La cualidad de la palabra. 27
Berta tiene un plan para esta noche: dos orgasmos y la confirmación de que su cuerpo responde a cada caricia de su esposo. Pero cuando el miedo a un embarazo se cuela en la madrugada, la pasión se transforma en ansiedad, y la noche siguiente promete secretos más oscuros entre amigas.
Guion: Lamer el coño. Matiz: dos orgasmos por lo menos.
Berta estaba bocarriba con las piernas bien separadas ofreciendo su intimidad a su esposo. Guille estaba entre esas piernas acercando sus dedos a los pliegues y rinconcitos que ya había explorado muchas veces, pero que nunca se cansaría de recorrer. Estaba seguro que su lengua sería capaz de dibujar un mapa de esa vulva.
Dio un corto y suave besito al clítoris y se dispuso a lamer toda la vulva, todo el coño, pero sin volver a tocar el clítoris, por el momento.
Berta ya gemía mostrando su placer mientras Guille seguía con la caricia. Metió un dedo por la vagina y la mujer lanzó un gemido más prolongado hasta que su cuerpo se amoldó al intruso. Un intruso que parecía dudar qué hacer, si quedarse o marcharse, pues entraba y salía, hasta que se puso a acariciar la parte interna del clítoris más conocida como el punto G. Berta gimió más fuerte. Guille llevó su lengua al clítoris y lo lamió con ganas, pero sin cesar en la otra caricia.
- ¡Me gustan estos matices! – Dijo Berta entre gemidos. - ¡Ah! ¡Uhm! Los matices. Es poner más mermelada. ¡Sí!
Llevó una mano a la cabeza de Guille en una caricia, en un “lo estás haciendo bien”. Luego, con las dos manos se cogió las tetas y se puso a jugar con ellas aumentando su placer.
Pasaron unos minutos. Berta se corrió disfrutando totalmente de lo que describían sus sentidos. Con una mano acariciaba la cabeza de su esposo, con la otra se pellizcaba un pezón. Fue toda una gozada. Y llegó la culminación que la hizo gritar al tiempo que arqueaba su cuerpo.
- ¡Mermelada!
Notó que el dedo se retiraba y pensaba que la caricia concluía, pero no fue así. Casi inmediatamente notó mayor invasión en la vagina dedujo que eran más dedos y no se equivocaba, Guille empleaba dos. Y la caricia con la lengua sobre el clítoris no cesaba.
- ¡Guille! ¿Otro? ¿Quieres que tenga otro? ¡Ah! ¡Mi rey! ¡Sí! Dueño y señor de mi cuerpo. ¡Eres muy malo! Te amo.
Guille no contestaba. Claro que para descanso de su lengua la sustituía con los labios y dedos.
Minutos más tarde Berta gemía ante la proximidad de un nuevo orgasmo.
- ¡Te odio! ¡Te odio! ¿Me oyes, cariño? Y te odiaré mucho más si te paras. - Dijo en murmullos acompañados de gemidos, para añadir en voz más alta: - ¡Esto está buenísimo! Sí. ¡Mejor que la mermelada!
Berta mordió una esquina del almohadón para no gritar todo lo que sentía. Agitaba sus piernas y cuerpo, intentando no mover la cadera para que la caricia no cesara.
- ¡Uf! De cada día… de cada vez… ¡Oh, cariño! ¡Qué bien me manejas! ¡Qué bien conoces mi cuerpo!
Última parte del guion: follar. Matiz: los dos debían disfrutar.
Guille iba abrazar a su esposa, pero esta lo interrumpió al pedir el vaso de agua que por suerte estaba cerca. En la mesita.
- Necesito Elixir de verdad.
- Lo siento, solo es agua.
- Me refiero a un beso.
Ya abrazados se dieron unos besos en los labios. ¿Era otro matiz o la repetición de parte del guion?
- Cariño. Si estás cansada podemos dejarlo aquí. - Propuso Guille al mismo tiempo que la besaba en la barbilla. - Y bueno, Feliz Navidad.
- Lo que estoy es machacada, pero tan solo dame un minuto y te aseguro que te voy a dejar seco.
Estando muy juntos, Berta jugó un ratito con el pene de su esposo para asegurarse que ya estaba listo.
- ¡Qué dura la tienes! Esta maravilla me hace disfrutar lo indecible. Me vuelve loca. - Se dieron un corto beso en los labios y continuando con la caricia añadió: - Gracias por proponer que paremos, pero puedes estar seguro que no quiero perderme esta maravilla.
Permanecieron así un instante hasta que Berta amenazó:
- Ahora voy a exprimirte.
Y Guille no necesitó preguntar qué postura quería cuando la vio pasar una pierna por encima de las suyas. Iban a follar en la posición favorita de su esposa. La gente o en las publicaciones la llaman vaquera, pero a ellos les gustaba llamarla amazona. A Guille también le gustaba porque así podría acariciarle las tetas, el culo y algunas veces, el clítoris.
- ¿Puedo acariciarte las tetas?
- Solo si te gusta.
- Lo voy a disfrutar.
Ella misma se orientó el pene y se lo fue metiendo hasta que esos testículos tocaban su ano. Murmuró lo bueno que era notarse llena.
- ¡Oooh! ¡Estás palote! – Elogió.
Y comenzó a moverse.
Guille llevó una mano al culo de su esposa, para ayudar en el ritmo, y la otra a las tetas por el placer de acariciarlas.
- ¡Así, cariño, así! – Animó: - Eso es, coge mis tetas. Ya sabes lo mucho que me gusta.
Guille apretaba esas tetas, ya con las dos manos, cómo sabía que le gustaba a su esposa. Además de pellizcar los pezones pasaba suavemente las uñas. Así durante un rato en los que Berta gemía y suspiraba.
- ¿Te gusta cariño? - Preguntó Berta. - ¿Te lo hago bien?
Movió más su cadera a un ritmo casi salvaje.
- ¿Lo prefieres así?
- Cariño. Muévete como quieras, disfruta. Te aseguro que a mí va muy bien estar en ti.
Berta volvió a un ritmo más suave y preguntó:
- ¿Me vas a llenar de lechita?
Guille sonrió al ver que su esposa estaba muy habladora. Respondió:
- Condensada es la disponible.
Poco más tarde Berta volvía a cambiar el ritmo. No era tan rápido como cuando preguntó, pero era evidente que buscaba su placer, y al hacerlo provocaba el de su esposo. Con una mano presionó una de Guille y la apretó contra la teta que acariciaba. Con la otra se frotaba la cara, cuello, cabeza.
Guille llevó la mano libre al clítoris y lo acarició con dos dedos. Solamente daba unos apretoncitos suaves.
Berta gimió.
- ¡Oh! Cariño, me falta poco.
Medio minuto más tarde, Berta manifestaba su placer moviendo con renovada energía su cadera hasta que la descarga la inmovilizó arqueando su cuerpo. Sus manos aferraban las de Guille.
- ¡Ug! ¡La Virgen!
Tras culminar, tras desaparecer la descarga que convulsionó su cuerpo, se dejó caer sobre su esposo. Sabía que Guille no se había corrido y por eso propuso:
- Espera un poco, cariño y me follas como más te guste.
- Sí, cariño.
Unos segundos de descanso, no llegó al minuto, y Berta estaba lista para continuar, para follar. Se había colocado bocarriba con las piernas bien separadas. Estaba dispuesta para recibir a su esposo. Todavía en su cuerpo notaba esa sensación de haberlo recibido poco antes, incluso, aunque se limpió con un pañuelo de papel de su coño todavía salía flujo orgásmico.
- Ven, amor mío. Soy tuya. – Se ofreció.
Respondió al beso de Guille en la boca al ponerse encima y agradeció esa caricia en la teta. Notó el glande recorrer su intimidad y como se alejaba de la entrada a la vagina supuso que su esposo tenía ganas de acariciarla así. Lo notó en el clítoris. Estaba por decirle que se dejase de juegos, pero Guille se anticipó. La bajó hasta la entrada de la vagina y la metió despacio. Creía que su cuerpo ya estaba acostumbrado a ese volumen y sin embargo notó que se abría ante el empuje del intruso. De su garganta escapó un gemido.
- ¡Ah! No la metas tanto. - Pidió. – Hoy estás enorme.
- Ya está, cariño. - Esperó un poco. No se sentía más grande, pero sí con más ganas, y anunció: - Ahora voy a moverme.
Berta gemía lo bien que lo pasaba.
- Cariño, espero que lo pases bien. – Agitó su cuerpo y sus pezones rozaron el pecho de Guille. - Yo. ¡Uhm! Sí. Yo estoy disfrutando.
Realmente Berta esta habladora esa noche, pensaba Guille. Y quedó confirmado cuando le llegó el orgasmo. Berta parecía una diva cantado su culminación al mismo tiempo que clavaba las uñas en la espalda de su esposo.
Al poco, parecía que iba a contar lo bien que lo pasaba cuando Guille la interrumpió con sus descargas.
- ¡Qué! ¡Sí! Cariño. Así mi vida. Disfruta de mi cuerpo. Disfruta de quien tanto te ama. Es calentito. Es sabroso. ¡Es mermelada!
Después descansaron un rato haciendo bromas sobre el guion empleado y sus matices, hasta que Berta propuso una ducha.
- Sí, cariño. – Consintió Guille. - Pero antes quiero que me digas qué ocurre. Quiero saber por qué estás tan anhelante, tan habladora. Y antes. Bueno. Siempre eres cariñosa con los abuelos, pero hoy has estado distinta. Es como si quisieras decir algo que te contienes.
Berta se abalanzó sobre Guille. Le llenó la cara de besos.
- Gracias por ser así. Por darte cuenta de mis gestos y cosas.
Estuvo callada un ratito. Guille esperaba.
- Yo. Tengo un retraso. Bueno no. No es eso. Es el segundo mes que pasa algo en mi cuerpo. La regla no es normal tengo muy poca cantidad. Tan apenas mancho los tampones. - Guille iba a decir que fuera al médico y Berta se adelantó. - El día veintiséis tengo hora en el ginecólogo.
Se pasó la lengua por los secos labios para continuar. Miraba fijamente a Guille. Algo temerosa y nerviosa continuó:
– Pensando en esa posibilidad he empleado hasta tres aparatitos de esos para el pipí. Son negativos. Todos. Pero conforme se acerca la fecha para el médico estoy más impaciente. ¡Tengo veinte años! – En verdad tiene veintiuno. Pero no importaba. - Puedo ser mamá o vete a saber qué me pasa.
Guille si bien no sabía qué decir mostraba su apoyo con palabras que murmuraba cerca de su oído.
- Estoy a tu lado. Siempre.
Guille iba en el taxi y estaba nervioso. Había calculado que llegaba diez minutos tarde. Y pensaba que de saber algo Berta le llamaría al teléfono, era lo acordado esa misma mañana. Por eso lo sujetaba en una mano temiendo y deseando que sonara. Había dejado el trabajo acelerando el término de una reunión y retrasando la siguiente para poder ir con Berta al médico. Pensaba en la posibilidad de ser padre a los veintitrés años, Le abrumaba, pero esperaba que fuera eso ante cualquier otra posibilidad que le asustaba más.
“Somos jóvenes. Estamos sanos”. – Se repetía mentalmente.
La recepcionista estuvo seriamente amable cuando informó que Berta ya estaba en la consulta. Debía esperar afuera, sin interrumpir.
- Por los pelos. - Murmuró.
Quince minutos más tarde Berta salía de la consulta.
La enfermera avisó a Berta que un caballero la esperaba en la cercana sala.
Al ver a su esposo casi corrió a su lado. Se abrazaron.
El rostro de Berta se mostraba descansado tras tan mala noche de nervios y mal dormir. Lo cual también relajó a Guille.
- ¡Hola! ¿Qué haces aquí?
- Ya ves. Me aburría y decidí dar una vuelta. – La miraba anhelante a los ojos al añadir. – Ya ves. Encontrarte ha sido casual.
- ¡Casual!
Berta se lanzó a sus labios.
Guille no se dio cuenta hasta después del beso a su esposa, que a unos pasos también estaba doña Amparo. Sonreía evitando mirarles.
Llegaron las explicaciones.
- Posible desarreglo hormonal. Debo hacerme unos análisis y volver en unos días. - Sonrió volviendo abrazar a Guille. - Me alegro que estés aquí. Significa mucho y lo aprecio.
Doña Amparo, sonriendo, les interrumpió diciendo que debían pedir hora para la próxima visita. Y señaló el mostrador donde una mujer que llevaba bata blanca les miraba sonriendo.
- Dejar los mimos para casa. - Insistió la abuela.
Se despidieron, Guille debía volver a la oficina. ¡Dichosa reunión! Y también algo muy importante, Berta debía disfrutar de lo que quedaba de sus vacaciones tras unos días de nervios y preocupaciones.
Al medio día, Berta había quedado para comer con las amigas en un restaurante chino cerca del centro. Esto es a unos pasos de la casa de Nilea y Ana María. Violeta estaba tan animada como siempre, pero claro, nada comparable con la felicidad que mostraba Berta. Naturalmente lo notaron y pidieron explicaciones.
- Pues... Que creía que estaba embarazada y fui al médico esta mañana. Y al salir ahí estaba mi amorcito, apoyándome. Resulta que no es nada, bueno eso suponemos, pero Guille estaba ahí. ¿Os dais cuenta? Me encantó ese detalle tan... Eso. Estaba preocupado por mí. Me gustó.
- Me alegra saber eso, nena. - Dijo Nilea.
- Sí. Hay tíos que pasan de lo que catalogan "cosas de mujeres". – Se quejaba Violeta. - Algunos incluso con asco.
Ana María le sonrió.
- Así es. Bueno eso creo. No sé. – Continuó hablando la muy contenta Berta. - El caso es que, para agradecérselo, esta tarde quiero llegar antes a casa. ¿Sabéis? Quiero llegar antes que él, y esperarle desnuda y con las bragas en la boca. – No se daba cuenta que había alzado la voz. - Desnuda para echar un buen polvo a ese hombre, mi hombre, que se lo merece. Y las bragas así para que no me oigan los vecinos cuando grite mis orgasmos.
Resulta que en ese momento había acudido una camarera a retirar los platos vacíos y al estar al lado de Berta, la había escuchado. Sonriendo dijo a la clienta:
- Enhorabuena, señora.
Todas rieron.
Acordaron verse el viernes por la mañana en casa de Berta y quedarse el fin de semana. Guille iría con los abuelos y no regresaría hasta el miércoles día de noche vieja, porque tenía que ir a Ámsterdam.
- ¿Otro viaje? - Preguntó Niela.
- Sí. Y gracias a internet parece que será solamente uno a la semana o más días. Quiero decir, que será ir y volver. Dos noches en total. Antes, su abuelo enlazaba destinos y se pasaba meses sin ver a su esposa. – Y ya comentó de qué se trataba. – Me dijo algo sobre unos barcos...
- ¡Qué desastre! - Nilea se cogió de la mano de Ana María y se sonrieron. - Yo no podría estar lejos de mi nena.
- Pues yo... estaré con vosotras el viernes, pero ya he quedado con Nacho para el sábado. – Afirmó Violeta. - Vamos a una discoteca y según cómo se comporte quizás también me quite las bragas para él.
- Por fin sabemos su nombre. - Rio Berta.
- La palabra Ignacio, significa fogoso. - Explicó Ana María.
Nilea sonriendo aconsejó:
- Ya puedes tener cuidado.
- Tranquila, nena. Le taparé la boca con mis bragas.
Estuvieron riendo y haciendo bromas un buen rato.
El viernes Natalia preguntaba si preparaba algo para la cena mientras entre Berta y Carmen ponían el mantel en la mesa.
- No gracias. Una amiga traerá no sé qué dijo para cenar. Todo sea que no nos guste, pero haríamos bocadillos. He visto que hay embutido en el frigorífico.
- ¿Y para la comida solo sopa y ternera asada con verduras hervidas? ¿No quiere flan, natillas...? Hago una tarta de Santiago que me sale muy bien. Se acompaña con helado.
Berta recordó a una compañera de facultad, mallorquina, que trajo un postre parecido llamado gato. Dejó de colocar servilletas en la mesa para atender mejor a Natalia que permanecía al lado de la puerta.
- ¿Sí? ¡Quiero probarla! Pero no ahora que no le dará tiempo. Para la merienda de mañana si le va bien.
No recordaba que Natalia libraba el sábado.
- Se hace pronto. – Propuso. - Puedo prepararla para el desayuno de sus invitadas.
- Sería perfecto. Gracias.
Carmen preguntó en cuantos coches vendrían para retirar el suyo y dejar espacio. No hacía falta. Era uno y al no estar Guille había hueco para meterlo en el garaje.
Las amigas llegaron a mitad de mañana. Y lo primero fue subir a la habitación para dejar sus equipajes. Hubo una gran algarabía cuando vieron que había juntas dos camas de matrimonio.
- ¿Habéis comprado otra? - Preguntó Nilea.
- No. Resulta que estaba en el trastero. Guille la montó ayer. Si no nos va bien ponemos colchones en el suelo como la otra vez.
- Seguro que nos irá bien. - Sonrió Violeta.
- Nos apañaremos, sí. - Añadió Ana María.
Minutos más tarde salieron de la casa para dar un paseo por el jardín. Todas llevaban sus abrigos puestos, aunque realmente no hacía tanto frío a esas horas. El paseo no resultaba tan agradable como esperaban: No había flores, los rosales simplemente eran unos tallos con espinas. Los árboles del perímetro tenían hojas, pero alegraban poco el ambiente. Además, se estaba nublando.
- ¡Vaya fin de año!
- Frío, pero sin nieve.
- No tentéis al diablo que se está nublando.
- En principio lloverá un poco mañana.
Llegaron a la piscina y resultaba desolador encontrarla vacía y con algo de suciedad en el pequeño charco del fondo.
- Nos lo pasamos bien aquí este verano. Espero que repitamos. – Berta hablaba con añoranza.
Nilea y Ana María asintieron, y Violeta recordó:
- Cuatro chochetes al aire.
Todas sonrieron, incluso la muy ruborizada Ana María.
Luego se quedaron mirando las oscuras nubes que se deslizaban veloces por el cielo.
- Parece que va a caer una buena. – Dijo Violeta.
Las demás asintieron.
Natalia esperaba con las manos asidas al carrito mientras las invitadas acercaban sus platos retirando las sobras al recipiente que ya estaba para eso. Preguntó si hacía café. Berta interrogó a las amigas, pero a nadie le apetecía. Nilea añadió:
- Solo serviría para quitar tan buen sabor de boca que me ha dejado su comida. Ha estado muy buena. Gracias.
- Sí. Es cierto. - Añadió Berta sonriendo. - Se ha esmerado. Gracias.
Natalia se ruborizó pensando que se trataba de una comida extremadamente sencilla. Una sopa de verduras de primero y unas lonchas pequeñas de ternera a la plancha acompañadas con hervido de verduras. Cuyo toque de sabor estaba en el aceite y la cantidad de sal. Y nada más. De postre era un sencillo flan.
Se giró para observar que la señora de la casa servía un licor digestivo ante las risas de las invitadas que tan solo querían saborearlo sin excesos.
- ¡He, he! ¡Alto ahí! – Protestaba Nilea a Berta. – Al pedir un dedito se supone que es horizontal, y no vertical. Que hay diferencia.
Violeta, sonriendo repartía el contenido de vaso con Ana María y el de Berta. Se lo había llenado.
Berta reía ante las protestas que la llamaban bruta. Estaba entre amigas.
Berta recibió un mensaje de Guille. La animaba a que se divirtiera. Él tardaría un poco en salir de la oficina porque terminaba los detalles del viaje del domingo. Berta contestó empleando palabras de cariño.
Terminó el mensaje. Se dirigió a sus amigas y ante sus preguntas contestó:
- Pues ya veis, yo aquí de fiesta y mi maridito trabajando para comprar los garbanzos de mañana.
Habían pasado unos veinte minutos cuando Berta fue a la cocina. Llevaba los vasos empleados. Encontró que en el comedor de la cocina estaban comiendo Carmen y Natalia.
- Hola. - Dijo Berta al entrar. - Voy a preparar café. ¿Quieren?
- No. - Pudo decir Natalia.
- No, Berta. Gracias. - Dijo Carmen. - No puedo abusar.
Berta ya preparaba la cafetera. Preguntó:
- ¿Abusar? ¿Del café?
- Sí. Solamente tomo un poco por las mañanas, mezclado con leche. Además de ser una costumbre lo necesito para empezar el día. Necesito ese empuje de cafeína. - Amplió la sonrisa al añadir algo ruborizada y sin dejar de mirar a Berta: - Pero solo ese en todo el día. Porque… ¡Estoy embarazada!
Berta dejó la cafetera sin preparar y corrió a su lado. Le dio un beso. La felicitó e iniciaron esa conversación mil veces empleada en esos casos.
- Todo va bien. - Contestó. - Se supone que para junio.
Berta repitió la felicitación y antes de llevar el café a las amigas dijo que en cuanto terminaran de comer podían marcharse. Nada más necesitaban.
- Gracias, señora. – Dijo Natalia. – Limpiaré la vajilla.
- Gracias. No hace falta que espere a que termine el lavavajillas puede marcharse en cuanto quiera.
Carmen sonreía. Estaba segura que su hijo por nacer no era de Guille, jamás estuvo con él. Pero debía hacerse la prueba de paternidad sin que lo supiera su esposo ya que podría ser de don Francisco. Antes de saber que estaba embarazada estuvo follando con los dos. Se descuidó. Había dejado de tomar la píldora y continuaba yendo a Villa Montesinos. Aunque follar, lo que se llama penetración vaginal, solamente fue una vez, las otras cuatro fue emplear juguetes y masturbarse hasta correrse ante la atenta mirada del señor de Montesinos. Al parecer, ya hace un tiempo que don Francisco reservaba su energía para la esposa.
Miró a su compañera que terminaba de comer, a la que nada debía contar, no pertenecía al contrato Montesinos.
Natalia se distrajo pensando que al día siguiente esas sábanas olerían a yogur caducado. Pero era sábado, ya las limpiaría otra compañera.
Las amigas pasaron una animada tarde en el gabinete. Ponían música diciendo que era de este u otro cantante y la escuchaban o bailaban unos segundos porque lo divertido estaba en la conversación.
De vez en cuando sonaba la llegada de mensajes en el teléfono de Violeta. Nilea le preguntó qué amena era la lectura. Berta, si prefería ir a otro sitio más tranquilo para hablar un rato con su noviete. Ana María que, si estaba segura de amarle, se esforzara en atraparlo.
- Gracias, cariño. - Dijo Violeta mirando a Ana María. Se giró a todas para preguntar: - ¿Alguien sabe qué puede usar como cebo?
- Una buena carnada de marisco. - Respondió Berta refiriéndose al sexo.
Y Nilea, más directa añadió:
- Tu chochete.
- Vale, cerditas mías. Eso lo tengo claro. Pero ahora la pregunta es si le gustará con pelitos o rasurado totalmente.
Las chicas no sabían qué responder. Y fue Violeta quien encontró la respuesta.
- Ya sé. Lo preguntaré cuando tenga su polla dentro.
- Puede servir. – Dijo Nilea sonriendo. – Pero yo esperaría a después de una comida de coño.
Horas más tarde estaban preparándose para acostarse juntas. Reían y hacían bromas. Berta ya estaba en bragas y no tenía intención de ponerse el pijama ¿Para qué? Violeta, desnuda se lavaba los dientes teniendo la puerta del lavabo abierta. Nilea colocaba bien una blusa en un cajón porque no quería que se arrugara. Iba en ropa interior. Ana María también solamente llevaba puestas las bragas y parecía que había encontrado un problema con el cierre del sujetador que intentaba arreglar.
Violeta salía del lavabo cuando protestó:
- ¿Aún estáis así? ¡Venga nenas, fuera esas bragas! Que vamos a divertirnos.
Nilea rio y dijo que quería mostrarlas algo. Se acercó a su novia, la cual, viéndola venir intentó defenderse o hizo un amago de intentarlo. El caso es que ya con las dos riendo, Nilea le bajó las bragas hasta las rodillas en dos tirones.
- ¡Mirar, chicas! ¡Qué cosita más bonita!
Ana María permanecía paralizada por el asombro y el rubor. Colocó una mano sobre su vientre y con la otra se cubría un poco la cara. Mostraba el sexo totalmente rasurado. Solamente se veía una rajita entre los labios mayores que aparentaba lampiña como la de un bebé.
- ¡Es precioso! No vuelvas a esconderlo. - Ordenó Berta.
- ¡Me lo pido primera! – Gritó Violeta.
- ¡Abusona!
Rio Nilea, que no le molestaba que fuera una amiga en ese momento porque ella ya lo había disfrutado en casa horas antes. Recién rasuradito.
Se unieron Violeta y Ana María en el juego amoroso quedando esta última destrozada en pocos minutos ante el ímpetu de Violeta. Después de acariciarse una a la otra hasta los primeros orgasmos, Violeta le chupó el chochete consiguiéndole otro más. Luego se puso encima en unas tijeras y la folló restregando su hermoso clítoris por toda la vulva de la amiga. Esta vez Ana María se corrió una vez y Violeta, gracias a su voluminoso clítoris, dos.
- Cariño. ¡Qué sabrosa eres! ¿Quieres cambiar de novia? – Preguntó innecesariamente Violeta.
Violeta estaba desbaratada, siendo Ana María quien quedó destrozada.
El encuentro entre Nilea y Berta no fue tan brusco, pero sí muy grato. Entre besos y lametones se acariciaron y Berta se corrió dos veces porque Nilea se esmeraba en “trabajar” esas tetas que ya sabía lo agradecidas que son a las caricias.
Berta se cubrió las tetas ocultando los pezones con las manos. Parecía protestar ante su amiga:
- Nena. Casi me dejas sin pezones. ¡Cómo chupas!
- Tienes unas tetas muy sabrosas.
Luego se lamieron los sexos, primero a Berta, que se corrió abundantemente. Cambiaron de posición y Berta no retiró la lengua del rosado coño de su amiga hasta que consiguió que se corriera dos veces. Así le agradecía la caricia en las tetas.
- Tu rojo coño es muy sabroso.
- No… no disimules que lo sé. – Protestó sonriendo Nilea. Su voz era entrecortada. - Te has vengado de mis caricias.
Las cuatro jadeaban. Lo habían pasado bien. Ana María estaba tumbada todavía con las piernas juntas y una mano entre ellas. Parecía aliviarse de un sufrido ataque. Violeta estaba sentada apoyada de espaldas contra la cabecera de la cama. En la otra cama Nilea y Berta se incorporaban mientas aún se daban besitos en los labios.
- ¡Bien, chicas! – Dijo Violeta. - ¡La siguiente!
- ¡Bruta!
- ¡Bruja!
- Un momento, niñas. – Pidió Berta.
Caminando a cuatro patas sobre las camas y evitando las piernas de Violeta se acercó a Ana María. Con ese acto, y una sonrisa, proponía que se unieran en las caricias.
- Bien, sí. – Aceptó Ana María. - Pero espera un poco.
- Vale. Pero dándote besitos en tan bonitos labios. – Elogió. – Tu boca, tu rostro. Eres preciosa.
Se abrazaron y estuvieron dándose besos durante un buen rato. Hasta que fueron incrementando la duración y profundidad. Al poco eran verdaderos morreos con baile de lenguas, de casi un minuto de duración mientras sus tetas ya se rozaban formando parte de la caricia.
Berta propuso:
- Cariño. ¿Puedo acariciar tus bonitas tetas mientras repetimos más besos?
Quería emplear ya las manos.
- Bueno. Pero solamente eso.
Berta cumplió lo dicho durante diez segundos. Tras la caricia en las tetas llevó una mano al sexo de su amiga. Con algunos roces suaves recorriendo toda la intimidad preguntó si le gustaba así.
- Sí, pero no me metas los dedos.
Estaba claro que todavía era virgen.
- Cariño. Así será. No te preocupes. Pero puedo darte mucho placer si me dejas guiarte.
- Sí. Luego yo a ti.
Berta acarició, lamió y chupó esas tetas durante un rato en el que Ana María no se corrió, pero lo pasó muy bien. Así lo manifestaba con esos gemidos. Bajó la mano hasta su sexo y lo acarició por todo. Las caricias de las tetas ya debían predisponerla para un orgasmo tan pronto, aunque no se podía catalogar como abundante. Pero Berta continuó con la caricia hasta que centrándose en el clítoris le consiguió otro.
- ¡Oh! – Murmuró Ana María.
Incluso gimiendo su placer parecía mostrar vergüenza.
Tras un breve descanso cambiaron de posición. Berta se corrió pronto, cuando sus tetas volvieron a ser acariciadas sin dureza. Con ternura Ana María chupaba los pezones o les daba lamidas. Pero al rato, para la caricia en el coño, la muchacha estaba más pendiente de ver cómo su querida Nilea era destrozada por Violeta en esa impresionante follada restregando los coños en la que la pobre alemana gritaba de gozo o quizás pidiendo socorro.
Berta se incorporó proponiendo a Ana María:
- Vamos dejarlo, cariño.
- No. Yo… - Era sincera al reconocer que no podía continuar con una mujer distinta a su amada. - Lo siento.
- No te preocupes, de verdad, cariño. Ni por mí ni por tu novia. Sobrevivirá. - Sonrió al añadir. - Tú lo has hecho.
Rieron.
Estuvieron abrazadas mientras Ana María miraba a la otra pareja y Berta descansaba.
Minutos más tarde, Nilea y Violeta ya habían terminado. O más bien, Violeta había acabado con la pobre Nilea que quedó ajada sobre la cama. Tenía las tetas y el sexo mucho más rojos de su color natural. Ana María casi corrió a su lado. Para darse besitos como si se consolaran ante la lujuria de la depravada Violeta.
Nilea solamente podía abrazar a su amada porque para nada más servía. Necesitaba descansar.
Violeta se acercó caminando a gatas hasta Berta, que se incorporó para recibirla, quedando sentada. Se sonrieron:
- Y la siguiente es: mi querida Berta. - Se dieron un buen beso de casi tres minutos, y murmuró a su oído. - ¡Oh! Preciosa mía. Ya te añoraba. Si no estuvieras casada… y yo he quedado con un chico que, si mañana sale bien la cita, follaremos y quizás nos enamoremos.
- Mi querida brujita, en la situación que estamos nos va bien. ¿Verdad? Vamos a disfrutar.
Y comenzó la fiesta de los sentidos. Berta se corrió dos veces ante las caricias en sus tetas. Ya se había dado cuenta que de las tres amigas era ella quien mejor las hacía. La acariciaba lo justo, las apretaba, empujaba y estiraba hasta ese punto que un poco más y resultaría molesto. Incluso era mejor que Guille. Se alternaron para las caricias en los sexos y Violeta se corrió dos veces. A Berta, eso de tener ese clítoris tan alargado en su boca le encantaba, además para el primer orgasmo mantuvo su lengua acariciando por debajo del clítoris y para el segundo le metió dos dedos por el coño, con los que se dedicó a rascarle la parte superior de la vagina.
Tras el segundo orgasmo de su amiga, Berta apoyó su rostro sobre ese pubis y se quedó mirando la expresión de gozo de Violeta que poco a poco regresada de las nubes. Se sonrieron.
Con un gesto invitó a Berta a que se incorporara.
- ¿Me dejas que me ponga encima? – Fue a la única que Violeta preguntó.
- No, cariño, por favor. Deja que hoy sea yo.
Las chicas de otra pareja no se habían acariciado. Habían estado ese tiempo abrazadas, descansando mientras se daban besos cargados de cariño.
Pero Berta y Violeta continuaban. Y Berta, situada a horcajadas sobre una pierna de su amiga, frotaba su sexo dejándose llevar por el placer. Le gustaba notar ese hermoso clítoris recorrer su vulva. Y violeta disfrutaba de ese roce continuo sobre su clítoris y que a veces “chocaba” contra el de su amiga.
Violeta se corrió gritando lo bien que lo pasaba. La otra pareja se esforzaba en no reírse de tal escándalo.
Berta no cesó de follar. En frotar los coños. Acercó su clítoris al de su amiga y se dedicó a que se rozasen todo el tiempo. Sabía que su amiga era clitoriana e iba a aprovecharlo.
- ¡Ah! ¡Bruja! – Gritó Violeta al tener un nuevo orgasmo.
- ¡Fantástico! – Dijo Berta al disfrutar el suyo.
Quedaron derrumbadas.
Nilea se acercó para besarlas y decir:
- Nenas… ¡Qué máquinas estáis hechas!
Ana María se acercó y quedó sentada, mirándolas.
- Ojalá yo sea cómo vosotras.
Violeta, mostrando el cansancio en su destrozado cuerpo, se incorporó lo suficiente para darle un beso breve en los labios.
- Cariño. Somos muy diferentes. Sí. Estamos muy lejos de ser cómo tú. Y de poder disfrutar de ese amor que muestras por Nilea. Envidio a tu novia. Me gustaría encontrar a alguien que me ame así.
La frase le quedó bien, bonita. Aunque todas sabían que es un novio lo que quiere. Un hombre que tenga una polla. Que no importa si es enorme o pequeña, pero eso, una polla.
Hubo sonrisas y gestos cariñosos entre las cuatro hasta que Violeta ordenó.
- Venga nenas, que es tarde. Vamos a lavarnos bien los chochetes y a dormir.
- Sí.
- Vamos.
Berta y Violeta ya se habían levantado. Nilea, sujetando a Ana María de una mano la ayudaba a salir de la cama y ésta puntualizó:
- Pero cada una el suyo. ¿He?
- Ya ha salido la abogada. - Rio Berta.
- Y me ha chafado los planes. - Mintió Violeta mostrando un exagerado gesto de fastidio.
Nilea atrajo a Ana María por la cintura situándola frente a ella. Se besaron en los labios. Un beso corto, cargado de cariño, seguido de llevar una mano a su culo y darle un cariñoso apretoncito.
- Te amo. – Murmuró.
Al día siguiente, después del desayuno Berta cogió lo que quedaba de la tarta de Santiago y la llevó a la cocina.
- Señora Natalia. ¿Ha desayunado?
- Sí, claro. En mi casa.
- ¡Ah! Claro. Perdone. Pues para merendar debería comer de la coca que ha preparado. No se la pierda. Esta muy buena. Y se lo agradezco. A mis amigas también les ha gustado.
La mujer agradeció el detalle con una sonrisa y un gesto con la cabeza. Entonces Berta se dio cuenta que era sábado y preguntó por qué estaba en la casa.
- Cosas de turnos y algunas bajas por enfermedad, señora. No se preocupe son horas extra.
Berta asintió recordando que Carmen tenía libre.
Cuando Natalia subió para arreglar la habitación de invitados ya se iba poniendo los guantes para no tocar el “yogur caducado” de las señoras. Y se encontró que una cama había sido desmontada y colocada contra una pared. Las sábanas sucias estaban en el suelo junto con las toallas también empleadas. La cama estaba arreglada con sábanas limpias y en el lavabo también habían colocado las toallas nuevas. Tan solo debía echar un poco de lejía para desinfectar y listo. Eso sí, también había cuatro bragas para lavar.
Después del desayuno, que se prolongó al contarse anécdotas universitarias, entre las cuatro amigas llevaron la cama desmontada al trastero, colchón incluido. Ante las risas de las chicas que decían de no guardarlo mucho porque volverían a emplearlo pronto.
Y al poco tenían ganas de jugar a las cocinitas por lo que invadieron la cocina y se pusieron a freír patatas y preparar lomo a la plancha.
Berta llamó a parte a Natalia.
- Señora. Ahora que todavía está a tiempo huya de esta casa. Solamente dígame dónde tiene el teléfono de emergencias por si acaso.
La mujer no entendía la broma. Por lo que le dijo claramente que se marchara a casa. Natalia dudó, eso de marcharse antes de tiempo era habitual una o dos veces por semana, y que solamente ocurría con esta joven señora. Y en veinte minutos ya se marchaba adelantando la salida habitual en más de una hora.
Se retiró a tiempo o habría quedado atrapada en la casa.
Las amigas ya se disponían a comer cuando comenzó la tormenta con gran cantidad de aparato eléctrico. Se fue la luz y fueron al trastero por linternas. Aunque por el momento no las necesitaran. Fue Violeta quien enseñó a las demás a poner las pilas nuevas. Luego recorrieron la casa comprobando que las ventanas estuvieran cerradas. Hicieron bien, porque la señora Natalia había dejado la ventana de la habitación que ocupaban abierta para que se aireara.
Ya sentadas alrededor de la mesa, Berta vio que había lonchas de lomo muy hechas y otras casi crudas. Nilea y Violeta discutían por eso.
- Se hacen bien para que no tengas bacterias ni nada de eso.
- Quemadas no tienen proteínas. ¡Solo es carbón!
Protestaron a la vez criticando las hechas por la otra.
- ¡Están asquerosas!
Berta miró a Ana María que no tocaba la carne, pero sí las patatas. Preguntó qué tal estaban y aquella sin decir nada le acercó la bandeja y le mostraba el pulgar alzado.
A un lado del plato puso mayonesa y salsa picante. Murmuró:
- ¡Menos mal que aún queda torta de Santiago!
La verdad es que no les faltaría comida, tenían el frigorífico y la despensa bien surtida.
Pasaron la tarde en el gabinete, y casi se turnaban para mirar la lluvia a través de la ventana. En muchas personas tiene ese efecto: ya sea mirar la cortina de agua, su impacto en el suelo o sobre los objetos, y los ocasionales torrentes arrastrando suciedad o tierra. Así dejan pasar el tiempo, desde unos segundos a varios minutos para luego “despertar” a lo cotidiano.
A las cuatro de la tarde ya era de noche.
- Violeta, nena. - Dijo Berta preocupada. - Con este tiempo que hace no me gusta que te marches.
- ¡Calla, calla! – Dijo Nilea con ganas de bromear. - Deja que se vaya ahora que aún no nos ha envenenado.
- Ya veré qué hago. - Contestó Violeta sin hacer caso al comentario de Nilea. - Pero es que antes de la cita me gustaría pasar por casa para ponerme ropa de matadora.
- ¿Quieres matarlo? ¡Qué fácil! - Insistió Nilea. - Sí, nena la tienes muy fácil. Llévale el lomo que has quemado. Y puedes matarlo de dos maneras: que lo coma o arrojándoselo a la cabeza.
Berta le dedicó una mirada con la que le ordenaba que callara. Que cesara en chinchar.
El caso es que a eso de las nueve de la noche llovía poco y Violeta pudo marcharse.
La acompañaron hasta la puerta del garaje. Así comprobaron que si bien ya no era una tormenta seguía lloviendo. A modo de despedida le dijo a Berta.
- Guárdame algo de tu chochete, que no se lo coma todo.
- ¡Bruta!
- ¡Bruja!
Cuando se despedía de la amiga, Nilea le pidió que tuviera cuidado en la carretera.
- No te preocupes, chochete rubio. – Contestó Violeta dándole un beso. Señaló el cielo al añadir: - ¿Ves? Ya ha pasado lo más fuerte.
- Aun así, no te descuides. – Insistió la alemana.
El coche se alejó llevándose a la guerrera Violeta. Nilea y Ana María corrieron a entrar en la casa mientras Berta miraba el horizonte. Las oscuras nubes estaban al norte de la ciudad. Pensó que allí debía caer con fuerza sin recordar que coincide con la villa Montesinos.
Para dormir las chicas se pusieron el mismo "pijama" de la noche anterior. Primero, Berta y Nilea se ocuparon de acariciar y besar a Ana María. Entre las dos hicieron que tuviera dos orgasmos. El primero fue mediante besos y caricias tanto en la boca como en las tetas al mismo tiempo que Nilea le acariciaba el sexo. Para el segundo, Berta bajó a su sexo y lo chupó, lamió y mordisqueó, mientras Nilea continuaba con las tetas.
- Gracias chicas. - Murmuró ruborizada Ana María cuando ya pudo hablar. - Me ha gustado mucho.
Le tocó el turno a Nilea y su novia se afanó en devolverle el favor. Con las caricias en las tetas se corrió diciendo lo mucho que las amaba. Luego se turnaron para ocuparse de su coño. Primero Ana María y luego Berta. Tuvo así sendos orgasmos.
- ¡De tan buenas, sois malvadas!
Nilea no dijo que con Berta lo había disfrutado más. Quiso pensar que quizás fuera por la novedad ya que no quería menospreciar a su novia.
Le tocaba a Berta. Con los besos en la boca y las caricias en sus tetas ya se corrió dos veces. Eso que dos bocas a la vez le succionaran los pezones resultaba muy placentero. Y cuando Nilea se ocupó de su sexo tuvo el tercero.
La rubia se ocupó de acariciar todo el tiempo los pliegues de su vulva, no metió los dedos, aunque sí lamió alrededor del agujero. Parecía olvidarse del clítoris hasta que notando que Berta tenía próximo el orgasmo su puso a chuparlo como si fuera un caramelo.
Berta gimió de placer.
- ¡Mermelada!
Estando abrazadas, Berta comentó en un murmullo:
- Tienes una lengua muy juguetona.
Nilea decidió callar no fuera que el comentario molestase a su novia.
Ya satisfechas se dispusieron a dormir. Nilea y Ana María se abrazaron, mientras que Berta se puso por detrás de Nilea.
Se escuchó un fuerte trueno que asustó a Ana María, mientras que Berta abrió los ojos al notarlo tan cerca de la casa.
Nilea dijo en un murmullo lo que parecía muy sincero.
- Espero que la tormenta no estropee el plan de nuestra querida Violeta. Se merece ser feliz.
- Esa bruta es muy buena gente. – Respondió Berta.
El domingo por la mañana llovía y en algún momento parecía que dejaba de hacerlo. Aunque a veces pasaba una nube que hacía que la gente dudara o cambiara de parecer. Como ya disponían de internet consultaron el estado de las carreteras. Se enteraron de algunos desastres, pero la de la universidad estaba intacta.
- ¡Qué lástima!
- ¿Te imaginas que se la hubiera llevado una riada y nos tienen que dar el aprobado colectivo?
- Y los sueños, sueños son.
De la limpieza y cocina se ocupó la sustituta de Natalia enviada por la misma agencia. Una muchacha que no tendría los veinte años. Berta la trató con respeto, sin llegar a aprenderse su nombre. Para dirigirse a ella la llamaba señora.
- Puede tutearme. – Dijo la asistenta. - Todo el mundo lo hace.
- Gracias. Pero es una costumbre en esta casa.
Vio que la muchacha llevaba un bocadillo, posiblemente fuera su comida. Por eso ofreció que, al preparar la comida para todas, apartara su parte. La muchacha se sorprendió. No estaba acostumbrada a ese trato. La verdad es que prefería con mucho lo que iba a preparar que el bocadillo de atún que llevaba.
A mitad de mañana, estaban en el gabinete hablando, sin escuchar la televisión que estaba encendida. Berta recibió un mensaje de Violeta. Tras leerlo pasó el teléfono a Nilea que lo leyó en voz alta:
- Hola, nenas. Estar con vosotras es fantástico, pero debo admitir que tener un pene de carne y músculo en el coño, por dos veces, me ha posicionado como hetero. Os necesito como amigas y necesito que comprendáis que también quiero tener novio. Os mando seis besos, tres son para vuestras bocas, los otros ya sabéis donde.
- Me alegro por ella. – Dijo Ana María.
- Sí, por fin. Ya era hora que se recuperase del daño que le hizo aquel idiota. – Añadió Berta. - Y eso que no lo aparentaba.
Nilea asintió.
Después de comer, Berta las llevó en coche a su casa y se despidieron sin concretar día para verse.
- Ya lo hablamos por teléfono.
En la misma calle a tan solo unos metros, detuvo el vehículo en un vado para llamar a Guille a ver si podía pasar por villa Montesinos y poder darse un beso.
- Lo siento cariño. Me marcho en cinco o diez minutos. El avión ya me espera. Pero ven si quieres y estás con los abuelos.
- Ya veré. Creo que pasaré la tarde estudiando. – Recordó el mal tiempo relacionándola con el viaje. - ¿Y la tormenta? ¿Será peligroso volar?
- No creo. Se retira a Madrid y yo voy al norte. A Ámsterdam, ya te lo dije, creo.
Se despidieron con la promesa de llamarse cuando pudieran.
Fue entonces cuando Berta se fijó en la ruta de la tormenta. Normalmente vienen del interior, no, vienen del Atlántico, cruzan la península llegando a la costa mediterránea y algunas a Baleares. Esta lo hacía al revés. Gracias a internet se enteró que es algo muy raro, pero totalmente natural.
¡Qué grande es la casa estando sola!
Pasó el rato estudiando en el despacho. Cenó de un bocadillo y fruta. Consultó el ordenador hasta la hora de acostarse.
No podía dormir. Tuvo que acariciarse buscando relajación. Primero las tetas, hasta que ya con los pezones erguidos suspiró de gozo. Luego llevó una mano por debajo de las bragas. Ahí estaba el clítoris con algo de volumen. Le dedicó unos minutos consiguiendo un orgasmo que le supo a poco.
Recordó el pene de su esposo y los coños de las amigas. Sonrió. Eso no la relajaba, pero le gustaba. Había que reconocer que las chicas besaban y acariciaban mejor que su marido, pero nada sustituía a ese pene y el cariño que tanto añoraba.
“Sí. Decidido. – Pensó sonriendo. - Voy a comprarme un juguete de esos pequeños. Aunque no lo llamaré ratolín, le pondré otro nombre”.
El despertador sonó a la siete de la mañana. Ducha, desayuno. Dejar una nota a Carmen y Natalia sobre la mesa de la cocina: No comía en casa.
Marcharse a la facultad.
A mitad de mañana por casualidad coincidió con Nilea. Y como ambas tenían clase esa tarde acordaron quedarse en la biblioteca a estudiar. Berta agradecía esas clases que tanto le ayudaban. Aunque admitió que los martes y jueves iba a una academia donde con un profesor exclusivo repasaba algunos temas y adelantaba los siguientes.
- Eso está bien.
Dijo Nilea pensando que su amiga se pagaba un profesor para ella sola. Pero a ella “un anónimo mecenas” le pagaba la carrera y como con los sueldos de dos meses no le bastaba para los gastos de todo el año, también tenía una mensualidad.
Guille subió al Peregrino con la idea de repasar sus notas durante el viaje. No le gustaba el tipo de blindaje del barco de transporte en comparación con lo clásico, se había asesorado, y con ese argumento quería garantías sobre la inversión.
El hotel, La gran ville du monde, estaba situado cerca del puerto. Sus instalaciones eran lujosas. Y además de gimnasio y otros servicios había unas salas para reuniones comerciales. Por eso todos los futuros socios sobre el asunto del "barquito" se alojaban ahí.
Ya se conocían de verse por conferencia mediante el ordenador, pero la reunión sería al día siguiente a las ocho.
Fue recibido por un comercial del hotel que le acompañó a su habitación donde le entregó la llave y un catálogo con los servicios. Un gesto que se hacía con pocos clientes, y que Guille no sabía que era por su apellido, muy conocido en el hotel y por clientes también habituales.
No se había dado cuenta de esas miradas de algunos trabajadores y murmullos indicándose quién era el joven que llegaba en sustitución del veterano Cifuentes que ya conocían. Ni que el comercial se contuvo de preguntar por don Francisco al ver que los apellidos coincidían, no quería meter la pata.
La habitación estaba bien. En realidad, eran dos piezas, sin contar con el baño: el dormitorio y un salón donde podría trabajar, comer...
No se asomó a la ventana porque las vistas eran lo de menos. Había acudido a esa ciudad a trabajar. También se enteró dónde está la sala donde se harían las reuniones. Pidió por un camarero o el número de teléfono correspondiente para ordenar algo de cena. Y el comercial hizo de traductor al hacer el pedido: un bocadillo vegetal, una manzana y una cerveza de baja graduación.
Mientras esperaba la cena deshizo la maleta para que no se arrugaran las camisas.
Después de cenar volvió a leer los titulares del informe que ya se podía decir que se lo sabía de memoria, y para hacer tiempo hasta la hora de acostarse decidió salir a dar una vuelta.
Añoró a Berta rememorando la despedida del viernes por la mañana deseándole que lo pasara bien con las amigas. ¡Cuánto la amaba! Si se hacía gay y se marchaba con una de ellas… él… no. Nada haría que modificase esa conducta. La amaría en silencio, de lejos, si hiciera falta. No intervendría en ese carácter, en la forma de ser de una diosa a la que por siempre adoraría.
Recordó:
Estuvo hasta las seis y media en la oficina, hora y media más de lo habitual, siempre hay detalles que cerrar o condicionar a los días que faltaría, y luego se dirigió a villa Montesinos. Saludó a los abuelos y fue a su habitación. Quería ducharse y ponerse una camisa limpia. La maleta para el viaje ya estaba preparada, decidió no tocarla y emplear la ropa que aún disponía en el vestidor de esa habitación.
Siguiendo la norma en la casa se reunió con los abuelos para bajar al comedor. Cenaría con ellos. La conversación giró sobre unas obras en el club de golf, qué con semejantes camiones, maquinaria y material esparcido, hacían que el aparcamiento no cupiera los coches de los clientes y socios.
- Ayer hubo insultos en la cafetería. Por cierto, Guille... ¿Quieres venir mañana?
Intervino don Francisco adelantándose a su nieto.
- Mañana hará mal tiempo. No conviene coger el coche, aunque sean tan pocos kilómetros. Invita aquí a tus amigas. Que se desplacen ellas desde la ciudad. ¿Cuántas sois? ¿Seis? Hay aparcamiento de sobra. - Añadió con sorna: - Y solo hay que añadir un poco de agua a la sopa.
- Bueno son seis, pero suelen llevar a una hija o nieta.
- Bien. Pues doce y con vosotros catorce.
Guille sonrió al ver que su abuelo evitaba el encuentro.
- Sí. Estaré lejos. – Dijo don Francisco al interpretar la mirada de su nieto. - Aislado del mundo en mi despacho, bajo cuatro llaves, cuatro cerrojos y la puerta apuntalada con lo que haga falta.
- Vale. Me has convencido. Ahora las llamo. - Contestó la abuela refiriéndose a que lo haría después de cenar.
Al terminar la cena doña Amparo llamó al mayordomo y a la cocinera para darles instrucciones.
- En principio seremos catorce en la mesa, pero es posible que seamos más.
Y así fue. Con excepción de la señora Antonia, que tenía otros compromisos, las demás amigas estaban encantadas de visitar la villa Montesinos, un lugar casi mítico, por lo que en lugar de doce fueron quince las que acudieron porque tres familiares más se unieron.
- Curiosas, además de gorronas. - Las calificó don Francisco sin oponerse. Aconsejó a su esposa. – Para la comida no saques la cubertería buena. Y los vasos que sean de plástico.
Guille añadió:
- Pero que los platos sean de barro, para que no se deformen con la aguada sopa caliente. – Miró sonriendo al abuelo al preguntar con ganas de chinchar: - Al menos será caliente. ¿No?
Don Francisco hizo un sonido gutural que parecía un rugido.
Doña Amparo no quería reír, tan solo agitó la cabeza negativamente.
Esa noche Guille estuvo hasta tarde repasando el asunto del "barquito" de Ámsterdam. Volvió a leer el informe de un constructor sobre el material nuevo. Parecía bueno. Aunque lo emplearía para exigir más garantías. Fue al leerlo otra vez que surgieron dudas por lo que tomó algunas notas.
Por la mañana fue a correr. Salió por la cocina después del desayuno saludando a Elena, a la que tan solo le dio un beso en los labios porque ya llegaba el repartidor de mercado.
Poco más tarde estuvo por llamar a una sirvienta, mejor si era doña Paula, para pedirle un servicio. Recordó que las invitadas no tardarían y las mujeres de la casa estarían muy ocupadas. Lástima. Debía esperar a otro momento.
A mitad de mañana miró el cielo por una ventana y estaba seguro que llovería. Deseó que no fuera así al día siguiente. Tenía que viajar en avión. Fueron llegando los coches con las invitadas, total seis vehículos. Ante tal acontecimiento, nadie del servicio se tomó el día libre.
Unos vigilantes orientaban los vehículos visitantes sobre dónde podían aparcar. En la puerta de la casa le tocó a Guille hacer de recepcionista y orientarlas, con ayuda de una sirvienta como acompañante, hasta un gabinete cercano al comedor en esa misma planta, pero las visitantes se entretenían mirando el techo, paredes y escalera, además de saludarse entre ellas y hacer comentarios.
Oyó decir:
- Esta casa parece un palacio.
- Una parte tiene cien años, el resto muchos más.
Cuando llegó Miriam se saludaron como grandes amigos, cogiéndose las manos mientras sus rostros tan apenas se rozaban en lo que se supone que son besos. Todo ante la sonrisa de esa orgullosa abuela que estaba encantada por el nuevo aspecto de su niña.
Miriam llevaba un maquillaje que favorecía la forma de su rostro y el color de sus ojos. Vestía un conjunto de pantalón elástico que marcaba muy bien su cuerpo. Calzado adecuado y un jersey de cuello redondo. En el vestidor de recepción quedó una moderna chaqueta de cuero. Llevaba un bolso pequeño en el que casi no cabía su teléfono. En siete meses era una chica totalmente distinta. Estaba sana y con ganas de disfrutar de la vida. Sonrió al añadir:
- Me he enterado que estás casado. ¡Qué lástima!
- Eres preciosa, seguro que hay más de uno que te ronda.
Mirian respondió con una sonrisa por lo que podría ser verdad o simplemente simulaba.
Continúa en
- Relato #251915— title-regex: contiguous parts (26 -> 27)
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