La Secretaria que me salvó antes de la reunión
La oficina se vacía y el silencio solo lo rompe el sonido de una cremallera bajando. Ella no pide permiso, solo cumple: 'Para que llegue a esa reunión como el hombre que es'.
Me llamo Javier Ruiz y esto que os voy a contar me ocurrió hace unos meses, cuando ya llevaba ocho años como socio principal del bufete más importante de la ciudad. Por aquel entonces yo era… bueno, sigo siendo el típico abogado de éxito que todo el mundo envidia: alto, 1,88, cuerpo atlético de quien entrena a las seis de la mañana para no perder el control ni un segundo, pelo negro siempre perfectamente peinado hacia atrás, mandíbula cuadrada y esa mirada oscura que hace que los clientes firmen sin leer la letra pequeña. Trajes italianos a medida, corbatas de seda que cuestan más que el alquiler de un piso y ese olor a colonia cara que impregna toda la planta. El puto amo en la sala de juntas, como dicen los pasantes cuando creen que no les oigo. Pero aquella mañana estaba hecho un flan, nervioso como un novato en su primer juicio.
En el bufete tenía a mi secretaria desde hacía seis años. Se llamaba Daniela, aunque todos la llamábamos Dani. La conocía desde que entró como becaria fresca de la universidad y se convirtió, poco a poco, en mi mano derecha, en mi sombra, en la única persona en la que confiaba ciegamente. Nos llevábamos de maravilla, hablábamos de todo: casos imposibles, clientes cabrones, presiones de los socios mayores… Solíamos quedarnos hasta tarde repasando contratos y ella siempre tenía esa sonrisa sarcástica que me sacaba una carcajada incluso en los peores días. Todos en la oficina rumoreaban que entre nosotros había algo más, que lo llevábamos en secreto, que algún día nos pillarían follando sobre mi mesa de caoba. Nosotros nos reíamos y lo negábamos una y otra vez. Entre nosotros nunca había surgido nada. Nunca había chispa ni tensión sexual que nos incitara a cambiar nuestra relación profesional. Por nuestras cabezas no pasaba la idea de que pudiéramos ser algo más que jefe y secretaria de confianza. Eso no quiere decir que nunca me la hubiera imaginado desnuda o que no le hubiera mirado el escote de sus tetas cuando se inclinaba sobre mi mesa para dejarme un informe. Creo que todos los tíos, por muy profesionales y casados que seamos, hemos intentado adivinar cómo serán nuestras secretarias sin ropa.
Aquella mañana teníamos la reunión más importante del año. Un caso de fusión millonaria con una multinacional alemana que podía hacernos ganar o perder decenas de millones. Llevábamos semanas preparándolo hasta la extenuación y yo estaba al límite. Dani había venido más temprano de lo normal, con su moño pelirrojo perfecto, su blusa blanca ajustada (un botón de más desabrochado, como siempre) y esa falda lápiz que le marcaba el culo de infarto. Traía café negro para los dos y los últimos documentos impresos. A diferencia de otros días, los nervios me tenían completamente bloqueado. Llevaba media hora mirando los mismos papeles sin enterarme de una puta coma. El corazón me latía fuerte, las manos me sudaban y sentía que la corbata me apretaba demasiado.
Dani me miró con esa expresión tranquila y segura que siempre tenía cuando las cosas se ponían feas en el bufete. Se inclinó un poco hacia delante sobre la mesa de caoba, dejando que el escote de su blusa blanca se abriera un par de centímetros más, y me clavó sus ojos verdes.
—Javier, está usted hecho un manojo de nervios —me dijo con esa voz suave pero firme que usaba para calmar a los clientes—. Lleva media hora mirando el mismo párrafo del contrato y todavía no ha pasado de la página tres. Así no vamos a ningún sitio. Si necesita relajarse de verdad, yo me encargo. Lo que haga falta, jefe. Puedo ayudarle con las manos… o con lo que sea necesario para que llegue a esa reunión como el hombre que es.
Casi se me cae el bolígrafo de la mano. Me quedé mirándola como si me hubiera hablado en alemán. Seguro que había entendido mal. Mi mente calenturienta me estaba jugando una mala pasada.
—¿Qué… qué? —acerté a preguntar, con la voz entrecortada.
—Una paja, jefe —repitió ella con toda la naturalidad del mundo, como si estuviera ofreciéndome otro café—. Para que libere tensiones. Seguro que después se relaja y puede repasar el contrato sin problemas. Usted solo relájese.
—Pero Dani… somos jefe y secretaria. Llevamos seis años trabajando juntos y…
—A ver, Javier, tranquilo —me interrumpió ella, levantando una mano con manicura perfecta—. No le estoy diciendo que salgamos juntos ni nada de eso. Es una simple ayuda puntual para que usted se relaje antes de la reunión. Si va a poner las cosas raras, olvídelo, ¿eh?
Por aquel entonces yo era bastante estricto con las normas de la oficina. Jamás se me había pasado por la cabeza que mi secretaria de confianza pudiera masturbarme simplemente por hacerme un favor. Pero no dejaba de ser un hombre de treinta y ocho años, con una polla que llevaba semanas sin atención por culpa del puto caso, y no le iba a decir que no.
—No, no, Dani… Es que me ha pillado por sorpresa —balbuceé—. Si a usted no le importa, claro que me gustaría. Joder, creo que nadie diría que no a eso.
—Claro, para mí no tiene importancia —contestó ella encogiéndose de hombros—. Es como si le doliera el cuello y le diera un masaje. Simplemente es masajear otra parte de su cuerpo para que se sienta mejor. Para eso estamos, ¿no? Venga, jefe, relájese.
Sin esperar a que yo hiciera nada, Dani se levantó de su silla, rodeó la mesa con paso seguro y se plantó a mi lado. Sus dedos finos y cálidos fueron directos al cinturón de cuero italiano. Lo desabrochó con habilidad, bajó la cremallera del pantalón del traje y metió la mano dentro de los calzoncillos. Sus uñas cuidadas, pintadas de un rojo discreto, rozaron mi piel y, de un tirón suave pero firme, sacó mi polla al aire. La tenía ya medio dura solo de imaginar lo que iba a pasar, pero en cuanto salió de los calzoncillos se puso completamente erecta, durísima, gruesa y venosa, latiendo como si tuviera vida propia.
Dani la miró un segundo y sus ojos verdes se abrieron un poco más.
—Joder, Javier… —murmuró casi para sí misma, sin soltarla—. Es más grande y más dura de lo que me había imaginado… mucho más.
No dijo nada más. Rodeó mi erección con la mano y empezó a deslizarla arriba y abajo con movimientos lentos, muy lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El placer me recorrió entero. Me dejé caer contra el respaldo mientras observaba cómo me pajeaba. Sus manos eran preciosas: dedos largos y finos, piel suave, manicura impecable. Cada vez que llegaba a la cabeza apretaba un poco y luego bajaba despacio, apretando justo lo suficiente para que yo sintiera cada vena latiendo contra su palma.
Mientras tanto, Dani giró la cabeza hacia la ventana del despacho y se quedó mirando los rascacielos de la ciudad con esos ojos verdes felinos, como si estuviera admirando el paisaje en vez de tener mi polla durísima en la mano. Esa indiferencia me estaba volviendo loco.
Yo no podía dejar de mirar su escote. La blusa blanca se le había abierto un poco más con el movimiento y se le veía el borde de un sujetador de encaje negro. Las tetas se le marcaban, pequeñas pero perfectas, redondas y firmes.
Ella se dio cuenta de dónde tenía yo la vista clavada y sonrió sin apartar la mirada de la ventana.
—¿Qué pasa, jefe? ¿Necesita verlas? —preguntó con esa voz tranquila y formal—. Lo que haga falta para que se relaje.
Sin dejar de pajearme lenta y rítmicamente, Dani se desabrochó dos botones más de la blusa, se bajó un poco el sujetador y sacó sus dos tetas al aire. Eran menudas, sí, pero preciosas: pezones rosados y pequeños, piel blanca y suave, perfectas para caber en una mano. Me quedé impresionado, hipnotizado. Nunca me había imaginado que las tuviera tan bonitas.
—Avíseme cuando vaya a correrse —me dijo de pronto, sin dejar de mover la mano ni de mirar por la ventana—. No quiero que se le manche el traje.
—Sí… claro, Dani —contesté entre suspiros.
El placer se me acumulaba poco a poco. Su mano subía y bajaba despacio, apretando justo donde hacía falta, mientras yo no podía apartar la vista de sus pechos desnudos.
—Dani… ¡me corro! ¡Me corro! —avisé casi sin voz.
Ella no se inmutó. Siguió moviendo la mano a la misma velocidad lenta y giró un poco la silla hacia mí.
—Déjeme que me lo trague para que no se le manche el traje, jefe —murmuró con voz profesional.
Abrió esa boquita perfecta, pintada de un rojo suave, y se metió la punta de mi polla entre los labios. Noté el calor húmedo de su lengua rodeándome. En cuanto entré en su boca exploté. Mi polla empezó a sacudirse y solté chorros gruesos y calientes directamente dentro de su garganta. Dani no se apartó ni un milímetro. Tragó una, dos, tres veces, con la garganta contrayéndose visiblemente alrededor de mi glande, succionando cada gota con calma, como si estuviera bebiendo un café. Yo veía cómo sus labios se apretaban alrededor de mi tronco, cómo su lengua se movía despacio por debajo para recoger todo, cómo su cuello se movía al tragar. No cayó ni una sola gota fuera.
Cuando por fin me tranquilicé, sacó mi polla de su boca con un pequeño “pop”, la limpió con la lengua un par de veces, lamiendo desde la base hasta la punta para dejarla reluciente. Luego, con mucho cuidado, me la guardó dentro de los calzoncillos, colocándola bien recta y limpia, y subió la cremallera del pantalón con delicadeza, como si estuviera arreglándome la corbata. Se recolocó el sujetador y la blusa, se pasó el dorso de la mano por los labios y volvió a mirar los contratos.
—Tenía usted mucho acumulado, ¿eh? —comentó con una media sonrisa, sin levantar la vista de los papeles—. Se nota que le hacía falta.
—Joder, Dani… ha sido… increíble —murmuré todavía recuperando el aliento.
—Para eso estamos las secretarias, jefe —contestó guiñándome un ojo—. Ahora céntrese, que la reunión es en cuarenta minutos.
Dani se recolocó la blusa con calma, abrochándose los botones uno a uno sin prisa, como si acabara de arreglarme la corbata en vez de haberme vaciado la polla en la garganta. Sus tetas pequeñas y perfectas desaparecieron de mi vista, pero yo ya las tenía grabadas a fuego: esos pezones rosados, esa piel blanca y suave que contrastaba con el encaje negro del sujetador. Me recolocó la polla dentro de los calzoncillos con una delicadeza increíble, asegurándose de que quedara bien recta y limpia, sin una sola gota de saliva o semen fuera de lugar. Subió la cremallera despacio, cerró el cinturón y me dio un último toque en la bragueta, como quien comprueba que todo está en su sitio.
—Listo, jefe —murmuró con esa sonrisa profesional de siempre—. Ahora sí que está usted presentable.
Como si no hubiera pasado absolutamente nada, se sentó de nuevo frente a mí, cruzó las piernas con elegancia y volvió a abrir el portátil. Yo me quedé un segundo mirándola, todavía con el corazón a mil y la polla medio sensible dentro del pantalón. Pero tenía razón: mi cuerpo estaba completamente relajado. Los nervios habían desaparecido, la cabeza me funcionaba clara y los contratos ya no parecían un galimatías. Seguimos repasando los puntos clave durante los siguientes treinta minutos. Ella corregía frases en voz baja, yo contestaba con seguridad y, cada vez que mi mirada se desviaba hacia su escote, ella simplemente sonreía sin decir nada con esos ojos verdes felinos, como si supiera exactamente dónde tenía yo la cabeza.
Cuando llegó la hora, nos levantamos y fuimos juntos a la sala de juntas. Los alemanes ya estaban allí, serios y con sus trajes impecables. Entré con la confianza que solo se tiene cuando uno acaba de correrse como un dios. Durante toda la reunión no pude evitar que me vinieran flashes: la mano lenta de Dani subiendo y bajando por mi polla durísima, sus ojos verdes felinos mirando por la ventana como si estuviera pensando en la cotización de la bolsa, sus preciosos pechos… y sobre todo esa boquita perfecta tragándose cada chorro, su garganta contrayéndose alrededor de mi glande, lamiendo hasta la última gota con esa calma profesional. Cada vez que recordaba cómo había dicho “déjeme que me lo trague para que no se le manche el traje, jefe”, se me ponía la polla un poco dura otra vez dentro del pantalón.
Y funcionó. Cerramos el acuerdo en menos de una hora. Los alemanes firmaron sin regatear, el bufete se llevaba una comisión millonaria y mi reputación como el socio que nunca falla quedó más alta que nunca. Cuando salimos de la sala, Dani caminaba a mi lado con su moño pelirrojo perfecto y su blusa impecable, como si no acabara de salvarme el culo de la forma más guarra posible.
De vuelta en mi despacho, cerré la puerta y la miré.
—Dani… joder, gracias —le dije, todavía sin creérmelo del todo—. Has sido… increíble. No sé cómo voy a poder agradecerte esto.
Ella se encogió de hombros, recogiendo los documentos de la mesa con esa naturalidad suya.
—Para eso estoy aquí, jefe —contestó guiñándome un ojo—. Lo que haga falta. Usted solo tiene que pedírmelo. Ya sabe… para relajarse antes de cualquier reunión importante.
Se dio la vuelta para salir, pero antes de abrir la puerta se detuvo un segundo y añadió sin mirarme:
—Y si vuelve a necesitar que le eche una mano… o lo que sea… ya sabe dónde encontrarme.
Cerró la puerta tras ella y yo me quedé solo, sonriendo como un idiota. Aquella no fue la única vez que Dani me ayudó de esa forma desde entonces. De hecho, se convirtió en una especie de ritual secreto antes de los casos más importantes. Pero eso… eso ya es otra historia.
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