Xtories

La cena del idiota. Caballo

Dani solo quería relajarse bajo el sol, pero la playa nudista tiene otros planes para su dignidad. Mientras él lucha contra sus inseguridades y una humillación pública, su novia Alba comienza a fantasear con un extraño de proporciones bíblicas. Lo que empieza como un juego de miradas y deseos prohibidos amenaza con romper la confianza de ambos cuando las sombras del pasado vuelven a la cama.

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Caballo

—¿En serio? ¿Y no te da palo?

Habían acabado de desayunar y Marta los había dejado solos en la mesa del jardín. La sombra del toldo les proporcionaba una confortable temperatura, protegiéndolos del sol. A Alba se le había ocurrido pasar la mañana en la zona nudista de la playa, tras las rocas y se lo estaba proponiendo. Ellos dos solos, como una especie de premio o como deferencia hacia él.

—Tú querías verme haciendo toples, ¿no? Y hasta un integral. Pues es lo justo después de lo de Arenas. Y esta vez, vamos a estar los dos solos. Tú y yo.

No le desagradaba la idea de verla sin nada, caminando junto a él en una zona llena de extraños. De nuevo la sensación de sentirla deseada por terceros volvía a excitarlo. Y en esta ocasión, lejos de Aníbales, Cristians, Javieres o cualquier otro de sus puñeteros amigos. Se pasó la mano sobre el mentón, meditando.

—Los dos solos —se repitió para sí—. Podría estar bien.

Cuando atravesaron las rocas que daban paso a la zona nudista se sorprendieron al encontrar un hervidero de gente. Por alguna razón aquella mañana había aumentado la afluencia de personas.

Eligieron una zona algo apartada y extendieron las toallas para poder tomar el sol con tranquilidad. Después de untarse la crema, decidieron caminar por la orilla. Había multitud de chicas guapas de buenas proporciones que hicieron difícil que no se le pusiera morcillona allí mismo.

Le tranquilizó ver que no era el único que debía acomplejarse por sus atributos. Y es que en aquella playa había hombres que nunca ganarían un premio Míster Cuerpo bonito. Entre todos ellos, su polla pasaba desapercibida.

Tema aparte eran las chicas. Las había para todos los gustos. Jóvenes, maduras, de anchas caderas, de caderas estrechas, con culo, con mucho culo, sin él. Había adolescentes de tetas puntiagudas cuya edad no era la recomendada para mirarlas sin cometer un delito.

Mientras caminaba por la orilla (y gozaba de todas esas vistas), también disfrutaba del sol y de la exclusiva compañía de su novia que tampoco era ajena a las miradas de los demás. Se encontraba tan a gusto que, al llegar al otro extremo de la playa, casi se le había olvidado que iba desnudo. Era cierto eso de que al final uno se acostumbra a todo.

—Te veo muy relajado. Pensaba que te iba a dar vergüenza.

—Yo también, pero estar junto a ti, hace que me encuentre tranquilo. Y así la gente podrá ver que hasta una chica como tú puede conseguir a un tío como yo.

—Menos lobos. ¿No será al revés?

—¿Hasta un chico como yo puede rendirse ante una tía como tú?

—Sí, será eso, Casanova. —Se carcajeó Alba.

Un grupo de chicas adolescentes se cruzaron con ellos. Todas completamente desnudas y todas completamente guapísimas. Le pareció que alguna hasta se fijaba en él en el último instante. Una leve sonrisa, un gesto. Recolocarse el pelo por detrás de la oreja tras una mirada coqueta. No pudo evitar sonreír por dentro. Es curioso lo que reconforta sentirse deseado.

—Te lo estás pasando muy bien tú esta mañana, ¿no? —dijo Alba al alejarse las chicas.

—No sé de qué me hablas. —Reprimió una sonrisa de orgullo sabedor de que, en ese momento, estaría siendo el centro de los comentarios de aquellas mozuelas.

Alba señaló su polla que apuntaba hacia delante. —Se lo decía a ella.

De un movimiento rápido se tapó y se giró para que no le vieran rojo de vergüenza. Ella se colocó delante y lo abrazó del cuello pegando su cuerpo al de él, ayudando a ocultar su incipiente erección.

—¿Voy a tener que ponerme celosa? —sonrió.

—No he sido yo. Va por libre —dijo en referencia a su pene traicionero—. Se ha levantado a saludar sin que yo se lo diga.

—Pues vas a tener que meterte en el agua para arreglar esto —dijo señalando su empalmada—. Y a lo mejor vas a necesitar ayuda.

Dani señaló con el pulgar a las chicas guapísimas que se alejaban de ellos. —Pues habrá que darse prisa antes de que se alejen demasiado.

—Más quisieras —Simuló una sonrisa falsa. Después se acercó a su oído—. Si te pillo con alguna de esas niñatas, te la corto en rodajas.

—Está bien, tendré que conformarme contigo —bromeó comenzando a tirar de ella hacia el agua. Alba se dejó llevar pero, en el último momento, cuando ya le cubría hasta la cintura, se soltó y se salió rápidamente dejándolo solo con su empalmada.

—Ey, que era broma.

—Ya lo sé, pero ahora te jodes y te la meneas tú solito. —Mostraba su sempiterna sonrisa maliciosa.

—Venga, tía… vuelve. Que era coña, joder.

Ella se carcajeó, pero no le hizo caso. En su lugar se fue corriendo hasta su toalla dando saltitos. Dani no fue el único que siguió su trayectoria ondulante y lo peor es que su empalmada se hizo más grande.

Nunca se la había cascado en el mar y pensó que lo mejor sería meterse hasta donde le cubriera por el cuello, para que no se notara el movimiento de su brazo. Cuando se aseguró de estar relativamente solo, apartado del resto de bañistas, comenzó a pajearse para bajar su empalmada.

A lo lejos vio las cabezas de señoras y de muchachas mecerse con las escasas olas que llegaban a la orilla. Todas ellas le servían en su propósito. Sonrió pensando en que ninguna de ellas sospechaba que se la estaba pelando a su salud y la del resto de bañistas femeninas.

No tardó mucho en llegar a las puertas del ansiado orgasmo, pero en ese momento se fijó en la figura de una señora muy mayor acercándose hacia donde se encontraba él. Aceleró el ritmo para correrse antes de que llegara a su altura y le jodiera la paja.

Bien por los nervios o porque la señora era más rápida de lo que creía, el caso es que se plantó frente a él justo cuando llegaba la corrida.

—¿Te pasa algo, chico? Te he visto poner mala cara desde allí.

La corrida era inminente. Tenía los ojos cerrados y los labios apretados. Solo pudo negar con la cabeza, rogando por que la señora no se acercara más y se diera cuenta de lo que hacía bajo el agua. Se le escapó un leve gemido. La señora puso los ojos como platos y dio un pequeño gritito.

—Ya sabía yo que te estaba dando un corte de digestión. Aguanta y mantén la cabeza fuera, chaval.

Le agarró de la barbilla desde debajo y se la levantó, hundiéndole los mofletes y haciendo que sus labios quedaran estrujados como los morros de un pez.

…justo cuando llegaba la primera descarga.

—¡NOHH! —protestó Dani con un quejido sordo.

Apartó la mano de la señora agarrándola por la muñeca nada más llegar la segunda descarga. Después, perdió el control de cintura para abajo.

Fue en ese momento cuando la mujer se dio cuenta de lo que pasaba realmente. Lo supo en cuanto hubo puesto la otra mano sobre su hombro y notó su movimiento martilleante llegar a través de él. Se estaba masturbando.

Durante los primeros momentos no supo qué hacer y se quedó como convidada de piedra, viendo a aquel pervertido sufriendo un orgasmo delante de sus narices. La cara que veía él mientras se corría, era la de una mujer aterrada. La que veía ella no era mejor: Ojos en blanco, boca semiabierta y ahogados gemidos de agonía orgásmica en una actitud fuera de sí.

Cuando acabó y la última gota de semen lo abandonó para formar parte del grandioso mar, se topó de frente con la realidad de la situación.

La señora lo seguía mirando, tan atónita como sofocada. Dani se dio cuenta de que seguía sosteniendo la muñeca de la señora por encima del agua y se dio cuenta de lo bochornoso que resultaba haberse corrido agarrado a ella mientras se miraban. Había sujetado su mano durante toda la corrida sin poder evitarlo; impidiéndole irse. Como si la obligara a presenciarlo o se masturbara con ella, follándosela imaginariamente. La soltó en el acto y fue como un gong que marcara el inicio de la huida de sí mismos.

La señora se recompuso del susto. Se pasó las manos por el pelo ajustándose las horquillas y miró hacia los lados, con ademán nervioso, intentando distinguir si alguien los había visto. No era capaz de articular palabra, solo boqueaba y parpadeaba sin cesar.

Tampoco él tenía palabras y rogaba por la discreción de la mujer mayor y, sobre todo, por que no empezara a gritar en medio de aquella playa. Por suerte estaba tan ruborizada como él y lo único que hizo fue dar un paso hacia atrás intentando poner distancia. Después dio otro paso y luego otro hasta que por fin se dio la vuelta alejándose hacia donde había venido.

«De cojones —se dijo—, voy a terminar en la cárcel de pervertidos».

Él también comenzó a caminar para salir del agua, pero a paso lento, dejando que ella se distanciara hasta llegar a la arena. Cuando salió, se fijó en ella. Desde atrás tenía todas las hechuras de una persona de su edad: algo ancha de caderas, con muslos fuertes que acababan en un culo redondo pero no grande.

Pensó que iría donde su marido a contárselo, así que él también intentó poner tierra de por medio. Por suerte, su toalla estaba en dirección opuesta a la de la señora.

Alba lo esperaba con una sonrisita y él se tumbó junto a ella, boca arriba.

—Qué, ¿estás más relajado?

—Pues no. Me has dejado solo, cabrona. —Prefirió no contarle nada del bochornoso incidente—. Y me da palo estar allí con el tema… sin ti.

Sonrió y se pegó a él. —¿Te he dicho alguna vez lo guapo que estás cuando te pones así?

—¿Haciendo pucheros?

—No, con la pollita al aire. Se ha quedado pequeñita. —La movió a un lado y a otro con un dedo—. Ya no parece la de antes.

—Eres tontísima, ¿lo sabes?

Dani se puso boca abajo. Alba se rió a brazo partido y se pegó más a él. Besó su cuello y succionó el lóbulo de su oreja.

—Hmmm, ¿sabes qué? a mí esto de estar desnuda al sol también me está poniendo un poco cachonda. —Dani notó sus pezones clavarse contra su costado—. A lo mejor tengo que ir yo también un rato dentro del agua.

Se la empezó a imaginar bajo el agua, en una situación parecida a la suya, cuando le sobrevino la imagen de un señor mayor tratando de ayudarla justo cuando ella comenzaba a correrse. Se preguntó si la reacción del viejo hubiera sido la misma que la de la mujer. «Seguro que no», se dijo. Con toda probabilidad el hombre aprovecharía la situación para intentar follársela allí mismo. O, al menos, tocar teta.

—Pues si vas, te acompaño.

—No creo que me hagas falta.

Alba había clavado los codos en la arena y apoyaba la barbilla sobre sus manos, fijando la vista hacia adelante. Sus ojos tenían un brillo especial. Dani siguió su mirada hasta llegar a unos chicos que, en ese momento, pasaban delante de ellos con sus ganchudos cipotes al aire.

—¿No son muy jovencitos? —preguntó Dani.

—Perdona, no me he fijado en su cara. ¿Qué edad tenían?

Se la acababa de devolver por la de antes con las chicas. Y lo peor es que ella era de las que tardaban en olvidar. Temió que no fuera la última ocasión en recordárselo así que encajó la puya y sonrió resignado.

No tardó en entrar en ese estado soporífero por culpa del sol y el calor. Alba, junto a él, también acabó sucumbiendo al sueño acumulado.

Se despertó al cabo de un tiempo. La piel de su espalda estaba muy caliente por lo que supuso que su siesta no habría sido breve. Alba estaba sentada junto a él, con las rodillas dobladas bajo la barbilla y sus antebrazos apoyados en ellas. Tenía la vista puesta en la gente que paseaba por la orilla.

Un señor mayor, de unos cincuenta y pico o sesenta años, cruzó por delante en ese momento. Tenía el pelo un poco largo por detrás y desaliñado. Varios tatuajes salpicaban su cuerpo. Lo reconoció enseguida. Era el hippy moderno-playero que conoció el primer día que cruzó las rocas que dividían la playa. Aquel que le invitó a seguir su paseo hasta el final de la zona nudista.

En esta ocasión se había desprendido de su bañador rojo y lucía un pollón descomunal. Dani parpadeó para estar seguro de lo que veía.

Aquel señor, antiguo conquistador de playas olvidadas, surfista de tierra adentro con ínfulas de fumador de marihuana añeja, naturista bohemio en tiempos modernos, caminaba despreocupado dedicando su cuerpo al sol con una polla tan grande como la de Aníbal.

No fue el único que se quedó mirando, obnubilado. Los ojos de su novia también lo siguieron durante todo el tiempo que permaneció en su campo de visión, incluso cuando su espalda era lo único apreciable de él.

Cuando desapareció entre la muchedumbre, ambos cruzaron la mirada. La de Dani era de extrañeza, la de Alba de un extraño brillo y una respiración apagada. Se mordía el labio inferior. Turbada, serenó su rostro y carraspeó incómoda.

—¿Qué? Estaba mirando a la gente —dijo ella retadora.

—No he dicho nada.

—No es malo mirar.

—Te repito que no he dicho nada.

Alba se pasó la mano por el pelo y se rehízo la coleta. Dani se fijó en sus pezones erectos y ella se dio cuenta enseguida. Rápidamente se cruzó de brazos y se ruborizó, incómoda. Se quedaron en silencio unos segundos.

—Ya te he dicho que estar desnuda me excita —dijo a la defensiva—. Tú siempre dices que te gusta verme así.

—Alba, no te he dicho nada. Y por mí puedes mirar a quién quieras.

«Siempre que no sea Aníbal, Rafa o el imbécil Polla-Gorda de Javier».

Volvieron a quedarse en silencio, cada uno con sus cavilaciones, pero ambos pensando lo mismo.

—Es enorme, ¿no? —dijo Dani por fin.

Alba se carcajeó y se tapó la boca roja de turbación. —Ya te digo. Joder, parecía un tercer brazo. Qué pasada de pollón.

—Esa es de las que te gustan a ti.

—Ay, bobo —lo dijo como ofendida, pero en tono meloso, como un ronroneo.

—Qué, ¿no es verdad?

No contestó y en su lugar se puso a buscar en su bolsa de playa intentando que no viera lo colorada que acababa de ponerse. Sacó la crema de sol y se dedicó a aplicársela con esmero intentando abstraerse de todo.

—Empalmada, igual es tan grande como el consolador ese tuyo —tentó Dani.

—¿Tú crees? —contestó saliendo de su ensoñación.

—Seguro, y parecía bien gorda. Eso te tiene que llenar entera.

Alba giró la vista hacia el lugar por donde había desaparecido el hombre y se mordió el labio inferior.

—¿Te imaginas? —tanteó Dani— ¿Que te mete ese aparato entero?

Todavía estuvo unos segundos con la vista fija en la lejanía antes de girarse hacia él. Le sostuvo la mirada, auscultándolo. Movió el mentón hacia un lado y otro, señal de que cavilaba.

—¿Y tú? —preguntó por fin.

Dani se encogió de hombros. —Yo, qué.

—¿Que por qué me preguntas eso?

—Por nada, solo quería saber si te pone pensarlo.

Alba ensombreció el semblante y arrugó la frente. —No estoy pensando en follar con él, si es lo que estás imaginando. Ni con ningún otro —en referencia velada hacia Aníbal que Dani captó a la primera.

—No digo eso. Me refiero… —Escogió las palabras con cuidado— a la fantasía. El morbo de follar con un extraño con una polla como esta.

—Y a ti, ¿te pone imaginar que me folle? —Se lo había estado pensando durante unos segundos.

—Pues… no lo he pensado nunca, pero…

—¿Pero? —inquirió Alba.

Dani apartó la vista y cerró las piernas en un gesto que reveló que se sentía intimidado y avergonzado por la polla de ese hombre. —Pero nada.

Ella lo agarró de la mano. —No te voy a cambiar por otro solo porque tenga la polla más larga. No sé por qué tienes que pensar eso. Ya lo hemos hablado en infinidad de ocasiones. Y voy a terminar enfadándome si sigues así.

—Solo era una pregunta, nada más. No he querido decir nada.

El ambiente se enfrió bastante y ambos se quedaron en silencio sin saber cómo romperlo, como si se hubiera roto algo entre los dos. Empezaron a mirar a un lado y a otro, paseando la vista por la inmensidad de la nada. Una familia llegó a su lado comenzando a desplegar sus toallas y a despojarse de toda la ropa.

—Puede que un poco sí que me ponga —dijo de repente Alba—. Como fantasía solo. Sin películas raras.

Dani asintió lentamente y meditó unos segundos antes de hablar. —La verdad es que el tío no está mal para su edad. Tiene un aire a lo Sean Connery en sus horas buenas. —Alba sintió compartiendo su opinión—. Y tiene un rabo de la hostia.

—Ya te digo —se carcajeó ella—. Menudo cipote que gasta el cabrón. —Lo miró divertida, aliviada de verlo sonreír y se quedaron mirando el uno al otro—. Sí, quizás me guste la fantasía de hacérmelo en la playa, con un tío con una polla como esa.

Esperó la reacción de su novio. Éste levantó una ceja y de nuevo sonrió agradecido por la complicidad que suponía esa confianza.

—Tumbada boca arriba, con él entrando y saliendo de mí, y yo gritando a pleno pulmón —dijo sin apartar la vista de sus ojos, vigilándolo—. Y él berreando de placer. Y yo chupándosela, porque se la chuparía. —Volvió a esperar la reacción hasta que éste asintió—. Y le lamería los huevos, que seguro que también son enormes. Le cogería las pelotas mientras se la meneo con la otra mano y me la metería en la boca hasta el fondo. Hasta hacerle correr su polla enorme. Su superpolla golosa.

Pero entonces percibió en Dani la sombra de la inseguridad. Su sonrisa se había ido apagando y, en su lugar, solo quedaba una mueca en la que intentaba levantar los labios por los bordes. Alba lo abrazó por el cuello y lo besó con ternura.

—Ey, estamos jugando. Sabes que solo fantaseo.

—Ya lo sé —dijo dejándose besar una y otra vez—, no es por eso. Es que…

Ella sonrió con la misma ternura que cuando lo había besado. —...te asusta su polla —dijo con suavidad—. ¿O es porque me ponen las grandes?

Dani se encogió de hombros. —Igual lo segundo—. Bajó la mirada avergonzado por plasmar en voz alta algo que ya sabían ambos en el silencio de su intimidad.

—Pues estate tranquilo, porque eso solo forma parte de mi fantasía, ¿vale? —Dani asintió tímidamente aún con la mirada baja—. Ey, mírame —dijo ella—. Tu polla es la única que quiero. Y la quiero sobre todo por lo que trae adosada.

Se quedaron mirando. Alba con ternura, Dani con ojos de cachorro malherido.

—¿Te he dicho que me encanta cuando te pones así? —Se mordió el labio inferior.

La miró sin comprender. «¿Herido, humillado, amenazado por otro…?».

—Cuando te sientes intimidado, tienes una cara adorable. Me encanta y me dan ganas de comerte. O de abrazarte y acunarte hasta que te duermas.

—Ya, gracias, lo recordaré la próxima noche de insomnio.

Alba sonrió y volvió a pegar sus labios a su oreja. La besó y atrapó su lóbulo succionándolo. Todavía se notaba el calentón que llevaba. Notaba su respiración en el oído y su aliento más húmedo de lo habitual. Se separó ligeramente hasta ponerse cara a cara y Dani pudo ver que sus pezones estaban erectos. Alba siguió su mirada y luego se pegó a él.

—No sé si es por estar desnuda o es este sol que calienta tanto —se justificó con voz melosa.

—Pues me encanta —dijo con el inicio de una sonrisa.

—¿Y sabes qué otra cosa me pone cachonda? —preguntó ella.

Dani la invitó a seguir con un leve movimiento de su barbilla.

—El otro día, cuando te bajaron los pantalones… —Dani se puso tenso—. Te quedaste expuesto delante de todos. Fue una putada, lo sé. Esos niñatos son unos cabrones, pero…

Dani levantó una ceja temiendo lo que pudiera decir y tuvo miedo de que el nombre de Cristian apareciera en una frase no deseada. Alba ladeaba la cabeza intentando encontrar las palabras adecuadas.

—No te enfades conmigo, pero… me puso un montón que te vieran así. —Dani arrugó la frente por completo—. A ver, o sea… —Tomó aire—. Es que tú eres la hostia, ¿vale? Cuando veo la cantidad de cosas que has hecho en la vida y todo lo que vales. Tus amigos, tu trabajo, la cantidad de gente que te aprecia, que son la hostia también, y te veo allí… expuesto… delante de aquellos niñatos y sus chicas tontas…

»Es, no sé, como abrirte en canal, sobre tu pedestal y enseñar lo más prohibido de ti; lo que nadie salvo yo debería ver jamás.

Dani tenía los ojos entrecerrados, intentando comprender.

—Sé que no me entiendes pero… —continuó Alba— es como ayer en la playa, cuando tuviste que salir desnudo del agua.

—¿Te gustó que me humillaran? —No sabía muy bien lo que trataba de decirle.

—No, no, eso nunca. O sea, a ver, reconozco que yo también fui un poco cabrona porque te la quise devolver. —Tomó aire y lo soltó con fuerza pensando cómo salir de ese jardín—. Lo de ayer, me gustó porque estabas expuesto, como si alguien que no se lo merece consiguiera algo prohibido de ti, como si te lo robara lo más íntimo. De ti, de mi Dani.

Dani movía la cabeza sin comprender. —¿Te excita que las chicas se hubieran excitado conmigo?

—Sí, bueno, no sé, tampoco lo he pensado. No es tanto que se exciten contigo sino más bien que se sorprendan… de ti, de lo que no deberían ver. Si hubieras sido tú; si te hubieras quitado el bañador a posta y te hubieras exhibido de motu proprio, no sería lo mismo.

—Te pone que muestre lo que no quiero. —Alba asintió con la cabeza—. Y te pone que se sorprendan conmigo, viéndome mis intimidades, vulnerable. —Nuevo asentimiento que Dani tomó con aire reflexivo—. Entonces… ¿te excitaría ver a alguna chica conmigo?

—Uff, eso sí que no. Para nada. Me pondría celosísima, vamos.

Meditó sobre lo que acababa de oír intentando comprenderla. Intentando descifrar cómo funcionaba su mente. Debía ser algo parecido a lo que sentía él al imaginarla expuesta a los demás. Pensando en la gente deseándola y fantaseando con ella.

—¿Y a ti? —preguntó ella—. ¿No te pone celoso que fantasee con otra polla?

—Solo es una fantasía. Además, si eso hace que estés caliente para mí…

Alba lo miró con una ceja levantada y una sonrisa de extrañeza. No se dijeron mucho más, quizás por la incomodidad del momento. Se volvieron a tumbar el uno junto al otro y decidieron dormitar otro poco. Dani tenía las manos por detrás de la cabeza.

—La verdad, tiene la polla más grande que he visto nunca —dijo él—. ¿Cómo lo llamarán sus amigos, Caballo?

Alba comenzó a partirse de risa y él la siguió después. La gente que pasaba se los quedaba mirando.

Al final se quedaron dormidos sobre las toallas. Dani durmió como un bebé, quizás por el sueño acumulado que no terminaba de recuperar. Permaneció así el tiempo que determinó su reloj biológico.

— · —

Al levantar la cabeza se percató de que Alba no estaba junto a él. Se giró boca abajo, apoyando la barbilla sobre sus manos y la buscó entre la gente con la vista. Barrió la playa de lado a lado. Tampoco la encontró dentro del agua.

Y cuando se disponía a darse por vencido y volver a su tarea interrumpida, dio con ella.

Estaba a cierta distancia, casi oculta por la cantidad de gente que se interponía entre ellos dos. Se había metido en el agua que, dependiendo del vaivén de la marea, dejaba al aire su pubis. Junto a ella había un hombre. Dani arqueó la espalda para elevarse e hizo visera con la mano. Reconoció su cara, y su enorme pene caballuno.

No pudo evitar sentir una punzada de celos. Si estaba con él, no había sido por casualidad. Seguro que habría salido a buscarlo. Se preguntó si habría pasado algo más en el rato que había estado dormido.

«Dani, joder. Para de una puta vez. Te vas a volver loco si sigues así. Es tu novia y te quiere. Solo están hablando y entre los dos no ha pasado ab-so-lu-ta-men-te nada».

Se tumbó boca arriba y cerró los ojos dispuesto a relajarse y a dejar de emparanoiarse como un novio celoso. Su novia no iba a hacer nada con ese hombre que no había visto hasta hoy, y menos en sus morros en una playa atestada de gente. Cogió aire hasta llenar sus pulmones y lo expiró lentamente. Lo repitió varias veces hasta conseguir rebajar las pulsaciones de su corazón. Sintiéndose cada vez más relajado, cada vez mejor.

Unas gotas de agua fría cayeron como punzones en su piel caliente. Se contuvo lo suficiente para no pegar un grito de chica. Al abrir un ojo vio la sonrisa radiante de Alba sobre él. Tenía el pelo empapado.

—Ah, hola. No sabía que te habías ido —mintió—. ¿Dónde has ido?

—Por ahí. —Seguía con su sonrisa de oreja a oreja. Mirándolo divertida.

Se sentó con las piernas dobladas como los indios y se frotó los ojos. Alba, imponente con su cuerpo desnudo completamente empapado, tenía un brillo especial en los ojos. Como si hubiera hecho alguna travesura. El estómago le dio una descarga.

—Mira a quién he conocido mientras paseaba por la orilla —dijo haciéndose a un lado.

Tras ella un señor mayor intimidantemente alto, de anchas espaldas y con una polla enorme lo saludó levantando la mano.

—Se llama Andrés. —Levantó la muñeca y mostró una pulserita de plata—. Y si no es por él, la habría perdido.

—Ibas delante de mí —respondió él—. He visto caer una cosa brillante. No ha sido difícil recuperarla.

—Y me ha regalado esta otra. ¿No te parece bonita? —dijo girándose hacia Dani.

Junto a la primera pulsera había otra hecha con hilo de colores y dibujos extraños

—Las hago yo. Tengo muchas —añadió Andrés—. Ésta es… —dudó— para fortalecer el alma. Tiene el símbolo bordado, ¿ves?

Ese tipo de creencias le parecía tan efectivo como beber agua para prevenir la alopecia, pero no dijo nada y, en su lugar, se mostró cordial y educado.

—Pues muchas gracias por rescatar la pulsera de mi novia. Me llamo Dani, por cierto.

Antes de que pudiera levantarse, Andrés se acercó solícito y le ofreció su enorme mano. Al estar sentado y haber quedado el hombretón demasiado cerca de él, se encontró estrechando su mano a escasa distancia de su zona genital. Alba carraspeó y se atusó el pelo.

Acabaron los tres sentados. Andrés y él compartiendo toalla. Alba, frente a ellos, sentada en la suya, apoyada con las manos hacia atrás. En esa posición sus tetas parecían elevarse más.

Tal y como ocurrió cuando estuvo desnudo junto a Aníbal, Dani volvió a sentirse cohibido por aquel pollón que lo acomplejaba, así que terminó doblando las rodillas bajo la barbilla y cruzando los tobillos.

Sin embargo, el nuevo amigo resultó ser el típico hombretón incapaz de hacer daño a una mosca. Hablaba despacio, con frases cortas que meditaba durante unos segundos antes de soltarlas. Fruncía el ceño continuamente intentando concentrarse en la conversación, como si le costara procesar la información o lo hiciera a menor velocidad que el resto.

Tenía un mentón prominente que resaltaba todavía más cada vez que sonreía, y lo hacía muy a menudo. Era, sobre todo, un hombre feliz. Feliz y tranquilo.

Andrés era, ante todo, un hippy de la vieja guardia. De los que rellenan su espíritu con rayos de sol y sus pulmones con humo de marihuana. De los que rezan debajo de un árbol pero santifican la botella (de orujo de hierbas, por supuesto).

Vivía muy cerca de la playa, en la trastienda de un puesto de souvenirs y piezas esotéricas de su propia elaboración. Así es como se ganaba la vida.

A Dani le cayó bien desde el principio y acabó sintiéndose muy cómodo en su compañía. Tanto, que terminó apoyado hacia atrás, con las piernas abiertas y su pene cayendo lacio, sin importarle la demoledora comparación con la anaconda de su acompañante.

Hablaron de todo, pero principalmente de aquello relacionado con la vida y lo efímero de la existencia. También salió el tema del sexo, pero el de Andrés era de un estilo más… tántrico, más interior y siempre relacionado con la persona que uno es o que quiere ser. A Dani se le escapaba tanta filosofía profunda. Alba, en cambio, lo escuchaba embobada. Con la barbilla apoyada en sus manos que posaba sobre las rodillas.

No se acordaron de la hora hasta que el pitido de un WhatsApp, les obligó a volver a la tierra.

—Es mi prima —dijo con la vista en la pantalla—. Que si vamos a comer o pasamos aquí el día. —Puso unos ojos como platos—. Joder, es tardísimo.

Se despidieron de él con la promesa de visitarlo algún día en su “rincón del mundo”. Al alejarse, a Dani le pareció que hacía algo similar a unas poses de yoga, justo donde habían estado sentados. «Un tío interesante», pensó.

Antes de alcanzar las enormes rocas que delimitaban la zona nudista se percató de una señora que lo miraba con detenimiento. La reconoció enseguida como la mujer que trató de ayudarlo en el agua cuando se estaba pajeando. Junto a ella, estaba el que debía ser su marido, un señor delgado de bigotito fino y pelo entrecano.

Por la forma en que lo miraba, diría que su mujer ya le había contado lo del incidente. Lo más molesto era que ella no quitaba la vista de su polla. La primera reacción fue la de taparse, pero pensó que lo mejor era corresponder mirando con la misma intensidad sus grandes tetorras de areolas rosadas y su oscuro coño.

Incluso se pasó la lengua por los labios con toda la intención. En aquella guerra de miradas, fue ella quien terminó bajando la vista y tapándose disimuladamente con un cambio de posición, avergonzada. «Coño ya —pensó—. Tanto mirar mi polla y tanta gaita».

No hubo más playa aquel día, ni más descansos.

A la noche, cansados de una tarde de paseos y visitas a los lugares más pintorescos de la zona, se fueron a acostar. Dani ya estaba metido en su lado de la cama en modo sueño, cuando Alba se acercó por detrás y lo abrazó clavando sus pezones en su espalda. Estaba desnuda y parecía que demandaba guerra.

Todavía debía arrastrar el calentón de la mañana. Entre el sol, el nudismo y la polla de Andrés debía tener bastantes ganas de sexo.

—Lo siento cariño, pero me duele la cabeza —dijo él sonriendo por dentro.

Ella ya había bajado la mano y lo estaba acariciando entre las piernas. Se quedó parada cuando lo oyó, después continuó masajeando su polla y posteriormente sus huevos. Los abarcó con toda su mano y los apretó ligeramente dando la impresión de que le iba a doler otra cosa si seguía haciendo ese tipo de gracias.

—¿De verdad no te apetece jugar un poquito?

Se dio la vuelta para encararla y ella lo recibió con una mueca divertida.

—Pero no podemos hacer ruido —susurró—. Me ha dicho mi prima que, con este calor, tanto ella como Cristian duermen con la puerta abierta para que haga corriente con la ventana. Seguro que se oye todo.

«Como si a estas alturas no te hubieran oído ya», pensó maledicente.

—A lo mejor deberíamos hacer lo mismo y abrir la nuestra. Esto se va a poner como una olla dentro de un rato —dijo él.

—¿Tú crees? Ay, no sé. Va a ser como si estuviéramos haciéndolo con ellos delante.

Abrió la boca, sorprendido de que ella se lo hubiera tomado en serio. —¿De verdad te estás planteando que la abramos? —Su tono hizo que ella se diera cuenta por fin de la broma.

—Ay, qué bobo eres. Pues claro que no. Te seguía la corriente.

Se desnudó al igual que ella y empezó con los preliminares. En esta ocasión jugaba con la ventaja de tenerla a punto de ebullición antes incluso de empezar. Besó sus labios y fue paseando la lengua hacia donde ella ya lo esperaba con más humedad de la habitual. Se entretuvo sin prisa en acabar.

—Para, para —susurró ella—, que si no, me corro ya y quiero hacerlo con tu polla dentro.

—¿No prefieres que te acabe primero?

—No, tengo ganas de polla.

—¿Ah, sí? ¿Mucho? —Ella asintió con la cabeza— ¿Y por qué tienes tantas ganas?

—No sé. Me apetece. Venga, métemela.

Dani se puso de rodillas entre sus piernas y ella alargó las manos hasta hacerse con su polla dura. La masajeó desde los huevos hasta la punta del glande. Los colores de sus mejillas eran más sonrosados de lo habitual. Respiraba agitadamente mientras la acariciaba en todo su volumen. Se mordió el labio inferior y tiró de él hasta que la punta rozó la entrada de su coño.

—Mmsí, méteme tu polla.

— · —

Otra noche más sin sorpresas. Pese a que tenía todo de cara, volvió a ocurrir el desastre. Y es que era verla empezar a gemir y perdía el control. Le excitaba sobremanera que su novia alcanzara el punto de no retorno.

Esta vez ella no se molestó en consolarlo. Simplemente se quedó boca arriba con él encima, respirando. Tampoco Dani intentó excusarse. ¿Qué sentido tendría después de la enésima derrota?

—Vale, vamos a dormir ya —dijo ella poniendo sus manos en el pecho para apartarlo.

Aunque le costaba tener que dejarla libre en la soledad de su lado de la cama, terminó por apartarse y tumbarse junto a ella, sin tocarla, sin hablarla, sola. Cerró los ojos con fuerza y se maldijo a sí mismo. Ya no era solo cuestión de tenerla pequeña, además era un novio incapaz.

Hacía calor. Quizá por eso sus respiraciones seguían encendidas un rato después, sobre todo la de ella: profunda, larga… resignada.

—Espera —dijo él.

Se levantó y rodeó la cama. Abrió el último cajón de un mueble y metió las manos hasta el fondo hurgando dentro.

Cuando se plantó delante de la cama, Alba seguía de espaldas. Él no la llamó ni hizo ningún ruido para llamar su atención. Quizás porque no estaba seguro de lo que estaba haciendo o quizás porque le avergonzaba hacerlo.

Pasaban los segundos, Dani cada vez con más dudas, Alba más extrañada por el silencio de su novio tras ella. Al final, la curiosidad le pudo y levantó la cabeza hacia él.

—¿Qué haces? ¿Qué es eso…?

Se calló de súbito, abriendo unos ojos como platos. No hizo falta que su novio se explicara. Ella ya conocía lo que había en ese estuche que sujetaba nervioso.

—Joder, eso es…

—Lo encontré el otro día en la guantera.

—Mierda, joder. Lo siento. —Se frotó la frente—. No te mosquees, ¿vale? Te lo puedo explicar.

—No hace falta.

—No, de verdad. No es lo que piensas. Lo he traído por… —Estaba realmente nerviosa—. Verás, es que…

—Te digo en serio que no hace falta. No me importa, de verdad.

Ella se quedó callada. Seguía igual de nerviosa, pero esperaba paciente la reacción de Dani que parecía habérselo tomado con demasiada tranquilidad. Dio un paso hacia ella.

—Hoy he comprendido que esto no es más que un juguete. Un trozo de plástico que solo sirve como fantasía. —Alba asintió lentamente, insegura—. Es… parecido a lo de esta tarde con Andrés. Hemos fantaseado, nos hemos reído y lo hemos pasado bien. Tú y yo, los dos. Él —por Andrés— solo ha sido el “juguete”; la herramienta de nuestro disfrute.

Se sentó en la cama.

—No quiero que nos vuelva a pasar esto. No quiero verte así… —Hizo una pausa— otra noche más. —Alba abrió la boca para decir algo, pero Dani continuó hablando—. Prefiero verte satisfecha con este chisme antes que frustrada por mi culpa.

—Pero si yo no estoy frustrada contigo. —Lo tomó del brazo.

—Tampoco satisfecha, eso desde luego. Y, mira, si no me he sentido mal con Andrés, ¿por qué voy a estarlo por este cacharro?

—Ya hemos hablado de esto. Si te molesta el consolador…

—Me molesta no haberme dado cuenta antes de que podemos jugar los dos; juntos, como esta mañana. —Pegó su frente a la de ella—. Dejando que esto sea solo un mero juguete. Nuestro, de los dos.

Ella puso la mano en su mejilla y sonrió con ternura.

—¿Seguimos donde lo habíamos dejado? —preguntó él.

— · —

De nuevo se encontraba de rodillas entre sus piernas abiertas. Ella acariciaba el enorme aparato que Dani sujetaba frente a su coño, solo que esta vez utilizaba las dos manos. Dani la observaba deleitarse con él, con su reencuentro compartido.

—Es más grande que la mía.

—Sí, mucho más. —Desde su posición veía las dos pollas, una junto a la otra.

Comenzó a pasar el dildo por toda la raja una y otra vez hasta que decidió meterla poco a poco.

—Uff, despacio. Hace mucho que no tengo una polla así ahí dentro.

—Acabas de tener la mía.

—Sí, pero la tuya es más… pequeñita. —Arrugó la frente y puso cara de dolor—. Espera, espera, lubrícala primero, anda, que me roza un poco.

Eso significaba ensalivarla con la lengua. Dani dudó unos momentos si llevársela a la boca. Cuando lo hacía, se sentía como si, de alguna forma, chupara el pollón de otro. Cuando pasó la lengua por el glande, Alba se mordió el labio inferior. La ensalivó bien y volvió a colocarla en la entrada.

—Más, más —pidió ella—. Lubrícala entera.

Tampoco esta vez rechistó. Si había accedido a rebajarse a utilizarlo, lo haría por la puerta grande. La cogió por la base y la metió en la boca hasta donde le entró, aplicando bien la lengua. Metiéndola y sacándola varias veces como si la estuviera mamando de verdad. Alba, con los ojos muy abiertos, exhaló el aire con los mofletes colorados de la excitación y emitió un audible “mmmfffff” cuando lo vio hacerlo.

Ahora sí que la metió en su coño sin mayor dificultad. Lo hizo mediante leves y cortos envites…hasta el fondo. Alba emitía gemiditos de placer con cada empujón.

—¿Te gusta?

Ella solo pudo contestar asintiendo con la cabeza. Sus manos agarraban el cabecero y su cuerpo empezaba a hacer ligeros movimientos sin su control.

—¿Crees que la de Andrés se pondrá así de grande cuando se empalma?

—No sé —dijo con tiento—. En la playa parecía muy grande.

Se quedaron callados, mirándose.

—Yo creo que sí —dijo él. Metiendo y sacando el dildo.

Alba abrió la boca y exhaló una bocanada. Nuevo silencio y nuevas miradas entre ambos.

—Follar con él debe ser algo como esto. ¿No crees? —dijo Dani.

Su novia siguió en silencio, pero continuó mirándolo fijamente, observándolo. Dani se tomó su tiempo y continuó hablando de él. —Cuando estábamos sentados, no te ha mirado las tetas ni una sola vez.

—Sí, ya me di cuenta. —Nueva respiración profunda que le obligó a cerrar los ojos de placer—. Qué raro, ¿verdad?

—Sin embargo… —Hizo una pausa— creo que le he pillado mirándote el coño.

—Qué dices, solo te lo has imaginado —Había tardado en contestar—. Habrá sido casualidad.

—Que no. Ha bajado la vista con toda la intención. Te quiere follar —dijo él—. Con su polla de caballo.

Se agarró con más fuerza al cabecero y emitió un gemido —Ooooh. ¿Tú crees?

—Seguro. Te lo ha mirado porque te la quiere meter por ahí.

—Mmmm, qué tonto eres.

—¿Le dejarías? —Al oírlo, Alba abrió los ojos, alerta—. En tu fantasía, digo, ¿le dejarías?

—¿En mi fantasía? —Tardó bastante en contestar—, ¿la de hacerlo en la playa? —De nuevo se quedó en silencio sin dejar de mirarlo fijamente—. Puede.

—¿Solo puede?

—No sé. Ufff, sigue.

—Tumbada sobre la toalla —insistía él—. Con ese maduro tatuado.

—Sí, follando con él. Aaaaah, ooooh. En la arena.

—Sí, en la arena, debajo de él, boca arriba.

—No, yo, bocabajo. Mmmfff.

—¿Bocabajo?

—Con él detrás. Hummm. Cogiéndome de las caderas.

—Sí, follándote desde detrás. Y yo… ¿Dónde estaría yo? —Alba no contestó. Abrió la boca para gemir pero ahogó el sonido en un gesto mudo—. Dime, yo dónde estaría.

—Tú… —Siguió respirando a bocanadas— mirando.

La sonrisa lujuriosa de Dani se apagó paulatinamente. Ella fantaseaba con él mirando mientras Andrés se la follaba. «Chupársela a Aníbal delante de mi novio y luego follar con él a solas», recordó de la noche de las confesiones.

La conversación acabó allí mismo pues en ese momento Ella giró la cabeza clavando la cara contra la almohada y comenzó a gemir lo más bajo que podía para que no los oyeran. El resto fueron dos minutos de algo que Dani hacía mucho que no vivía.

Cuando acabó, se quedó sobre ella, besándola suavemente unos instantes antes de tumbarse a su lado. Alba respiraba agotada.

—Ha estado bien —dijo Dani.

—Uff, sí. Ya ni me acordaba de lo que era esto. —E inmediatamente se bajó de la cama tirando suavemente de él

—¿Qué?, ¿qué haces?

—Ven, vamos.

Cuando puso los pies en el suelo, ella se arrodilló frente a él y le cogió la polla. Después, para su sorpresa, se la llevó a la boca y se la mamó hasta ponerla dura. Cuando lo consiguió, continuó la tarea con las tetas. Dani alucinaba en colores.

—No entiendo, Alba.

—No solo yo voy a disfrutar de lo que me gusta, ¿no?

«¿Cubana y facial?», pensó al instante.

Lo era. Se la estuvo masajeando hasta que estalló en chorros. El estropicio fue abundante pese a que ya se había corrido antes. Debía tener las pelotas muy llenas. No solo tenía semen en sus ojos, nariz y boca. El pelo también había salido damnificado al igual que sus tetas, que se llevaron la peor parte.

—Estabas a tope, ¿eh? —dijo ella—. Cómo me has puesto.

Dani estaba sudando. Le temblaban tanto las piernas que se tuvo que sentarse en la cama. —Dios, qué pasada. Pues sí que ha merecido la pena utilizar este cacharro. Vamos a tener que usarlo más a menudo.

—A ver si le vamos a terminar poniendo nombre —dijo Alba bromeando. Dani sostenía el aparato en su mano y se lo quedó mirando. Seguía pareciéndole enorme.

—Pues lo llamaremos “Caballo”.

Su novia se levantó y se miró de arriba abajo. —Voy al baño a limpiarme. Ahora vuelvo. —Con la cara ligeramente levantada se dirigió a la puerta.

—¿Vas a ir así, desnuda?

—No me voy a poner la camiseta encima de toda tu lefa y pringarla. Total, el baño está aquí al lado. No me va a ver nadie. A estas horas, todos están durmiendo.

Mientras la esperaba, se tumbó en la cama con una sonrisa tonta en la cara. El consolador seguía en su mano. Lo levantó sobre su cara y lo observó con detenimiento recordando los gritos ahogados de Alba contra la almohada.

—Al final has ganado tú, puto Caballo cabrón.

Terminó por quedarse dormido esperándola y solo el ruido de la puerta al abrirse lo sacó de su sopor. Alba cerró y se metió en la cama con rapidez. Apenas un “Buenas Noches” obligatorio antes de darse la vuelta.

—Has tardado —dijo Dani.

—Ah, sí. He estado más tiempo de la cuenta en el baño.

—¿Te has duchado o qué?

—No, solo que… —Cogió aire y lo expulsó de un suspiro— que me he encontrado con Cristian y nos hemos quedado hablando.

La descarga estomacal casi le hace dar un gemido poniéndolo en alerta al recordar cómo había salido de allí.

—¿Te ha visto llena de lefa?

—No, eso no, menos mal. Ha sido cuando he ido a salir del baño. Me he dado de bruces con él. —Seguía tumbada dando la espalda—. Menudo susto. No sabía dónde meterme.

Cristian se había encontrado con Alba completamente desnuda en mitad del pasillo. A Dani le subían sudores fríos sospechando que no había sido mera casualidad. Ese chaval era más espabilado de lo que creía.

—Nada más verlo me he vuelto a cerrar dentro del baño —dijo ella—, pero hemos empezado a hablar a través de la puerta y, bueno, he terminado saliendo y nos hemos quedado allí de palique.

—¿Has salido desnuda?

—Sí, porque… a ver, él tenía razón. Ya nos vimos desnudos en Arenas durante todo el día, así que para qué escondernos a estas alturas. Y la verdad, una vez que ya nos hemos visto, es una tontería andar escondiéndonos.

Cristian había convencido a Alba para que se mostrara delante de sus narices completamente en pelotas en mitad del pasillo. «Y qué le tendría que decir ese mangarrán a las mil y monas de la noche», pensó. Seguro que ahora mismo estaría haciéndose una paja o quién sabe si…

—Pues me sigue pareciendo mucho rato para estar solamente hablando.

Se arrepintió de abrir la boca nada más decirlo. Se mordió la lengua y apretó los puños con fuerza rezando para que Alba no lo hubiera oído. Podía contar los latidos que comenzaban a aporrear sus sienes. Uno, dos, tres… una gota de sudor frío le resbaló por la frente…cuatro, cinco, seis… no llegó al siete cuando Alba comenzó a incorporarse quedando apoyada sobre un codo frente a él.

—¿Qué coño has querido decir con eso? —Silabeó cada palabra.

—Nada.

—No, dilo, a ver. Crees que he estado follando con él, ¿no? —siseó entre dientes. Dani se quedó cortado—. Eso es lo que piensas.

Y cometió el error de callar, y con ello confirmar la acusación de Alba.

—Ya estás otra vez. No puedes parar. Siempre pensando lo peor. Para ti soy una puta que se folla todo lo que se cruza en mi camino.

—Cariño…

—Que te den. —Se tumbó dándole la espalda—. Eres gilipollas.

Se odió a sí mismo, pero odió más aquel niñato metomentodo. Bufó desconsolado. «Solo nueve días más para volver a casa», se dijo.

Fin capítulo 24.

Me vuelvo a ir fuera por un pequeño periodo de tiempo. Faltaré a mi siguiente cita, pero solo serán unos días antes de que cuelgue el último capítulo del primer libro de:

LA CENA DEL IDIOTA: PERDIDO.

...que no será el último.