Xtories

La cualidad de la palabra. 33

Mientras las amigas descubren que sus parejas se han traicionado mutuamente, Guille ejerce su dominio en la casa de la familia. No es solo una cuestión de sexo, sino de control: él decide con quién duerme, cómo lo hace y qué consecuencias tiene, mientras las mujeres de su entorno luchan por mantener la apariencia de normalidad.

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Como las amigas tenían vacaciones esos días, quedaron para ir al club de montañismo el viernes, calculando que al estar un poco nublado podrían pasear por esos caminos.

Para poder hablar mientras iban al club, acordaron ir en un único coche por lo que era Berta quien conducía. Primero recogió a Violeta. Luego, al parar frente la casa de Ana María, ocurrió que solamente salió Nilea, y se mostraba nerviosa, incluso disgustada.

- No va a venir. – Dijo sobre su novia. - Le ha surgido algo.

Supusieron que se trataba del tiránico trabajo de la amiga sin recordar que desde hacía unos meses trabajaba con su padre.

Ya en el club de montañismo desecharon el paseo hasta la fuente. El tiempo había cambiado y con ese sol imperante no era adecuado caminar, aunque hubiera tramos a la sombra de los árboles. Era mejor quedarse en las instalaciones. Decidieron ir a la piscina. Donde también podrían tomar algún refresco. Lo bueno es que al ser por la mañana de un día laborable no había mucha gente y se estaba bien. Violeta hacía bromas sobre los chochetes al aire en casa de Berta y Guille.

- Tenemos que repetirlo.

- Ya veremos. – Respondió Berta.

Después de hacer la digestión fueron a la sauna. Donde solamente reían Berta y Violeta mientras que Nilea se dedicaba a secundar chistes y bromas.

Un buen rato más tarde las amigas estaban dando un paseo entre los olmos a las orillas del torrente, y fue cuando Violeta ya no pudo más y preguntó a Nilea:

- Cariño. Hoy estás poco habladora. ¿Qué te pasa? ¿Es porque no ha venido Ana María?

- Sí. Por eso es. - Por fin se decidió a hablar. - Veréis. Mi novia no está trabajando hoy. También tiene el día libre y… está con un chico.

- ¡Ah, Bien! – Dijo Violeta. - Que sepa qué se siente con una buena herramienta de músculo dándole alegría al cuerpo.

Berta asintió, pero sin dejar de mirar el preocupado rostro de Nilea. Notaba que había algo más por contar.

- Yo… A ver… Que mi novia esté con un tío… pues me pica. Pero también me fastidia saber que ese chico no está libre. Es… tiene pareja, o novia. Y que esa novia es una amiga.

A Berta le empezaron a temblar las rodillas. Tanto por los nervios cómo de miedo. Violeta asintió seria, era todo un marrón para quien fuera. Lo sabía porque le sucedió algo similar un tiempo atrás.

- Bueno. Ese chico hace mal. - Dijo violeta, seria. Pensando que podría tratarse de Guille miró preocupada a Berta. - ¿Lo sabe Ana María? Bueno. Si tú lo sabes, supongo que ella también. ¿Verdad?

La frase incluía que los dos estaban haciendo daño a alguien.

Nilea agachó la cabeza.

Berta apretaba la boca. Su garganta estaba seca, sus manos temblaban y sudaban. Un dolor apareció en el vientre, aunque a veces creía que era en el pecho. Tenía miedo de saberlo y al mismo tiempo lo deseaba. Necesitaba saber nombres. ¿Qué haría? Estaba convencida de que Guille follaba con más de un coño por ahí. Sí. Pero saberlo así, y que además es con una amiga... dolía. El ardor en el vientre aumentaba.

- Sí. Lo sabe. – Afirmó Nilea. Seria. - Y es otra cosa que me duele. Y que me estás animando… cuando… cuando ella está con… tu novio, Nacho.

Todas oyeron como se escapaba el aire de los pulmones de Violeta. Su rostro se puso pálido e inmediatamente, rojo. Cerró los puños marcándose las palmas de las manos con las uñas. Gritó:

- ¡No! ¡Mientes!

A Nilea se le escapó una lágrima al murmurar:

- Lo siento.

Berta suspiraba aliviada. No se trataba de su esposo. La presión en el vientre, junto con el malestar, desapareció. Pero inmediatamente miró a Violeta y se sintió egoísta.

Violeta, con pasos vacilantes, se retiró al pie de un árbol donde apoyó una mano, se dobló por la cintura y vomitó.

Berta corrió a su lado, comprendiendo por qué del vómito. Poco antes por culpa de los nervios notaba dolor en el estómago. También hubiera vomitado. Nilea también se acercó sujetándola de la cintura.

Berta propuso que regresaran al restaurante y tomaran algo fresco. Violeta se negó y miraba a Nilea al decir:

- ¡No! Lo que quiero es regresar a casa para comprobar que estás equivocada. – Esa mirada estaba cargada de ira, aunque su enfado no era dirigido a la amiga. - Puedo… puedo perdonar que esté con otra. Todos los tíos son iguales. Pero precisamente con Ana María… - Casi gritó: - ¡Creía que era una amiga! - Ya más calmada añadió: - Tenemos que hablar. Ya sé, que Ana María no conoce chicos con los que… y que no se puede ir por ahí pidiendo a un tío que la folle para ver cómo es… pero sí que podían pedirlo a mí, hablarlo antes… No sé. Algún acuerdo habríamos hecho.

Berta preguntó a Nilea cómo lo sabía. Si estaba segura. La alemana la miró fijamente al responder.

- Ana María dijo que había quedado con un chico para hoy. Y que tenía ilusión y todo eso en una cita en la que, si le caía bien, esperaba tener sexo.

Como Berta y Violeta la miraban continuó hablando.

- Fui haciendo preguntas hasta que deduje de quién se trataba, pero creía que era Guille. – Miró a Berta como si le pidiera perdón por pensar eso. Añadió: - Entonces le dije que tuviera cuidado con los juegos en la piscina. Al responder que en su piso no tiene piscina ya dudé. Y más cuando ya había dicho que yo lo conocía. Y que gracias a la amiga sabía lo bien que follaba.

Miró brevemente a los ojos de Violeta.

- Me puse a darle a la cabeza. Deduciendo. El chico vive en un piso. Y la amiga cuenta intimidades. - Se movía nerviosa. Ahora no sabía a quién ni dónde mirar. - Y amigas solo tengo a vosotras y una compañera de trabajo que vive con sus padres. Deduje que era Nacho. Y no lo negó. Solamente dijo que sería una cita de una sola tarde. Follar y nada más.

- Bueno, se trata de una posibilidad. Si llegaron a ese acuerdo. Puede que simplemente hablaran o que Ana María no fuera a esa cita.

Nilea agitó la cabeza negando. Añadió:

- De no estar juntos Ana María habría venido al club.

Violeta oteó el horizonte, en dirección a la ciudad, como si buscase a los traidores amantes.

- Así que mi amiga y mi novio están follando ahora mismo. Y seguramente en mi cama. - Bajó la voz al añadir: - Si me lo hubieran dicho… creo que habría aceptado… y seguro que participado, pero al hacerlo así, es un engaño.

Violeta cambió de idea. No iría inmediatamente a casa. Esperaría. No quería encontrarse con ellos, juntos. Así las tres amigas pasaron la tarde en el club, sentadas en un banco bajo los olmos.

Berta llamó a Guille para decirle que su amiga Violeta estaba pasando por un mal momento y que necesitaba apoyo. Aun tardaría en ir a casa.

- Bien, cariño. Ya me contarás si lo crees oportuno. He hablado por teléfono con el abuelo. Tenemos que ir mañana a villa Montesinos, para hablar sobre la textil Amapola.

- Bien. – Fue la escueta respuesta de Berta.

Guille, en un intento de animarla, propuso:

- Vale. Si te parece podemos vernos allí. Cenamos con los abuelos y ya estaremos ahí a primera hora de la mañana.

Guille, si saber qué pasaba, esperaba que Berta, al hablar con la abuela se animara.

- Bien, sí. Pero seguro que llegaré tarde.

- Cuando puedas. Tantum te amo. (Te quiero mucho)

- Te quoque amo. - (También te quiero)

Las amigas estuvieron paseando por los alrededores del restaurante. A las siete de la tarde ya cerraban la piscina, pero no el acceso. Las tumbonas eran sustituidas por mesas con mantel y una lamparilla. Dentro del agua encendieron unas lámparas y aparentaba un estanque. Quedaba acogedor, incluso romántico. Para cenar acudieron varias parejas.

Berta comentó:

- No sabía que esto lo arreglaran así. Queda bien.

- Más o menos a estas horas es cuando regresamos del paseo cerca del torrente y nos vamos a casa. - Contestó Nilea aclarando el por qué no se enteraron hasta ese día.

A la hora de la cena nada tomaron. Violeta no tenía ganas y las demás evitaban dejarla sola

A eso de las diez llamó Ana María preguntando a Nilea dónde estaba. Lo curioso es que pedía que fuera con Violeta a la casa de ésta y Nacho. Acordaron verse en media hora.

- No sé por qué en esa casa. – Murmuró meditativa Nilea. - Quizás quieran que hablemos los cuatro. Me Refiero a Ana María, Nacho, Violeta y yo.

Berta pidió:

- Pues si me dejáis yo también voy.

- Sí, ven. - Dijo Violeta y la cogió de una mano.

- Tú conduces. - Añadió Nilea.

Guille había ido a villa Montesinos directamente del trabajo. Como ya sabía los abuelos habían salido, el abuelo le avisó, por lo que pasaría la tarde trabajando en su habitación. Hasta que decidió moverse un poco y bajó a la cocina a buscar café.

- Buenas tardes don Guillermo. ¿Desea algo?

Guille esperaba encontrarse con Martina, pero en su lugar estaba la pequeña Elena. Así lo comentó y la sirvienta respondió que había un cambio por hacerle un favor.

- Bien. Tomaré el café aquí.

- Siéntese, señor. Y lo preparo en un momento. ¿Quiere galletas? Hay bizcocho de esta mañana, tiene pasas y nueces.

- Solamente café, gracias. Perdone… ¿Su nombre es Elena?

- Sí, señor. A su servicio.

Poco más tarde Guille estaba chupando las casi inexistentes tetas de Elena, cuyos pezones destacaban duros. Con una mano sujetaba la teta a chupar y con la otra la sujetaba por la cintura.

Guille estaba sentado en la silla y Elena sobre sus piernas con las de ella abiertas. Con el coño frotaba el pene y Guille notaba ese clítoris duro. Elene murmuró:

- ¡Qué pajote más bueno, señor! ¡Siga, siga!

La verdad es que ella hacía todo el trabajo sobre Guille al restregar su cuerpo.

La muchacha tuvo un orgasmo.

- ¡Oh, señor! ¡Qué bueno! Y aún la tiene dura. ¿Follamos?

No esperó respuesta. Se incorporó lo suficiente para orientar el pene a su culo. Se deslizó suavemente en tan ajustado orificio.

- ¡Qué bien entra! ¡Hasta el fondo! – Ordenó. - ¡Así, así! Ahora usted disfrute que servidora se ocupa de lo demás.

Guille recordó que no hacía falta que la acariciase en ese momento que follar por el culo ya le bastaba para gozar. Aun así, estuvo jugando con las pequeñas tetas. Resultaba hasta divertido acariciar esos pezones tan duros.

Follar ese culo era una delicia. Estuvieron unos minutos.

- Señor... Espero que… le vaya bien. Yo… pronto. Muy pronto… - Sin dejar de botar sobre la polla que tanto placer le daba, contaba cómo le iba. Lo que notaba. Hasta que anunció: - ¡Ahora! ¡Ahora! Sí.

Su movimiento era acelerado sobre el pene que se deslizaba por el intestino. Guille tuvo que sujetarla con las dos manos o se habría caído. Ella también debió darse cuenta porque se sujetó con fuerza al dueño de la herramienta que la hacía gozar.

Elena se detuvo. Gimiendo su placer pidió parar un momento.

- Perdone, señor. - Movió un poco su cuerpo al afirmar. - ¡Su polla es fantástica! ¡Se desliza tan bien!

Elena estaba cansada. Ya no se movía cómo antes. Lógico había llevado la iniciativa durante el pajote frotándose y luego a botar con la polla dentro. Por lo que Guille ordenó que se retirase y antes que Elena se disculpara de nuevo la colocó contra la mesa. Apoyada sobre los brazos, las piernas separadas y con el culo dispuesto. Le separó las nalgas y la metió otra vez por el culo.

- ¡Ah! Señor Guillermo. ¡Qué buena idea! - Elogió Elena. - Sí, señor. Sí. Disfrute de su servidora.

Guille, sujeto a esas caderas, marcó un ritmo rápido que le iba muy bien. Elena volvía a gemir y hablar. Estuvieron así unos minutos hasta que se descargó y la mujer tuvo otro orgasmo.

- ¡Ah! ¡Calentito!

Al retirarse un pegote de semen cayó al suelo y otro resbaló por las piernas de la mujer.

- ¡Uf! Señor Guillermo, tenía mucho.

Elena permaneció casi medio minuto sin moverse recobrando el aliento. Luego se ofreció a limpiarle el pene con la boca.

- Gracias. Pero vayamos al lavabo.

Pensaba que era mejor emplear jabón

Al regresar a la cocina abrochándose el pantalón, Guille se quedó mirando el cuerpo de la sirvienta. Era delgado, pequeño y al mismo tiempo tenía gran encanto. Elena, que se disponía a vestirse empezando por las bragas, se dio cuenta que era observada y volvió a ofrecerse.

-Señor. Si quiere podemos repetir.

- Gracias, pero creo que usted debería ponerse una compresa o algo así.

- Sí señor, no se preocupe. Me pongo un salva slip sobre las bragas, suelo ir preparada. – Volvió a ofrecerse. - Si quiere puedo emplear ahora la boca. Me gusta chupársela y seguro que a usted también.

Guille asintió pensando que a esa muchacha le gustaba chuparla tanto como follar por el culo. Se sentó sobre la mesa con las rodillas separadas, y Elena se dedicó a chuparle el pene al mismo tiempo que le masajeaba los testículos. Le gustaba.

- Tenía razón señora Elena, lo hace muy bien.

La mujer no respondió para no interrumpir el disfrute de los dos.

En unos minutos se descargó.

- ¡Uf! Volvía a tener mucho, señor Guillermo. ¡Qué bueno! Ha sido una buena merienda. – Le elogió al tiempo que con un pañuelo de papel se limpiaba alrededor de la boca: - Me gusta el suave sabor a limón que tiene su lechita.

Guille, terminó de vestirse y al despedirse, le dio las gracias.

- Lo he pasado muy bien con usted, señora Elena. Espero que podamos repetir en otro momento.

- A su servicio, don Guillermo.

Ya en el gabinete del primer piso, Guille regresó al trabajo. Poco antes de las nueve llegaron los abuelos. Acordaron cenar juntos.

- Algo ligero. - Propuso doña Amparo. - Que hoy nos hemos pasado con la comida. – Parecía quejarse al añadir: - Últimamente nos pasamos un poco cuando salimos.

Don Francisco se quejó.

- Es que continuamente me llevas por esos sitios.

- Hay que socializar.

El abuelo soltó un gruñido.

Era casi la una y media de la noche cuando Guille notó la llegaba de Berta a la habitación. Encendió la luz de la mesita.

- Hola. Cariño.

- ¡Te he despertado! Lo siento.

- No te preocupes. ¿Tienes ganas de hablar?

- No. Ahora, no. Estoy cansada.

- ¿Has cenado? ¿Te traigo algo de la cocina?

- No, cariño. No tengo hambre.

- Mientras te pones el pijama te traigo un vaso de leche.

- No. Bueno, bien. Gracias.

Reconoció que le sentaría bien comer algo.

También trajo unas galletas.

Al día siguiente Guille se levantó a la hora de siempre y se preparó para ir a correr. Berta también se despertó y pidió que le esperase.

- Duerme un poco más. Te acostaste tarde.

- No, gracias. En lugar de eso me pondría a darle a la cabeza. Espera que me visto. ¿Has desayunado?

Como ya era una costumbre cuando estaban en la villa, desayunaron en la cocina antes de salir a correr por la puerta de atrás

Berta empujó a Guille para que se sentara y ella se ocupó del desayuno.

Tomaron café con unas tostadas. Con la intención de hacerla reír, Guille cogió una tostada y la troceó hasta dejar un trozo redondo del tamaño de una moneda, al que le puso mermelada.

- Toma cariño, que la otra tarde me lo pediste.

Berta miraba la tostada, pero no le entendía. Hasta que Guille la cogió y se la llevó a la boca al mismo tiempo que decía con voz susurrante:

- Para el cuerpecito de mi nena. Una con mermelada.

Berta la tenía en la boca, pero tuvo que escupirla en el platillo del café porque el acceso de risa le habría hecho atragantarse.

- ¡Bruto! No tiene levadura es… se deshace en la boca.

- No está disponible.

- ¡Eres malo!

- Y tú estás muy buena.

Rieron.

Se disponían a recoger lo empleado en el desayuno cuando llegó la señora Paula. Viendo que terminaban el desayuno se ofreció:

- No se preocupen, señores. Ya me ocupo de retirarlo.

Después de correr se dedicaron a hacer unos entrenamientos de defensa personal, pero sonó el móvil de Berta.

- Es el abuelo. - Afirmó al reconocer la melodía.

Contestó. En seguida se oyó la voz enojada de don Francisco.

- Niña, deja de jugar y ven a mi despacho. Venir los dos.

Berta alzó la mirada buscando al abuelo asomando a una ventana. No le vio. De inmediato recordó que su despacho daba al parque delantero, por lo que si les veía debía estar en el gabinete con las cortinas cerradas. Sin pensar en las cámaras de vigilancia a las que el abuelo tenía acceso desde el ordenador.

- Sí, abuelo. Ahora vamos.

Nada más entrar en el despacho del primer piso don Francisco protestó por el olor a sudor:

- ¡Qué peste! Tenéis diez minutos para ducharos. ¡Largo!

La verdad es que todavía no era las siete y media.

Vistiendo otros chándales, por fin hicieron la reunión. Berta podía ir a Barcelona y hacer el precontrato. Le acompañaría el abogado Jenaro.

- También irá su esposa. Creo que es un poco celosa y quiere evitar dejaros solos una o dos noches por ahí. Eso o que quiere subir al Peregrino. Berta. ¿Algo qué decir?

- Sobre Amapola, nada. Está todo bien, y de Manrique, recibir el dinero tan pronto le pondrá muy contento. - Cogió aire mirando el rostro del abuelo y con firmeza añadió: - Pero he estado pensando que para la firma definitiva no esperaría un mes. En cuanto Manrique pague sus deudas y le queden unos miles en el bolsillo, se meterá una fiesta en las venas. Y para la firma le necesitamos vivo y cuerdo, o su hermana, o el marido de ésta, podría demandarnos por aprovecharnos de un "enfermo". En un juicio se vería que vamos a pagar mucho menos de lo que vale la Textil Amapola y perderíamos la oportunidad además de los cien mil. O el primer pago.

Don Francisco asintió serio. Pidió la opinión de Guille.

- Que esté sereno está bien. Pero si ya no tiene deudas quizás se replantee la venta por esta cantidad. Y como ha dicho Berta, si vamos a juicio se verá lo barata de la compra.

El abuelo asintió. Les miró preguntando:

- ¿Opciones?

- Que sea el dueño de una cuenta de la que solo puede sacar una cantidad al día. Y si es en efectivo menos. Seguro que a sus acreedores no les gustan las transferencias ni las tarjetas de crédito.

- Podemos decirle que de esta forma el contrato será en una semana o mejor diez días, y que dispondrá antes del dinero, de muchos millones.

Don Francisco quedó pensativo un instante. Para a continuación mirar a los ojos de Berta. Muy serio preguntó:

- ¿Remordimientos?

- No. Ninguno. – Respondió tan rápida como sincera. - Si una persona está enferma o herida es un accidente, pero él está así por su elección y dispuesto a vender porque tiene deudas por culpa de sus vicios que no puede aplazar. Necesita dinero por lo que tiene que vender. Y para que lo aprovechen otros, lo hacernos nosotros.

Apretó la boca, pensativa, antes de continuar.

- Además, de alguna forma me vengo de su padre que estaba dispuesto a comprarme. - Su tono de voz se tornó agresivo. - ¿Veis en la familia que me habría metido? La hermana nada tiene por ser mujer. Lo que me hace pensar... ¿Qué me habría quedado a mí al ser viuda y quizás con un hijo a los veinte años?

Don Francisco se quedó mirándola un rato. Sopesó la idea que el heredero siempre sería el actual al ser el mayor. Por lo que ella y su posible hijo lo pasarían mal. Su pétreo rostro impedía sospechar qué estaba pensado. Por fin accedió. Encargó a Guille que hablara con los abogados. Ahora solamente disponían de cinco días para redactar el contrato con los nuevos plazos. Ordenó a Berta:

- Mañana a las ocho estarás en el aeropuerto. Irás con Jenaro que redactará hoy el precontrato para que lo leas en el avión.

Guille intervino refiriéndose a Jenaro.

- Así cómo es ese hombre, seguro que lo redacta en cuanto se lo digamos. Y lo enviará antes de comer.

- Bien. Llamarle, y adelante.

Berta se ocupó de llamar a Manrique para recordarle que al día siguiente era la firma de contrato. Acordaron que hablarían más tarde. También le envió un mensaje de recordatorio. Luego llamó al piloto del peregrino para que el avión estuviera listo a las ocho. Y al chofer de la villa para que la recogiera a las siete.

Decidieron que, aunque no había agua en la piscina, sí tomarían el sol. Antes se mojaron con la manguera de una ducha que tampoco había.

Berta se quitó el sujetador y Guille le ponía protección solar por la espalda como poco antes fue al revés. En esto llegó doña Amparo vistiendo un bikini, se cubría con un pareo.

- Hola, niños yo también voy a ponerme morena.

- Emplea mi tumbona. - Ofreció Guille. - Me traeré otra.

Doña Amparo se sentó cerca de Berta.

- Abuela, perdona. ¿Te molesta que esté sin el sujetador?

- Cariño. Estás en tu casa. - Bajó la voz y miró que Guille se retiraba quedando lejos. - Ya te he contado las diabluras de juventud en este mismo sitio. Puedes ir como quieras. – Se llevó una mano a la espalda. - Y si a ti no te molesta yo también me lo quito.

Guille llegó con su tumbona y hasta que la dejó al lado de su esposa no se dio cuenta que la abuela estaba bocarriba sin sujetador. Intentó no mirar.

Fue Berta quien puso protección a la abuela en la espalda cuando se tumbó bocabajo.

- ¿Comeréis con nosotros? – Preguntó doña Amparo cuando rato más tarde se retiraban para cambiarse.

La joven pareja se miró a los ojos y asintieron.

Caminaban por el corredor entre arbustos. Guille y Berta llevaban sus batas de baño, mientras que doña Amparo, se había puesto el pareo. Pero como no llevaba el sujetador el movimiento de sus tetas deshizo el nudo de la fina tela. Guille, intentando no mirar demasiado esas tetas, cedió su bata cuando doña Amparo iba a ponerse el sujetador.

- Gracias, hijo. Ya te dará otra el servicio.

Guille evitó hacer un comentario sobre esas tetas.

Acordaron verse en el comedor en cuarenta minutos.

Jenaro envió un borrador del contrato al que Berta pidió unas correcciones. Acordaron que lo remitiría esa tarde.

Fue por la tarde estando en la habitación tomando un café, cuando Berta contó lo sucedido con las amigas.

- Cómo ya puedes suponer Ana María se ha acostado con un chico y resulta que es el novio de Violeta. A ésta no le gustó, pero estaba dispuesta a dejarlo pasar porque se trata de una amiga y si es una única vez, y teniendo en cuenta que ella y yo… eso. Bueno.

Se ruborizó. Acababa de reconocer ante su esposo que se acostaba con una chica. Guille nada dijo. Continuó:

- Lo dicho. Pero resulta que nos citan en el piso de Violeta y Nacho, y lo que explican… bueno. No lo voy hacer más largo. – Cogió aire. - A Ana María le ha gustado follar con un hombre, tanto que dice que no continúa siendo gay. Y resulta que Nacho afirma que le gusta Ana María y, los dos quieren seguir juntos. – Ahora lanzó un suspiro. - Por lo que Violeta y Nilea quedan fuera. Pero fuera del todo, en la calle.

Ante semejante novedad, Guille no sabía qué decir.

Berta bebió un sorbo de su café. Y Guille protestó por esa innecesaria expectación. Berta continuó:

- Vale, sigo. Ana María se instala a vivir con Nacho, en su piso, por lo que Violeta tiene que marcharse. Y Nilea, que vive en casa de los padres de Ana María, al no ser ya pareja también tiene que marcharse.

Cogió aire para soltarlo con fuerza. Se estaba enfadando por momentos. Hasta que se dio cuenta que no debía pagarlo con Guille, porque la solución, sin saberlo, la aportó él.

- Anoche, a las doce. Tuvieron que ir a un hotel. Mejor dicho. Violeta no podía conducir del disgusto que tenía. Yo las llevé. No había habitación. Fuimos a otro, y otro más hasta llegar a uno tuyo. Montesinos Arenas Uno. Tampoco había habitaciones libres, pero enseñando mi tarjeta de Inversiones ya fueron ellos quienes consiguieron una habitación en el Atalaya. – Ese hotel quedaba algo retirado de la ciudad. - Y ahí están. Hoy se supone que buscan piso.

Guille aportó un dato.

- En esta época del año no lo encontrarán. Solamente en la zona antigua un segundo o tercer piso sin ascensor. Sin muebles o muy estropeados.

Quedaron callados unos segundos recordando aquel alquilado cerca del cementerio, hasta que Guille continuó.

- Vivir en ese hotel solamente puede ser durante unos días teniendo en cuenta sus ingresos. Además, queda lejos. - Dijo Guille pensativo. - Podría encargar a Jenaro que les busque una vivienda, pero será difícil porque estamos en época de turismo. También podría hacer que no les cobraran la habitación. Y quedará reflejado en la hoja de balances.

- Y cómo un precedente para la dirección.

Guille asintió. Otra vez quedaron callados. Ya sabían que la otra opción era que cada una volviera a casa de sus padres. Pero quedarían derrotadas ante ellos. Volver a casa tras intentar ser independiente es vergonzoso.

- Los padres de Nilea se marchan a Alemania. - Dijo Berta al recordar más conversaciones con ellas. - Ella no quiere o no quería por Ana María y el trabajo que tiene. Ahora quizás se lo piense. Los de Violeta se van a Sierra. Han arreglado una casa y dicen que vivir allí es más barato que en una ciudad turística. – Añadió pensativa. – No pueden ocupar la que dejan libre lo padres porque ya está vendida.

Por fin Guille tras lanzar un suspiro propuso:

- Qué vengan a casa. Hay habitaciones suficientes. Las llamas y les dices que vayan a los Nopales cuando regreses de Barcelona.

Se suponía que en tres días ya habría resuelto el asunto de Amapola.

- Gracias, cariño. – Sonrió Berta. - Seguro que es algo temporal. Unos días tan solo.

Por la tarde estuvieron paseando y se encontraron con los abuelos que caminaban en dirección a la granja. ¡Ambos calzaban zapatillas! Extraordinariamente el abuelo no llevaba traje sino ese chándal que ya conocían.

- ¡Hola chicos! - Saludó alegre doña Amparo. – Vamos a la granja a coger tomates. ¿Os apuntáis?

Berta corrió a besar a la abuela. Se cogieron de las manos y sus rostros apenas se rozaron. Hacía calor.

- ¿Tomates?

- Sí hija mía. He hecho una apuesta con el abuelo a ver quién coge más.

El aludido simplemente gruñó. Era evidente que se trataba de una broma.

Durante la caminata, Berta recibió un mensaje de Jenaro diciendo que tenía el contrato corregido, se lo enviaba. Lo mostró al abuelo que simplemente le echó un vistazo y gruñó su conformidad.

- Adelante.

Naturalmente se pusieron a hablar sobre el próximo viaje de Berta a Barcelona.

Ya en la granja la abuela se interesó en las flores para trasplantar al año siguiente sustituyendo a las que se estropearan durante el invierno. Mientras, Berta hablaba por teléfono con Jenaro ultimando detalles del viaje. Abuelo y nieto se retiraron para hablar sobre la Cualidad.

- Ya veo que has empleado la Cualidad e influencia para estar con las sirvientas.

Guille sonrió.

- Con la Cualidad solamente una vez. Y realmente no hizo falta. No sabía lo de los contratos.

Don Francisco asintió.

- Como ya te habrás dado cuenta los hice mediante la Cualidad. Y compenso con un buen sueldo. Además de algunas ayudas.

Sin recordar que doña Paula lleva veinte años en la casa preguntó si antes de las actuales hubo otras. Como si no necesitara de mucha explicación el abuelo simplemente dijo:

- Esta es mi casa desde hace mucho.

Miró donde estaban las mujeres comprobando que estaban lo suficientemente retiradas, y continuó con las explicaciones.

- La americana no tenía la documentación en regla y nuestro gabinete de abogados se ocupó de solucionarlo. La jovencita estaba muy deprimida por su mala suerte y mediante conversaciones está mucho mejor.

Sonrió al añadir que hizo de consejero en varias sesiones para no alterar demasiado su carácter, siendo lo mejor darle un trabajo estable.

- De la rubia no me acuerdo. – Hizo un sonido con la boca como si le quitara importancia. - Y de Paula, hace años que su familia lo pasaba muy mal económicamente. Lo arreglé para que tuviera trabajo su padre y más tarde su marido. Y ahora tú lo arreglas con su hija. – Hizo un gesto con la mano mostrándola. - ¿Ves? Equilibrio. Compensar. Y Carmen… admito que fue un capricho. No es una chica de pasarela, pero tiene un encanto que la hace única. – Se puso serio, casi enfadado. – Tenía un novio que la maltrataba. Lo solucioné.

Berta se acercó interrumpiendo la charla.

- Como ya adelantaste, abuelo, Jenaro apunta a su esposa al viaje de Barcelona. - Sonrió al añadir lo que ya sabían: - No lo ha dicho, pero parece que la mujer no se fía de su esposo viajando dos noches fuera con una joven.

Los hombres asintieron. Guille añadió:

- Si ese Manrique os recibe temprano posiblemente podáis volver el mismo día.

- Ya se verá.

Doña Amparo ya había resuelto lo de las flores. Parecía que regresaba de una batalla, de la que, por suerte o audacia, ganaba. Regresaron a la casa paseando. Y otra vez los hombres iban más rápido que las mujeres, además doña Amparo se detenía para mirar las orillas del camino.

- Por la noche pasan los vigilantes con sus coches eléctricos... el camino no debe verse bien. Y si llueve puede ser peligroso.

Berta asintió, aunque no sabía que iba a proponer la señora de la casa.

- Se podría hacer un surco a los lados del camino y marcar con piedras pintadas de blanco. O estacas brillantes o con algo reflectante. ¿Qué opinas?

- Comprendo, un surco para encauzar el agua de lluvia. Como si fuera una cuneta. – Sonrió al añadir. - Las piedras limitando el camino del surco me parece mejor. Más natural. Pero que haya un pequeño poste brillante cada veinte o treinta metros está bien pensado, abuela. Para hacer el surco habría que alquilar una excavadora o algo así.

- No es necesario. – Señaló el lugar de donde venían. - En la granja tienen un tractor, bastaría con cambiar la pala del arado.

Ya en la habitación después de la cena, y a modo de despedida por unos días sin determinar. Berta retiró el calzón del marido para alcanzarle la polla, estando él todavía de pie.

- ¡Vaya! ¿Qué pretendes?

Ambos sonreían.

- ¿Qué será? ¿No lo adivinas?

Sabiendo que ambos disfrutarían con la caricia acercó la boca y le dio una mamana que Guille vio las estrellas. Mientras que ella casi se atraganta con tanto semen chocando contra su garganta.

- ¡Uhm! ¡Qué rico! De cada día sabe mejor.

Después se tumbaron en la cama y Guille, poniéndose al lado, le acarició las tetas con las dos manos y la boca hasta que Berta gimió su orgasmo.

- ¡Cariño! ¡Qué caricia tan buena!

Cogió a su esposo por la cabeza mientras murmuraba lo bien que lo pasaba con esas carias.

- De cada día me gusta más que me acaricies las tetas.

- Me gustan tus tetas, cariño. – Dio un suave pellizco a los dos pezones a la vez. Luego estuvo dándoles besitos y afirmó: - Tienen la forma perfecta, son suaves y cálidas. – Chupó un pezón. - ¡Uhm! Y muy buen sabor.

- ¿Sabor? Unas veces debe ser gel de baño, otras a sudor.

- Eso son aderezos.

Sin dar tregua a su esposa bajó a su sexo y lo estuvo lamiendo durante un buen rato. De su coño chorreaban jugos continuamente.

- ¡Ah! Cariño. Un poco más arriba.

Estaba claro que Berta quería la caricia en el clítoris. Y Guille no se hizo de rogar, esmerándose en la caricia sobre ese sabroso bultito.

- ¡Ahí! ¡Sí! Ahí. Justo, justo ahí.

Con el segundo orgasmo Berta pidió que la dejara descansar.

- Para, por favor. Necesito reponerme.

Guille abrazó a su esposa y estuvieron así un rato. Dándose algún beso hasta que ofreció buscar agua.

- ¿Te traigo tu elixir?

Berta sonrió. Y a modo de respuesta le empujó para que se pusiera bocarriba y le acarició el pene hasta conseguir una buena erección. Lo halagó:

- Así. Todo duro, como una estaca.

- ¿Y el elixir?

- Te lo saco pronto.

- ¿Sacar? – Comprendió.

Berta se puso encima, sujetándole la polla con una mano y de un solo empujón con la cadera se la metió por el coño.

- Aquí es por donde me gusta.

Estuvieron follando varios minutos en los que Berta gemía al ritmo del vaivén de su cuerpo.

- Debería mirar de meter esto con el equipaje.

- Mal. No es desmontable.

- ¡Ah! Ya la buscaré cuando vuelva. ¡No la escondas!

- Ahora mismo sabes dónde está.

- ¡Sí!

Guille volvió a acariciar esas tetas que se balanceaban como si bailaran. A veces las apretaba o pellizcaba los pezones. Así Berta tuvo otro orgasmo.

- ¡Uhm! ¡Sí! ¡!Qué bien! ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué gusto!

Guille la empujó para que se pusiera arrodillada e inclinada a delante. Quedaba así bien dispuesta para penetrarla desde atrás.

Temerosa protestó:

- ¡Cariño! ¡Por ahí no! Ahora, no, por favor. – Con una mano se cubría el orificio del culo. - Que mañana tengo trabajo. Ya sabes. No debo distraerme con… con incomodidades.

- No te preocupes. Dejamos tu culito para otro día.

Se la metió por el coño y así estuvieron en un mete-saca bestial, hasta que Guille se corrió en cuatro lechazos.

- ¡Ag! ¡Qué bruto! – Exclamó Berta, al notar las descargas calientes. Y a continuación ordenó que no se retirara: - No te pares. ¡Sigue un poco más! Que lo tengo cerca. Muy, muy cerca. ¡Uhm, sí!

Guille supo que no aguantaría, que lo había soltado todo, y el pene se volvería flácido en un instante, por lo que se inclinó sobre el cuerpo de Berta alcanzando el clítoris y con esa caricia acelerar el placer de su esposa. Por suerte el volumen fue suficiente para que Berta lo tuviera a gusto.

En voz alta expresó lo bien que lo pasaba y se derrumbó separándose de su esposo. Guille acudió a su lado para besar su rostro.

Berta exclamó:

- ¡Te amo!

- Y yo a ti, mi diosa.

El lunes se levantaron a la hora de siempre. Desayuno, correr casi media hora solamente, arreglarse y cada uno se dispuso para salir.

- Cariño. ¿Vas a Mundo Globo tan temprano?

- No, cariño. Hoy es domingo. Me es muy cómodo trabajar desde casa, en el despacho. Más que en la habitación de la villa. Ya sabes que no puedo emplear el despacho de aquí porque lo usa el abuelo.

Cierto. Don Francisco solía pasar la mañana en su despacho hasta que doña Amparo lo interrumpía según lo tuvieran acordado.

Con el coche de la mansión, Berta se fue a buscar a Jenaro y su esposa para a continuación ir al aeropuerto. Situación que fue rápida porque el matrimonio la esperaba en la acera. Cargaban una pequeña maleta.

La mujer de Jenaro, ya sentada dentro del cómodo vehículo alucinaba en colores. El conductor le abrió la puerta y luego se hizo cargo de la maleta. Ahora, ya sentada, miraba a todos lados.

- ¡Hay televisión!

Berta intentó ser amable con esa mujer.

- Sí. Normalmente no la vemos. Supongo que solamente si se espera una noticia importante. Y para eso están los teléfonos. – Dijo Berta y no quiso decir que en un frigorífico había refrescos y en un armarito varias bebidas alcohólicas que era mejor no tocar a tan temprana hora.

Guille estuvo toda la mañana trabajando desde el despacho de casa. Al medio día recibió la acostumbrada llamada de Berta cuando estaban separados.

- ¡Ya tenemos la firma! – Anunció contenta. - Ha aceptado. Nos veremos otra vez el miércoles de la semana que viene. Mañana vamos al banco y luego al notario y acordar día y hora para las firmas.

- Bien, nena.

- Hubo un incidente. – Lanzó un suspiro y ya explicó. – Te cuento: Manrique no se levantó hasta las doce y porque estuvimos insistiendo en la puerta. ¿Te lo imaginas? ¡Toda una hora aporreando la puerta! Casi llamamos a urgencias creyendo que… bueno. Abrió. Iba en calzoncillos y sin lavarse de vete a saber cuándo.

Soltó un soplido que sonó a quejido, a protesta, y continuó.

- Luego se excusó diciendo que no se acordaba que era hoy la reunión. Que era domingo. Jenaro contestó que en los negocios de esta envergadura no hay festivos y era lo acordado. Bueno, ya sabes, primero del aeropuerto fuimos al banco por el dinero y Jenaro a presentar sus credenciales. Luego a casa de Manrique.

- Vale. Creo que no hacía falta ir hoy al banco.

Se refería a que podrían llevar el dinero desde Zamalca.

- Puede. Pero Jenaro quería presentar su credencial para adelantar tiempo en la siguiente cita. Con Manrique en ese... estado, todo es posible.

- Bien. Ahora descansa. Se lo diré al abuelo.

- No hace falta, cariño. Ya se lo he dicho poco antes de llamarte. Ya sabes, es el jefe.

Estuvieron hablando durante un rato y entre otras cosas Berta comentó:

- La mujer de Jenaro alucinó en el avión. Supongo que tanto o más que yo en el primero. ¿Te acuerdas?

- Yo también me sorprendí de la diferencia con el primero. El Peregrino es muy cómodo. ¿Qué tal el hotel?

Se trataba del Romana nord, que ya conocían. Pero lo que quería saber es si podía descansar. Berta dio otra respuesta.

- ¡Fatal! He mirado entre las sábanas y no estás tú. Pero ya verás cariño, mañana te voy a dejar seco.

Para la réplica, Guille miró la puerta del despacho, que extraordinariamente estaba cerrada. Mejor, la asistenta no le oiría, aunque no estuviera en la cocina.

- Y yo a ti, sin tetas, me las voy a comer.

Rieron. Y ya se despidieron.

En pocos minutos la asistenta anunció que la comida estaba casi lista.

Era media tarde cuando regresaba de nadar un rato. En esto llamó Carmen.

- Hola, Guille. ¿Esta tarde estarás en los Nopales o en villa Montesinos?

- Hola. Estoy en los Nopales.

- Bien. Si te parece nos vemos en media hora.

- Perfecto.

A la hora indicada, desde el ordenador vio que frente la casa aparcaba el coche de Carmen. Y que esta, empleando su llave, accedía al jardín. Cargaba con la cesta-cuna donde llevaba a su hijo, y un bolso enorme con los utensilios de higiene.

Carmen, dando la vuelta a la casa, entró directamente a la cocina. Ahí la encontró Guille. Saludos, un beso y la mujer se dispuso a darle la merienda a su hijo. Por eso se había quitado el suéter y el sujetador estando sentada frente la mesa. También preparó toallitas con jabón. Justificó su acción:

- Es la hora, si no lo hago pronto empezará a protestar.

- Adelante. – Animó Guille sin dejar de mirar las tetas.

La criatura mamaba de una teta. Con sus manitas cogía por la areola como si temiera que le arrebataran su alimento.

Guille miraba la otra teta de cuyo pezón salían algunas gotas. Alzó la vista y se encontró con los ojos de Carmen. Guille parecía decir “me gusta” y Carmen con voz entrecortada por el deseo avisó:

- Termino rápido.

- No te preocupes.

Guille se acercó a la mujer la cogió de la teta que tenía libre y lamió las gotas de leche. Carmen gimió.

- ¡Qué glotón!

- Tu leche es sabrosa.

Argumentó Guille. A lo que Carmen respondió:

- El otro día te parecía rara.

- Pues ahora la ansío.

Se retiró para que la criatura mamara ahora de esa teta. Parecía vigilar a Guille como si un enemigo se tratara.

Con el bebé ya saciado, y tras el necesario eructo, lo depositaron en su cesta. Carmen se puso el sujetador rápidamente pero no la camiseta. Guille protestó:

- ¿Te tapas?

- Tengo que hacerlo. – Sonreía. – Es un alivio mantenerlas sujetas. Por eso esta prenda se llama así. – Amplió la sonrisa al prometer: - No te preocupes. Pronto podrás continuar chupando mi lechita.

Guille asintió sonriendo. Cogió la cesta con el niño y la cargó hasta la habitación de invitados para dejarla, como la otra vez, al lado de la puerta. Se desnudaron con prisa, y en el caso de Carmen solamente fue la falda y las bragas dejando puesto el sujetador.

- ¡Vaya! Me has mentido.

- ¡Impaciente! Pronto. Solo un momento.

Carmen se sentó en la cama bajándose un tirante del sujetador sin llegar a destapar la teta.

- Ya puedes venir.

Guille se situó frente a ella destapó la teta y por turnos succionó los pezones hasta vaciarle las tetas. Como ya hizo otra vez no la tragaba por lo que gran cantidad de leche resbalaba por el cuerpo de los dos.

- ¡Qué alivio notarlas descargadas! – Carmen se las cogió y las movió a los lados. - ¡Uf! Sí. Pesan menos y la piel no estira. - Miró sonriendo a Guille y añadió: - ¡Y qué gustito notar tu boca!

Guille la empujó para que quedara tumbada y se situó encima. Con el pene entre esas tetas y empezó a follarlas.

- ¡Qué impaciente!

Parecía protestar y en verdad estaba contenta. Orientó a Guille a una posición que resultaba más cómoda y eficaz:

- Acércate más. Eso es así. Ahora sí, muévete.

Guille sonrió al ver las intenciones de Carmen. Quería notar su descarga en el cuello y puede que algo llegara a la cara.

Comenzaron. Carmen las sujetó con las manos y a cada embestida de Guille con la cadera salía más leche.

- ¡Así, así! Me alivias y tú también. Sí.

- Me alegra que te vaya bien.

Pero Guille no se corrió sobre las tetas. Cuando notó que le faltaba poco se acercó más a la cara de Carmen y le ordenó que abriera la boca. En esa posición no se la pudo meter mucho. Tan solo poco más del glande, pero fue sabroso. Carmen, sonriendo, saboreando, disfrutando, tragó lo que pudo. Aunque dos borbotones quedaron en la barbilla.

- ¡Uf! ¡Intercambio de leche!

Rio Carmen al mismo tiempo que con las manos se limpiaba la cara. A veces las lamía, sobre todo ese pegote que retiró de la barbilla.

Guille no esperó más. Ayudó a que Carmen se pusiera mejor sobre la cama y con las piernas bien separadas. Se dispuso a lamerle el sexo. Carmen, al ver sus intenciones, le animó:

- ¿Ya? Bueno, ven.

- Estás muy rica.

Carmen retiró el vello que cubría su vulva apareciendo atractiva a los ojos del muchacho que pronto acercó la lengua. Así, Carmen estuvo gimiendo durante los cuatro minutos que necesitó hasta correrse.

- ¡Oh! Guille, qué bien lo haces.

- Gracias. Pero no he terminado.

- ¡Ha, sí! Ya sé que siempre buscas otro más. ¡Adelante! Hazme disfrutar más.

Mientras se preparaba para mover otra vez la lengua por esa sabrosa vulva pensó que con ese “ya sé”, las mujeres con el contrato Montesinos se contaban muchas cosas entre ellas. Bien. Intentaría contribuir a que se tratara de algo bueno.

Esta vez además de emplear la lengua por todos los rinconcitos del coño, sin olvidarse del clítoris, le metió dos dedos por la vagina.

“Veamos si esto te gusta”. – Pensó.

Carmen mordió la cabecera para no gritar su placer. Y al poco se corría.

- Guille, Guille. ¡Qué bien follas!

- Ahora lo verás, amiga mía. Y ya me dirás si piensas lo mismo. ¿Quieres ponerte encima o debajo?

- Encima. ¡Quiero encima! Mi marido nunca me deja. Es muy clásico en la cama, y ahora que tengo las tetas aliviadas quiero probarlo.

- Vale.

Al poco Carmen se movía despacio. Saboreaba bien el momento. El sentirse llena y cómo se deslizaba esa dureza dentro de su cuerpo a la velocidad que ella imponía según su apetencia. Estaba tumbada sobre Guille y sus tetas se apoyaban en el muchacho.

- No está más adentro que de la otra forma. Pero noto que me “rasca” mejor.

- Debe ser la novedad. Pásalo bien, amiga mía. A tu gusto.

- ¿Te gusta?

- Mucho. Estar en ti es un buen regalo.

Guille la sujetaba de la cadera y a veces apretaba una nalga sin intentar que cambiara el ritmo, simplemente por el placer de hacerlo, de acariciar ese culo. Intentó animarla.

- Te mueves muy bien, preciosa.

- Me gusta. Es cansado, pero me gusta.

- ¿Qué tal si te pones el sujetador? Te sería más cómodo.

- Seguro, pero se manchará de leche. Todavía sale.

Carmen se incorporó quedando sentada, a lo vaquera.

- Bueno veamos así.

Guille llevó sus manos a las tetas. Se puso a jugar con ellas sin ofrecer un sujetador de Berta, la diferencia de tetas era considerable.

Carmen le cogió una mano para orientar cómo le gusta la caricia en las tetas.

- ¡Así, así! Lo estaba esperando.

- ¡Es verdad! Aún sale leche.

- Sí, siempre. ¡Soy una vaca! ¡Una vaca lechera!

Sin abrir la boca se puso a imitar un largo mugido.

Guille no quiso reír semejante ocurrencia. Y para hacer que se callara bajó una mano al coño y se puso a acariciarle el clítoris.

- ¡Ah! ¡Follar y acariciar ahí! ¡Esto es nuevo!

- ¿Te va bien?

Carmen soltó un soplido con la boca bien abierta. Con esta caricia aumentaba su placer, y la motivó a moverse más rápido. Se corrió. Y al hacerlo de sus tetas salió más leche.

- ¡Ah! ¡Demonio! ¡Me vuelves loca!

Su vagina vibraba al ritmo de sus jadeos. Hasta que se detuvo un momento para coger aire, y murmurar lo bien que lo pasaba.

Guille protestó:

- No te pares, preciosa, que me falta poco.

- ¡Voy, voy!

Carmen volvió a moverse sobre Guille, ahora lo hacía estando sentada a lo vaquera, y parecía que protestaba ella cuando afirmó:

- ¡Oye! Esto está más grande. ¿No? Más duro. Parece… parece que entra más. ¡Sí!

- ¡Sigue! - Ordenó. - Lo tengo cerca.

- Sí, sí.

Guille notó un gran placer y alivio al descargarse en varios chorros. Tenía los ojos cerrados y no vio el nuevo orgasmo de Carmen que sin dejar de moverse se llevó las manos a las tetas para apretarlas. Tensó el cuerpo y de sus gordos pezones salieron chorros de leche alcanzando la pared sobre el cabecero de la cama, y la cercana mesita de noche. Gritó su placer.

- ¡Qué gusto! ¡Qué alivio!

Estuvo apretándose las tetas durante un minuto, hasta que dejaron de echar leche. Y se derrumbó sobre Guille.

- ¡Qué bien me he quedado!

- Me alegro, preciosa. También me ha gustado.

Guille ya se dio cuenta que los dos estaban mojados de leche, y la habitación alrededor de la cama estaba hecha un desastre.

Habían pasado unos minutos descansando cuando Guille se dio cuenta que la criatura agitaba los pies por encima de la cesta, seguro que estaba despierta por los gritos de su madre. Empujó a la agotada Carmen a un lado y pudo levantarse.

Como ya esperaba encontró al bebé despierto y movía sus pies alzándolos en una postura imposible para la mayoría de los adultos.

Guille le murmuró cariñosamente que durmiera que todo iba bien. La criatura le miró. Naturalmente no entendía sus palabras, pero sí el tono tranquilo de las mismas y se durmió otra vez.

Al girarse encontró que Carmen estaba sentada en el borde de la cama. Sonreía.

- Tienes buena mano con los niños.

Guille sonrió sin hablar. Con un gesto indicó que iba al baño. Se duchó mientras Carmen, sin vestirse todavía, retiró las sábanas llenas de leche y semen. Las bajó para poner la lavadora. Acordándose de las paredes manchadas cogió paños y productos de limpieza. También limpió el mueble. Para moverse por la casa solamente llevaba puesto el sujetador. Por eso de vez en cuando tenía que retirar el semen que salía de su cuerpo patinando por sus muslos.

Guille se secaba tras la ducha y Carmen le ordenó que se marchara.

- Me ocuparé de limpiar todo esto. No te preocupes.

Se dieron un beso y Guille aprovechó para darle unas palmaditas el culo, todavía sin cubrir.

Terminada la limpieza Carmen también se duchó.

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