Xtories

La cualidad de la palabra. 29

Guille no solo penetra cuerpos; penetra la mente. Con un gesto, convierte el dolor en éxtasis y la insensibilidad en fuego. Pero mientras transforma a desconocidas, debe navegar la compleja lealtad hacia su esposa y el peso de un poder que lo separa de la humanidad normal.

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Guille llamó a la puerta de la habitación de Gilda y ésta le recibió vistiendo una bata de baño. Se había quitado el maquillaje mostrando un bonito rostro de treinta y ocho años. Iba descalza.

Con un gesto la mujer lo invitó a entrar. Se cerró la puerta y la bata cayó al suelo. Gilda se mostró totalmente desnuda. Sus tetas eran redondas, exactamente iguales y no parecían operadas. Su vientre era plano y el sexo estaba depilado. Los labios menores asomaban un poco empujando a los otros. Se ofreció:

- ¿Qué te parece?

- Que eres hermosa.

Sus bocas se unieron en un beso y Guille iba a acariciar esas maravillas que mostraba en su pecho, pero Gilda se negó. Le apremió para ir a la cama.

Guille se desnudó raudo mientras la mujer se tumbaba bocarriba separando las piernas.

Se puso a su lado y otra vez fueron rechazadas las caricias.

- Ven. Follemos. No perdamos el tiempo.

Se puso encima, entre las piernas.

Ella le cogió por los hombros.

Con una mano comprobó que la vulva ya estaba abierta. Gracias a esa humedad que notó supo que estaba preparada. Puso el glande en la entrada de ese cuerpo y la penetró.

Gilda bufó estirando la cabeza. Sonreía agitando su cuerpo.

Guille se mentalizó para que durase. Ya que no hubo caricias previas quería hacer que disfrutase ofreciendo más placer.

A los cuatro minutos Gilda murmuraba lo bien que lo pasaba y que le gustaría notar su descarga.

- Después de ti, querida.

Dos minutos y Gilda murmuraba en alemán su disfrute mientras Guille notaba en el pene las contracciones de ese orgasmo.

- ¡Uhm! ¡Ya, ya!

Gilda quedó quieta, con los ojos cerrados. Sus manos estaban sujetas a los hombros de Guille. Murmurando en alemán, inglés y un poco en español algo que solamente ella entendía. No se movía, pero Guille notaba alguna contracción de la vagina en el pene que todavía mantenía dentro de la alemana. No se trata de un orgasmo prolongado, sino que la mujer podía mover esa parte de su cuerpo y así acariciarle el pene.

- Amiga mía. ¿Quieres ponerte encima?

- ¿Qué? Hace mucho… Sí, vale. Cambiemos.

Guille se sujetó la polla mientras Gilda se acoplaba desplazándose sobre las rodillas. El pene entró suave en la cavidad. Y la mujer bufó al repetir que hacía mucho que no follaba en esa postura.

Fue cuando Guille empezó a aplicar la Cualidad, ya que pensaba que una mujer tan guapa debería ser más activa en la cama que simplemente recibir al amante de turno. Empezó con halagos sobre lo bien que lo hacía. Al poco ya la tenía bajo su control. Llegaron las explicaciones.

= Me gusta follar.

= Siempre debajo para disfrutar sin cansarme.

= No me gustan las caricias. Considero que es perder el tiempo.

= Porque nada siento. Desde que me operé las tetas son insensibles.

= Las dos, sí. Las tenía muy pequeñas. No me sentía guapa ni cómoda.

= No. En el clítoris tampoco me va bien. Según mi sexóloga es porque lo tengo muy pequeño. Que está poco desarrollado.

= No me gusta que me laman ni toquen el coño. Solo follar.

= La médica dijo que me acaricie y que acepte caricias, pero no quiero. No las necesito. Ya he dicho que es perder el tiempo.

= Claro que lo he probado. Varias veces me he acariciado o dejado que un amigo lo haga y solo sirve para irritarme ahí. No me da placer.

= Sí. Notar un pene en la vagina es lo mejor.

= Sí. Se está preparando otra descarga, un minuto… Sí

Guille la dejó disfrutar.

Gilda se derrumbó sobre el cuerpo de Guille.

= ¿Cómo es posible, mi amigo? No te corres. ¿Te pasa algo? ¿Acaso no te gusto? ¿Acaso tomas algo para aguantar?

= ¡Ah! Bien. Pues no te contengas. Disfruta de mí, conmigo. Y quiero notarte. Quiero que me llenes.

Durante un minuto repitió lo de la vagina apretándole el pene. Ordenó cambiar de postura.

- Deja que me ponga debajo y follamos a tu ritmo.

Ya otra vez con Gilda de espalda sobre la cama, Guille volvió a penetrarla.

- Sí, mi amigo. Así. ¡Ah! Pásalo bien, es tu turno.

Continuó el interrogatorio.

= Me va bien. No te preocupes. Me la han metido de todos los tamaños y colores, y la tuya no está mal.

= No. No la chupo. Nunca.

= Una vez a mi marido, estando prometidos.

Guille avisó:

- Amiga, no voy a tardar.

- ¡Ya tocaba! Pásalo bien.

- Gilda, amiga mía. Cuenta hasta diez y te corres. Un orgasmo que sea más intenso que el mejor que recuerdes. Y que cada vez que te acuerdes de mí pienses en lo bien que lo pasamos.

Diez segundos y Gilda comenzó a moverse como si tuviera un ataque de epilepsia. Bufaba y gemía sin alzar la voz. Hablaba en alemán y varias veces dijo “mi dios” en inglés. Hasta que quedó quieta y en silencio. Su respiración era fuerte.

Guille no se contuvo más y en medio minuto se corrió, cogiendo a Gilda desprevenida, pero se alegró de recibir la descarga.

- ¡Así! Bien, mi amigo. ¡Qué gustito!

Unos minutos más tarde Gilda volvía del baño. Parecía que daba por concluido el encuentro ya que se puso a buscar ropa para ponerse. Bragas y camiseta. Guille le ordenó que se tumbara bocarriba, permaneciendo desnuda.

- ¿Quieres repetir? – Protestó sin dejar de obedecer: - Estoy cansada y no me irá bien. Me dolerá. Has durado más de lo que estoy acostumbrada. Bueno, verás, solamente una vez, allá en Singapur. – Con la diestra ocultó la sonrisa. – Tras un acuerdo comercial el tipo tomó no me acuerdo qué y que se le hinchara tanto la polla llegó a ser un problema. – Hizo una mueca mostrando que no le gustaba. - Se marchó buscando un médico.

- No te preocupes, confía en mí. Somos amigos de verdad. Nuestra amistad durará mucho tiempo. – Con un gesto la invitó a tumbarse a un lado de la cama, él quedó cerca sentado. - Ahora quiero que te acaricies las tetas y verás que te gusta. Comienza y disfruta.

- Las tetas. Bien. Lo haré porque me lo pides. Aunque ya sé que no me irá bien.

- Hazlo y verás como sí.

Gilda se acarició y amasó las tetas durante unos minutos. Sus pezones reaccionaron.

- ¡Oh! Hacía tiempo… mis tetas. Mis tetas. Los pezones... Me gusta. ¡Sí! ¡Qué bueno! Es… es… sabroso.

- Bien, mi amiga. Desde hoy y siempre que te acaricie las tetas aquel que aceptes, te gustará. Y llevarás el ritmo y el control de cómo quieres esas caricias.

- ¡Uhm! ¡Gustito! – Me gusta, repitió. - A mi marido, volverá a gustarle. ¡Follaremos más!

- Bien. Muéstrame el coño, que quiero verte el clítoris.

Gilda separó y alzó las piernas doblándolas por las rodillas, y tiró de las ingles con las manos para mostrar la vulva en todo su esplendor. Ocurrió algo que sorprendió a Guille. Ya habían follado y sin embargo la mujer se ruborizó al mostrarse. Pidió:

- Por favor, no me toques. No me gusta. – Con las dos manos tiró de los labios mayores para mostrar mejor la vulva. – Verás que tengo el clítoris poco desarrollado.

- No debes preocuparte. – Afirmó Guille. - Todo lo que te haga te dará mucho placer. Lo disfrutarás.

Sí, el clítoris era pequeñito. Como un grano de arroz. La vulva estaba húmeda y cálida por la caricia en las tetas, pero el clítoris no reaccionaba. Los labios menores tan apenas parecían dibujados con algo de relieve alrededor de la entrada a la vagina, el meato y el clítoris. Todo de un bonito y brillante color rosa suave.

- Voy a acariciarte. – Anunció.

- ¡No! Bueno, sí. Despacio. Es… es. No sé.

- Tranquila. Será con cuidado. Te gustará.

La caricia era suave, aunque a veces empujaba a un lado u otro esos pliegues, o frotaba más rápido. Así durante unos minutos. Nada. El cuerpo de Gilda no reaccionaba. Intentó usar la Cualidad.

- Preciosa. Supongo que notas mi caricia, que muevo los labios y el clítoris a los lados. - Gilda asintió en alemán. - Bien, pues quiero que eso que notas te trasmita placer. Una agradable sensación a tus sentidos que te haga disfrutar. Ya la estás notando.

- ¡Sí! ¡Qué gustito!

El clítoris dobló su tamaño endureciéndose. Cada vez que lo tocaba Gilda gemía. Y al notar la caricia alrededor del meato, en esos pliegues se habían vuelto rojos y brillantes, el cuerpo de Gilda se movía como si sus músculos no tuvieran control. Su boca suspiraba y gemía.

- ¡Me gusta! ¡Sigue!

Guille con el empleo de dos dedos, centró la caricia en el clítoris. Que si bien seguía siendo pequeño estaba duro.

Gilda jadeaba de placer hasta que se corrió afirmando que era la primera vez en su vida algo así.

- Bien. Has notado mis dedos. Ahora notarás mi lengua, mi aliento, la diferencia entre dedos y lengua. Quiero que lo disfrutes.

Gilda se puso a describir lo que sentía y lo bien que lo pasaba.

= Tienes la legua calentita.

= ¡Sí! Ahí un poco más fuerte. Así.

= Ya viene. Ya… ¡Qué bueno!

Más tarde se ducharon y pidieron algo para cenar al servicio de habitaciones. Gilda dijo de recibir ella a la camarera para que no vieran a Guille.

- Por la cantidad encargada, sabrán que estoy con alguien, pero no con quién. Será más discreto.

Guille se vistió mientras que Gilda solamente llevaba puesta las bragas y una bata.

Se pusieron a hablar de los barcos, de la pareja. Que ese era el primer trabajo de Guille, mientras que Gilda ya lo hacía unos quince años.

Tras la cena, hubo un beso de despedida. Lo habían pasado bien, y ambos sabían que debían separarse, descansar. Al día siguiente debían estar despejados en una reunión de trabajo que, aunque suponían favorable habría muchas preguntas.

- Guillermo, amigo mío. – Hablaban estando abrazados al lado de la puerta. - No sé exactamente qué ha pasado, qué me has hecho, pero me has provocado sensaciones nuevas. Nunca lo olvidaré. Y como has dicho, en mi tienes a una amiga para mucho tiempo.

Guille sabía que desde esa noche Gilda disfrutaría mucho más del sexo.

- Amiga mía. Me alegro de que lo pases bien. Eres fantástica y te mereces lo mejor.

Repitieron el beso, que resultó más corto, y Guille fue a su habitación.

Esa mañana no fue a correr porque llovía con más fuerza por lo que hizo lo poco que sabía de Tai-Chi en la habitación, además de algunos estiramientos. Ya se duchaba cuando recordó que había un gimnasio en el hotel, pero era tarde para acudir ahí. Correctamente vestido bajó a desayunar.

Los había que desayunaban judías, beicon, salchichas… No era su costumbre, como algo excepcional añadió un zumo de naranja y un cruasán al café con leche echando de menos las tostadas calientes. Al otro lado del comedor vio a Gilda y a ese joven. Sus miradas se cruzaron un segundo y nadie hizo gesto alguno.

La reunión de la mañana fue favorable. Se sentaron los tres juntos y escucharon a las otras partes. Había acuerdo. Iban a construir los dos barcos. Estarían en dos años. No se crearía una compañía nueva, pero los socios estaban unidos por un consorcio al que llamaron "Consortium Future Europe". Europa Futuro.

Al mediodía Guille se despidió del grupo. No se quedaba para el coctel de la tarde a modo de celebración. Gilda se lo recriminó. Hablaban en un murmullo en una sala que ya estaba vacía. El discreto acompañante de Gilda esperaba en la puerta al pasillo.

- Ahora que me has ayudado tanto te marchas, mi amigo. Quería agradecértelo esta noche.

- Sí, amiga Gilda. Tengo prisa por marcharme. Llevo varios días sin ver a mi esposa y la añoro.

La mujer asintió moviendo levemente la cabeza.

- Comprendo. Esa mujer tiene mucha suerte.

- Puede, pero estoy convencido de que la suerte es mía al tenerla a mi lado. La amo de la única forma que sé: con todo mi corazón. – Pensó que la frase le quedaba muy cursi.

- Bien. Vete, amigo William, quiero decir Guillermo. – Gilda le miró fijamente con ojos brillantes de deseo mientras su rostro permanecía impasible ante quien pudiera verles. - Ya sabes que voy a buscarme a otro para esta noche. Pero que mañana en casa, haré tantas diabluras con mi marido que se replanteará tener amantes.

- Me alegro por él y por ti.

Salieron al pasillo. Estando cerca de recepción la despedida consistió en el normal apretón de manos entre aliados.

Antes de subir al avión llamó a Berta, pero no contestaba. Le envió un mensaje avisando que estaba de vuelta.

Unos uniformados del aeropuerto le ordenaron que los acompañara a revisión de equipajes. Se sorprendió. Sin otro remedio que aceptar así lo hizo. En la aduana le revisaron el equipaje. Nada, por supuesto. Pero le retrasaron casi veinte minutos porque tuvo que esperar turno. Al que le precedía le encontraron droga hasta en las medias suelas.

El taxi llegaba a la puerta de casa cuando vio que el portón se abría, Berta se acercó con su coche y entraba. Coincidió así porque Berta entró por el acceso principal a la urbanización y Guille en taxi por donde está la parada de autobuses. Rápidamente pagó la carrera, cogió la maleta y corrió hasta el garaje donde Berta ya cerraba el portón.

- Hola cariño.

Berta dio un gritito al verle.

- ¡Hola!

Se abrazaron. Hubo besos y las preguntas de cómo estás y todas esas frases.

- ¿Has comido?

- No.

- Vale, yo tampoco. Natalia ha preparado estofado de ternera. O te apetece otra cosa.

- Quiero tus besos.

- Pero se enfriará la comida.

- Y yo estoy muy caliente.

- ¡Bruto!

- Así es como me pones.

Entraron en la casa y no se entretuvieron en saludar al servicio. Corrieron a la habitación.

Desde la cocina Carmen escuchó la puerta de entrada. Miró la hora y supuso que era Berta. Pero era raro que no se asomara a la cocina para saludar, como ya las tenía acostumbradas. Algo preocupada subió la escalera con la intención de preguntar si estaba bien.

No llegó a llamar a la puerta de la habitación porque escuchó la voz de Guille y que Berta le gritaba que la desnudara despacio porque estaba rompiendo su ropa.

Carmen sonrió y regresó a la cocina. Natalia preguntó qué pasaba. Que por qué sonreía.

- Guille ha vuelto y tardarán en salir de la habitación. Creo que ya podemos marcharnos.

Natalia comprendió y asintió ruborizándose.

- Dejaremos una nota diciendo que la comida está lista.

Hora y media más tarde Berta se quejaba mientras se ahuecaba el pelo para que secara antes mientras terminaba de pasarse un cepillo, se habían duchado.

- ¡En que mal momento te he ofrecido el culo!

Mentía. Si bien disfrutaba más por la vagina, hacerlo por ahí de vez en cuando, también le gustaba. Claro que para correrse recibió ayuda de los dedos de Guille sobre el clítoris. En total tuvo cuatro orgasmos. Uno con las caricias en las tetas. Otro con la caricia en el coño, que fue más con la lengua que con las manos. Y los dos últimos follando, uno al hacerlo por la vagina y el último por el culo mientras Guille le acariciaba el clítoris.

Guille respondió:

- Bien que lo hemos disfrutado.

- ¡Tú sí! ¿Verdad?

Ese tono de voz parecía enfadado, sin embargo, sonreía.

Se abrazaron y además del beso, Guille retiró la copa del sujetador para alcanzar una teta. Pellizcó el pezón y Berta protestó.

- Por favor, cariño. No puedo más.

Berta llevó la mano a la bragueta del pantalón de Guille, y con alivio comprobó que la polla permanecía flácida.

Guille avisó:

- Cariño, si lo dejamos para esta noche es mejor que quites la mano de ahí.

Retiró la mano rápidamente provocando la risa de los dos.

Se dirigían a la cocina a merendar del cocido. Berta andaba apretando el culo, temía que se saliera algo. Llevaba puesta una compresa para evitar manchar la ropa.

Guille, comportándose muy servicial, se ocupó de servir la comida y de todo lo demás para que su esposa no tuviera que moverse de su silla. Luego fueron al gabinete. Estuvieron abrazados un rato dándose besitos.

- Rupisti corpus meun, brute. (Me has roto el cuerpo, bruto).

- Tantum faciam quod pateris. (Hago lo que me permites).

- Sigues siendo un bruto.

- Vale. No lo volveremos hacer así.

- Pero te gusta.

- Y veo que, a ti, no.

- Me entrego... te entrego todo mi cuerpo porque te amo. Me gusta que lo pases bien conmigo.

- Cariño. Creo que es la segunda o tercera vez en el tiempo que estamos juntos que lo hacemos por ese sitio. Por lo que ya no más. No te va bien. No lo disfrutas. Y yo también te amo. Creo que es mejor evitar la incomodidad que ahora sientes.

Iba a repetir que el verdadero disfrute por ahí era saber lo bien que lo pasaba su marido. Solamente respondió:

- Ya veremos más adelante. Otra cosa, bueno, es sobre lo mismo: No te la he chupado.

- Y tan apenas te he acariciado las tetas. Creo que teníamos muchas ganas de amarnos.

Se sonrieron. Al poco Guille preguntó:

- ¿Qué fue de los análisis?

- El viernes iré al médico. - Abrió los ojos y empujó a Guille al darse cuenta de un detalle. - ¡Vaya! Me verá al ano dilatado. ¡Qué vergüenza! ¿Qué le digo?

- Que amas a tu esposo. Además, seguro que en dos días se habrá cerrado. – Se ofreció. - Iré contigo.

- ¿Y el trabajo?

- La reunión sobre Ámsterdam es mañana. Bueno, no. Pasado que mañana es festivo.

- Vale. Esta noche iremos con los abuelos.

- Llamaré antes, no sea que tengan pensado salir.

Días más tarde hablaban mientras desde la Villa regresaban a casa. En la visita médica no hizo falta que se desnudara porque solamente hablaron sentados alrededor de un escritorio del resultado de los análisis.

Se trataba de un trastorno hormonal que se arregla o regula tomando unas pastillas durante dos meses. A Guille le parecía mucho tiempo, pero resulta que es lo mínimo para que el medicamento haga efecto en el cuerpo. Transcurrido ese tiempo había que repetir los análisis.

- Por el momento no hace falta, pero seguramente tendré que cambiar la marca de las pastillas anticonceptivas.

- ¿Y por qué no ahora?

- Bueno. Lo dicho: no hace falta, además es mejor dejar esa decisión tras ver los siguientes análisis. En dos meses.

Pasaron los meses. Berta sacó buenas notas. Nilea terminó la carrera. Ana María y Violeta las suyas, y se dispusieron a hacer un Máster. Para abogada y maestra.

A Violeta le iba bien con Nacho por lo que solamente estuvo viendo a las chicas algunos viernes y domingos que iban al club de montañismo donde entre los baños de sauna y los paseos hasta la fuente, reían.

Ana María se reconcilió con su familia e iba a visitarlos de vez en cuando. Siempre acompañada de Nilea, a la que terminaron por aceptar o volverían a perder a la hija. Una tarde de visita, sus padres le dijeron el por qué no veía a su hermano mayor cuando les visitaba.

- Ya me lo supongo, es porque soy una “lamecoños”. – Hablaba mordaz y muy enfadada. - Es la lindeza que me soltó. Y por la que me conocen por ahí gracias a que lo dijo a todos los amigos y conocidos. Y supongo que también a la familia.

Se acordaba bien de aquel insulto. Y gracias a su hermano Nuño sabía que en el club marítimo se había vuelto muy famosa.

Los padres y Nilea se ruborizaron. En esos días no aprobaban esa relación homosexual, pero tampoco era para un insulto tan hiriente. Y mucho menos darle tanta propaganda.

Ana María continuó desahogándose.

- Pero y él. Yo hago cosas a mi novia, mi pareja, porque soy gay, ¿Él lo lame o prefiere chupar… otra cosa? Me refiero a algo alargado de otros tíos.

Los padres recordaban que le llamó chupapollas.

Decidió callar ante la cara de asombro o susto de su madre. Además, Nilea reprochaba su actitud con miradas silenciosas.

Llegaron las explicaciones. El hermano que fingió ser modelo de virtud les traicionó, se había fugado llevándose unos trescientos mil euros pertenecientes al fondo de la oficina de abogados y varios clientes. Nadie, ni la policía, sabía dónde estaba.

Papá estaba muy serio.

- Al parecer lo reunió en dos meses.

- Lo tenía planeado con tiempo. – Añadió mamá.

El caso es que, al tener terminada la carrera, proponían a Ana María que ocupara su lugar en el bufete. Tendría despacho propio.

Era el padre quien hablaba.

- Y puedes volver a ocupar tu habitación aquí en casa cuando quieras.

Ana María se alegró, pero tenía un compromiso. Cogió la mano de Nilea y muy seria preguntó:

- Tengo esposa. ¿Qué ocurre con ella?

La madre parecía escandalizada al preguntar:

- ¿Estáis casadas?

- Casi. Vivimos juntas.

- Pues… - Los padres se miraron un instante con esos gestos parecía que llegaban a un acuerdo. - Puede venir. Podéis ocupar la misma habitación.

La madre le miró casi llorosa.

- Solo queremos tu felicidad y… y el bienestar de la familia.

Ana María y Nilea se miraron. Comprendían, la hija era la única oportunidad que quedaba en la familia para tener descendencia. No lo habían dicho así de claro, pero ya sabían que Nuño también era gay.

Lo cierto es que durante un mes o algo así, el padre pensaba que sus hijos fueran “diferentes” era un castigo divino. Ahora, lo aceptaba y más al saber que algunas mujeres gais tenían hijos. Era la oportunidad del apellido Vergara para prolongarse.

- Solo tengo veinticuatro años. Y ya queréis que os dé un nieto.

- Bueno… - Atajó la madre. - Es pronto. Eres joven. Pero sí, nos gustaría ser abuelos.

- ¿Tenéis escogido semental? Ya sabéis un tío guapo y sano que os dé un nieto hermoso.

- ¡Por favor, niña! – Se quejó padre muy serio. – No hables así. Y no tiene que ser ahora mismo.

En una semana ya estaban instaladas en la casa. Y aclararon con Berta que no hacía falta que pagara el master a Ana María, como tampoco hacía falta el alquiler de la casa por cuenta de Guille. Ahora las dos tendrían buenos sueldos.

Rápidamente Ana María dejó el trabajo anterior y empezó a trabajar con su padre y al poco tiempo se desenvolvía tan bien que parecía que había nacido para estar en esa empresa. Realmente no necesitaba un máster al tratarse de una empresa familiar.

Nilea regresó a la oficina de la fábrica Recambios Espuela. Esta vez, al aportar titulación, le dieron un mejor puesto con más responsabilidad y el sueldo más alto.

Por eso cuando las amigas fueron a los Nopales a pasar un domingo, pletórica de alegría en el saludo a Guille le dio un abrazo. Ese beso cayó muy cerca de sus labios. Berta les miraba, sonreía.

- Gracias por tu apoyo. Ahora yo voy a devolverte el favor trabajando a tope en tu empresa.

Guille, sorprendido ante las miradas de las otras chicas y su esposa, tan apenas supo murmurar:

- Te mereces prosperar.

El embarazo de Carmen era más evidente y se la veía contenta. La criatura era de su esposo y en los encuentros con don Francisco se ruborizaba como si fuera la primera vez que se dejaba acariciar por esas veteranas manos o el hacerlo con las suyas delante del jefe.

Aquella tarde Carmen se ruborizó mucho más al recibir los piropos del jefe sobre sus tetas. Realmente estaban volviéndose grandes.

Mientras que en los Nopales se movía tambaleante e inclinando su cuerpo atrás. Varias veces Berta le pidió que tuviera cuidado. Que no subiera a las escaleras de mano para quitar el polvo, o que no cargara cosas pesadas.

- Gracias. Pero no estoy enferma y hacer cosas me mantiene en forma ayudándome a dormir.

Una mañana de sábado las cuatro amigas acordaron verse en la puerta de la casa de Ana María para ir al Club de Montañismo en un único coche.

Guille otra vez no sabía cómo pasar el día por lo que llamó a su abuela para quedar a comer, pero ésta se iba al club de golf. Y con tono de broma añadió:

- Estará mi amiga Antonia, por si te interesa.

- ¡Pues qué bien!

Guille fue al club a mitad de mañana. Saludó a la abuela y sus acompañantes para más tarde dirigirse a la parte del gimnasio. En una explanada se puso hacer unos ejercicios de estiramiento y lo poco que sabía de Tai-Chi. No fue a correr por los caminos de alrededor porque ya era una costumbre hacer ese ejercicio por las mañanas. Al rato varias personas se quedaron mirando ese raro “baile”. Algunas preguntaron si era kung-fu o karate.

- Eso no sirve para nada.

Dijo un tipo que vestía pantalón corto, camiseta de tirantes y estaba sudando mucho. Con esa musculatura que exhibía parecía que se dedicaba al boxeo o las pesas. Guille no le hizo caso.

Iba a empezar por tercera vez cuando una mujer de casi cincuenta años, pero con el aspecto de treintañera, se acercó.

- ¡Hola, perdona! Un momento por favor, no voy a molestarte mucho.

Dijo llamarse Nuria Sánchez, que era la madre de Miriam y que estaba sorprendida del cambio de su hija.

- El otro día, en una de tantas conversaciones dijo que era gracias a ti. Que la habías ayudado a comprender que se estaba destruyendo. Y que ahora estaba dispuesta a tomarse todo de otra forma. Ya no quiere ver pasar la vida, quiere participar. - Amplió la sonrisa al añadir: - Y yo te estoy muy agradecida.

- Nada, señora.

Entonces se fijó que la señora estaba muy hermosa con sus cincuenta años bien llevados. Con ese neceser bajo el brazo parecía que acaba de maquillarse. Guille dedujo que venía de la sauna. Mediante la conversación sobre lo buena chica que es su hija y con ayuda de la Cualidad ya la tenía dispuesta para lo que quisiera. Y por supuesto quería follarla.

- Vamos a un sitio más discreto.

- Donde quieras.

Fueron a los vestuarios de las pistas de tenis y ya dentro de una cabina hizo que se desnudara. El cuerpo de la mujer estaba muy bien. Pómulos, culo, cartucheras y tetas, todo operado. Liposucción, el sexo depilado. Se había hecho muchos, y muy caros, tratamientos para estar guapa. La mujer puso una mano en la cadera y ayudada de un gesto con la otra preguntó:

- ¿Te gusto? ¿Te parezco guapa?

Guille terminaba de desnudarse cuando respondió:

- Sabes que sí.

La acarició hasta conseguirle un orgasmo con los dedos. Luego hizo que se quedara sentada en el banco y situándose delante, con la polla bien tiesa, le ordenó que se la chupara, y Nuria sabía hacerlo bien. Miriam tenía razón cuando dijo que los miembros de su familia solamente se ocupaban individualmente de lo suyo.

- Bien señora Nuria. Me gusta. Lo hace muy bien.

Guille, disfrutando de esa boca, notó un dedo hurgándole el ano.

- Por ahí, no, señora. – Y ordenó: - Acaricie mis testículos un rato. Eso sí que me gusta.

Notaba las caricias en los testículos y lamidas en el pene. Y lo mejor era cuando succionaba.

- Bien. Así. Me gusta. Ahora métala hasta la garganta y haga que me corra. Me falta poco.

Más tarde no tuvo que ordenar que se tragara su corrida. La mujer lo hacía a cada borbotón que entraba en su boca y parecía que lo hacía con deleite.

- Bien, señora, túmbese por favor, y separe las piernas. Quiero verle y comerle el coño.

- Bien. Ya verás cómo te gusta.

Los labios de su intimidad eran pequeñitos. La entrada a la vagina destacaba como una cueva. Y el clítoris se mostraba fuera de la capucha como un garbanzo que quiere jugar con la lengua de Guille. La vulva ya estaba muy mojada. Todo ese cuerpo estaba receptiva a la caricia.

- Me gusta que me metan los dedos.

- Bien señora. Me ocuparé de eso.

Guille se aplicó en la caricia y no cesó hasta que le consiguió un buen orgasmo. La mujer mordió las bragas para no gritar. Después, mientras suspiraba pidiendo que quería más ordenó que quería follar ya.

- Me comes muy bien el coño. Ahora veamos qué tal follas.

- Sí, señora Nuria. Ahora mismo.

Guille se sentó en la banqueta y le ordenó que lo hiciera sobre ella, a horcajadas. Así lo hizo, pero dándole la espalda. Ella misma se metió el pene por el coño.

- Ven, muchacho. Parece que la tienes sabrosa.

¿Sabrosa? Lo sabía bien. Se la había chupado poco antes.

Guille se mentalizó para durar. Quería disfrutar de ese cuerpo.

Nuria se movía con ganas mientras Guille le acariciaba las tetas y a veces el clítoris. A los cinco minutos la mujer se corrió, mordiendo otra vez las bragas, pero continuaron follando.

Núria estaba desbocada gimiendo su placer. Lo mismo se sujetaba de las rodillas de Guille que se cogía con fuerza de una teta. Incluso se acarició el clítoris. Tuvo otro orgasmo que la hizo estremecerse.

- ¡Ah! ¡Dios!

Guille pidió que no gritara.

La relajación llegaba poco a poco.

- Gracias chico. Ha estado bien. Sí.

Nuria hizo por levantarse, pero Guille lo impidió sujetándola de la cadera.

- No señora. No hemos terminado. Ahora vamos hacerlo por el otro agujero.

- ¿Qué? ¡Ah! ¡Aún no te has corrido!

Guille la alzó sujetándola por las nalgas y al volver a bajarla se la metía por el culo. Entró suavemente ajustado.

- ¡Uf! Bien, sí, muchacho. ¡Ah! ¡Uhm! Como quieras. Hoy no me apetecía por ahí, pero resulta que me va bien. Sí.

Tampoco tenía otra opción, Guille lo había ordenado empleando la Cualidad.

Y a la señora Nuria le gustaba follar por ahí al mismo tiempo que se frotaba el coño con una mano, quedó claro cuando a los pocos minutos se corrió. Por supuesto que algo debió ayudar que Guille le estuvo acariciando las tetas.

- ¡Oh! Chico. ¡Uf! Ya. Ahora sí. Vamos a dejarlo.

- Un momento señora que me falta un poco.

- Bien, vale. Termina. ¡Oh, dios! Aun la tienes dura.

Nuria ya no movía tanto su cuerpo, pero sí nota esa polla entrando y saliendo despacio de su culo. Así no le iba bien a Guille por lo que ordenó a la mujer que se pusiera en pie, inclinada apoyando sus manos en el asiento. Su culo quedaba alzado. Guille se situó detrás y volvió a metérsela por el culo. Mejor. Mucho mejor. Así Guille imponía un ritmo que le gustaba sujetándola por la cadera.

- ¡Ah! ¡Me vas a partir el culo!

Protestó Nuria ante semejante empuje.

- No se preocupe señora. Solamente disfrute.

Nuria volvió a acariciarse el coño y tuvo tiempo para otro orgasmo que enlazó con la corrida de Guille.

- ¡Ah! ¡Por fin, sí!

El muchacho recibió un montón de elogios mientras se limpiaban con unos pañuelos.

- ¡Uf! Y todo siendo tan joven. – Le animó. - Sigue así, muchacho, y dentro de cinco o seis años serás toda una máquina. Y todas las zorras de la ciudad haremos cola para follarte.

Se lio una toalla al cuerpo, al parecer iba a ducharse. Antes de salir de la cabina afirmó sonriendo:

- Mi hija irá esta tarde a la discoteca Áncora que está al lado del club marítimo. Si quieres follártela, seguro que estará encantada. Aunque estar contigo suponga que no busque novio formal. – Agitó la cabeza. - Ya ha rechazado a dos muchachos de buena familia que le buscó su padre.

Ya debía suponer que habían follado. Pero no que su hija estaba interesada en un chico. La retuvo el tiempo suficiente para ordenarle que nada debía contar a nadie.

- Tranquilo, muchacho. – Replicó seria al tiempo que recomponía su ropa en las perchas. Continuaba con una toalla anudada en su cintura, mientras sus tetas tan apenas se agitaban. – Comprenderás que soy la más interesada en que no se me etiquete.

Y quizá fuera verdad que nada decía, mientras que sus amantes eran menos discretos.

Más tarde Guille fue a Villa Montesinos. Dejó el coche en el garaje y paseando se acercó a la casa donde le estaba esperando el mayordomo. Le dijo cuál era el menú del día, elaborado por decisión de la cocinera ya que en la casa nadie había de la familia.

Guille aceptó y que comería en el gabinete del primer piso.

Coincidió que estaba repasando datos en el ordenador cuando llegó la señora Paula a preparar la mesa.

- Señora Paula. ¡Qué bien que nos vemos! Esta tarde me va bien hablar con su hija.

- ¡Oh, señor! ¡Se ha acordado! Bien la llamaré. Un momento.

La mujer se retiró unos pasos acercándose a una ventana y mediante el teléfono que sacó del bolsillo ordenó a su hija que acudiera a la villa. Tuvo que ponerse muy enérgica ante quien parecía que se negaba.

Por fin lanzó un suspiro y se giró para hablar con Guille.

- Bien, señor Guillermo, estará aquí en una hora. La retendré en la cocina hasta que usted la reciba.

La muchacha vestía raro. Aparentaba limpia, pero esa ropa hacía años que no se estilaba. Y si se arreglara o simplemente se peinase de otra forma pasaría por guapa. La señora Paula la presentó y alegando que tenía trabajo les dejó solos.

Estaba seguro que se la estaba ofreciendo para que la follara hasta que recordó que así era.

“Que sepa lo que es estar con un hombre generoso y sano de verdad, y no con un drogata”.

Guille empleó la Cualidad casi nada más cerrarse la puerta.

- Don Guillermo, mi madre dice que tiene un trabajo que ofrecerme.

- Así es, señora Nerea.

Empezó diciendo que, su madre, a la que todo el tiempo llamaba señora, era sinceramente apreciada en la casa. Por lo que se merecía que su hija tuviera una oportunidad laboral. Le enseñó un precontrato de seis meses, en el que el sueldo estaba ya desglosado el seguro médico y la aportación a hacienda. En otra hoja figuraba el lugar de trabajo, Barcelona, y que, con la excepción de los doscientos euros, estaba incluido tres comidas y alojamiento en habitación compartida.

- ¿En Barcelona?

Debía parecerle lejos.

- Así es. Ignoro qué turno tendrá, pero será de ocho horas, y dos días libres a la semana. Coger este trabajo será bueno para usted y dejará más tranquila a su madre al alejarse de esas compañías que tiene actualmente.

- Son buena gente.

- De eso no estás tan segura. ¿Verdad, Nerea? – Había cambiado al tuteo. Y mediante la Cualidad hizo que dudase si estaba entre el tipo de gente que afirmaba. - Dime, de dónde sale la droga que consumís y seguro que vendéis. El terreno de esa granja es muy amplio y entre montañas. Debe haber un caserón donde se cultiva. Seguro que tarde o temprano llegarías a cosechar mariguana y elaborarla para el consumo. ¿Cuántos de los que llamas amigos ya tienen antecedentes penales por menudeo? ¿Cuánto tardarías tú en estar fichada por la policía? Realmente no quieres eso.

Nerea ya estaba convencida. Con todo preguntó:

- No nos conocemos. ¿Por qué me ayuda?

- Ya te lo he dicho: por tu madre. Y porque ahora he visto que eres preciosa y lo serías más cuidándote y vistiendo de otra forma. Más acorde a tu edad y estos tiempos. Busca fotos de tu abuela de joven y verás que vestía así.

No era exacto del todo, pero le dio qué pensar.

La estuvo condicionando durante un rato en el que se interesó por saber qué hacía en la granja esa. Al parecer solamente lavaba y cosía ropa mientras fumaba porro. A veces accedía al requerimiento de un compañero para follar. Y por lo menos también lo hizo con dos amigas.

- Lorena me come el coño muy bien.

- Puede que lo pases bien, sí. Pero seguro que es ella quien te busca y nunca al revés. ¿Verdad?

Así la estuvo condicionando hasta que ordenó que olvidase esa conversación, dejase de tomar drogas, se alimentara adecuadamente y mejorara su higiene.

- Solamente recordarás las dudas sobre esa gente y la decisión sobre el trabajo. Irás a Barcelona.

A continuación, llamó a la señora Paula para decirle que Nerea había aceptado ir a Barcelona. Debía estar cerca porque acudió casi al instante.

- Gracias, don Guillermo.

- Sí. Gracias. – Repitió Nerea.

Ya a solas, ni dedicó un segundo en pensar en Nerea. Se dispuso a continuar trabajando con el ordenador sin tener en cuenta que era sábado.

Había pasado una hora cuando la señora Paula regresó con la merienda. Consistía en café, leche y unas galletas. El perfecto pretexto para saber cómo fue la entrevista ya que de su hija solamente sacó que la había convencido y que se marchaba a Barcelona a finales de mes para empezar en el siguiente.

- No sé cómo la ha convencido, pero estaba segura que lo haría. Por otro lado, no han follado y me gustaría saber por qué. Mi niña es guapa sin esos andrajos. Le gustará su cuerpo.

Había preparado una taza con café y la sujetaba en las manos. Al parecer, estaba tan interesada en la conversación que se olvidaba de servirla.

- ¿Señora, no le molesta que pueda estar con su hija?

- Don Guillermo. Usted es amable en el trato, no hace daño y está sano. Mientras que por ahí... con esa gentuza. – Se dio cuenta de un importante detalle. - ¡Ah! Es por eso. No se fía de la higiene de mi Nerea.

- Pues verá... Y sin pretender ofenderla, señora, algo sí tiene que ver.

Recordó lo sucedido durante del interrogatorio.

- Su hija ha estado fumando un porro antes de venir a esta sala. - Se tocó la nariz indicando que lo olió y que algo quedaba en el ambiente. - Y cómo en el sitio ese donde conviven no hay agua caliente lleva varios días lavándose muy someramente. Por eso le he pedido que nada más llegar a su casa se dé una ducha. Y también que no vuelva con esa gente. ¡Ah! Y que para la entrevista en Barcelona se vista de otra forma, más acorde a su edad. - Hizo un gesto con la diestra. - Usted sabrá antes que yo si lo hace.

- Comprendo, don Guillermo. - Sin darse cuenta en las manos todavía tenía el café que se estaba enfriando. - Supongo que según cómo se comporte pueden despedirla.

- Señora. Cualquier empleado puede hacer lo que le dé la gana en su tiempo libre. Es el resultado del trabajo lo que importa a la empresa. Pero si un comportamiento repercute en el mismo ya tiene que elegir: cambia o se marcha. - Sonrió al añadir señalando con la mano: - Perdone, pero ese café ya estará frío.

La señora Paula se disculpó y corrió a preparar otro. Al entregarlo se ofreció.

- Don Guillermo, estoy a su servicio.

Guille se levantó y cogió a la mujer por la cintura para que sus cuerpos chocaran. La abrazó y dio un breve beso en la mejilla. Paula estaba encantada al ser tratada así.

- Lo sé, señora. Gracias. Ahora prepare una taza para usted, siéntese a mi lado y disfrutemos de este café que huele tan bien.

Mientras lo tomaban se interesó sobre cosas personales de la señora Paula y del servicio de la casa en general. Solamente estuvieron así unos minutos en el que tan solo tomaron una taza cada uno, y la mujer se marchó.

Casi bailaba al retirar el servicio de café. Estaba contenta.

Por fin Guillermo pudo dedicar un rato al trabajo.

Mientras. Esa mañana las cuatro amigas habían estado caminando más allá de la fuente donde siempre solían dar por concluida la excursión, ya que al estar nublado y el fresco aire de la montaña lo permitía. Llegaron hasta un puente de madera donde un letrero decía el nombre del barranquillo. Tenía el aspecto de haber llevado mucha agua hacía poco.

- Debió ser durante la tormenta de hace unos días.

- Seguro.

- ¡Qué cosas! – Murmuró Violeta. – La tormenta llegó hasta aquí mientras que a veces llueve en una calle y en la de al lado no cae ni una gota.

Nilea y Violeta dijeron a la vez:

- ¡Tiempo loco!

Decidieron regresar haciendo un alto para descansar, junto la fuente.

Violeta preguntó a Ana María por qué estaba tan callada.

La muchacha ruborizaba miró a su novia, que asintió en silencio. Tartamudeó un poco al comenzar hablar:

- Quiero… Quiero dejar de ser virgen.

Nilea tuvo que animarla a continuar hablando mientras que las dos amigas esperaban algo asombradas.

- Y he estado pensando cómo y con quién. Veréis. No quiero que sea con un juguete, pero hacerlo con un hombre me pone nerviosa. ¡Tengo miedo! Miedo a la brutalidad. - Lanzó un suspiro. - Sí. Ya lo he dicho. Es eso. Tengo miedo. Veréis: No quiero un profesional ni un machito de discoteca. Quiero algo distinto. Que me trate con cuidado. Y, bueno, no quiero dañar a las personas que tengo por amigas.

Violeta y Berta se miraron asombradas. Cada una pensó en su pareja.

Ana María estaba tan avergonzada que ya no podía hablar, por lo que lo hizo Nilea. Pedían a Berta que hablara con su esposo para que aceptara estar todo un día con ella para hacerlo y, así Ana María podría darse cuenta que follar con un hombre es agradable.

Ana María la miraba entre vergonzosa y expectante.

Berta quedó sorprendida. No sabía qué responder. Eso de ceder a su marido... por otro lado suponía que Guille tenía sus líos por ahí, pero no saberlo exactamente le era descansado. ¡Y encima tener que pedírselo! No lo haría. No lo consentiría.

- Yo... No… No voy a pedirle eso a mi esposo. ¡No puedo! ¡No quiero! No lo acepto. Lo que sí puedo aceptar es que se lo digáis vosotras. - Cogió aire antes de continuar hablando: - También quiero que... que sea solamente eso. No quiero que mi esposo tenga un hijo con otra antes que conmigo.

Ana María se puso muy ruborizada. Todas recordaban lo que querían sus padres: un heredero que continuara el clan y el negocio familiar. Murmuró:

- Yo no te haría eso. Soy joven. No quiero tener hijos hasta pasados cuatro o seis años. Mañana mismo compraré las pastillas que ya me recetó mi médico.

- Bien. Pues eso. Tampoco quiero saber cuándo estarás con mi marido. Pero quiero saberlo después. Y sin detalles de ningún tipo. – Inmediatamente cambió de parecer. – ¡No! ¡Ni eso! No quiero saber nada de nada.

La miró fijamente. Había tomado una decisión totalmente contraria a lo dicho inicialmente.

– Si lo descubro dejaremos de ser amigas. – Incluyó una amenaza mientras la miraba desafiante. -Te odiaré e intentaré dañarte de alguna forma.

Violeta, escuchó el leve murmullo de Nilea ya que la tenía a su lado:

- Sabe lucha personal.

En silencio reanudaron el regreso hasta que pasaron por una zona de matorral bajo que parecía una pared al lado del camino. Violeta propuso parar a orinar. Lo hizo empleando su forma de hablar:

- ¡Venga chicas! Pongamos los chochetes al aire y soltamos unas meadas.

Solamente Nilea se apuntó. Pero realmente parecía que era para dejar solas a las otras dos y pudieran hablar liberando sus pensamientos.

- Tú y yo solas... Bueno. Vale. - Violeta se resignó, aunque estaba sonriendo: - Al menos veré el chochete de mejor colorido.

- Eres una pervertida.

- No disimules guapa, que te gusta enseñármelo.

Jugar a mirar y mostrar era un buen pretexto para dejar solas a las otras y que hablaran con la comodidad de no tener público.

Regresaron sin prisa al club y el silencio solamente era roto por la dicharachera de Violeta que lo mismo hablaba sobre la mosca que molestaba o lo rara que era la forma de una nube.

Se disponían a entrar al comedor cuando Ana María retuvo a Berta. Las otras chicas se dieron cuenta, pero siguieron caminando con intención de buscar mesa cuando en verdad era que otra vez las dejaban solas para que hablaran.

- Verás. He pensado que tienes razón. Después de estar con tu marido me resultaría imposible mirarte a la cara. Me caes muy bien y no quiero ofenderte ni que tengamos malos rollos. Ya me las arreglaré.

Berta sintió un gran descanso.

- ¿Puedo darte un consejo?

Ana María consintió. Se trataba que lo hiciera su novia, su pareja. Que la persona que tanto la amaba tuviera ese privilegio. El resultado sería muy bonito y tierno.

- No sé si me explico. Quiero decirte que no terminará el momento con un adiós y gracias, e intercambio de teléfonos para una posible repetición. Que los tíos son así. – Recordó su propia experiencia. En aquel momento le habría gustado dormir al lado de Guille. – Bueno, no sé cómo explicarlo para que quede mejor.

- Te entiendo y tienes razón. - Se ruborizó al añadir: - En más de una ocasión se ha ofrecido y siempre la rechazo. Debe sentirse mal por eso. No lo había pensado así.

Miró a Berta sonriendo.

- ¿Puedo darte un beso?

- Sí. Somos amigas.

Sujetándose por los brazos el beso en los labios fue corto y tierno.

Se lo habían dado en la entrada al restaurante coincidiendo con la salida de un matrimonio de mediana edad que las miró como si fueran extraterrestres. No hicieron caso.

Solamente de verlas entrar con esa relajada forma de moverse, las otras amigas se dieron cuenta de la reconciliación y aunque no estaban enteradas de que se trataba, Violeta se percató de la mirada de depredadora a su presa por parte de Ana María a su novia. Nada comentó delante de ellas, pero con ese carácter que tiene no podía contenerse por lo que tuvo que hablarlo con Berta cuando aquellas fueron al retrete antes de dejar el restaurante para ir a la sauna.

- ¿Qué? ¿La has convencido para que le eche el polvo del siglo a su novia? La cual le mostrará cómo rascarse el coño por dentro. ¿Verdad?

Berta intentó no sonreír.

- Eso ya lo contarán o no, ellas.

- De eso nada. Dime. ¿Será con los dedos o con "cohete"?

Berta respondió riendo:

- Será con la lengua. Verás. Se la meterá tanto por el coño que le acariciará las amígdalas.

Violeta se sobrepuso rápidamente a la exageración.

- ¡Mala amiga! Ya no te quiero.

Fueron a la sauna, estuvieron quince minutos sudando y después a la ducha. Y aunque Violeta propuso pasear un rato hasta el zoo las novias se marcharon en el coche que Ana María había recuperado al vivir en casa de sus padres.

Las dos amigas no sabían qué hacer. Era temprano para ir cada una a su casa y prepararse para cenar con la pareja, y demasiado tarde para pasar un rato juntas en casa de Berta. Decidieron dar un paseo por los alrededores mientras tomaban unos refrescos directamente de las latas.

- Ya nos lo compensarán nuestras parejas esta noche.

Violeta asintió.

- Eso espero, que pensar lo que Ana María tiene reservado para su novia, me pone.

Caminaron unos pasos. Encontraron un banco de piedra, pero lo desecharon porque había salido el sol y como caía de lleno sobre el asiento la piedra estaba muy caliente. Continuaron el paseo.

- ¿Es cierto que tuviste que pedirle a Guille que te follase la primera vez?

Berta se ruborizó ligeramente. Se trataba de algo que ya había contado.

- Así fue. - Sonrió escondiendo su rubor. - No le gustaba hacerlo en mi primera vez. - Creyó oportuno aclarar: - Quiero decir que está convencido que la primera vez es muy especial y debe hacerse con la persona amada, o que se creé amar. Y no era el caso. Yo no le amaba. Era mi forma de revelarme contra mis estrictos padres. Guille sabía que estaba dispuesta hacerlo con quien fuera, por lo que prefirió hacerlo él antes que me llevara una mala experiencia.

- ¡Ya! Y la experiencia fue agradable.

- Mucho más que agradable.

Violeta asintió y contó cómo sucedió con ella.

- Yo lo hice en el instituto. En los vestuarios del gimnasio. Aquel chico estaba más bueno que el chocolate. Se apellidaba Conde y no me acuerdo de su nombre. ¿Ricardo? Da igual. Me gustaba. Nos gustaba a todas en el insti. Decidí que fuera él.

Dieron unos tragos a los refrescos sin dejar de andar, y Violeta continuó hablando.

- De alguna forma el muy “espabilao” tenía una copia de la llave del gimnasio y calculamos la hora que el recinto quedaba vacío para colarnos. Ya sabíamos dónde estaban las cámaras de seguridad y las eludimos dando varias vueltas. – Explicó: - Vamos, que en algunos pasillos teníamos que pegarnos a las paredes, mientras que al cruzar recepción no podíamos ir en línea recta. Ya lo tenía bien estudiado: Por detrás de un sillón, agacharse al pasar al lado de una maceta.

Sonrió al recordar.

- Por el camino ya nos besábamos y… bueno. El cabronazo ya tenía experiencia y sobre unas lonas me hizo disfrutar mi primera vez. Creo que me enamoró. ¡No! Estoy segura. – Con ese silencio y un suspiro, parecía recordar aquel momento. – Ahora recuerdo que me sobó y chupó las tetas. – Se cogió una por encima de la ropa. - Me acarició muy poco el coño. Creo que lo suficiente para ver si ya estaba mojada y lista. A él no lo toqué ni me fijé cuando se bajó el pantalón. Se puso un condón. ¡Un buen detalle por su parte! Se puso encima, entre mis piernas. Me la metió, sentí el desgarro, y luego disfruté. Me corrí al poco ante su asombro y alegría. Y eso que el clítoris no lo tenía tan desarrollado como ahora. Y luego nos corrimos los dos casi a la vez. Salimos durante un mes follando a diario ya fuera ahí o en el coche de su hermano, hasta que avisé que tenía la regla.

Agitó la cabeza negativamente. Sus labios dibujaron una mueca al intentar sonreír.

- Lo dicho, era un cabrón. ¡Un cabrón con todas las letras! En mayúsculas y subrayadas. No pudo esperar cuatro días sin follar y se buscó a otra. No recuerdo si ya habían salido antes. – Agitó la cabeza levemente, recordaba. - Aquella se ocupó de que me enterase, y la siguiente de que se enterase ella. Ahora ese… - Quedó callada un instante. - ¡Ja! Sigo sin recordar ni su nombre. ¿Ricardo, Roberto? Pero sí que está casado. Lo hizo nada más terminar el instituto al dejar embarazada a una compañera, y ahora trabaja todo el día en un taller de coches de un familiar. – Aclaró. – Esto lo sé porque está cerca de casa y mi padre lleva ahí el coche a veces.

Berta llegó a villa Montesinos antes de lo pensado. Entró al garaje y aparcó. Ahí estaba el coche del Guille. Al llegar a la puerta de casa también lo hacía doña Amparo, en coche, pidiendo al mayordomo que alguien se ocupara de recoger el vehículo y lo llevara al garaje. Se besaron en el saludo y preguntaron qué tal el día. Estaban hablando al pie de la escalera cuando llegó el coche de la casa con don Francisco.

Más saludos, más besos y doña Amparo ordenó que se verían en la puerta al comedor en una hora.

Berta llamó a Guille mientras subía por la escalera, y se reunieron en la habitación. Mientras se cambiaban estuvo por hablarle la conversación con Ana María, pero le daba vergüenza y algo de miedo que Guille la buscara para ofrecerse.

“¡No! – Pensó. – Guille no lo haría por dos razones. No le gustan las vírgenes y me ama. No lo haría con quien sabe que es mi amiga. – Rectificó la cuenta. - ¡Ah! Son tres razones”.

Durante la cena acordaron que se quedaban a dormir.

- Bien. - Aprobó don Francisco. - Así mañana, después de ese simulacro de pelea o baile que hacéis a modo de ejercicio, os daré unos encargos. - Se giró para mirar a Berta. – Niña, escucha. Si lo haces bien te daré más trabajo y todo se valorará para cuando acabes la carrera.

- Sí, abuelo. - Asintió Berta. Y preguntó curiosa. - ¿En qué consiste el encargo?

- Mañana. Después de esos ejercicios que hacéis y una buena ducha con mucho jabón para que no me moleste vuestro sudor.

Berta apretó la boca evitando reír al contestar:

- Sí, abuelo.

Para acostarse, Berta quedó completamente desnuda sobre la cama. Había retirado la sábana superior hasta los pies. Guille también desnudo se situó a su lado.

Era algo que no habían hablado, simplemente sucedía. Iban a amarse siendo lo más natural.

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