Tómame si quieres
La noche era para olvidar, pero el alcohol y la traición abrieron una puerta que no debería haberse cruzado. En la casa del hombre que considera su hermano, una mujer lo esperaba no con disculpas, sino con deseo. Ahora, Pablo debe decidir si el placer prohibido vale el precio de su amistad.
—A mí lo que me queda claro es que mi padre tenía razón. Todas las mujeres, todas toditas, sin excepción, son unas putas —dijo Pablo tras tragarse lo que quedaba en su vaso—. Lo digo sin intención de ofender, sé muy bien que tienes a Carmen en un altar, pero las cosas son las que son.
—Bueno, no es tan así, Pablo —dijo Franco—. Lo que te ha pasado con Julieta es una tragedia, lo sé, pero no se vale generalizar así.
—Quince años, Franco, quince años… Aún no me lo puedo creer, después de tanto tiempo.
Pablo hizo una seña al bartender.
—Otro para mí —dijo Pablo.
El bartender miró a Franco.
—Para mí también —dijo y dio un sorbo rápido para dejar el vaso vacío.
—Además… tengo que aceptar que me ha puesto los cuernos, no puedo simplemente hacer como que no me he dado cuenta. Hasta esa opción me ha negado. ¡Lo he visto todo! —dijo Pablo—. ¿Por qué tenía que hacerlo en nuestra habitación?... en nuestra cama… ¿por qué? Es como si hubiese querido que la encontrara dejándose coger por otro.
Franco escuchaba en silencio, no se atrevía a interrumpir el desahogo de su amigo de toda la vida.
—Además me lo ha hecho con un negro… es que… ¡joder! —dijo Pablo y golpeó la barra con su puño—. ¡Me las hizo todas!… ¿Qué le hice yo a ella para merecer esto?
Franco tomó un sorbo de su vaso para evitar decir algo; iba a escuchar todo lo que Pablo tuviese que decir, pero no quería opinar absolutamente nada sobre los detalles.
—Y no tienes ni idea de cómo se la follaba, jamás has visto algo así; eso no se ve en ninguna parte, le daba como una bestia… ¡Y eso que solo era un niñato! —dijo Pablo.
—Bueno, Pablo, creo que no hace falta que… —dijo Franco.
—En quince años con ella jamás me la llegué a follar de esa manera —continuó Pablo—. Quince años tratándola como una reina, dándole todo lo que quería, complaciéndola… todo para que ese niñato negro se la follara de la manera en la que se folla uno a las putas. Que puto asco.
Franco había dejado el vaso nuevamente vacío mientras Pablo hablaba, ya era la tercera vez que se le adelantaba a su amigo. Hacía mucho que no bebía y estaba aprovechando la ocasión para romper la sequía a lo grande.
—Pablo, ya déjalo… tienes que buscarte otra —dijo Franco—. Ahora hay muchas mujeres hermosas; tienes dinero, eres un caballero.
—Ya no somos unos críos, Franco, ya no somos unos críos —dijo Pablo—. Voy a cumplir cincuenta y seis en tres meses. Es un matrimonio de quince años, dejé a Sandra porque Julieta era la mujer que había escogido para el resto de mis días.
—La vida es dura, amigo mío, hay que aceptar —dijo Franco.
—Claro… eso lo dices porque no sabes lo que es pasar por esto —dijo Pablo—. Te entiendo aunque tú a mí no.
—Gracias al cielo… —dijo Franco—. Y si para entenderte tengo que pasar por lo mismo que tú, prefiero no entenderte entonces. No quiero ser quien meta el dedo en la llaga, pero ya que haces tanto énfasis en los quince años… hace quince años le hiciste lo mismo a…
—¡Ni lo menciones! —interrumpió Pablo—. No es comparable. Mi relación con Sandra era otra cosa. Además ella nunca supo de lo mío con Julieta sino hasta después de que habíamos firmado ya el divorcio. Es lo que te he dicho, Julieta no me ha dejado ninguna opción… no me la ha dejado.
Franco levantó la mano para que el bartender lo volviese a ver.
—¡Otra! —dijo en voz alta.
Pablo y Franco bebieron y hablaron hasta la media noche, momento el cual Pablo se había cansado ya de drenar su pena, por lo menos por ese día.
—Nos vamos ya —dijo Franco.
—Te acompaño a tu casa —dijo Pablo.
—No es necesario —dijo Franco—. Estoy bien.
—Vamos, hombre, que te has pasado de copas —dijo Pablo—. Venga vamos.
Pablo ayudó a Franco a levantarse del taburete y luego los dos salieron del bar. Caminaron cuatro calles hasta la casa de Franco. Los pasos de Franco habían sido erráticos durante todo el trayecto, a penas y podía mantenerse de pie. Si habían logrado llegar era porque, a pesar de sentirse vulnerable, Pablo tenía una alta tolerancia a la bebida.
Se detuvieron frente a la puerta y no hizo falta tocarla ni buscar la llave, Carmen la abrió de un golpe. Pablo se quedó paralizado ante la brusquedad con la que la puerta se abrió y la luz del interior les iluminó de frente.
Pablo hizo contacto visual con Carmen y notó que ella estaba tan sorprendida como él.
—Pablo… —dijo Carmen cruzando sus brazos sobre su pecho para cubrirse—. No sabía que Franco estaba contigo.
—Te lo he robado esta noche —dijo Pablo—, disculpa. Es que necesitaba alguien con quien ahogar las penas.
—No te preocupes —dijo Carmen en tono amable—, pasen, pasen, no se queden ahí parados. Pensaba que se había ido a beber solo.
Franco se fue sobre Carmen y le dio un beso en la mejilla, que fue recibido con un poco de reticencia.
—Anda, ya, ya… —dijo Carmen—. Que apestas.
—Bueno, yo me voy —dijo Pablo—, muchas gracias por todo.
—¡Qué!… ¿acaso te vas a ir a tu casa ahora? —dijo Carmen—. Es tarde… ¿Por qué mejor no te quedas?
—Sí, hombre, pasa, pasa, quédate a dormir —dijo Franco con la lengua pesada.
—No quiero molestar —dijo Pablo.
—No, hombre, que vas a molestar… pasa —dijo Carmen—. No faltaba más.
—Bueno, está bien —dijo Pablo—, pero me voy mañana temprano.
—Sí, venga vamos —dijo Carmen—, que nadie te está apurando, pasa que está oscuro afuera y hace frío.
Pablo cruzó la puerta y tras ello Carmen la cerró a sus espaldas, cerrando con llave.
—Ya vuelvo —dijo Carmen—. Déjame acompañarlo a la cama.
—Sí, sí, tranquila —dijo Pablo haciéndose a un lado para dejarla pasar.
Carmen tomó a su esposo del brazo y lo guió por el pasillo hasta la habitación. Lo acostó en la cama y le sacó los zapatos y la ropa.
—Chúpame la polla —balbuceó Franco.
Carmen le dirigió una mirada de desaprobación.
—Estás hecho un desastre —dijo Carmen—. Ahora me va tocar olerte así toda la noche.
Después de desvestirlo por completo Carmen se dispuso volver a afuera para indicarle a Pablo a donde iba dormir.
—Ya vuelvo… déjame acomodar a Pablo en la otra habitación —dijo.
Tras pasar frente a su tocador y ver fugazmente su reflejo, Carmen se regresó y se detuvo frente al espejo. Sus pezones se traslucían a través de la desgastada tela de su blusa de tirantes; y no le hacía falta voltearse para saber que su short con corte en v solía dejar un poco a la vista sus nalgas. El conjunto era tan cómodo como revelador; la mostraba sin maquillar lo que era; una señora de cuarenta y ocho años con cuerpo de cajón, culo chato, piernas cortas y tetas caídas.
—Jum… —hizo un sonido que se proyectó hacia su garganta mientras subía su mentón.
Se subió el short un par de centímetros, jaló la blusa hacia abajo, dejando aún más expuesto su pecho, y acomodó sus tetas con dignidad, dejando los pezones casi a punto de salirse. No era un bombón como Julieta, nunca lo había sido, pero sabía que era fóllable, y con eso le bastaba.
—Franco se quedó dormido —dijo Carmen entrando a la sala.
Pablo se encontraba sentado en el sillón. La iluminación era tenue y calida, provenía de una vieja lámpara que se encontraba en una esquina.
—Lo lamento, le hice beber mucho —dijo Pablo.
Carmen tomó una silla, la puso dos metros, diagonal al sillón, y se sentó de medio lado, cruzando una pierna sobre su rodilla.
—Ni te molestes, hacía tiempo que no bebía, ya le tocaba —dijo Carmen pasando su mano por su pierna—, solo que no me había avisado.
Pablo miró a la mujer de su amigo sin descaro, pero sin disimulo. Las prendas cortas y sueltas dejaban ver por todos lados más de lo socialmente mostrable.
—Agradezco la confianza de que me hayan permitido pasar la noche —dijo Pablo.
—Buah… tonterías —exclamó Carmen haciendo un gesto con la mano—. ¿Desde hace cuánto te conocemos? Lo raro es que no te hayas quedado a dormir antes.
—Bueno… no había sido necesario —dijo Pablo.
—No, claro que no —replicó rápidamente Carmen—. Siempre ha sido al revés. Tú eres quien nos ha ayudado muchísimas veces.
—No, Carmen —dijo Pablo—. Si los he ayudado ha sido porque los considero mis amigos. Además ustedes también me han ayudado en algunas ocasiones.
—Eres modesto —dijo Carmen—, pero si lo hemos hecho, no lo recuerdo. Hemos sido para ti lo más parecido a unos parásitos… jajaja —soltó una risa levemente sarcástica.
Pablo sonrió.
—Vamos, no digas eso —dijo Pablo—, para nada que lo he considerado de esa forma.
Carmen volvió a pasar su mano por su pierna, acariciándola desde la rodilla hasta la parte baja de su glúteo; un gestó que Pablo observó con calma.
—Supe lo de Julieta —dijo Carmen de forma seca para romper el silencio—. Una lástima.
—Si… —dijo Pablo mirándola a los ojos. No sabía qué decir.
—No entiendo cómo te ha podido hacer eso a ti —dijo Carmen—. Nosotras las mujeres a veces tenemos todo lo que queremos; lo que otras quieren… y… y lo echamos a perder.
—En eso si te tengo que dar la razón —dijo Pablo y se echó a reír.
Después de eso se produjo otro silencio, una más grande esta vez.
—Debes estar cansado —dijo Carmen.
—Sí, algo… no tanto como Franco, pero yo también he bebido un poco más de la cuenta —dijo Pablo.
—Será mejor que te vayas a dormir —dijo Carmen levantándose de la silla—. Te llevaré a la habitación.
—Sí —dijo Pablo, pero no pareció moverse.
Carmen se le quedó mirando.
—Perdóname, creo que me está costando ponerme de pie —dijo Pablo sonriendo.
—Sí, eso veo —dijo Carmen con una sonrisa en el rostro—. Franco estaba peor, deja que te ayude.
Se acercó al sillón y se inclinó para ayudarle, pero se quedó inmóvil al sentir que Pablo puso su mano en la parte trasera de su muslo, dejando un dedo sobre su nalga.
—Franco tiene mucha suerte… —dijo Pablo mirando hacia arriba, hacia el rostro de ella—… le has sido una mujer fiel durante todos estos años.
Carmen lo miró a los ojos.
—Todos estos años he sido fiel porque tu así lo has querido —dijo Carmen acercándole instintivamente su pecho a la cara.
Pablo bajó la vista y miró que los pezones estaban por salirse de la blusa. Volvió a subir la mirada y los dos se miraron a los ojos fijamente, mirando sus rostros en las sombras. Tras la intensidad de las miradas Pablo no dudó en llevar su mano al pecho desnudo de Carmen y la deslizó, empujando hacia abajo la blusa con su muñeca. Los tirantes se terminaron de salir de sus hombros; dos tetas algo caídas y con pezones puntiagudos y firmes se exhibieron con elegancia.
—Te deseo —dijo Pablo y llevó su boca a una teta.
Carmen sonrió satisfecha y se mordió el labio. La otra mano de Pablo se deslizó hacia arriba, metiéndose debajo del short, agarrando las nalgas de la mujer de su amigo.
Sgggggg… Pablo le dio un chupón a toda la teta y la soltó.
—No tienes nada debajo —dijo Pablo.
—No, nada… —dijo Carmen—. Así duermo, si me quitas el short encontrarás mi coño peludo.
Pablo sacó su mano del short y se lo bajó con las dos manos. Carmen no mentía, tenía el coño peludo.
—Hacía tiempo que no veía uno así —dijo Pablo.
—Así se ve el coño de una mujer —dijo Carmen con arrogancia.
Carmen se subió al mueble y comenzó a sobarle la polla sobre el pantalón.
—La tienes dura ya —dijo Carmen—. Fóllame.
—Se me ha puesto así solo de verte ahí sentada —dijo Pablo.
Carmen comenzó a sacarle el cinturón y le bajó la cremallera. Pablo le amasaba las nalgas mientras esperaba a que ella terminase de sacarle la verga.
Una polla corta y gruesa, bastante gruesa, y muy peluda también, quedó expuesta. Carmen la llevó rápidamente a la entrada de su coño y se sentó sobre ella.
—Mmmmm… —gimió—. No sé porque has esperado tanto para esto. ¿Por qué no te atreviste antes?, ¿Por qué?, ¿Por qué tuviste que esperar que a Julieta se la cogiera un negro?
—Oh… oh… —exclamó Pablo producto del placer—. No seas mala conmigo, eres la mujer de mi mejor amigo. No tenía ojos para mirarte de esa forma.
Carmen comenzó a dar sentones sobre su polla y al compás del movimiento le rozaba el rostro de arriba abajo con una teta. Pablo comenzó a mover su rostro en círculo dejando su lengua afuera para lamérsela cada vez que podía.
—Joder… —pensó Pablo—. Que bien se mueve Carmen y como aprieta. Ahora entiendo por qué Franco la ha quedado todos estos años.
Carmen comenzó a restregarle sus senos a Pablo en la cara, ahora lo hacía de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, abofeteandole con ellos. Pablo le soltó las nalgas y la abrazó, apretándola contra él.
—Que rica estás, Carmen… —dijo Pablo.
Carmen se mordió el labio. Pablo no se aguantó y la besó en la boca.
—Vamos a cambiar de posición —dijo Pablo soltándola—. Te quiero hacer el amor de perrito.
Carmen sonrió, se detuvo, se sacó la polla del coño y se puso de pie.
—Mejor vamos a la habitación —dijo Carmen cogiendo sus prendas entre sus brazos—. Allá estaremos más cómodos. Solo hay que tratar de no hacer mucho ruido.
Pablo asintió con la cabeza y la siguió por el pasillo sujetando su pantalón con las manos.
Al entrar en la habitación Carmen tiró la ropa en el piso y cerró la puerta con seguro. Pablo comenzó a desvestirse, para cuando termino de hacerlo encontró el culo de Carmen esperándolo a cuatro patas sobre la cama.
—¡Joder! —exclamó Pablo.
Se montó en la cama, se posicionó y le clavó su polla a Carmen.
—Sujétame el cabello —dijo Carmen.
Pablo enredó sus dedos en la cabellera y la tiró hacía él mientras la embestía.
—Coges mejor que Julieta —dijo Pablo.
Carmen sonrió satisfecha, pero también con un poco de sarcasmo. Algo le hacía pensar que Pablo había detectado su punto débil, pero no le importaba si era verdad o si solo lo decía para levantarle el ego; era lo que quería escuchar.
—Lo sabía… —dijo Carmen.
—Qué, qué cosa —dijo Pablo tirando de su cabello hasta llevar la oreja de Carmen hasta su boca—. ¿Que coges mejor que Julieta?
—No… —dijo Carmen—. Que la tenías bien gruesa.
Pablo sonrió, le soltó el cabello y dejó caer su cuerpo hacia atrás, sosteniéndose con las manos mientras Carmen movía su culo en círculo contra la pelvis de él.
—Mmmmm… —gimió Carmen—… Sí… mmmm… mucho mejor que la de Franco.
Tasss… Pablo le hizo sonar una nalga al golpearla con su palma en un costado.
—No lo menciones… —dijo Pablo—. Entiendo que te excita, pero no puedo tolerarlo.
Carmen sonrió y continuó moviendo su culo, lo hacía moviendo casi todo el cuerpo, dejando que sus tetas bamboleasen en el aire.
—Ya le estoy cogiendo la mujer… —pensó Pablo—. No tengo intenciones de humillarle, no lo estoy haciendo por eso… mmmm… oh… ah… ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo… tal vez simplemente lo hago porque puedo… porque se dio… uffff… oh… porque estoy ebrio y caliente… y porque su mujer me la ha puesto dura, porque era ella la que quería mi polla. Y si nos descubre… y si nos descubre por lo menos sabrá cómo me siento.
Pablo volvió a erguirse, llevó su mano al cuello de Carmen y la dominó hasta poner su cara contra la almohada. Luego le sujetó a Carmen las dos manos por detrás de su espalda, poniéndoselas juntas.
Pablo quería hacer algo que había visto recientemente. No sabía si le iba a salir bien. Si Franco los encontraba follando en esa cama tenía que ver algo tan brutal como lo que él había visto que le hacían a Julieta.
—Te he tratado con respeto todos estos años porque eres la mujer de mi mejor amigo —dijo Pablo—, pero eso se acabó; esta noche serás mi puta. ¿Entendiste?
Carmen asintió con la cabeza mientras se mordía el labio, luego sintió el pie de Pablo en su rostro.
Pablo comenzó a moverse hacia delante y hacia atrás, trazando una curva pronunciada con el movimiento que hacía de su abdomen hacía abajo.
—Ah… mmm… mmm… ah… mmm… mmm… —gimió Carmen.
Pablo sintió que Carmen se contraía, y que tanto sus manos como su rostro y su coño buscaban liberarse instintivamente de su control.
—Te has corrido… —dijo Pablo.
Pablo le quitó el pie de la cara, le soltó las manos y le sacó la polla. Carmen se dio la vuelta enseguida, se encontraba ruborizada.
—Pues bien... —dijo Pablo avanzando sobre Carmen con sus rodillas—. Ahora te la tragas. Abre la boca.
Carmen lo miró a los ojos ebria de placer y con sumisión, se lamió los labios y le abrió la boca lentamente, como quien obedece sin querer obedecer. Pablo la sujetó de la frente con su mano y lentamente acercó su polla a la boca de Carmen, lo hacía mientras se veían a los ojos. Le introdujo tan solo la punta y se la comenzó a jalar a la altura del glande.
—Oh… oh… —gimió Pablo.
Disparos y chorros de esperma comenzaron a inundar la boca de Carmen, lengua, garganta, dientes, todo lo llenó de semen. Al acabar se inclinó más, metiéndole la polla entera en la boca, metió su mano entre Carmen y el colchón para sujetarle la cabeza y le folló la boca un poco.
Tras ese breve momento se la sacó de la boca de un golpe. La polla salió babosa llena de semen y de saliva.
—Madre mía… —dijo Pablo acostándose un costado—. Estoy exhausto.
Carmen se acostó sobre su pecho.
—Si quieres paso la noche contigo —dijo Carmen.
Pablo estaba agotado, muy agotado como para responder, sus ojos simplemente se fueron cerrando.
Por la mañana Carmen se despertó muy temprano junto a Pablo. Este dormía profundamente, casi roncando. Se levantó de la cama, se puso la blusa primero y después el short.
Al salir caminó hacia su habitación y vio que la puerta estaba abierta y la luz encendida.
—¡Mierda! —pensó. Su corazón se aceleró.
El susto le duró poco, pues recordó que en la noche había dejado todo así, por lo que en realidad era una señal de que Franco no se había despertado durante toda la noche.
Asomó su cabeza y vio que Franco seguía dormido en la cama.
—Uffff… que susto —pensó.
Se paró junto a él y lo miró; dormía plácidamente. Su matrimonio estaba intacto. No le había querido chupar la polla a su marido como este se lo había pedido, ni tampoco había querido dormir junto a él porque apestaba a alcohol, pero se había tragado todo lo que el amigo de este tuvo para darle y además había quedado a dormir toda la noche sobre su pecho. Nunca había sido infiel, nunca en todos esos años, pero tampoco sentía culpa. Carmen sentía que era algo que le faltaba en su vida, algo que tenía que hacer, deseaba hacerlo con otro hombre y Pablo siempre le había parecido ese hombre.
Caren apagó la luz, cerró la puerta, pasó por el baño unos breves minutos y luego regresó a la habitación de huéspedes a despertar a Pablo para que se fuera antes de que su marido despertase.
Sggggggggg… sggg….
Pablo despertó y encontró a Carmen con su polla en la boca. Al ver que abría los ojos Carmen le sonrió.
—Necesito que me folles una vez más antes de irte —dijo Carmen.
Pablo se sentó como pudo y se dejó chupar la polla mientras acababa de despertarse, después le cumplió en la posición del misionero. Fue algo breve, pero eficaz.
Pablo se vistió, salió de la casa y mientras que el sol de la mañana iluminaba su rostro sintió que el universo le daba la razón.
—Todas infieles —pensó mientras caminaba—. Mientras que Franco no se entere no pasa nada. Y que buen polvo que tiene su mujer.
Sonrió.
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