La cualidad de la palabra. 37
En la intimidad de la villa, los límites entre el deseo carnal y el poder sobrenatural se difuminan. Berta y Guille no solo comparten la cama, sino que reescriben las reglas de su mundo, invitando a lo prohibido a cruzar el umbral de su hogar.
Esa noche la pareja se quedó a dormir en la villa. Y estando en la cama Berta cabalgó a su marido al tiempo que le agradecía entre gemidos que cuidara de su familia sin tener en cuenta lo mal que lo trataron.
Guille contestó mientras acariciaba sus tetas:
- Queda, o quedará compensado, cuando toda la empresa de tu familia sea tuya.
- Todo lo que tengo es… ¡Ah! Ahora. ¡Sí! - El orgasmo interrumpió la conversación. - ¡Uhm! ¡Uf! Los he tenido mejores, pero no está mal.
Y después, Berta tampoco pudo hablar porque tenía la boca llena de polla, y minutos más tarde de semen.
- ¿Te ha gustado, cariño? ¿Te ha ido bien? – Preguntó Berta mientras se limpiaba la boca.
Guille se limpiaba con un pañuelo de papel mientras afirmaba lo bien que lo había pasado.
Tras el vaso de elixir, y una visita al lavabo, se prepararon para dormir en la postura preferida de Berta.
- Te amo, mi rey.
- Duerme, diosa. No soy un rey solamente tu paladín.
Berta se echó a reír mientras que Guille después de una sesión de “ejercicio” tenía sueño. Protestó:
- ¿Qué pasa ahora?
- Que al decir paladín me he acordado que el Cid Campeador tenía las espadas Tizona y la Colada, y por mis agujeros me cuelas tu tizón.
Guille intentaba no reír mientras pensaba en lo bruta que es su novia.
Faltaban tres meses para la graduación de Berta. Se sentía satisfecha ya que sus notas eran buenas gracias a los refuerzos académicos. Fueron a comer al restaurante Trébol donde tuvieron problemas para coger sitio porque estaba lleno de estudiantes y sus familiares. Era evidente que muchos no sabían que era un restaurante vegetariano llevándose esa sorpresa.
Por esos días se instalaron en la villa ante la alegría de doña Amparo.
Don Francisco asintió. Diciendo que así les podría tirar de las orejas en cuanto metieran la pata.
Las mujeres del servicio se relamían mirando al joven señor.
Nilea había dejado recambios Espuela para ponerse a estudiar con los profesores indicados por Guille. Solo que en esta ocasión era ella quien acudía a los despachos de estos profesores. Luego estuvo quince días en Sevilla en la escuela Cic que temporalmente estaba allí. Por supuesto se alojaba en un hotel Montesinos. De regreso, don Francisco la llamó a la sala de reuniones de la oficina Mundo Globo, donde le hizo varias preguntas durante toda una mañana Después citó a Guille y Berta a quienes anunció:
- Os presento a la nueva asesora en la sucursal de Barcelona.
Además, también se ocupaba de representar a la Comercial en el consorcio Europa-Futuro.
Los jóvenes se sonrieron. Y no fue hasta un poco más tarde que en la felicitación hubo besos y parabienes.
A los pocos días Nilea participó muy eficazmente en el acoso y derribo de la agencia Adil. A la que Guille, mediante la Cualidad en una reunión con unos directivos, le vendió el mantenimiento de las potabilizadoras del emirato que tan solo tres meses después se iniciaba el desmantelamiento porque Hermoso Norte anulaba el contrato. Acababan de comprar nueva maquinaria a otra empresa. Para más colmo Adil debía encargarse del reciclado del material y escombros.
- Les hemos dado de su propia medicina. – Dijo Berta muy contenta al enterase, mediante Guille, de la situación.
- Sí, cariño. Y con tan poco margen de maniobra no pueden venderlas a otro, además aparece en las noticias de varios países. Se lo tiene que tragar.
Se dieron un corto beso en los labios y Berta preguntó:
- ¿Puedo decírselo a mi padre?
- Perdona cariño, pero creo que es mejor que no sepa el poder que tenemos, el que tiene su hija.
Berta asintió pensativa. Con el carácter que tenía era posible que alardeara sobre la hija que tenía y lo que podía hacer, no era buena propaganda. La fama es buena a las empresas mientras que los directivos deben mostrarse discretos. En Adil creían que la maniobra se debía al emirato y si se enteraban que fueron los Cifuentes, dirigirían algún plan de venganza ya fuera económico o mediante los abogados Rondan y Blanco.
Guille también le habló sobre el acuerdo con su hermano, Alberto. Pasaría a tener el cincuenta por ciento de la casa de transportes Mora, Y más tarde, los herederos tendrían el cien por cien. Berta, en silencio, asintió. Guille se sorprendió al ver que su esposa no le recriminara el retraso de la noticia, era como si la lo esperase o supiera.
Varias veces llamaron a Nilea para que acudiera a Villa Montesinos y que estuviera con ellos, aunque fuera un fin de semana, pero lo eludía alegando que tenía mucho trabajo.
- El poco tiempo que tengo libre quiero quedarme quietecita en casa, y con la cabeza metida en el frigorífico. - Decía mediante videoconferencia a los amigos. - ¡Tengo unos jefes que son unos tiranos!
De Violeta Espinosa lo único que se sabía es que era profesora y que continuaba en la casa de sus padres a las afueras de Sierra. En el rostro de Berta se veía que tenía ganas de preguntar más y se contenía, por eso Don Francisco añadió:
- Que continúe en casa de sus padres es significativo.
Cierto. No tenía pareja y que estaba tan triste que de nada tenía ganas.
Esa noche, Guille estaba acostado, esperando la llegada de Berta para abrazarse y dormir. La muchacha salió del baño vistiendo solamente las bragas y se metió en la cama.
- ¿Vas a dormir así?
- Puede. Quizás me quites las bragas.
- ¿Yo?
- Sí. Nadie más hay aquí.
Berta tiró del calzón de Guille y sacó la polla. Como ya esperaba estaba flácida y se ocupó de ponerla dura mediante caricias y chupadas. Poco más tarde la tenía en la boca dando una mamada a su novio que cuando se corrió creyó que le succionaba hasta la cena de unas horas antes.
- Ahora sí. Cariño. – Propuso Berta. – Ahora podemos continuar o dormir. ¿Tú dirás?
Como respuesta, Guille la empujó situándola sobre la cama bocarriba. Berta sonreía al ver que su pareja comenzaba con las caricias sobre su cuerpo.
Guille hizo que tuviera un orgasmo al jugar con sus tetas, y otro al lamerle el coño.
- ¡Uhm! ¡Ag! Cariño. Me llevas al cielo.
Y Guille, sin preguntar ni avisar, se la metió en esa posición. Ya follando se interesó:
- ¿Te va bien así, cariño?
- Sigue. Sigue. ¡Oh, dios! – Le animó a continuar: - ¡Qué bueno!
Al poco Guille propuso que se pusiera encima.
- ¡No! Así. – Respondió Berta. – Me falta poco.
Berta no tardó en correrse alabando lo bien que lo pasaba.
- ¡Ah! Mermelada.
Como no proponía cambiar de posición, Guille continuó follándola hasta que avisó que le faltaba poco.
- ¡Uhm! Cariño, pronto. Sí.
- Bien, sí. ¡Uf! Bien. – Animó Berta.
Las manos de la mujer apretaron el culo del marido al notar las descargas dentro de la vagina, también tenía un orgasmo.
- ¡Uf! ¡Cuánto! ¡Me llenas!
- No sé. Creo que me has vaciado. – Afirmó Guille sonriendo. - Aunque si me das unos minutos podemos repetir.
- ¡No, cariño! Y quita de encima. Necesito juntar las piernas.
- ¿Vamos al lavabo? ¿Quieres agua?
- No. Quiero descansar. Mañana más.
Esa noche durmieron en una posición similar y distinta a la vez. Guille estaba apoyado en el hombro de Berta mientras con una mano tenía cogida una teta.
- Vale, así. – Admitió Berta. – Sin apretar ni cosas raras. ¿Vale?
- Calla. – Respondió Guille con voz soñolienta. - Tengo sueño.
Coincidía que doña Petra, la cocinera, y don Íñigo, el mayordomo, se jubilaban en unos meses. Berta insistió en llamar a Natalia. Doña Amparo, tras escuchar a su nieta y entregar el currículo al abogado de la villa, estuvo conforme.
A Natalia se le hizo un contrato nuevo, directo, sin empresas intermediarias. Previamente, doña Amparo le hizo una prueba. Tuvo que cocinar, sin la orientación de la cocinera anterior, un pescado con su acompañamiento y ¡una tortilla de patata! Con todo dispuesto sobre la mesa, doña Amparo, acompañada de Berta, troceó la tortilla con un tenedor, sin llegar a probarla. Comieron el pescado en silencio.
- Bien, hija mía. ¿Qué opinas?
- Ya conocía la cocina de la señora Natalia. Me gusta. En mi opinión es diez de diez.
- Creo que exageras. - Dijo sería la abuela. Y Berta se puso triste, temía que fuera rechazada. - Hija mía, es noventa y nueve de cien. Pero solamente le diremos que es aceptable.
- Bien. - Se decidió a preguntar. - No has probado la tortilla.
- Cierto, hija mía. - Con el mismo tenedor de antes separó otro trozo del resto. - Solo con mirar lo bien que queda por dentro y el dorado de fuera ya se ve que está bien. – Se llevó una mano a la barriga sin llegar a tocarse, para añadir: - No quiero comer más.
Berta asintió recordando cuando quince días antes propuso a Natalia que fuera a la mansión. Trabajaría solamente en la cocina, pero para más gente. Luego estaba la diferencia de horario y sueldo. Natalia aceptó sin dudar la propuesta de Berta.
- Gracias. Pero… ¿Por qué yo?
- La conozco, señora. La he visto trabajar, y aprecio su esfuerzo y discreción. – Sonrió al añadir: - Y hace una coca de Santiago que me encanta.
Guille no la sometió al contrato Montesinos. No la tocaría. Y don Francisco, dándose cuenta, consintió.
Doña Paula fue ascendida a Ama de llaves ante la aprobación y alegría del resto del servicio que hizo una fiesta privada de la que solamente se enteró don Francisco. Sin oponerse nada dijo.
Hubo un disgusto por parte de las sirvientas: Guille dejó de requerir sus servicios y cuando se cruzaba con alguna parecía notar que le miraban con anhelo. Y lo peor era que al vivir en la casa parecía disponible.
Una tarde, doña Amparo y Berta reunieron al servicio en el comedor de la cocina. El mayordomo había hecho retirar la mesa contra la pared y en ese sitio había dos butacas a modo de tronos dispuestos para las señoras de la casa, pero solo se sentó doña Amparo. Berta permaneció de pie, casi firmes al lado. La señora dispuso mediante un discurso lo que ya todos sabían: en breve dos se jubilaban, una incorporación y un ascenso. Añadió:
- También ha de quedar claro que doña Alberta Mora, aquí presente, es mi nuera y nueva señora de la villa Montesinos. Les ruego, y exijo, que la traten con el respeto y calidad que tienen conmigo, con la casa.
El discurso de doña Amparo duró varios de minutos en el que todos, incluso Berta, permanecían firmes. Concluido, miró despacio al servicio y se detuvo al llegar ante Natalia.
- Señora…
Berta se inclinó rápidamente para recordarle el nombre de la nueva cocinera.
- Señora Natalia, perdone. ¿Tiene algo que decir?
- Sí, señora. Agradecerle la oportunidad que me brinda. Le aseguro que me voy a esforzar para estar a la altura de lo que se espera de mí.
Berta la miró. No hablaba con acento gallego. Y lo mejor de todo es que se mostraba segura. Se alegró por ella.
A su lado, y formando parte de la despedida doña Amparo respondió:
- Señora. Eso ya lo sabemos. Sea usted misma y todos disfrutaremos de sus guisos y compañía.
Berta y Guille pasaban mucho tiempo juntos. Se levantaban temprano, corrían por el jardín o hacían gimnasia en el salón de baile, en el caso que hiciera mal tiempo. Luego iban juntos a Mundo Globo y entonces se convertían en director general e investigadora en Nuevos Proyectos. Para comer ya no coincidían tanto porque a veces Guille se retrasaba por culpa de unas llamadas al teléfono o conferencias por el ordenador. Mientras que Berta más sujeta a un horario, iba comer con las compañeras que tenían el mismo horario.
Regresaban juntos a casa, donde casi siempre continuaban con sus trabajos o se dedicaban a charlar ya fuera de negocios cómo de trivialidades.
Esa rutina duraría dos semanas hasta que Berta se dedicara a los exámenes.
Berta solía echar de menos a las amigas, pero sabía que el grupo estaba deshecho. Nilea estaba en Barcelona. Violeta en casa de sus padres allá en un pueblo. Y Ana María, haciendo daño a dos amigas, las dejó. Han perdido el contacto. Lo único que sabe de ella es que actualmente tiene pareja.
Cenaban con los abuelos casi todas las noches, y Berta solía rechazar el hacerse asidua al club de golf, aunque la abuela insistía en decir que había mucha gente de su edad con quien debía relacionarse. Además de salir de casa.
- Debes tener amigos. Relacionarte con el mundo.
- Ya lo intenté y no me salió bien. – Respondía seria. - Quizás más adelante, porque por ahora con los estudios y el trabajo tengo todo mi tiempo ocupado.
Entonces doña Amparo agitaba la cabeza y ya no insistía.
Tras la cena y charlar un rato con los abuelos, liberaban la tensión del día follando. Berta solía culminar cuatro veces y Guille dos. La esposa afirmaba quedar reventada y, sin embargo, al día siguiente estaba muy vivaracha y alegre. Parecía que el problema de la anemia estaba superado.
Los fines de semana pasaron a ser aburridos en casa. Solamente una noche fueron a una discoteca y un sábado a comer a un sitio que hacía mucho que no iban.
Hasta que al menos tres veces seguidas estuvieron sin salir de la habitación desde el viernes tarde al domingo poco antes de cenar. Tampoco dejaban entrar a nadie. El servicio les dejaba la comida en la puerta, incluso las toallas limpias. De este modo pasaban el tiempo estando desnudos y follaban en todas las posturas imaginables. Por lo mismo, esas dos mañanas no salía a correr ni hacer ningún tipo de ejercicio.
Un domingo al despertarse a mitad de mañana entre las arrugadas sábanas Berta protestó:
- ¡Eres un bruto! Me has follado por el culo y llenado las tetas de semen. ¡Tengo de tu leche hasta en el pelo! - Añadió otra queja. - Parece que te has olvidado que hay cosas que se hacen por su sitio.
- ¿Sí? – Sonrió Guille mientras se quitaba el sueño restregándose los ojos. – ¿Me lo puedes explicar mejor?
Minutos más tarde Berta estaba cabalgando a su esposo. Y como dijera Violeta, solamente le faltaba agitar un sombreo o disparar al techo con revólveres, porque los gritos ya los daba.
- ¡Más, nene! ¡Vamos por el tercero!
- ¿Más?
Guille se mentalizó en aguantar hasta conseguirle el tercer orgasmo seguido o seguro que lo mataba. Para ayudarse renovó las caricias en las tetas de Berta y le frotó el clítoris varias veces.
- ¡Ah! ¡Oh! ¡Haces trampa! – Se quejó Berta. - ¡Sigue! ¡Sigue, tramposo!
Así tuvo su tercer orgasmo sin “bajarse” del marido al mismo tiempo que notaba como su coño se llenaba de semen.
- ¡Ah! ¡Qué bueno!
Berta se derrumbó sobre Guille.
- Descansamos un momento. ¿Vale?
- Vale.
Volvieron a dormirse.
Al despertar Guille se puso una bata para abrir la puerta.
- Traigo el desayuno.
- Vale.
¡Sorpresa! En lugar del desayuno estaba la comida del medio día. Miraron la hora para confirmarlo.
- No es de extrañar. – Dijo sonriendo Berta. – Estás hecho una fiera.
- ¿Quién? ¿Yo? A ti no hay quien te domine.
Un domingo por la noche, después de cenar, abuelo y nieto se retiraron para hablar sobre la Cualidad. Dicho de otra forma, don Francisco reñía a Guille.
Los dos llevaban traje, como era norma en la casa para cenar. Estaban sentados en un diván y Guille deseaba estar en cualquier otro sitio para no aguantar otra bronca.
- Muchacho. Estás malogrando tu poder. Debes emplearlo.
- Por favor, abuelo. No quiero estar con otras mujeres. Ya sabes que amo a mi esposa. - Se quejó: - Esta conversación ya la hemos tenido.
- Cierto, ya la hemos tenido y es importante que te la recuerde porque no me haces caso. – Lanzó un suspiro. - Además, no es necesario que folles a diestro y siniestro, basta con hacer que te obedezcan y luego lo compensas. Sean hombres o mujeres. Como hiciste con a aquella funcionaria. Carrasco, creo que se llama. ¿Te acuerdas? Sufría hiperhidrosis por culpa de su superior. La ayudaste sin pedir nada a cambio.
Don Francisco se levantó para acercarse a la ventana y señaló lejos. Al otro lado de los jardines.
- Ves a la ciudad, busca un drogadicto y consigue que lo deje. Que el dueño de un bar no añada agua a la ginebra. Que un maltratador deje de serlo.
Realmente esa ventana no está orientada a la cercana ciudad, pero no importaba.
Guille dijo divertido:
- Ya. Quieres que arregle el mundo.
Don Francisco dejó de mirar el exterior para hacerlo a su nieto y responder sin abandonar el tono serio.
- En lo que puedas, ya que no quieres dominarlo.
- Dominarlo. – Murmuró Guille.
- Es una forma de hablar. No me meto en política, drogas ni armas. Intento ganar dinero para vivir bien. Y al hacerlo genero empleo. A los que trabajan para mí les pago por encima del salario normal. ¿Ves, muchacho? Ya los compenso a cambio de lo que me rinden.
Guille apretó los labios sin ganas de hablar.
- Muchacho, mira a tu alrededor. – Continuó el abuelo. – Aquí somos cuatro habitantes. Nos sobra casa. Bosque, jardín, huerto… pero estando aquí generamos empleo directo a veinte personas e indirecto a otras treinta. Es compensar. Si nos fuéramos a un piso en la ciudad toda esta gente acaba en el paro. – Regresó al diván sin dejar de hablar. – Es parecido a lo que haces en Mundo Globo: coges una empresa que les va regular, la estudias corriges los fallos y la vendes. Acabas de evitar que unas docenas de empleados acaben en la calle mientras te llevas unos euros al bolsillo.
- Vale. Ya veré. Es cómo te dije, poco a poco. Quiero controlar la Cualidad no depender de ella para todo.
- ¿Poco a poco? Bueno. Espero que esta vez lo hagas.
Cerca. A pocos metros del mismo pasillo, en un gabinete era doña Amparo quien reñía a Berta.
- Hija mía, que te diviertas con tu marido está bien. Pero debes relacionarte con el mundo, con esa gente de fuera.
Berta se defendió. Estaba cansada de escuchar lo mismo cada domingo después de la cena, pero fue muy comedida en la respuesta:
- Estamos bien así.
- Puede. - No quiso decir que la envidiaba al ver la cara de satisfacción que irradiaba. - Cariño no te lo discuto. Solamente que es bueno disponer de amistades…
- Mil veces te he dicho que mis amistades fueron un fiasco. Tenía tres amigas. Dos eran pareja y al separarse una se marchó. Yo tenía un gran aprecio a Violeta. ¡Fuimos esposas! Hasta que sintiéndose menospreciada también se marchó. - Se quejó: - Le hice daño sin darme cuenta. ¿Por qué no lo dijo? ¿Por qué no quiso hablar? - Ya más sería continuó hablando. - Nilea, es ahora la señora Gisela Bah, la mejor asesora de Comercial Cifuentes y no tiene tiempo para pasar una tarde conmigo. Eso sí, se siente agradecida a Guille y le hace ganar dinero a espuertas.
Doña Amparo agitó la cabeza.
- Niña. ¿Qué edad tienes?
Berta respondió rápidamente.
- Veintidós.
- Lo dicho, eres una niña. – Doña Amparo asintió como si reafirmase sus propias palabras. - Tienes que ver más mundo y equivocarte muchas veces. Para luego aprender a comprender, perdonar, curarte las heridas de muchos golpes y zarpazos para seguir luchando. – Aspiró con fuerza cogiendo aire por la nariz y continuó. - Debes tomar el café junto harpías, chismosas, lobas, zorras y más fauna peligrosa, esquivando sus uñas, dientes y puñaladas por la espalda, porque así consigues información con la que tu esposo, o teniendo en cuenta que eres economista, lo aproveches y te reporte del tres al diez por ciento de tus beneficios. ¿Cómo? Pues ya lo sabes, escuchando mientras tomas un café.
Recordó sin necesidad de decir nombres:
- Verás: Una amiga dice que sabe quién va a poner un negocio o ampliarlo y necesita capital, otra que le va mal a la familia tal o cual, y puedes comprar sus inmuebles más baratos o bien sus empresas. Yo, al mismo tiempo que me entretengo aporto a Francisco, tu abuelo, todo eso. Lo dicho, hija mía, tú puedes directamente aprovecharlo.
Berta la había escuchado, sin embargo, regresó a la conversación inicial.
- Abuela, yo… no quiero pasar otra vez por lo mismo que con Violeta. La amaba. No sé cómo explicarlo. De verdad que amo a Guille. Le quiero más que mi vida. Pero esa chica… No. No quiero pasar por lo mismo.
- Te entiendo, mi niña. Y todos lo sabemos. El número que de vez en cuando te quedas mirando en tu teléfono es el de ella. Mientras los demás hacemos como que no nos damos cuenta.
Berta se ruborizó. Quedó inmóvil. ¡Había sido atrapada! Miró fijamente a la abuela que asentía levemente, y luego a la puerta por donde su esposo salió poco antes. Murmuró:
- Guille.
- Sí, hija mía. Tu esposo, que te ama muchísimo, sabe que también amas a Violeta. Y está esperando que le ordenes traerla a tu lado. Y no lo hará en un corcel blanco como a una princesa, ni envuelta en una alfombra egipcia, como a Cleopatra, pero sí lo más rápido que le sea posible.
Berta se emocionó. Sabía que Guille la amaba. Lo notaba. Pero no pensaba en la posibilidad de que por verla feliz estaba dispuesto a volver a compartir ese amor con Violeta. Tragó saliva y evitó que saliera esa lágrima que ya asomaba.
- ¿Lo ves, abuela? Por estos detalles no se lo pediré jamás. No sé si será dentro de un minuto o varios años, pero Guille será único en mi corazón.
Cogió el teléfono y borró el número de Violeta. Todo un símbolo.
Doña Amparo esperó casi un minuto antes de preguntar cambiando de tema.
- Berta. ¿Qué piensas de mí?
- Pues… que eres una dama. Respetable, amable...
- Bien, gracias. Con esa opinión me muestras que desconoces como era hace unos cuarenta años. - Agitó la cabeza apretando los labios. Estaba algo ruborizada. – Respetable, dices. Si me hubieras conocido cuando tenía tu edad. – Se corrigió. - ¡No! Fue antes, con muchos menos, cuando mi tía aconsejaba a mi padre que me llevara a un colegio para señoritas que más parecía un correccional. Cuando algunas esposas me llamaban puta porque sus esposos dejaron de follarlas para reservar energías y poder estar conmigo sin que les llamara flojos.
Sonrió al dar permiso.
- Sí, cariño. Puedes reír. Fui así hasta los treinta. Más de una década de... lo que llamaba pasarlo bien.
- Abuela. De esto ya hemos hablado. Si te es molesto podemos dejarlo.
Doña Amparo prefirió continuar contando sus cosas.
- Una mañana estando en la piscina de ahí atrás conocí a Ernesto, mi primer esposo. Y fue cuando llegó de forma radical la discreción. El silencio. A escondidas, pero sabiéndolo todo el mundo, él tenía sus amantes y yo los míos. Pero lo dicho, se acabó llamar la atención. Se acabaron las locuras los alborotos. Antes de casarnos me dejó bien claro que tenía dos hijos y no quería más. – Hizo un leve gesto con la cabeza y continuó. - A los treinta y ocho quedé viuda y a los cuarenta me casé con tu abuelo. En un accidente perdí a mi hijo no nato y la posibilidad de engendrar otro.
Berta quedó callada, no sabía lo del aborto. Y en ese gesto: doña Amparo estuvo callada la eternidad de varios segundos en los que sus ojos brillaron por unas lágrimas que no salieron, notó el dolor de su querida abuela.
Continuó:
- Odié a Paco, tu abuelo. Con mayor discreción continué con mis aventuras y tu abuelo con las suyas. En el ámbito que nos movemos es lo normal. Ahora, ha vuelto el amor entre nosotros, dejé de ser como era y consiento de él todo. Aunque parece que cambió con lo que me sucedió en el hotel Romana Nord.
Berta se sorprendió, no creía capaz al abuelo de tratar así a esa dama. También la recordó medio desnuda sometida a esa droga ordenando a gritos que la follaran.
Doña Amparo parecía adivinar los pensamientos de Berta. Hizo un chiste.
- Si los cuernos fueran visibles las reuniones en el club de golf, en el hotel de Barcelona o por ahí, pareceríamos unas manadas de ciervos tomando cava.
Miró fijamente a Berta y añadió:
- No quiero decir que Guille te engañe. No lo sé. Nadie me dice nada sobre él. Como tampoco sé si de saberlo te lo diría. ¡Qué frase más rara he dicho! - Ninguna sonrió. - Y otra cosa, hija mía, no te estoy pidiendo que hagas nuevas amigas, sino que asientes relaciones con potenciales clientes. Además, y creo que ya lo he dicho, pero ahora no recuerdo si fue a ti o a Guille… vuestros hijos se relacionarán con los de esa gente. Debes conocerlos porque colegios que os parezcan adecuados hay pocos en esta ciudad.
Berta la miró un instante. Despacio se acercó a doña Amparo, le dio un beso en la mejilla. Y sin retirarse murmuró:
- ¿Abuela, quedamos para ir al club el sábado?
Doña Amparo consintió al proponer:
- En mi coche, pero tú conduces.
Gracias a solucionarse el asunto de las potabilizadoras en Hermoso Norte, el proyecto sobre el hotel en los pirineos estaba en marcha. Aunque también es lo que dijo el abuelo:
- El dinero es un buen engranaje en cualquier relación.
Y Nilea fue la encargada de situarlo entre los veinte mejores del mundo sin abrir las puertas todavía. Aportó lo aprendido durante sus presentaciones de marketing y era un éxito. Un mes antes de la inauguración ya tenían todo el alojamiento completo. Aconsejó:
- Los médicos y sus equipos sobre dieta, fisio y cardio deben ser buenos. Es lo más demandado. – Añadió sin reír. - Y los de la himenoplastia, además, discretos. En contratación dijeron algo sobre reforzar el secreto médico.
La conversación era mediante ordenador desde las oficinas de Barcelona a Mundo Globo. También estaba Berta que, en cuanto se enteró que iba hacer un resumen de su trabajo, se apuntó a la reunión. Tenía ganas de saludarla.
- No sé si lo he entendido bien. - Dijo Berta mirando a Guille fijamente.
- Sí, guapa. Lo has entendido bien. - Intervino Nilea sin pretender hacer una broma. - Tenemos tres clientas cuyos nombres son totalmente falsos, pero con lo que están dispuestas a pagar nos da igual si afirman ser Caperucita Roja, Blancanieves y Ricitos de Oro. Las tres quieren ese tratamiento. – Asintió levemente. - Una pide que se haga sin salir del recinto del hotel, y las otras que se les recomiende dónde y con una reserva coincidente a la estancia. - Sonrió al añadir: - En principio yo no llevo las reservas, pero es que esto ha sorprendido a unos cuantos y así me he enterado también. Naturalmente me he ocupado de acallar el rumor.
- Y eso que falta un mes para la inauguración. – Murmuró Berta asombrada. – Lo cual me hace pensar que hay que ordenar a la gente que evite los comentarios.
- Está el compromiso de confidencialidad, pero es algo que se murmura a nivel interno.
Nilea añadió que tenía a un abogado redactando que el acuerdo de secreto confidencial se ampliara a facturación y reservas, esto es, todo aquel que se relacionara con el hospital.
- Según el abuelo la inauguración tiene que ser a bombo y platillo. – Dijo serio Guille. - Que salgamos en los noticieros de televisión, pero sin que se vea el rostro de un solo cliente.
- Se verán trabajadores y los servicios. Es fácil, Guille. No te preocupes. Es más fácil de lo que parece. – Añadió la amiga. - Ya he contratado una empresa especializada en eso. Aparecerá mucha gente pasándolo adecuadamente bien sin mostrar sus rostros. Parecerán clientes cuando en verdad son actores.
Nilea cambió de tema, pero continuando con los negocios.
- Otra cosa, jefes. Ya tenemos capitanes para los barcos de Europa Futuro, y el que será el director o relaciones públicas del hotel flotante. Así como el personal contratado para la cocina y entretenimiento. – Bajó la mirada para leer en otro ordenador o Tablet. - Veamos los números que es lo que más entiendo además de importante… la Comercial recupera lo invertido en tres años con el transporte y en cuatro con el crucero. Eso si no hay cambios en las previsiones de sueldos, mantenimiento e ingresos. Lo cual, y como ya sabéis, es muy variable. Se supone que a partir de ese tiempo son beneficios.
- Vamos, que un barco tarda cuatro años en ser rentable y el otro cinco. Y la “vida” de un barco es veinte años.
- Sí, unos quince años de rentabilidad. Y con un buen mantenimiento, y actualizaciones, unos diez o quince años más.
- Pues me parece que vamos a dejar de invertir en barcos.
- Mira que con los aviones es peor. - Dijo Nilea sonriendo, parecía que ya lo había estudiado. - Con los satélites no lo sé, no lo he mirado.
Guille pensaba que se estaban saliendo del tema, aunque le gustaba hablar con Nilea y que Berta participara.
- Nos estamos metidos en eso.
Berta carraspeó al mismo tiempo que también sonreía.
- Perdona, cariño. Tengo unos proyectos en mi mesa que tratan sobre la participación en un satélite de comunicaciones y en un bonito gigante volador.
Guille agachó la cabeza en un gracioso gesto mientras murmuraba.
- Esto es un complot.
La entrevista terminó y Berta se puso hablar sobre un compañero que si bien era eficiente en su trabajo se dedicaba a murmurar que estaba en la empresa por méritos propios, haciendo comparaciones sin decir nombres.
- Cada vez que me cruzo con él tengo ganas de matarlo.
- Vale. Tranquila. ¿Sabes qué? Ignóralo.
La cogió de la cadera e hizo que se sentara sobre la mesa. Subió su vestido, retiró las bragas a un lado y se dedicó a acariciar su intimidad durante un ratito.
Berta nada le dijo mientras dejaba de sonreír ante semejante ocurrencia y comenzaba a disfrutar de la caricia. Solamente miró que la puerta estuviera cerrada.
- ¡Uhm! Cariño. No debemos, aquí, no debemos.
Se dejaba hacer. Lo pasaba muy bien.
- ¡Ah, sí! ¡Bien! Ahora veo la diferencia de deber y querer. ¡Sigue!
Menos meterle el dedo por la vagina le había hecho de todo en los pliegues del coño. Luego, Guille se agachó entre las piernas de su novia y se aplicó con la lengua, centrándose en el duro garbanzo que asomaba entre los pliegues. Berta gemía su placer.
- ¡Oh! Jefe. Esto es abuso del cargo o algo así. Sigue.
Y cuatro minutos más tarde se corría sujetando la cabeza de su marido contra el coño.
- ¡Ah! ¡Cariño! Esto es lo mejor para calmar los nervios.
- Es que no recuerdo si hay valeriana en el botiquín.
Berta se bajó de la mesa y se puso bien las bragas. Le amenazó que quería otra dosis de lengua para esa noche.
Guille se pasó una mano por la bragueta protestando.
- ¡Oye! ¡No me dejes así!
- Perdone, jefe. Ya ha pasado el tiempo de descanso. Me tengo que poner a trabajar. – Se acercó a la puerta y antes de abrir ordenó: - Lávate la cara que te huele a coño.
- ¿Qué? Serás…
Berta salió corriendo del despacho dejando a Guille sin terminar la protesta y con ganas de estrangularla un ratito. La dura polla aprisionada por el calzón dolía.
- ¡Pero qué cabrona se ha vuelto!
Se recolocó la polla para poder sentarse. Ya sentado recordó oliéndose las manos:
- Debo lavarme la cara.
En villa Montesinos hubo obras en la fachada del lateral opuesto a las cocinas. Esto es, el más cercano al edificio del garaje, donde también está el puesto de los guardias.
Se agrandaba una puerta que hacía mucho que no se empleaba y retirando paredes se habilitaba espacio para guardar hasta cinco coches dentro del edificio. Se trataba de una zona arrebatada a donde antes estuvieron algunas dependencias de la servidumbre. También se arregló un pasillo que lo comunicaba directamente con la cocina, entre otras obras.
Un domingo por la mañana antes de ir al club de golf, doña Amparo y Berta paseaban cerca de la obra, y la abuela comentó que ya era hora que se habilitara un aparcamiento ahí. El anterior garaje quedaba algo retirado por lo que ahora se evitaba el frío o el calor, además de ser más cómodo. Berta, enterada de las obras, ya que había leído los presupuestos, aportó lo que sabía.
- También se pone un ascensor que llegará hasta el segundo piso. Será grande, como un montacargas. - Arrugó el entrecejo para concentrarse. - Creo que tendrá la capacidad para diez personas a la vez.
- ¡Ah! Por eso esas obras al lado de la escalera de servicio.
- Sí, abuela.
- Ascensor espacioso y en el mismo edificio. Directo del garaje. - Parecía que doña Amparo meditaba en voz alta. - Resultará más práctico de lo que pensaba.
Con la diestra señaló un bulto enorme relativamente cercano y tapado con unas lonas.
- ¿Y esos tubos cuadrados? ¿Sabes para qué sirven?
Berta había ojeado las características de la obra, pero solamente por curiosidad, no como materia de estudio.
- Pues no estoy segura. Creo que es para la salida de humo o ventilación. Y bueno es algo que nunca suceda, pero cinco motores echando humo a la vez puede ser molesto.
La abuela asintió.
Ambas se cubrían con unas chaquetas ya que, aunque hacía sol el aire era frío. Sobre todo, eran necesarias cuando dieron la vuelta por detrás del edificio y quedaron a la sombra. Casi huyeron al camino de la granja donde todavía daba el sol. Doña Amparo vestía pantalón de hilo, y una blusa debajo de la chaqueta. Berta, vaqueros y un suéter de manga larga.
- Y dime. ¿Qué tal ayer en el club?
Berta apretó los labios antes de contestar.
- Pues sin contar a ese familiar de doña Antonia que se puso un poco pesado, bien.
- Sí, el sobrino de Toñita. No lo conocía. Bueno hacía unos años que no lo veía. De muchacho. Nunca aprendí su nombre. - Corrigió la afirmación y añadió: - Ha cambiado. Ya no es un crío, y parece que hace mucha gimnasia.
- Pesas y no sé qué más, me dijo. Estaba muy empeñado que fuera con él al gimnasio donde me enseñaría sus músculos.
Con el tono de voz empleado daba a entender la verdadera intención de ese tipo y el músculo a mostrar.
Doña Amparo asintió y al poco añadió:
- Más tarde le vi intentarlo con otra muchacha, Miriam creo que era. ¿La conoces?
- ¿Miriam? Me hablaste de una muchacha que quedó atrapada contigo en la villa durante aquella tormenta. Además de un sencillo “hola” se puede decir que no nos hablamos y he notado que es por culpa de su controladora madre. – No quería decir que se murmuraba de ella que estaba en concubinato en lugar de un matrimonio como debe ser. Solo dijo: - Creo que me considera apestada.
Viendo por donde se dirigía la conversación, doña Antonia volvió a lo del sobrino de Antonia.
- ¿Cómo te lo quitaste de encima?
- Le dije que era simpático y guapo, pero que era una lástima que tuviera pene en lugar de vulva.
Doña Amparo quedó paralizada por una respuesta tan demoledora. Incluso dejaron de andar. Hasta que con un gesto indicó que continuaran con el paseo.
- ¡Ah! Bueno – Con un carraspeo evitó reír esa ocurrencia. – Es un planteamiento que ni yo esperaba. Pero verás hija mía, te aconsejo que no lo repitas. - Se dispuso a aleccionar a la nieta. - Verás, si simplemente dices no como única palabra cada vez que te pregunten, ya se cansarán de molestarte, pero respondiendo eso, pronto lo contará a alguien, correrá la voz y te creará una fama.
- ¿Entonces cómo eludo a esos pelmazos cuando con un no, no es suficiente? Porque seguro que habrá más.
- Sí. Los habrá puedes estar segura. Recuerdo que estando ya casada evitaba estas situaciones diciéndole que esperase un poco y así nos podría acompañar mi marido.
- ¡Uhm! Vale. Aunque según con quien se apuntaría a un trío.
Luego recordaron lo que aconsejaba el Cic para esos casos e intentaron modernizar o adaptar las variantes que se les ocurría al tiempo que bromeaban.
- Vale. Y supongo que la patada en la entrepierna queda descartada.
- Mientras se pueda hablar, pues sí. Aunque creo que debería decirte unos nombres para evitar que los golpees. Ya que para el próximo golpe lo pedirán estando atados, desnudos y que sea con una fusta.
- ¡Ah! – Se asombró Berta. – Jamás. Yo.
Iba a decir que jamás iba a esos sitios donde hay sexo, alcohol, drogas y al parecer otros vicios.
- Hija mía, eres muy joven. Y queda claro que nunca has ido a esas fiestas privadas.
- Ya veo. En Albaritela.
Esa casona en la provincia de Madrid.
- No hace falta ir tan lejos.
Para entrar en la casa lo hicieron por la puerta a la cocina. Donde solamente estaba Juliana dando órdenes por teléfono. Parecía discutir con alguien por lo que doña Amparo se interesó.
- Nada señora. Ya está arreglado. – Doña Juliana lanzó un cansado suspiro por el combate telefónico. - El pedido de hoy llegará en media hora y la comida será a la hora de siempre.
- Bien. Gracias por su interés.
Tanto la abuela como la nieta miraron la hora. Las vituallas de ese día llegarían con varias horas de retraso.
Pasaron la tarde en el club de golf. Don Francisco con unos conocidos se puso hablar de caballos y los diferentes deportes que se pueden realizar con ellos. Doña Amparo se retiró con sus amigas. Mientras que Guille y Berta intentaron acercarse a unos jóvenes de los que al poco salieron huyendo, nada entendían de marcas de ropa ni de gente que mediante videos decía qué hacer, cómo y dónde.
Estando a solas Berta dijo su opinión:
- Ni a mi madre dejé que me controlara. Mucho menos a esas.
Después de cenar y ya en la habitación, Berta salía del baño quitándose el sujetador. Se encontró que Guille estaba desnudo y había retirado la ropa de encima de la cama. Así como el pijama de Berta para evitar que se lo pusiera. Sin tener una buena erección ya estaba animado.
Berta abrió mucho los ojos sonriendo.
- ¡Vaya, cariño!
No pudo decir más. De un salto Guille salió al paso. Se abrazaron. Las bocas se unieron en un beso que terminó en todo un morreo con baile de lenguas. Al mismo tiempo que Guille le acariciaba una teta y el culo.
Berta pudo recuperar el aliento y notando la dureza de su esposo en el pubis preguntó innecesariamente qué pretendía.
- Hacerte disfrutar.
- ¡Qué generoso!
- Cariño. Ya ves cómo estoy, pero si no te apetece solo tienes que...
Esta vez fue él quien no pudo continuar hablando. Berta le empujo hasta la cama y corrió a tumbarse bocarriba. Se ofreció:
- Ven cariño. Vamos a disfrutar.
Guille saboreó las tetas de su esposa, que como era normal en ella, ya gozaba con la caricia. Así ya tuvo un orgasmo en pocos minutos. Sin cesar en las caricias se deslizó hasta que su boca alcanzó la vulva y comenzó a lamerla por completo. Incluso metía la lengua por el orificio de la vagina.
- Parece que no te bastó con ayer, sábado.
Guille no contestó. Cogió el clítoris con la boca y se dispuso a chuparlo. Antes de dos minutos, Berta tuvo otro orgasmo.
- ¡Ah! ¡Sabroso, cariño! ¡Gracias!
Continuó con la caricia y Berta tardó casi el doble en tener el nuevo orgasmo. Con la diferencia que era más intenso.
- ¡Eres un malvado! Siempre me lames dos veces seguidas. Y, te amo.
Sin preguntar qué posición quería Berta, Guille se tumbó empujándola para que se pusiera encima, a lo vaquera. Se cogía la base del pene para que quedara bien tieso. Ofreciéndolo. Y Berta, sonriendo lascivamente, se sentó a horcajadas colaborando para la penetración en su cuerpo al separarse los labios del coño y orientando el pene. Conforme se lo introducía en su cuerpo soltó un bufido.
- ¡Uf! ¿Qué tienes, cariño? ¡Estás enorme! Tengo que preguntar a Natalia qué pone en tu plato.
Al poco era Berta quien se movía con ganas al notar que esas caricias en las tetas y culo. La estimulaban a follar moviendo con energía sus caderas.
- ¡Ah! Sí. Hoy estás enorme. Me llenas hasta el fondo.
- Sigue así, nena. – Animó Guille.
Tuvo un intenso orgasmo sin que Guille dejara de estar erecto y bombeando.
- ¡Ha estado bueno!
- Sigue, cariño, ahora no te pares. - Ordenó Guille. - Ves por otro que yo lo estoy pasando mucho mejor que bien.
- Sí cariño. - Volvió a mover sus caderas, y ordenó: - Te toca. Disfruta. ¡Y lléname de lechita!
Estuvieron unos minutos gozando. Guille lo mismo acariciaba las tetas que el culo de su esposa. Y a veces llevaba una mano hasta el clítoris para darle una suave caricia. Con excepción de esa vez que lo pellizcó motivando la reacción de Berta.
- ¡Cabronazo! ¡Me matas!
Precisamente estaba acariciando en tan íntimo lugar cuando Berta tuvo otro orgasmo.
- ¡Hostias con mermelada!
Guille notó las contracciones vaginales sobre el pene. Sonrió, se sintió bien. Su esposa disfrutaba y era un gran regalo a sus sentidos. No cesó de acariciar el gordezuelo clítoris hasta que esa vagina se relajó.
Tras un breve instante para recuperar el aliento continuaron follando.
Al poco, Berta protestaba. Se estaba cansando.
- Cariño. Si no te corres pronto me vas a matar.
- Pronto, cariño. Lo tengo cerca.
Y no mintió. Por fin, y respondiendo a la petición de Berta, la vagina se llenó de semen.
Berta notó cada borbotón con gran fuerza en su interior. Esta vez no se corrió y estuvo saboreando cómo su cuerpo se llenaba de la esencia de su novio. Daba gustito.
- ¡Así! ¡Así, amor mío! Disfruta.
Guille pensaba que le salía de muy dentro.
Tras un descanso estando abrazados, dándose algún beso cariñoso en los labios, fueron a la ducha.
Guille puso jabón en una esponja y se dedicó a lavar el cuerpo de su esposa. Luego cambiaron, era Berta quien enjabonaba la espalda de Guille.
- Cariño. Perdona la brusquedad. - Murmuró Guille. Se giró para darle un beso corto en los labios. - Te amo. Me gustas mucho y me gusta disfrutar de tu cuerpo.
- Sí, cariño. Yo también te amo. - Lo empujó contra una pared para que de esta forma pudiera guardar el equilibrio. Le cogió por el pene y comenzó a acariciarlo. - Y por eso ahora voy a vaciarte los cocos hasta dejarte seco.
Se agachó frente a él y continuó la caricia con la boca.
- ¡Cariño! Vamos a la cama. - Pidió Guille.
Sabía que le flaquearían las piernas.
Regresaron a la cama, dejando las toallas en el suelo empleadas en un secado casi relámpago, y Berta se inclinó sobre su esposo. Le lamió y acarició el pene hasta conseguir una gran erección y ya se lo metió en la boca.
Lamidas mientras Berta murmuraba ¡Uhm! O succiones que sonaban haciendo “chof o bluf”.
Se retiró un poco y murmuró:
- ¡Qué bueno está esto!
Y continuó con la mamada. Guille la animó:
- ¡Nena! ¡Sí, muy bueno!
Guille disfrutó durante unos minutos hasta que avisando a su esposa se descargó. La cual se tragaba los borbones al notarlos en su boca.
Al retirarse Berta, preguntó:
- ¿Te has quedado bien?
- Sí, cariño. Gracias. Dormiré muy bien esta noche.
- Vale, pues a dormir. - Berta estaba radiante. - Deja que me apoye en tu pecho. Me gusta escuchar tu corazón.
- Espera, te traigo agua.
- No hace falta. Durmamos.
Guille no tardó en quedar dormido. Estaba cansado, agotado tras el “ejercicio”. Berta aún tardó un poco. Se arrepentía de no haber bebido agua. Pero, por otro lado, frotaba la lengua contra el paladar saboreando todavía la esencia de su esposo. No quiso girar la cabeza temiendo despertarle. Murmuró:
- Te amo.
Continúa en
- Relato #252593— title-regex: contiguous parts (36 -> 37)
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