La cualidad de la palabra. 31
Susana creía tener el poder de destruir vidas con sus secretos, pero no sabía que Guille podía leer su mente y controlar su voluntad. En una habitación de hotel cutre, la cotilla más peligrosa del club se encontró frente a frente con su castigo más crudo y humillante.
Con la satisfacción de hacer el bien, la compensación que dijo el abuelo sobre la propia conciencia, salió de la biblioteca para encontrarse con una mujer que estaba sentada en una butaca tomando un refresco. Con esa actitud que mostraba parecía que le esperaba. Era de unos cuarenta años, alguno más quizás. Guapa, delgada, piel bronceada, pero no por el sol, sino por una máquina, y cabello teñido de rubio. Llevaba un vestido de tirantes de amplio escote que se botonaba por delante. Al estar sentada mostraba algo de muslo como quien enseña su poderío. Le sonrió y con el gesto imperioso de una mano le ordenó que se acercara.
Sintió curiosidad. Se acercó.
Con Guille a su lado la mujer se incorporó en la butaca sin llegar a levantarse, mostrándose poderosa. Como si controlase la situación a su gusto. Creía disponer de poder. Con gráciles gestos recolocó el escote sobre sus atributos y arregló la falda de su vestido, pero no por eso se cubría más, simplemente quitó algunas arrugas.
- Hola, guapo. Veo que has estado de “lectura” con una mujer mayor que tú. Mucho mayor que tú. - Dijo el nombre y apellidos de doña Antonia. – Dime, muchacho. ¿Eres un puto? ¿Por cuánto lo haces? ¿Por algún regalito quizás?
Guille pensó que no le conocía. Mejor.
- Señora yo…
- Espera, muchacho. Un momento. – Ordenó alzando la diestra. - Quiero ver la cara de satisfacción de esa guarra cuando salga. ¡Ahí está!
En efecto, doña Antonia salía de la biblioteca, cerró la puerta con llave y se quedó mirando a Guille, iba a sonreír en lo que parecía un gesto nervioso o de compromiso, pero descubrió a la mujer sentada y su rostro se ensombreció. La conocía. Así supo Guille que esta mujer que estaba a su lado era mala persona. Seguramente una cotilla. Mejor dicho, más cotilla que las demás. Y posible chantajista.
- Pues no parecía muy satisfecha. - Rio la mujer con ganas para ser oída por Antonia. Se estaba divirtiendo. – Vete ahora, querida amiga que ya hablaremos. – Se giró para mirar a Guille. Sonreía, parecía una fiera ante su presa. - Ahora quiero que me lo cuentes todo o haré que los camareros te saquen de aquí a patatas por puto. Y saldrás en muchas fotos con las que puedo arruinarte la vida. O por lo menos que no tengas acceso aquí, a nuestro nivel social.
Guille sabía que podía evitar eso fácilmente. Bastaba decir quién es para evitarlo. Pero siguió el juego de la mujer a su modo, claro.
- Por favor señora no haga eso. Simplemente escúcheme.
Eso es lo que Guille necesitaba durante tres minutos. Se retiraron unos metros hasta un sofá para sentarse compartiéndolo y en el tiempo ya mencionado la mujer quedó bajo la influencia de la Cualidad. Así se enteró de quién era, lo que hacía y por qué la señora Antonia se asustó al verla frente la biblioteca.
= Mi nombre es Susana Carrasco.
= Mi familia se dedica a la compraventa de inmuebles.
= Tengo dos hijas. De veinticinco y veintidós años.
= Cacé a mi marido al hacer que me embarazara. Tenía veinte años, y él treinta y dos.
= Desde hace unos años me divierte enterarme de todo lo escabroso de todo el mundo, así puedo tener control sobre ellos. Burlarme, o sentirme inmune cuando tonteo con los maridos delante de sus narices.
= Así es. Con las jóvenes también.
= A veces resulta más fácil.
= Pues, hace unos meses, poco después de Navidad por casualidad descubrí a Lorena Robles, una chica que, ante todo el mucho, de siempre se muestra modosita, y ahí estaba, se dejaba tocar las tetas por su actual novio estando dentro del coche en este aparcamiento. – Con un movimiento de la diestra señaló el cercano lugar. - Les hice una foto en la que nada se ve, solamente que está dentro del coche correctamente vestida y sentada, pero ella cree que se muestra indecorosa ya que no la ha visto. – Amplió la sonrisa jubilosa, disfrutaba. - Desde entonces la llamo puta, entre otros insultos, y simplemente se ruboriza, incluso una vez soltó una lágrima, la muy tonta.
= No. De doña Amparo Espuela solo conozco rumores de mucho antes que yo viniera por aquí. Parece que de joven fue un torbellino en las fiestas hasta que se casó con su primer marido hace cuarenta años.
= No. Nadie dice nada claro y quien la recuerda es con cariño y cortés respeto a la actual dama que aparenta.
= Solamente deseo saber algo escabroso con lo que romper ese pedestal de dignidad en el que se asienta.
= Sí. La odio.
= No. Nada me ha hecho. Es educada conmigo. Y siempre me trata con esa amabilidad que me asquea mientras pregunta por mi madre o mis hijas.
= A esa, junto con dos o tres más que vienen por aquí, me gustaría airear todo lo sucio que escondan.
= ¡No! No les haría chantaje.
= Lo que quiero es verlas humilladas. Sentir el placer de descubrirlo, airearlo y que sepa que yo lo hice.
= Ver cómo se ruborizan cuando las mire debe ser una gozada. La culminación del placer. Y que se vean obligadas a dejar de venir por un tiempo.
= Sí, disfruto haciendo esto con otras, y estoy segura que con la señora de Montesinos será para correrme de gusto.
Guille recordó la humillación que pasó su querida abuela con aquella droga en Sevilla y que tuvo que acariciarle el sexo mientras Berta lo hacía en las tetas, hasta conseguir que se relajara. Fue desagradable para todos. No podía consentir que eso o algo de cuando joven se supiera. Ella misma admitió que hizo locuras en la piscina de la villa mucho antes de casarse.
Empleó la Cualidad para hacer cambiar la intención de Susana. Al menos dedicó veinte minutos en acondicionarla. El caso es que algo sí consiguió mediante órdenes directas y muy claras que le hacía repetir.
Las ganas de maldad de la mujer eran muy fuertes, o su voluntad contra la de Guille, ya que en pocos meses volvía a las andadas, aunque no con tanta intensidad. Lo que sí consiguió es que dejó de molestar a esa desconocida chica del aparcamiento y de pretender atacar a su abuela.
Lanzando un suspiro preguntó:
- Bien. Ahora dime un sitio donde podamos ir a que te folle sin que nadie nos moleste.
La mujer dio un leve sobresalto, no lo esperaba y dedicó unos minutos a pensarlo.
- La biblioteca está descartada. No voy a pedir una llave para ese sitio. Tendrá que ser en un hotel. Que no sea de la costa, ni en la carretera desde Zamalca aquí. Porque en mi casa tendría que ser esta tarde.
Guille asintió sin preguntar por qué no en esos sitios. Supuso que la conocían, aunque eran zonas muy amplias.
Y unos cuarenta minutos más tarde estaban en una habitación de un cutre hostal a las afueras de Zamalca dirección a Murcia. Resultaba un tanto patético llevar a una señora a ese lugar. Hasta que pensó que la cizañera de Susana no lo era.
Nada más entrar en la habitación, Guille dio la primera orden:
- Bien, desnúdate. Ya sabes a qué hemos venido así que esfuérzate en darme placer. Quiero que te comportes lo más puta que puedas, que sepas y estés abierta a cualquier orden que te dé por muy guarra que sea.
Los dos se desnudaron dejando la ropa sobre unas sillas.
El cuerpo de Susana era bonito. Se cuidaba en un gimnasio y por lo menos las tetas y la cadera habían sido modeladas con un bisturí.
Ordenó que se diera la vuelta para ver la cintura, el culo y los muslos. Realmente tenía un cuerpo bonito.
- Bien. Veo que estás buena, y como tienes dos hijas sabrás follar. Así que no te costará mucho hacer de puta. – Comenzó a humillarla. - Ven, puta, chúpame la polla.
Susana se agachó ante Guille y se dispuso a chuparle el pene. Lo hacía bien. También lo cogía entre las tetas y frotaba en una cubana. Una caricia que parecía gustarle y sobre todo pasar los erectos pezones a lo largo o jugar con el agujerito del meato. La mujer hacía esa caricia sin necesidad de ordenarla. Sí, debía gustarle.
No habían ido a ese hotel para que la mujer lo pasara bien. Solamente a humillarla. Aunque no estaba seguro de cómo.
- Sin juegos, puta. – Se le ocurrió decir: - Chupa y nada más. Hazlo hasta que me corra.
Guille aguantó un rato las ganas de correrse. Aunque lo pasaba bien volvió a insultarla.
- ¡Joder, tía! ¿Qué no sabes chuparla? ¿Qué clase de puta eres que no sirve para una mamada?
Susana se afanó en succionar y pajearle al mismo tiempo.
Decidió que ya podía correrse. Y su descarga fue tragada por Susana. Que casi se atraganta cuando Guille la sujetó por la cabeza para meter el pene un poco más adentro de la garganta. Parece que le rozaba la campanilla provocándole arcadas.
- Bien. Siéntate en la cabecera de la cama y hazte una paja. Acaríciate las tetas y todo lo que te guste, pero te corres en dos minutos ni un segundo antes ni después.
Mientras la mujer se masturbaba, Guille miró su rostro, su cuerpo. Era guapa. Más guapa que en esa primera impresión que le dio en el club, pero en verdad se comportó como una harpía, y aquí en una mujer que disfruta de sus propias manos. Y lo manifestaba con gemidos y fuertes suspiros.
- ¡Ah! ¡Uhm! Sí, sí. ¡Oh!
Sus tetas y culo estaban bien. En su sexo destacaban los labios oscuros y lo grande que tenía la entrada a la vagina. Guille pensó que debía ser al parir dos veces. No. Había transcurrido mucho tiempo de eso. Debía gustarle meterse cosas grandes. De hecho, necesitaba de los cuatro dedos de una mano y dos más de la otra en el clítoris para satisfacerse.
Los dos minutos transcurrieron. La mujer, agotada tras el orgasmo tan intenso había terminado quedando sobre la cama. Mirando a Guille, esperando órdenes, o quizás que la follara ya.
- No pares, zorra. Continúa pajeándote hasta que te diga lo contrario. Métete el puño si lo necesitas. - Ordenó Guille, improvisando. - Te gusta. Lo estás pasando muy bien. Y te gusta mucho que te mire. Te da mucho morbo, placer y algo de vergüenza saber que te estoy mirando cómo te pajeas siendo más joven que tú.
La mujer se hizo varias pajas seguidas, y ya tenía el sexo irritado con tanto frotamiento. Además, se había metido toda la mano dentro de la vagina.
- ¡Por favor! ¡No puedo más! – Suplicó sin dejar de acariciarse. Tenía la mano izquierda dentro del coño y se pellizcaba las tetas con la otra. - Deja que descanse.
- Vale. Deja el coño y ahora te acaricias las tetas.
Susana suspiró aliviaba a retirar la mano de la vagina. La entrada a su sexo quedó agrandada, roja, con gran cantidad de flujo. Llevó las manos a las tetas para acariciarlas.
Guille continuó con las órdenes.
- Te corres cuatro veces más. Una cada dos minutos.
Rato más tarde la mujer murmuró que ya estaba y esa voz mostraba su cansancio. Volvió a suplicar que cesara el castigo. Sus tetas estaban rojas de tanto frotarlas. Un pezón destacaba mucho más morado que el otro.
- No, puta. Frótate el clítoris y con la otra mano te pellizcas los pezones. Te gusta hacerte daño.
- ¡No me gusta!
- Pero hoy, sí.
Así lo hizo. Al poco los gemidos no eran de placer sino de dolor. Tenía los pezones totalmente morados. Debían dolerle mucho, pero continuaba porque era lo ordenado.
Guille le ordenó que descansara. Lanzando un gemido de alivio la mujer retiró las manos de su cuerpo. Separó las piernas mostrando una vagina que parecía el túnel de un tren.
- ¡Vaya coño de puta que te gastas! – Soltó casi sin pensar, realmente le parecía así.
Guille, que había estado con muchas mujeres mayores e incluso con profesionales, nunca había visto un coño tan dilatado como ese. En ese momento, tanto el clítoris como los labios menores estaban irritados.
- Bien. Vuelve a chuparme la polla. Te gusta. Lo disfrutas. Lo deseas.
Susana se movía despacio. Estaba cansada y dolorida. Volvió a agacharse ante Guille. Lo hacía muy bien con la boca.
- Así, puta. Lo haces bien. ¿Has follado por el culo?
- No, nunca.
- ¿Nunca? Qué raro en una puta.
- Mi marido me lo ha pedido varias veces y supongo que sus amigas se lo dan, pero yo nunca. No es decente en una esposa, en una mujer casada.
- Puede que así sea en una esposa, pero hoy eres mi puta. Prepárate. Date la vuelta.
- ¡Por favor, no! ¡Por ahí no!
Guille tenía ganas de follar, y suponía que por ese coño tan dilatado no iría bien. Debía emplear el otro agujero.
- ¡Obedece! Ponte mucha saliva en el ano y dilátalo con tus dedos.
Susana empleó dos dedos contra el ano durante un minuto y con tres durante unos segundos más. Era claramente insuficiente para que no le doliera.
A Guille ya le parecía que así estaba bien. Ordenó que se pusiera más saliva y volviera a chuparle el pene.
- Por favor por el culo no. – Volvió a pedir. - ¡Me dolerá!
- ¡Calla! Será por ahí. Date la vuelta. Ponte con el culo bien alzado. Y añade más saliva.
Se puso detrás e intentó metérsela. No entraba bien. Fue al cuarto o quinto intento que ya pudo meter la punta.
- ¡Ah! – Gritó Susana. Debía dolerle.
Primero el glande. Y Susana se quejó afirmando que le dolía. Pidió que no continuara. Su cuerpo estaba tenso y se estremecía de dolor. Le insultó, y sin moverse de esa sumisa posición le ordenaba que se retirase. Guille esperó un poco antes de dar otro empujón para meterla más ya que tampoco quería dañarla demasiado. Porque una cosa es castigarla mediante la humillación, y otra dañarla físicamente.
Entró un poco más.
- Ya casi está. - Avisó. Volvió a esperar un poco para que se adaptara el ano y comenzó a moverse. - Bien. Ahora goza o llora. Me da igual.
Susana lloraba. Se quejaba de dolor y rabia:
- ¡Es humillante!
- ¿Humillante? ¡Puta! Así es cómo se sienten aquellas personas que has fastidiado todo este tiempo. Así se siente la gente al ser humillada. Por eso se acabó. Vas a dejar de hacerlo.
- ¡Sí, sí! Ya no lo haré más. - Afirmó entre quejidos.
Se retiró del culo y Susana cayó sobre la cama. Se situó cerca de su cara y le ordenó que la chupara.
- Saborea tu mierda.
Susana lamió las manchas marrones en el pene de Guille entre signos de querer vomitar su asco. Tuvo que aguantarlo.
- Así, puta. Límpiame bien.
Después de correrse y asegurándose que Susana le dejaba el pene bien limpio con la lengua, Guille se vistió. Mientras, ordenaba que recordara todo. Y que se ruborizara cada vez que le viera en el club de golf. Volvió a ordenar que no molestara a su abuela.
- Como me entere que le haces algo volveremos aquí para follarte otra vez el culo hasta dejártelo tan destrozado que tengas que ir al médico a que te curen. Me ocuparía de que todo el mundo lo supiera. ¿Te lo imaginas? Todo el mundo sabría que la señora Carrasco al follar con su amante le dejó el culo roto. Tuvo que ir a médico a que se lo curase y puede que cosieran. – Añadió con tono amenazante. - Quizás con alguna foto. ¡Qué vergüenza! Imagínate, tu cara entre las piernas para mostrar tu culo desgarrado manchado de semen y sangre. Y en todos los teléfonos de las socias del club.
Se marchó dejando a la mujer sentada en el borde de la cama asqueada por lo sucedido. Odiaba a Guille, y sin comprender por qué, nada podía hacer en contra. No podía ir a la policía y acusarlo de violación, y eso que tenía la prueba en su rostro. Pero debía cumplir una orden. Una media hora más tarde se levantó para ducharse. Tambaleante fue al baño y con alegría descubrió que había jabón.
Lo dicho, tardaría unos meses en volver a ser la de siempre, y se dedicaría a fastidiar a las “amigas” de club de golf, con excepción de doña Amparo, Antonia y esa chica del aparcamiento. En su subconsciente tenía grabado que si lo hacía volvería a ser sometida y follada violentamente por el culo. Quería evitarlo.
En villa Montesinos no esperaban a ningún miembro de la familia Cifuentes por lo que una sirvienta fue a avisarle que si bien no se había preparado un menú para el servicio podrían cocinarle lo que pidiese.
Guille se fijó en la sirvienta. Ya la habías visto por la casa, por supuesto, pero ese acento andaluz le hizo recordar a aquella profesional durante el asunto de Málaga. También era rubia, también era guapa. Además, era alta, por lo menos un par de centímetros más que él.
Guille replicó que bastaba con un combinado sencillo que él mismo acordó hablando directamente con la cocinera por teléfono. No hacía falta que lo subieran al gabinete ni al comedor, ya bajaría él a la cocina en unos minutos.
Pidió por el mayordomo enterándose que estaba en la granja ya que los señores no estaban. Rechazó que lo llamaran para servirle.
Se dio una ducha en la que se frotó el pene con abundante jabón. Por si Susana se había dejado algo de su culo sin retirar.
Sabiendo que los abuelos no estaban se visitó con una camiseta de manga corta, un pantalón de chándal delgado y deportivas.
En el comedor de la cocina encontró que además de las cuatro sirvientas y la cocinera, también estaba Carmen. Tenía una criatura en los brazos a la que todas las mujeres le hacían mimos. Y de sus tetas salían unas gotas de leche que limpiaba con una suave esponja. Terminaba de dar de mamar a la criatura.
- ¡Perdón! – Pidió retirándose sorprendido.
- ¡No! Pasa, pasa. Quiero presentarte a mi hijo.
Carmen ya cubría sus gordas tetas con el sujetador. Debían ser el doble de grandes de lo que jamás sospechó sobre Carmen. Hasta que cayó en la cuenta que era porque tenían leche.
El bebé pasaba a los brazos de Paula que lo tenía levantado sobre su hombro dándole golpecitos en la espalda. Hasta que se escuchó un eructo digno de quien se ha tomado dos cervezas en una taberna, y todas las mujeres lo elogiaron como una gran proeza.
Guille dedicó unos mimos a una criatura que ya bostezaba su sueño sin hacer caso a nadie.
- ¡Mirarlo! Ahora duerme el cabroncete y luego se pasa la noche llorando y reclamando que alguien lo coja en brazos. - Se quejó Carmen, lo que contradecía con esa sonrisa. - ¡Me está matando!
- ¡Hombres! No importa la edad, son todos unos egoístas.
Sentenció Petra, la cocinera. Que sin descuidar la comida de Guille en el fuego se acercaba a cotillear.
Guille protestó:
- Señoras. Esto se pone mal para mi condición masculina. Creo que mejor me retiro.
- No nos haga caso don Guillermo. - Dijo Paula que devolvía la criatura a su madre. - Estamos en plan brujas.
Despejaron un extremo de la mesa que estaba con productos para bebe y cuidado de piel, para que Guille comiera cómodamente.
Estuvo escuchándolas y así se enteró de los planes de boda de Juliana, la rubia con acento andaluz. Y que irían de viaje de novios a Santiago de Compostela y Lugo.
- ¿Dos sitios? En un viaje de novios, no sé sí lo haría así. Uno sería más tranquilo. - Afirmó Petra sonriendo pícara.
- No quiero un viaje tranquilo. - Dijo Juliana, más pícara aún.
Se ruborizó ante las risas de conformidad de las compañeras. Y Guille, sin dejar de comer, hizo como que no las había escuchado o entendido.
- ¿Y por qué a Galicia? – Se interesó doña Paula. - Eres de Córdoba.
- Para evitar encontrarme con la familia o amigos. – Juliana contestó rápido. – Entre hermanos y primos son más de veinte. Si se enteran en qué hotel me alojo montarían todo un cachondeo en la puerta o en recepción. - Las miró añadiendo: - Son peores que vosotras ahora.
En unos minutos, con la excusa de que había terminado de comer, salió huyendo de la zona de la cocina para subir al despacho del abuelo en el primer piso.
Necesitaba un ordenador potente para acceder al servidor de las oficinas en Mundo Globo y estudiar unos informes, porque el suyo lo había dejado en casa. No pensó que lo necesitaría.
En un cajón encontró dos portátiles casi nuevos. Dejó una nota al abuelo diciendo que cogía uno durante ese fin de semana.
Entre otros negocios en marcha, se enteró que por fin el asunto de Málaga estaba aprobado por la junta directiva, lo consideraban viable. Además del hotel con todos los servicios a la categoría de cuatro estrellas, de cara al exterior habría un restaurante, discoteca, varios locales comerciales para alquilar y un banco Fuente Ahorro. El hotel tardaría más de un año en estar en pleno funcionamiento, mientras que algunos locales empezarían a ser rentables en menos tiempo.
Pasaron dos horas y llamó a la cocina pidiendo un café.
Al poco llegó Juliana con el encargo. El resto del servicio se había marchado. Regresaría la cocinera a las ocho para la cena.
- Yo estaré en la casa hasta las diez, para lo que ordenen los señores.
Guille la observó. Guapa y con ese gracioso acento. Preguntó si tenía el contrato especial a lo que la señora respondió sonriendo que estaba a su total disposición.
Minutos más tarde la mujer estaba desnuda arrodillada ante Guille dándole una mamada. Sin los zapatos era de la misma altura que Guille. Delgada, esas piernas tan largas ya eran un monumento. Sus tetas eran algo pequeñas, con algunas pecas, destacando atrayentes en ese delgado cuerpo. Sus pezones eran de claro color marrón, casi rosados. Tenía el culo pequeño y redondo. Sobre el sexo y los labios mayores tenía pelo, corto y espeso, también de color rubio.
Situada entre las piernas de Guille trabajaba muy bien con la boca y la lengua tanto en el pene como en los testículos. A veces llevaba los dedos al perineo donde apretaba un poco o le cogía los testículos para jugar con ellos.
Sin cesar en la caricia con las manos, preguntó:
- Señor Guillermo. ¿Quiere correrse así o follar?
- Siga así señora Juliana, por favor. Ya… ya llegaremos a eso.
La mujer no contestó.
Con una mano le acarició los testículos con renovado entusiasmo, y con la otra lo mantuvo en una posición que le resultaba cómoda para llevar el glande hasta la garganta. Un lugar deliciosamente ajustado en el que se deslizaba suavemente entrando y saliendo.
Guille, sin apenas moverse del asiento, disfrutó lo indecible. Tenía los ojos cerrados saboreando lo que sus sentidos le trasmitían. ¡Qué placer! Hasta que ya notó la presión en el bajo vientre y detrás de los testículos, la culminación estaba cerca, por lo que avisó:
- Señora, lo hace muy bien. Me falta poco.
Juliana tampoco respondió esta vez. Ya había notado que el pene estaba un poco más rígido y que el glande más grueso al ensancharse el conducto de la orina. Sabía que el hombre no tardaría en correrse. Se movió un poco más rápido.
Sin esfuerzo la mujer se tragó casi toda la descarga aportaba por Guille, ya que fue disparada contra la garganta. ¡También lo disfrutó!
- Gracias, señora. - Guille dejó que le lamiera el pene para dejarlo limpio de semen. - Ahora deje que me reponga en unos minutos. Aunque, mientras me gustaría saborear su bonito cuerpo.
- A su servicio.
Fueron al sofá y Guille se dedicó a jugar y chupar esas blancas tetas durante un rato. Sin descuidar las caricias y pellizcos, con la boca se dedicaba a los pezones porque notó que le gustaba que los empujara con la lengua.
- Tiene una lengua muy juguetona. – Elogió Juliana. Y entre gemidos ordenó: - ¡Siga, siga! Don Guillermo, no se entretenga.
Los pezones aumentaron de tamaño volviéndose más oscuros y sensibles. La mujer se puso a suspirar con fuerza y al poco murmuró:
- Señor Guillermo… Si continúa así va a conseguir que yo… Bueno. Creo que… ¡Dios mío! Es la primera vez que… ¡Sí, sí! Me corro con la caricia en las tetas. – Apretó la cabeza de Guille contra sus tetas mientras su cuerpo se estremecía empujado por el orgasmo. - ¡Es usted el demonio!
Era la segunda mujer del servicio le llamaba así.
Y la mujer se equivocaba al decir que era la primera vez que se corría al acariciarla las tetas. Ya ocurrió antes, unos años atrás, estando en el cine con aquel novio al que solamente le permitía besos y tocarle las tetas. El novio se conformó y por eso estuvo casi una hora masajeándola y pellizcando sus pezones.
Juliana estuvo un rato gimiendo y suspirando su placer hasta que cogió las manos de Guille y las retiró de su cuerpo mientras ordenaba:
- ¡Basta, señor! ¡Basta! Me van a doler las tetas una semana, pero que bien lo he pasado. ¡Oh, dios! Nunca, antes…
Se calló al notar la lengua de Guille dentro de su boca.
Guille comparó esas tetas con la de su esposa. Ambas mujeres gozaban con esas caricias ahí. Bien. Se dispuso a acariciarle el sexo.
Naturalmente estaba mojado y el vello, antes rubio, ahora parecía bronce. Retiró los pelos y buscó su intimidad. Los dedos exploraron la vulva sin dejar un rincón o un pliegue sin acariciar.
- Señor Guillermo… es… es el demonio. ¡Uf! ¡Qué gusto! ¡Qué bueno! ¡Oh! Sí. ¡Sabe manejarme!
Le sujetó la mano sin dejar de hablar manteniéndola contra el coño como si temiera que parase.
- ¡No pare! ¡Siga, siga! Que lo estoy disfrutando. ¡Dios, qué gusto! ¡Qué gusto!
Hizo que separase más las piernas para acercar su boca. Además, tenía ganas de verlo. Los labios eran pequeños destacando sobre el rosa del conjunto al ser marrones sobre todo los bordes de lo que parecían pétalos de una flor, y el clítoris rojo se mostraba fuera de la capucha. Como si se ofreciera para ser chupado un dulce caramelo. Guille acercó la boca con ganas de saborearlo. Lo lamió, para a continuación pasar la lengua por todo el coño y al poco Juliana ya suspiraba de placer.
- Señor, tiene una lengua muy traviesa.
Además de un largo gemido, soltó mucho flujo en el orgasmo. La barbilla de Guille quedó muy mojada.
Tan apenas se recuperaba de tan rico momento cuando Guille se situó encima. Se sujetó el pene con una mano para orientarlo al orificio de la vagina y suavemente se lo metió.
Juliana abrió la boca y gimió su placer.
- ¡Sí, señor! ¡Así! Follar es lo mejor que existe. Para eso se inventaron las pollas y los coños.
Guille estuvo bombeando sin prisas en un delicioso vaivén, hasta que notó que le faltaba poco. Entonces lo hizo más rápido provocando a Juliana un orgasmo que notó sobre los testículos y en los gestos de la mujer puesto que esa vagina casi no hizo contracciones.
- ¡Ah! Sí, bien. ¡Siga! ¡Siga! Ahora usted. don Guillermo. - Animó la mujer sin dejar de suspirar. - No se contenga, quédese a gusto. ¡Sí! Para eso tiene a su Juliana.
Guille se corrió y Juliana volvió a correrse al notar el semen y las pulsaciones del pene dentro de su cuerpo además de los golpes de cadera contra su cuerpo.
- ¡Oh, cuanto! – Afirmó mientras todavía notaba el estremecimiento de placer recorriendo su cuerpo.
La mujer quedó agotada, dejó pasar casi medio minuto y pidió:
- Un momento, señor. Espere un momento, don Guillermo, por favor. Y se la chupo. – Hablaba entre jadeos. - Se la voy a dejar más limpia y reluciente que el cáliz de la misa de Navidad.
Poco más tarde ya estaban vestidos y Juliana preguntó si retiraba el servicio de café. A lo que respondió que lo dejara.
- Seguro que tomaré más de una taza. Gracias.
- Sí, señor. A su servicio.
- ¡Ah! Un momento, por favor.
Guille se acercó a la mujer y se besaron en una caricia de un minuto. Luego empleó palabras similares a las otras sirvientas.
- Gracias, señora Juliana. Espero que le haya gustado tanto como a mí. Y si le parece bien me gustaría repetir en otra ocasión.
- Sí, señor. También me ha gustado. Me ha hecho que… perdone. Eso, que me ha gustado. Estoy a su disposición. – Añadió como si fuera un problema. – Tendrá que ser durante esta semana. Me caso el sábado y tengo quince días de vacaciones.
- ¡Ah! Bien. Ya veremos. No sé cómo se combinará.
Otro beso y Juliana se retiró.
Parecía que todas las sirvientas con el contrato Montesinos estaban bien dispuestas para follar con el joven señor.
Durante la cena doña Amparo decía que era un día de recién nacidos. Ella había estado con la nieta de una amiga y a casa había acudido Carmen, la sirvienta en los Nopales, con su hijito de tan apenas un mes.
- ¡Lástima! Ha coincidido que no estábamos. Quizás vuelva otro día. Nada diré para no comprometerla.
Don Francisco permanecía callado mientras que doña Amparo no dejaba de hablar del nieto de su amiga. Tenía varias fotos en el teléfono y casi incumple su norma de no emplearlos mientras estén en la mesa.
- La mujer se quejaba que el crío dormía durante el día y lloraba por la noche. - Contó Guille sobre Carmen.
- Es algo normal. Estando en la barriga hacen lo que les da la gana. Ya fuera les imponemos unos horarios.
Don Francisco permanecía en silencio no le gustaba hablar de críos y menos de desconocidos.
- Abuelo. Te he cogido un ordenador. Te lo devuelvo mañana.
- Ya he visto la nota. – Añadió mordaz. – No lo rompas o te lo descuento del sueldo.
Por la mañana Guille fue el primero en levantarse por lo que bajó a desayunar a la cocina.
La única sirvienta que estaba en la casa a tan temprana hora era Paula. Al verse la mujer sonrió. Y a modo de saludo se dieron un beso en los labios y quedaron abrazados. A la mujer le gustó la forma del saludo y Guille apreciaba esas tetas contra su pecho.
- Don Guillermo… ¿Qué hace tan temprano en la cocina?
- Vengo a desayunar, señora, pero he encontrado un angelito cuyos labios me gustan más.
- Señor. Debe desayunar. Es joven, lo necesita. Supongo que sabe el dicho ese de “empezar el día con energía”. - Empujó a Guille retirándose unos pasos. - Le preparo café, y leche. Mientras se calienta traigo unas galletas. Perdone, a estas horas es lo único que hay a no ser que quiera pan tostado.
La mujer se giró y Guille la abrazó por detrás cogiéndola de las tetas. Las apretó un poco, y aparecieron los bultitos de los pezones. Doña Paula se sorprendió lanzando un gemido. Le gustaba ser tratada así por alguien tan joven y guapo, pero no lo debía consentir estando en la cocina un lugar accesible por todos los que trabajan en la villa. Por eso protestó:
- Señor Guillermo. A estas horas una servidora no tiene fuerzas ni ímpetu para nada.
Le retiró las manos con pesar porque realmente se sentía alagada al ser tratada como cuando era jovencita jugando con el novio en rincones escondidos. Se retiró unos pasos al ordenar:
- Ahora desayune y vaya a sus cosas. Más tarde estaré a su disposición.
En ese momento llamaron a la puerta.
- ¿Lo oye? – Alzó un dedo indicando que alguien quería entrar desde el jardín. – Seguro que es el repartidor del mercado. - Afirmó la mujer mirando la hora. - Trae el pedido de hoy. Debo ir.
- ¿En domingo?
- Sí, don Guillermo. Desde que los señores están permanentemente en la casa, el reparto es diario. – Y justificando lo temprano de la hora añadió: - El repartidor tiene cuatro o cinco clientes en la zona. Creo que somos los primeros de la ruta.
Cuando Paula regresó con una bandeja encontró a Guille que se había preocupado del café y la leche. Aplicaba mermelada a una tostada desechando las galletas. Con esa sonrisa que mostraba debía estar recordando algo gracioso. Naturalmente no sabía que Berta, al tener un orgasmo, decía la palabra mermelada mostrado así lo sabroso que lo pasaba. Detrás de ella iba el repartidor con otra bandeja.
Este hombre, de una edad imprecisa con piel curtida por el sol, al ver a Guille le soltó que ya podría echar una mano para entrar el pedido en lugar que estar tan ricamente sentado.
- No es mi trabajo.
Replicó Guille si alterarse. Alzó la taza y dio un trago.
La señora Paula llamó la atención de repartidor con un gesto y negó con la cabeza. Así el hombre ya se fijó que Guille llevaba la ropa de quien se dispone a hacer deporte por lo que no pertenecía al servicio de la casa. Sopesó la idea de que fuera un visitante e incluso que viviera ahí.
Ya en el exterior se disponía a recoger el resto del pedido de la furgoneta de reparto, Paula le dijo quién era el joven.
- ¿Qué? No podía saberlo. - Se defendió el repartidor. Miró la entrada a la casa. - Esta desayunando en la cocina.
- No te preocupes. En verdad que nada ha pasado.
Tras la firma de la recepción se despedían hasta el día siguiente cuando vieron a Guille salir. Hacer unos estiramientos apoyando una mano en la pared de la casa y comenzar a correr.
A Guille le gustaba correr en el contorno de la villa Montesinos. Lo hacía en el jardín, aprovechando las escaleras de detrás, o bien, siguiendo los senderos de los bosquecillos donde la humedad del rocío intensificaba el olor de las plantas haciendo que el aire pareciera más limpio, más puro.
Una hora más tarde entraba en la casa por la puerta del jardín trasero. Dedicó un vistazo a la piscina echando en falta su funcionamiento para un poco más tarde.
Unos minutos después salía desnudo del baño secándose la cabeza. Al retirar la toalla que cubría sus ojos se encontró con la señora Paula y una ayudante externa limpiando y haciendo la cama. En un acto totalmente reflejo, Guille empleó la toalla para cubrirse y ruborizado se retiró al vestidor cerrando la puerta mientras murmuraba unas disculpas.
Paula, sonriendo, dijo a la externa:
- ¿Has visto lo hermoso que es el jefe?
La mujer de unos treinta años, regordeta y bajita parecía que no se ruborizaba por "esas cosas". También sonrió al contestar:
- Sí. He visto todo lo hermoso que es.
La señora Paula evitó pensar más en el joven señor que dos horas antes besaba y se dejaba acariciar las tetas por encima de la ropa. No lo conseguía, es más recordaba lo bien que lo pasaba con esa polla dentro de su cuerpo, y tenía miedo que la acompañante notara su excitación.
Ya vestido con un chándal, Guille fue al gabinete de ese piso. El abuelo no estaba. Dudaba en llamarle por teléfono cuando pasaba en ese momento la sirvienta Martina. Empujaba un carrito con artículos de limpieza. Le preguntó si sabía dónde estaban los abuelos.
- Sí, don Guillermo. La señora está en el salón de baile con sus ejercicios chinos. Y el señor en el despacho de la planta principal. Ha ordenado que nadie le moleste en toda la mañana.
- Gracias señora.... ¿Martina?
La mujer asintió sonriendo al contestar:
- A su servicio.
Mientras bajaba por la escalera recordó que esa señora tenía el sexo más morenito que viera jamás. Entonces cayó en la cuenta que nunca lo había hecho con una mujer de ascendencia subsahariana. Y eso que en aquella fiesta en Hermoso Norte las había muy guapas. Recordó a aquella camarera que hablaba español.
“Guapa, mucho”.
Llegó al salón de baile y ahí estaba doña Amparo haciendo unos ejercicios. Con esos movimientos parecía bailar, solamente que vestía un amplio chándal en lugar de esos vestidos con los que en las fiestas parece una reina.
Esperó a que terminara unos movimientos. Y esto sucedió cuando la señora se giró y por casualidad le vio.
- ¡Hola, Guille!
- Hola abuela. ¿Qué planes tienes para hoy?
- ¿Hoy? – Quedó unos segundos callada, recordando. Se puso a girar los brazos y ya explicó: - Tenemos una comida los socios del club de golf. Puedes venir si quieres.
- No soy socio.
- Sí lo eres. Desde los diez años. – Sonreía. - Hay una foto por ahí en la que muestras orgulloso tu carnet entre las manos. - Dejó de mover los hombros para mostrar una amplia sonrisa al preguntar: - ¿No repasas los recibos que pagas al mes?
- Sí, con Jenaro, mi abogado. Es que no me acordaba. - La verdad es que hacía más de dos meses que no se reunía con el abogado, aunque éste le enviaba un mensaje a la semana. - Pero no importa no voy.
- Como quieras, hijo mío. Tu abuelo y yo nos iremos a las doce, más o menos. Ya sabes, para eso del aperitivo y los saludos. - Reanudó los movimientos del ejercicio. Sin interrumpirlos ordenó a su nieto: - Si te quedas a comer avisa a la cocina.
Guille salió al pasillo y se dirigió a su habitación. Dedicaría el día repasando cosas del trabajo. Ya en el primer piso se cruzó con doña Paula y la otra sirvienta. No era la misma que también le vio desnudo.
- ¡Ah! Señora Paula. Estaré en mi habitación. ¿Sería tan amable de traerme un café y algo de merienda? Bueno. Con unas galletas será suficiente.
- Sí, señor Guillermo. En unos minutos.
Doña Paula tuvo que disimular que los pezones le picaron un poco al saber que no tardaría en disfrutar con ese joven. Era algo especial que no se sentía así desde que siendo jovencita quedaba con el que sería su marido para ir al cine donde ya sabía que la acariciaría por debajo del jersey y todo lo que le dejara hacer. Lo mismo que sintió durante casi un año después durante los primeros meses de casada. Y los primeros días que don Francisco la llamaba a su despacho o a esa habitación dispuesta en la planta baja.
Estaba segura que habría algo bueno en cuanto entrara en esa habitación.
Guille no conectó el ordenador. Esperaba la llegada de doña Paula. Pensaba que esa mujer que casi podría pasar por su madre tenía algo que le gustaba. Recordó a las otras sirvientas, cada una parecía que tenía una cualidad que la hacía única. Además, recordó las hermosas tetas de Carmen. ¿Qué se sentiría al beber la leche de esas tetas?
La puerta del dormitorio se abrió dando paso a doña Paula con un carrito con el servicio de café. Pidió permiso para entrar y ya con la puerta cerrada preguntó si lo servía en el escritorio.
- Un momento por favor.
Guille se acercó a la mujer que se mostraba impaciente. Con ganas de recibir la orden de desnudarse y empezar a disfrutar. La abrazó dándole un corto beso en los labios.
- Señora. Necesito su permiso para poder besarla y disfrutar de su hermoso cuerpo.
Doña Paula por fin escuchó lo que parecían palabras mágicas, las palabras que la llevarían al placer. De hecho, notó en la vagina que una oleada de flujo salía para mojarle las bragas. Asintió.
- Estoy a su servicio.
Como si estuviera en una nube recuerda que fue desnudada rápidamente, y a la vez con dulzura, mientras se besaban. Notaba unas manos recorrer su cuerpo. Que fue empujada a la cama y allí sintió una boca. Unas caricias en sus senos, hasta que notó picor en los pezones haciendo que gimiera de gusto.
- ¡Así, muchacho! Así.
Unas manos que se deslizaron por su vientre, y alcanzaron su sexo. Se movieron explorando por todo. Centrando la caricia en el abultado clítoris. Volvió a gemir al notar que la caricia ya no era con las manos, sino con la lengua. Un minuto, quizás dos, y sintió la erupción de un volcán en sus entrañas. ¡Esa lengua hacía maravillas! Esas manos acariciaban con delicadeza y fuerza al mismo tiempo.
El orgasmo fue intenso, largo, sabroso.
“¡Uhm! ¡Qué rico! Sí. – Pensó feliz. - ¡Qué bien lo paso con este joven!”
Como de lejos oyó la voz del señor Guillermo.
- Señora. Si le va bien voy a penetrarla ahora.
No recuerda bien qué contestó, pero fue algo así como adelante, ven, fóllame, pero teniendo en cuenta su grado de excitación lo más seguro es que ordenara: Méteme ya esa polla.
Y fue cuando notó que su carne se abría ante el empuje de una barra de cálida carne dura. Ya con eso tuvo otro orgasmo. Y otro más durante ese delicioso vaivén. Una voz que no reconocía como suya gemía:
- ¡Ah! ¡Qué bien!
En lo que le parecía poco tiempo, le habría gustado estar más rato follando, creyó que su cuerpo se derretía de placer al notar las descargas que la llenaban de semen.
Sí que recuerda que exclamó:
- ¡Qué bien lo haces!
Guille se retiró y se quedó mirando el rostro de Paula. La mujer tenía los ojos cerrados, sonreía levemente y su respiración parecían suspiros o leves gemidos.
“¡Caramba! ¡Cómo ha disfrutado esta mujer! - Pensó. - Y ha sido por su iniciativa, sin que le ordenara nada. No recuerdo que me sucediera nunca... ¡Sí! ¡Con Berta! ¡Dios! ¿Es posible? Creo que esta mujer se ha enamorado de mí”.
Esa posibilidad era todo un elogio a su buen hacer. Pero no quería hacerle daño. Su única intención con esta mujer es follar sin más propósito que pasarlo bien.
- Señora. Espero que le haya gustado.
La mujer tardó unos segundos en poder contestar.
- Mucho, don Guillermo. Espero que a usted también.
- Por supuesto. Ya sabe que me agrada su cuerpo. Y si me permite me gustaría seguir disfrutando de usted mucho tiempo. ¿Puedo darle un beso?
- Por supuesto.
Doña Paula preparaba su boca para la caricia y se sorprendió que fuera en un pezón. Soltó una risita llamando gamberro al jefe.
Al poco Guille casi la llevó arrastras hasta el baño donde se ducharon. Al enjabonarla le metió dos dedos por el ano. La mujer bufó, aunque estaba conforme en hacerlo por ahí.
- ¿Quiere más, señor Guillermo? ¡Adelante! Haga conmigo lo que quiera, estoy a su disposición.
Guille hizo que con las manos se apoyara en el lavabo poniendo el culo preparado para poseerla por detrás.
- ¿Por ahí? Sí, don Guillermo. - Casi sintió alegría por el sitio escogido. Su marido no se lo pedía y en la Villa... hacía mucho que dejó de disfrutar esa caricia. - Por donde usted quiera. A su disposición.
Le metió tres dedos.
- ¡Señor! - Dijo doña Paula en lo que parecía un bufido, y no quedaba claro si se refería a dios o al jefe. - Ya estoy lista, don Guillermo, puede meterla. – Ordenó: - ¡Ven! ¡Fóllame el culo!
Acercó el pene y se lo metió de un solo empujón para vencer la oposición del ano, e intentando al mismo tiempo, que no fuera muy brusco. Paula soltó un gemido y al poco ya estaba disfrutando.
- ¡Qué energía! ¡Qué ímpetu! Siga, siga. Que yo... ¡Oh! Es bueno, sí. ¡Dios! ¡Qué gusto!
La mujer miraba el agujero del desagüe, y que sus tetas golpeaban, a cada empuje, el mueble. Al poco de tenerla dentro comenzó a bufar. Le estaba gustando tanto como por la vagina.
- ¡Guillermo, niño! ¡Qué bueno!
Guille se corrió en unos minutos sin importarle si Paula estaba lista. Simplemente se dejó llevar para quedar totalmente saciado. Le gustaba notar el ano abrazando el pene, le daba mucho placer, y había que añadir el morbo de hacerlo de pie en el lavabo.
La mujer se llevó una mano al sexo y tan apenas tocarse el “garbanzo”, también se corrió.
- Bien señora. Vuelva a lavarse y por hoy hemos terminado. Me ha dejado saciado.
- Sí señor.
Poco más tarde estaban vestidos. Guille se preparó un café que ya estaba frío y conectó su ordenador.
- Señor. Me retiro. ¿Le dejo la cafetera?
Guille decidió no levantarse, no dar excesivas muestras de cariño a esa mujer. Por eso no se levantó para darle un beso como ya hizo otras veces.
- No, gracias. Solamente el que me estoy tomando. Señora. Si me permite la llamaré en otro momento.
- Sí, señor. A su servicio.
La puerta se cerró y Guille pensó que le había gustado mucho follarla por el culo. Casi más que por el coño. Tenía su morbo. Además, estaba que veía el rostro de la mujer reflejado en el espejo, y por lo tanto también vio lo bien que lo pasaba. Ese rostro mostraba placer.
Agitó la cabeza como parte del esfuerzo de cambiar de pensamiento, quería trabajar.
Doña Paula salió de la habitación. Tenía el firme propósito de no enamorarse de Guille. Además de la edad había muchas cosas que les separaba. Solamente era una puta más en el harén Montesinos. No le gustó el calificativo que ella misma se ponía y sintió ganas de marcharse, de despedirse de la casa. Pero no podía, como buena puta que era necesitaba el dinero que conseguía follando. Su hijo pequeño quería estudiar una carrera y eso era caro.
- Seguiré haciendo de puta. - Murmuró.
Camino del ascensor pasó por delante de un espejo y se miró durante un instante.
- Es increíble que me vaya tan bien con este cuerpo tan gordo, viejo y poco cuidado. – Murmuró apesadumbrada. - Seguro que solamente puedo hacer de puta en esta casa.
¿Por qué se trataba así? Cierto que es mayor, tiene unos kilos de más y no se arregla como si fuera a una fiesta, pero sigue siendo hermosa. Agrada a don Francisco, Guille y su marido.
Lanzó un suspiro.
Antes de regresar a la cocina fue a un retrete para comprobar que no manchaba, y ponerse papel higiénico bajo las bragas, temía que pudiera salir más semen de sus agujeros. Se miró al espejo del lavabo y por fin su pensamiento era más positivo.
“Nada mejor que follar con un joven. Con esa verga es capaz de emputecer a la más casta”.
Pasadas las siete de la tarde llegó Berta encontrando a Guille trabajando. Hubo besos y preguntas sobre qué tal el día. Se dieron las respuestas esperadas en las que nada se decía, pero todo quedaba dicho: Se habían divertido por separado.
Señalando el ordenador sobre la mesa dijo que también tenía que prepararse para hablar con el abuelo, el jefe.
Se sentó al lado de Guille abriendo su ordenador. Buscó el informe sobre Confecciones Amapola. Repasó algunas notas e hizo algunas correcciones hasta que lo dio por concluido.
- Bueno, ahora voy a imprimir el proyecto para presentarlo al abuelo.
- La impresora está en el despacho. Es mejor que lo imprimas desde allí porque a veces falla internet desde otra sala.
- Sí, gracias. Ya lo recordaba. – Cogiendo su ordenador para ir al despacho avisó: - ¡Ah! He traído tu ordenador. Lo he dejado en el coche.
- Bien. Gracias cariño. Ya lo cogeré mañana.
Los abuelos no tardaron mucho en regresar a la villa. Y Berta corrió a saludar a la abuela en su habitación:
Doña Amparo, sin que le molestara la presencia de su nieta, se quitó el vestido quedando en ropa interior. Cara, cómoda y discreta. Se sentó en una butaca pequeña y al quitarse los zapatos lanzó un suspiro. Agitó los dedos de los pies.
- Deja, abuela.
Berta se agachó frente la señora de la casa. Le cogió los pies para mantenerlos en alto y se dedicó a masajearlos.
- ¡Uf! Hija mía. Estás resucitando a una vieja. ¡Qué alivio!
- Bien abuela. Pero has de saber que no hago esto gratis.
Berta sonrió provocando la curiosidad de doña Amparo.
- ¿No? ¿Y qué quieres a cambio?
- Algo muy preciado para mí: Que de vez en cuando me sonrías, que continúes con tus consejos y apoyo. No sé si eres capaz de imaginarte cuanto te necesito.
- Siempre, hija mía. – Sonrió doña Amparo. - Aunque no vuelvas a tocarme los pies.
A continuación, la abuela hizo un resumen de lo más notorio que escuchó:
- Ha habido conversaciones interesantes que tu abuelo ha prestado interés. Tanto que va a vender su participación de petróleo de Alaska y va a invertir en coches eléctricos. Parece que son el futuro. Además, para no sé qué fecha dejan de fabricarse los de gasolina. Pero eso es una decisión política que con otro gobierno puede cambiar.
- Pues yo con lo de Alaska esperaría unos años. – Dijo seria Berta. - En Europa se emplearán coches eléctricos tarde o temprano, pero las armas militares y policiales son de gasolina o derivados. Que yo sepa no hay aviones eléctricos. Luego están los países de fuera de Europa que tardarán más en cambiar. Lo dicho. Alaska cambiará de cliente, sí, pero no de negocio. Por otro lado, están los políticos, que, como has dicho, se renuevan en los gobiernos, lo que es un plan a largo plazo puede alargarse más.
Doña Amparo miró cariñosamente a su nieta. Sonreía y en sus ojos estaba la pregunta que Berta respondió:
- Algo similar se planteó durante una clase.
- Háblalo con el abuelo. - Pidió la abuela.
- Así como es, seguro que ya lo tiene en cuenta.
Doña Amparo movió la cabeza afirmativamente.
- Puede, hija mía, pero quedará muy bien que se lo comentes.
Se acordó que cenarían de algo ligero en el gabinete del primer piso.
- Hemos comido demasiado. - Se quejó doña Amparo. - Para mañana me voy a pasar dos horas caminando. Sí.
Estaban con el postre cuando Berta no podía retrasar más su propuesta sobre Amapola al abuelo. Entregó la documentación mientras soltaba una larga parrafada tan llena de tecnicismos y palabras inglesas que doña Amparo no terminaba de entender de qué iba. Aprovechando lo que parecía una pausa en la joven, la señora preguntó:
- ¿Lo crees rentable?
- Pues. Si por lo que fuera no podemos venderlo a los alemanes, pondría un director con dos o tres asesores que lo llevara. ¡Ah! Que al menos uno de ellos sepa enhebrar una aguja. Entonces sí, sería rentable. – Señaló la última hoja de su propuesta. - Recuperaríamos el dinero en cuatro años. Un año menos si ofrecemos franquicias. Pero si lo vendemos sacamos de beneficio un tercio de lo invertido en año y medio.
Don Francisco hizo un gesto pidiendo silencio para echar un vistazo a la documentación. Para que estuviera más cómodo, Berta retiró el plato del postre de delante.
Tras la lectura, el abuelo mostró conformidad, pero con reservas.
- Niña. Ves a Barcelona. – Ordenó con el serio tono de voz de siempre, ese al que solo le faltaba gruñir. - Haces un preacuerdo de compra de Amapola a Manrique, antes que alguien se nos adelante, pero con la condición que dispones de cinco días para terminar de estudiar... o de convencer, sí, eso, de convencer a tus asesores. En ese plazo lo estudiaremos en Mundo Globo con más detenimiento. – Miró a su nieto que permanecía callado. – Guille. ¿Qué opinas?
- Yo no debería opinar. Contestó rápidamente y sonriendo a Berta se justificó: - Es mi esposa...
- Tu opinión. – Insistió don Francisco.
Guille asintió.
- Compramos ahora para vender en cinco o seis meses. Nos dan la mitad y el resto a un año. Podemos ganar un tercio de lo invertido... que es una buena tajada en ese plazo de tiempo, o involucrarnos en el terreno textil. En ambos casos hay beneficio.
Señaló a su esposa al preguntar si iría sola a la entrevista.
Don Francisco asintió añadiendo que los inspectores viajan solos. Apretó los labios, hizo un leve sonido gutural y se puso a dar órdenes:
- Bien. Guille, llama al aeropuerto. A las nueve de la mañana nuestra querida Berta volará a Barcelona. Guille. Mañana te deshaces de esos proyectos que no son viables y adelante con ese de.... eso. – Se refería al único con beneficios de los tres estudiados por Guille esos días. - Ya tenéis vuestras órdenes. – Miró dónde estaba la cucharilla empleada en el postre, y ordenó. - Y ahora que me traigan otras natillas que no he podido disfrutar las de antes con vuestra cháchara.
- Perdón, abuelo.
Murmuró Berta intentando no reír ante lo que parecía la rabieta de un niño. Doña Amparo prohibió que comiera más dulce provocando otro gruñido de su esposo.
La conversación sobre Alaska y el petróleo fue en el gabinete.
El abuelo soltó un gruñido afirmando que lo pensaría. Lo cierto es que no tenía intención de dejarlo, además recientemente había renovado unos contratos donde hacía de mediador de unos miles de barriles para entregar en distintos destinos.
Guille puso la televisión para ver las noticias, pero don Francisco, como si no tuviera importancia, mientras dejaba a un lado su móvil donde había estado leyendo unos mensajes, le insinuó que indagara qué ha sucede en la fábrica de recambios Espuela.
Guille sintió curiosidad.
- ¿Qué ha pasado abuelo?
- Dímelo tú. Mañana.
Ya en el dormitorio, Berta se puso el pijama, pero estando en la cama se situó sobre Guille, pero no para poner su cabeza sobre el pecho del marido. Bajándole el pantalón le cogió el pene, lo manejó hasta que se puso duro y le dio una mamada que no estuvo mal. En la caricia incluyó lamidas, besos y succiones. A veces deslizaba la mano pajeándolo cuando la verdadera intención de Berta es disfrutar el tener en sus manos tan bonita y dura barra de carne de su novio.
En cuatro minutos ya le lamía con glotonería los restos de semen.
- Gracias cariño. Ahora deja que me ocupe de ti.
- No cariño. Perdona. No hago más que pensar en mañana, en qué decir a Manrique y las respuestas a sus posibles preguntas.
- ¡Vaya! En eso pensabas mientras me dabas placer.
- Pues… perdona.
- Vale. No te preocupes. Voy a lavarme y dormimos.
Al regresar a la cama encontró que Berta ya dormía ocupando el centro de la cama.
“Vaya con sus preocupaciones. No le quitan el sueño”. Pensó.
Intentando no reír se metió en la cama quedando a un lado para no molestarla. Y recordó que otras veces estaba tan nerviosa que no dormía en toda la noche.
“Estás llena de contradicciones”.
Continúa en
- Relato #252366— title-regex: contiguous parts (30 -> 31)
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