favor.
El moreno asintió, respirando agitado.
—Di a tus amigos… que pueden cascársela mirándome todo lo que quieran… pero que se corran en mi boca. No en mi cuerpo. Quiero que me lo echen todo dentro… asà me lo trago todo y mi novio no ve nada cuando vuelva.
El traductor repitió las palabras en inglés en voz alta, clara y directa, para que todos los del grupo las oyeran.
Los chicos reaccionaron con murmullos de aprobación y excitación. Algunos sonrieron, otros soltaron risitas nerviosas. Casi al instante, tres de ellos se bajaron los bañadores y empezaron a masturbarse mirándola: viendo cómo el rubio la follaba lento y profundo, cómo sus tetas rebotaban con cada embestida, cómo ella chupaba con devoción la polla del traductor.
Silvia volvió a meterse la verga del moreno en la boca, mamando con más ganas ahora que sabÃa que todos la estaban mirando. Sus gemidos vibraban alrededor de la polla mientras el rubio seguÃa follándola sin prisa, disfrutando de cada centÃmetro de su coño caliente y empapado.
El interior de la furgoneta se llenó de sonidos húmedos: el chapoteo suave del coño de Silvia siendo penetrado, los gemidos ahogados de ella, el sonido de varias manos masturbándose y las respiraciones agitadas de los chicos.
Ella estaba en el centro de todo.
Completamente rodeada.
Completamente usada.
Y completamente feliz.
Su coño palpitaba alrededor de la polla del rubio con cada embestida profunda, deliciosa, lenta y casi cruel. Su boca trabajaba con dedicación en la verga del traductor. Y a su alrededor, cinco pollas más se movÃan al ritmo de su cuerpo, esperando su turno para correrse directamente en su boca.
Silvia cerró los ojos un segundo, gimiendo de placer.
Estaba tan cachonda, tan entregada, que ni siquiera le importaba ya el riesgo.
Solo querÃa más.
Solo querÃa que siguieran follándola despacio… y que todos aquellos desconocidos se corrieran en su boca antes de que Manuel volviera del súper.
Y que este tardara un poco más en volver.
—Ahhh… sÃ… asÃ… qué rico… —gemÃa Silvia con voz entrecortada, arqueando la espalda—. No corras… fóllame despacio… quiero sentirte entero…
***
De pronto, el inglés soltó un gruñido largo y gutural, casi de sorpresa. Paró un segundo las embestidas, manteniendo la polla enterrada hasta el fondo dentro de ella, y miró hacia abajo con los ojos muy abiertos. Luego levantó la vista hacia Silvia y murmuró algo en inglés, con la voz ronca y sincera.
El traductor, que seguÃa con su polla dentro de la boca de Silvia, escuchó y tradujo entre jadeos:
—Dice que… joder… que tienes el mejor coño que ha follado en su vida. Que es increÃblemente caliente, apretado y mojado… Mejor incluso que el de su novia. Dice que no puede creer lo bueno que es.
Silvia sintió un latigazo de orgullo y placer que le subió desde el coño hasta las mejillas. Se puso roja al instante, tanto por la calentura como por el cumplido tan directo. Sus ojos brillaron y una sonrisa satisfecha y avergonzada le curvó los labios.
Sacó la polla del traductor de su boca con un último lametón lento, dejando un hilo de saliva colgando, y miró al rubio directamente a los ojos, todavÃa jadeando.
—Gracias… —susurró, la voz entrecortada y dulce—. Me encanta que te guste tanto mi coño…
Sin decir nada más, se incorporó un poco, agarró el bajo del vestido y se lo subió hasta arriba del todo, dejando sus grandes pechos completamente al aire otra vez. Estaban rojos, hinchados, con los pezones duros como piedras por la excitación y las marcas todavÃa visibles de las manos de antes.
Se los ofreció sin pudor, empujándolos hacia arriba con las manos, juntándolos y presentándoselos al rubio como un regalo.
—Toma… para ti —dijo con voz ronca, todavÃa sonrojada—. Chúpalos, apriétalos… haz lo que quieras con ellos mientras me follas. Son tuyos ahora.
El rubio no necesitó traducción. Soltó un gemido bajo de aprobación y se inclinó hacia delante. Abrió la boca y atrapó uno de sus pezones hinchados, succionándolo con fuerza mientras seguÃa follándola despacio y profundo.
Sus manos grandes subieron inmediatamente a los pechos de la joven, amasándolos con ganas, apretándolos y estrujándolos mientras su boca pasaba de un pezón al otro, lamiendo y chupando con hambre.
Silvia echó la cabeza hacia atrás, gimiendo más alto, con las mejillas todavÃa sonrojadas por el halago.
—Ahhh… sÃ… cómemelas… —jadeó—. Me pone tan cachonda que te guste tanto mi coño… Fóllame más rico… y disfruta de mis tetas todo lo que quieras.
El rubio gruñÃa contra su piel, devorando sus pechos mientras su polla entraba y salÃa con ese ritmo lento y perfecto que hacÃa que Silvia se derritiera por dentro.
Los otros chicos seguÃan masturbándose alrededor, mirándola con ojos hambrientos, esperando su turno para correrse en su boca.
Silvia estaba roja de excitación y de orgullo, ofreciendo sus grandes tetas al inglés que la estaba disfrutando como nunca habÃa disfrutado un coño, mientras su propio novio podÃa aparecer en cualquier momento.
Y ella solo podÃa gemir, sonrojarse y ofrecerle más.
De pronto, sintió el cambio en el cuerpo de su amante.
Las embestidas, hasta ese momento lentas y profundas, se volvieron más cortas, más irregulares. Su respiración se aceleró contra su cuello y los músculos de su espalda se tensaron bajo las manos de ella. Supo al instante que estaba a punto de correrse.
Sin pensarlo, Silvia levantó los brazos, lo rodeó por el cuello y lo atrajo hacia sà con fuerza, pegando su cuerpo desnudo al de él. Sus grandes pechos se aplastaron contra el torso del inglés mientras ella buscaba su boca.
El beso que le dio no fue sucio y salvaje, como el de antes, sino dulce, tierno, casi romántico. Labios suaves, lentos, con una calidez que parecÃa de novia.
Silvia le besó como si fuera su hombre, como si llevaran meses juntos y aquello fuera un momento Ãntimo y especial. Su lengua se movió con cariño contra la de él, saboreándolo despacio, mientras gemÃa bajito dentro de su boca.
En ese preciso instante, el rubio gruñó contra sus labios y se corrió dentro de ella.
Fue una corrida corta y pobre, como la anterior: solo unos cuantos chorros tibios y poco abundantes que se derramaron en el fondo de su coño.
Pero Silvia lo sintió todo. Sintió cómo su polla palpitaba dentro de ella, cómo la llenaba con su semilla, aunque fuera poca. Y eso, curiosamente, le gustó. Le gustó que él se vaciara en sus entrañas mientras ella lo abrazaba y lo besaba con tanta ternura.
Mantuvo el beso durante toda la eyaculación, acariciándole la nuca con los dedos, respirando contra su boca, susurrando palabras en español que él no entendÃa:
—AsÃ… córrete dentro… lléname… qué bueno eres…
Cuando el rubio dejó de palpitar, Silvia no lo soltó inmediatamente. Siguió besándolo unos segundos más, suave, cariñoso, como una novia que acaba de hacer el amor con su chico. Solo después separó sus labios lentamente, dejando un último besito tierno en la comisura de su boca.
El inglés se quedó un momento mirándola, todavÃa dentro de ella, con una expresión entre sorprendida y encantada. Silvia le sonrió, todavÃa sonrojada, con los ojos brillantes de felicidad.
En su cabeza solo podÃa pensar una cosa: «Con todo lo que follo… con todos los tÃos que me he tirado… y este desconocido dice que tengo el mejor coño que ha probado nunca. Mejor que el de su propia novia. Joder… qué halago más grande.»
Se sintió absurdamente feliz. Orgullosa. Mujer. Deseada de verdad.
Su coño, aún lleno de la poca semilla del rubio, palpitaba suavemente alrededor de la polla que aún no habÃa salido. Se sentÃa llena, usada y, al mismo tiempo, extrañamente querida en ese momento.
Acarició la mejilla del inglés con ternura y le susurró contra los labios, aunque él no la entendiera:
—Gracias… de verdad. Me has hecho muy feliz diciéndome eso.
Luego miró al traductor, todavÃa con esa sonrisa dulce y satisfecha, y le pidió en voz baja:
—Tradúcele eso… que me ha hecho muy feliz el halago. Que tendrá el coño de su novia, pero que a las putas que folla las hace más felices.
El moreno tradujo con una sonrisa.
El rubio soltó una risa baja y la besó otra vez, esta vez más corto, pero igual de cálido.
Silvia cerró los ojos un segundo, todavÃa abrazada a él, disfrutando del calor de su cuerpo y de la sensación de su semen dentro.
Estaba feliz.
Muy feliz.
Y su coño seguÃa chorreando, ahora mezclado con la semilla del inglés, mientras esperaba que el siguiente chico ocupara su lugar… antes de que Manuel volviera del súper.
***
VÃctor MartÃnez de Font
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