Xtories

Mi mujer. Mi puta

Silvia no es la esposa reservada que dejó hace dos meses. Esta noche, al llegar a casa, la encuentra dispuesta a ser su puta, pidiendo a gritos que le llene el culo. Pero cuando el placer alcanza su punto máximo, la realidad golpea con más fuerza que el orgasmo: ella ya no está, y el único testigo de su humillación es su propia cama mojada.

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Tras un tiempo sin publicar nada, he vuelto. Lo haré de otra manera, de otro modo. Mis historias, en esta ocasión, no tendrán continuidad. Comenzarán y terminarán con cada relato.

Pido disculpas a quiénes estuvieran esperando por la continuación de aquellas historias que dejé a medias, pero no tengo intención de continuar ninguna de ellas.

Quiero agradecer a todos los que me han estado esperando, por su paciencia y fidelidad. Y quiero agradecer a todos aquellos que tengan la paciencia necesaria para seguir leyéndome.

Disfrutad.

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- Ven, mi amor. Acércate. Quiero sentir tu deseo y… tu polla.

De este modo me recibió mi querida esposa al llegar del trabajo. Estaba en nuestro dormitorio, de pie junto a la cama. Vestía una blusa de color claro, casi blanca. Por la forma en la que sus pezones se hacían notar, era evidente que no llevaba sujetador. Una minifalda negra, mucho más corta de lo que nunca ella había usado, que apenas era capaz de tapar su sexo, dejaban ver sus torneadas y espléndidas piernas. Se había subido a las preciosas botas, también negras, que hacía pocos días había pedido a través de una página de compras online.

- ¿No te vas a acercar? Quiero sentir como tu polla se alegra de verme –me dijo de nuevo, mirándome de forma encendida y provocadora, deslizando su mirada desde mis ojos hasta el incipiente abultamiento de mi entrepierna.

Solté el maletín en el suelo y me deshice de la chaqueta del traje antes de acercarme a ella. Por un momento pensé que mi mujer olería a alcohol, que habría bebido. Hacía muchos, muchísimos años que Silvia no se comportaba así. Follábamos, claro que lo hacíamos, pero nuestros preliminares nunca tenían tanta dosis de morbo.

Pero no. Silvia no olía a alcohol. Olía a perfume. A un perfume embriagador, suave y ligeramente dulce que penetró en mi cuerpo a través de mi nariz, para seguir despertando cada una de mis células, para provocar aún más mi deseo.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, ella se agarró a mi cuello, haciendo que mi cabeza se inclinara sobre la suya lo suficiente como para poder penetrar con su lengua en mi boca, buscando mi propia lengua, metiéndola y sacándola con absoluta pasión y entrega. La movió como una verdadera diosa, como una perfecta amante: como una puta.

A eso me recordaba. A una de aquellas putas con las que en alguna ocasión, en alguno de mis viajes, o tras una larga jornada de reuniones y tensiones, acudía tras una llamada de teléfono para dejarme llevar por ellas hasta el Olimpo del placer.

Silvia se estaba comportando como una de ellas, como una verdadera puta. Como una de aquellas chicas, generalmente 15 ó 20 años más jóvenes que ella, con cuerpos despampanantes, sonrisas cautivadoras, ropas perfectamente elegidas, que realzaban de forma notoria cada parte de su cuerpo, ya de por si endiabladamente atractivo y seductor, y con aquellas miradas de ojos encendidos y provocadores, que las hacían completamente irresistibles.

No sabía el motivo de tal comportamiento. Tampoco me preocupaba. Lo único que en ese momento ocupó mi mente era la idea de aprovechar ese magnífico regalo que Silvia me ofrecía.

Ahora fueron mis manos las que se dirigieron primero a su cintura, para apretar su pubis contra la ya evidente dureza de mi polla, acompañando a la presión que ejercí de un bamboleante movimiento de mi propio cuerpo. Sin dejar de besarnos, sin dejar de restregar nuestras lenguas, metiéndolas y sacándolas constantemente de nuestras bocas, saboreando cada milímetro de la boca del otro, mis manos se deslizaron hasta agarrarse a su siempre seductor y tentador culo.

El culo de Silvia siempre me ha resultado extremadamente dulce, apetecible y tentador. Desde el primer momento en que la vi, mis ojos radiografiaron su cuerpo, con especial atención a su culo. Desde ese primer momento, mi fantasía con ella era follarle el culo. Llenarlo con mi tranca, mostrarle otro camino a su propio placer y depositar en él el fruto del mío. Así se le hice saber en cuanto tuvimos la suficiente confianza. Y, aunque ella no era muy partidaria del sexo anal, en alguna ocasión, sobre todo al principio de nuestra relación, me ofreció la entrada a su cuerpo por la puerta de atrás.

Desde hacía varias años, por desgracia para mi, las visitas a su lado más oscuro se habían ido distanciando, hasta casi desaparecer por completo. Por eso, cuando esa tarde comencé a palpar su mojado coño por encima de su ropa interior y Silvia me pidió que la preparara el culo para follárselo, me sorprendió.

- Mi amor, sé que lo deseas: prepara mi culito para que le dé la bienvenida a tu polla como merece –me dijo.

- ¿Estás segura? –le pregunté, dejando por un instante de comerle la boca, aunque sin dejar de acariciar y manosear su coño.

- Estoy completamente segura. Deseo sentir tu verga en mi culo –respondió, a la vez que con su mano derecha palpó y sopesó mi erección, comenzando de inmediato a desabrochar mi pantalón hasta lograrlo y deslizar su hábil mano bajo mi ropa interior, para acariciar suavemente mi polla.

Evidentemente, no necesité más invitaciones. Hice que Silvia se girara sobre sí misma, dándome la espalda. Pegué de nuevo mi cuerpo al suyo. Ahora con la polla fuera de la ropa, la restregué por encima de su minúscula minifalda, mientras mis manos bajaron desde su boca hasta sus tetas, desabrochando un par de botones de la blusa para tener acceso directo a sus erectos pezones.

Su reacción fue la de siempre cuando estimulo sus pezones: gimió. Lo hizo de forma sonora, con fuerza, sin miedo a que nos pudieran oír desde las viviendas vecinas.

A continuación, con una de mis manos subí lo suficiente su minifalda hasta llegar a su cintura y permitir que mi polla rozara directamente sobre su piel: tan suave, tan cálida y tan tentadora.

Silvia movía su cuerpo contra el mío, a la vez que yo hacía lo mismo contra el suyo, de tal forma que mi polla se deslizaba constantemente entre sus nalgas, rozando la fina tira de su tanga, también negro, que apenas era suficiente para cubrir su ano y su coño.

Mi verga no dejó de engordar y de endurecerse, al igual que mis irrefrenables ganas de perforar aquel fino, delicado y suave agujerito. Hice que Silvia se arrodillara sobre el borde de la cama, colocándose a 4. Terminé de subirle la minifalda del todo, para que en ningún momento fuera un obstáculo.

Me arrodillé entre sus piernas y, tras lamer y deslizar mis labios y mi lengua por sus muslos, sobre todo por su cara interior, llevé mi boca hasta el orificio de su ano. Comencé a besarlo y lamerlo, primero por fuera. Suavemente, dulcemente, llenándome con su sabor, con su aroma y con su calor. Después mi lengua comenzó a hurgar en su agujerito, llenándolo con mi saliva, empujando dentro con suavidad, pero con firmeza, a la vez que con los dedos de mi mano derecha masturbé y acaricié su coño y el botón rosado de su clítoris, haciendo que los gemidos fueran escapando de su garganta, cada vez con mayor velocidad y más intensidad.

Tras unos minutos así, y con los dedos empapados en los fluidos que escapaban a borbotones de su cuerpo, llevé éstos hasta su ano, empujando dentro de él, primero con un solo dedo, el cual comencé a mover en pequeños círculos cuando pude meterlo dentro. Después, un segundo dedo acompañó al primero, teniendo que forzar un poco para poder acomodarse dentro su cuerpo, haciendo que, en ese momento, sus gemidos se transformaran más en una ligera queja por el dolor que, seguramente, le había causado.

Tras unos segundos en los que dejé que su culo se acostumbrara a la presencia de mis dedos dentro de él, comencé a moverlos de nuevo en círculos, un poco más amplios cada vez, hasta que sentí como los gemidos de la puta de mi mujer volvieron a convertirse en expresión de placer.

Ese era el momento. Silvia tenía el coño chorreando, el culo dilatado y caliente, y su cabeza estaba, desde hacía un rato, absolutamente invadida por estímulos de placer que invadían el dormitorio en forma de gemidos y suspiros, a veces ahogados, a veces estridentes.

Me puse de pie tras ella. Tras mi mujer. Tras aquella mujer a la que creía conocer y que esa tarde me había sorprendido de aquella forma tan inesperada y placentera. Coloqué la punta de mi polla en la entrada de su ano. Volví a rozarle con ella suavemente, asegurándome de que ya podría meterla dentro sin causarle demasiado daño.

- Fóllame ya, cabrón. No me hagas esperar más –me dijo Silvia, volviendo su cara hacia mi, a la vez que con una de sus manos tiró de mi cuerpo hacia el suyo.

- Vamos, fóllame. Hoy quiero ser tu putita. La puta que mereces para que cada día desees volver a casa antes para usar lo que es tuyo –volvió a decirme.

No lo pensé más y empujé con determinación dentro de su cuerpo. Mi verga comenzó a clavarse en su culo. El movimiento que de inmediato se produjo su cuerpo delató que le había dolido, pero no se quejó, volvió a tirar de mi como pudo, y yo volvía empujar de nuevo dentro, si cabe con más fuerza que antes.

Poco a poco mi polla fue penetrando en su cuerpo, sintiendo el suave roce que su ano le proporcionaba, el modo en el que su ano envolvía mi verga, haciéndola suya, haciendo que cada milímetro que avanzaba dentro de él, sintiera un placer único e indescriptible.

Cuando había logrado meterle más de media polla dentro de su culo, Silvia volvió a acomodarse sobre la cama, girando de nuevo la cabeza hacia delante, hasta apoyarla sobre las sábanas, a la vez que una de sus manos se dirigió sigilosa, pero segura, hasta su coño y su clítoris.

Mientras la puta de mi mujer se masturbaba y me entregaba su delicioso culo, mi verga no dejó de penetrarle el culo, una y otra vez, ganando en ímpetu e intensidad, hasta acabar entrando por completo en su cuerpo.

Sujeto a sus caderas y nalgas, mi cuerpo no dejaba de empujar, de meter y sacar mi polla dentro de aquel maravilloso y oscuro agujerito, sintiendo cómo se abría a cada uno de mis empujones. Sintiendo como la suave y cálida piel de su ano envolvía, en una dulce e interminable caricia, a mi dura y gruesa polla.

Silvia, la puta de Silvia, siguió acariciando y masturbando, cada vez con más ganas e intensidad, su encharcado coño y su ardiente clítoris. Sus gemidos eran constantes, cada vez más intensos y embravecidos. Ello provocó que mis arremetidas fueran cada vez más intensas y profundas, hasta lograr que mis huevos rozaran en la suave piel de sus nalgas.

Poco a poco, sus gemidos se convirtieron en alaridos de placer, en auténticos gruñidos. No recordaba haber sentido así a mi mujer nunca. Algo la había ocurrido, algo que la había cambiado, que la había transformado en la más sublime y excelente puta. Porque sí, las putas también pueden ser excelentes, maravillosas y absolutamente embriagadoras.

En un momento dado, su cuerpo comenzó a contonearse de un modo inequívoco, a la vez que de su garganta manaban sonoros gemidos de placer, hasta convertirse en un poderoso grito. Todo su cuerpo tembló, su ano se contrajo, pariendo que quisiera estrangular mi verga, a la vez que con su mano presionó con todas sus fuerzas sobre su coño y su clítoris.

Mientras duraron sus convulsiones, de su garganta sólo brotaron gruñidos, más propios de un animal que de una mujer de 46 años. Y mientras ello sucedió, mi cuerpo dejó de moverse, atento a cada una de las reacciones de Silvia.

Cuando su orgasmo bajó en intensidad, hasta volver a hacer que su cuerpo se relajara, volví a arremeter contra su coño. Primero de forma suave, pausada, casi a cámara lenta. Para, poco a poco, incrementar el ritmo de mis embestidas, perforando con fuerza aquel cuerpo que ahora me pertenecía, que era mío, que ella misma, mi mujer, me había ofrecido para mi disfrute y mi placer.

Azoté sus nalgas con fuerza, con ambas manos, haciéndolas enrojecer, a la vez que mi ritmo se hizo endiabladamente intenso, a la vez que mis embestidas se hicieron tan profundas que por un momento pensé que acabaría desmontando el cuerpo de aquella deliciosa puta.

- Voy a llenarte el culo con mi semen, cómo tú querías, puta –le dije, gritando, fuera de mi, entregado al placer y la lujuria.

- Hazlo, cabrón. Lléname con ella, suéltalo todo dentro de mi –respondió mientras jadeaba y suspiraba, de nuevo mostrando sin disimulos el placer que sentía.

Apenas un minuto después, y tras una sucesión de fuertes empujones y embestidas, que llevaron a que mis huevos chocaran repetidamente contra su cuerpo, y acompañando a cada uno de mis empujones violentos con azotes en sus nalgas, tan violentos como mis embestidas, mis huevos estallaron, enviando una considerable cantidad de semen, a través de mi polla, hasta acabar disparada dentro de su culo.

Fueron varios los latigazos de placer que sentí, transformados en otros tantos chorros de semen que llenaron su culo, en el que no dejé de empujar con mi verga con toda mi alma.

Tras unos instantes en los que mi corazón palpitaba con el mismo estruendo que una carrera de caballos, y sin haber sacado aún mi verga de aquel codiciado objeto de deseo, que era el culito de la zorra de mi mujer, estiré mi mano derecha para apretarla sobre su teta y su pezón. Pero, en ese instante, algo me asustó, me sentí sobresaltado y confundido.

En ese preciso instante, en el que mi cuerpo aún ardía, en el que un sudor frío y abundante se deslizaba por mi frente y mi cuello, descubrí con estupor que una enorme mancha de humedad ocupaba gran parte de mi pijama.

Todo había sido un puto y maldito sueño. Estaba en mi cama, solo y con la respiración acelerada. Mi mujer, la puta de mi mujer hacía casi dos meses que me había abandonado, pero mi cerebro y mi mente seguían echándola de menos.