Xtories

La cajera I

El aumento de sueldo tiene un precio que no figura en la nómina. Elena cruza la línea de la dignidad en la oficina de su jefe, pero la humillación no es el final de la historia, sino el detonante de una necesidad que solo su marido podrá saciar.

Emmet20K vistas8.8· 19 votos

Me llamo Elena, tengo 35 años y, joder, sigo volviendo locos a los hombres con solo cruzar una mirada. En mi juventud fui modelo, desfilando por pasarelas con lencería que dejaba poco a la imaginación, y aunque el tiempo ha pasado, mi cuerpo pelirrojo sigue siendo un puto imán: tetas grandes y firmes que rebotan con cada paso, curvas de infarto que se marcan bajo cualquier falda ajustada, y un culo que parece pedir a gritos que lo agarren. Me encanta vestirme sexy, siempre con escotes profundos y faldas cortas que suben lo justo para insinuar. Mi marido, Marcos, es mecánico, un tipo guapo y fornido, pero últimamente todo va de mal en peor. La crisis nos tiene jodidos, y yo, trabajando de cajera en un supermercado de mierda, apenas llego a fin de mes con mi sueldo de mierda.

Ese día, todo se fue al carajo. Marcos llegó a casa con la cara larga, oliendo a aceite y derrota. "Me han despedido, nena. El taller cierra por falta de pasta". Se hundió en el sofá, y yo sentí un nudo en la garganta. Nuestras deudas eran una montaña: la hipoteca, las facturas, el puto coche que se averiaba cada dos por tres. Esa noche, mientras él dormía, me toqué pensando en soluciones, pero solo me mojé recordando viejos tiempos. Al día siguiente, en el supermercado, decidí hablar con mi jefe, el señor Vargas. Un gordo calvo de 53 años, con barriga de cerveza y una sonrisa babosa que siempre se me clavaba en las tetas. Lo pillé en su oficina al final del turno, con el corazón latiéndome como un tambor.

"Don Vargas, por favor, necesito un aumento. Mi marido ha perdido el trabajo, y con lo que gano... no llegamos ni de coña". Me senté frente a él, cruzando las piernas para que mi falda subiera un poco, mostrando el borde de mis medias. Él me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios como un cerdo. "Ay, Elena, preciosa, ¿un aumento? Eso no es tan fácil. Pero... si quieres conservar el curro, podrías... aliviarme un poco las tensiones". Sus ojos se clavaron en mi escote, y supe lo que pedía antes de que lo dijera. "Hazme una mamada, pelirrojita. Abre esa boquita de puta y chúpame la polla como Dios manda".

Me quedé helada. "¿Qué coño dice? ¡No soy una zorra de alquiler!". Me levanté, furiosa, sintiendo asco por ese montón de grasa sudorosa. No me atraía en absoluto: su aliento rancio, su tripa colgante, esa calva brillante bajo la luz fluorescente. Pero entonces pensé en Marcos, en el desahucio, en pasar hambre. Joder, ¿qué opciones tenía? Suspiré, el orgullo rompiéndose como cristal. "Está bien... pero solo esta vez". Él sonrió como un lobo, abriéndose el pantalón. Su polla salió como un salchichón gordo y venoso, semierecta, con un olor a sudor y excitación rancia que me revolvió el estómago. "Arrodíllate, puta. Muéstrame lo que esa boca de modelo puede hacer".

Me arrodillé en el suelo sucio de la oficina, el corazón martilleándome. ¿En qué coño me he metido?, pensé, mientras mis manos temblorosas bajaban su cremallera del todo. Agarré esa cosa flácida al principio, sintiendo su calor pegajoso en la palma. La acerqué a mis labios, pintados de rojo fuego, y la lamí tímidamente la punta, saboreando el salado pre-semen. Él gruñó, hinchándose en mi boca. "Eso es, zorra. Trágatela entera". Empujé más, abriendo la boca lo que pude, sintiendo cómo me llenaba la garganta. Empecé a chupar, succionando con ritmo, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Dios, es asquerosa, pero... joder, mi coño se está mojando. ¿Por qué?. No lo entendía; odiaba a ese cerdo, pero el acto en sí, el poder sucio de esa sumisión, me hacía palpitar entre las piernas.

Él se excitó como un animal, jadeando. "¡Joder, qué boca! Dame tu tanga, pelirroja. Quiero oler esa chochita puta mientras me la mamas". Dudé un segundo, pero metí la mano bajo mi falda, enganché el hilo del tanga negro de encaje y se lo tendí. Él lo agarró, oliéndolo como un degenerado, inhalando profundo mi aroma a excitación. "Mmm, huele a puta cachonda. ¿Estás mojada por mamarme la polla, eh? ¡Chúpala más fuerte!". Eso lo puso a mil; empezó a follarme la boca con saña, agarrándome el pelo pelirrojo y empujando sus caderas. Su polla entraba y salía, babosa de mi saliva, golpeando el fondo de mi garganta hasta hacerme toser. "¡Toma, zorra! ¡Trágate mi verga gorda como la puta que eres! ¿Te gusta que te folle la cara, eh? ¡Eres una perra barata, con esas tetas de vaca rebotando!".

Sus palabras humillantes me ardían en las mejillas, pero... joder, me encantaba el sexo intenso, y esto lo era. Mi coño chorreaba, empapando mis muslos sin el tanga de por medio. ¿Cómo puede ser? Odio a este gordo asqueroso, pero me estoy follando mentalmente con cada embestida. Gemí alrededor de su polla, succionando más fuerte, mis manos apretando sus muslos peludos. Él aceleró, gruñendo obscenidades: "¡Sí, puta! ¡Abre esa garganta para mi leche! ¡Vas a beberlo todo, o te echo a la calle con el culo al aire!". Estaba a punto de correrse; sentí su polla hincharse, pulsando. Intenté apartarme, tosiendo, pero él me sujetó la cabeza. "¡No, zorra! ¡Trágatelo todo! ¡Bebe mi corrida como la puta sumisa que eres! ¡Abre esa boca y engúllela, joder!".

Sabiendo lo que podía perder —el curro, la pasta, nuestra vida—, cedí. Él explotó, chorros calientes y espesos inundándome la boca, salados y viscosos, bajando por mi garganta. Tosí, pero tragué todo, lamiendo hasta la última gota mientras él gemía como un cerdo satisfecho. "Límpiala bien, perra. Usa esa lengua de puta para dejarla como nueva". Obedecí, lamiendo su polla flácida, chupando los restos de semen de la base hasta el glande, sintiendo el sabor pegajoso en mis labios. Él se recostó, sudando, y metió mi tanga en su bolsillo. "Me la quedo de recuerdo, pelirrojita. Y por esto... te doy un 5% de aumento. Pero no creas que acaba aquí; espero que me alivies las tensiones de vez en cuando, ¿eh? Si no, adiós curro".

Salí de allí tambaleándome, la boca hinchada, el maquillaje corrido, sintiéndome humillada hasta los huesos. Soy una puta vendida, pensé, pero al mismo tiempo, mi coño palpitaba como nunca, empapado y vacío. Caminé a casa con la falda pegada a los muslos, el aire fresco rozándome la piel desnuda abajo. Cuando llegué, Marcos estaba en la cocina, cabizbajo. "Cariño, tengo noticias. Me han subido el sueldo un 5%". No le conté cómo; no podía. Solo vi su cara iluminarse, y de repente, una ola de calor me invadió. Estaba tan cachonda que dolía. Sin decir nada, me arrodillé frente a él, desabrochándole los pantalones. "Elena, ¿qué...?". Su polla saltó libre, más gruesa y limpia que la del gordo, ya medio dura por la sorpresa."La chupo yo, amor. Quiero tu polla en mi boca ahora". Agarré su verga dura, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su olor familiar, masculino. Él gimió, endureciéndose al instante. "Joder, nena, ¡qué puta estás hoy!". Chupé con hambre, succionando el glande, metiéndomela hasta la garganta mientras mis tetas rebotaban en mi escote. Mi lengua giraba, tragando saliva y pre-semen, follándome la boca con su polla como si fuera mi salvación. Él me agarró el pelo, empujando. "¡Sí, zorra! ¡Chúpamela toda! ¡Eres una diosa mamadora!". Me mojé más, tocándome bajo la falda, sintiendo mi coño resbaladizo y abierto.

No aguanté más. Me levanté, subiéndome la falda hasta la cintura —sin tanga, era fácil, solo carne expuesta y húmeda—. Lo empujé al sofá y lo cabalgué, empalándome en su polla de un solo movimiento. "¡Fóllame, Marcos! ¡Métemela hasta el fondo!". Reboté sobre él, mis curvas temblando, tetas saltando libres del escote mientras su verga me abría el coño chorreante. Él gruñó, agarrándome el culo. "¡Joder, qué coño tan apretado! ¡Cabalga mi polla, puta pelirroja! ¡Te voy a llenar de leche!". El vestido seguía puesto, arrugado y subido, solo mi coño desnudo devorando su polla con cada bajada, chapoteando jugos por sus huevos. Gemí alto, el placer intenso borrando la humillación de antes. Esto es lo que necesitaba, su polla dura follándome como una bestia.

Él se corrió primero, rugiendo: "¡Me vengo, nena! ¡Toma mi leche dentro!". Chorros calientes me inundaron el útero, pulsando, y yo exploté con él, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola. Jadeando, me bajé y, sin pensarlo —nunca lo hacía—, me arrodillé de nuevo. Lamí su polla semenosa, chupando cada gota de nuestra mezcla, limpiándolo con la lengua hasta que brilló. "Joder, Elena... ¿qué te ha pasado? Esto ha sido... brutal". Él se recostó, satisfecho, acariciándome el pelo. Yo me quedé allí, de rodillas, el sabor en la boca, preguntándome: ¿He despertado algo? ¿Esta puta sumisa que me excita tanto? ¿O solo era el miedo disf