Quiero verte con otro (Parte 1)
Dani siempre supo que su deseo más oscuro no era poseerla, sino perderla. Pero cuando Raquel regresa a casa con el sabor de otro en los labios, la línea entre la fantasía y la traición se desdibuja para siempre.
Capítulo Uno: El Despertar del Deseo
Nueve años. Nueve años de caricias conocidas, de gemidos ensayados, de cuerpos que se saben de memoria como una canción vieja que ya no emociona. Dani y Raquel habían construido una rutina de sábanas y saliva, un refugio tibio donde el deseo se había vuelto doméstico, manso. Pero dentro de Dani, como una larva que crece en la oscuridad del vientre, una fantasía llevaba meses royéndole el alma. Era una imagen recurrente: Raquel, su Raquel, con las piernas abiertas bajo un cuerpo extraño. Manos anónimas recorriendo su piel. Una boca que no era la suya besando sus pezones. La idea le llegaba en las noches de insomnio, en los momentos de silencio en el trabajo, y una descarga eléctrica le recorría la entrepierna, dura e insistente.
Una noche de octubre, con la lluvia golpeando los cristales del salón como un tambor lejano, Dani decidió soltar la bestia. Estaban follando en el sofá, ella a horcajadas sobre él, el coño de Raquel deslizándose húmedo y caliente sobre su polla erecta. El ritmo era lento, casi perezoso, un vaivén de costumbre. Dani tenía las manos en las caderas de ella, sintiendo la piel sudada bajo los dedos, el movimiento pélvico que conocía de cientos de noches iguales.
—Raquel —susurró, con la voz ronca—. Quiero verte con otro.
Ella se detuvo. El cuerpo se le quedó inmóvil, como si las palabras de Dani hubieran sido un hechizo que congelaba el tiempo. Lo miró a los ojos, y en su mirada se mezclaron la sorpresa y un destello de algo que ella misma no quiso reconocer.
—¿Qué dices? —preguntó, pero no era una pregunta. Era una defensa.
—Quiero verte follar con otro hombre —repitió Dani, y su polla, aún dentro de ella, dio un latido—. Quiero ver cómo te llena, cómo gimes con otra polla. Quiero ver tu cara cuando te corres con un desconocido.
Raquel negó con la cabeza, se levantó de golpe, y el semen de Dani le resbaló por el muslo. Se fue al baño sin decir nada. Dani se quedó en el sofá, con la erección palpitante y el corazón latiéndole en la garganta. Pero no se rindió.
Las semanas siguientes fueron un juego de seducción y resistencia. Dani aprovechaba cada encuentro sexual para sembrar la semilla. Cuando la penetraba por detrás, con el culo de Raquel elevado y la cara enterrada en la almohada, se inclinaba sobre su oído y susurraba:
—Imagina que soy otro. Que estás en un callejón oscuro y un desconocido te ha doblado sobre un coche. Que te está follando sin preguntar tu nombre.
Raquel gemía, pero no respondía. Sin embargo, Dani notaba cómo su coño se apretaba más, cómo el flujo se volvía más abundante, cómo los orgasmos de ella llegaban más rápido y más intensos. Una noche, mientras ella lo cabalgaba con los ojos cerrados, Dani le agarró la cara y la obligó a mirarlo.
—Dime que soy otro —ordenó—. Dime que tengo las manos grandes y que aprieto fuerte. Dime que no sabes cómo me llamo.
Raquel dudó. Sus ojos buscaron los de Dani, y en ellos encontró una súplica que era también un desafío. Cerró los párpados, dejó caer la cabeza hacia atrás, y susurró:
—Fóllame, desconocido. Fóllame como si no hubiera un mañana.
Esa noche, el orgasmo de Raquel fue tan violento que su cuerpo tembló como un animal herido, y Dani eyaculó dentro de ella con un rugido que retumbó en las paredes del dormitorio.
El juego se intensificó. Raquel empezó a pedir más detalles. Dani le describía hombres imaginarios: altos, de manos callosas, con pollas gruesas y venosas. Ella cerraba los ojos y se dejaba llevar, y a veces, cuando Dani la penetraba, ella murmuraba nombres que no eran el suyo. Dani se excitaba más que nunca, pero una punzada de celos le mordía el estómago, una emoción contradictoria que lo empujaba a seguir, a profundizar en la fantasía. Hasta que una noche, Raquel dijo que iba a salir con sus amigas. Se puso un vestido negro, corto, que dejaba ver la curva de sus nalgas. Se pintó los labios de rojo, se rizó el pelo. Dani la miró desde el sofá, con el corazón latiendo en la garganta.
— ¿A qué hora vuelves? —preguntó, con fingida indiferencia.
—No sé —respondió ella, y había un brillo nuevo en sus ojos, un destello de libertad que Dani no le había visto nunca—. No me esperes despierto.
Pero él la esperó. Las horas pasaron lentas, como moscas atrapadas en miel. Dani miró el reloj una y otra vez: las doce, la una, las dos de la madrugada. Se imaginó a Raquel bailando, sintió cómo la música le vibraba en los huesos, cómo los cuerpos se rozaban en la pista, cómo una mano anónima se posaba en su cadera. La polla se le puso dura, y se la acarició sin ganas, con la mente en otra parte. Pasadas las dos y media, oyó el ruido de la cerradura. El corazón le dio un vuelco. La puerta se abrió, y Raquel apareció en el umbral, con el vestido arrugado, los labios hinchados, el pelo revuelto. No llevaba zapatos. Caminó hacia Dani con paso firme, sin titubear, y cuando llegó a su altura, lo agarró por la nuca con una fuerza que él no le conocía.
—Cállate —dijo, y lo besó.
El beso fue profundo, salvaje. La lengua de Raquel se enredó con la de Dani, y él sintió un sabor extraño: salado, denso, con un deje metálico que no supo identificar. Era un sabor a sexo, a deseo consumado, a algo que estaba más allá de su experiencia. Raquel lo mordió en el labio inferior, tiró de él, y lo llevó al dormitorio sin soltarle la nuca.
En la cama, Raquel se desnudó con prisa, como si el tiempo se le escapara entre los dedos. Dani la vio desnuda, con la piel brillante de sudor, los pechos firmes, el coño húmedo y brillante. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas, y lo llamó con un gesto.
—Fóllame —dijo—. Fóllame ahora.
Dani la penetró sin preliminares. El coño de Raquel estaba caliente, resbaladizo, casi hirviente. Se deslizó dentro de ella con un gemido, y ella arqueó la espalda, clavó las uñas en los hombros de Dani, y empezó a moverse con un ritmo frenético, desesperado.
—Más fuerte —pidió—. Más fuerte, cabrón.
Dani embistió con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el cuerpo de Raquel respondía a cada envite. Pero ella no se callaba. Empezó a hablar, la voz entrecortada por el ritmo de las arremetidas, y las palabras caían como piedras en un pozo.
—En la discoteca... —dijo, jadeando—. Bailé con un chico. Alto. Moreno. Manos grandes.
Dani sintió que el mundo se detenía. Su polla seguía moviéndose dentro de ella, pero su mente se había ido a otro lugar.
—Me metió mano por debajo de la falda —continuó Raquel, y sus ojos brillaban con una luz salvaje—. Me rozó el coño. Por encima de las bragas. Me dejé hacer.
—¿Y qué más? —preguntó Dani, y su voz sonaba distante, como si no fuera suya.
—Después nos separamos. Encontré a mis amigas, estaban borrachas. Pero cuando salí, él me esperaba. Se ofreció a llevarme a casa.
Raquel se detuvo. Dani la miró, y ella sonrió, una sonrisa lenta, llena de secretos.
—En el coche, aparcado a dos calles de aquí, nos besamos. Me excitó tanto que bajé la cabeza. Le hice una mamada. Lenta al principio. Luego más rápido. Hasta que se corrió en mi boca.
El cuerpo de Dani se tensó como un arco. Sintió que la sangre le hervía, que el corazón se le salía del pecho.
—Todavía tenía restos de su corrida en la lengua cuando te besé —susurró Raquel, y sus ojos se clavaron en los de él—. Cuando te morreé en el sofá, estabas tragando su semen.
Al oír eso, Dani sintió que algo se rompía dentro de él. Un dique, una barrera, una coraza de celos y deseo que se desmoronaba al mismo tiempo. Su polla, que nunca había dejado de embestir, se hinchó, se endureció, y eyaculó dentro de Raquel con una violencia que lo dejó sin aliento. Un chorro tras otro, caliente, espeso, llenando el interior de ella mientras su cuerpo se sacudía en espasmos incontrolables. Pero Raquel no se detuvo. Se separó de él con un movimiento seco, se levantó, y Dani vio cómo su semen goteaba del coño de ella, resbalando por sus muslos como leche blanca. Ella se colocó sobre su cara, abrió los labios de su vulva con los dedos, y se sentó.
—Yo no he acabado —dijo, y presionó su coño contra la boca de Dani.
Él sintió el olor: mezcla de sudor, de sexo, de su propio semen. Sintió el sabor salado, denso, mientras su lengua buscaba el clítoris de Raquel. Lamió, chupó, devoró el coño de ella mientras tragaba su propia corrida mezclada con los jugos de Raquel. Ella se movía sobre su rostro, frotándose, gimiendo, hasta que un orgasmo profundo la sacudió y su cuerpo se derrumbó sobre el de él. El cuarto olía a deseo cumplido. Raquel se quedó dormida sobre el pecho de Dani, que no sabía si lo que sentía era triunfo o vértigo. Pero sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que aquello no había hecho más que empezar.
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