La cualidad de la palabra. 23
En la casa de Berta, la noche se enciende con besos y caricias entre cuatro amigas, mientras Guille, el esposo, observa desde la sombra. Pero su verdadero poder no está en el dinero, sino en la palabra: una cualidad que le permite doblar voluntades y arrancar gemidos a quienes menos lo esperan. Cuando el abuelo le encarga una misión en Málaga, Guille descubre que el control total es el único juego
En la habitación de invitados cuatro mujeres intercambiaban besos. Y para hacer algo más íntimo se separaron por parejas. Berta disfrutó de besos y caricias en su cuerpo, y se esmeró en devolver el favor.
- Me has manejado muy bien las tetas, cariño. – Ese orgasmo estuvo muy bien. - Ahora voy a ocuparme de tu botoncito.
Violeta, sonriendo y jadeando de deseo llamó la atención de Berta sobre un detalle.
- Cariño. Fíjate bien, no tengo un botoncito.
- Por eso me gusta.
Berta disfrutó chupando ese enorme clítoris, y Violeta de las caricias de su amiga. Dos orgasmos, arrolladores, casi brutales estremecieron su cuerpo y arrancando gemidos. El rostro de Berta quedó mojado.
- ¡Uhm! ¡Has soltado mucho!
Violeta no respondió. Su respirar era fuerte, sonoro. Sus pezones oscilaban sobre las tetas. Berta cogió una teta. La apretó suavemente.
- Tu cuerpo es muy bonito.
- Espera un minuto, preciosa mía. – Pidió Violeta. - Un minuto. Y haré que te corras como una perra.
Al lado, Nilea y Ana María frotaban sus cuerpos. Gemían de gozo.
Cambiando de lugares ahora Violeta, estaba entre las piernas de su amiga, iba a comerle el coño.
Unos minutos con una lengua recorriendo su coño y Berta sintió que culminaba. De su garganta casi salió la palabra “mermelada” que pudo contener al recordar la burla de su amiga horas antes. Oyó la voz de Violeta interesarse.
- Veo que te ha ido bien. ¿Me equivoco?
- Ha ido perfecto.
Violeta se tumbó bocarriba y ofreció a Berta que la abrazara.
- Ven cariño. Descansemos.
- Bueno. No quieres más. Me has llevado al paraíso dos veces y yo a ti una. No me parece justo.
- Nena, todavía tengo el coño sensible. Y para mi desgracia mis tetas no son como las tuyas.
- ¿No te va bien que las acaricie?
- Me gusta. Sí. Pero no para llegar al clímax.
- Vale. Lo confieso. Quiero chuparte las tetas.
Violeta soltó una risita.
- Vale. Un ratito.
Varios minutos estuvo Berta jugando con las tetas de su amiga y chupando esos pezones. Hasta que Violeta exclamó.
- ¡Bruja! ¡Lo has conseguido! Estoy cachonda otra vez.
- Bien. – Murmuró alegre Berta.
Separó las piernas de su amiga y se dispuso a saborear con renovado entusiasmo ese largo clítoris.
Al otro lado de la cama era Ana María quien pedía a Nilea que pararan por esa noche.
Eran las ocho de la mañana cuando Guille regresaba a la casa. Aunque hacía fresco llevaba las axilas y la espalda mojadas de sudor. Sabía que en cuanto se quitase las deportivas, sus calcetines serían como una soprano cantando la venganza de la Reina de la Noche de Mozart.
Volvió a cruzarse con la vecina de enfrente, esta vez la adulta iba sola. A igual que él llevaba la ropa mojada de sudor. La ropa era muy ajustada. Un pantalón corto, un top, calcetines bajos y zapatillas. Parecía más guapa que la vez anterior. Su piel brillaba atrayente.
- ¡Buenos días! - Dijeron casi a la vez.
No quiso girar la cabeza por si era descubierto mirando.
Para no hacer ruido por la casa y por entretenerse con algo se dispuso a colocar las tumbonas cerca de la piscina. Además de una mesa y una sombrilla. En eso estaba cuando desde la puerta del trastero oyó un saludo.
- Bu... buenos días. Se...ñor.
Guille se giró encontrándose con la asistenta. Respondió al saludo y dijo que no se preocupara que ya se encargaba él de las hamacas. Que las mujeres podían tardar en ocuparlas. La mujer respondió que era su trabajo y se puso al lado.
Guille la vio manejando aquellos muebles y pensó que tenía fuertes los brazos. Se fijó más. Cara agradable, melena corta y recogida en una cofia tipo red o algo así. Su cuerpo era menudo en el que destacaban unas nalgas poderosas. Tenía las manos un poco grandes por comparación con el cuerpo y brazos. Hablaba poco y tartamudeando. Siempre se ponía rígida, casi firmes, cuando le preguntaban algo y sus manos se movían delatando su nerviosismo.
- Bien, pues si es tan amable de preparar las colchonetas voy a conectar el regadío.
La mujer asintió moviendo la cabeza sin hablar.
Dejó el agua saliendo de los aspersores, puso el temporizador a diez minutos y regresó al trastero.
Entonces la oyó. La mujer cantaba en gallego y no tartamudeaba. Se compadeció, estaba claro que era por nervios o inseguridad ante los demás. Decidió que iba ayudarla y de paso darse un alivio.
Saludando entró en el trastero. La mujer enmudeció. Como si fueran lo más natural preguntó su nombre. Natalia. Y todas esas preguntas que sirven para conocer a alguien.
Fue empleando la Cualidad. Como ya sabía en tan solo dos minutos ya podía ordenarle lo que quisiera.
Con voz clara Natalia respondía como si fueran amigos.
= No tengo novio.
= Ustedes me tratan bien. La combinación para venir está bien. En un solo autobús. Y la hora. No tengo que madrugar tanto como en otros sitios.
= Trabajo en el peor turno y lejos porque me consideran tonta.
= Me llaman la Tarta.
= No es por pastel. Es por tartamuda.
= ¡Es verdad! Ahora no tartamudeo. No lo entiendo.
= Comprendo, sí. Hablar despacio. Sin nervios. Mirar fijamente a los ojos y que se pongan nerviosas ellas. Lo haré.
= Sí, señor. Haré lo que me pida. Lo que sea.
= No señor. No lo he hecho nunca. Ninguna verga me ha profanado. Mi himen está intacto.
= Sí, señor. Solo recordaré lo que ha dicho para que deje de tartamudear. Gracias, señor.
Guille le ordenó que no le mirase directamente y que se quitara el babero.
Quedó en ropa interior. Las bragas eran de color rosa pálido y cubrían totalmente ese culo. El sujetador era de un tamaño casi infantil. Al quitárselo aparecieron unas tetas cuya base era redonda y se iba estrechando hasta la areola. Esta destacaba oscura y ancha, siendo culminada por un redondo pezón que parecía una bolita pegada a ese cuerpo.
Debajo de las bragas llevaba el sexo con mucho vello negro que había que retirar para mostrar la vulva. Ya estaba algo húmeda y el olor era fuerte.
Guille centró su esfuerzo en hacerla disfrutar. Algo que le resultaba fácil, solamente tenía que ordenarlo. Pero emplearía el otro sistema más natural, con el que más disfrutaba, las caricias.
Primero las tetas. Las acarició y chupó. Los pezones casi no reaccionaron a las caricias mientras que las areolas crecieron en lo que parecía una segunda teta más pequeña sobre la otra. Natalia ya tuvo así un orgasmo.
“Las tiene sensibles”. – Pensó Guille.
Ordenó que se tumbara en una hamaca y se situó entre sus piernas. La vulva estaba totalmente mojada. Separó un poco más esos oscuros labios y tan apenas con el roce de sus dedos, Natalia tuvo otro orgasmo.
- ¡Meu Deu! (Dios mío). – Gimió.
Guille continuó con la caricia.
“Todo su cuerpo es sensible”.
Ya debía ser su quinto orgasmo cuando decidió dejar que descansase. Mediante una orden hizo que se recuperase en unos segundos. Cambiaron de posición. Guille se bajó el pantalón y ordenó que la chupara. Natalia no sabía, nunca lo había hecho por lo que tuvo que orientarla.
Estuvo regular tirando a bien. Le ordenó que le lamiera el pene, dando algún beso. Que la frotara con los labios y contra la cara. La metiera en la boca y sujetándola con los labios succionara al mismo tiempo que se la metía y sacaba moviendo la cabeza.
Sí, realmente la conclusión estuvo bien. Se descargó en cuatro lechadas. Y no hizo falta ordenarle que se tragara el semen. Parecía que a Natalia le gustaba.
“No ha estado mal la mamada”. Concluyó.
Ya satisfecho ordenó que se vistiera.
Añadió o repitió las órdenes.
- Solo recordarás los consejos sobre dejar de tartamudear y en una semana dejarás de hacerlo, olvidándote que yo te orienté. Te adjudicarás todo el mérito de lograrlo, sintiéndote más segura. Ahora, en la cocina, te enjuagas bien la boca.
- Sí señor.
Natalia fue a la cocina tras el enjuague bucal preparó unas tostadas para los desayunos, y Guille subió al primer piso para despertar a las chicas. Estuvo aporreando la puerta y dando voces hasta que contestaron.
- ¡Sí! ¡”Pesao”! Ya vamos.
- ¡Vale! ¡Ya basta!
- ¡Vas a romper la puerta!
Cuatro chicas desnudas se movieron con pereza para ir al baño. Una ocupó el retrete, otra el bidet, la tercera abrió el agua de la ducha esperando que saliera caliente. Violeta, desde la puerta las miró divertida. Amplió la sonrisa y burlona se le ocurrió decir:
- El lobo feroz aporrea la puerta sin saber que las cuatro cerditas han de lavarse las babas de los chochetes.
Todas rieron y ruborizaron.
Violeta se acercó a Berta. Hubo un breve beso en los labios.
- ¿Cómo estás?
- Todo bien. ¿Y tú?
- Deseando poder repetirlo.
Berta notó un estremecimiento desde los muslos al cuello, y que sus tetas reaccionaban. Pero no podía ser en ese momento. Sonrió a Violeta ordenándole que fuera al lavabo.
- Ves. Quítate las babas.
- Son de tu boca.
- Vale. Pero te las quitas tú.
Al salir de la habitación Nilea descubrió que si bien la puerta estaba cerrada no era con llave. Guille podía haber entrado de haber querido y descubrirlas desnudas.
- No, cariño. – Afirmó Berta, rotunda. - Mi esposo no podía hacer eso por la sencilla razón de cómo es.
- Avísame si te divorcias, nena. - Dijo Violeta.
Sonrieron.
Una hora más tarde las cuatro estaban tomando el sol en la piscina. Antes Berta, y delante de las chicas, pidió a Guille que ni se asomara a la piscina. E intentando no sonreír así quedó acordado.
- Sí. Vale. Haced lo que queráis, pero para la próxima vez que, seguro que la habrá, os quedáis aquí las cuatro solitas mientras me voy a Villa Montesinos que allí también hay piscina.
Berta asintió. Era lo más lógico.
Rato más tarde, Natalia, en un carrito les llevó una jarra de agua con mucho hielo y rodajas de limón. También había un recipiente tapado con una toalla en el que había hielo y varias latas de refrescos.
- Gracias, señora. - Dijo Berta que se había levantado para abrir la sombrilla y cobijar lo aportado. – Nos vendrá muy bien, sí. Gracias.
La sirvienta se ruborizó al ver que tanto la señora como sus amigas estaban desnudas. Y que al menos dos mostraban sus vulvas depiladas. Casi salió corriendo de regreso a la cocina.
Berta regresó a su hamaca. Nilea dijo que seguía pensando que se estaba muy bien en esa casa, y agradecía su hospitalidad.
- Me gusta vuestra compañía. - Respondió Berta.
Sonriendo Violeta recordó parte del juego de esa noche:
- Ya nos dimos cuenta de lo que te gusta.
Todas evitaron reír mientras recordaban lo “divertido” que lo habían pasado esa noche gracias a los besos y caricias.
Temporada de exámenes. Guille continuaba corriendo por las mañanas mientras Berta a veces le acompañaba y otras parecía bailar al lado de la piscina con unos ejercicios de lucha o Tai-Chi. Luego en la universidad había repaso, recomendaciones, nerviosismo, miedo... El resultado es que Nilea terminó el tercer curso con 9.8, Berta con 9.2 su segundo curso, y Guille en el tercer puesto al terminar la carrera con 8.9.
Don Francisco llamó a su despacho a Guille. Y ya sabía que eso suponía que debía estar a la nueve en punto de la mañana, por lo que se presentó en Villa Montesinos a las ocho y cuarto.
Fue directamente al gabinete donde ya sabía, gracias al mayordomo, que estarían los dos abuelos desayunando.
Subió la escalera y a tan temprana hora se encontró con Elena, aquella sirvienta que le gustaba follar por el culo. La mujer empujaba un carrito con artículos de limpieza. No llegó a ruborizarse, pero sí que desvió la mirada. Sonrió levente al saludar:
- Buenos días, don Guillermo.
- Buenos días, señora.
Contestó educadamente sin recordar el nombre de la mujer. Pero sí lo bien que lo pasó al follarla por el ano. Ya buscaría el momento para volver hacerlo.
Llamó a la puerta del gabinete. Entró sin esperar respuesta.
Doña Amparo tenía un tazón en la mano y don Francisco parecía que ya había terminado su desayuno.
El abuelo iba ya correctamente vestido, corbata incluida, mientras que ella se cubría lo que debía ser el camisón de dormir con un fino albornoz.
Saludó a los dos, y a la abuela le dio un beso en la frente.
- ¡Qué bien hueles! Me gustaría hacerte una pregunta hermosa mía. ¿Tienes novio?
- ¿Novio? – Doña Amparo intentó no reír semejante ocurrencia al contestar: - No, no tengo novio, caballero.
- ¡Ah! ¿Entonces tengo posibilidades?
La mujer miró rápidamente a su marido antes de responder.
- Pues me temo que si sigue con ese propósito este señor que nos está escuchando se batirá en duelo con usted. O quizás simplemente le dé un trabucazo.
- Pues, como no quiero que se perfore mi piel me retiro.
Guille acercó una silla y se sirvió café solo.
- ¿Habéis dejado de jugar?
Al contrario de otras veces la voz de don Francisco no sonó atronadora sino como parte de la chanza.
- ¿Qué haces aquí tan temprano, hijo mío? - Preguntó doña Amparo. Miró rápidamente la puerta antes de la siguiente pregunta. - ¿Por qué no ha venido mi querida Berta?
- Pues mi querida esposa ha ido a dar apoyo a unas amigas. Junto con Nilea, van a casa de una chica que conoces, Ana María, de los Vergara, abogados, para decir a los padres que es gay, y tiene pareja desde hace unos meses.
- Los Vergara. - Murmuró doña Amparo. - Cuando Berta me dijo lo que ocurría sondeé a la abuela. No son beatos en exceso, pero sí muy tradicionales. No será fácil la presentación ni la negociación.
- Quizá debieras ir tú. - Añadió don Francisco.
Parecía que le indicaba que mediante la Cualidad de la palabra todo era posible.
- No podía. Tengo una cita con mi jefe.
- Bien. Pues la cita la tenemos aquí y ahora. Abre las orejas muchacho. Tienes que ir a Málaga, concretamente a la zona este de la ciudad, un barrio en la costa llamado Cazohondo. – Añadió más datos. - He leído un proyecto para abrir una sucursal de Fuente Ahorro. – Se refería al banco del que Guille es el propietario junto con el abuelo. - Parece viable. Pero quiero que lo veas y que José San Cristóbal, un inspector y agente investigador de nuevas inversiones, te cuente directamente sus ideas. Ya sabes. Informarte de todo y regresas con lo que obtengas. Sobre la mesa del despacho tienes la documentación.
Guille recordó la semana que pasó en esa ciudad. La catalogaba como divertida. Estuvo con una sirvienta del hotel, una jovencita que lo hizo por primera vez y la decente señora de Artiaga, que lejos de hacer indecencias, prefería por el culo evitando riesgos.
El anciano sonrió como quien observa a una víctima.
- No quiero presionarte, muchacho, pero de ti depende que lo invertido vaya a la basura o que en dos años ya obtengas beneficios. Se trata de una de tus empresas.
- Y me lo dices sin presiones. - Bromeó Guille. - Tengo hoy y mañana para estudiar los datos.
Don Francisco puso más límites en su trabajo.
- Mañana coges el Peregrino y pasas las noches que haga falta allí. José te ha reservado habitación en el hotel... Creo que dijo Galeón. Si llevas a Berta puede que se aburra.
- Puede quedarse conmigo. - Dijo doña Amparo. - Debe pasar más tiempo con las esposas de vuestros posibles clientes. Aunque reconozco que la mitad no están casadas y parecen… poco dispuestas a eso.
- Berta ya decidirá. - Medió Guille. - Como opciones tiene que puede acompañar en su problema a la Vergara, la de quedarse con su querida abuela, pasar sola unos días en esa ciudad mientras me espera o como ya hizo en Paris llevarse a una amiga.
- Pues que escoja. – Replicó la abuela y añadió: - Yo me quedaría, pero es su opción.
- Bien, en cuanto tenga la documentación me pongo a estudiarla. Y como no veré a Berta hasta la cena me quedaré en mi habitación.
Don Francisco lo aprobó con un gruñido, y doña Amparo lo secundo diciendo que para comer regresara al gabinete o bajara al comedor, que eso de comer en una habitación no está bien.
- Además, servirá para despejarte.
Llevaba un buen rato mirando la documentación y encontró dos problemas. Uno parecía una burla del abuelo al novato. El otro era que el beneficio dependía de muchos factores y había que tener en cuenta a la banca ya enraizada en la zona desde hacía unos años. En su opinión debían afiliarse con uno en vías de crecer sin que lo adsorbieran. Estaba confundido. No era tan rentable como afirmaba San Cristóbal y menos en el barrio elegido, aunque no había competencia.
Echándose contra el respaldo decidió que lo dejaría un rato para volver a estudiar desde cero. Le apetecía tomar un café.
Con ganas de estirar las piernas bajó el mismo a buscarlo a la cocina y ya lo tomaría en el comedor de ahí.
Precisamente estaba ahí Carmen, la sirvienta de su casa en los Nopales. Y otra vez volvió a ruborizarse al ser encontrada en la villa. Nadie más había en la cocina en ese momento.
- Hola Carmen. Otra vez te veo tomando café en una cocina y pregunto si puedo unirme.
- Hola, Guille. No recuerdo a qué te refieres.
- Fue en casa. Ya sabes, allá en Los Nopales. Cuando las obras. No importa.
No iba a recordarle que fue cuando reveló que tenía el contrato Montesinos.
Tras un silencio, en el que Guille se sirvió una taza sentándose a un lado de la mesa, Carmen ya pudo hablar con algo de tranquilidad.
- Ya lo tengo medio arreglado para que Natalia venga cinco días a la semana. En lugar de solamente los sábados y festivos. Hablé con ella y está conforme, solamente falta la aprobación de sus jefes.
- Perdona. Natalia es... la gallega.
La recordaba bien porque esas areolas que se hinchaban formando otra teta sobre la que ya hay al acariciarlas, es algo que no se podía olvidar, pero era mejor disimular.
- Sí. Creía que lo sabías. – Carmen dudó. - Tú mujer ha encargado que pida a la gestora de servicios que sea la permanente durante cinco días a la semana. La prefiere.
- Bien. Si le gusta cómo trabaja, es su decisión. La verdad es que no me he fijado.
A Guille le resultaba todo un fastidio tener a una mujer virgen en casa. Así no la podía follar. Además, no la chupaba tan bien como le gustaría. Parecía que era como si estuviera todavía en el instituto: prefería a las chicas con “rodaje”.
Miró a Carmen. ¿Lo intentaba con ella? No. Era su nodriza, como de la familia. Aunque se folló con los dedos a la abuela aquella noche en Sevilla. No quiso pensar en eso.
Terminaron los cafés y decidió retirarse.
- Bueno me marcho. Tengo un encargo de mi abuelo y si meto la pata me corta… a trocitos.
- Vale. Ya nos vemos. – Respondió la mujer
Ambos notaron que en otro momento le llamaría niño. Había cambiado, no era un crío sino el señor de su casa.
Pensando en cómo embestir la situación de Málaga subió a la carrera los dos tramos de escalera. Abrió la puerta con la confianza de que era su habitación y se encontró que una sirvienta quitaba el polvo. La reconoció. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah! Sí. Paula.
- Buenos días don Guillermo.
- Buenos días señora Paula.
- Termino en unos minutos o… ¿Quiere que me marche ya?
- Continúe por favor. El tiempo que necesite.
Pasaron diez minutos en los que la mujer pasó un paño por diferentes muebles y Guille tan apenas pudo leer las primeras palabras de cada párrafo del dosier ya que no dejaba de mirar ese culo y tetas que se movían a tan poca distancia y eso que el uniforme poco ayudaba.
- Señor Guillermo. – Dijo la mujer recogiendo los bártulos de limpieza en un carrito que cargaba una fregona, escoba, un cubo y más cosas. - Ya he terminado si no dispone de otra cosa, me retiro.
- Espere por favor. Señora Paula. Si dispone de tiempo me gustaría que estuviera conmigo.
La mujer sonrió. Tenía ganas de estar con alguien tan vigoroso y conteniendo su excitación no se lo pensó.
- A su servicio.
Guille se acercó y en un abrazo la sujetó por la espalda y la nuca. La mujer lo abrazó por la cintura. El beso duró casi tres minutos. Guille pensó lo sabrosa que era esa lengua, Doña Paula lo bien que besaba el joven.
Al retirarse, doña Paula respiró con fuerza recuperando el aliento.
- Señora, por favor, ayúdeme a desnudarla. Estoy impaciente por saborear las delicias de su cuerpo.
Rápidamente la bata de trabajo cayó al suelo. Conforme liberaba sus tetas del sujetador, la lengua de Guille se acercó rauda a esos pezones que ya se mostraban grandes y dulces.
- Bonitas tetas, señora.
Paula notaba esas manos por su cuerpo y amasando sus tetas. Las notaba frescas sobre su caliente piel, pero allí donde tocara la abrasaba. Y esa boca... Qué gusto notar cómo succionaba sus pezones. También notaba los dientes que, sin apretar contribuían a la caricia. Su coño ya se estaba humedeciendo.
Sujetando las dos tetas a la vez Guille dejó de chupar un pezón para afirmar:
- Señora, sus tetas son muy sabrosas.
La mujer no respondió. Disfrutaba. Nadie la acariciaba tan bien como ese muchacho.
La boca de Guille continuaba en las tetas mientras que sus manos ya acariciaban el culo empujando las bragas. Luego la acercó al coño. Donde pronto separaban los labios del sexo para alcanzar todos los pliegues tan íntimos.
- Señora. Su gordito coño ya está mojado. Me gusta.
- Así, don Guillermo. Así. – Pidió doña Paula. – Un poco más arriba.
Pedía la caricia en el clítoris y Guille obedeció.
El primer orgasmo de la mujer le llegó estando de pie y con las bragas en las rodillas. No pudo contener su gemido.
- ¡Chiquillo, que bien lo haces!
De un tirón le quitó las bragas. La cogió de la cintura empujándola a la cama.
- Vamos, señora. Deje que siga disfrutando de su cuerpo.
Con las caricias sobre su sexo, a veces con la lengua, Paula tuvo dos orgasmos más. Luego follaron en la posición de misionero. Y la mujer gritó:
- ¡Ah! ¡Nada como una polla joven para pasarlo bien! ¡Uhm! ¡Eres la hostia mi niño! ¡Sigue!
Unos minutos después, la mujer quedó derrumbada en ese orgasmo. Y Guille continuó bombeando. Un vaivén que a él le iba bien y veía que a la mujer le gustaba.
Doña Paula primero decía así, así, para pasar a un sencillo y repetitivo ¡ah, ah! Y protestó al notar que Guille cambiaba de ritmo:
- ¡Sigue! No pare, señor. ¡Esto está buenísimo!
El cuarto orgasmo llegó entre gemidos, jadeos y juramentos sobre lo bien que lo pasaba.
- ¡Ah! Esto es… ¡Qué gusto, por dios, qué gusto!
A Guille le faltaba poco y así lo dijo. La mujer respondió entre suspiros de gozo:
- ¡Adelante, don Guillermo! Disfrute. ¡Deme su lechita!
Cuando se descargó en varios chorros, Paula solamente lo saboreó poniendo los ojos en blanco.
Guille se dejó caer a un lado.
- Señora Paula, gracias. Lo he pasado muy bien.
- Y yo señor Guillermo. - Repitió. - ¡Ah! Sí. Nada como la polla de un joven para disfrutar.
Guille intentó no reír:
- Descanse un poco, señora Paula.
Fue a lavarse. Al regresar vio que la mujer se vestía despacio. Llevaba el sujetador puesto mientras que las bragas continuaban sobre la cama. En una mano tenía un rollo de papel. Al parecer se había limpiado ahí mismo. ¿Por qué no había ido al lavabo? Se la veía cansada.
- Señora Paula. Retírese. Que venga otra sirvienta esta tarde para hacer la cama.
- ¡No, no! Yo me ocupo.
- Bien señora, pero siéntese un momento y recupere el aliento. Abra la ventana si lo necesita.
- Es solo un ratito.
Guille se acercó a la mujer y le dio varios besos en los labios.
Se separó un poco para murmurar:
- Muchas gracias, señora. He disfrutado mucho. Y le ruego que me permita volver hacerlo en otro momento.
Guille no esperó respuesta, se retiró al escritorio para estudiar el dichoso dosier. La mujer se vistió, hizo la cama cambiando la sábana superior, era la que contenía el fruto del placer de los dos.
Se retiró.
Después de comer Guille llamó por teléfono a don Francisco y acordaron verse en el despacho.
- ¿Qué es eso que no te gusta? ¿El caramelo es de menta?
Soltó don Francisco en cuanto Guille cerró la puerta del despacho detrás de él.
Guille dedicó casi media hora en explicarse sobre la documentación recibida. Luego estuvo dos minutos mirando a su abuelo que meditaba mirando el documento al que ya había dedicado un tiempo anteriormente y así lo admitió.
- Vale. Bien. Lo reconozco. Te puse una tonta trampa. Pero lo otro es de tu cosecha. Ya notaba algo, pero no lo supe ver. ¿Cuatro años en lugar de dos? Eso lo cambia y mucho. – Ordenó. - Vuelve a explicarlo todo, no te dejes ni una coma.
- Sí, jefe. Pero antes otra cosa.
- ¿Más?
El anciano estaba sorprendido. El novato había descubierto mucho más que él en un vistazo preliminar. Claro que, como ya tenía pensado pasárselo, tan apenas le dedicó una rápida lectura.
- Sí. Ese José San Cristóbal… ¿Te has fijado en sus comisiones? Las he estudiado junto con sus cuotas de los últimos tres años. Parecen normales, pero analízalas. Verás que describe tiempo invertido en ambigüedades. Pero se le consiente por la aportación de muchos años en la empresa. Y ahora viene lo que me parece más delicado: se retira en dos años. Los que afirma que el asunto dará beneficios. Ya sabes que al retirarse no se le podrá exigir nada sobre los resultados. Esto es, retirada de comisiones, compensaciones, las dietas por desplazamiento…
- Un momento. Déjame ver.
Don Francisco dedicó varios minutos en leer por enésima vez el documento además de los nuevos datos que Guille añadió. Cuando concluyó estaba rojo de ira y Guille temió que le diera un ataque. Por teléfono pidió a la cocina que trajeran agua con hielo y rodajas de limón.
En tan solo tres minutos don Francisco ya bebía lo necesario para refrescarse.
A un lado de la mesa estaba una bandeja con una jarra, dos vasos y varias servilletas. Mientras que el mayordomo esperaba a unos pasos.
- Bien. Gracias.
Murmuró el abuelo y no quedaba claro si el agradecimiento era al nieto o al mayordomo.
Con un gesto pedía a su nieto que no necesitaba más agua. Que no rellenara el vaso. Dirigiéndose al mayordomo repitió las gracias y que podía retirarse dejando el agua. Continuaron con el tema de Málaga:
- Está claro que a San Cristóbal le gustan las dietas y las comisiones. Pues lo vamos a mandar a hacer nóminas en Madrid. Nada de más se llevará en esos dos años que le quedan.
- Si es lo que quieres. Pero qué te parece si lo trasladamos a los hoteles a revisar los cargos a los transeúntes según tarifas y más detalles como ofertas o cargos especiales.
Don Francisco lo miró serio, casi sorprendido. Replicó:
- Eso lo hace una máquina. Con un programa. Tan solo tarda unos minutos. Menos.
- Comparación de métodos. ¿Te parece? Ya le buscaremos unos ayudantes adecuados.
Don Francisco miró fijamente a Guille. Meditaba su propuesta. La verdad es que ya había enviado a Barcelona a uno que tenía atragantado con su método de trabajo, y lo colocó en un archivo para digitalizar documentos. Asintió despacio al afirmar:
- Eres despiadado.
- Lo dice quien intentaba despistarme con una tontería.
Ambos hombres se sonrieron. Pero el semblante de don Francisco pronto cambió.
- Bien. Muchacho vete a Málaga y mira cómo está el terreno. Puede que en lugar de cuatro años sea en menos con los datos que consigas.
- No entiendo por qué he de ir, cuando antes de mover un euro siempre se envía a unos agentes que hagan un estudio.
- Vas a ir.
La orden fue contundente, por lo que guille solamente pudo responder:
- Sí. Jefe.
Ya a solas pensó que el jefe quería que trabajara sobre distintos ángulos de un proyecto.
Berta llegó para la cena y su rostro solamente sonrió al hablar con doña Amparo. Al parecer durante todo el día escuchó problemas y más problemas, de una amiga.
Después de cenar hablando solamente sobre lo bonito que estaba el jardín y de algunos arreglos en las escaleras que llevan a la piscina, las dos mujeres se retiraron a la habitación de la abuela para hablar. Doña Amparo la aleccionaba para dirigir la mansión con varios ejemplos muy ameno. Sirvió a Berta para distraerla y ayudarla a relajarse.
Unas dos horas más tarde las mujeres fueron al gabinete para reunirse con los hombres. Guille ya mostraba una cara de aburrido que daba espanto. Llevaba más de doce horas con datos económicos sobre los habitantes y turismo en la costa de Málaga.
Berta se sentó al lado y le cogió de una mano.
- Pareces cansado.
- Cariño mío, no termines la universidad nunca, la vida real es más dura.
La muchacha miró al abuelo cómo culpable de lo sucedido. Replicó lo que parecía una confidencia, pero los dos abuelos la oyeron perfectamente.
- Es tu primer día de trabajo y ya piensas así.
- Mi jefe es un tirano.
Don Francisco no se dio por aludido. Estuvieron unos minutos con los abuelos y antes de las doce se retiraron al dormitorio.
Guille preguntó qué tal había pasado el día y si quería contar algo de Ana María.
- Pues escucha sobre la vida real. La pobre… los padres no la han tratado de malos modos, pero casi. Como si estuviese apestada. No quieren verla por la casa. Y dejan de pagarle los estudios, el alquiler… todo. El hermano mayor fue más cruel: la llamó “chupacoños”. Ana María, desafiante dijo que solamente uno, el de la novia. Y preguntó mordaz si él chupaba pollas. El padre intervino haciéndolos callar y ordenándonos salir de la casa. El otro hermano, Nuño, estaba serio sin abrir la boca.
Mientras hablaba se quitaba la ropa para acostarse.
- Nos echaron de casa. – Repitió. - Ya estábamos buscando el coche cuando llegó Nuño jadeando por las prisas. Entregó a su hermana una bolsa con algunas cosas que todavía tenía en casa y que podía necesitar. Y dinero. No sé cuánto. Prometió que se ocuparía de darle sus cosas poco a poco y más dinero. Y se pusieron a hablar delante de las demás.
Sucedió así:
- Gracias, Nano. - Era el mote cariñoso de cuando eran pequeños. - Te puedes meter en un lio.
El muchacho se puso nervioso y se ruborizó al confesarse.
- Verás feucha: Eres más valiente que yo al reconocer que… bueno, soy homosexual desde hace unos años y tú, que te has dado cuenta hace poco lo aceptas mejor que yo. – Miró nervioso alrededor, chicas incluidas, cómo si temiera ser descubierto por los padres durante la confesión: - Te admiro. Yo, creo que… bueno ahora lo sabes junto con tus amigas. Por favor, no digas lo mío, porque tú eres fuerte y… - Miró fugazmente a las otras chicas que permanecían calladas. - Y tienes amigas. Yo, nada tengo.
Sin despedirse, Nuño se alejó corriendo.
- Subimos al coche donde escuché que entre besos y palabras de ánimo Ana María explicó a Nilea qué era eso de hermanita feucha: Una broma de cuando eran niños. Por lo que Nilea le arrancó la primera sonrisa de ese día al afirmar que Nano estaba cegato. Fuimos a su piso. Les dije que como lo pagaba Nilea podían estar ahí un año, pero lo de estudiar no podía ser. Tenía que ponerse a trabajar.
Se metieron en la cama quedando enfrentados. Guille estaba callado y Berta continuó:
- Por la tarde vino Violeta, cansada de estudiar. – Aclaró: - Hace un cursillo de no me acuerdo qué. Y tras escuchar la situación dijo que intentaría ayudar con su asignación semanal. Fue cuando recordé el regalo del abuelo y dije que yo también las ayudaría. Creyeron que sería gracias a ti. Y Nilea se opuso, no podía consentirlo ya era mucho lo que hacías por ella. Así se enteraron Ana María y Violeta de tu generosidad.
- ¿En qué curso está Ana María? – Preguntó Guille.
- En… tercero. Ha hecho tercero. Le falta uno y el máster para ejercer. ¿Qué piensas?
- Nilea me cae bien, ya te lo dije. Es lista y seguro que en cualquier empresa prosperará. A Ana María casi no la conozco. ¿Podrías enterarte de sus notas? Todas las universitarias. Otra cosa sobre tus amigas. ¿Violeta se marchará África?
- No. No se va a esa aventura. Era una idea que surgió al inicio de sus estudios y que tras romper con ese novio que tuvo ya no quiere. Preparará oposiciones a maestra. Lo está mirando ya, y eso que le falta un curso.
Berta abrazó a Guille ocultando su rostro contra ese hombro, y ruborizada dijo que tenía algo serio que contarle. Y que tenía miedo de cómo lo tomara.
- Cariño. - La interrumpió Guille. - ¿Me amas?
- ¡Qué! ¡Eres lo más importante de mi vida!
Berta aumentó la presión de sus brazos.
- Pues si eso es cierto y estoy seguro que sí. No me importa lo que tengas o hagas con Violeta.
- ¡Qué! Yo… Yo…
Jamás había estado tan ruborizada. Por vergüenza continuaba con el rostro oculto.
- Tranquila cariño. – No quería mostrarse demasiado serio. - Y puedes llamarla para que pase en Los Nopales unos días. Verás, me marcho mañana a Málaga por un encargo del abuelo. Creo que estaré fuera dos o tres días. Espero que no se conviertan en cuatro. - Berta lo abrazó con fuerza. Guille temió que un poco más y sus costillas crujirían. - Te llamaré cada medio día, porque yo también te amo.
Pensó que debía llamarla al mediodía para no molestarla cuando estuviera con su amiga.
Berta separándose un poco propuso follar. Y Guille, pensando que no tendría ganas después de una jornada tan desastrosa la convenció para solamente dormir.
- Gracias, cariño. – Berta se apoyaba en el pecho de su novio en la posición que tanto le gustaba. – Te prometo que te lo compensaré.
- Duerme, cariño. Cuando vuelva del encargo del abuelo ya lo pasaremos bien.
Por la mañana Guille despertó al notar que su calzón era retirado. Una mano le cogía la polla.
- Hola, cariño. ¿Qué haces?
- Agradecer a mi novio lo maravilloso que es.
Le acarició hasta conseguir que se pusiera palote. Durante unos minutos la muchacha estuvo jugando con su dureza. Hasta que por fin la llevó a su boca.
- ¡Uf! Cariño. Qué bien me lo haces.
Notaba una mano acariciándole los testículos. Sujetarle la base de la polla con la otra mano y la boca en el glande, succionando y lamiendo.
Berta se movió situándose mejor y metió la polla hasta la garganta. Guille gimió.
- Berta, cariño. ¡Qué bueno!
Tras la descarga y limpiándose la boca con el dorso de la mano Berta afirmó que ya había desayunado.
- Bien cariño, acércate que ahora voy a tomar el mío.
- No puede ser. Vamos a desayunar de verdad que en una hora tienes que estar en el aeropuerto. Quiero acompañarte.
Tenía razón. Esa noche había olvidado poner el despertador por lo que no había tiempo para correr ni ejercitarse.
Por un inexplicable motivo el avión tardó más de una hora en despegar. Por dos veces el piloto se disculpó ante Guille.
- Las excusas son muy ambiguas, pero tengo la sospecha que se trata de un avión en medio de la pista. Hay bomberos, policías y al menos tres ambulancias.
- Bien, gracias. Esperaremos. No es culpa de usted.
Se puso a ver una película.
Durante el vuelo en el Peregrino estuvo repasando el estudio sobre Málaga. No el dosier de San Cristóbal, si no sobre la situación económica tanto en la ciudad como en la zona. Un estudio totalmente independiente que planteaba pros y contras en la rentabilidad de un nuevo banco. Y más o menos era como el resto del país donde se cierran sucursales sustituyéndolos por cajeros automáticos para minimizar gastos. Los resultados no eran concluyentes, claro que se basaban en los balances obtenidos por otros, junto con los de empresas independientes. Además, eran datos del año anterior y ya se sabe que los sucesos en otros países intervienen en la economía europea y ésta en la española.
Le daba la sensación de que iba a perder el tiempo. En un solo día era imposible de conseguir los datos necesarios y estudiarlos a fondo para compararlos con los aportados por San Cristóbal.
En el aeropuerto le recibió San Cristóbal. Le había avisado de su llegada, acordando verse en el hotel, y se presentó en el aeropuerto para recibirle. Mejor, así ya podrían hablar. En un coche alquilado con conductor fueron al hotel cerca de Torremolinos. Esto es, al lado contrario de la bahía donde se haría el estudio. Algo que con desagrado le llamó la atención.
El hombre, delgado, bien trajeado, amable, de sesenta y cuatro años disimuló muy mal que su jefe fuese alguien tan joven. ¡Un veinteañero! Aunque por otro lado lo supuso inexperto y maleable. Se equivocó, en los veinte minutos de viaje, y empleando la Cualidad, Guille ya había controlado esa mente que le explicó todo. Los datos eran erróneos o alterados.
San Cristóbal tenía la intención de reunir un buen pellizco con sus comisiones antes de jubilarse, unos cuantos miles de euros. Confesó que el proyecto presentado se basaba en datos de todo el municipio de Málaga y las cercanas poblaciones de Torremolinos y Benalmádena, en lugar de concretar el estudio en el barrio de Cazohondo.
- ¿Por qué el hotel está en Torremolinos?
- No lo hay en Cazohondo. – Respondió un tanto incómodo. - Y todos en la costa de la ciudad están ocupados por turistas.
Por eso lo enviaba a uno más retirado y de mejor calidad.
- Comprendo. Bien, San Cristóbal. – Le ordenó. - No hace falta que nos veamos por el momento. Voy a investigar por mi cuenta. ¿De cuántas noches es la reserva del hotel?
La respuesta era de tres noches, y como no tenía intención de hacer turismo pensó que le sobraba una.
Antes de bajar del vehículo despidió a San Cristóbal con un ambiguo ya le llamaré. Y acordó con el conductor que lo recogiera a las nueve del día siguiente.
El portero del hotel de un simple vistazo supo valorar ese traje por lo que llamó al botones. Le sorprendía la juventud del hombre. Pero su suposición quedaba confirmada al ver que el vehículo era alquilado, y que el conductor entregó la maleta haciendo una leve inclinación en la despedida. Mientras que el otro hombre bajó por el otro lado y casi salió corriendo.
Guille respondió al saludo del portero y rechazó la ayuda de un botones agradeciendo el detalle ya que tan solo se trataba de una pequeña maleta con ruedas. Así llegó a recepción. El trámite fue rápido. La reserva estaba hecha a cargo de la banca Fuente Ahorro, cómo era lo normal entre los investigadores de mercado.
Ya en la habitación deshizo la maleta con la intención de ponerse ropa cómoda adecuada a una zona turística, e ir a comer por ahí, desechando el restaurante del hotel. Pediría información al conserje y de paso vería el ambiente, cómo son los alrededores, que es lo que realmente quería. En esto llamaron a la puerta.
Aquella mujer, rubia, tenía en el hablar ese bonito acento lugareño. Se identificó diciendo su nombre y primer apellido y que tenía el cargo de relaciones públicas en el hotel. Era amable, educada. Le dio la bienvenida al hotel pidiendo disculpas por no recibirle antes, sin decirle que no pudo porque estaba con otros clientes, tampoco dijo que en la agenda de entrada figuraba como comercial no como directivo, y añadió todas esas palabras sobre la disponibilidad de servicios y demás.
Mientras hablaba, Guille se fijó que vestía falda, blusa, chaqueta… estaba muy elegante. Sin ser joven tenía un bien cuidado cuerpo a base de dietas y algún deporte. Pero desechó acostarse con ella porque recordaba a aquella chica camarera de hotel, precisamente de esa ciudad, que expulsaron o cambiaron de establecimiento por tener relaciones íntimas con un cliente. No tenía intención de perjudicarla.
Tras más palabras de compromiso se despidieron.
- Gracias, señora. Creo que en nada la molestaré porque todo me parece perfecto.
- Todo el personal del hotel está a su disposición.
Mediante el ordenador y naturalmente, sin salir de la habitación, estuvo buscando la ubicación de otros bancos en la zona. Pocos, como ya supuso. El comercio se basaba en el turismo. Esto es hoteles, tiendas, restaurantes y zonas de diversión. Nada de fábricas, almacenes. Los bancos se limitaban a unos cajeros automáticos repartidos por la zona. Las viviendas, eran mayoritariamente estacionales. Llegó a la conclusión que si los clientes son de temporada muchos comercios cerrarían en invierno.
Un buen rato más tarde desechó salir a comer. Haría una rápida escapada al comedor del hotel y pasaría la tarde con el estudio de la zona.
Estuvo leyendo más estudios de mercado publicados por la competencia o grandes empresas. Entre sus ofertas de venta o negocios leía sobre el potencial de la zona. Hasta que ya cansado decidió continuar al día siguiente.
Quedó solamente con el pantalón puesto, incluso se quitó los zapatos y se asomó al balcón. Estuvo mirando los otros edificios, las calles, la zona arbolada… pensando que debía consultar en internet a dónde dirigirse a cenar fuera del hotel y de paso conocer en vivo los alrededores. No se fijó que el balcón de al lado estaba separado por un espacio de poco más de un metro. Donde apareció alguien que le observaba. Oyó una voz.
- ¡Hola!
Se giró y descubrió a una preciosa mujer pelirroja, que aparentemente no debía superar los treinta años mostrando sus tetas sin ningún pudor. No parecían operadas y eso que se veían totalmente simétricas.
- Hola. - Contestó.
- ¿Qué haces?
Con un movimiento de los ojos señaló esas bonitas tetas.
- Disfrutar de las maravillosas vistas.
Se sonrieron. Guille se dispuso a emplear la Cualidad para follar a tan hermosa mujer, pero descubrió que no hacía falta.
La mujer preguntó si ya había cenado. Lo negó. Sonriendo al mismo tiempo que agitaba sus tetas al darse cuenta que era observada, ofreció:
- Verás. He pedido unos sándwiches. Si te apetece ven a mi habitación y podrás tomar lo que te apetezca.
- Me parece bien. Voy a coger algo del mueble bar.
- No hace falta, tengo de todo, solamente necesito compañía.
Más clara oferta y se lo dice escrito en una pancarta.
Continúa en
- Relato #251714— title-regex: contiguous parts (22 -> 23)
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