Xtories

Silvia se enrolla con otro a la mínima oportunidad

Silvia gotea de excitación mientras su novio compra refrescos a cincuenta metros. Frente a ella, los hombres que la dejaron sin aliento la miran con deseo. Le ofrece un trato: un beso lento y peligroso aquí mismo, o nada. ¿Se atreverá a besarlos con el riesgo de que Manuel los vea?

Victor MartinezFont7.6K vistas8.8· 5 votos

Silvia se enrolla con otro a la mínima oportunidad

Caminaban despacio por la calle estrecha que llevaba al aparcamiento, cogidos de la mano como cualquier pareja normal después de un día de playa. El sol ya estaba bajo y teñía todo de un naranja suave.

Manuel hablaba de algo sobre la cena, de si pedían pizza o hacían algo rápido en casa. Silvia asentía, sonreía en los momentos adecuados y soltaba algún “sí” o “me parece bien” con voz aparentemente tranquila.

Pero por dentro estaba ardiendo.

La calentura no se le bajaba ni un poco, sino al contrario: cada paso que daba hacía que sus labios vaginales, hinchados, se rozaran entre sí, que el bikini, empapado, se pegara y despegara de su clítoris sensible.

Sentía cómo seguía goteando: pequeñas gotas calientes que se deslizaban por el interior de sus muslos, a veces incluso llegando a mojar un poco el borde del vestido. Tenía que apretar las piernas de vez en cuando para no dejar un rastro visible en el suelo.

Y lo peor (o lo mejor) era que la calle estaba llena de gente que volvía de la playa.

La joven no podía evitarlo: su mirada, normalmente discreta, se volvía hambrienta, con una activa voluntad de disimulo que esperaba de corazón que estuviera funcionando con respecto a su chico…

… porque cada hombre que pasaba le provocaba una punzada directa entre las piernas.

Un grupo de tres chicos locales, altos, morenos y con el torso todavía brillante de crema solar, caminaba en dirección contraria. Uno de ellos, el del medio, tenía unos abdominales marcados y una sonrisa fácil.

Cuando sus ojos se cruzaron un segundo, la veinteañera sintió que su coño se contraía con fuerza y soltaba otro chorrito de flujo. Imaginó por un instante cómo sería que ese chico la empujara contra una pared y se la follara allí mismo, sin preliminares y con público.

Un poco más adelante, un guiri alto y rubio —no el mismo de antes, pero parecido— corría sin camiseta, con los músculos de la espalda moviéndose bajo la piel bronceada.

Silvia se lo comió con la mirada. Su coño se humedeció aún más, palpítando tan fuerte que casi le dolía. Se imaginó de rodillas otra vez, pero esta vez con esa polla en la boca mientras Manuel esperaba en el coche sin enterarse de nada.

Luego pasó un ciclista local, con las piernas fuertes y definidas y sudor corriendo por su pecho. La joven rubia apretó la mano de Manuel un poco más fuerte sin darse cuenta, mordiéndose el interior del labio.

El calor entre sus piernas era insoportable. Sentía el clítoris hinchado, rozando contra la tela mojada con cada movimiento. Otro hilo de flujo le bajó por la pierna izquierda, más abundante esta vez, y tuvo que disimular frotando disimuladamente los muslos mientras caminaban.

Su novio seguía hablando, ajeno a todo.

—¿Quieres que paremos a comprar algo de comer antes de llegar al coche? —preguntó él, girándose hacia ella con una sonrisa cariñosa.

Silvia tragó saliva, intentando que su voz no sonara demasiado agitada.

—Por mí no, amor —respondió, forzando una sonrisa dulce—. No tengo mucha hambre…

Aunque realmente sí tenía, pero no de la de ese tipo.

Su mente estaba llena de imágenes sucias: manos desconocidas tocándola, pollas duras presionando contra ella, bocas comiéndole las tetas otra vez mientras alguien la penetraba por detrás…

Cada hombre guapo que veía le hacía agua el coño de forma literal. Sentía cómo se le escapaban más gotas, cómo el interior de sus muslos estaba ya resbaladizo y brillante bajo el vestido.

Y Manuel, a su lado, le apretaba la mano con cariño, completamente inocente.

Su novia apretó los dientes y siguió caminando, con la respiración un poco más rápida de lo normal y el vestido pegándosele peligrosamente a la piel húmeda entre las piernas.

El coche estaba ya cerca.

Pero el calentón seguía creciendo, implacable, y ella no podía hacer nada más que disimular… y seguir goteando en silencio.

Llegaron al aparcamiento y vieron que justo detrás de su coche había otro vehículo: una furgoneta grande de alquiler, con matrícula extranjera. Y apoyados contra ella, charlando y riendo, estaban los mismos ingleses de antes.

Silvia los reconoció al instante. El rubio alto que le había comido las tetas y follado la boca estaba allí, de espaldas, con una cerveza en la mano. Uno de sus amigos lo golpeaba en el hombro mientras contaba algo y todos se reían. El grupo entero parecía relajado, como si no acabaran de huir de los baños diez minutos antes.

En cuanto los vio, el coño de la chica dio un salto violento. Se contrajo con fuerza, soltando un chorro caliente de flujo que empapó aún más el bikini y se deslizó de inmediato por el interior de sus muslos.

El corazón se le aceleró. Sintió las rodillas flojas y un calor brutal subiéndole por el vientre.

«Joder… están aquí…», pensó, y la imagen de la polla del rubio en su boca volvió con toda su fuerza.

Manuel seguía hablando de a saber qué tontería cuando Silvia, con la voz más calmada que pudo reunir, le apretó la mano y dijo:

—Oye, amor… estoy reventada y me ha entrado sed. ¿Puedes ir tú al súper a comprar? Yo te espero en el coche. No tengo ganas de caminar más.

Manuel la miró un segundo, extrañado pero cariñoso.

—¿Segura?

—Segurísima —insistió ella, sonriendo con dulzura mientras por dentro ardía—. Estoy muerta. Solo quiero sentarme ya.

—Vale, como quieras —respondió él, encogiéndose de hombros—. ¿Quieres Coca-Cola o solo agua?

—Lo que sea, cariño. Lo que pilles está bien.

Manuel le dio un beso rápido en los labios y se alejó caminando hacia la tienda que había a la entrada del aparcamiento, a unos cincuenta metros.

Silvia esperó a que él estuviera lo suficientemente lejos. Entonces, con las piernas temblando de excitación, se dirigió directamente hacia su coche… pero en vez de entrar, rodeó el vehículo y se quedó de pie al lado del maletero, justo frente a la furgoneta de los ingleses.

El rubio fue el primero en girarse y verla.

Sus ojos se abrieron un poco. Una sonrisa lenta y cómplice se dibujó en su cara. Uno de sus amigos le dio un codazo y murmuró algo en inglés. Todos miraron hacia ella.

La veinteañera no dijo nada. Solo se apoyó contra su propio coche, con el vestido todavía ligeramente pegado a la piel húmeda, y miró directamente al rubio. Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada.

Entre sus piernas, el coño le palpitaba tan fuerte que casi podía oírlo. Otro hilo de flujo caliente le bajó por el muslo izquierdo, visible si alguien se fijaba lo suficiente.

Se quedó allí, quieta, con la mirada fija en el grupo, especialmente en el chico que le había metido la polla en la boca hacía apenas un rato.

Y esperó.

El calentón era ya insoportable. Su coño estaba a mil, chorreando sin control, y Manuel podía volver en cualquier momento.

Pero ella no se movió. Solo miró al inglés con ojos de pura necesidad, mordiéndose el labio inferior con fuerza.

Los ingleses se quedaron callados un segundo, observándola. El rubio dio un paso hacia ella…

El rubio se acercó sin prisa, con esa sonrisa arrogante que ya conocía. A su lado venía otro del grupo: más moreno, pelo castaño corto, complexión fuerte y una mirada inteligente.

Silvia los esperaba recostada contra el coche, la cadera ligeramente ladeada y una mano apoyada en el vehículo. El vestido blanco se le pegaba a la piel húmeda, marcando la curva de sus pechos y dejando claro que debajo no llevaba casi nada. Cruzó un tobillo sobre el otro, postura relajada pero provocadora, y esperó.

El moreno fue quien habló primero, con un español sorprendentemente decente, aunque con marcado acento inglés.

—Hola… dice mi amigo que casi os pillan y por eso se fueron corriendo —tradujo, señalando al rubio con el pulgar.

El rubio se detuvo a menos de un metro de ella, mirándola de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se detuvieron especialmente en el escote y en el borde del vestido, donde se adivinaba que sus pezones aún estaban duros.

Silvia soltó una risita baja, medio reproche, medio coqueteo. Inclinó la cabeza y los miró a los dos con una mezcla perfecta de dignidad fingida y descaro.

—Pues sí… Os habéis ido muy rápido —dijo con voz suave pero clara, sonriendo de lado mientras se mordía ligeramente el labio inferior—. Yo todavía estaba… caliente. Y me dejasteis ahí, con todo el calentón encima. Qué mal, ¿no?

El moreno tradujo rápidamente al oído del rubio. Este soltó una carcajada grave y respondió algo en inglés. El traductor sonrió antes de pasar el mensaje:

—Dice que lo siente… pero que estabas tan buena de rodillas que casi se corre solo con mirarte. Y que si hubiera podido, te habría follado detrás de los matorrales hasta que no pudieras caminar.

Silvia sintió una nueva contracción fuerte en el coño. Otro chorrito caliente se escapó de ella y resbaló por el interior de su muslo. Se hizo la digna, arqueando una ceja y cruzando los brazos bajo los pechos, lo que los levantó y juntó de forma provocativa.

—Vaya… qué considerado —respondió con tono burlón, aunque sus ojos brillaban de pura lujuria—. Pero os marchasteis como conejos. Ahora estoy aquí, esperando a mi novio, todavía chorreando por vuestra culpa… y vosotros tan tranquilos bebiendo cerveza.

El rubio entendió el tono aunque no las palabras exactas. Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal. Su mano derecha se apoyó en el coche, justo al lado de la cadera de Silvia, casi rozándola. El moreno se colocó al otro lado, cerrando el espacio, aunque sin tocarla todavía.

—Mi amigo pregunta si todavía estás… muy caliente —tradujo el moreno, con una sonrisa pícara.

Silvia miró al rubio directamente a los ojos, luego al otro chico, y por último bajó la vista un segundo hacia el bulto que ya se marcaba en el short del rubio. Volvió a sonreír, esa sonrisa de calientapollas experta que prometía todo y no garantizaba nada.

—Caliente… —repitió ella lentamente, saboreando la palabra—. Estoy empapada. Me habéis dejado el coño palpitando y goteando como una perra. Y ahora venís los dos aquí, como si nada… ¿Qué pensáis hacer al respecto?

Se recostó un poco más contra el coche, separando ligeramente las piernas. El vestido se subió un par de centímetros por los muslos, dejando ver la piel brillante de flujo vaginal. No se cubrió. Al contrario, miró a los dos ingleses con desafío y deseo al mismo tiempo.

El rubio murmuró algo en voz baja. El moreno tradujo, con la voz un poco más ronca:

—Dice que si tu novio no estuviera a punto de volver… te subiría ahora mismo al capó y te follaría delante de todos nosotros.

Silvia soltó una risita nerviosa y excitada. Su coño dio otro latigazo fuerte, soltando más humedad que ya empezaba a mojar el borde inferior del vestido.

—Qué pena… —susurró ella, mirando alternativamente a uno y a otro—. Porque mi novio está al llegar… y yo sigo chorreando por vosotros.

Se pasó la lengua lentamente por los labios, manteniendo esa postura entre digna y provocadora, disfrutando del poder que tenía en ese momento: dos guiris cachondos rodeándola mientras su novio compraba refrescos a solo cincuenta metros.

El rubio extendió la mano y, con descaro, rozó con dos dedos el borde del vestido, justo donde empezaba el muslo de Silvia.

Y ella no lo apartó.

Solo sonrió.

Más caliente que nunca.

Viendo que no se decidía, Silvia miró al rubio directamente a los ojos, con esa sonrisa lenta y peligrosa que ya no tenía nada de inocente. El moreno traducía en voz baja cada palabra, pero ella hablaba despacio, saboreando el riesgo.

—Escucha… —dijo con voz baja y ronca, casi un susurro—. Si tú ahora mismo me abrazas fuerte contra tu cuerpo y me das un beso lento, rico, bien profundo… aquí mismo, delante de todos, con el riesgo de que mi novio salga del súper y nos vea… entonces yo me meto en vuestra furgoneta, me subo al asiento de atrás y te dejo que me folles todo lo que quieras.

Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior mientras sus ojos brillaban de pura maldad

—Te dejo que me metas esa polla hasta el fondo —prosiguió—. Que me folles fuerte. Que me llenes el coño como te dé la gana. Pero tiene que ser ahora. Y tiene que ser un beso de verdad… lento, con lengua, abrazándome como si ya fuera tuya.

El moreno tradujo al instante, con la voz algo más grave. El rubio escuchó, levantó una ceja y soltó una risa corta, incrédula y excitada al mismo tiempo. Sus ojos bajaron al escote de Silvia, luego a sus muslos brillantes de flujo, y volvieron a su cara.

Silvia se separó un poco del coche, ofreciéndose. Separó ligeramente las piernas y levantó la barbilla, desafiante.

—¿Qué? ¿Te da miedo que mi novio nos pille besándonos como dos enamorados? —provocó, con tono burlón y caliente—. Porque yo sí estoy dispuesta. Si tú te atreves a besarme aquí y ahora… yo me subo a tu furgoneta y te dejo follarme hasta que me corra gritando.

El rubio no esperó más traducción completa. Dio un paso adelante, invadiendo completamente su espacio. Sus manos grandes subieron y la agarraron por la cintura con fuerza, atrayéndola contra su cuerpo.

Silvia sintió inmediatamente el bulto duro de su polla presionando contra su vientre.

Entonces él bajó la cabeza y la besó.

No fue un beso rápido ni sucio. Fue lento, profundo, deliberadamente rico. Sus labios se movieron contra los de ella con calma, saboreándola. La lengua entró despacio, enredándose con la de Silvia en un baile húmedo y sensual. La abrazó fuerte contra su pecho, una mano subiendo por su espalda hasta enredarse en su pelo, la otra bajando hasta apretarle el culo por encima del vestido.

Silvia gimió bajito dentro de su boca, devolviéndole el beso con la misma lentitud provocadora. Sus tetas se aplastaron contra el torso del inglés mientras sus caderas se movían suavemente, frotando su coño palpitante contra la polla dura que sentía a través de la ropa.

El beso se alargó, húmedo, con lenguas explorando, labios succionando, respiraciones mezclándose. Era un morreo de película, lento y cargado de deseo, justo allí, en medio del aparcamiento, con los amigos mirando y Manuel a punto de volver del súper.

Cuando el rubio por fin separó sus labios de los de ella, un hilo de saliva los unió un segundo. Silvia jadeaba, con los ojos vidriosos y los labios hinchados.

—Ahora te toca a ti… —susurró contra su boca, aún pegada a él—. ¿Cumples tu parte o te rajas?

El moreno tradujo rápidamente.

El rubio sonrió con arrogancia, le dio un último mordisco suave en el labio inferior y, sin soltarla de la cintura, señaló con la cabeza hacia la furgoneta.

Silvia soltó una risita baja y excitada. Su coño estaba chorreando tanto que sentía cómo le mojaba ya la parte interior de los muslos de forma evidente.

Miró una última vez hacia la entrada del súper. Manuel aún no salía.

Entonces, sin decir nada más, se separó del rubio solo lo necesario para caminar los pocos pasos hasta la puerta lateral de la furgoneta de los guiris.

Abrió la puerta corredera.

Y se metió dentro.

Se sentó en el asiento de atrás, abrió las piernas sin pudor y miró al rubio con ojos de pura zorra en celo.

—Venga… entra y fóllame antes de que vuelva mi novio —dijo con voz temblorosa de deseo.

El rubio no lo dudó ni un segundo.

Subió detrás de ella.

La puerta de la furgoneta empezó a cerrarse.

Y Manuel seguía sin aparecer.

***

Víctor Martínez de Font

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