Xtories

La cualidad de la palabra. 32

La leche materna y el secreto empresarial se entrelazan en una casa donde los límites del servicio y el deseo se difuminan. Guille no solo busca la verdad en la fábrica, sino también el alivio en el cuerpo de Carmen, mientras Berta fantasea con compartir su marido con su mejor amiga.

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A las seis de la mañana se despertaron. Desayunaron en la cocina ante la petición de Guille.

- Es más rápido.

Directamente de la cocina fueron a correr. Hicieron gimnasia, se ducharon y a las siete y media Berta terminaba de preparar una pequeña maleta, y en diez minutos estaría el coche de la casa en la puerta para llevarla al aeropuerto. Guille cogería su coche para ir a Mundo Globo y enterarse qué sucedía en la fábrica de recambios Espuela.

Encontró que nadie sabía nada de esa fábrica. Al parecer todo era correcto. Ventas, distribución, devoluciones, personal, maquinaria… Pero el abuelo había dicho que pasaba algo, y su fuente de información... ¿Quién o dónde está su informador? Es muy eficiente.

Llamó a Onofre Montes, director de la fábrica hablándole como si supiera lo que pasaba y que necesita un detallado informe, pero que antes le hiciera un resumen.

- Bueno. Pues verá don Guillermo: tras descubrir que esa señorita desviaba dinero a una cuenta particular, hemos bloqueado su acceso a los ordenadores. Se está investigando todavía y siguiendo las disposiciones legales al respecto la despediremos. – Carraspeó suavemente y continuó informando: - El sindicato parece estar conforme, aunque pide una auditoría. Lo cual no es necesario ante las pruebas. La pondremos en la calle y listo. Dice que el dinero no lo tiene por lo que ya dependerá de la comisión interna en Mundo Globo poner una denuncia judicial para recuperarlo.

Dijo la cantidad robada que por ser elevada es considerada un delito.

- Bien. Lo dicho: quiero un informe detallado.

- Le daré una copia del mismo que redacto para Personal y el Equipo jurídico.

Necesitaba más información. Miró en la agenda del teléfono y por fin encontró el número de Nilea-Gisela. La llamó preguntando si sabía algo sobre un posible robo en la fábrica.

- ¡Qué! Pues de algo sí que estoy enterada, Guille. Sí. Soy la acusada del robo. – Nerviosa alzó la voz para añadir: - ¡Te aseguro que yo…! ¡Jamás…!

- Calma. Calma, amiga mía. - Intentó superar la sorpresa. Y también no creía que fuera capaz de algo así. - Veamos. Esto puede durar varios días. Berta no está en estos momentos en la ciudad, pero en cuanto regrese le contarás todo. – Recordó el trabajo de Ana María. - ¿Tu novia puede ayudarte como abogada?

- No lo sé. No es su especialidad, pero me busca quien puede defenderme. Un laboralista, creo que dijo. Ya que parece que el sindicato de la empresa no está por la labor. Yo creo que debe ser de delitos económicos o robos.

- Bien tranquila. Lo quiera el director Montes o no, vamos a revolver todos los papeles y datos de los últimos tres años. Ahora voy a llamar a Jenaro, ¿Te acuerdas de él? ¿Verdad? Que busque un contable independiente. Así quedará demostraba tu inocencia y posiblemente se localice al culpable.

- Gracias Guille. Yo... Yo no te haría eso. - Parecía a punto de llorar al afirmar: - Te debo todo lo que tengo. Yo nunca te traicionaré con un robo.

En ese momento Nilea estaba en la fábrica. No le ordenaban que se fuera a casa, pero no le dejaban acceder a la oficina. Era humillante deambular por los pasillos sin que le dejaran asomarse en las dependencias. Estaba sin nada que hacer, con el bolso colgado de un hombro. Y lo peor es que todo el mundo la miraba con recelo.

Solamente Beatriz Agudo se acercó para abrazarla a la vez que afirmaba que la creía. Estaba segura que no era capaz de algo así.

- Creo que te conozco para saber que es imposible que robes a la empresa. – Miró la hora y añadió: - Luego vamos a tomar un café. ¿Vale?

- Gracias. No voy a salir. – Nilea dudaba. - Creo que si lo hago no me dejen volver a entrar y sería humillante.

- Vale. Espera aquí. – Señaló los peldaños de la escalera que podían emplearse como asiento. - Traeré café para las dos.

Guille llamó a Jenaro, le contó lo sucedido y contestó que haría unas llamadas buscando a unos colegas. Le llamaría en dos horas con los resultados.

En la fábrica de recambios como cada día a similar hora el director Onofre Montes bajaba la escalera, encontrando al pie a Nilea que permanecía quieta, nada hablaron. El director evitó mirarla.

Cruzó la calle y fue a la cafetería de siempre. Sentándose más o menos en el mismo sitio y sacó el periódico de papel. Pudo ver cómo la joven empleada Beatriz Agudo compraba cafés y cruasanes para llevar y dedujo con quien los compartiría. Apretó los labios. Estaba en su tiempo de relajación, ya volvería a ser el director de la fábrica en veinte minutos.

Guille estaba en una reunión en su despacho con los encargados de Investigación y Proyectos con los que hablaba sobre la inversión en unos grandes almacenes que necesitaban liquidez, cuando llamó Jenaro. Con un gesto Guille pidió perdón y sin que nadie se moviera de su silla contestó. Todo estaba listo para acudir a recambios Espuela al día siguiente.

- Bien. Jenaro. ¿Irás tú?

- Sí. Tengo una autorización tuya que me permite intervenir con los colaboradores que considere oportunos.

- Estupendo. Estaré allí a las ocho.

Llamó a Nilea:

- Amiga mía, aguanta un poco más en el fuerte. La caballería llegará mañana.

- Gra… cias. Esto es humillante.

- Hasta mañana. Descansa.

A Guille le habría gustado dedicar más tiempo a su amiga. No podía ser. Miró la pantalla del ordenador, carraspeó y regresó a la conversación sobre una nueva inversión.

A las dos y cuarto, estando en el restaurante cercano al trabajo recibió un mensaje de Berta.

- “Hola cariño, ¿puedo llamarte?”

Fue Guille quien la llamó aprovechando que el plato encargado se retrasaba.

Tras los saludos y el “ganas de verte”, Berta explicó lo sucedido. Encontró a un Manrique de la edad de Guille que debía mucho dinero a unos traficantes de drogas y tahúres. Aquel no lo dijo así de claro, pero resultaba muy evidente al referirse a ellos como “amigos” o “esa gente”. Y lo necesitaba en un mes. Berta se había comprometido en adelantarle cien mil euros en una semana, esto es a la firma del verdadero compromiso de transacción que se realizaría en dos pagos, el primero a la firma de la compraventa, que sería en treinta días después de la primera firma, y el segundo cinco meses más tarde. Pero que al ser todo tan precipitado y lo cual motivaba el recelo de los socios, debía rebajar diez millones.

- ¡Muy bien, cariño! ¿Te ha firmado el pre-compromiso para que no nos chafen el negocio?

- ¡Claro! Mientras se metía una rayita de polvo blanco por la nariz. ¡Qué asco! - Lanzó un suspiro antes de añadir quejosa. - He perdido la cuenta de las veces que me ha ofrecido esa porquería.

- Cariño. Es un chollo. Menudo negocio. ¡Enhorabuena!

- Si sale bien ya lo celebraremos. Ya he quedado mañana con el director de la sucursal Fuente Ahorro aquí cerca, en la calle Cavallers de Ferro, doce, para acordar que facilite la gestión de los cien mil euros en caso que vayamos adelante.

- Vale bien. Esta tarde haz turismo. Relájate.

- Te quiero.

- Te quiero.

Desde el trabajo Guille llamó al abuelo. Explicó lo que pasaba en la fábrica y que se ocupaba de buscar una solución. Concluyó:

- Seguro que mañana ya dispondré de más información.

- ¿Investigadores externos? – Sonaba a protesta.

- Sí, abuelo.

- ¡Derrochador! – Colgó.

Don Francisco pensaba que habría actuado con el empleo de la Cualidad mientras que Guille lo hacía desde la legalidad. Quizás fuera muy interesante un empleo intermedio. Lo meditaría con detenimiento. El sonido del teléfono postergó la meditación.

Eran las cinco de la tarde cuando Guille daba por finalizada la jornada. Mientras se cerraban los programas del ordenador se frotó lo ojos, pensaba en pasarse por mantenimiento a ver si tenían cabezas de recambio, la que tenía sobre los hombros le dolía.

Viver, el secretario, se asomó para despedirse. Se ofreció a acompañarle en el asunto de recambios Espuela al día siguiente. Y Guille simplemente le dijo que no hacía falta. Veía que el hombre ya estaba mayor para sacarlo de las rutinas.

Ya en casa dejó el ordenador en el despacho y quitándose la corbata fue a la cocina, con ganas de tomar algo fresco. Se llevó una sorpresa: Carmen estaba ahí, tenía a su hijo en los brazos.

- ¡Hola! No esperaba verte por aquí.

- ¡Hola, Guille! Venía para mostrar mi fierecilla a tu mujer, pero me he enterado que la has enviado a trabajar.

- No es exactamente así, pero casi.

- Bueno. La verdad es que ya me marchaba. Pero mi rey y señor despertó con el paquete sucio. Le he dado un baño para luego tener que limpiar el lavabo. Y ahora tiene hambre. Te… ¿Te molesta si lo hago ahora?

- Adelante. Yo voy a tomar una cerveza.

- Bien. Con el hambre que tiene estaremos unos minutos.

Carmen se quitó el suéter y se bajó las copas del sujetador. Con ese gesto evidenciaba que no le cohibía la presencia de Guille.

¡Qué tetas! Gordas. De un pezón salía una gota de leche. Y a Guille, que no apartaba la mirada de esas tetas, le pareció muy erótico.

- ¡Ya están otra vez! – Se quejó la mamá. - Tengo mucha leche. Y lo malo es que cuando más quito más se genera. – Se cogió una teta alzándola un poco. - Me duelen. Pienso que me van a reventar en cualquier momento.

Guille aportó la solución que parecía lógica.

- Dile a tu esposo que te ayude.

Rieron. Pero Carmen admitió que de vez en cuando lo hace.

- Me alivia, pero lo hace sin ganas, dice que no le gusta dejándome a medias y al rato ya estoy igual.

Dio de mamar a la criatura, un minuto en cada teta. Y la criatura dejó de mamar.

- Vale. Sí. Tú estás bien, cariño. - Murmuró amorosa a una criatura que ya nada escuchaba. Beso su frente. Lo apoyó contra el hombro izquierdo y ante de darle un golpecito en la espalda la criatura eructó. – Bien. Ahora mamá debe ordeñarse las tetas o me dolerán un montón.

Sin cubrir las tetas que rezumaban leche, dejó al bebé en su cesta de viaje y preparó una pera de goma adaptada como saca-leche. Lo aplicó a un pezón y el aparatito extraía poca cantidad cada vez.

Guille, que no se había perdido detalle de esas tetas, de esos gordos pezones, se acercó, miró fijamente a los ojos de Carmen pidiendo permiso en silencio, y acercó la boca. Cogió el pezón entre los labios y succionó. Fue Carmen quien apretando la teta al lado de la areola hacía que saliera realmente.

Guille dio un buen trago y el extraño sabor le sorprendió.

- Sabe distinto de lo que esperaba.

- Claro. No tiene azúcar ni nada más. Es pura cien por cien. Sigue por favor. Me alivia de verdad.

- Por mí, de acuerdo.

Guille realmente merendó bien. Ni siquiera tenía hambre. Pero su empalme tras la bragueta al saborear las tetas tan grandes y con tan gordos pezones, era evidente.

Minutos más tarde Carmen suspiró aliviada.

- Gracias, Guille. - Y repitió sin recordar que ya lo había dicho poco antes: - A mi esposo no le gusta. Solamente da unos tragos de nada y debo continuar con la goma esa.

Llevó una mano a la bragueta de Guille y sopesó ese volumen.

- Guille, yo. Ahora que estoy descansada, aliviada… Si quieres… Verás, en tres meses lo habré hecho con mi esposo tres o cuatro veces. Tu abuelo no me llama desde el octavo mes, claro. No quiere molestarme. – Se ruborizó al añadir: - Pero soy mujer, y, tengo ganas.

- Está mi esposa, Berta.

No sabía por qué nombró a su esposa. Seguramente no sabía que las mujeres del servicio con el contrato Montesinos hablan entre ellas.

- Lo sé. Y yo tengo el contrato de la villa Montesinos estando casada. Pero comprendo que te disgusten mis tetas. – Desvió la mirada. Su rostro se ensombreció al reconocer que ya no se sentía guapa: - Además, he ensanchado la cadera, tengo el culo el doble de grande. Comprendo que no quieras estar conmigo.

Guille se acercó y la besó en los labios al mismo tiempo que acariciaba esas tetas con cuidado de no rozar los delicados pezones.

- Si no me gustaran no las habría chupado. – Propuso mirándola a los ojos: - ¿Vienes a la habitación para continuar?

Carmen cogió aire para responder en un suspiro la frase habitual en las mujeres con el contrato Montesinos:

- A tu servicio.

Guille pensó que todas respondían con similar frase al ser requeridas. Quizás formaba parte de la orden para que se sometieran.

Ya en la habitación dejaron la cesta con el bebé al lado de la puerta. Se desnudaron para meterse en la cama.

Realmente el cuerpo de Carmen había cambiado. Cadera más ancha, tetas grandes, un poco de barriga y una enorme mata de pelo sobre la vulva.

Guille volvió a mamar de esas tetas para luego masajearlas. Carmen disfrutaba tanto de la caricia, como de librarse por unas horas de la molestia de tenerlas tan hinchadas.

Fue una caricia agradable para los dos hasta que Guille decidió acercar sus manos al sexo de la mujer.

El sexo de Carmen había sido descuidado por un tiempo. Tenía mucho pelo, incluso en las ingles. Guille retiró el que cubría la vulva, separó los labios para facilitar el acceso a toda la intimidad, y se dispuso a comer un manjar que todavía no sabía si lo añadiría al menú que ya conocía o estaban haciendo algo muy puntual.

Antes de acercar la lengua descubrió que ya estaba mojado de flujos y olían muy bien.

Al poco Carmen acariciaba la cabeza de Guille y de vez en cuando sus tetas, que al apretarlas salía unas gotas de leche.

- ¡Oh, Guille! ¡Muy bien! – Alagó la mujer suspirando. - Sigue. ¡Uy! Sí. Así. ¿Bribón, con cuántas has aprendido?

Con la vulva libre de pelitos, Guille pudo apreciar que esos labios eran marrones, pequeños, pero que bajaban hasta rodear un poco la entrada a la vagina. El clítoris, sin sobresalir de su sitio, era gordito. Parecía una bolita, bueno, media bolita encajada en una capucha que se había plegado quedando por arriba. Y cada vez que lo tocaba con la lengua Carmen gemía su placer. Lo dejó a un lado por el momento saboreando todo lo demás durante un minuto. Hasta que acercó su boca para sujetar entre los labios ese botón y acariciarlo con la lengua sin soltarlo.

Carmen se corrió. Contuvo sus ganas de gritar su placer evitando así que su crío despertara.

- ¡Uf! ¡Guille! ¡Cabronazo, qué bien me comes el coño! ¡Sí! Ahora ven, vamos a follar.

- Un momento. Deja que continúe un poco más.

- ¡Qué!

Guille renovó las caricias, y esta vez le metió dos dedos por la vagina. Se puso a “rascar” la parte de arriba de la intimidad y Carmen lanzó otro gemido. Esta vez cogió la sábana para morderla y no gritar lo bien que lo pasaba.

- Lo haces muy bien. ¡Sigue!

Tras el segundo orgasmo, Carmen comprendió la cara de satisfacción que Berta mostraba por las mañanas. Guille debía dejarla bien satisfecha cada noche. La envidió.

Tenía los ojos cerrados saboreando las sensaciones de su cuerpo cuando notó que Guille se situaba encima. Dejándole hacer volvió a separar las piernas para recibirle. ¡Qué gusto! Entraba en su cuerpo sin brusquedad. Larga y dura sin ser gruesa. Era perfecta. Deslizándose hasta que notó el tope de un pubis contra el otro. Y ya se contuvo.

- Perdona, preciosa. He empezado sin pedir permiso.

- Sigue. Va bien. ¡Sí! Muy bien.

Carmen acarició la espalda de Guille. Deslizó sus manos desde los hombros hasta el durito culo. Volvió a animarle coincidiendo que Guille comenzaba a moverse.

- ¡Así! Bien.

Carmen lo disfrutó. ¡Qué bien se movía! Qué bien se deslizaba esa barra por su vagina. Mejor que el abuelo, demasiado despacio, mejor que el marido, demasiado rápido. Además, ya fuera al empujar o sacar se frotaba deliciosamente en el clítoris. ¡Qué gusto! Lo sujetó por el culo para notar que estaba con un joven que hacía deporte a diario. ¡Fantástico!

- ¡Qué bien te mueves!

Con semejante trabajito, su cuerpo llegaba al éxtasis antes, por lo que pidió:

- Guille. Me viene pronto. ¡Acaba ya!

- Un momento. Solo un poco más.

Fue tenerlo la mujer y al poco Guille.

- ¡Ah! ¡Qué gusto! Guille, muchacho, si llego a saber lo bien que lo haces no habría esperado tanto.

Guille la abrazó.

- Sí, Carmen. Me ha gustado, también. – La miró a los ojos y suspiró para añadir: - Perdona, necesitaba dejar pasar un tiempo, para que mi madrina desapareciera y me encontrara con esta mujer tan hermosa.

La mujer asintió.

- Sí, creo que comprendo. Ahora ya sabes que estoy tu disposición. Como también sabes que seré discreta.

Cogió el pene de Guille y se puso a jugar manchándose los dedos de semen y de su propio flujo.

- Ahora deja que te reanime. Y si quieres volvemos a follar o te descargas en mi boca.

- En tu boca sería perfecto para mí. Pero quiero que también lo disfrutes. Si me consigues otra erección follaremos. ¿Te parece bien?

- Muy bien.

Carmen se afanó con la lengua y labios para que volviera a endurecerse esa maravilla.

En un minuto Guille tenía una erección descomunal. Por lo que volvieron a follar. Ofreció cambiar de postura, pero Carmen decía que estar tumbada le resultaba cómodo por lo pesadas que eran sus tetas.

Se la metió despacio, como antes y Carmen protestó:

- Ahora puedes ir más rápido. Cómo quieras. Folla a tu gusto que me va muy bien.

- Lo haré después de que disfrutes.

- ¡Muy amable, caballero!

Llegó un nuevo orgasmo, en el que Carmen se deshacía de placer al tiempo que intentaba no gritar.

- ¡Ah! ¡Qué gusto!

Guille volvió a descargarse en la vagina, provocando gemidos a Carmen que le animaba.

- Intercambio de lechita.

- ¿Intercambio?

- Sí. Antes mamaste mis tetas.

- ¡Ah! Y ahora mi leche está es tu coño.

Mientras se recuperaban estuvo chupándole las tetas sacando algo más de leche. Esta vez no la tragaba, la dejaba salir de su boca sobre la teta. A veces cogía una teta como ya había visto que debía hacerse, la apretaba y veía salir el chorrito.

- ¿Qué? ¿Te gusta tu juguete nuevo?

Guille se acercó al rostro de Carmen. Se besaron sin dejar de acariciarla. Afirmó:

- Ya sea por la leche o tus pezones, el caso es que me gusta chuparte.

- Vale, bien. Disfruta de mi cuerpo. Pero en cuatro horas tengo que dar de mamar a mi pequeño. – Le ordenó. - Deja algo.

Tras la ducha Carmen lo primero que hizo al vestirse fue ponerse el sujetador. Suspiró aliviada. Por primera vez en dos meses sus tetas no le dolían. No sentía que la piel estaba tensa, ni la incomodidad en la espalda.

- Voy a venir más veces para que me vacíes las tetas. ¡No te puedes imaginar qué alivio! – Agitaba los hombros. - También lo noto en la espalda.

- Por mí, vale. Pero por favor arregla los pelitos del coño. Que lo tienes muy descuidado.

- Pues claro que está descuidado. Con tan poco caso que le hacen. Pero ahora sí, lo arreglaré para ti. Para cuando digas que quieres follar conmigo.

Guille se acercó más para darle un beso en los labios y murmurar que en ese caso tendría que hacerlo ya. Tenía ganas de repetir pronto.

- Y yo. Pero no hoy. Me has dejado molida. – Añadió lo que parecía una contradicción. - Y bueno, al mismo tiempo mi espalda descansa del peso de las tetas.

Retiraron las sábanas manchadas. Guille bajó a poner la lavadora mientras Carmen hacía la cama con otras limpias.

Llegó el momento de la despedida. Se reunieron en la entrada de la casa. Carmen iba bien vestida mientras que Guille llevaba puesto el pijama.

- ¿Cuándo viene la señora?

Naturalmente se refería a Berta.

- Creo que mañana.

- ¡Ah! Bien.

Guille pensó que era para mostrar el bebé, pero Carmen solo buscaba otra oportunidad de verse para volver a follar, que para su disgusto quedaba truncada.

Al quedar solo estuvo repasando el plan para el día siguiente en recambios Espuela. Además de leer varios proyectos.

Ya era tarde cuando se dio cuenta de la hora. No tenía hambre, claro con tanta leche materna que había bebido, era lógico. Sonrió recordado el sabor de esas tetas, llegó a gustarle la lechita. Y Carmen la chupaba muy bien. Repetirían.

Berta había estado con el drogadicto de Manrique unas horas por la mañana. En cuanto le dijo lo rápido que podía pagarle aceptó la venta y el descuento.

Pensó que era idiota o realmente necesitaba el dinero inmediatamente. Solamente conocía la trama de ficción en las películas, pero supuso que los cobradores debían ser muy insistentes.

Esa casa donde vive era grande. No había quien la limpiara y la suciedad se amontonaba por todas partes. Plásticos, latas, botellas y restos de comida. Berta vio que incluso había algún preservativo por ahí y le pareció ver una cucaracha.

El asco casi la hace vomitar.

Cierto que todavía quedaban algunos muebles buenos, caros, estando la mayoría estropeados por el descuido. Repararlos, si algún día se hacía, no sería barato.

Manrique se movía apoyándose en las paredes y muebles sin fijarse en la suciedad acumulada.

Berta pensó que, si tenía que volver a esa casa en otro momento no lo haría sola, no por Manrique, pensaba que alguien con problemas para mantenerse en pie nada le podría hacer. Era por la compañía que pudiera coincidir. Era una suerte que en ese momento no estuviera alguien violento recordándole la deuda.

Fue un alivio conseguir la firma tan pronto y poder salir corriendo de esa casa.

Al medio día habló con Guille y luego fue a un restaurante de comida regional. ¡Menos mal que no tomó vino! Decidió que debía caminar para rebajarla, por lo que pasó la tarde en el museo Picasso, además de ver la basílica de Santa María, algunas calles góticas, y la catedral.

Cruzó el casco antiguo para llegar a las Ramblas donde cenó, esta vez de algo ligero, y regresó al hotel.

Sin ganas de estudiar, y con lo que iba hablar al día siguiente en el banco ya decidido, se dedicó a mirar la tele.

Las emisoras se fueron sucediendo hasta llegar a una de pornografía. Ver esos torsos musculosos le hicieron pensar en lo bien que lo pasaba con su esposo. Apagó la tele en cuando apareció un mensaje avisando que para continuar viendo el programa había que pagar.

Se levantó un tanto nerviosa. Dudando e impaciente a la vez, rebuscó en la maleta. Concretamente entre sus cosas de higiene. Cogió un estuche de unos diez centímetros de largo por cuatro de ancho y otro tanto de alto, de color azul claro. Sin nombres. Lo abrió y ahí estaba "Menique". Un juguete para emplear en la intimidad, similar al que tienen sus amigas.

Con hidro-alcohol lo limpió dejándolo sobre la cama. Se desnudó y fue al baño. Se miró al espejo y cogiéndose las tetas alzándolas deseó tenerlas un poco más grandes para ofrecérselas a Guille.

“Te amo”. Pensó.

Al poco estaba tumbada sobre la cama. Quedando totalmente desnuda, había retirado la sábana superior. Sus pezones ya tenían algo de volumen. Se pasó las manos por el vientre, los muslos, sin llegar a tocar su intimidad. Al poco se acariciaba las tetas pensando en Guille y en Violeta casi por igual. Imaginaba que se turnaban sobre sus tetas para chuparlas y masajearlas dándole placer. Hasta que fantaseó que follaba cabalgando sobre Guille mientras su amiga le comía las tetas.

Accionó el vibrador para pasarlo suavemente por el pezón derecho.

Agradable. Placentero. El pezón se pudo más duro.

Despacio lo llevó al clítoris donde lo retuvo un ratito. Un agradable ratito.

“Esto me va a gustar. Sí”. Pensó.

Suavemente, sin prisas lo deslizó por su intimidad regresando al clítoris donde lo retenía unos segundos hasta que se lo metió por la vagina. ¡Qué gustito! Lo dejó ahí haciendo su función. Volvió a acariciarse las tetas hasta tener un orgasmo, que vale, sí, la calmó, pero le supo a poco. Estando con Guille se corría más veces, normalmente eran cuatro y casi siempre alguna más. Con Violeta solía ser igual, de cuatro en adelante.

- Lo hacen muy bien. - Murmuró.

Continuó con las caricias en las tetas. Frotando las areolas, pellizcando los pezones y dando apretoncitos cerca de los pezones, aunque también se daba algún apretón al estilo de Violeta, o las empujaba juntándolas como hacía Guille. Solía llevar una mano hasta el coño para acariciarse el clítoris con dos o tres dedos mientras imaginaba que era la lengua de su esposo o de la amiga. Esas dos lenguas lo hacían muy bien. También fantaseó que Violeta le restregaba el coño con el suyo mientras disfrutaba del sabroso pene de Guille en su boca o en las tetas.

“¡Ojalá pudiera hacerse!”

Realmente quería notar el clítoris de su amiga contra el suyo y poder saborear el pene de su marido en la boca al mismo tiempo. O al revés, follar con el marido mientras chupa ese clítoris. Se imaginó sobre sus rodillas, con Guille follándola desde atrás. Delante de ella estaría Violeta, con las piernas bien separadas para poder chuparle ese clítoris tan bonito que tiene.

Su cuerpo se estremeció. Sabía que pronto tendría otro orgasmo y deseó que llegara.

- Algún día follaremos los tres juntos. - Murmuró.

Esa posibilidad motivó que el nuevo orgasmo fuera más intenso que el primero.

- ¡Uhm! ¡Bien, sí!

Jadeando su placer apagó y retiró el juguete. Y mientras jugaba con los dedos sobre los labios del sexo pensó si le molestaría ver a Violeta y Guille follando mientras ella, estando al lado, los acaricia o besa. ¿Sería posible? No sentiría celos siendo entre ellos, entre los que amaba. Se alegraría y excitaría al verlos gozar. Imaginó a Violeta sentada sobre Guille con esa bonita polla dentro de su cuerpo. La amiga gemiría de placer mientras sus bonitas tetas se agitan a los lados.

No podría estar quieta, mirando, seguro que se acercaría a su amiga para besarla o jugar con sus tetas, o bien se acercaría a la boca de Guille le besaría y luego se sentaría sobre su boca para que la comiera el coño.

“¡Uf! Por ahora lo dejo para mi imaginación”.

Se pasó la diestra por el mojado sexo y la acercó a la nariz para olerla. Debía lavarse. No se movió permanecía quieta con las piernas un poco separadas.

Se durmió pensando lo mucho que le gustaría disponer de los dos para siempre.

Guille llegó a Repuestos Espuela cinco minutos antes de las ocho. Lo hacía con el enorme y lujoso coche de la villa. Y ahí estaban, esperando en la entrada, Nilea, Jenaro y dos mujeres muy bien vestidas de ejecutivo. Ropa elegante y nada barata, todo lo contrario de lo que se espera de un hacker, pero no de unas abogadas acostumbradas a tratar con directivos de empresas, jueces y policías.

Nilea corrió saliendo a su encuentro.

- ¡Guille! ¡Gracias por venir! Te necesito...

Guille la abrazó pidiendo que se tranquilizara.

El abogado presentó a las mujeres como las mejores investigadoras en delitos económicos.

- Silvia Nieto y Amelia Ribero.

Eran inspectoras en una empresa de seguros, pero habían sido contratadas para esa investigación. Al parecer se trataba de algo muy habitual entre seguros e investigaciones policiales. Guille lo ignoraba.

Los guardias de seguridad no pudieron impedir la entrada del dueño de la fábrica y su comitiva de la que Nilea formaba parte.

Cuando Guille y los abogados entraron en las oficinas todos los empleados clavaron sus miradas en los trabajos que hacían, mientras que el director, Onofre Montes, y su secretario, que ya les esperaban, sonreían al propietario de la fábrica.

Nilea quedó fuera, en la escalera. Una vigilante se ocupaba de impedir que entrara a la oficina. Guille dedicó un gesto de paciencia a su amiga y miró al vigilante con severidad.

- No es necesario ser tan estricto.

- Es lo que se me ha ordenado. – Replicó seria la mujer.

- Bien, de momento se queda fuera. - Accedió para no desautorizar al director de la fábrica. - Pero pronto la necesitaremos en la investigación.

La guarda asintió moviendo levemente la cabeza:

- Cuando lo requiera la dejaré pasar.

Guille se giró para hablar con el director y pidió que estuviera presente el representante sindical. Que tan solo tardó unos minutos en acudir desde el almacén.

Por fin Guille presentó a Jenaro, pensando que, aunque ya lo conocían había pasado un tiempo, y este lo hizo de las investigadoras diciendo a qué se dedicaban. Guille recuperó la palabra para explicar al señor Montes lo que pretendía.

- Bien. Estos señores van repasar toda la documentación de los dos últimos años. Por favor que todo el mundo colabore con las inspectoras. - Pidió mirando al director y administrativos. - Así quedará claro quién y cómo se retiró el dinero que falta.

- No es necesario todo esto, don Guillermo. Ya está aclarado. - Dijo el Director y detrás estaba el secretario asintiendo mediante cortos, pero rápidos cabezazos. - Sabemos quién es. - Miró a Nilea que estaba al otro lado de la puerta y añadió: - Y el despido es el lógico procedimiento para zanjar este desagradable asunto.

Guille recordó aquel hotel de Canarias. Se le ocurrió comparar que ocurría lo mismo solo que estos hombres eran diez años más jóvenes. Se giró y con un gesto permitió que Jenaro tomara la iniciativa.

El abogado se dedicó a dar oportunas órdenes autorizando el acceso a las inspectoras. Además de estar presente Guille, mostró un documento con el que tenía acceso a las cuentas de la empresa.

Las inspectoras instalaron sus propios equipos en la mesa que fuera de Nilea, y al facilitarles las claves al servidor, la base de datos e intranet, se pusieron a trabajar.

Guille y Jenaro fueron a la sala de reuniones donde a veces se atiende a clientes importantes o se reúne al personal de la oficina para unos cursillos de actualización. Necesitaban un lugar dónde sentarse y también buscar desde sus ordenadores. Con cierto malestar se encontraron que esa sala más parecía un almacén donde contra una pared se amontonaban carpetas con albaranes y recibos de entrega de varios años atrás. Hacían falta unos estantes o armarios para que no estuvieran amontonados en el suelo.

Al poco llegó Nilea acompañada de la mujer uniformada.

- Perdón señores. - Pidió la vigilante. - La señorita Gisela ha insistido en entrar en la oficina.

- ¡Sáquela inmediatamente de aquí! - Ordenó el director desde atrás y empujándola para que se marchara.

Guille intervino diciendo que quería interrogarla. Y que se quedara solamente ella, y el abogado, refiriéndose a Jenaro, en ese despacho.

- Tengo varias preguntas.

El representante sindical se ofreció a estar presente, pero la misma Nilea lo rechazó.

- No, gracias, Néstor. Nada tengo que ocultar. – Miró fijamente a Guille al añadir: - Además, quiero colaborar en la investigación.

- Adelante. – Dijo Guille. Y con un gesto le indicó que pasara.

La vigilante se encogió de hombros y cerró la puerta quedando fuera. Entonces Nilea, seria y anhelante al mismo tiempo, pidió a Guille:

- Deja que te enseñe una cosa.

Se sentó frente al ordenador de Guille y en dos minutos, gracias a las claves de acceso del jefe, pues la suya estaba bloqueada, le mostró unos movimientos que calificó como raros.

- Lo descubrí hace una semana y avisé al secretario de dirección. Mira: todas las facturas empiezan por un cero y luego la numeración que depende del compañero que las emite para distinguirnos. Pero las depositadas en esta cuenta son siempre de dos ceros, el cinco y otro cero. Además, otro detalle. Son números muy bajos en comparación con los empleados normalmente. Los ingresos van directamente a una cuenta en Fuente Ahorro, donde permanece unos días y luego es trasferida a otra, en el mismo banco.

Señaló la clave que identificaba la segunda cuenta.

Guille asintió. Vio que, en efecto, las cantidades no eran grandes y los movimientos se repetían con quince o veinte días de diferencia. Permanecían de tres a cinco en Fuente Ahorro para luego pasar a otra que no era de la compañía, aunque sí en el mismo banco. Llamó a las inspectoras.

Solamente necesitó de un breve vistazo, y Silvia, una de las inspectoras avisó que habría que llamar a la policía para bloquear esa cuenta y así conocer al titular y el saldo actual.

- Ya me ocupo. - Dijo Guille mirando a Jenaro que asintió.

Guille llamó Viver, a su secretario en Mundo Globo para que le dijera el nombre y teléfono del director de esa sucursal. Era seguro que el director de Recambios Espuela lo conocía, por el momento nada le pediría.

Estaba hablando con el director de la sucursal cuando la inspectora Silvia acudió afirmando que ya sabían desde qué ordenador se realizaron las transferencias.

- Se trata del ordenador de director de esta empresa.

Guille ordenó al director del banco Fuente Ahorro que bloqueara esa cuenta temporalmente. Le dijo el número. Jenaro asintió con otro gesto que le animaba a continuar así. Se trataba de una cuenta de su propia empresa. Como propietario podía permitir o negar quién podía operar con ella.

Jenaro, Guille y Silvia fueron a buscar al que parecía sospechoso a su despacho. El hombre estaba tratando con un cliente por teléfono, pero al ver la comitiva que entraba sin llamar situándose muy cerca de su mesa, cortó la llamada con un simple:

- Perdona Luis. Tengo una emergencia, te llamo en cuanto pueda.

Sin decir nada Silvia, la inspectora, se situó frente el ordenador del director, que no tuvo más remedio que desplazarse a un lado ya que se trataba de un artículo de la empresa. Tecleó un poco y no tardó en afirmar:

- Desde este ordenador. Está muy claro.

El director, sin ponerse nervioso, tan solo algo alarmado, pidió explicaciones. Al poco, asombrado ante algo que no esperaba, pero en nada asustado, afirmó que nada sabía.

Amelia, la otra inspectora, aportó las fechas y hora de las operaciones leyéndolas de su portátil. Y el director quedó perplejo.

- Si esos días son laborables estoy aquí, naturalmente. Y a esa hora, suelo estar en la cafetería al otro lado de la calle.

Julia señaló el ordenador:

- Dispone de conexión remota.

Con algo así podría hacer lo que fuera desde cualquier sitio hasta con el teléfono.

- Sí. Pero durante el tiempo del café nunca me conecto. Intento despejarme leyendo las páginas de deportes del periódico.

Silvia, la inspectora que parecía mandar sobre la otra, miró alrededor. Se asomó a la sala donde estaban los oficinistas.

- ¿Deja la puerta abierta?

- Sí. Siempre. – A Montes se le escapó el aire de los pulmones al añadir ruborizado. Le habían pillado con una falta de seguridad. - A veces con el ordenador conectado. – Lanzó un leve gritito y rápidamente se cubrió la boca con la diestra. - ¡Dios! ¡Ahora lo veo! – Exclamó. - La señorita Gisela Bach no puede ser. Siempre la veo en la cafetería acompañada con personal de la fábrica. Coincidimos en el turno con la jovencita esa... del almacén, no recuerdo el nombre. – Tanto Guille como Jenaro se dieron cuenta que se refería a Agudo. – Lo recuerdo bien porque esa niña siempre se ruboriza al saludarme y la señorita Bach evita reírse de su amiga.

Guille y Jenaro se disponían a hablar casi a la vez, pero la inspectora lo evitó con un gesto imperioso. Necesitaba más detalles antes de tomar una decisión.

- ¿Para desayunar van en dos turnos?

- Sí, claro debe quedar alguien para atender los teléfonos. Yo me turno con Elías, el secretario de dirección, que... ¡Ah! ¿Dónde está?

Se había marchado.

Berta estaba en la sucursal del banco Fuente Ahorro esperando que el director comprobase que realmente representaba a Inversiones Fuente Ahorro. Gracias a las tarjetas aportadas por don Francisco, la confirmación no tardó mucho. Tan solo teclear unos números en un ordenador y quizás hiciera una llamada que dijera que estaba ahí por orden directa del gran jefe.

Acordaron que en cinco días se verían para hacer una transferencia de cien mil euros.

Ya estaba todo aclarado cuando Berta añadió como parte de la despedida.

- El dinero vendrá desde la central de Zamalca. Y ya le diré cuál es la cuenta de destino.

- Perfectamente, señorita. Y si me permite… ¿Por qué el ingreso aquí? ¿Podría hacerse directamente?

Berta no lo sabía y se le ocurrió decir:

- El cliente lo quiere así. Por otro lado, sería interesante que ese señor se hiciera cliente.

El director de la sucursal casi hizo una reverencia al avisar mostrando un folio con los datos de Manrique.

- Ya lo es, o lo fue. Su cuenta está vacía.

- Bueno, es posible que no lo recuerde. Ya será otra cosa a hablar en cinco días.

Horas más tarde. La policía había localizado a Elías, el secretario de dirección de Recambios Espuela en su domicilio. Al parecer estaba preparando la maleta para un repentino viaje.

Las inspectoras indagaron sobre lo robado en los últimos cinco años, y esa cantidad ya era un delito por el que podía ir a la cárcel varios años.

Fue Montes quien reconoció:

- La señorita Bach no lleva tanto tiempo en esta casa. Además, durante dos años solamente trabajaba en verano y hay robos durante el resto del año.

“Ahora se da cuenta. Después de insultarla”. – Pensó Guille.

A última hora de la jornada y adelantando la salida del trabajo, en la entrada del almacén por iniciativa del director Onofre Montes, se convocó a los trabajadores. Delante de todo el mundo el director hizo un bonito discurso de disculpa a Nilea alabando que fue la primera en ver la malversación convirtiéndola en heroína.

- Y si el señor Cifuentes me autoriza, la señorita Gisela tiene libre hasta el lunes.

Beatriz Agudo, la compañera que estaba en la sección de envasado y con la que solía desayunar a diario, corrió a abrazarla entre los aplausos de todos.

Hubo felicitaciones y las consabidas frases de: quién iba a sospechar… parece mentira… Ya suponía que esta chica no podía ser… y todo eso que siempre se dice después. Nilea no quiso recordar que el día anterior solamente su amiga Beatriz era la única persona en toda la fábrica que le dirigía la palabra. Fue humillante.

Jenaro y las inspectoras se marchaban.

- Ha sido más fácil de lo que pensábamos. - Dijo Silvia mientras sonriendo acomodaba en un hombro la cinta de la bolsa donde guardaba el ordenador. - Normalmente tardamos un montón de horas a lo largo de varios días.

- Y se complica cuando los datos están en papel solamente. – Añadió Amelia. - Como sucede con algunos talleres y autónomos.

Silvia volvió a tomar la palabra para afirmar que haría un informe para la policía, y que estaba preparada por si un juez la citaba a declarar. Como inspectora de seguros era algo muy habitual.

- Un consejo, señores. – Llamó la atención Amelia poniendo una cara un poco más seria. - Actualicen y mejoren las contraseñas de seguridad. Son muy débiles. Y cámbienlas al menos dos veces al año.

Guille fue a comer al lado de Mundo Globo. Se había habituado a los platos de ese restaurante siendo una forma de regresar a la rutina. Y otra vez coincidió con la llamada telefónica de Berta.

- Hola. Nos vemos esta tarde en casa.

- ¡Bien! Tengo ganas de verte.

Se mandaron muchos besos.

Guille llegó a casa poco antes de las seis de la tarde y en cuanto vio la sonrisa que Berta le dedicaba, se fue el cansancio de la jornada.

Pasaron un buen rato abrazados estando sentados en el borde de la cama. Hasta que Guille, entre besos y otras muestras de cariño, le contó lo sucedido con Nilea.

Berta dio un respingo y buscó su teléfono.

- ¡Voy a llamarla!

Guille sonrió. Por eso se lo decía en ese momento, de esta forma dispondrían de toda la noche para estar juntos.

Berta estuvo hablando con Nilea más de veinte minutos. Tiempo que Guille aprovechó para ducharse.

Al salir del baño encontró a Berta que estaba en ropa interior mientras deshacía la maleta. Se había llevado ropa a Barcelona que no llegó a emplear al estar fuera tan poco tiempo.

- Podríamos hacer un viaje, juntos. - Propuso Berta. - Aunque no sé dónde. Los hoteles en la costa ya deben estar llenos.

- Pues… Tengo algunos huecos que quedan fuera de plazos. Se podría mirar. Sí.

- ¡Ah! Necesitas hacer un hueco en tu agenda para estar conmigo. ¡Qué detalle! ¡Gracias!

- Por favor. No lo plantees así.

Guille dejó en el suelo del baño la toalla con la que había terminado de secarse. Se dirigía a su vestidor.

- ¿Y ahora dónde vas?

- Pues a ponerme algo de ropa.

- ¿Sí? Pero si nos va a estorbar.

Era una invitación.

Se sonrieron. Y Guille corrió junto Berta.

Tras más besos con los que acabaron en la cama, Berta pidió chuparle el pene.

- No cariño. Deja que disfrute de tus tetas.

- Bien cariño. – Sonrió al proponer. - Ven y juega con tus juguetes que luego yo lo haré con el mío.

¡Cómo le gusta a Berta que su esposo le coja una teta apretándola un poco y que le lama, chupe y mordisquee el pezón! Y luego con la otra, incluso a veces en las dos casi a la vez al empujarlas para que queden más juntas. Estuvo disfrutando de esas caricias durante un rato. Hasta que avisó:

- Cariño. Pronto. Sí.

Guille dejó de succionar los pezones para acercarse a la boca de Berta. El beso fue corto y al regresar a las tetas animó:

- Disfruta, cariño. Adelante.

Sin dejar de chupar un pezón miró el rostro de Berta. Como ya esperaba ese rostro le parecía más hermoso. ¡Qué guapa se pone al correrse! Incluso cuando le sale un poco de saliva por un lateral de la boca mientras gime. Como sucedía en ese momento. No se cansaría de mirarla.

- ¡Oh! Cariño. ¡Qué bueno! ¡Así! - Gimió Berta. - Me gusta lo bien que me manejas.

Berta pasó una mano por la cabeza de su esposo. Así le agradecía que la hiciera disfrutar.

Guille no cesó la caricia. Llevó una mano a ese sexo que ya estaba mojado y se dispuso a acariciarlo intentando no tocar el clítoris. Lo reservaba.

Berta separó más las piernas permitiendo que su esposo moviera bien las manos en su intimidad.

- Cariño no sé si eres bueno o malvado. ¡Me gusta!

- Soy un diablillo angelical.

- ¿Qué? ¡Oh! - Soltó una carcajada al entender el juego de palabras y ordenó: - ¡Calla y sigue!

Sin tan apenas tocar el clítoris Guille acarició toda la vulva. Incluso metía un poco los dedos por la vagina. Así estuvo varios minutos en los que Berta disfrutaba cada vez más.

Por fin acercó un dedo al clítoris y lo acarició.

Berta gimió de placer. Y anunció que le faltaba poco.

- ¡Así, así!

Guille continuó al mismo ritmo. Vio que Berta se cogía las tetas y, apretándolas, las movía a los lados o intentaba juntar los pezones. Anunció:

- ¡Cariño! Ya viene. Es… es fuerte.

A Berta le gustaban las caricias en las tetas, pero es evidente que, en el coño, concretamente en el clítoris, las disfruta más. El orgasmo lo tiene antes y es más intenso.

Las manos de Guille se mojaron de flujo.

Cuando Berta dejó de gemir cesó la caricia en el clítoris, pero se agachó acercando la lengua a los labios menores. No daba tregua a su esposa.

- ¡Oh! ¡Cariño! Me estás matando.

Tres minutos más tarde Berta empujaba la cabeza de Guille para que dejara de martirizarla tan deliciosamente. Ese último orgasmo fue como la sacudida de un terremoto.

- Por favor, para. Necesito descansar.

Guille también necesitaba que su lengua regresara a la boca, la tenía entumecida.

Berta no consintió ni un abrazo.

- No, cariño. No me toques más. Espera. – Se frotó el vientre. - Deja que se apague, o lo que sea, mi piel, mi cuerpo.

Lanzó un profundo suspiro.

Guille se levantó para ir por agua. Y al poco, al ofrecer el vaso le dijo cariñosamente:

- Toma, mi diosa, tu elixir.

Berta se había sentado para beber cómodamente, y Guille se fijó en una teta. Tenía un arañazo. Estaba muy rojo sin llegar a sangrar.

- Perdona. Te he hecho daño. ¿Traigo yodo?

- Pues... un poco vendría bien. Me lo pongo luego después de la ducha. Pero no has sido tú. – Admitió. - Ha sido que me acariciaba cuando me atacabas el coño con la lengua.

- ¡Vaya! Pues para la próxima deberías ponerte guantes.

- ¿Sí? ¿De lana, piel, astracán...?

Ambos ya sonreían.

- Boxeo.

- ¡No! ¡Ya sé! ¡De médico! Y jugamos a la enfermera sexi y el doctor cachondo. ¿Qué dices?

- Parece un buen plan.

La imaginó vestida con un corto vestido de enfermera. Tan corto que se vieran sus nalgas o la braga también blanca. Y con un escote que casi dejara destapados sus pezones.

El vaso, casi vacío, quedó sobre la mesita.

Guille se dejó caer sobre la cama y arrastró a Berta para que quedara encima. Ordenó:

- Mejor vamos a jugar a cowboy. Bueno, mejor dicho: “horsewoman”.

- Sí, sí. Tú mucho decir que me cuide las tetas, pero lo que quieres es sobármelas bien otra vez mientras follamos.

- Puede.

Empujó a Berta de forma que estando ella encima sus tetas quedaran a la altura de su boca.

- ¿Lo ves? Ya quieres comértelas. – Rio Berta.

- Pero si solo quiero ponerte un poco de saliva en la heridita.

Pasó la lengua repetidas veces por la herida. Y al poco chupaba ese pezón

- Sí, doctor. - Berta separó su cuerpo lo suficiente para pasar una mano entre los dos y cogerle el erecto pene agitándolo. - Ya veo que tiene preparada una inyección.

Se acabó un juego para comenzar otro.

Berta se situó mejor encima de Guille. Con una mano orientó el pene a su sexo y se lo introdujo con decisión por el coño moviendo su cuerpo. Bufó al sentirse llena de duro músculo.

- ¡Uf! Cariño. – Gimió Berta comenzando a moverse. - Las caricias están bien, mucho, pero esto, follar, es lo mejor. Sí.

Berta se corrió a los siete u ocho minutos de disfrutar con esa barra de carne dentro de su cuerpo y Guille pudo aguantar hasta conseguirle el segundo orgasmo unos minutos más tarde.

Berta gritó al sentirse inundada por los borbotones calientes de semen.

- ¡Hostias con mermelada!

- Cariño, eres mi diosa. ¡No podía más!

Quedaron abrazados. Berta continuaba encima. En ese tiempo hubo besos y palabras cariñosas, hasta que, venciendo su pereza, Berta dijo de ducharse.

- Venga, cariño y luego a cenar. Hay que reponer fuerzas.

El caso es que mientras se duchaban, Berta, recuperando las fuerzas y la iniciativa, le cogió el pene agachándose delante de él, y le dio una mamada que le dejó con las piernas temblando. Guille tuvo que sujetarse de las paredes de la ducha y la cristalera.

Terminaron de ducharse, y ya fuera, mientras se secaban, Guille protestó:

- ¡Cariño! Eso ha sido a traición.

- ¿Traición? Sí. Ya noté que te resistías al decir: Bien, sigue, así. Me falta poco, sigue.

Rieron.

Después Guille se rascaba los testículos con la toalla, por lo que Berta preguntó si le picaban temiendo que le hubiera arañado.

- No. Es que los estoy contando. Creo que me has quitado uno al chupar con tanta fuerza.

Berta se ruborizó, pero pudo replicar:

- ¡Bruto!

Ya con los pijamas puestos, cenaron en la cocina y después vieron la televisión en el gabinete hasta la hora de acostarse.

Como las amigas tenían vacaciones esos días, quedaron para ir al club de montañismo el viernes, calculando que al estar un poco nublado podrían pasear por esos caminos.

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