Quiero ser cornudo (Cap. 14)
Lidia creía que solo estaba jugando con fuego para despertar a su marido, pero la tentación fue real. Ahora Nando exige ser humillado por el placer, y ella debe decidir si entrega su cuerpo a otro para salvar su matrimonio o si el deseo de Miguel la arrastra hacia un abismo del que no hay retorno.
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CAPÍTULO 14
LA CONFESIÓN
Al día siguiente Lidia estaba de muy mal humor, no quiso bajar a almorzar y cuando Nando regresó se encerró en el baño una hora.
Cuando finalmente salió, ignoró a Nando que intentó abrazarla pero sin decir nada ni mirarle a los ojos, se metió en la cama.
–Lidia, amor, ¿qué te pasa? – preguntó Nando preocupado por aquel repentino cambio de humor.
–Nada, estoy cansada, tengo sueño, se me pasará – respondió Lidia lacónicamente
–No, por favor, cuéntamelo. ¿Qué sucede?
–¿Qué quieres saber? – le dijo Lidia encarándose a su marido.
–Que, ¿qué quiero saber? ¡Pues quiero saber que te pasa! Hoy hace un día espléndido, luce el sol, podríamos salir y pasarlo bien y en lugar de eso... te encierras refunfuñando. ¿Qué te pasa?
–¿Quieres saber que me pasa? – lo miró enfadada, casi se diría que con la vista quería fulminarlo.
–Me pasa que se me ha ido de las manos.
–Ayer estuve a punto de follar con Miguel y perdí el control – confesó Lidia hablando atropelladamente y enfatizando sus palabras con ampulosos gestos.
–El conductor del limpiaplayas me vio chupándole la polla a Miguel. ¡Sí! ¡Chupándole la polla! Esa polla enorme y gruesa. Que sólo con tocarla hace que me derrita.
Nando se la miraba expectante, dejó que se vaciara, que dijera todo lo que tenía que decir.
–¿Quieres ser cornudo? – continuó – ¿En serio? ¿Por qué? ¿Por qué coño se te ha metido esta estupidez en la cabeza? ¿No puedes ser un marido normal? De los que aman a sus esposas y quieren que sean suyas y de nadie más.
Unas lágrimas asomaron por sus mejillas. Se dejó caer sobre el sofá y, más calmadamente, continuó.
–¿Por qué me haces esto? Yo no quiero esto. Cuando decidí quedar con Miguel sólo era una treta para sacarte las tonterías de la cabeza… y luego… ¿Por qué inexplicable coincidencia tuvo que venir a nuestra gestoría? ¿No podía ir a cualquier otra? Sólo en Barcelona las hay a docenas, ¡no a centenas!... y va y... viene a la nuestra... y me lo asignan a mi... de todos los gestores que hay en el despacho... me lo asignan a mi... a mi... ¿Por qué?
Por un momento se le pasó por la cabeza que Nando tuviera algo que ver. Lo miró inquisitivamente.
–¿No tendrás algo que ver en esto?
Nando se quedó de piedra. Como decírselo sin echarlo todo a perder.
–¿No tendrás algo que ver en esto? – insistió Lidia viendo como la cara de Nando se enrojecía por momentos.
Nando estaba congelado. Miraba a Lidia y, ahora, fueron sus mejillas las que se humedecieron.
–¿Nando? ¿Hay algo que debas contarme?
–Verás... después de la primera “cita” como tú ignoraste a Miguel durante semanas, él se puso en contacto conmigo. Me habló de su empresa y yo le comenté que tu trabajabas en una gestoría como asesora fiscal. Te lo juro – dijo casi suplicando al ver la reacción de Lidia – no sabía que se presentaría.
–¿Y que más le has contado de mí? – insistió Lidia interrogando a Nando.
–Poco, muy poco. Al principio le expliqué cómo eras, tus aficiones, para que pudiera iniciar la conversación, luego dejamos de comunicarnos regularmente aunque de vez en cuando intercambiamos mensajes.
–O sea... que se lo dejaste en bandeja. Le diste toda la información que necesitaba para poder seducirme. Me entregaste a él. ¿Por qué? Te juro que no lo entiendo. ¿Acaso no me quieres? ¿Quieres librarte de mí?
–¡No, Lidia! ¿Cómo puedes pensar una cosa así? Yo te quiero, eres lo que más quiero en el mundo – respondió Nando con un nudo en la voz.
–Tengo que salir a tomar el aire, no me sigas.
Y sin mirar atrás, Lidia cruzó el portal y se fue. Estuvo paseando por la playa un rato, luego se acercó a la orilla y, apoyada sobre unas rocas, dejó que las lágrimas humedecieran la arena mientras escuchaba el sonido de las olas y miraba, sin ver, a unos pescadores.
Por su parte, Nando se quedó sólo en el apartamento durante una hora, no se atrevió a salir por si Lidia regresaba, pero al final dejó una nota encima de la mesa, indicándole que estaba en la terraza del hotel.
Se hizo de noche y Lidia aún no había regresado. A pesar de no haber cenado nada, Nando, esperó pacientemente pero con el corazón desbocado. Por su mente pasaron ideas absolutamente descabelladas; desde que Lidia se había ido y le había abandonado sin más, hasta que había subido al acantilado más alto de la Costa Brava y se había lanzado al mar.
Finalmente, a la una de la madrugada, Lidia regresó al apartamento y se encontró a Nando hecho un ovillo encima de la cama.
–He estado pensando... – dijo al ver que Nando se levantaba corriendo para abrazarla con fuerza.
–Pero antes tengo que saber una cosa. ¿Me quieres? – preguntó.
–¡Sí! Claro que sí. ¡Absolutamente sí! Eres la persona más importante para mí y te amo como nunca he amado o amaré a nadie – respondió Nando con lágrimas en los ojos.
–He estado pensando y... veo pocas salidas.
–Una. Me olvido de Miguel, dimito de la empresa y busco otro empleo y reemprendemos nuestra vida en pareja como antes.
Se detuvo unos instantes para sopesar la reacción de Nando que escuchaba atentamente.
–O dos. Invito a Miguel a casa y hago el amor con él. Dejo que me posea y te hago un cornudo tal y como deseas, pero y… ¿y si luego me enamoro de él?
–¿Enamorarte de él? – preguntó Nando confundido.
–Sí, Miguel es guapo, atractivo, muy bien dotado, seguro que en la cama es una fiera, además es un hombre de éxito. Sí, – se reafirmó – podría enamorarme de él. Y entonces ¿qué pasaría? ¿Podría seguir casada contigo estando enamorado de otro?
A Nando, prácticamente se le detuvo el corazón. No había pensado en esta opción, ni se le había ocurrido.
Ahora fue él quien guardó un largo silencio.
–¿Te acuerdas cuando empezamos a salir? A ti te gustaba ponerme celoso, supongo que como demostración de amor, pero a partir de cierto día, esos celos me producían una erección y luego acabábamos haciendo el amor en cualquier rincón. Fue como un condicionamiento positivo, los celos implicaban excitación, la excitación me permitían alcanzar un orgasmo y el orgasmo placer. Con el tiempo, el único modo de conseguir un orgasmo era mediante los celos – explicó Nando.
–Hace un tiempo que estoy reflexionando mucho sobre este problema y he llegado a la conclusión de que pedirte que me hagas cornudo es una reafirmación de que me quieres. Soy consciente de que ya tengo una edad, pierdo pelo rápido, no consigo librarme de la barriga y para colmo no estoy muy bien dotado; la tengo bastante más pequeña que la media, y el hecho de que a pesar de hacer el amor con otros continúes conmigo, es como una demostración de amor.
Nando terminó su pequeño monólogo casi llorando, se le hacía un nudo en la voz y miraba a Lidia, casi suplicándole comprensión.
Lidia lo escuchó atentamente, no sabía cómo procesar toda aquella información y mezclarla con sus sentimientos. Finalmente preguntó:
–¿Por qué nunca me contaste esto?
–Estas cosas no se cuentan. Son mis inseguridades, mis fantasmas, todo el mundo tiene los suyos y se los guarda para sí mismo.
Permanecieron en silencio. Ninguno de los dos se atrevió a tomar la iniciativa. Cada uno había expresado sus miedos y necesitaban comprensión mutua.
–Es tarde. Aún no he comido nada. ¿Te apetece si salimos a comer un bocadillo? – propuso Lidia.
–¿Y terminamos la conversación así? ¿Así, sin más? – preguntó Nando.
–No, tenemos mucho de lo que hablar. Mucho; pero no hoy. Tal vez tampoco mañana. De momento necesito aclarar las ideas. Pensar en lo que hemos dicho.
Era tarde, los restaurantes ya tenían la cocina cerrada y tuvieron que conformarse con un par de hamburguesas.
–¿Sabes? – dijo Lidia al terminarse su hamburguesa, –cuando he vuelto al apartamento, estaba casi decidida a regresar para Barcelona e incluso he contemplado la posibilidad de pasar unos días con mis padres, para tomar distancia. Pero lo que me has dicho... no sé... no creía que pudiera haber una razón para todo esto... y, a pesar de que es delirante, también es sincera. No sé cómo encarar esto, tal vez deberíamos consultarlo con un sexólogo.
Nando se la miró tiernamente, aquella confesión de que había estado a un paso del abismo le había afectado mucho.
–Lidia, yo te quiero. Ya lo sabes. No soportaría que me dejaras. Tal vez algo no funcione bien en mi cabeza y aparte de un sexólogo tengamos que visitar un psicólogo o un psiquiatra; pero cuando empecé a tener este impulso por verte con otros, pude comprobar que no es sólo una filia mía. Hay miles, posiblemente millones de personas con esta misma fantasía. En todas las grandes ciudades de Europa hay docenas de locales de intercambio, hay sex shop con cabinas glory hole, hay asociaciones enfocadas al poliamor; el hecho de ver que mucha gente comparte estas preferencias sexuales me hace pensar que es posible practicarlas y mantener una relación de pareja sana y estable.
Nando terminó de comer su hamburguesa rápido porque el personal ya estaba recogiendo las mesas vacías.
Se levantaron y regresaron al apartamento en silencio. Se acostaron cada uno en su lado de la cama, pero Nando, abrazó a Lidia y apoyó su cabeza sobre el hombro de ella que cuando notó que se dormía dijo en voz inaudible:
–O tres, continúo viendo a Miguel con la esperanza de que el Universo vuelva a confabularse para interrumpirnos otra vez.
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