Xtories

La cualidad de la palabra. 30

La puerta se cierra y el mundo exterior desaparece. Solo quedan sus cuerpos, el sudor y la promesa de lo que están a punto de descubrir juntos. Pero hay secretos en esa casa que se mueven más rápido que el deseo, y una palabra que puede cambiarlo todo.

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Para acostarse, Berta quedó completamente desnuda sobre la cama. Había retirado la sábana superior hasta los pies. Guille también desnudo se situó a su lado.

Era algo que no habían hablado, simplemente sucedía. Iban a amarse siendo lo más natural.

- ¿Qué crees que me propondrá el abuelo?

Guille la empujó para que quedara bocarriba y empezó a acariciarle las tetas. Berta consintió sonriendo.

- No te preocupes, cariño. – Respondió Guille sin dejar de jugar con esos pezones. - Siendo tu primer trabajo no será muy duro. Ya verás.

Berta lanzó un suspiro. Esa caricia le gustaba. Sus pezones ya reaccionaban.

- No sé qué pensar. Por otro lado, terminabas tercero cuando te dio tu primer trabajo.

Ahora, además de acariciarlas, Guille chupaba y pellizcaba los pezones.

- No te preocupes. – Repitió Guille. – El abuelo sabe que solamente eres estudiante. El encargo no será difícil.

Berta respiraba con fuerza. Y Guille sabía que debía apretar esas tetas un poco más.

- Ya me veo preguntando a todo el mundo dónde y cómo hacer las cosas.

- No voy a decirte qué debes hacer.

Dejaron de hablar porque Berta lo estaba pasando muy bien y no quería que nada le mermara el placer del momento.

Al poco tuvo su primer orgasmo.

- ¡Uhm! Bien, cariño. ¡Uf, sí!

Guille iba a agacharse entre las piernas.

- ¡Espera, cariño! - Ordenó Berta. – Deja que te la chupe ahora. Tengo ganas. ¿Vale?

- Gracias, cariño.

Pero tuvieron que esperar a que se recuperase para que Berta pudiera acceder al pene de su esposo y poder devolverle el placer recibido.

A Guille le gustaba notar esa lengua juguetona en el glande y por el frenillo mientras con una mano le pajeaba. Hasta que su querida esposa se la introdujo en la boca todo lo que pudo. Notó esa nariz contra su pubis. Y que Berta hizo un amago de arcada, pero se aguantó. ¿Quién follaba a Quién? Guille disfrutaba del deslizamiento de esa garganta en la polla y sin apenas moverse lo disfrutaba.

- Amor mío. ¡Eres mi diosa!

Berta solamente alzó la mirada sin dejar de succionar moviendo la cabeza.

Pasaron unos minutos y Berta notó las contracciones del pene en el paladar. También disfrutó de dar placer a su esposo.

Al retirarse, Berta dio otra arcada y lo que parecía un eructo.

Quedaron sentados en el borde de la cama. Se abrazaron.

- Gracias cariño. Me ha gustado.

Berta sonreía.

- Ya sabía que no debía comer postre en la cena. – Se palmeó la barriga. - No puedo saber cuánto has soltado, pero me siento llena.

Guille no quiso reír esa ocurrencia.

- Voy a traerte agua.

- Espera que también voy.

Berta tenía la barbilla y las manos llenas de babas.

Estaban abrazados tumbados en la cama. De vez en cuando se daban un beso en los labios. Guille comenzó otra vez con las caricias en las tetas de su esposa. Los pezones reaccionaron al poco.

- ¿De verdad no sabes en qué consiste mi trabajo?

- Cariño, no lo sé y no puedo contestar a eso ahora. Ya ves. - Dio un golpecito con la punta de la lengua al pezón. - Tengo la lengua ocupada.

Guille separó las piernas de Berta y se situó en una posición adecuada para lamerle el sexo. El clítoris estaba relajado, aunque la zona de la vulva estaba un poco húmeda. Con dos dedos separó los cálidos labios y acercó la lengua. Primero dos lamidas cortas contra el clítoris, para pasar a lamer toda la vulva. Hasta otra vez concentrarse en el clítoris.

Berta gimió, y no dejó de gemir hasta que se corrió en la boca de su esposo.

- ¡Con esa lengua haces maravillas!

La caricia duró hasta que se corrió por segunda vez. Gritó:

- ¡Mermelada!

Al parecer ese orgasmo fue más intenso que el anterior.

Como Guille ya se había recuperado en ese tiempo, acercó el pene a la entrada de la vagina y sin avisar de sus intenciones, poco a poco lo introdujo en el cuerpo de su amada. Berta lo apretó en un abrazo por los hombros.

- ¡Eres malo! ¡Muy malo! ¡Está buenísimo!

- Sí, cariño. Muy bueno.

El pene se deslizaba terriblemente despacio por lo que Berta desesperó. No le gusta las brusquedades, pero así era un martirio. Movió la cadera en un intento de que entrara ya al fondo. Y Guille adaptó el movimiento para continuar despacio, incluso se detuvo.

- ¡Sigue! ¡Por dios, sigue! Lléname del todo. Hasta el fondo.

Guille también disfrutaba. Por dos veces más Berta intentó que fuera más rápido y ya lo consiguió. La polla se deslizaba muy bien dentro de la vagina. Tras unos movimientos de cadera Guille propuso cambiar de postura. Berta se opuso.

- ¡No! ¡Sigue! Ahora no te pares.

Tras el desespero de ir tan despacio poco antes, ahora le iba muy bien.

- Mi diosa. Llévame al paraíso.

- ¡Ja! Veo que conoces el camino. ¡Bésame!

Fue separar los labios tras el beso y Berta comenzó a tener otro orgasmo.

- ¡Oh! ¡Qué bueno!

Continuaron follando por lo que tuvo otro a los pocos minutos.

- ¡Uhm! No sé cuántos llevo. ¡Esto está buenísimo!

Guille no cambió el ritmo de su cadera, no quería interrumpir el placer de quien tanto amaba.

Las manos de Berta se deslizaron por la espalda de Guille hasta sujetarlo por el culo. Le dio varios apretones y ordenó cambiar de postura.

- Ahora sí, cariño. ¡Voy a exprimirte los cocos!

Guille se situó como estuviera Berta mientras pensaba con alegría que su querida esposa volvía a estar muy bruta, y ésta se sentó a horcajadas sobre su esposo. Guille sujetaba la polla con una mano, pero en verdad fue Berta quien lo manejó hasta su orificio.

Se deslizó suave mientras Berta gemía su gozo.

- ¡Qué maravilla te gastas, cariño! ¡Te toca disfrutar!

- Después de ti.

Al poco, Berta iba a ordenar que le cogiera de las tetas, pero esas manos se anticiparon.

- ¡Así, cariño! - Animó. - Ya sabes cómo me gusta.

Llevaban un ratito en tan delicioso juego cuando Guille notando que le faltaba poco para correrse, bajó una mano hasta el clítoris para acariciarlo. Encontró que estaba muy duro. Con los dedos lo empujó a los lados, y sobre todo hacia arriba.

- ¡Ah! ¡Eso es trampa!

Berta no pudo protestar más puesto que se corrió sin dejar de mover su cadera. Cuando los espasmos de su cuerpo cesaron se derrumbó sobre su esposo.

- ¡Mermelada! ¡Chocolate! Néctar y ambrosía.

- Cariño, no me dejes así. - Protestó Guille.

Notaba que le faltaba un poco. Tenía ganas de correrse.

- Sí. Sí. Ahora me muevo.

Sin llegar a incorporarse, Berta movió su cadera hasta que notó que el cuerpo de Guille se tensaba al correrse. La mujer se alegró cuando por fin notaba esos borbotones llenando su cuerpo. Murmuró:

- ¡Uf! ¡Calentito! Te amo, mi rey.

- Te amo, mi diosa.

Berta estaba tan cansada que, aunque se alegró por su esposo, realmente apenas disfrutó la sensación de recibir las descargas. Estuvo sin moverse un ratito hasta que se deslizó sobre su marido para ponerse como más le gustaba para dormir. Y casi al instante su respiración ya indicaba que dormía. Guille se conformó abrazándola así, ya se ducharía al día siguiente.

Eran las siete y media cuando bajaron a desayunar a la cocina. Los dos vestían ropa cómoda para ir a correr y hacer entrenamientos como ya avanzó el abuelo el día anterior.

Guille admiraba a su pareja. Tan cansada el día anterior y tan enérgica en ese momento. Hacía estiramientos.

- ¿Una vuelta al edificio? – Propuso Berta.

- Vale. Para empezar.

Berta solía ir delante y Guille se despistaba admirando ese culito botando a cada zancada.

Más tarde se reunieron con los abuelos en el gabinete del primer piso. Doña Amparo todavía llevaba su pijama y una bata. Don Francisco llevaba lo que parecía un chándal aparentando que pretendía dar una caminata o algo así, porque a su edad no iba a correr o realizar un esfuerzo físico importante.

Por fin don Francisco y ante una mirada de reproche por parte de doña Amparo al demorarse con la excusa del desayuno, explicó de qué se trataba el encargo, sin esperar a reunirse en el despacho casi media hora más tarde: A la Comercial Cifuentes había llegado una oferta de compra de una industria textil de Barcelona, con tiendas repartidas por la costa mediterránea. Berta debía averiguar si seguía siendo rentable y por qué la vendían.

- Se trata de un mercado al que no he entrado, ni siquiera tanteado. Es decir que lo ignoro todo. Lo dicho, lo investigas y me dices los resultados en diez días. - Se echó atrás en el asiento para hurgar mejor en un bolsillo interior de la chaqueta del chándal. Sacó una tarjeta con un chip incorporado. – Toma, niña. No serás la jefa, pero tendrás poder para moverte en las oficinas de Mundo Globo y emplear sus recursos tanto técnicos como humanos. – Añadió serio en un tono que no admitía réplica. - Que a las ocho y cinco de la mañana pidas en Recursos una mesa donde trabajar, estará bien.

Se giró para hablar con Guille preguntando por los tres encargos que tiene pendientes. Éste le hizo un resumen de cómo iban las pesquisas y el estudio. En su opinión, y sin reunir todos los datos todavía estaba convencido que solamente uno era viable. Resumió:

- La rentabilidad será baja y a largo plazo. Lo dicho no considero viable la inversión en esos dos. Ya te daré un resumen.

- Bien, sí. A las catorce horas me enviarás ese resumen de cómo va cada investigación.

- ¿Mañana? Necesito más tiempo. Falta reunir más datos. Mejor para el martes…

- He dicho a las catorce horas.

Don Francisco no permite que le contradigan. Por otro lado, le daba tiempo para ir a comer, después. Todo un detalle.

Intentando cambiar de tema, Berta preguntó el nombre de la empresa que le tocaba investigar y el abuelo, como si tan solo fuera un dato más contestó:

- Confecciones Amapola.

- ¡Qué!

Berta dio un sobresalto sin llegar a levantarse, estaba en tensión con los ojos muy abiertos y las manos apoyadas en la mesa.

Los abuelos se asombraron ante su gesto mientras Guille, que conocía la historia, quedó expectante.

A Berta le dio un ataque de risa de casi un minuto ante la mirada de la atónita familia. Hasta que pidiendo perdón ya pudo explicar que su padre pretendía casarla con el dueño de esa empresa.

Guille permanecía callado.

La mirada de Berta parecía triunfal.

- Tenía diecisiete años cuando me presentaron a ese hombre como posible esposo. ¡Casi treinta años mayor que yo!

Guille recordó que no era tanta la diferencia, aunque sí más de veinte. Permaneciendo en silencio dejó dramatizar a su esposa.

Doña Amparo nada dijo, pero no pudo reprimir su mirada de escándalo por lo que unos padres iban hacer y asombro ante la reacción de Berta, claro que la muchacha podría reír así para descargar sus nervios.

Don Francisco apretó los labios, no quería opinar y centró su mirada en la taza ya vacía que todavía tenía delante. Pensó que desde hace muchos años somete a la gente para obtener beneficios, pero los compensa generosamente. ¡Solamente siendo menor o muy joven estuvo con menores! Luego, siempre con mujeres con mayor o menor experiencia en la cama.

Mientras que Guille, recordando aquel miedo que pasó Berta y las fotos que le mostró poco antes de esa noche de Reyes, supuso qué estaba pasando con esa empresa textil, pero no quiso adelantar su opinión. Berta iba a investigarlo y en poco tiempo aportaría unos datos reales.

La mañana transcurrió paseando alrededor de la mansión y adelantando información sobre los encargos. Comieron con los abuelos y después se marcharon a casa en los Nopales, rechazando la invitación de acompañarles al club de golf.

En casa vieron la televisión, tomaron café, y volvieron a ojear por separado sus trabajos. Guille se dio cuenta de la falta de concentración de Berta.

Esa noche follaron a propuesta de Berta, pero era una forma de descargar la tensión acumulada. La muchacha se corrió dos veces y Guille una. Lo hicieron en la posición de misionero, y aunque Berta propuso continuar con las caricias que antes no se dieron, Guille sabía que no iba bien. Era mejor intentar dormir.

Berta no insistió, mostrando así que realmente no tenía ganas, había entregado su cuerpo por amor. Se ducharon, y ya otra vez en la cama, puso su rostro sobre el pecho de su esposo en esa posición que tanto le gustaba tardando más de una hora en poder dormir. Nerviosa se movía sin darse cuenta, despertando a Guille, el cual no protestaba.

Guille sí que durmió, aunque cada vez que abría los ojos encontraba despierta a su esposa. Por lo que al día siguiente fue a correr dejándola que durmiera un poco más. De hecho, la despertó con el tiempo justo para una ducha rápida, desayuno y salir corriendo al trabajo.

- Gracias, cariño. Te amo.

Fueron en el mismo coche a la oficina Mundo Globo. Berta iba maquillándose durante el trayecto por culpa de la falta de tiempo en casa. Se había puesto un vestido que en opinión de Guille era demasiado elegante. Pero claro, es lo que se dice por ahí, la primera impresión es la que cuenta.

Tras la presentación a algunos compañeros, Guille se retiró a su despacho para redactar los tres informes, que como ya suponía, en uno de ellos tuvo que hacer modificaciones con nuevos datos antes de presentarlo al abuelo, y Berta se sentó en un extremo de la gran sala compartida con siete compañeros.

En una hora y con un esquema de trabajo en la mano Berta fue a los despachos de Inversiones en Nuevos proyectos. Así se puso en contacto con la sucursal de Barcelona y la investigación sobre Confecciones Amapola la harían desde allí.

Eran las once de la mañana cuando Berta se asomó al despacho de Guille. Lo encontró tomando un café largo, tipo americano, al mismo tiempo que consultaba dos pantallas de ordenadores y en una de ellas tenía varias ventanas abiertas. Sabía que todavía disponía de tiempo para presentar los informes al abuelo y quería perfilar los detalles.

- ¡Hola, jefe! Me marcho a la cafetería a merendar. Ya veo que estás liado. – Sonrió al ofrecer: - ¿Te traigo algo?

Guille realmente estaba concentrado en el trabajo aun así respondió:

- ¿Qué? No. No.

- Bien, cariño. Voy con dos compañeras que seguro me someterán al tercer grado, pero es normal que quieran conocerme. – Amplió la sonrisa al añadir. – Y bueno, por otro lado, no sé si pedirte el divorcio antes o después de cortarte el pene. Ya te contaré lo que decida. Adiós.

- Sí. Sí. Adiós.

Evitando reír, Berta se retiró dejando la puerta abierta, así la encontró.

Al quedar solo, Guille ya reaccionó ante lo escuchado. ¿Divorcio? ¿El pene?

- ¡Pero qué bruta!

Cogió el teléfono y escribió un mensaje a Berta con una disculpa por su distracción que concluyó pidiendo que no se divorciaran ni le cortara el pene. Añadió:

- Le tengo aprecio.

Dos pisos más abajo, Berta salía del ascensor. Oyó la entrada de un mensaje al teléfono y dedicó un gesto a los compañeros indicando que iba a contestar. Añadió:

- Se trata del jefe.

Sonrió al leer, y se esforzó en permanecer impasible al escribir la respuesta:

- No te preocupes, cariñito. Tal como está me resulta muy útil.

A la hora acordada y a través del ordenador, Guille hizo la presentación a don Francisco, el jefe. Quedaba claro que de los tres proyectos solamente uno era viable.

El viejo jefe de la Comercial Cifuentes asintió. Su rostro nada mostraba. Ni a favor ni en contra. Soltó ese sonido sin abrir la boca que parece un gruñido y ordenó que le mandara toda la información a su despacho y que en principio se ocupara de la operación viable.

- Ya hablaremos. - Concluyó.

Al poco don Francisco recibía los informes de Guille. Dos de ellos los arrastró a la papelera sin leerlos. Ya no perdería más tiempo con eso. Con que quedara copia y registro en el archivo general era suficiente. Y el tercero, el interesante lo dejó aparcado. Suponía de qué trataba lo añadido por su nieto. Lo leería más tarde.

A través del teléfono envió un mensaje al mayordomo.

“Mi merienda”.

Así tenía acordado que le llevara un café sin que doña Amparo se enterase que tomaba cafeína.

Unos minutos y llegó la pequeña doña Elena, sonreía al saludar. Don Francisco sonrió.

La muchacha sirvió el café sin dejar de sonreír. Sabía que era observada por el jefe. Acercó la taza y se retiró un paso.

- Ya está señor. ¿Quiere algo más?

- Sí, doña Elena. Por favor.

La joven amplió la sonrisa mientras llevaba sus manos a los botones de la bata.

- A su servicio.

Al día siguiente también acudió Berta a las oficinas para enterarse de las pesquisas en Barcelona sobre Amapola.

Al parecer también les interesaba a otras dos empresas del sector textil y lo ofertado por éstas era muy por debajo de lo pedido. Además, parecía que a una de ellas lo que realmente le interesaba eran los locales y la logística por lo que despedirían a mucha gente. Berta pensó que no se merecían eso, se trataba de personal cualificado que sabía hacer su trabajo, y que al mismo tiempo era un detalle a tener en cuenta, o no, en el negocio.

Fue por un café a la máquina y además de enterarse de lo malo que era, se fijó que casi todas las mujeres vestían traje chaqueta ya fuera con pantalón o falda, en lugar de vestido. Recordó el empleado cuando se reunió con su familia en aquel bar en la Avenida antigua. Todavía lo tenía, se lo tendría que probar, seguro que aún le quedaba bien. Si compraba otro se fijaría que no fueran iguales.

Berta iba aprendiendo sobre el trabajo, al ser jefa de departamento le llegaban muchas consultas que antes de meter la pata con las respuestas las comparaba con anteriores en similar situación, o directamente preguntaba a Guille, el cual la enviaba al departamento correspondiente donde dispondrían de datos más fiables al estar actualizados diariamente. Le vino muy bien las clases extra en villa Montesinos y en el Centro de Instrucción y Cortesía.

Mientras esperaba a que le atendiera un jefe del departamento de inversiones. Le llegó un mensaje al teléfono de un miembro de su grupo: Una empresa textil alemana quería abrirse mercado en España. Berta pidió que indagaran más, y al poco se ofreció como intermediaria ante Alemania en esa búsqueda.

Reunió al pequeño equipo que tenía asignado, hizo un resumen de la situación y por donde iban las posibilidades de negocio. Preguntó qué opinaban. Y fueron muy comedidos en las respuestas ya que no conocían a la nueva jefa. Pero coincidieron en afirmar que, si iba bien, la cantidad a ganar era muy bonita.

Berta murmuró:

- Y, en caso de no vender, la invertida se puede recuperar, con la dirección adecuada, en dos o tres años.

Aquella mujer de su grupo, Emilia, le recordó que no estaban metidos en el ramo textil, algo que ya sabía gracias al abuelo por lo que replicó casi inmediatamente.

- Es otra forma de recuperar lo invertido.

- Y mientras puede aparecer otro comprador. – Añadió otro compañero.

Para el viernes ya tenía previsto unas cantidades a negociar. Ahora faltaba hacerse con Amapola a un precio bajo para venderla después a los alemanes.

Hablaban en el coche mientras regresaban a casa.

- El lunes me voy a Barcelona. - Avisó Berta a Guille. - Tengo que hablar con el dueño de Amapola. Para que nos venda más barato.

- Ya. Son los hijos de...

- El hijo solamente. A ella, siendo mujer, la apartaron del negocio familiar. – Añadió: - Los datos no son claros, pero parece que ejerce de buena esposa con alguien de farmacia.

- Hay unas leyes… ¿Cómo…?

- Con dinero. O favores si son de igual ideología. Y la mujer calla porque es lo que se espera de ella, además, si protesta vete a saber lo que consigue realmente. Y bueno, debe considerarlo normal ya que carece de estudios y fue educada así.

Guille movió la cabeza a los lados. Le resultaba increíble que suceda algo así en occidente en este siglo. Berta ya le dijo en esos días que a ella no la dejarían hacer una carrera. Sacudió la cabeza para centrarse en el negocio.

- Vale. ¿Cuánto tiempo?

Berta interpretó que preguntaba por el tiempo que estaría en Barcelona.

- Pues si es como suponemos que es: un despilfarrador. Me bastará con unas horas.

- Por si las moscas, pide habitación en el hotel navideño. – Y ya recordó el nombre. - ¡Ah, sí! Romana nort.

- Vale. - Dudó antes de hablar: - Mañana he quedado con Violeta. Vendrá a casa a dormir ya que su novio... algo con sus padres, no recuerdo.

- Bien, cariño. Os dejaré espacio. Iré a villa Montesinos con los abuelos.

Berta dudó. Seria y al mismo tiempo ruborizada, preguntó si le molestaba. Guille no dudó con la respuesta.

- Cariño. Sé que me amas. Por lo que si juegas con una amiga no me importa. – Añadió con distinto tono de voz. - Por otro lado, si fuera con otro hombre... me gustaría que me lo dijeras tú. Que no me enterase mediante burlas de la gente.

Berta se ruborizó.

- No quiero más hombre que tú. Te amo. Violeta es... es lo que has dicho: un juego.

Le miró a la cara y al poco desvió los ojos al frente. Berta no quiso preguntar si él tenía sus juegos por ahí. No quería saberlo.

Cambió de tema.

- ¿El domingo cenamos con los abuelos?

- Sí. Me tiene que decir qué hacemos con esa empresa que parece viable. ¿Y tú?

- Tengo que proponer la compra de Amapola al hijo de quien querían venderme, Manrique. Por una cantidad que me parece astronómica, pero tras ver el mercado se puede decir que es aceptable tirando a barata, y venderla en cinco meses a unos alemanes, la Arno Schäfer, por un tercio más. Ya tengo a un equipo jurídico trabajando en los contratos.

Guille recordó:

- Ya somos socios con la Schäfer en Europa futuro, por lo del barco en Ámsterdam.

- ¿Sí? ¡El barco de Ámsterdam! No lo sabía. – Juntó las cejas al afirmar que dejó de leer sobre el consorcio para repartir lo de los barcos para profundizar en la textil. - Aunque hemos averiguado que la Schäfer no son los compradores finales. Eso se lo tienen muy callado.

- Lógico.

- ¡Hay que ver! – Murmuró Berta. – Hay un vendedor y un comprador con dos intermediarios.

- Pasa más de lo que piensas.

Pasaron la tarde en la piscina, donde mientras se secaban antes de retirarse, tomaron café.

Berta se quitó el sujetador para escurrirlo y volver a ponérselo.

- No hace falta que te tapes. – Dijo Guille sonriendo.

- ¿Quieres verme las tetas?

- Siempre.

- Pues no. – No podía mostrarse enfada por culpa de esa sonrisa que no se borraba de su rostro.

Esa noche Berta se acostaba llevando solamente las bragas. Guille, a su lado, preguntó si realmente tenía ganas de mimitos esa noche.

- Pues ha sido una semana de dolor de cabeza. Pero supongo que es lo normal. Debemos acostumbrarnos y no dejar de amarnos.

- Cariño. Además de tener un bonito cuerpo… tienes otros encantos, por eso me tienes hasta los huesos. Es imposible no amarte.

Como otras veces, Guille empujó a su esposa para que quedase bocarriba, le quitó las bragas y se dispuso a jugar con sus tetas hasta que gimió su orgasmo.

- ¡Uf! ¡Cariño!

- Te amo.

Guille ya había dejado de acariciarla. Ahora a su lado miraba embelesado ese bonito rostro de su esposa que mostraba satisfacción. Y ya pudo murmurar:

- De cada vez me gustan más. Tus tetas son el complemento perfecto a cómo eres.

Berta, todavía extasiada, no podía hablar.

Luego, Guille se puso entre las piernas de Berta haciendo que separase mucho los muslos y le chupó el coño durante un rato consiguiendo dos orgasmos más, para más tarde follar.

Berta solamente gemía.

Guille se puso encima, le dio un beso en los labios, murmuró que la amaba y se la metió despacio.

- ¿Te va bien así, cariño?

La respuesta fue un gemido y una orden:

- ¡Ah! ¡Sigue!

Follaron en la postura del misionero, hasta que Berta tuvo su cuarto orgasmo. Y para terminar con la de amazona, que tanto les gusta a los dos.

- Deja, cariño. – Pidió Berta empujándole de los hombros. - Quiero ponerme encima.

Y otra vez follaron hasta que intercambiaron flujos. Así Berta se corrió cinco veces mientras que Guille una.

Berta quedó tumbada sobre Guille suspirando sonoramente mientras daba besitos en el rostro de su esposo.

- ¡Ha estado súper bien, cariño!

- Bueno. Pues si mi amada esposa está satisfecha ya podemos dormir.

- ¿Cariño? ¿Cómo consigues aguantar tanto sin correrte?

- Amándote.

Berta, sin moverse de esa posición le replicó:

- ¡Cabronazo! Ni te has quitado el pijama y me has machacado. – Guille conservó el suéter todo el tiempo. - Espera que me recupere y te doy una mamada que te dejo seco.

Veinte minutos más tarde había cumplido su amenaza había exprimido bien a Guille empleando manos y boca. De hecho, tuvo problemas para caminar cuando fue en busca de agua para que su esposa combatiera la sed. No hizo falta. Berta acudió al baño para beber y lavarse en el bidet.

- ¡Ala! ¡Cómo está esto! ¡Hay mucho! – Protestó metiéndose un dedo por la vagina. - No para de salirme semen del coño. ¡Bruto!

Guille, que esperaba turno para lavarse tenía problemas para contener la risa.

El sábado a mitad de mañana, Berta salió a recibir a su amiga Violeta que dejaba el coche en la calle. Vestía pantalón corto, sandalias y una camiseta de cuello tan amplio que asomaba un hombro. Sobre este era visible la cinta del sujetador rojo. Mientras que Berta llevaba un cómodo vestido corto que con esos botones delanteros más parecía un babero. Ya dentro del jardín Berta la abrazó para darse un corto beso en los labios. Violeta se puso nerviosa mirando a la casa, y avisó como si Berta no lo supiera.

- Está tu marido.

- Sí. Pero no te preocupes.

- ¿Sabe que soy la "otra"?

- Sabe que somos amigas. Muy amigas. Ven a saludarle. Está terminando un trabajo en el despacho y se marchará pronto.

- Me da apuro. Con Nacho esto no sería posible.

- Bueno, verás. Mi novio no es mejor que el tuyo. Ni menos preocupado. Simplemente no le molesta que seamos amigas.

- Sigue siendo raro. – Murmuró.

Guille vestía unos anchos vaqueros hasta las rodillas, suéter y deportivas. En el suelo estaba una bolsa con ropa que se llevaba a villa Montesinos.

- ¡Hola, chicas! ¡Violeta, tan guapa como siempre! - Saludó. - Termino de descargar unos datos y me marcho. – Señaló la pantalla. - Faltan tres minutos, pero eso es muy variable.

Se levantó desde detrás de la mesa para besar en el rostro a Violeta que se mostraba nerviosa. Anunció:

- La piscina ya está bien. Ese problema era un filtro. Podéis bañaros cómodamente. – En ese momento el ordenador emitió un sonido similar a una campanilla metálica. - ¡Ah! Esto ya está. Veamos. Descarga completa. Acepto. Cierro. Y listo.

Berta y Guille se abrazaron. Se murmuraron cariñitos y Guille añadió al oído:

- Pasarlo bien, cariño.

Berta estuvo a punto de contestar que él también, pero no lo hizo.

Ya en la habitación que iban a compartir, Violeta se dedicaba a sacar de la bolsa la poca ropa que había cogido. Y preguntó a Berta si tenían una relación abierta.

- Pues no sé. Creo que es medio abierta. – Respondió retirándose al tocador donde se apoyó de espaldas. - Él sabe que estoy contigo y a veces con nuestras amigas. Y dijo que no le importaría que estuviera con otro siempre que se lo dijera. – Movió la cabeza a los lados. - Es algo que no haré porque con él ya me siento plena. Y que por otro lado supongo que mientras hace lo que le da la gana por ahí, pero prefiero no saberlo.

- Vale, nena. No sé si os entiendo. Pero son vuestras cosas, y yo no me meto en eso.

En habitaciones separadas, se pusieron los bikinis y bajaron a la piscina. Sin llegar a sentarse, solamente dejaron las toallas y bronceadores, regresaron a la cocina y en una jarra prepararon agua con hielo y trozos de limones.

Pasaron la mañana tomando el sol desnudas hasta que acudió la cocinera de fin de semana avisando que faltaba media hora para la comida.

La mujer de unos cuarenta años, no se escandalizaba al verlas así y sentía envidia de esos cuerpos tan bien cuidados. Ya había servido en varias casas viendo en la intimidad a la “gente bien”, llegando a opinar que alguien con tanto dinero no puede ser honrado.

“Ya se verá cómo os quedan esos culos después de parir dos veces y no tener tiempo para el gimnasio”. Pensó la mujer mientras regresaba a la cocina.

Durante la sobremesa, Violeta dijo que se había instalado permanentemente en casa de Nacho.

- Lo primero que hice fue llamar una mujer que me ayudara a limpiar. ¡Qué desastres son los hombres!

Berta no tenía esa experiencia. Solamente que, en casa de sus padres, era su madre y tía quienes se ocupaban de la limpieza y cocina. Y más de una vez le tocó colaborar con la limpieza de su dormitorio y en la cocina. Y en la de Guille tenían contratado ese servicio. No recordaba el curso que pasó en los dormitorios de la Facultad donde se preocupaba de no ensuciar para no tener que dedicar mucho tiempo a la limpieza.

Por la tarde, tomaron un café en el gabinete mientras la televisión estaba puesta, aunque no le hicieron caso ya que hablaban sobre anécdotas en las facultades. Luego fueron otra vez a la piscina. Tomaron el sol, se bañaron y por fin Violeta se puso a hablar mientras ponía protección solar en la espalda de su amiga.

- Ayer estuve un rato con las chicas. – Estaba claro que se refería a Nilea y Ana maría. - Fuimos a pasear por el centro y a tomar unos refrescos. Me invitaron casi con vehemencia al poder hacerlo tras siempre ser las invitadas. – Apretó los labios y antes de continuar miró fijamente a Berta: - Y bueno, voy a cotillear. ¿Vale? Creo, y me gustaría estar equivocada, que tienen algunos roces. Al principio no le di importancia hasta que Ana María me preguntó qué me gustaba más, chico o chica. Lo más diplomática que pude contesté que no es lo mismo. Pero ahí quedó la cosa.

- Piensas que Ana María quiere probar con un hombre.

Violeta asintió.

- Fue más que eso.

- ¡Ah! Supongo que te preguntaron si conocías a alguno que no fuera un guarro, violento o algo así.

- Sí. Incluso pidieron que les prestara a Nacho. Mi Ignacio. ¿Te lo puedes creer?

- Ya veo. Te pasa lo mismo que a mí aquel domingo.

- Sí. Creo que lo mismo. Y como insistió le respondí que si tocaba a mi hombre le cortaba las tetas.

- Perdona. ¿Te lo pedía Ana María o Nilea?

Violeta se dio cuenta del detalle.

- ¡Tienes razón! – Movió la cabeza afirmativamente. - Nuestra querida Ana María ha cambiado. La puerta que ha destapado la desaparición del himen da paso a una mujer con ganas de follarse a un tío.

- ¡Caramba nena, qué razonamiento! – Sin decir qué opinaba señaló la jarra que estaba en la mesa. – Voy a beber ¿Quieres?

Violeta se estiró bocabajo.

- No, gracias. ¿Me pones protección en la espalda?

Más tarde se ducharon en la habitación de invitados y ya empezaron con los besos y caricias, que concluyeron con un profundo beso al salir de la ducha.

Berta le entregó una toalla mientras proponía:

- Vamos a cenar. ¿Vale?

- Sí, cariño. Pero yo escojo el postre.

Violeta alargó una mano para coger una teta de Berta, pero ésta lo impidió al cogérsela y tirar sacándola del baño.

- ¡Niña, mala!

Para bajar a la cocina se pusieron unas bragas y las batas de baño ante la protesta de Violeta.

- Podemos ir con los chochetes al aire. Estamos solas.

- Seguro, pero me es más cómodo llevar algo de ropa ante una depredadora como tú.

- ¡Qué exagerada! Solamente te estaría acariciando las tetas todo el tiempo.

El caso es que tras la cena Berta consultó en su ordenador cosas sobre los estudios universitarios y el trabajo. Mientras Violeta chateaba con su novio.

- Dice que está en casa. – Murmuró Violeta agitando el teléfono. No parecía molesta. – Pero creo que ha salido o va a salir a una discoteca. Puede que al Áncora. Que parece vuelve a estar de moda. – Suspiró. - Bueno, tomará unos cubatas y echará unas risas con sus amigos.

Más tarde subieron a la habitación, donde se quitaron las batas para meterse en la cama. Y pronto empezaron las caricias.

Berta afirmó entre suspiros:

- Me gustan tus caricias. Lo haces muy bien.

Violeta masajeaba las dos tetas a la vez consiguiendo que Berta disfrutara doblemente. Esto es, por la caricia y por ser Violeta en lugar de otra persona quien lo hacía.

- Cariño. Es que tienes unas tetas muy agradecidas, reaccionan muy bien a mis caricias. ¡Qué pezones tan duritos y sabrosos!

Berta se estremeció al tener un orgasmo. Algo que en otra mujer tardaría más, o nunca, en conseguirlo con semejante caricia.

- ¡Ah! Debe ser eso… Sí.

Violeta no esperó a que cesara ese regocijo. Bajó a su sexo. Casi ni lo acarició con los dedos, solamente separó los labios para descubrir bien el clítoris que destacaba sobresaliendo de su refugio.

- ¡Qué bonito!

Se relamió glotona, y ya acercó su boca.

Berta se sujetó las tetas con ambas manos. Separó más sus muslos y se dispuso a disfrutar de las lamidas mientras murmuraba repetidas veces:

- Cariño.

No quiso comparar esa lengua con la del marido. Cuando lo hizo, durante un instante, simplemente sintió alegría de poder estar con los dos.

Unos minutos y un nuevo orgasmo llego arrollador.

- ¡Ah! ¡Ah! ¡Bien, sí!

Respiró con fuerza. Y soltándose las tetas, pidió a Violeta que la besara y se abrazaran, pero ésta no hizo caso. Continuó con la caricia con la lengua y al poco le metió un dedo por la vagina provocando su grito, mezcla de sorpresa y placer.

- ¡Bruta!

Pero no ordenó que lo sacara. Por lo que Violeta continuó con la caricia. Tres minutos más tarde Berta tuvo otro orgasmo.

- ¡Uf! ¡Lo haces muy bien!

Esta vez sí. Violeta la dejó descansar. Se situó a su lado.

- Nena, qué carita más hermosa pones cuando te corres. Porque no tienes pene que si no me enamoraba de ti.

Berta sonrió y entre suspiros pudo protestar:

- ¡Pero qué bruta eres!

- Seguro. Pero que tengas polla o no, es un detalle a tener muy en cuenta. Es importante.

- Todo un detalle, sí. Un detalle que puede pasar de unos pocos centímetros a un palmo cuando una se quita las bragas. ¿Verdad que sí?

Rieron.

Estuvieron abrazadas unos minutos. Hasta que Berta dijo que le tocaba devolverle el favor. Empujó a Violeta para que quedase bocarriba sobre la cama y se puso prácticamente encima para lamerle las tetas.

- ¡Uhm, nena! ¡Qué boquita tienes!

- Tus pezones son muy sabrosos. ¿Cómo has conseguido semejantes maravillas?

Berta otra vez comparaba esas tetas que tenía en sus manos con las suyas. En más de una ocasión tenía envidia.

Violeta contestó:

- Enamorándome de ti.

Violeta disfrutaba de la caricia, pero no se corría, necesitaba algo más, y cuando Berta bajó a su sexo lo encontró chorreando jugos. Se puso a lamer los labios menores, la entrada a la vagina y por los lados del meato.

Violeta lo pasaba bien, pero protestó.

- Nena. Ya sabes lo que me gusta. No lo retrases.

- ¡Te esperas! Tienes un coño sabroso. Quiero saborearlo.

Le metió un dedo por la vagina y Violeta gritó:

- ¡Bruja!

Berta no contestó. Estaba muy entretenida ya que con la boca daba tironcitos de los labios menores de su amiga. Y entonces sí. Con los labios sujetó ese clítoris que sobresalía del cuerpo de Violeta varios centímetros. Se dedicó a chuparlo succionando y sin abrir la boca lo acariciaba con la lengua. Lo notó más duro, más grande. Ya debía ser de unos cuatro centímetros. Parecía una polla pequeñita. Lo disfrutó.

Violeta tuvo un orgasmo en menos de dos minutos.

- ¡Bruja! Bruja, bruja, bruja.

Cuando cesaron los espasmos sobre su dedo, Berta liberó de su boca el clítoris, retiró el dedo de la vagina y se puso a lamer toda la vulva.

Violeta volvió a protestar:

- ¡Deja que descanse!

Ni caso. Berta tenía la intención de devolverle el favor de correrse varias veces seguidas. Continuó con la caricia por todos los rincones del sabroso coño de su amiga. Además, Violeta no empujó en ningún momento a Berta para que se retirase. Lo estaba disfrutando. Berta no interrumpió la caricia, y en dos minutos más, Violeta volvía a gemir de placer.

- ¡Uhm! Brujita mía. ¡Qué bien lo haces!

Otra vez le metió un dedo por la vagina. Y al poco llevó la lengua al clítoris, que volvía a estar enorme. Berta estaba segura que era más grande que antes. Así Violeta tenía otro orgasmo. La oyó gritar su gozo al mismo tiempo que notaba sus manos sobre la cabeza para que no la retirase del coño.

- ¡Ah! ¡Sí! Así, cariño. – Gemía.

Y si no fuera por ese olor que tan bien conocía, habría pensado que su amiga se había orinado. Había mucho flujo.

- Por favor, para. ¡Para!

Esta vez Violeta empujaba la cabeza de Berta para que se retirase. La amiga pudo ver que tenía toda la vulva muy roja, no estaba irritada pero casi. El clítoris perdía volumen.

Cesó la caricia. Berta tenía el rostro mojado de flujo. Limpiándose con las manos se situó al lado de su amiga. La cogió de una teta y se puso a jugar con el pezón. Sonrió a su amiga.

- Nena. Pones una cara de felicidad que me hace pensar que te lo hago bien. ¿O me equivoco?

- ¡Dame un beso! – Ordenó Violeta. - Así dejarás de hablar.

Se estuvieron besando durante unos minutos en los que sus tetas se rozaban formando parte de la caricia. Violeta se incorporó mientras afirmaba que quería notar ese chochete frotándose contra el suyo.

- Vale. – Consintió Berta. - Deja que me ponga encima.

- No. Brujita, esta vez te follo yo.

Violeta cogió una pierna de su amiga y la levantó haciendo que quedaran muy separadas. Se puso a horcajadas sobre la otra para acercar su sexo al de Berta y comenzó a frotarse. Berta gimió su placer.

- ¡Calentito! Suave… Delicioso.

Los clítoris chocaban en tan agradable movimiento y ambas gemían mostrando lo bien que lo pasaban. Violeta intentó que no se separaran.

- ¡Eres una diosa!

- Y tú mi brujita.

Violeta perdió el ritmo al correrse. Su cuerpo vibraba al notar los espasmos que nacían en el interior de su cuerpo.

Berta protestó.

- ¡Cómo te pares ahora, te mato!

Violeta, todavía disfrutaba de su orgasmo cuanto reanudó el movimiento sobre su amiga. Tan apenas pasó un minuto y volvió a correrse interrumpiendo otra vez el ritmo.

Esta vez Berta no protestó. Se levantó y la empujó haciendo que quedara tumbada. Cambiaron las posiciones.

- ¡Ahora te follo yo! - Anunció Berta.

Violeta tan solo gemía, parecía que su placer la llevara hasta otro mundo. El roce de su erecto clítoris provocaba un orgasmo tras otro.

Tras la pequeña interrupción, Berta volvía a gozar. Fue acelerando el ritmo de su cadera, notaba que el orgasmo estaba cerca y que su cuerpo parecía tener prisa por notarlo. Y el clítoris de su amiga rozando el suyo le hacía alcanzar las estrellas.

- ¡Esto es fantástico!

Berta comenzaba su orgasmo cuando Violeta tuvo otro.

- ¡Ah! ¡Cariño!

Culminaron quedando quietas, presionando un sexo contra el otro, y, además, Berta abrazaba con fuerza la pierna sobre Violeta. Sin llegar a ser un nuevo orgasmo el cuerpo de Violeta se agitó dos veces mientras su amiga la miraba sonriendo.

Pensaba, frotando los coños se había corrido dos o tres veces mientras que su amiga no podía contarlos. Fueron muchos.

“Ese clítoris es la varita mágica de los polvos mágicos”.

- ¡Uhm! Cariño. – La voz de Violeta mostraba cansancio. - ¿Te he dicho alguna vez que eres un terremoto?

Al poco, Berta se movió soltando la pierna de su amiga y se dejó caer a su lado.

- ¡No me toques! - Ordenó imperiosa Violeta. – Por favor, nena. – Su voz ya era suave y suplicante al pedir: – Deja que descanse.

- Sí, cariño. Ha sido intenso.

Quedaron dormidas, sin poder levantarse para ir al baño, hasta el día siguiente.

Entraba mucha luz por la ventana.

- ¿Qué hora es?

- No puede ser de día.

Sí. Eran las nueve. Se levantaron. Se movían como si tuvieran agujetas. Como si no hubieran descansado. Berta no se dio cuenta que con Guille eso no le pasaba, por las mañanas, tras dormir tres o cuatro horas después de una ardorosa noche de sexo, se levantaba descansada. Comparó: no es lo mismo cabalgar a Guille que a Violeta.

La ducha con agua caliente y frotarse las espaldas les sentó muy bien.

Fue cuando Berta recordó aquella noche en la casa rural de Albacete. Al día siguiente tuvieron que hacer unos estiramientos para desentumecerse. Sonrió pensando que con su amado Guille lo pasaba muy bien.

Se pusieron unos pijamas de verano y bajaron a la cocina.

Encontraron a una cocinera que no conocían, pero llevaba el uniforme de la empresa de servicios. Esta les agradeció que le bajaran la ropa de cama para lavar junto con las toallas.

- La cama está hecha. Solamente hay que subir en un rato a cerrar la ventana.

- Gracias, señora. - Dijo la sirvienta desconocida. - También repasaré el baño.

Las dos amigas pasaron la mañana en la piscina. La excusa de tomar el sol les servía para descansar.

Una de las veces que Violeta reponía protección solar a la espalda de su amiga volvió a llamarla brujita.

- No sé por qué me llamas así. – Se defendió Berta. Su rostro era risueño. - No tengo “varita mágica”.

Violeta la entendió.

- Sí que tienes. Y no solo una, sino que empleas con gran habilidad los diez. – Le cogió una mano para besarla.

- ¿Mis dedos? – Comprendió Berta. – Solamente son unos curiosos exploradores, nada más.

- Pues saben reconocer bien el terreno. Sí.

La asistenta interrumpió avisando que la comida estaría en media hora.

Terminado el café, Violeta se despidió.

La puerta del garaje y a la calle ya estaban abiertas. Las amigas volvieron a despedirse.

- No sé cuándo volveré. Tardaré en recuperarme. Bruja.

- Vete de una vez que voy a echar una siesta o esta noche no podré follar con mi marido.

Se dieron un fugaz beso en los labios.

El sábado anterior Guille llegó al club de golf y buscó a su abuela, encontrándola en el salón de juegos junto a una única amiga, Antonia. Hubo besos en el saludo.

- Aquí tenemos a mi nieto favorito. El más guapo.

Guille amplió la sonrisa pensando que seguramente lo fuera ya que era el único. O al menos con el único que se relacionaba ya que hacía tiempo que había dejado de lado a una familia toxica.

- ¿Qué haces aquí, Guille? – Se interesó la abuela. Mirando por detrás del nieto preguntó: - ¿Dónde está mi preciosa nieta?

Explicó que estaba con unas amigas en casa, y que había ido al club a nadar. Por la noche iría a villa Montesinos a dormir.

- Mi pobre Guille. – Asintió doña Amparo comprensiva. - Parece que cada vez que Berta recibe a sus amigas te echan de casa.

- Más exactamente es que salgo huyendo de un grupo de chicas con ganas de juerga y de reírse de todos. Lo cual me incluye en su diversión.

- Las mujeres somos muy malas cuando nos juntamos. - Dijo doña Antonia sonriendo.

Rieron los tres.

- Bueno, muchacho. El caso es que me has encontrado por casualidad se supone que me quería marchar hace unos minutos, pero me he entretenido hablando con Toñita y sin darme cuenta ha pasado el tiempo.

- ¿A dónde vas? ¿Te acompaño?

- No, muchacho. Es mejor que no. Voy a un hospital donde una amiga ya es abuela por sexta vez desde hace unas horas. Mejor no vengas. Hay mucha gente que no conoces. Sentirán mucha curiosidad por el señor de Montesinos, te harán muchas preguntas.

- Pues te acompaño hasta el coche que quiero comentarte una cosilla.

- Vale. Bien.

Se despidieron de Antonia con unos besos y un hasta pronto.

Ya cerca del aparcamiento doña Amparo se giró comprobando que estaban solos y preguntó si eso de hablar era para no quedarse a solas con Antonia. La sonrisa de Guille confirmaba esa pretensión.

- No te preocupes. Se le ha pasado el capricho. - Afirmó doña Amparo. Volvió a mirar atrás y ya se puso hablar de su amiga. - O por lo menos lo disimula muy bien. - Se cogió del brazo de Guille para añadir al mismo tiempo que sonreía: - Aunque hoy al verte con ese pantalón con el que muestras las peludas piernas y esa camiseta tan ajustada es posible que se le remueva algo por dentro.

La camiseta no era tan ajustada simplemente lo parecía al pegarse al cuerpo por el calor.

- Me visto así porque hace calor.

- Lo sé. Pero es que estás muy guapo.

En unos minutos doña Amparo subió a su coche y se marchó. Guille dudó, y decidió que estaba ahí para nadar un rato. Ya eludiría a esa señora mediante la Cualidad. Le venía bien estar ya en el aparcamiento porque tenía que ir a su coche donde en una bolsa de deporte llevaba lo necesario para el baño en la piscina.

Miró alrededor recordando que hubo unas obras, y nada nuevo o cambiado encontraba. En otro momento se enteraría que las obras fueron en el comedor y añadir unas pistas de tenis. No le dio importancia.

Ya en el recinto de la piscina tuvo que dejar sus cosas en el suelo porque había mucha gente tomando el sol. Y por suerte pocos críos, que son los que más molestan. Por lo menos había cinco grupos de jóvenes. Dos eran mistos y los otros solamente chicos o chicas. Luego había parejas y alguna mujer de mediana edad sola. Había poca gente nadando por lo que dedujo que el agua debía estar fría. No importaba, al moverse no lo notaría.

Siguiendo las normas, se dio una ducha para quitarse el sudor, se puso el gorro de goma y ya entró en el agua de un salto.

Sus brazadas en el centro de la piscina no pasaron desapercibidas a las chicas, que reían y hacían comentarios, como si Guille pretendiera llamar su atención.

Minutos más tarde se secaba y echó en falta crema para protegerse la piel. Sopesó la idea de pedir a una de las mujeres que estaban solas que le pusiera en la espalda y de esa forma conversar el tiempo suficiente para conseguir follarla.

- Toma. Ponte esto o te quemarás.

Ahí estaba doña Antonia. Le ofrecía un envase de crema protectora. Se lo agradeció mostrando una sonrisa.

La mujer se protegía del sol con un sombrero de amplias alas tipo pamela, unas gafas oscuras y un vestido liviano de manga corta. Según Guille llevaba un botón desabrochado de más en ese vestido. El escote mostraba el nacimiento de sus tetas.

- Gracias señora Antonia.

- Puedes llamarme Toñi. Ya lo sabes. – Ordenó sonriendo. - Dame un momento. - Recuperó el envase y se ofreció: - Te pondré un poco por la espalda. No te vayas a quemar.

Esa sonrisa. Es de quien se ha salido con la suya.

Guille se sentía incómodo. Notaba esas manos en la espalda y no quería estar así. Y como ya tenía pensado empleó la Cualidad. Así se enteró de por qué del comportamiento de esa mujer.

= De siempre los hombres de todas las edades me adoraban. Pero con el paso de los años solamente van quedando los viejos. A veces algún joven me trata como me gusta, y al poco descubro que es por dinero, para que le haga regalos. Y me siento humillada.

= Contigo es una tontería. Sí. Eso. Tontear.

= Para sentirme bien por un rato, porque eres de los pocos que tiene una esposa por amor, no por un acuerdo entre familias.

= Luego quedo más frustrada que antes.

= Añoro ser adorada.

= Sí. Tres hijos, y un marido con una amante que podría ser su nieta, y alguna más ocasional.

= Follamos de vez en cuando, pero no pone pasión. Es como un trámite.

= Me ve a su lado en la cama. Propone follar y acepto. No hay caricias previas. Solamente algún beso o me aprieta de una teta sin que apenas note nada. Yo misma me tengo que quitar las bragas.

= Hasta hace unos años, sí. Tenía seguidores. Pero eso, llevo un tiempo que los hombres nada me proponen o me rechazan si lo insinúo.

= Fui a una psicóloga y solo sirvió para gastarme varios miles de euros.

Guille pensó que debía ayudar a esa mujer. Le ordenó que la esperase en la puerta de los vestuarios.

- ¿Qué vamos hacer ahí?

- Todo lo que me permitas.

Miró alrededor pensando que había mucha gente. El del gimnasio estaría menos concurrido. Doña Antonia se adelantó:

- Un momento… sé de un sitio mejor. – Anunció al tiempo que los dos se levantaban: - El salón de lectura.

Quedando enfrentados los ojos de doña Antonia brillaban al mirar el joven cuerpo que practica gimnasia todos los días. Sonrió al dar más explicaciones.

- Está cerrado en verano ya que la gente lo usaba de comedor incluso vestidor, pero puedo conseguir la llave.

Unos minutos más tarde, Guille se había puesto la camiseta, el pantalón corto y cargaba la toalla bajo el brazo. Entraba en la sala que se suponía “fuera de servicio”, sin mirar a los lados.

Doña Antonia ya estaba dentro y sonreía en lo que parecía un triunfo. Como si por fin consiguiera estar con el joven y apuesto Guillermo después de desearlo durante un tiempo. Llevaba la misma ropa y un segundo botón del vestido desabrochado. Parecía acechar a una presa.

- Hola muchacho.

- Señora.

La sala era amplia con muchas estanterías llenas de libros muy ajados, pero no por el tiempo, sino por el mal uso. Las ventanas estaban cerradas mediante persianas enrollables que dejaban pasar la luz en apretadas líneas. No se veía el exterior y por lo tanto a ellos tampoco. Se retiraron a un rincón donde había una mesa rectangular y varias sillas. No se sentaron. Estaban uno frente al otro y con solamente alargar un brazo ya podrían tocarse.

Guille continuó con el empleo de la Cualidad. Limitando las intenciones de la mujer. Así le hizo ver que había sido al revés, ella había convencido al joven para ir ese lugar resguardado con intención de seducirlo.

- Pero ocurre que le está dando vergüenza. ¿Verdad que sí? – Continuó con las órdenes. - Ya no le gusta hacer esto cómo antes. Ahora le gustaría estar en la tranquilidad de su hogar y hacerlo con su esposo. Sí, en la tranquila intimidad y comodidad del hogar, y no dispuesta a hacerlo con el primero que le dice guapa. Y se está dando cuenta que yo ni se lo he dicho.

Antonia se movía despacio, en silencio, dudando si lo que hacía era lo correcto. Guille Ordenó qué debía hacer y la mujer obedecía sin rechistar:

- Con la intención que vea tu sujetador y parte de tus tetas, desabrochas más botones de tu vestido. Despacio.

Se había desabrochado dos botones y tardaba una eternidad con el tercero. Se le veía parte de una copa del sujetador.

- Y resulta que no es tan excitante mostrar tu desnudez como pensabas. Dudas e incluso te sientes incómoda.

En el rostro de Antonia se veía la duda. Se movía lentamente.

- Sabes que aún eres guapa, pero esto no es lo que quieres. Vuelves a pensar en tu esposo. En la posibilidad de un escándalo del que podrían enterarse tus hijos. ¡Qué vergonzoso! ¿Verdad? Qué vergüenza si se supiera, si se cotilleara. – Había que dar un paso más. Ordenó: – Quítate el vestido y ponlo sobre la mesa. Te das cuenta que eres tú quien se desnuda. No soy quien lo hace poco a poco para excitarte.

El sujetador que mostraba puesto era muy normal, de color marrón claro y hechura cómoda. Capaz de contener perfectamente unos pechos que son más grandes de lo que aparentaba al quedar cubiertos por la ropa. Las bragas, conjuntadas con la otra prenda en color y estilo, sin ser grandes cubrían la totalidad de su culo. Eran cómodas.

- Ahora quítate el sujetador, pero cubre las tetas con las manos. Dudas de continuar. Dudas de mostrar tu desnudez.

Aunque doña Antonia se cubrió las tetas casi a la vez que retiró el sujetador, Guille pudo ver que estaban algo caídas. Había parido tres veces y los sesenta de edad estaban próximos. Sus pezones de color marrón claro destacaban sobre las blancas tetas si bien no resultaban atractivos a los ojos del muchacho.

Guille se acercó unos pasos. Puso una mano sobre el hombro desnudo y continuó con la Cualidad.

- Ya no me deseas. Ya no deseas que otros hombres te busquen con la única intención de follar o peor aún, que te vendan unas caricias a cambio de dinero o regalos. Por eso decides que desde hoy solamente lo harás con tu esposo y con aquel que muestre algo de verdadero aprecio, cariño… por ti. Y que sea muy discreto. Ahora ves que voy a empezar con las caricias en tu cuerpo. Y recuerdas que nada cariñoso te he dicho por lo que ya no parezco tan atractivo. – Ahora venía la parte más importante de la orcen. - Y haces lo más lógico, me rechazas.

Antonia se retiró unos pasos. Se giró escondiendo su torso desnudo y murmuró:

- Perdona. Yo… no… no quiero continuar. Vamos a dejarlo.

- Sí, señora Antonia. Cómo usted diga. – La voz, la Palabra, tan importante en ese momento era clara al dar las órdenes. - Ahora me marcho y puede quedarse tranquila puesto que jamás diré nada de lo que ha pasado aquí. Y usted solamente recordará que me rechazó en el último momento al cambiar de idea, decidiendo estar con quien de verdad sea sincero y usted considere adecuado para evitar una indiscreción que no provocará ni buscará.

Guille dudó ya no sabía qué más decir hasta que recordó su relación con el marido.

- Dice que su esposo no la busca, pues que sea al revés, provóquelo. Haga que la desee. Es mujer y conoce a su marido, seguro que sabe cómo hacer que la desee.

Asunto resuelto, pensó.

Pero el caso es que ahora Guille se había quedado con ganas de follar. Y desde luego no con esta señora o la confusión mental que le provocaría podría ser mayor. No debía condicionarla más con la Cualidad. Se resignó sonriendo. Miró las ventanas. Estaba en un club lleno de mujeres. Seguro que encontraría alguna con quien follar.

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