Xtories

La cualidad de la palabra. 24

Guille no solo tiene una presencia magnética, sino un poder que dobla la voluntad de quienes lo escuchan. En un hotel de la costa, una mujer es enviada para romper su concentración, pero termina siendo la pieza clave de un juego donde el placer es solo el cebo. Mientras él descifra intrigas corporativas entre sábanas, su esposa, sola en casa, descubre que la tentación no reside en la distancia, en

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Esa pelirroja la chupaba bien y el juego que hacía lamiendo el agujerito del meato con el extremo de la lengua era hasta gracioso. Luego se la metió por la boca hasta el fondo. Y Guille recordó y comparó con aquellas chicas en Paris, o las del Golfo Pérsico. Solamente alguien con semejante nivel de calidad sabría hacerlo tan bien. Se corrió en siete minutos. Por eso se lo agradeció lamiendo su sexo durante diez minutos.

Poco antes, en esa tonta necesidad de hablar de algo mientras Guille se desnudaba, la mujer, dijo llamarse Colette, y que estaba en la ciudad con su hermano y la cuñada por asuntos familiares. Esto es, que no lo quería decir, pero no era turismo. Esa noche la dejaban sola y buscaba a alguien con quien solucionarlo. Se alegró al ver que el vecino era tan guapo. Y en ese momento mucho más cuando notó que manejaba tan bien la lengua sobre su sexo. Se corrió dos veces, aunque a Guille le pareció que el primer orgasmo era fingido.

- ¡Uf! ¡Qué bien lo he pasado! - Afirmó.

- Me alegro. Tu coñito sabe muy bien.

- ¡Ah! Me han dicho que sabe a marisco y más cosas. Y ya ves, me dices que sabe bien y me parece más sincero que nunca.

- Bueno. En mi opinión es sabroso.

Al poco, Colette le volvió a chupar el pene sin que se lo pidiera hasta ponerlo duro y propuso ponerse encima para follar.

- Déjame la acción y verás cómo te gusta. – Afirmó la mujer.

A Guille le vino muy bien esa postura ya que así disfrutaría del contacto y sabor de esas tetas. Guille se concentró que debía aguantar sin correrse. De este modo resultaría más divertido averiguar cuál es el verdadero propósito de esa mujer.

Después de tener dos orgasmos en una larga galopada, Colette pidió descansar y que para compensarle le daría otra mamada. Aunque pensaba que esta vez emplearía las manos.

- Espera, nena. Solo sigue un poco más. - Ordenó moviendo la cadera y empujándola con las manos por el culo.

- ¡Vale, vale!

Con el tercer orgasmo Colette ya protestaba. Afirmó que estaba realmente cansada. Guille dejó que se retirase, pero la puso bocabajo, le separó las nalgas, acercó el pene hasta rozarle el ano, y sin más aviso de un empujón se lo metió casi todo.

Colette protestó. Y eso que no le hacía daño ya que era evidente que estaba bien acostumbrada a hacerlo por ahí.

Guille empleó la Cualidad para guiar su ánimo y controlarla.

- Venga, nena, que lo estás disfrutando. Te gusta mucho. Lo estás considerando una de las mejores veces de tu vida. Ahora cuenta hasta diez y cuando termines te correrás. Un buen orgasmo que saborearás durante un minuto.

Así fue. Al decir el último número Colette tuvo un orgasmo, que manifestó con palabrotas y juramentos con ese acento sureño tan gracioso. Y quedó quieta sobre la cama sin fuerzas para nada.

Guille continuó follándola sin prisa hasta correrse en cuatro descargas. Luego se sentó al lado limpiándose el pene con la sábana mientras pensaba sobre la diferencia de los orgasmos. En un hombre es de cinco segundos, casi a un segundo por descarga, mientras que en una mujer dura de veinte a treinta segundos. En algunas más.

- Es lo que hay. – Se conformó.

Miró a Colette. Continuaba bocabajo, al parecer sin fuerzas para moverse. Comenzó el interrogatorio:

- Bien nena ahora contén mi corrida en tu culo. Y me dices quién eres de verdad y el propósito de invitarme a follar.

Por supuesto dirigía la confesión mediante preguntas y petición de aclaraciones.

= Mi nombre es Macarena.

= Soy acompañante profesional.

= Tengo treinta y siete años. No los aparento porque me cuido y me hecho dos operaciones en el rostro.

= Llevo en este hotel casi dos años mediante sobornos y propinas al conserje y la gobernanta.

= Por petición de un cliente. La gobernanta me dio esta habitación. No sabía cómo contactar contigo y resultó muy fácil.

= Debo mantenerte entretenido para que mañana no puedas investigar correctamente sobre un negocio.

= No, no sé de qué trata tu asunto. Mi trabajo consiste en no dejar que te concentres.

= El plan era satisfacerte esta noche y que mañana solo tengas ganas de estar conmigo.

= Aquí o acompañándote para entorpecer tu trabajo mediante sexo. Que no pudieras concentrarte. Y ya tenía pensado cómo vestirme para mostrarte las tetas y el culo fácilmente.

= El plan era agotarte si eras un viejo. O darte nuevas sensaciones de ser un pipiolo.

= No. No conozco a ese cliente. Solamente hablé con él por teléfono. Y la mediadora fue la gobernanta de piso.

= Sí. La gobernanta debe saberlo.

= Ahora no está en el hotel. Mañana a las ocho, sí.

= Vale, a las tres de la tarde. Aquí estará.

= Cobro doscientos euros por hora. Mil quinientos todo el día. Y no pago por hotel, transporte, comida… nada. Todo eso lo hace el cliente. Le puede salir por unos dos mil euros al día.

= Sí, me esmero en satisfacer al cliente. Y siempre lo consigo. Algunos al volver a la ciudad me buscan.

= No. No tengo chulo. Uno lo intentó hace tres años y me ocupé que le rompieran los dientes. Creo que se marchó a Sevilla.

= Sí, una hija de once años a la que le doy todos los caprichos que me pide.

= Depende. Una cuarta parte lo gasto en sobornos. Compensa. Es mucho mejor trabajar en un hotel como este que en un bar, y en la calle hay un mundo de diferencia. Luego están las revisiones médicas y el caro colegio de mi Carmencita.

Guille la dejó ir al baño y Macarena-Colette se puso en el culo una braga a modo de tapón o compresa y salió corriendo. La siguió para ducharse encontrándola sentada en el retrete. Expulsaba semen y heces casi por igual.

Ruborizada protestó:

- Tenías que haber esperado para entrar, esto es vergonzoso.

No le hizo caso. Al salir de la ducha la encontró en el bidet.

Esas tetas se movían con mucha gracia y sintió ganas de más. Así sentada en el bidet le ordenó que le diera otra mamada. Pero esta vez sin juegos. Se la metió hasta la garganta y simplemente la follaba así.

Realmente estuvo bien. Disfrutó. Antes de marcharse pidió una respuesta a su curiosidad.

- Sí. Mis tetas están operadas en un hospital de Gerona que solo la estancia del postoperatorio costaba mil euros al día. También me retoqué el culo, barriga y cadera. En total fueron casi veintiocho mil euros.

- Son preciosas. Toda tú eres preciosa. – Recordó que dijo que se había operado la cara. - Pareces más joven.

- Gracias. Esa es la intención. A los tíos os gustan jóvenes.

Antes de marcharse le dio los doscientos euros.

- Toma ya sé que ese te paga también, pero así le compras lo que quieras a tu hija.

Macarena lo agradeció con un silencioso gesto. Con contundencia repitió el acuerdo de llamar a la gobernanta.

- Aunque tenga que atarla la encontrarás aquí a las tres.

Salía del hotel a las nueve de la mañana de un soleado lunes cuando recibía un mensaje indicando que el coche ya estaba en la puerta.

El portero le deseó los buenos días.

Durante cuatro horas recorrieron esos barrios comerciales, no de souvenirs en la zona turística, si no donde estaban empresas de todo tipo. Pero es precisamente donde hay más sucursales bancarias. Abrirse un hueco sería difícil. De vez en cuando Guille pedía que se detuvieran y consultaba en el ordenador a qué se dedicaba esta o aquella empresa al ver los letreros, y mediante lo que se mostraba en las fotos y algunos datos intentaba calcular las posibilidades cómo clientes, si conseguía atraerlos, lo que sería difícil. En una página a parte tomaba notas. A la una regresaron al hotel. El conductor avisó que si le llamaba para esa tarde el conductor sería otro.

- Gracias. Pero no. Mañana sí, por favor, venga a la misma hora.

Llamó a Berta. La chica estaba muy animada, aunque afirmó que le echaba de menos. Se mandaron besos varias veces. Afirmó que habían pasado la noche en casa, y esa mañana en la piscina. Por la tarde irían a ver a Ana María. Que unos minutos antes la llamó diciendo que había encontrado trabajo en un bufete supliendo una baja. Al parecer era casi esclavista ya que le daban una miseria por ocho horas al día, pero que era mejor que un trabajo físico. Empezaría al día siguiente coincidiendo que era día once del mes. Nilea ya trabajaba esos meses de vacaciones universitarias en la fábrica de recambios.

Guille sonrió. Su querida Berta no dijo que estaba con su amiga Violeta, pero hablaba en plural. Mejor no preguntar.

Seguramente se dijeron mil veces que se amaban.

A las tres de la tarde sonó el teléfono del apartamento. Colette avisaba que estaba con la gobernanta del hotel mediante una forma de hablar que impedía que esa señora que estaba cerca pudiera enterarse.

- Hola, guapo. Ya está dispuesto.

- Bien. Supongo que la gobernanta nada sabe.

- Claro. Confía en mí que no voy a defraudarte. Por favor no tardes que estoy impaciente.

Dedujo que era la gobernanta quien quería marcharse.

- Un minuto tan solo.

Colette le esperaba con la puerta abierta. Entró. Pensaba en cómo se las había apañado para retener a la gobernanta. No importaba. Se trataba de una mujer con recursos.

Se encontró con una mujer de unos cincuenta años. Muy bien arreglada, peinada, maquillada… Tenía algunos quilos de más, pero estaba de muy buen ver. Su rostro mostraba ese rictus de las personas que sonríen poco. Llevaba una tarjeta de plástico prendida en el pecho donde ponía el cargo. Gobernanta. Quedó sorprendida ante la presencia de Guille, pero pronto cedió a la Cualidad con tan solo decirle que se alojaba en ese mismo pasillo y quería saber quién administraba el lugar con tanto acierto. En dos minutos estaba lista para contestar todas las preguntas.

= Sí. Es José San Cristóbal. Avisé a Colette, aunque dudé de buscar alguien que no fuera tan conocida en el hotel.

= Sí. Me da cincuenta euros por cliente, cien si se lo consigo yo. Además, José San Cristóbal me dio cien.

Esta señora se llevaba doscientos euros solamente por hacer de intermediaria con Colette. ¡Un buen negocio! Añadió:

= Esto ya lo hacía con otra antes que ella. Pero Colette es más atractiva y simpática por lo que saco más. Así me compensa los cinco meses que el hotel está cerrado y algún capricho.

= No. No volveré a ver a San Cristóbal. Ayer se despidió. Iba a… Cádiz. Sí, eso dijo. Cádiz.

= Parecía enfadado. No me dio más explicaciones.

= La última vez hablamos por teléfono.

Guille asintió y le ordenó que se desnudara. En un instante pudo comprobar que la gobernanta tenía un buen cuerpo incluso con esos quilos sobrantes. Le recordó el aspecto de doña Paula, con la diferencia que aquella señora tenía las tetas más bonitas y un precioso coño gordito, mientras que la gobernanta de pasillo las tenía algo caídas, con los pezones oscuros y poco apetecibles. Y su sexo no estaba bien arreglado. Eso sí, entre la mata de pelo asomaban los labios menores.

Le ordenó que le mostrara el coño.

La mujer separó las piernas y con ayuda de las manos retiró el vello a los lados. Resultaba raro ver ese sexo sin arreglar y con tanto pelo. Como ya había visto, los labios eran grandes, un poco oscuros como los pétalos marchitos de una rosa.

Le cogió una teta y la mujer dio un respingo sin oponerse ni hablar. La apretó para ver mejor el pezón al sobresalir y realmente no le gustó.

No le gustaba ese cuerpo.

- Bien, señora. Empecemos. - Le ordenó al mismo tiempo que se bajaba el pantalón: - Veamos qué tal sabe chupar una polla.

Al cabo de tres minutos dedujo que la buena señora había chupado pocas pollas, incluso sopesó la idea que Colette que estaba sentada en una cercana butaca mirando su móvil, le enseñara cómo se hacía una buena mamada. No, nada de molestar a Colette que ya había hecho su trabajo. Decidió follar a la gobernanta.

Le ordenó que se tumbara en la alfombra. Se puso encima y sin más se la metió. La gobernanta soltó un gemido que no quedaba claro si era placer o dolor, y al poco bufaba como una olla en el fuego. Sus tetas se movían a cada empujón de la cadera de Guille.

No consintió que se corriera, ni que gozara más.

- Señora. Deje de gozar. Simplemente va es mi recipiente de semen. No le duele que se la meta, pero no nota placer.

Esa vagina tenía el inconveniente de ser ancha por lo que le ordenó que juntara las piernas quedando más sujeto el pene. Mejor. Aunque era como si se hiciera una paja. Se corrió a los cinco minutos.

- Ahora recupérate, ya. – Cambió al tuteo. - Escucha. Desde hoy cobrarás a Colette veinte euros por cliente, sin distinciones de tiempo o servicio. Dime con quién tengo que hablar para hacer que tenga siempre una habitación en el hotel donde traer a sus clientes que naturalmente no pagará. Lo que ha sucedió aquí lo recordarás como parte de nuestro acuerdo. Ahora ves a lavarte. Luego te arreglas y te marchas.

Se acercó a Colette que permanecía sentada como si lo sucedido a tan solo unos pasos de distancia no le importara. Continuaba con el teléfono en la mano y al parecer chateaba con alguien. Lo mismo podía ser con su hija que un cliente.

- Toma Colette, cincuenta euros. Hasta hoy era la comisión normal, y gracias por buscarme una puta.

La mujer sonrió. Sin decir nada se quedó con el dinero.

Guille pensó que era poco habladora. Un carácter muy distinto a lo dicho por la gobernanta sobre su simpatía.

Se vistió para regresar a su habitación y decidió bajar a la piscina a nadar un rato. Así pasó la tarde.

Al día siguiente, martes. Salió a correr, pero estuvo poco tiempo, a esa hora tan temprana ya hacía demasiado calor.

“El sur es lo que tiene”. Pensó.

A las nueve recibió un mensaje diciendo que el coche estaba en la puerta. Justo a tiempo se había vestido tras la ducha que necesitó para quitarse el sudor por la corta carrera.

Como estaba previsto el conductor era el mismo. Y fue a dar otra vuelta, esta vez por la zona este de la ciudad, concretamente la barriada de Cazohondo, donde se suponía que abrirían la oficina bancaria, descubriendo que la mitad de las casas eran unifamiliares y la otra, apartamentos estivales en su mayoría. Los pocos comercios que encontró eran de temporada y algún supermercado que podría estar abierto todo el año o no.

Nadie estando de vacaciones se cambiaría de banco, pensó. Nadie hace gestiones mientras veranea. Como mucho emplearían el cajero donde la comisión obtenida no compensaba los gastos del local y los sueldos. Recorrer los comercios buscando clientes sería perder el tiempo por muy buena que fuera la oferta.

No. Era una dirección equivocada. Ese San Cristóbal era un imbécil. ¡No! Era un estafador. Con solamente un paseo en coche se veía la inviabilidad de la inversión. ¿Creía que se tendrían confianza ciega en él sin otro estudio de mercado? ¿Quizás tuviera ya acordado con alguien a cambio de repartirse la comisión? No. San Cristóbal lo habría dicho durante el interrogatorio. O quizá no porque no lo preguntó.

Por la tarde iría al sur, en dirección a Fuengirola por lo que pasaría por Torremolinos y Benalmádena. Puede que realmente llegara a Fuengirola porque estaba a menos de media hora del aeropuerto gracias a la autopista, y eso ya era un atractivo.

Pidió al conductor.

- Por favor, para esta tarde, a las cuatro, necesito un vehículo en las mismas condiciones.

Tuvo que acordarlo por teléfono porque el conductor no tenía autorización para esos encargos. Tan solo fueron unos minutos.

Al medio día volvió a llamar a Berta y estuvieron durante una hora hablando de cariñitos y todo eso de enamorados.

- ¿Vas a tardar mucho en volver? Te necesito. Quiero abrazar y oler tu cuerpo. Tu aliento. Te amo.

- Yo también te amo. Y perdona, me queda por mirar una zona de por aquí. Ya te contaré cosas que ahora no tienen importancia, solamente recuerda lo mucho que te amo y necesito.

Lo dicho, así estuvieron durante una hora.

Por la tarde salió en coche a dar una vuelta por la zona al sur de la ciudad. Como ya sabía había otro conductor. Se trataba de una mujer de poco más de treinta años. Vestía con un traje e incluso llevaba corbata. ¡Menos mal de aire acondicionado!

Guille ya estaba convencido que ese San Cristóbal era un oportunista y tomó nota para revisar si este señor había hecho alguna investigación desastrosa o que quedara en nada al no ser viable, pero quedándose las comisiones, y dietas a cargo de Inversiones Fuente Ahorro.

El tráfico quedó interrumpido al detenerse un autocar del que bajaban pasajeros para ir al cercano hotel.

La conductora se disculpó, no podía sortearlo.

- No se preocupe, señora. Aprovecharé para ponerme delante. Así veré mejor el entorno.

La conductora, se preocupó. No era normal en ese tipo de coche y con la calidad de cliente que se trataba.

Guille observaba mejor las dos aceras desde el nuevo sitio. Y tan apenas movía las manos para no poner más nerviosa a la mujer cuando pedía que girase por otra calle o que disminuyera la velocidad.

Sin necesidad de bajar del vehículo vio que el negocio de la banca estaba acaparado por sucursales que rendían sus beneficios a Sevilla, Madrid incluso Bilbao y había pocas oficinas. Casi todos eran cajeros automáticos con un alquiler limitado a un metro cuadrado o a una concesión en un comercio.

Sin embargo, en ese deambular por Torremolinos acertó a pasar por delante de un hotel de una estrella con un edificio comercial de una planta cerrado al lado. El hotel se llamaba Estrella del Mediterráneo y era evidente que necesitaba reformas en la fachada.

Una lucecita se encendió en su cabeza. Ordenó detener el vehículo y caminando fue a mirar los edificios alrededor del hotel. Regresó al coche para dejar la chaqueta y la corbata. Arremangó las mangas de la camisa por encima de los codos y la sacó del pantalón.

- Espere aquí, por favor. - Y señalando un lugar cercano añadió: - Ponga el coche a la sombra si lo desea. No sé cuánto tardaré. – Hizo un cálculo casi al azar. - Seguramente más de una hora.

Volvió a mirar alrededor y propuso que fuera a un cercano bar a tomar algo fresco. Le entregó un billete que parecía suficiente para dos consumiciones.

- En verdad no sé lo que tardaré, pero no se preocupe, tengo su número de teléfono.

La mujer respondió rápidamente con ese acento local.

- No es el mío, es de la empresa, y va bien así porque me llamarán enseguida si me necesita. Gracias.

La discreta mujer no quería dar su número de teléfono personal a un cliente.

Entró en el hotel. Limpio, sí, pero descuidado en el mantenimiento. Quería ver más por eso cogió una habitación alta y que diera atrás sobre los edificios.

- Detesto el ruido del tráfico. - Alegó.

El recepcionista, un hombre muy mayor y que se supone que debería estar jubilado, se encogió de hombros. Arrojó una llave sobre la mesa y casi sin fijarse comprobó que los datos escritos por el mismo Guille eran los mismos que en el documento de identidad. Lo devolvió soltando un gruñido, o tos, aprobador. Pidió el dinero por adelantado.

- Por adelantado. Bueno. Estamos en España, no en una cervecería británica, pero vale.

Hubo un contratiempo con el acceso y al mismo tiempo era un aliciente a sus planes: un letrero en la puerta del ascensor decía que estaba temporalmente fuera de servicio. Y a juzgar del deterioro de ese letrero ya hacía tiempo de eso.

Al llegar al cuarto piso murmuró:

- ¡Joder! Menos mal que no fumo y corro por las mañanas.

Desde la ventana de la habitación descubrió que lo que fuera un comercio cerrado, y al parecer llevaba abandonado más de un año, disponía de una explanada para recepción de mercancías. Era enorme. Y el hotel tenía un solar que hace mucho fue un pequeño jardín con piscina, pero que estaba cerrado. Ese lugar parecía un bosque y la piscina un basurero. Hizo varias fotos.

Hacía cálculos en su mente sobre las posibilidades del lugar cuando al salir de la habitación se encontró con dos chicas, turistas inglesas de poco más de veinte años. Ambas llevaban similares camisetas de una universidad británica, una llevaba un pantalón corto ajustado y la otra una falda elástica. Calzaban sandalias. No llevaban sujetadores o esos pezones no se notarían tanto. Quizás no fueran gemelas, ni tan siquiera hermanas, pero se parecían mucho. Morenas, similar altura, tamaño de tetas... Incluso en los gestos y exclamaciones.

Iban discutiendo sobre la calidad del hotel. Una decía:

- Es lo que tiene algo tan barato.

- Vale. Sí. Nos equivocamos. Para el año que viene a ver si ahorramos un poco más y lo cogemos mejor.

Guille empleó la Cualidad hablando en inglés.

- ¡Hola chicas! Ya veo que os pasa lo mismo que a mí. ¡Qué desastre de hotel! En fin, más tarde a ver si me lo paso bien en una discoteca. He visto una en la esquina en dirección a la playa. ¿Qué os parece? ¿Ya conocéis la zona?

Las chicas habían estado esa noche en dos discotecas y aconsejaron la que creían mejor. Unas palabras más y, bajo la influencia de la Cualidad, entraron en la habitación de Guille.

- Sí, vamos. - Dijo la que vestía falda.

Miraba a Guille. Le parecía guapo. Por eso hizo una seña a su amiga y aquella consintió.

Al poco los tres ya estaban desnudos y follando. Resultó muy fácil porque ya habían venido a este país dispuestas a divertirse, beber y follar con desconocidos con el único requerimiento que fueran guapos. Una chica lo montaba en una follada bestial, mientras la otra le restregaba las tetas por la cara.

- ¡Tío! Lo haces muy bien. - Afirmó la que lo cabalgaba.

La amiga protestó:

- Venga, daros prisa, que me pica el coño.

La que lo montaba atrapó el rostro de la otra en un abrazo, y le dio un morreo de campeonato mientras le metía dos dedos de la mano libre por el coño. A esta parecía agradarle la caricia.

Guille sonrió al verlas. Pensó que si no encontraban con quien follar se lo montaban entre ellas.

- Ya veo que sois muy buenas amigas.

La que estaba al lado, con unos dedos dentro de su coño y se cogía a las tetas de su amiga, afirmó:

- Nos hemos rascado los coños en más de una ocasión.

Y la otra añadió:

- Lo tiene sabroso.

Guille casi rio al pedir:

- Quiero probarlo.

- ¡Te esperas! – Ordenó la amazona. – Ahora estás conmigo.

Pocos minutos más tarde la amazona dejó de atender a su amiga para mover con más energía la cadera agitando mucho su cuerpo. Parecía poseída por un demonio. Para más semejanza soltó varias palabrotas mientras su cuerpo convulsionaba en un gran orgasmo.

Guille notó que se mojaba hasta los testículos.

- ¡Uf! Ha estado bueno. – Afirmó la muchacha. - ¿Y tú no te corres?

- No tengas prisa, nena. Ahora deja que sea tu amiga quien folle. Mientras descansas.

- ¡Sí, sí!

Pidió la amiga mostrando lo cachonda que estaba.

- Vale, nena. Te toca. – Se retiró la amazona.

Al retirarse se cubrió el coño con una mano y no quedaba claro si era para aliviarse con la caricia o para consolarlo por la falta de semen.

En cuanto la primera se retiró, Guille no dejó que la segunda se pusiera encima. La empujó sobre la cama, separó sus piernas y despacio se la metió por la vagina hasta hacer tope. Realmente estaba muy cachonda a juzgar por lo suave que entró sin necesidad de caricias previas.

- ¡Sí! ¡Dios! ¡Ya era hora!

Estuvieron follando cinco minutos más. La muchacha afirmó que le faltaba poco mientras lanzaba gemidos y fuertes suspiros.

La que estaba al lado, mirando, sentenció:

- Este tío es una máquina.

¿Dónde había oído antes que le llamaran así? No lo recordaba y en ese momento no le importaba.

La chica al poco de correrse pidió que parase. Guille se sorprendió. ¿Eran mujeres de un solo orgasmo o estaba haciendo algo mal? Recordó que no hubo caricias previas y eso suele ser un inconveniente con muchas mujeres, pero se suponía que estaban cachondas.

La otra chica, la primera, ya estaba dispuesta.

- ¿Todavía aguantas? Bien.

Esta chica se puso igual que su amiga separando las piernas y se dejó penetrar.

- Muévete rápido. ¿Vale? - Le ordenó.

Durante un rato solamente gemía y suspiraba hasta que volvió a moverse y soltar esas palabrotas con las que parecía la niña del Exorcista. Y mucho más cuando Guille le llenó el coño de semen.

- ¡Mi dios! – Ahora se había vuelto religiosa. - ¡Oh, dios! ¡Qué bueno!

Quedó quieta mostrando una sonrisa de satisfacción que a la otra le dio envidia. Puede que por eso se la borrase con un buen morreo y algunos insultos siendo el más leve llamarla puta.

- Bueno chicas. - Dijo retirándose a un lado. - Si queréis repetir debéis dejarme unos minutos para recuperarme.

Se levantó dejándolas en la cama.

Miró alrededor. Como ya esperaba no había frigorífico con bebidas por lo que se refrescó en el lavabo. Se lavó el pene con agua solamente, ya que tampoco había jabón.

- ¡Vaya sitio tan cutre!

Pensó en la compensación por usarlas, y además de dinero, nada más se le ocurría.

Regresó a la cama.

Las chicas hablaban flojito de Guille. Decían que debía haber tomado algo, no creían normal su resistencia.

- No sé, tía. De verdad. – Dijo una. - Nos lo encontramos por casualidad. Todo es improvisado.

- Vale. Y se desnudó con nosotras. Pero no sé. Normal no es.

Guille las interrumpió proponiendo que quien recibió su descarga fuera a lavarse y la otra follaría en unos minutos. Ofreció:

- Ya viste lo que disfrutó tu amiga al estar encima. Si quieres puedes ponerte así. Aunque antes tendrás que ayudarme a ponerme a tono.

La muchacha hizo una mueca y parecía quejarse cuando afirmó:

- A todos los tíos os gusta que os la chupen.

- Seguro. – Respondió Guille sentándose en la cama y sujetando la polla con una mano. La ofrecía. – Es un puntazo y sirve para reanimarnos.

La mamada era aceptable, aunque echó de menos a Colette.

Poco más tarde la chica estaba encima con la polla de Guille bien colocada en su coño. Se movía muy bien. Y Guille se puso a sobarle las tetas. Aquella se lo agradeció gimiendo de placer.

- ¡Oh mi dios! ¡Qué bueno es esto!

Regresó la otra chica del lavabo y se unió a la fiesta. Pero no con Guille sino con su amiga. Se puso chuparle las tetas y le metió un dedo por el culo. En menos de tres minutos la chica que le cabalgaba aulló de placer y se corrió.

- ¡Oh! ¡Dios mío! Sea como sea esto está bueno.

Ya no le importaba si Guille había tomado algo.

La chica que esperaba su turno empujó a la anterior para también ponerse encima y fue ella quien se metió el pene de un empujón. Entró suave y al parecer hasta el fondo.

- ¡Hola! A ti te conozco. – Rio.

Guille se contuvo de decir que ya había estado antes ahí.

En seis minutos la muchacha estaba desbaratada. Gemía, gruñía y decía tonterías. Al correrse se cogió los pezones y los estiró tanto que parecía que iba a arrancárselos.

- ¡Dios! - Gritó.

Otro cambio de chica. Pero esta vez Guille que se había percatado de los dedos en el coño y otro en el culo, la puso en cuatro con el culo en pompa. Se resistía afirmando que no quería por ahí.

- ¡No! Hoy no me apetece por ahí. – Protestó.

Y fue la amiga quien ayudó a Guille al ordenar:

- Deja que te la meta por el culo, querida. - Con una mano la sujetaba de la cadera y con la otra le separó las nalgas. – Vale, tía. Que en la universidad se lo entregas a todos.

- Es que hoy… Bueno, va.

Guille empleó saliva como lubricante en ese anillo marrón y al segundo intento la metió. Realmente era cómodo y suave. La polla se deslizaba bien. Fuera exagerado o no lo dicho por la amiga, era evidente que ya había follado por ahí alguna vez.

La chica que estaba al lado ayudaba acariciando esas tetas que colgaban balanceándose a cada embestida, y el clítoris. Guille también notó que le acariciaba o le cogía de los testículos. Hasta que al parecer le metió algún dedo a su amiga por el coño. Cinco minutos así y la chica enculada se corrió. Exclamó:

- ¡Que zorra soy!

Guille no quiso retrasarlo más y se corrió en cuatro o cinco lechazos. Provocando nuevos espasmos a la muchacha sin llegar a correrse.

- ¡Oh! ¡Sí, sí! ¡Por fin!

Tras un descanso y quedar en verse pronto. Las chicas, todavía sin vestir, se asomaron a la escalera y salieron corriendo a su habitación llevándose en brazos sus ropas y calzados. Creando una situación graciosa ya que sí, cargaban con todo lo de ellas, pero no habían preparado la llave de la habitación, y desnudas en medio de la escalera, se pusieron a buscarla.

- La llevabas tú.

- ¡No! La pusiste en un bolsillo.

Guille, riendo lo que sucedía, fue al lavabo donde solamente se lavó el pene. Ya se ducharía mejor en el otro hotel. Se vistió y bajó con intención de regresar al coche.

Al pasar por al lado del anciano recepcionista le dijo un sencillo hasta luego. No hubo respuesta o quizás lo fuera aquella tos o gruñido.

Sin llegar a salir a la calle se detuvo meditando. Regresó al recepcionista y mediante la Cualidad preguntó sobre el hotel. Nada. Según el hombre nadie estaba interesado en comprarlo. Y las ruinas de al lado llevaban así tres años esperando un inversor que reabriera un comercio.

= Está en ruinas. Se cae. Hay que derribarlo todo.

“Tres años. - Pensó Guille. - ¡Qué raro en una zona turística!”

Hizo varias fotos a las fachadas y a un letrero medio borrado con un número de teléfono. De las chicas inglesas ya ni se acordaba de darles la Compensación.

La conductora estaba aburrida y asombrada. Habían pasado por delante de hoteles de buena categoría y el cliente se interesaba por el que parecía que se caería a cachos en cualquier momento.

Miró el reloj por enésima vez. Ya había pasado más de una hora, casi dos.

- ¡Por fin! – Murmuró cuando le vio regresar.

Saludos. Guille pasó al asiento trasero y pidió que regresaran al hotel. No se puso la chaqueta y guardó la corbata en un bolsillo. Ya había tomado una decisión sobre qué hacer en Torremolinos por lo que muy animado volvió a llamar a Berta.

Su querida esposa estaba gratamente sorprendida de volver a oírle.

- Hola cariño. Cambio de planes. Esto ya está. ¿Te va bien que mañana comamos juntos?

El grito de alegría de Berta hizo que su oído zumbara por unos segundos. Otra vez se enviaron muchos besos mientras afirmaba cuánto se amaban.

En la puerta del hotel se ocupó de despedir el coche de alquiler al ignorar a qué hora iría al aeropuerto.

Saludó al portero que con una reverencia le invitó a entrar sin comentar la incorrección en el vestir. Se dirigía al ascensor cuando vio a Colette coqueteando con un hombre con la edad de ser su padre y sin hablar le deseó suerte.

“Adelante muchacha. – Pensó. - Sácale un buen dinero”.

En la habitación arrojó la chaqueta sobre la cama y estuvo hasta bien entrada la noche redactando un dosier provisional sobre el solar ocupado por el Estrella del mediterráneo y el comercio cercano para entregarlo al abuelo.

Miró la hora, casi las tres de la madrugada del miércoles. Llevaba unas siete horas con el trabajo y se había olvidado de cenar. Murmuró:

- Si va bien compensará haber ayunado.

En el frigorífico había unos envases de zumos y se los bebió. Iba a comerse las galletas cuando vio que estaban caducadas y lo mismo sucedía con las chocolatinas. Pensó que en la zona debía haber algún establecimiento de bebidas donde algo habría para comer. Pero el cansancio le podía más. Puso la alarma a las ocho y se acostó. Quizás durmiera un poco más, pero debía llamar al piloto del Peregrino para que dispusiera de tiempo. Había un protocolo que seguir en el aeropuerto.

La mañana del domingo anterior Berta acompañaba a Guille al aeropuerto. En el parking de vuelos comerciales estuvieron unos minutos besándose dentro del coche.

- Vamos a dejarlo para cuando vuelvas.

- Sí, cariño. Llama a tus amigas. No estés sola.

Berta escondió su rubor bajando del coche.

Nuevo beso y el deseo de estar bien.

Vio alejarse a su marido. Enseñaba su carnet a un vigilante y este le permitía el paso sin revisar su equipaje. Ahí mismo subía a un coche eléctrico que le llevaría hasta el avión.

Subió en el coche en la parte del conductor. Por el camino a casa pensaba en lo mucho que lo amaba, y que, aunque ya había quedado con Violeta era con él con quien quería estar.

Al poco de llegar a casa Violeta la llamó al teléfono.

- ¡Hola guapa! - Violeta parecía animada. - Estaré en tu casa en unos minutos… ¿Hay cambio de planes?

- Te espero, y ya me estoy quitando las bragas.

- ¡Vaya! Y la fama de bruta la tengo yo.

Violeta estaba preciosa. Parecía una colegiala con esa falda tableada un poco corta y la blusa verde claro. Como además cargaba con una bolsa de deporte podría pasar por una estudiante de un colegio bien.

- Hola, cariño.

- ¡Hola!

Se besaron conforme caminaban en dirección a la casa. Violeta miró a los lados temerosa que las pudieran ver los vecinos sin pensar que la valla y los árboles del perímetro lo impedían. Con esa sonrisa Berta le indicaba que todo iba bien, que no debía preocuparse por nada.

Fueron a la habitación de invitados, que antes era la de Guille, y sentadas en la cama pudieron besarse con más comodidad. Camisetas y sujetadores desaparecieron pronto y se turnaron para acariciarse y lamerse las tetas, puesto que también empleaban las bocas.

- De cada día, de cada vez, me gusta más tu cuerpo.

- Eres mi droga. Me tienes enganchada a ti.

Después de un juego con las lenguas en los que a veces se rozaban la nariz, y antes de quitarse las bragas, Violeta pidió por ducharse.

- Perdona, cariño, pero es que ahí fuera hace calor y…

- Sí, colegiala bonita. Que solo te faltaban las trenzas para aparentar que vas a primaria. - Pellizcó a la vez los dos pezones haciendo que Violeta protestase. - Claro que con estas tetas que te gastas despistarías mucho a los profesores. – Ordenó: - ¡Vamos a la ducha!

Berta también se metió bajo la regadera. Se enjabonaron una a la otra, frotando los cuerpos con las manos hasta que juntaron las tetas. Con tantas caricias el clítoris de Berta ya estaba duro, y el de Violeta destacaba tieso. Pero no eran ahí las caricias, Berta tenía dos dedos dentro de la vagina de Violeta y ésta un dedo dentro del culo de Berta.

- ¡Esto sí que es lavarse a fondo! – Rio Violeta.

- ¡Vamos ya a la cama! - Ordenó Berta.

Una al lado de la otra volvieron a besarse y fue la impaciente Berta quien se deslizó hasta las tetas de su amiga para dedicarles todo el cariño que pudiera manifestar mediante caricias, chupadas y algún mordisquito.

- ¡Uhm! ¡Cariño!

- Cariño mío.

Violeta ya respiraba con fuerza cuando Berta decidió que era el momento de saborear ese clítoris que, desvergonzado, asomaba entre los pliegues del coño. Primero acarició toda la vulva incluso a veces el ano hasta que con dos dedos se puso a jugar con el clítoris. De ser un pene parecería que lo pajeaba.

Violeta tuvo un orgasmo.

- ¡Ah! Cariño. Es… buenísimo.

Sin cesar la caricia sobre el sexo acudió con su boca a besar la de Violeta. La amiga apenas colaboraba en el beso porque todavía disfrutaba de la caricia en el coño.

Por fin Violeta reaccionó algo repuesta.

- Bien, cariño. Ahora vamos a cambiar. ¿Vale? - Propuso suspirando todavía por su reciente orgasmo. - Voy a intentar devolverte el gustito. - Sonrió al añadir. - Aunque difícil me lo has puesto.

- Espera, deja que continúe con mi boca. - Pidió Berta retirándose junto Violeta para situarse entre sus piernas. - No interrumpamos tu momento, cariño. Sigue disfrutando.

- ¡Cariño! Eres maravillosa.

Violeta gimió cuando notó un mordisquito en el pezón derecho. Un beso en el ombligo, y que sus piernas fueron empujadas para que se separasen permitiendo por segunda vez el acceso a su intimidad. Notó otra vez esos dedos que ya conocían bien cada rincón de su vulva. Notó el aliento y la respiración de Berta que ansiosa acercaba la boca para colaborar, incluso protagonizar, la caricia. Y con ese primer lengüetazo ya tuvo otro orgasmo que, aunque suave y breve, no por eso fue mal recibido.

- ¿Tan pronto? – Se alegró Berta. - Disfruta cariño.

La lengua de Berta se movía sobre la entrada a la vagina, el meato, y los oscuros y muy brillantes labios menores. Así durante un rato. Berta disfrutaba ese sabor mezcla de flujo, sudor y saliva.

Mientras que Violeta estaba por maldecirla al retrasar la caricia sobre el clítoris. Ya avisó a Berta que era clitoriana. ¿Por qué la estaba haciendo sufrir con esa dulzura? También estuvo por ordenarle: ¡Muérdeme el coño!

Violeta notó un dedo dentro de la vagina, o quizá fueran dos. Se movía. La endiablada Berta lo movía. Y, sí. Ese nuevo orgasmo no se generaba solamente de su vagina, también lo notó en las tetas, en los ovarios y la sequedad de su garganta. Fue grandioso, sublime… ¡Y aún no le había tocado el clítoris! ¡Esa Berta se había vuelto una bruja! Su vagina apretó al dedo invasor varias veces hasta que se daba por vencida.

El invasor se retiró.

Terminó el asalto, mientras la batalla continuaba.

Algo húmedo y caliente comenzó a acariciarle el clítoris. Primero suavemente como si explorara el bastión a abatir. Luego con energía. Ese intruso ya sabía que cuando ataca desde el sur debe hacer más presión. Y a veces traía suaves aliados que lo envolvían y succionaba. Sabía que era cuestión de tiempo que el bastión de su cuerpo sucumbiera, que se derrumbaría ante el placer claudicando ante un buen orgasmo. Esperando el desenlace se dispuso a disfrutarlo.

Unos labios rodeando el clítoris, chupando, y notando esa lengua en el extremo y de repente… un dedo entró por la vagina. ¡Bien! Muy bien. Inesperado y dulce. ¡Ah! ¿Qué? Otro dedo en el ano. No. ¡Traición! ¿Traición? Sí, sí. Al poco gritó su placer, su culminación.

- ¡Ah! ¡Uh! ¡Eres bruja!

Unos segundos intensos.

Casi fue un alivio que esa oleada que la empujó hasta el cielo concluyera.

Violeta miró a Berta y amenazante le advirtió que era su turno.

- Ya puedes prepararte, guapa.

Una hora más tarde salían de la ducha. Las dos tenían hambre, pero la sed, las ganas por hidratarse, era más apremiante. Berta se puso un pijama corto, fino, en el que a veces parecía transparentarse sus pezones. Violeta un pantalón corto tipo deportivo muy ancho y una camiseta oscura con letras amarillas en inglés.

Violeta abrazó a Berta, se besaron en un suave roce en los labios.

- Berta, cariño. Lo de ese dedo en mi culo ha estado bien. Pero te pido que no lo hagas más. Yo… perdona. No me gusta. El placer no me compensa la sensación de después.

- Comprendo. Y bueno, yo también tengo una petición. – Se ruborizó al pedir: - No me metas más de dos dedos por el coño, por favor.

- Vale.

- Vale.

Fueron a la cocina encontrando una nota, indicando cómo recalentar la comida.

- ¡Qué bien! – Murmuró Berta recordando a Natalia cuando realmente había sido otra sirvienta de turno en domingo.

Después salieron de la casa a pasear por el jardín mientras compartían una lata de cerveza. Una bebida que a Berta no terminaba de gustar.

El paseo fue corto.

- ¡Hace calor! – Exclamó pensando que si tenía calor en Zamalca el pobre Guille debía pasarlo mal en Málaga.

Violeta hizo que regresara al momento al proponer entrar en la casa.

- Sí, mejor. – Aprobó Berta.

Fueron al comedor de la cocina donde estuvieron un rato conversando sobre ellas, las amigas, la familia...

La noche era húmeda y cálida, pero como hacía algo de aire se estaba bien. Habían cogido unas sillas desde la cercana cocina. Y sentadas al lado de la piscina otra vez hablaban de Ana María y Nilea, de la reacción de los padres ante los hijos. Y de la ayuda que necesitaban.

- Así como Guille se ocupa de mí y de Nilea, yo cuidaré de Ana María. Su situación es similar a la mía. Conozco sus notas. No son brillantes, pero están bien, muy bien. Me ocuparé de sus gastos en las mismas condiciones que yo estuve con Guille: las notas deben ser buenas.

- Sin nada a cambio.

- Solo espero no necesitar de un abogado.

- Ya veo. - Sonrió al preguntar: - ¿Harías eso por mí?

- ¿Por ti? – Lo pensó brevemente. - Te pagaría los estudios, sí, pero a cambio de hacerte mi esclava sexual.

- ¡Vaya! Creo que te ha gustado lo que te he hecho.

- Pues… que me corra dos o tres veces al acariciar mis tetas y otras tantas al lamerme el coño, ha sido… - Con un gesto del rostro parecía quejarse. - Aceptable.

Reían.

- Sí, claro. Aceptable. – Con un gesto de la diestra señaló más allá de los árboles. - Todos los vecinos de alrededor han tenido que ir a la farmacia por tapones para los oídos.

- Te equivocas, fueron por tus gritos.

La aparición de unos mosquitos ayudó a tomar la decisión de entrar en la casa para acostarse. Sin hablarlo previamente lo hicieron juntas como si fueran pareja. Violeta se quitó el pantalón mientras que Berta conservaba el pijama.

Entraba algo de luz por la ventana procedente del jardín. Violeta se movió varias veces.

- ¿No puedes dormir? – Preguntó Berta. - ¿Te molesta la luz?

- ¿Qué? No. No es eso. No sé. La cama es cómoda, estoy cansada, pero la situación es inquietante. Mira. Te propongo un relajante.

Llevó una mano al cuerpo de Berta y la pasó por debajo de las bragas hasta el coño. Deslizó los dedos separando los labios menores y se dispuso a acariciarle el clítoris.

- ¡Ajá! Lo encontré.

Berta lanzó un suspiro y protestó:

- La inquieta parecías tú.

- Así tranquilizo mis dedos.

El cuerpo de Berta reaccionaba a la caricia.

- ¡Uhm! Cariño, como relajante no está mal.

Berta separó más las piernas y llevó una mano hasta el sexo de Violeta. También se dispuso acariciarla.

- ¡Así cariño! – Animó Violeta. – ¡Ven! Estabas tardando.

Unos minutos más tarde, Berta sabía que su amiga no tardaría mientras que ella aún le faltaba un minuto como poco. Se conformaría.

- Cariño. Esto es… para dormir.

- Cantamos una nana.

- La entonas muy bien.

El clítoris de Violeta aumentó de tamaño y la chica estaba en una nube de placer. Se olvidó de acariciar a su compañera.

Berta, sin dejar de acariciarla se incorporó acercando su boca que, retirando las bragas hasta los tobillos, sustituyó a los dedos sobre el clítoris.

- ¡Bruja! ¡Sigue!

La oleada de placer hizo que todo el cuerpo de Violeta vibrara.

Tras el orgasmo quedó quieta varios segundos, jadeando. Hasta que ya pudo girarse para ver que Berta sonreía a su lado.

- Me gusta tu coñito. – Afirmó Berta sonriendo.

Violeta se incorporó proponiendo lo que parecía un aviso o amenaza.

- Bien, brujita. Te toca. Te toco.

- Me tocas.

Le quitó la camiseta del pijama y se lanzó sobre esas tetas.

- ¡Despacio, bruta! – Pidió Berta sonriendo. – No me las rompas.

Al poco era Berta la que gemía al notar esas manos que lo mismo empujaban que apretaban o sujetaban las tetas para que los pezones destacaran y así atacarlos con la lengua. Berta se corrió gimiendo su placer al mismo tiempo que decía que la bruja era Violeta.

- Me hechizas.

Pero la amiga no se contentó con eso. Le quitó el pantaloncito y las bragas. Le levantó una pierna y acercó a su sexo el suyo.

¡Qué calorcito más bueno! ¡Qué contacto tan sublime!

La suavidad era sabrosa y al mismo tiempo notaban que los dos clítoris se rozaban y acariciaban por todos los rincones. Varias veces Berta notó ese bulto asomándose a su vagina para luego deslizarse regresando a tan íntimo contacto. Mientras que a Violeta su clítoris le describía lo bien que lo pasaba al deslizarse por la vulva de su amiga.

- ¡Suave!

- ¡Calentito!

En al menos dos ocasiones Violeta acarició esas bonitas tetas que se agitaban al alcance de su mano, pero no debía hacerlo porque supondría que Berta se correría pronto. Su intención era prolongar el juego y el placer.

Dos clítoris se juntaron frotándose y Violeta fue la primera en correrse. ¡No era eso lo pretendido! Pero ya era tarde. Conforme pasaban esa veintena de segundos temía que no fuera suficiente para Berta, su querida amiga, y en ese momento a quien más amaba. Y precisamente en ese momento Berta empezó a moverse con renovada energía mientras gemía la llegada de su culminación.

- ¡Sigue más! Un poco más.

“¡Qué guapa se pone Berta cuando tiene un orgasmo! Cierra los ojos, abre un poco la boca para soltar un suspiro o un gemido. Enamora”.

Ese pensamiento la asustó. ¡Alto! ¡No! ¿Qué ocurre?

Solo era sexo entre amigas. Compartir caricias mientras se disfruta. Nada más. Violeta, sin saberlo, le había pasado lo mismo que a Guille unos años antes: Se había enamorado de Berta.

Al día siguiente, lunes, las dos amigas estaban contentas y algo ruborizadas, mientras bajaban a la cocina por el desayuno. Vestían la ropa que se pusieron para dormir y que les molestó para otra cosa.

Se encontraron con la sirvienta.

- Buenos días, señoras.

- Hola, señora Natalia. Buenos días.

- Buenos días.

El envase con las rodajas de pan ya estaba listo cerca de la tostadora y Berta se dispuso a prepararlas. Violeta iba a ayudar y Berta le ordenó que se sentara. Tres mujeres era demasiada gente de pie en esa cocina. Se molestarían unas a otras.

- ¿Café con leche, como siempre? – Preguntó Natalia.

Berta notaba algo diferente en esa voz. Tenía el cantarino acento gallego, por supuesto, pero eso, era diferente.

- Gracias, no se preocupe, ya me ocupo de prepararlo. Seguro que tiene otros trabajos. - Y le ofreció: - A no ser que quiera acompañarnos. ¿Le apetece un café?

- No, gracias, señora.

¡Qué diferencia con otros sitios! Pensaba Natalia mientras se retiraba para subir a las habitaciones. Estos señores se ocupaban de pequeñas cosas domésticas, incluso se encontraba lavado lo empleado durante la cena. Y eso le daba tiempo para hacer sin agobios otros trabajos. También podía apartarse un plato con la misma comida y hacerlo al mismo tiempo que ellos, o inmediatamente después. De ser así, Berta pedía perdón por molestarla mientras se ocupaba de meter todo en el lavavajillas.

En otras casas le decían que su sustento no estaba incluido en lo que pagaban a la empresa de servicios, y se tenía que llevar dos bocadillos, el de la merienda a mitad de mañana y el de la comida. Parecía una broma de mal gusto preparar una paella, o un cocido y a ella le tocaba el bocadillo traído de casa. Y a veces le decían que perdía mucho tiempo en comer, cuando en verdad le corresponde media hora, más quince minutos para la merienda.

Subió al primer piso con la intención de arreglar y limpiar dos habitaciones. Se asombró, solamente una. Y en ese baño habían empleado casi todas las toallas. Se puso unos guantes para amontonarlas en la cesta. Iba hacer la cama cuando notó el olor a almizcle. O como decía su madre, “callo de moitos días” (yogur caducado). No quiso opinar. Le gustaba esa casa. Retiró las sábanas. En el cajón de la ropa para lavar había una camiseta y dos bragas. De una reconoció la marca, era de las que emplea la señora. Otra vez no quiso opinar. Murmuró:

- Estoy ben aquí, cala. (Estoy bien aquí, a callar).

Nada comentó cuando llegó la suplente, ya que Carmen estaba de vacaciones. Entre las dos limpiaron la casa.

Las dos amigas estaban tomando el sol, tanto para secarse después del baño como para broncearse. Poco antes estando en el agua empezaron a echarse agua una a la otra y terminaron en un abrazo en el que casi se besan. Debían tener cuidado, pidió Berta. Las sirvientas podrían ser discretas, pero no hay que correr riesgos.

- Guille puede ser permisivo. Pero no quiero murmullos a mi alrededor.

- Vale, guapa.

La prueba de fuego consistió en ponerse crema en la espalda una a la otra. Y más al pasar las manos por los culos con la falsa escusa de extender bien la crema. Violeta ordenó a Berta:

- Para nena, o con mi corrida voy a dejar un charco en el suelo.

- ¡Bruta!

- ¡Bruja!

Guille llamó a la una y estuvieron hablando un rato. Al separarse Berta se ruborizó ante la sonrisa de Violeta, que le dijo:

- Te envidio.

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