El Nombre que lo Llenaba Todo VII
La cita era con Ernesto, pero la nota en la puerta del hotel tenía otro nombre. Cuando Paulina entra a la habitación 225, descubre que el hombre que la espera no es el amante maduro, sino el hijo travieso de quien debería ser su enemiga. Esta vez, no hay salida, solo el placer de lo prohibido.
VII
La luz de la mañana se filtraba a través de las persianas, dibujando rayos dorados sobre la cama. Me desperté lentamente, con una sensación de paz que no sentía desde hacía semanas. A mi lado, Saúl respiraba de forma profunda y rítmica, su brazo pesado y cálido sobre mi cintura. Sonreí para mis adentros, recordando la noche anterior. No había sido solo sexo; había sido reconexión. Habíamos hablado durante horas después de hacer el amor, acurrucados en la oscuridad, confesando miedos y planes como al principio de nuestra relación. Por un momento, el fantasma de Acapulco se había desvanecido. Por unas horas, yo había vuelto a ser solo la Pau que él amaba, la que no anhelaba el fuego ni el pecado.
Me deslicé de la cama con cuidado de no despertarlo y fui a la cocina. Mientras preparaba el café, el aroma a grano recién molido llenó el apartamento, mezclándose con el sonido de la ciudad que despertaba afuera. Puse a calentar unos chilaquiles para Saúl, su desayuno favorito, y revisé mi agenda en el teléfono. Tres citas esa mañana: un loft en Roma Norte para una pareja de recién casados, un ático en Polanco para un inversionista español y un departamento en Condesa para una solterona que buscaba “un nido moderno y acogedor”. Un día ajetreado, normal, perfecto para mantener mi mente ocupada y lejos de los abismos que me tentaban.
Mientras el café gorgoteaba, mi teléfono vibró en la encimera. Era Thiago.
— ¿Hola, hermana?
—Thiago, ¿qué tal? ¿Todo bien? —dije, sonriendo. Siempre me alegraba oír su voz, aunque fuera para pedir un favor.
—Sí, todo chido. Oye, ¿estás por tu oficina? ¿O en casa?
—En casa ahora, en un rato me voy para la Roma. ¿Por qué?
—Nada, estaba por la zona y quería verte un rato. ¿Tomamos un café?
Me sorprendió. Rara vez me buscaba sin un motivo oculto.
—Claro, pásate. Acabo de hacer uno. Estoy en la casa.
Veinte minutos después, el timbre sonó. Abrí la puerta y me encontré con mi hermano. Ya no era el niño regordete con cortes de pelo extraños que recordaba. Thiago se había estirado, sus hombros se habían ensanchado y su voz ya no era la de un adolescente; era la de un hombre joven, grave y segura. Llevaba una sudadera negra, unos jeans rotos y sus inseparables audífonos colgados del cuello. Me sonrió, y por un instante, vi el reflejo de nuestro padre en sus ojos.
—Hola, Pau —dijo, entrando con esa confianza nueva que me descolocaba un poco.
—Pasa, crack. ¿Café?
—Obvio.
Le serví una taza grande y me senté frente a él en la barra de la cocina. Thiago tomó un sorbo largo y soltó un gemido de aprobación.
—Joder, siempre haces el mejor café del mundo.
—Exagerado —reí, aunque me gustó el cumplido.
Él me miró por encima de la taza, y por primera vez noté algo diferente en su mirada. No era la típica de hermanito pidiendo favores. Era… más directa. Más adulta.
—Oye, Pau… estás… ¿estás más guapa o qué? —dijo de pronto, con esa media sonrisa pícara que siempre había tenido, pero ahora sonaba distinta—. No sé, te ves… diferente. Más… no sé, radiante.
Sentí un calor subir por mis mejillas. Me ruboricé sin poder evitarlo.
—Ay, Thiago, no seas payaso —dije, dándole un golpecito suave en el brazo—. ¿Qué te pasa hoy?
—Nada, en serio —insistió, riendo bajito—. Te ves bien, hermana. Como si hubieras… no sé, descansado o algo. O tal vez es el maquillaje. O el vestido ese que traes puesto para trabajar. Te queda de lujo.
Bajé la mirada a mi ropa: un vestido ajustado negro de manga corta que usaba para citas importantes, con un escote discreto pero que marcaba bien la cintura. Nada provocativo, pero sí elegante. Sin embargo, la forma en que Thiago lo dijo, con esa pausa y esa mirada fija, me hizo sentir expuesta de una manera extraña. Pensé: “Qué pillín se ha vuelto este cabrón”. Y al mismo tiempo, una parte de mí se sintió halagada. Ridículo, pero cierto.
—Gracias, supongo —respondí, intentando sonar casual mientras tomaba un sorbo de café para esconder el rubor—. Pero no me vengas con chambeadas. ¿A qué viniste de verdad?
Él soltó una risa corta y dejó la taza en la mesa.
—Mira, hay una chica… de la prepa. Me gusta mucho. Y quiero invitarla a salir este fin de semana. A cenar, a cine, lo que sea. Pero… ya me mamé la feria que me dieron papá y mamá para el mes.
Ahí estaba el clásico Thiago. Sonreí.
— ¿Cuánto necesitas?
—Como mil pesos. Para estar seguro. Para no quedar como un pobre.
No pude evitar reírme. Saqué mi cartera del bolso y le conté mil quinientos.
—Toma. Así la impresionas bien. Y si sobra, invítala a un helado.
Sus ojos se abrieron como platos.
— ¿En serio? ¿Mil quinientos? Pau, eres la mejor. Gracias, hermana. Te juro que te los pago en cuanto me llegue mi mesada.
—No te preocupes. Solo no te gastes todo en estúpidos videojuegos, ¿sí? Y cuídala mucho.
—Claro que sí —dijo, ya sonriendo de oreja a oreja—. Es buena onda. Se llama Sofía.
Nos despedimos con un abrazo rápido. Cuando lo abracé, noté lo alto y sólido que se sentía. Ya no era mi hermanito flacucho. Era un hombre joven, con olor a perfume barato pero agradable, y esa seguridad que empieza a salir cuando los chicos descubren que pueden gustar. Me separé y le di un beso en la mejilla.
—Pórtate bien, pillín —le dije, todavía con el rubor en las mejillas por su comentario anterior.
Él guiñó un ojo.
—Tú también, hermana. Nos vemos.
Cerré la puerta y me quedé un segundo apoyada en ella. “Qué rápido crecen”, pensé. Y luego, casi sin querer, me vino a la mente su comentario: “Estás más guapa”. Me miré en el espejo del pasillo. Sí, tenía ojeras disimuladas, pero mis ojos brillaban más de lo normal. Tal vez era el deseo que no se iba. Tal vez era la culpa que me mantenía despierta. O tal vez era que mi cuerpo ya no sabía cómo apagarse después de Acapulco.
Sacudí la cabeza y me preparé para salir. Saúl ya se había ido a su junta. Beso rápido en la frente, “te amo, nos vemos en la noche”. Yo asentí, fingiendo normalidad.
Llegué a la oficina a las 9:30. Revisé correos, respondí a un par de clientes y salí a la primera cita: el loft en Roma Norte. La pareja de recién casados llegó puntual. Veintitantos, enamorados hasta las trancas, manos entrelazadas todo el tiempo. Les mostré el espacio: cocina abierta, balcón pequeño con vista a la calle arbolada, dos recámaras amplias. Ellos hablaban de dónde pondrían el sofá, de si pintarían las paredes de azul o gris. Yo sonreía, asentía, explicaba los acabados, los metros cuadrados, el precio por m². Todo mecánico.
Mientras estábamos en la terraza, mi teléfono vibró en el bolsillo del vestido. Lo saqué disimuladamente. Número desconocido. Lo abrí.
“Quiero que vuelvas a ser mía como fuiste en Acapulco. Te espero en el Hotel Carlota, habitación 225, a las 2:30 pm. No faltes.”
Dios por fin Ernesto.
El mundo se detuvo. La pareja seguía hablando de cortinas y plantas, pero yo ya no escuchaba. El pulso se me disparó en las sienes, en la garganta, entre las piernas. El Hotel Carlota. A quince minutos de donde estaba. La habitación 225… sabía exactamente dónde quedaba. Había estado ahí una vez con Saúl. Discreto, elegante, silencioso. Perfecto para no ser visto.
Guardé el teléfono con manos temblorosas. La pareja me miró.
— ¿Todo bien, Paulina?
—Sí, sí… solo un mensaje de la oficina —mentí, forzando una sonrisa—. ¿Les gusta el loft?
—Muchísimo —dijo ella, abrazando a su novio—. Creo que es este.
—Perfecto. Vamos a la oficina a preparar el papeleo.
Los acompañé hasta la salida, les di la mano, les dije que les mandaría la propuesta por correo. En cuanto se fueron, me apoyé en la pared del pasillo. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. Tenía dos citas más. Podía cancelarlas. Podía inventar cualquier excusa. Pero la idea de no ir… me dolió físicamente. El recuerdo de Ernesto dentro de mí, su voz ronca ordenándome, su semen caliente llenándome… todo volvió de golpe. El calor entre mis piernas fue inmediato, húmedo, traicionero.
Cancelé las dos citas restantes con mensajes rápidos y fríos: “imprevisto familiar urgente”, “problema de último minuto con el propietario”. Lo hice sin remordimientos. Solo urgencia.
Fui al baño de la oficina, me miré al espejo. Mis mejillas estaban encendidas, mis ojos brillantes. Me retoqué el labial rojo, me acomodé el vestido. Saúl había comprado esa lencería negra de encaje que llevaba debajo: corpiño ajustado, tanga mínima, ligueros. La había puesto esa mañana sin saber por qué. Ahora lo sabía.
Salí del edificio a las 12:45. Tomé un Uber directo al Hotel Carlota. Durante el trayecto, me quité el anillo de compromiso y lo guardé en el bolso. Un gesto simbólico, pero necesario. No quería llevarlo puesto cuando cruzara esa puerta.
Llegué a las 2:20. El lobby era un remanso de calma: pisos de mármol, lámparas de diseño, música suave de fondo. Caminé hacia los ascensores con pasos firmes, aunque por dentro temblaba. Subí sola al segundo piso. El pasillo estaba desierto. Conté las puertas hasta la 225. Puse la mano en la manija, respiré hondo y entré.
La habitación estaba en penumbra. Las cortinas corridas dejaban pasar solo hilos de luz. Olía a él: perfume amaderado, piel limpia, deseo. Sobre la cama king size, perfectamente tendida con sábanas blancas, había una sola cosa: un sobre negro con mi nombre escrito en tinta plateada.
Lo tomé con dedos temblorosos. Dentro había una nota corta:
“Desnúdate. Déjalo todo doblado en la silla. Arrodíllate en la alfombra, de espaldas a la puerta. Espérame así. No hables hasta que yo te lo ordene.”
El pulso se me disparó. Dejé el sobre en la mesita y empecé a obedecer. Me quité los tacones primero, luego el vestido de seda gris que cayó como agua a mis pies. Desabroché el corpiño, liberando mis senos. La tanga y los ligueros siguieron. Me quedé desnuda, vulnerable, excitada. Doblé cada prenda con cuidado, como si fueran sagradas, y las dejé en la silla junto a la ventana.
Me arrodillé en la alfombra mullida, de espaldas a la puerta. Las manos en los muslos, la espalda recta, el cabello cayendo por mi espalda. El aire fresco rozaba mi piel erizada. Mis pezones estaban duros, mi sexo ya húmedo. Esperé.
Pasaron minutos eternos. Escuché la puerta abrirse con un clic suave. Pasos lentos, seguros. No me giré. No podía. La orden era clara.
Sentí su presencia detrás de mí. Su calor me envolvió como una manta pesada, su olor —cítrico, fresco, con un toque de colonia cara— invadió mis sentidos y me hizo temblar antes de que me tocara. Un segundo después, una venda de satén negro cubrió mis ojos, ajustada con cuidado en la nuca. El mundo se volvió oscuridad absoluta. Solo quedaban el tacto, el sonido de mi propia respiración acelerada y el latido furioso de mi corazón en los oídos.
Sus dedos rozaron mi nuca, bajaron despacio por mi columna vertebral en una caricia lenta, posesiva, que dejó un rastro de piel de gallina a su paso. Se detuvieron en la curva de mi cintura, apretando apenas lo suficiente para hacerme arquear la espalda sin darme cuenta. Mis pezones ya estaban duros, dolorosamente sensibles, y cuando sus manos subieron de nuevo por mis costados y tomaron mis senos desde atrás, solté un gemido ahogado que resonó en la habitación silenciosa.
Los apretó con firmeza, los pulgares rozando los pezones endurecidos antes de pellizcarlos con precisión. Un latigazo de placer me atravesó de pies a cabeza. Mi sexo se contrajo vacío, un flujo caliente resbaló por el interior de mis muslos. Estaba empapada, obscenamente mojada, y ni siquiera me había tocado ahí todavía.
Tragué saliva. El deseo me quemaba viva.
—Quiero que me folles duro… que me rompas… que me hagas tuya otra vez… que me llenes… por favor… —supliqué, la voz ronca, temblorosa, casi rota por la necesidad.
No respondió con palabras. Solo un gruñido bajo, animal, que vibró contra mi piel. Me levantó del suelo como si no pasara nada, me llevó hasta la cama y me dejó en cuatro patas sobre las sábanas blancas y frescas. Mis rodillas se hundieron en el colchón mullido, el culo en pompa, expuesta, vulnerable, ofreciéndome sin vergüenza.
Sentí su aliento caliente entre mis nalgas antes de que su lengua me tocara. Primero un roce suave, plano, lamiendo toda la longitud de mi sexo desde atrás, recogiendo mis jugos con avidez. Gemí alto, las manos aferradas a las sábanas. Su lengua se hundió despacio en mi entrada, explorándome profunda, girando, saboreando cada pliegue. Luego subió hasta mi clítoris hinchado, lo rodeó con círculos lentos y tortuosos antes de succionarlo entre sus labios con una presión perfecta.
—Joder… no pares… papi… qué rico… sigue… no pares… —supliqué entre jadeos, empujando hacia atrás contra su boca, desesperada por más.
Él gruñó de aprobación, el sonido vibrando directo en mi clítoris. Metió dos dedos dentro de mí al mismo tiempo, curvándolos hacia arriba con esa precisión que me volvía loca, golpeando ese punto esponjoso una y otra vez mientras su lengua seguía succionando, lamiendo, girando en zigzag frenéticos. El placer se acumulaba rápido, imparable. Mis piernas temblaban, mis caderas se movían solas, buscando más fricción, más profundidad.
—Estoy… estoy a punto… papi… me voy a correr… no pares… —gemí, la voz quebrada.
Justo cuando el orgasmo empezaba a romperme, me volteó de golpe. Quedé boca arriba en la cama, las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando agitado. Él se quedó de pie en el piso, alto, dominante, su silueta recortada contra la penumbra. Alineó la cabeza de su pene contra mi entrada y empujó de un solo movimiento lento pero firme.
Pegué un gritito de placer puro cuando entró. Me llenó de golpe, el estiramiento delicioso, la plenitud abrumadora. Pero en la segunda embestida… lo sentí.
No era Ernesto.
El pene era distinto. Menos grueso en la base, con una curva pronunciada hacia arriba que rozaba ese punto interno de una forma que me hacía ver estrellas blancas con cada golpe. No llegaba tan profundo como el de Ernesto, pero la forma en que presionaba, en que me abría, era diferente, más intensa en los primeros centímetros, más brutal en el roce constante contra mi pared frontal. Los gemidos que salían de su garganta no eran la voz grave y dominante que conocía; eran más jóvenes, más hambrientos, con un matiz juguetón que me heló la sangre y, al mismo tiempo, me encendió como gasolina.
Con manos temblorosas me arranqué la venda de los ojos.
La luz tenue de la habitación me cegó un segundo. Parpadeé. Y lo vi.
Gabriel.
Rubio, ojos verdes brillantes, sonrisa traviesa curvando los labios hinchados por el placer. El mismo Gabriel.
El shock me golpeó como un latigazo. Intenté empujarlo, separarme, mis manos fueron a su pecho.
—No… espera ¿Qué…? —balbuceé, la voz rota, el pánico y la vergüenza quemándome la cara.
Pero él no me dejó. Me sujetó las muñecas con una mano y las llevó por encima de mi cabeza, inmovilizándome contra el colchón. Con la otra me tomó la cadera y siguió embistiendo, profundo, lento ahora, disfrutando mi expresión de sorpresa y deseo mezclado.
—No te resistas ahora —susurró, voz ronca, casi cariñosa—. Tu coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca.
Intenté forcejear, pero mi cuerpo me traicionó. Seguía mojada, seguía palpitando alrededor de él, seguía arqueándose hacia cada embestida. El placer era demasiado rico. Demasiado prohibido. Demasiado inesperado. La vergüenza se transformó en fuego puro. El morbo de lo inesperado, de lo “malo”, me hizo mojarme aún más.
—No… por favor… —gemí, pero ya no era para que parara. Era para que no parara nunca.
Él sonrió, victorioso. Soltó mis muñecas y me levantó las piernas, poniéndolas sobre sus hombros. Entró más profundo desde ese ángulo, la curva de su pene golpeando ese punto perfecto con cada embestida. Sus manos subieron a mis senos, los apretaron con fuerza, pellizcaron los pezones hasta que dolió deliciosamente.
—Dime que te gusta —ordenó, acelerando—. Dime que te encanta que sea yo quien te esté follando así.
—Me gusta… coño, me gusta mucho… —jadeé, clavándole las uñas en los brazos—. No pares… cógeme más fuerte…
Él obedeció. Las embestidas se volvieron brutales, rápidas, profundas. Cada choque me sacaba un grito. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, el chapoteo del agua que todavía goteaba de mi pelo, mis gemidos convirtiéndose en alaridos. Bajó una mano y frotó mi clítoris sin piedad, pellizcándolo, tirando, haciendo círculos frenéticos.
—Córrete para mí —gruñó—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te lleno.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Me tensé entera, grité sin control, contracciones violentas ordeñándolo. Lágrimas de placer rodaron por mis mejillas. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, la mente nublada por un placer tan intenso que casi dolía.
—Rico… sí… está rico… acaboooo… —grité, la voz quebrada, perdida.
En ese momento él salió de mí con un movimiento rápido. Se arrodilló sobre la cama, tomó su pene brillante de mis jugos y lo masturbó frente a mi cara.
—Abre la boca —ordenó.
No dudé. Abrí los labios, la lengua fuera. Él gruñó y eyaculó. Chorros calientes, espesos, abundantes, cayeron directamente en mi boca. Tragué instintivamente, succionando la punta cuando se acercó, lamiendo cada gota, limpiándolo con la lengua plana mientras él jadeaba encima de mí.
Cuando terminó, se dejó caer a mi lado, respirando agitado. Yo me quedé tendida, el cuerpo todavía temblando en réplicas, el sabor de él en mi boca, el semen caliente deslizándose por mi garganta.
Y en ese instante, con el placer todavía reverberando en cada célula, le pregunté, todavía jadeando, con la voz ronca por los gritos y el placer que aún reverberaba en mi cuerpo:
— ¿Cómo me encontraste? ¿Cómo supiste que iba a estar aquí?
Gabriel se apoyó en el cabezal de la cama, desnudo, sudoroso, su pene todavía semiduro descansando pesado sobre su muslo. Me miró con esa sonrisa traviesa que recordaba tan bien de Acapulco, la que siempre prometía problemas.
—Sonia me dio tu número —dijo con naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo— y bueno, yo tenía que venir a la capital por asuntos de trabajo y me provocaba verte.
Me quedé helada un segundo. El papel que había deslizado bajo la puerta del dormitorio de Sonia y Ernesto… había terminado en manos de ella. Había sido ella. Sonia lo había encontrado, lo había leído, y en lugar de escribirme directamente, se lo había pasado a Gabriel. La idea me recorrió como un escalofrío eléctrico. No era rechazo. Era permiso. Era un regalo envuelto en silencio.
— ¿Y por qué no me escribió ella? —pregunté, casi en un susurro.
Gabriel se encogió de hombros, divertido.
—Porque Sonia es así. Le gusta jugar. Le gusta verte caer sola, sin que ella tenga que empujarte. Y mira… caíste perfecto.
Sonreí con disimulo, bajando la mirada para que no viera el brillo en mis ojos.
—Oye, pero te nombré lo de Acapulco y parece que esperabas a otra persona —añadió él, ladeando la cabeza con esa expresión burlona.
Me reí bajito, negando con la cabeza.
—Cosas tuyas —respondí, evasiva—. Siempre supe que eras tú. ¿Quién más podría ser?
No le dije la verdad: que durante todo el tiempo con la venda puesta, había imaginado que era Ernesto. Que su voz grave me ordenaba, que su cuerpo me dominaba, que su pene largo y recto me rompía hasta hacerme llorar de placer. Gabriel había sido una sorpresa deliciosa, pero el deseo por Ernesto seguía latiendo profundo, como un hambre que no se saciaba con nadie más.
Hablamos durante una hora. O más bien, él habló y yo escuché, todavía desnuda entre las sábanas revueltas, el cuerpo sensible y saciado pero ya pidiendo más. Me contó de su viaje a CDMX por una campaña publicitaria para su boutique, de cómo Sonia le había mandado mi número con un mensaje corto: “Está lista. No la dejes escapar”. Reímos de lo que había pasado en la boutique, de cómo yo me había ruborizado tanto cuando él entró al probador y nos vio a Sonia y a mí. Me sentí extrañamente cómoda. Como si esto fuera normal. Como si follar con él en un hotel mientras Saúl me esperaba en casa fuera solo otro día.
Pero el reloj no mentía. Tenía que irme.
—Me tengo que bañar y regresar —dije, levantándome con las piernas todavía temblorosas.
Gabriel me miró desde la cama, desnudo, sin prisa.
—Todavía hay tiempo para jugar un poco más.
Entré al baño sin responder. Abrí la ducha, dejé que el agua caliente cayera sobre mi piel. Cerré los ojos, intentando ordenar mis pensamientos, pero el deseo seguía ahí, latiendo entre mis piernas, en mis pezones endurecidos, en el sabor de él que todavía sentía en la lengua.
Escuché la puerta del baño abrirse. Pasos descalzos sobre el mármol. Gabriel entró detrás de mí, su cuerpo pegándose al mío desde atrás. Sus manos rodearon mi cintura, subieron hasta mis senos, los apretaron con esa mezcla perfecta de rudeza y ternura que me volvía loca.
—No te vayas todavía —susurró contra mi oreja, mordisqueando el lóbulo—. Déjame jugar otro ratico antes de que te vayas con tu novio.
No pude evitar gemir. Su pene ya estaba duro otra vez, presionando entre mis nalgas. Me incliné hacia adelante, mis manos apoyadas en la llave de la ducha. El agua caía sobre nosotros, caliente, resbaladiza. Me abrió las piernas con las rodillas y entró de un solo empujón lento pero profundo.
Grité bajito contra el metal de la llave, el agua golpeándome la cara. Me folló en esa misma posición: de pie, desde atrás, lento al principio, dejando que sintiera cada centímetro, cada vena, cada curva que golpeaba justo donde más lo necesitaba. Luego aceleró. Sus manos en mis caderas, clavándose, guiándome hacia atrás para que lo recibiera entero. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con el ruido del agua, obsceno, adictivo.
—Coño… qué rico te sientes… —gruñó, una mano bajando a mi clítoris para frotarlo en círculos rápidos—. Te encanta, ¿verdad? Te encanta que te folle así… que te haga correrme una y otra vez…
—Sí… dios, sí… —gemí, empujando hacia atrás—. No pares… más fuerte…
Él obedeció. Las embestidas se volvieron brutales, profundas, implacables. Cada choque me sacaba un grito ahogado contra la llave. El placer subía en oleadas, el orgasmo acumulándose rápido, imparable. Sentí cómo se tensaba detrás de mí, cómo su respiración se volvía entrecortada.
—Córrete conmigo… —ordenó, frotando mi clítoris sin piedad.
Y me corrí. Fuerte. Brutal. Un grito largo y ronco salió de mi garganta mientras mi cuerpo convulsionaba, contracciones violentas apretándolo dentro de mí. Lágrimas de placer se mezclaron con el agua que corría por mi cara. Él gruñó y se corrió segundos después, chorros calientes llenándome de nuevo, profundos, abundantes. Me sostuvo fuerte mientras los dos temblábamos, jadeando bajo el chorro.
Cuando salimos de la ducha, me sequé en silencio. Me vestí con manos temblorosas: el vestido de seda gris, los tacones, el maquillaje retocado. Gabriel me miró desde la cama, ya vestido, con esa sonrisa satisfecha.
—Nos vemos pronto.
Asentí. Llamé un Uber desde el lobby. Mientras bajaba en el ascensor, me miré en el espejo: el rostro sonrojado, los labios hinchados, los ojos brillantes. Y por primera vez en mucho tiempo… no sentía remordimiento.
Ni un ápice.
Me sentía bien. Viva. Sacada. Como si hubiera encontrado una parte de mí que no sabía que existía y que ahora no quería soltar.
En el Uber, camino a casa, miré por la ventanilla. La ciudad pasaba borrosa. Pensé en Saúl, que me estaría esperando con cena y una sonrisa. Pensé en Sonia, que tenía mi número y no me había escrito. Pensé en Ernesto, cuyo deseo seguía latiendo profundo, como un hambre que nadie más podía saciar.
Y pensé en Gabriel, en su risa traviesa, en cómo me había hecho correrme dos veces y sin que yo supiera quién era al principio.
No quería que esto terminara.
Quería más.
Mucho más.
El Uber se detuvo frente a mi edificio. Bajé, respiré hondo y subí las escaleras con una calma extraña.
Saúl abrió la puerta. Me besó en los labios.
—¿Todo bien, amor?
Sonreí.
—Todo perfecto.
Y por primera vez, no mentí del todo.
Nota del autor:
Gracias a todos los que estáis leyendo y comentando esta serie. Vuestro apoyo significa mucho para mí, tanto si comentáis como si leéis en silencio.
Intentaré subir el siguiente capítulo este domingo. La historia terminará en el capítulo 10.
¡Espero que la estéis disfrutando hasta el final!
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