La cualidad de la palabra. 26
Guille no necesita persuadir; solo necesita pensar. Para las mujeres a su alrededor, su voluntad es ley, y sus deseos se cumplen antes de que puedan formular una negativa. Pero mientras el mundo empresarial se quiebra bajo su influencia silenciosa, su verdadero desafío es mantener el equilibrio entre el poder absoluto y el amor que cree haber encontrado.
Iba a ponerse otra vez con el informe sobre los barcos cuando entró Paula pidiendo disculpas, al parecer se disponía a ayudar a Martina porque se retrasaba. Nada dijo al ver que Martina cambiaba las sábanas.
Guille repasó el párrafo sobre el blindaje del carguero. Debía informarse más sobre eso. Así hizo una comparativa y, bueno, decía el informe que al emplear un material en lugar de otros el barco sería más ligero, pero igual de resistente. Al pesar menos gastaría menos combustible. Puso una nota resaltada en rojo: A consultar. Debía hablar con un constructor de barcos independiente. ¿Era bueno un barco más ligero? Quizá fuera cierto que ahorra combustible o fuera más rápido.
- Perdón, señor Guillermo. - Interrumpió la sirvienta más veterana. - Ya hemos terminado. Si no ordena lo contrario nos marchamos.
- Todo está bien, señora Paula. Gracias. Pero si dispone de tiempo me gustaría que hablásemos un momento.
Paula hizo un gesto a Martina para que se marchase y respondió:
- Señor, tengo todo el tiempo que usted requiera.
Guille esperó a que se cerrase la puerta. Incluso Paula también se giró para comprobarlo.
- Usted dirá, señor.
El tono de voz era neutro. Sus labios no sonreían sin estar muy serios. Simplemente esperaba.
- Señora Paula. Me gustaría saber por qué me ha ofrecido a la señora Martina en su lugar.
- Pues... Porque es más joven y guapa, así que pensé que le agradaría más estar con ella.
Guille movió la cabeza levemente.
- Por favor señora Paula, no se menosprecie. Si usted no me agradase no tendría el deseo de ver otra vez su hermosura y que me permita jugar con su cuerpo.
Paula sonrió ruborizada ante el piropo que no esperaba de tan guapo mozo.
- Es usted una joya.
- Señora, sea tan amable de enseñarme las tetas.
Paula escondió su asombro haciendo una leve inclinación de cabeza. Luego, marcó un record de velocidad en desnudarse quedando solamente con las bragas puestas. Que, además, ya mostraban una mancha de flujo. Ya tumbada en la cama se dejó acariciar y disfrutó de esas manos sobre su cuerpo. Así, en solamente unos minutos, tuvo un orgasmo que arrancó un gemido de placer.
- ¡Ag! ¡Don Guillermo!
Rápidamente las bragas también desaparecieron. Y se dejó penetrar estando tumbada bocarriba.
Paula sonrió satisfecha al ver que su joven jefe tenía ganas de follarla después de haber follado con alguien más joven.
- Señor Guillermo... – Empezó a decir entre suspiros concluyendo con un grito: - ¡De cada vez me gusta más follar contigo, nene!
Rato más tarde la señora Paula se había corrido dos veces mientras que Guille mantenía la polla erecta. Guille le pidió que se la chupara.
- Si le parece bien, me gustaría correrme en su boca.
- Sí, don Guillermo. Todo lo que quiera.
Guille se tumbó y a su lado doña Paula se afanó sobre su polla.
Tan apenas hubo tiempo para unas lamidas y chupetones, ya que estaba listo después de haber estado follando. Avisó que le faltaba poco y la mujer simplemente renovó su enérgico movimiento sobre el pene, succionando con ganas mientras le acariciaba los testículos.
Inconscientemente comparó la caricia con Martina, poco antes, y la mulata era la campeona por diferencia.
Cuando Guille acabó, doña Paula continuó chupando dejándole tan limpio que eso de lavarse después era puro trámite, no lo necesitaba.
- ¡Qué maravilla de polla, señor Guillermo! Me gusta jugar con sus bolas.
Por eso se las acariciaba tanto.
Esta vez la mujer no corrió al lavarse la boca como la vez anterior, pero era algo que Guille no se dio cuenta.
Poco después y como ya parecía una costumbre, estando ya preparada para retirarse, Paula preguntó si le había gustado.
Guille estaba sentado en el pequeño escritorio con el ordenador ya conectado. Contestó:
- Sí, gracias, señora Paula. Por favor acérquese.
Con un gesto de los labios le pidió un beso
La mujer sonrió al inclinarse gustosa sobre el joven. Notó los labios en los suyos, una lengua juguetona dentro de su boca. Y una mano en la nalga, acariciándola sobre la ropa y dando algunos apretoncitos.
Sin cesar la caricia en las nalgas, Guille avisó:
- Señora. Si me permite la volveré a llamar en otro momento. Pero si vuelve a menospreciar su hermosura como castigo la follaré por el culo con tal ímpetu que no podrá sentarse bien en unos días.
La mujer se estremeció, casi tiene otro orgasmo, y deseó que la follara por ahí cumpliendo con energía la amenaza. Su marido lo hacía muy poco. Casi tartamudea al despedirse.
- A su servicio.
Ya a solas pensó que esa tarde debía contenerse o esa noche no podría estar con su querida Berta. Al poco sintió hambre y como todavía faltaba para la hora de la comida decidió bajar a la cocina a ver qué podía picar.
Se encontró otra vez con Carmen, que estando en la pequeña estancia que hacía de comedor del servicio, hablaba con Paula.
Como estaba de visita llevaba un bonito vestido de tirantes. Le quedaba muy bien. Y el peinado era diferente a los que suele llevar cuando está en Los Nopales.
- ¡Hola, buenos días!
- ¡Hola Guille! - La mujer ya no se ruborizaba ante el joven.
- Creía que estabas de vacaciones.
- Sí. Pero si estoy en la ciudad y don Francisco me llama, tengo que venir.
Guille recordó lo del contrato Montesinos. No quiso preguntar si acababa de llegar o ya se iba.
- No lo sabía. Espero que no te sea demasiado inconveniente.
La mujer negó con la cabeza mientras sonreía.
Paula asistía a la conversación curiosa. Carmen era la única sirvienta que tuteaba a don Guillermo, sin recordar que durante su disfrute también lo hacía.
Carmen se puso seria al preguntar:
- ¿Qué haces en la cocina además de molestar?
La señora Paula se llevó una mano a la boca para cubrir su sonrisa y la cara de asombro.
- Pues que tengo hambre.
- ¿No puedes esperar una hora que falta?
- Tengo hambre. - Insistió.
- ¡Pesadito el niño! Ven, veamos qué puedo darte.
Carmen se levantó haciendo un gesto que mostraba enfado. Fueron al frigorífico. Y al poco Guille cargaba un platillo con un trocito de tortilla de patata y dos croquetas. Todo frío. Con sorna Carmen preguntó si el señorito quería algo más.
- Pues. Una cervecita fría.
- ¿Antes de comer? ¡No!
- Pero si estoy comiendo. - Mostró el plato.
- ¡Vete de la cocina o te tiro de las orejas!
- Vale, vale. - Bajó la voz para insultar: - ¡Tirana!
Carmen añadió dos datos importantes antes que Guille se retirase unos pasos.
- ¡Ah! Regreso el día uno. Y Natalia empieza sus vacaciones.
- El día uno... ¿No puede ser el dos?
Carmen lo miró fijamente. Si bien sus labios estaban apretados su rostro sonreía. Preguntó:
- ¿Algún estropicio que esconder?
- Solo dos cadáveres.
- Pues ya sabes...
Guille se marchó y Carmen ya pudo responder a las preguntas de Paula que todo el tiempo estuvo observando entre curiosa e impaciente.
- Sí. Nos conocimos cuando tenía diecisiete. Yo alternaba los turnos de tarde y mañana, y me enteraba de sus tropelías. De sus fracasos y logros en los estudios. Cuidé resfriados, gripes y fiebres mientras me pedía que no se enterasen sus abuelos, quería mostrarse fuerte e independiente, sin saber que les había informado cinco minutos antes. - Miró a la compañera, incrementado la sonrisa se interesó: - Pero dime. Cuenta sobre ese cambio de brillo en tus ojos cuándo le has visto llegar.
Paula se ruborizó. Amplió la sonrisa y ya pudo decir:
- Pues que es digno de ser el próximo señor de Montesinos.
Carmen hizo un gesto medio asombrada medio asintiendo, ya lo sospechaba. Paula añadió.
- De las cuatro disponibles en la casa ya ha estado con tres. Y supongo que es porque Juliana está de vacaciones porque si no también. Por lo que veo, tú no...
- No, nunca. – Aclaró el por qué. - Lo hablamos hace un tiempo. Y dijo que no podía. Que soy algo así como su madrina. Y por lo que me cuentas poniendo esa cara de felicidad no tenía que haber aceptado y follármelo.
Rieron.
Carmen miró la puerta de acceso desde el jardín antes de halar.
- Su mujer nada sabe de los contratos especiales.
- Por nosotras nunca lo sabrá.
- Bien. Si se entera, todo se va al traste. Quedamos como putas ante nuestros esposos e hijos, perdemos el equilibrio familiar y mucho dinero.
Ambas mujeres asintieron. Y también pensaron que algo putas sí que eran o no habrían aceptado el contrato. Nada sabían de la Cualidad de la Palabra empleada por don Francisco. Por eso habían aceptado realmente y también por eso lo disfrutaban.
Interrumpieron la conversación ante la llegada de la cocinera y el mayordomo.
Guille ya había estado antes en las oficinas de Mundo Globo, pero no a las ocho menos cuarto de la mañana. Fueron directamente a lo que sería su despacho. Que hasta ese momento había sido del abuelo. Podía modificarlo como quisiera. Luego, don Francisco lo presentaba como el nuevo director adjunto, conforme llegaban los empleados. Y también le presentaron a su secretario. Don Manuel Viver. Un hombre que llevaba muchos años en ese cargo estando con cuatro jefes distintos. El último fue el gran jefe: don Francisco.
Guille recordó que su abuelo tenía cuatro despachos en España y un único cargo para todos. ¿Dónde estaba la secretaria que recordaba? No preguntó. Debía ser una suplencia por vacaciones.
Todo estaba arreglado para que asistiera a las reuniones de dirección y que por consejo del abuelo que solamente escuchara.
- Durante un tiempo aún por concretar no abrirás la boca.
- Sí, don Francisco. – Aceptó Guille.
Don Francisco soltó un gruñido y preguntó cómo iba lo de Ámsterdam.
- Precisamente hoy debo entrevistarme con el mediador.
- ¿Hoy?
- Sí, por video conferencia. - Miró el reloj. - En una hora. Solo es una presentación. ¿Desde dónde puede hacerla?
- ¿Dónde va ser? – Parecía que el jefe respondía con un rugido. – En tu despacho.
Señaló el que había sido el suyo.
Pasaba las mañanas en reuniones, ya fueran en el salón destinado para eso o con otro directivo en su despacho. Así se iba enterando del funcionamiento de la empresa y qué hacían los distintos departamentos: Personal, contabilidad. Nuevos proyectos que se dividía en Investigación, y Desarrollo. Además, estaban los comerciales que investigaban y hacían todo el trabajo por su cuenta.
A las diez solía ser el tiempo del bocadillo que cómo normalmente le pillaba haciendo algo se lo saltaba. O acudía a la cafetera instalada en el piso de abajo. A la una iban a comer los que como él se quedaban hasta las cinco. Rara era la tarde que salía a la hora en punto, pero lo intentaba. A veces se llevaba trabajo a casa. Y más de un jueves a las cinco de la mañana se ponía en contacto con Tokio y Singapur para ver el cierre de las bolsas de allí. En alguna ocasión eran preámbulo de lo que pasaría horas más tarde en Europa y no debía pillarle desprevenido.
Berta iba a la universidad por las mañanas, solía comer en casa. Donde Carmen o Natalia, y muchas veces las dos, se ocupaban de la casa. Y esperaba estudiando hasta las seis menos algo la llegada de su esposo. Guille, en caso de retrasarse, solía avisar para que no se preocupara. Tenía muchos viernes libres, por lo que por la mañana quedaba en casa de Nilea, que también libraba, para estudiar y más de una vez se quedaba a comer con la pareja de amigas.
Solía quedar los sábados con las amigas, entonces iban las cuatro al club de montañismo y pasaban el día.
A Nilea y Ana María se las veía más unidas que nunca y eso que al no tener ingresos muchos meses del año pasaban vergüenza y apuros ante las otras que se ocupaban de sus gastos.
Al menos cuando comunicaron su relación en casa de Nilea nada pasó. Se quedaron a comer como si nada. Solamente el hermano más pequeño parecía confuso ante una cuñada en lugar de cuñado, pero nada dijo. Aunque esto podía ser condicionado por los padres que en todo momento las trataron con cariño.
En una de las reuniones en el club de montañismo, Violeta afirmó que varias veces coincidía con un compañero en la cafetería de la universidad y se sentaban juntos. Una o dos veces podría ser casualidad, pero siendo tantas era de suponer que ese chico se las arreglaba para verla. Le caía bien. Se sentía entusiasmada como una colegiala.
Berta se rio:
- Cariño. Ya sea un colegio, instituto, facultad… todo es lo mismo. Puedes ponerte zapatos, calcetines, una falda a cuadros y te haces coletas. Quedarás muy mona.
Violeta contraatacó.
- Nena, ya van dos veces… Me parece que ese es tu fetiche. ¿Te gustaría que me vista así, pero sin bragas para estar contigo en la cama?
Berta protestó:
- Solamente he dicho lo de vestirte para ir a clase. Nada sé de tus ganas de mostrarme el culo.
- ¿De verdad que no lo sabes?
Con forme hablaban se iban aproximando hasta que sus cuerpos se rozaban. Se sonreían conteniendo las ganas de besarse al estar en ese lugar tan transitado como es el paseo junto al torrente.
Nilea las animó:
- Daros un besito. Nadie se quejará.
En lugar de eso se retiraron algo ruborizadas, y continuaron con el paseo ante la burla de Nilea.
El puente de octubre llegó con la oportunidad de un día más para ir las amigas al club donde Violeta volvía a piropearlas en la sauna. Aunque precisamente ese día festivo no pusieron los "chochetes" al aire para orinar detrás de unos arbustos.
A principios de diciembre, la comercial Cifuentes organizó otra vez la fiesta en Barcelona. La dama de la noche volvía a ser doña Amparo. Bailaron intercambiando parejas. Doña Amparo se negó a tomar cualquier cosa que no fuera agua y permanecía sonriendo mientras se brindaba por la prosperidad de la empresa y la de todos.
Guille se dio cuenta que los abuelos se separaban lo imprescindible para interactuar con los invitados quedando bien. Abuelos y nietos intercambiaron parejas y Berta supo apreciar que don Francisco sabía moverse muy bien. Pero el piropo vino de él.
- Niña, además de ser como la brisa de verano, te adaptas muy bien a mi torpeza. Te felicito.
- Querido abuelo… - Replicó sonriendo. - Me estás dando una lección y no solo de humildad.
Guille ya sabía hablar en público y ese discurso de casi cinco minutos como despedida y felicitación le quedó muy bien. Así se lo dijo Berta.
- Ya pareces un jefe.
- Gracias, cariño.
No le podía decir que es cuando aprovechaba la reunión de todos los delegados y otros cargos para someterlos con la Cualidad de la palabra. No quería que se repitiera lo de aquella ejecutiva en Sevilla.
Sin moverse la buscó entre el gentío hasta que recordó que no había sido invitada.
Entonces Guille se dio cuenta de una posibilidad. Berta estaba presente durante el discurso de fidelidad. ¿Le afectaría? ¿La condicionaba para estar junto a él? Ya en la habitación asignada del hotel dedicó casi media hora en interesarse si estaba condicionada o esa orden solo la recibían los empleados.
Transcurrido ese tiempo se relajó a ver que Berta estaba libre del control. Y hasta que después del desayuno no pudo hablarlo con el abuelo.
- Tranquilo, muchacho. Va bien. – La voz de don Francisco sonaba tranquilizadora. - Ya tengo cuidado al hablar y me he dado cuenta que te centras en apelar a “compañeros”, “colegas” y “socios”. Sigue así y a quienes más nos importan no les afecta.
Era verdad. Tanto era su temor por Berta que no pensó en Amparo, la querida abuela.
- ¡Qué alivio!
- ¿Verdad que sí? Esas mujeres están con nosotros por algo muy importante, serio y delicado a la vez. – No empleaba la palabra amor. No hacía falta. Añadió lo que parecía una orden o un buen consejo: - No debemos perderlas.
Llegó la Navidad y Berta disponía de dos semanas libres mientras que Guille de los días festivos.
Esa mañana habían corrido por la urbanización y se dispusieron a ejercitarse en defensa personal en la explanada al lado de la piscina.
- Berta, cariño. - Propuso Guille mientras luchaban - Invita a tus amigas a casa. Así estaréis juntas en vacaciones. - Miró el calendario y le propuso los días que le parecían bien. - Además podré estar con vosotras dos fines de semana para que os burléis de mí.
Berta protestó ordenando que no se entretuviera, si dejaban de moverse cogerían frío, ya que la ropa que llevaban resultaba ligera. Además, estaban sudando. Continuaron el entrenamiento y la conversación.
- Gracias, pero no. - Dijo Berta que imitaba que le golpeaba en la garganta. - Iremos a casa de Nilea comeremos las cuatro y por la tarde ya veremos. Llegaría a casa para la cena. Así estaría contigo. Aunque puede que… - Se ruborizó. Hizo el gesto que parecía aplastarle la nariz con la palma de la mano. Un golpe doloroso capaz de mermar el ardor combativo a cualquiera. - Puede que me quede alguna noche en casa de Nilea o de Violeta.
Ahora el movimiento era empujarlo al mismo tiempo que le torcía el brazo, así podía echar a correr y escapar del agresor. En caso que hubiese más de uno.
- ¡Ah! Violeta está saliendo con un chico. Quedan los sábados por la noche. Y algún viernes. No se verán en Navidad.
- Vale. ¿Sabes algo de ese chico?
- No. Es todo un misterio.
- ¿Cenarán solas Nilea y Ana María?
- Sí. Pero a las once, creo que dijeron, irán a una fiesta en la “facul” de derecho. - Rio al añadir: - Parece que quieren incumplir unas cuantas leyes antes de ser abogados.
Dieron por terminados los ejercicios y fueron al baño de la habitación para ducharse.
Guille estaba en su despacho cuando Viver, el secretario, le pasó una llamada de la fábrica de cartonajes y envases Merino. Dudó. Había oído hablar de esa casa, pero no la recordaba en ese momento. Aceptó la llamada y así se enteró que era el dueño. Tenían una inspección de sanidad y seguridad en el trabajo, para el día siguiente y siguiendo las indicaciones del señor Cifuentes le avisaban. Pensando que el abuelo le pasaba el encargo, disimuló.
- Bien, gracias, vamos a tratar esto de la forma habitual.
Gracias a Viver, ya supo de qué iba tanto la fábrica cómo el problema con la consejería de sanidad. Y ya recordó una conversación con el abuelo sobre un inspector cuya intención era encontrar algo con lo que hacer chantaje para llevarse unas cuotas al bolsillo.
- Vale, bien. Por favor llame a esa fábrica y dígales que mañana a las ocho se presentará un enviado de Mundo Globo para estar presente durante la inspección de sanidad.
- Enseguida, señor.
Viver no se extrañó ante el encargo. Estaba acostumbrado a tratar con la familia Cifuentes.
Esa noche con Berta removieron bien las sábanas durante el juego amoroso. Berta tuvo varios orgasmos. Conseguidos con las caricias en las tetas, las lamidas de coño y follando a lo perrito. Guille se corrió una vez en el coño de su esposa y otra en su boca.
Al regresar del baño Berta se quejó al mismo tiempo que tras ponerse la camiseta se acariciaba las tetas:
- ¡Bruto! Una noche de estas me dejas sin tetas.
- Me gustan mucho. Me gusta todo tu cuerpo.
- ¿Todo? Dime. ¿Qué es lo que más te gusta de mi cuerpo?
Guille evitó sonreír. Se trataba de una pregunta trampa.
Empezó a enumerar casi todo su cuerpo desde los pies al cabezo. Y concluyó cogiéndola de las tetas para añadir:
- Y los pezones.
Berta retrocedió un paso ordenando que no comenzara. Que estaba cansada. Sonreía.
Ya tumbado en la cama, Guille la abrazó dándole besos en la frente. La oreja de Berta quedaba sobre su corazón. Permaneció callado aspirando con fuerza para que su corazón se recuperase, y para cuando iba a decir lo mucho que la amaba, la novia ya dormía.
- Te amo. – Murmuró.
A las ocho menos cuarto ya estaba en la fábrica Merino. Acudir con el enorme y lujoso coche con conductor sirvió para acelerar su entrada ante los vigilantes, aunque luego pidieran que acreditase su identidad ya que era la primera vez que iba. Se sorprendieron al ver que de semejante coche bajaba un joven vistiendo vaqueros, cazadora de cuero y zapatillas.
Como ya estaba acordado no salió el director a recibirle.
Pasaban unos minutos de las ocho cuando llegó el inspector Navarro. Iba en un coche particular. Vestía un traje que le estaba un poco ajustado porque al parecer el hombre no hacía más que engordar. Calvo, gordo, lentes gruesos y alto. Muy alto. Se dedicaba a ordenar que le abrieran todas las puertas, todos los armarios. Quería removerlo todo. Y ver a la gente trabajando para encontrar fallos en seguridad, higiene…
Iba acompañado de una mujer que, si bien era alta, resultaba todo un contraste al ser tan delgada. Además, también llamaba la atención porque sudaba mucho. Debajo de la chaqueta del traje que le daba el aspecto de institutriz en aquellas películas en blanco y negro, se veía la camisa manchada de sudor. Quizás era porque se movía corriendo alrededor de la inmensidad de Navarro.
Guille los siguió por varias dependencias sin acercarse demasiado. Descubriendo que Navarro no se acercaba a las oficinas. Seguramente las evitaba al carecer de autoridad fiscal. Sabía que si pedía ver un balance o unas facturas el director simplemente le diría no o le pediría una autorización.
Navarro tomaba notas, hacía fotos. Y al marcharse amenazaba con volver y pillarles con una infracción.
- Me llevo muchas fotos, seguro que algo encuentro.
Guille pensó que no sería tan tonto como trucar o retocar alguna foto, eso podría ser un arma de doble filo.
Centró su atención en la acompañante del inspector, haciendo que desde la Comercial la investigaran.
En dos días supo que la secretaria o ayudante de Navarro se llamaba Juana Carcasona. Cuarenta y seis años. Casada y con dos hijos. El menor preparaba oposiciones mientras estudiaba FP de contabilidad, y que el mayor iba a la universidad, arquitectura.
Se hizo el encontradizo casual durante el desayuno en el bar que era habitual clienta ya que quedaba cerca de la consejería de Sanidad. La mujer estaba sentada junto la barra. Parecía que lo único que le importaba del mundo estaba contenido en ese tazón humeante.
- Perdón, señora. Pero me parece que usted tiene el mismo problema que yo hace dos años.
La mujer se giró. No reconocía para nada a Guille, un joven que vestía muy bien, con gran calidad, por lo que simplemente preguntó.
- ¿Cómo dice?
Eso es lo que Guille necesitaba, llamar su atención y en tres minutos ya la tenía bajo el control de la Cualidad. Acordaron verse por la tarde en la puerta norte de las Galerías del Puerto.
La señora Carcasona llegó en su coche y Guille se subió en el asiento de al lado. Pidió que diera una vuelta por los alrededores y así la interrogó.
= Casi dos años llevo con Navarro.
= No me gusta mi trabajo. Pero es lo único que tengo.
= Antes estaba en otro departamento.
= Que yo sepa chantajea a siete empresas. De una no me importa, porque realmente cometen varios fallos en higiene. Pero como recibe un buen sobre no impide que su producto llegue insano al consumidor.
= Tengo que callar o se las apañará para fastidiarme.
= Tiene unas fotos mías con un compañero.
= No. No engaño a nadie. Soy divorciada.
= La tontería de unos tocamientos y besarme con un compañero estando en el trabajo.
= Pues eso, que sucedió en el trabajo. Por lo que además de fastidiarme laboralmente, puede dejarme como puta ante los demás.
= En una foto aparezco con la falda levantada y con la mano de mi amigo detrás de las bragas. Tocándome el culo.
= Con excepción de la braga nada muestro. Pero con esa pose es suficiente.
= Sí. Sudo tanto desde hace unos meses. Desde que me chantajea con las fotos.
= No. Nada de sexo. Es lo que temía desde el principio e ignoro por qué no lo hace. No es homosexual. A veces pienso que es impotente.
= Debo ayudarle a crear pruebas para que pueda chantajear a la gente. Empresas.
= En su ordenador portátil tiene un registro de lo que cobra. El dinero lo tiene en una caja en su despacho.
= No sé la cantidad. Hay billetes de todos los colores.
= Tiene copia de todo en un pendrive. Que también guarda en la caja fuerte.
= Eso es fácil. Llame por teléfono para que quede registrada y pida hora. La respuesta es en unos minutos.
= Normalmente da cita para un mes más tarde, o la retrasa lo que le da la gana. Pero si es para atender un chantaje es casi de inmediato.
Guille asintió. Se quedó mirando a la mujer que olía a sudor. Con alguien así no le apetecía estar. No podía acariciar un cuerpo que ocultaba el olor a sudor con mucha colonia. Sopesó la idea de que le diera una mamada. Pero desistió. Ni siquiera le ordenó que le enseñara las tetas y eso que bajo la ropa aparentaba que tienen el volumen que le gusta.
Tras ordenar que de nada recordara de él la mandó a hacer la compra a las galerías.
Al día siguiente, a las nueve, llamó a la Consejería de sanidad y pidió una cita con Navarro. Se identificó como representante de negociado en Cartonajes Merino. Cinco minutos más tarde llamó la señora Carcasona avisando que el encuentro con Navarro podría ser unas horas más tarde.
¡Qué pronto!
“Debe pensar que ya nos tiene”. Dedujo acertadamente.
La señora Carcasona no le recordaba, y Guille solamente tuvo que saludar y esperar unos minutos en la puerta de ese despacho. En una percha dejó el abrigo y la bufanda. No llevaba maletín, ni carpeta no iba a negociar ni presentar proyectos. Todo lo que necesitaba cabía en el bolsillo y en ese pendrive vacío de gran capacidad. Sentado en la silla se sintió observado por la señora Carcasona y simplemente disimuló.
La puerta se abrió de golpe y taponando ese hueco apareció la enorme presencia de Navarro.
Guille, nada más verlo sintió ganas de borrar esa sonrisa de superioridad de un golpe. Pudo contenerse. Y fue él quien estuvo a punto de reír al ver que el cinturón del pantalón evitaba la rotura del botón y que el pantalón cayera al suelo. Sin la chaqueta del traje llevaba las mangas de la camisa dobladas hasta los codos, y tenía unas manchas de café en la corbata, y otras de sudor en las axilas.
“Parece que es de esos que comen con gran glotonería y descuido”. Pensó.
- Pase. Pase. Joven. – Ordenó añadiendo unos gestos y ampliando la sonrisa. - Sí. Es usted muy joven. ¿Verdad? Y lo que vamos a tratar es un tanto delicado.
- No se preocupe por eso, señor Navarro. – Guille hablaba con aplomo mirándole a los ojos. - Tengo autoridad suficiente.
Navarro asintió. Y cerró la puerta como si atrapara a su víctima, sin saber que lo era él.
En ese despacho hacía mucho calor y más con la puerta cerrada. Se concentró en que no debía sudar, y nada de perder la compostura oyese lo que oyese.
Se pusieron a hablar y cómo siempre, en unos minutos, Guille ya le controlaba.
Le hizo creer que había acudido a suplicar que dejara de acosar a la empresa ya que cumplía todos los requisitos de higiene y seguridad exigidos tanto por el gobierno local como el nacional.
Navarro sonreía al aleccionar a un joven.
- La autonómica, querido muchacho. Esa competencia fue transferida a la comunidad autónoma hace varios años.
Afirmó que la ley era así y simplemente hacía que se cumpliera desde su puesto de servidor público. Que continuaría haciendo todas las inspecciones que creyera necesarias porque estaba seguro que incumplían la normativa. Era evidente que se sentía poderoso desde detrás de su mesa.
Guille se puso más serio. Le ordenó que esa conversación sería lo que recordaría de esa visita y que le vería marcharse preocupado. Que quedaba claro que el paso siguiente sería el económico: entregarle un sobre “bajo manga”. Ahora iba a darle otras directrices.
Puso el teléfono sobre la mesa para grabar la conversación. Y en unos minutos le sonsacó varios chanchullos, chantajes y extorsiones que tenía con una docena de empresas. Es decir, unas cinco más de lo que creía Carcasona, la secretaria. Lo que robaba así, y donde lo guardaba. Además de cuáles eran esas dos empresas que realmente no seguían los protocolos de higiene para que todo el mundo supiera que los encubría a cambio de dinero.
- ¡Qué asco! – Murmuró al saber a qué se dedicaban esas fábricas. Y la torpeza higiénica. - Espero no haber comido nada de aquí.
No estaba seguro.
Navarro se dedicó durante unos minutos a buscar en el ordenador los archivos a copiar en el pendrive que Guille aportó, todas las pruebas necesarias para incriminarlo.
Dedicó un instante para mirar la caja fuerte. No hacía falta que le mostrara el dinero. Luego miró a Navarro para preguntar si era todo. Ante la respuesta afirmativa le ordenó:
- Me marcho sin haber conseguido que suavice la situación de la empresa que represento.
Navarro parecía complacido con la entrevista. En su opinión en la siguiente o quizá otra más, ya recibiría periódicamente una bonita cantidad de dinero.
- Adiós, joven. Y recuerde: La Ley hay que cumplirla.
Guille se quedó mirando durante unos segundos esa sonrisa que ya sabía que pronto sería tan solo una imagen del pasado. Se guardó de hacer comentarios ya que no quería que pudiera sospechar de dónde y cómo le caerían los palos en unos días.
En la oficina de Mundo Globo buscó al responsable de informática y ordenadores. Le contó lo sucedido sin entrar en detalles y que quería borrar su voz de las grabaciones.
- Puedo copiarla y trabajar con mi ordenador. Es fácil. Solo tardaré dos horas.
- Bien. Gracias. – Empleó la cualidad al ordenar. – No te guardes copia y me entregas el resultado en un pendrive. Me llamas cuando lo tengas, yo mismo vendré a buscarlo.
Esa misma tarde mediante correo anónimo el informático envió una copia a la consejería de interior, la de sanidad, delegación de gobierno y a varios periódicos locales.
- Ya está. No pueden rastrearnos. En principio lo ha enviado una carnicería en Oslo. Y ahí, un estudiante universitario de Paris, que lo recibió de una empresa informática con sede en Villa Tinaja del río. – El informático rio, ese lugar solo existe en la nube. – Y ahí desde una zapatería en Burgos.
Eso que un envío rebote en varios sitios lo había visto en películas de acción, le sorprendió el nombre del lugar.
- ¿Tinaja?
- Me hizo gracia ese nombre.
- Vale. Bien. Villa Tinaja del río. Es gracioso, sí. Vale. Ahora borra todo lo que tengas sobre esto. Y te olvidas de mi encargo.
Fue en ese momento cuando se dio cuenta que se había olvidado de eliminar las fotos comprometedoras de Carcasona con su compañero, pero se suponía que Navarro no las emplearía, ya que estaría muy ocupado en evitar ir a la cárcel, y para nada sospechaba de ella. Por otro lado, si las eliminaba era una forma de decir que estaba en la trama. Casi mejor así.
Unos días más tarde Guille acudió al bar donde iba Carcasona a desayunar. Se encontró con una mujer diferente que, naturalmente, no sudaba. Vestía pantalón vaquero ajustado a su cuerpo, y un suéter ligeramente holgado que conjuntaba muy bien. Peinada de peluquería y bien maquillada, aunque con el desayuno ya había perdido el carmín de los labios. En el taburete cercano tenía el bolso y el abrigo. Al mismo tiempo que merendaba leía las noticias en el teléfono.
Guille se presentó como escritor pidiendo una entrevista para hablar sobre Navarro, pero la mujer se negó.
- Ese señor tiene causas judiciales abiertas. Nada puedo decir hasta después del juicio. Puede dirigirse a su abogado, aunque seguramente le dirá lo mismo.
- No pretendo criticar ni proteger, solamente presentar los hechos sin exponer nada más.
- Señor. Por favor, no insista. – La voz de la mujer era tajante e incluso grosera con clara intención que Guille se marchara. - Nada más voy a decir.
Así Guille ya se fijó más en ella. No sudaba, parecía más joven, más sana. Nada haría con la Cualidad para ayudarla, no lo necesitaba. Sinceramente se alegró por ella. Ahora sí que resultaba atractiva y apetecible para jugar un ratito con ella. Algo imposible en ese momento y lugar. Era una lástima que estando sentada no pudiera ver qué tal le quedaban los vaqueros.
Mediante la Cualidad ordenó que no recordase su rostro. Y simplemente pidió disculpas al marcharse por molestarla durante su tiempo de descanso.
- Adiós, joven. Suerte con su artículo.
Un sábado por la mañana mientras abuelos y nietos paseaban alrededor de la villa tomando el sol, Guille dijo que el asunto con la consejería de sanidad estaba resuelto. Don Francisco, como si no tuviera importancia o ya lo supiera, respondió con un gruñido.
Doña Amparo preguntó de qué se trataba y Guille, poniendo cara de circunstancias, respondió que eran aburridos temas burocráticos que un funcionario resolvía poniendo una equis en el casillero correspondiente en un documento y una firma al final.
La cena de Noche Buena fue en villa Montesinos con los abuelos. Como otras veces los cuatro estaban solos en la mansión porque seguían dando el día libre al servicio.
Don Francisco no estaba muy conforme y siempre ponía pegas, como que se podía contratar a otra gente para esos días festivos, o concertarlo con empresas especializadas que lo ofrecían, pero cedía ante su querida Amparito.
- No nos cuesta nada hacerlo nosotros, y según que detalles son divertidos. – Decía la mujer sonriendo. - Mira hasta qué punto es fácil recalentar en el horno, que sé hacerlo yo.
La verdad es que esas cosas las hacía Berta que ya tenía algo de práctica de cuando vivía en casa de sus padres donde le tocaba ayudar en la cocina y la limpieza, con la salvedad que ahora lo hacía con mayor placer.
Antes de ir al comedor pasaron por la habitación para cambiarse. Guille se cambió los vaqueros y el jersey por un traje. Berta, que también llevaba vaqueros tenía intención de ponerse el mismo vestido que el año anterior llevó a aquella fiesta en Barcelona. Claro que antes de ponérselo cruzó los dedos deseando que le quedara bien mientras miraba su imagen en el espejo.
Berta salía del baño con una bata puesta donde se había peinado y retocado el maquillaje. Encontró a Guille que mirando en su ordenador repasaba unos datos del trabajo. Sonrió al proponerle:
- Si cierras eso, abro esto.
Y abrió la bata para mostrar su cuerpo. Llevaba puesta ropa interior, pero el mensaje era claro.
Guille sonrió mientras cerraba el ordenador.
- Lástima que no tengamos tiempo ahora.
- Vale, cariño, será después.
Sellaron el acuerdo con un beso que no llegó a rozar sus rostros. Además, Guille le dio unos apretoncitos en el culo por encima de la bata.
Con alegría, al pasar el vestido por los pies, Berta comprobó que no había engordado. El vestido le quedaba bien. En un acto casi ritual se puso su apreciado anillo, regalo de Guille. Dedicó un minuto en mirarlo estando en su dedo. Y ya miró a Guille que esperaba con la puerta de la habitación abierta. Se sonrieron disponiéndose a bajar.
Doña Amparo les esperaba en la cocina. Cubría su bonito vestido con un delantal y ponía unas bandejas con la cena en el carrito. Saludos, besos y felicitación de navidad.
- Mirad, hijos míos, creo que hay demasiada comida para una cena. ¿Qué os parece si de estas llevamos la mitad? - Señaló tres bandejas.
- Vale. – Aprobó Guille.
- Me parece bien, abuela. Yo lo haré. - Se ofreció Berta al quitarle la pala de servir. - Traigo otra bandeja y lo compones a tu gusto. Luego guardo el resto en el frigorífico. - Propuso sonriendo: - Y en caso que nos hiciera falta más enviamos a Guille a buscarlas.
- Mira qué ricura de niña. - Protestó Guille.
Mientras recomponían las bandejas en el carrito Guille continuó con las protestas.
- A veces creo que nos invitas en estas fechas para que hagamos de camareros.
- ¡Ah! Veo que te has dado cuenta. - Replicó doña Amparo.
Berta apretaba la boca, no quería reír.
Si bien a doña Amparo no le gustaba hablar de economía durante la cena ella misma sacó el tema:
- Parece ser que la familia Vergara se aventuró en unos negocios y les ha ido mal. Y como suele pasar en estos casos, han perdido algunos amigos y clientes. No están en la ruina, aun, pero seguro que el año que viene no irán a veranear a Menorca. Esa bonita casa en Es Castell, cerca de Mahón, la venderán o la pondrán en alquiler.
Los esposos cruzaron las miradas, se entendieron. Había que investigar. A don Francisco la casa en esa isla no le importaba, suponía que sería un chalet más o menos grande y el local donde estaba el bufet también quedaba desechado. Lo que importaba era saber si se trataba de Adil otra vez, otro tiburón similar, o una mala gestión. Solamente consideraba a tener en cuenta las dos primeras porque debía estar alerta para avisar a los inversores de la Comercial.
Berta preguntó cómo lo sabía mientras que Guille miraba al abuelo. También pensaba que otra vez esa empresa madrileña estaba fastidiando a los pequeños inversores.
- Las viejas como yo nos enteramos de todo, y todo lo comentamos. Espero que no afecte a tu amiga.
- Gracias, abuela. – Dijo Berta. - Pero la verdad es que no sé cómo se lo tomará Ana María. La echaron de la familia con malos modos e ignoro si todavía tiene algún vínculo con ellos.
Durante la velada comentaron mil temas, algunos provocaban la risa de Berta, que intentaba cubrirse la boca con una mano. También se habló de un inspector de sanidad que cobraba comisiones, y aunque el juicio tardaría un año por lo menos, había dejado de ejercer.
- Y está esa empresa de enlatados o algo así. – Doña Amparo se escandalizó. - ¡Dios mío! Eso es poner en riesgo la salud de la gente.
- El dinero maquilla los escrúpulos. – Murmuró el abuelo.
Todo fue así hasta que las mujeres se retiraron al baño y a Guille le tocó llevar el carrito con las sobras y vajilla empleada a la cocina. Se limitó a meterlo todo en el frigorífico, pensando que el personal del servicio ya se ocuparía de tirar o reutilizar lo que creyeran conveniente.
Estando en la puerta del lavabo, doña Amparo preguntó a su nieta.
- Hija mía. ¿Va bien?
- Sí, claro.
- No sé. Parecía que te distraías. Que costaba mantenerte en la conversación. Has estado menos habladora.
- Nada, abuela. No te preocupes.
Doña Amparo notó que su querida nieta, mientras hablaba, se pasaba una mano por el vientre. No quiso preguntar más. Pensó que si era lo que sospechaba la apoyaría incondicionalmente.
Guille regresó al comedor antes que las mujeres, y al preguntar al abuelo, miraba por dónde debían regresar las esposas del baño.
- ¿Qué sabes de esa casa de inversiones? – Guille no recordaba el nombre.
- ¿De la Adil? Nada nuevo. – Respondió don Francisco entornando los ojos, meditaba. - Lo que ya hablamos el año pasado, y que por eso fuiste a Madrid. – Miró fijamente a su nieto al proponer: - Pero si tienes interés en saber más también tienes el poder de averiguarlo desde tu despacho en Mundo Globo.
Guille asintió.
- Lo que me interesa es el bienestar de mi esposa, y eso hace que también me fije en sus amigas, pero si ese asunto no le afecta, o muy poco a esa chica, nada haré.
- Bien, haz lo que quieras. Eres el director.
Guille, serio, le recordó:
- Adjunto.
Don Francisco lanzó un gruñido.
Regresaron las mujeres y se pusieron hablar sobre las caminatas por el campo desde el club de montañismo. Berta, habló sobre la sensación de paz cuando solamente se oye el viento y los pasos en la tierra. Guille no estropeó el momento diciendo que eso mismo lo tuvieron aquel año que vivían en la villa cuando por las mañanas salían a correr por el jardín y alrededores. Desde que vivían en los Nopales se cruzaban con otros vecinos que hacían lo mismo o que en coche se dirigían a sus trabajos y había que esquivarlos. Y aunque había árboles el suelo estaba cubierto de asfalto.
Al regresar a la habitación lo primero que hizo Berta fue quitarse los zapatos. Y le dio la espalda a Guille para que le abriera la cremallera del vestido. Se lo quitó por los pies y corrió a colgarlo de una percha. Guille hizo lo mismo con la chaqueta e intentó no arrugar más el pantalón.
Berta se acercó a la cama. Soltó el cierre del sujetador y lo deslizó por los brazos. Se quedó mirando la cama y preguntó:
- ¿Te das cuenta que aquí tu duermes a la derecha, yo a la izquierda y en casa es al revés?
Ya tenía el suéter del pijama en las manos para ponérselo, cuando Guille, que no había respondido a la pregunta, se situó detrás pasando las manos por debajo de los brazos de Berta para cogerla por las tetas. Berta se sorprendió.
- ¿Y eso?
- Pues que no vas a conseguir que me descuide que tenemos un trato. Yo cerraba y tú abrías.
Berta arrojaba el suéter sobre el mueble más cercano y cogía las manos de su esposo. Las apretaba contra sus tetas. Sonreía.
- ¡Vaya! ¿No me la vas a dejar pasar por esta vez?
- No hay que sentar precedentes.
Ya tenía el suéter del pijama en las manos para ponérselo, cuando Guille, que no había respondido a la pregunta, se situó detrás pasando las manos por debajo de los brazos de Berta para cogerla por las tetas. Berta se sorprendió.
- ¿Y eso?
- Pues que no vas a conseguir que me descuide que tenemos un trato. Yo cerraba y tú abrías.
Berta arrojaba el suéter sobre el mueble más cercano y cogía las manos de su esposo. Las apretaba contra sus tetas. Sonreía.
- ¡Vaya! ¿No me la vas a dejar pasar por esta vez?
- No hay que sentar precedentes.
Berta soltó una fresca carcajada y consintió.
- Vale. De acuerdo.
Se echó atrás sabiendo que se apoyaba en el pecho de su esposo. Propuso:
- ¿Qué te parece este guion? Me acaricias las tetas. Te la chupo. Me lames y por último follamos.
- ¡Ah, vale! Me gusta la propuesta. ¿Puedo hacer sugerencias o cambios en el guion?
Berta se contuvo de reír al ordenar:
- No. Solo leves matices.
- Bien. Pues si te parece podemos proceder siguiendo el guion y ya iremos matizando.
La verdad es que Guille ya estaba masajeando esas tetas desde el principio y Berta estaba muy receptiva. Aunque también se podría decir que cachonda.
Entre caricias y besos terminaron de quitarse la poca ropa que les quedaba.
Guion: Acariciar las tetas. Matiz: hasta el orgasmo.
Durante varios minutos Guille se dedicó a acariciar, besar, lamer y chupar las tetas de su esposa además de masajear, apretar, pellizcar… Berta gimió un orgasmo suave y delicioso, mientras pedía que las apretara un poco más. Guille las cogió con fuerza y los pezones destacaban duros como gemas.
- ¡Uhm! ¡Cariño, que bien me manejas!
Se besaron para quedar abrazados. Aunque Guille todavía tenía una teta sujeta con una mano y le daba apretoncitos. Solamente una o dos veces volvió a chuparle los pezones que rápidamente recuperaban el tamaño y color de siempre.
- Me gustan tus tetas.
- Me gustan tus caricias.
- Creo que te las aprieto demasiado.
- Solamente cuando te lo pido. – Se ruborizó. – Hay veces que necesito que seas bruto. Otras, eres muy tierno.
Guille empujó una teta alzándola y así le dio un beso en la areola.
Berta reaccionó sonriendo.
- Vamos con la segunda parte del guion.
Guion: chupar pene. Matiz: llenar de semen la boca de Berta.
Empujó a su esposo para situarlo bocarriba tumbado en la cama y tras unos besos en las tetillas y el pubis bajó hasta el ya erecto pene.
- ¡Ah! Parece que ha salido al paso. A recibirme.
- Sabiendo lo que va a pasar no me extrañaría.
Berta soltó una carcajada e inmediatamente ordenó que no la distrajera.
Cogió el pene con una mano y con la otra le acarició los testículos. Retiró la capucha del glande que se deslizó suave. Y acercó la lengua para recoger esa gota blanca transparente que resbalaba por el tronco.
Fueron varios minutos en los que Guille creía estar en el paraíso. Las caricias, lamidas, chupadas… todo contribuía al placer.
- ¡Nena! Eres fantástica, mi diosa.
- ¡Calla! No me despistes.
Pero la verdadera fiesta de los sentidos para Guille empezó cuando Berta decidió que ya se metía toda la polla en la boca. Sus labios rozaban el pubis y testículos, mientras que en la garganta notaba el grueso glande. Despacio comenzó a mover la cabeza para darle a su marido una mamada digna de un premio.
- ¡Qué bueno, cariño! – Murmuró Guille. - ¡Sigue!
Berta comparó tenerla así en la garganta a cuando realmente disfruta chupando y lamiendo. Reconocía lo mucho que disfrutaba saboreando el miembro de su marido. Pero ese momento era para darle placer a quien tanto amaba. Varias veces alzó la mirada para comprobar por los gestos de ese rostro, si lo hacía bien. Y verle disfrutar la animaba a esforzarse más.
“Goza, amor mío. Goza. Te lo mereces. Y yo… yo también lo estoy disfrutando. – Pensaba Berta animada. - De cada día, de cada vez me gusta más el sabor de tu cuerpo”.
En unos minutos Guille avisó que le faltaba poco.
Cuando soltó la primera descarga gruñó fuerte, para las cuatro siguientes suspiraba sonoramente.
- ¡Nena! ¡Me has dejado agotado!
Berta, al retirarse, dio varias arcadas al notar el roce del glande en la campanilla. Se tapó la boca sonrió y salió corriendo al lavabo. Tardó muy poco en regresar y lo hizo portando un vaso con agua. Guille negó la oferta. Le quitó el vaso para dejarlo en la mesita y pidió.
- Quiero beber directamente de la fuente.
Berta sonrió. Sabía perfectamente lo que iba a pasar y lo estaba deseando porque bien sabe que la lengua de su esposo es muy juguetona al recorrer su intimidad y ya notaba que se estaba mojando. Notaba que de su sexo salía flujo y resbalaba por los muslos. Se dieron un beso en los labios y Guille le acarició las tetas, dándole algunos apretoncitos.
- Me gusta tus caricias en mis tetas.
- Me alegro, cariño. Me gusta acariciártelas. Pero ahora procedamos por la tercera parte. – Sonrió al proponer: - Hay que seguir el guion acordado.
- El guion. Y sus matices.
Berta también sonrió. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, desde la nuca a las rodillas.
Guion: Lamer el coño. Matiz: dos orgasmos por lo menos.
Continúa en
- Relato #251914— title-regex: contiguous parts (25 -> 26)
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