La cualidad de la palabra. 22
La dignidad de una dama se desmorona en un solo instante cuando la droga toma el control de su cuerpo. Ahora, su nieto y nuera deben decidir si salvarla con la única moneda que queda: el placer forzado. ¿Hasta dónde llegarán para proteger su secreto?
Un domingo inmediatamente después de Semana Santa hubo una fiesta en Sevilla. Un alto cargo se jubilaba y sería sustituido por una mujer llamada Mercedes Fajardo para despecho de Julia Soler que se quedó en el mismo cargo que ya ocupaba desde hacía cuatro años. Demasiado para una emprendedora como ella.
La fiesta era en el ático de un hotel cercano al aeropuerto perteneciente a la cadena Montesinos. Naturalmente acudieron los Cifuentes con sus parejas.
Por razones logísticas la mayoría de los invitados se alojarían en el mismo hotel de la fiesta, aunque eso no le gustaba a don Francisco. Mientras que para las mujeres les resultaba cómodo al llevar esos vestidos de manga corta y amplios escotes. El único vehículo empleado era el ascensor sin necesidad de abrigos con las que cubrirse.
A los pocos minutos, don Francisco llevó a Guille directamente con el grupo que le interesaba que conociera y le reconocieran como futuro jefe.
Saludos, sonrisas, apretones de manos y ver por dónde flaqueaba el joven jefe para sacarle algo. Guille ya había sido alertado por el gran maestro: don Francisco.
- Lo que sea que te propongan que te lo envíen a Mundo Globo y lo estudiarás con interés. Ni siquiera les digas que les darás una respuesta. ¿Sabes por qué?
- Para que cuando llamen en unos días o semanas, poder responder que todavía está pendiente de estudio.
- Bien, muchacho.
Berta dio una vuelta para ver el lugar. Le había parecido descubrir un cuadro de Goya y tenía curiosidad por saber si era original o copia. La firma quedaba oculta. El camarero interrogado nada sabía, al igual que el jefe de sala, por lo que se quedó con las ganas de averiguarlo.
- Lo parece. – Murmuró.
Pensó que podría ser de la misma época. De un contemporáneo que acudió al mismo maestro que aquel. Recordó que tuvo varios maestros. Así que debía ser de un imitador.
Pronto acudieron a su lado varios hombres con ánimo de entablar conversación con tan guapa moza. Pero gracias a la abuela y las clases en el Cic, ya sabía cómo eludirlos sin escándalo y quedando bien. Recordando lo sucedido con Nilea vigilaba con especial atención su copa que con las dos manos mantenía pegada a su cuerpo.
Al otro lado de la sala, Doña Amparo volvía a brillar como una reina. No es que fuera la más guapa o mejor vestida, era por su comportamiento. Empleaba las palabras adecuadas en el tono correcto. Y estaban los ademanes de una gran señora. Varias personas acudían a su lado para saludarla y ella misma se acercaba a aquellas personas interesándose por su salud o situación.
Ya había transcurrido una hora desde que llegaron cuando Berta vio que doña Amparo se acercaba a una ventana un poco abierta que daba a una terraza. En una mano llevaba una copa y la sujetaba con gracia. Sonrió decidiendo acercarse para elogiarla.
Se saludaron dedicándose sonrisas.
- Abuela, quiero ser cómo tú. Pero estoy segura que ese donaire no se hace, se nace.
- Hija mía, mi querida niña, y a mí me gustaría ser cómo tú. La única flor en este páramo. - Se sonrieron. - Y dicho esto dime qué tal lo llevas. Espero que no te aburras demasiado. Guille tiene que ejercer su papel de jefe. Es lo que se espera de él.
- Sí, lo sé. Además, ya me resulta casi divertido evitar esas groseras proposiciones de varios hombres y dos mujeres.
Doña Amparo asintió sin escandalizarse. Mostraba otra vez esa suave y señorial sonrisa.
- El ansia por los placeres no es actual. En la literatura puedes ver que es tan antiguo como el tiempo. – Respondió despacio. - Las groserías son molestas, pero de siempre está ese artista de las palabras que bueno… Ese es el verdadero peligro. – Amplió la sonrisa al recordar: - Y aquí, en esta ciudad, debes recordar que el Tenorio era sevillano.
Doña Amparo miró el jardín y lanzó un suspiro. De pronto su rostro se cubrió de rubor. Apretó la boca y se estremeció. Berta se dio cuenta del cambio y preguntó:
- Abuela. ¿Va bien?
La mujer se giró sonriendo a su nieta.
- Sí, hija mía. ¡Ah! ¿Te había dicho ya lo guapa que estás? Tus labios parecen pedir besos.
Alzó la mano libre como si quiera acariciar su rostro. Se contuvo como si se diera cuenta o recordara algo. Entonces murmuró:
- ¡Dios!
Alzó la copa para mirarla al trasluz.
- ¡Dios! – Volvió a decir.
Arrojó la bebida por la ventana incluso la misma copa. Que se hizo añicos contra una baldosa. Mostrando una mirada que reflejaba desespero y miedo se cogió con fuerza al brazo de Berta. Su mano parecía la garra de una fiera. Le ordenó:
- ¡Sácame de aquí! Y perdona las groserías.
- ¿Qué?
Berta estaba asombrada ante esa orden y por suerte no se entretuvo al cumplirla. Ese rostro sereno de siempre, ahora mostraba miedo y poco a poco una sonrisa que no era normal en esa dama.
Cogiéndola de un brazo y por la cintura la orientó a la salida.
Varios invitados se quedaron mirándolas. Iban todo lo rápidas que los vestidos y zapatos permitían. Solamente un hombre con acento gallego se acercó preguntando qué ocurría. Berta casi ni lo miró al responder que todo estaba bajo control.
Pero no era así.
Salieron de la sala llegando a un distribuidor donde están los ascensores y otros accesos al edificio. Casi con miedo vio que el rostro de la abuela mostraba una sonrisa extraña. Recordó algo. ¿Dónde vio antes esa sonrisa? ¿Cuándo? ¿De quién?
Manipuló el reloj de pulsera, el mismo que doña Amparo recomendó que comprara al Cic. Retiró el cristal. Puso la manecilla de los minutos a las doce y apretó el botón tres veces. Temió no hacerlo bien. Hasta que una pequeña lucecita oscilaba entre el rojo y el verde.
Mirando el reloj murmuró con tanto fervor que parecía rezar.
- Cariño, no estés lejos, por favor.
En pleno centro de la sala de fiesta, Guille oyó la alarma del reloj. Creyó que se trataba del despertador que sabía que tiene en esa maravilla de la electrónica, pero que nunca usaba. Al ver la luz roja se alarmó. Casi ni miró a la mujer con quien estaba hablando sobre los nuevos acuerdos con el emirato Alshamal Aljamil, (Hermoso Norte) cuando le dijo:
- Disculpe tengo que tomar mi medicina.
Miró alrededor. Berta no estaba en la sala. Encendió el móvil y el programa de búsqueda ya estaba conectado al ser accionada la prioritaria alarma. Indicaba que Berta estaba cerca, quedaba a su derecha. Fue a buscarla.
Al encontrarla en el pasillo se relajó. No estaba eludiendo a un pelmazo y sintió alivio. Fue al ver el estado de la abuela que comprendió la alarma, aunque no sabía que estaba pasando colaboró en sujetarla. Sin saber por qué de la indisposición sabía que debía hacer algo para ayudar. Propuso:
- Llamo una ambulancia.
- ¡No! ¡Espera!
- ¡No perdamos tiempo! Puede ser…
Berta dejó de sujetar a la abuela con una mano para asir y acercar a Guille por un hombro. Le murmuró al oído.
- ¡Calientacoños!
- ¿Qué?
Guille estuvo por gritar su escándalo, pero se contuvo. Había que evitar esa vergüenza a una dama.
En dos minutos entraban en la habitación de los jóvenes. Sentaron a la mujer en una butaca, pero esta se dejó caer hasta quedar tumbada sobre la alfombra. De un tirón bajándose el escote del vestido se destapó una teta y luego se subió las faldas mostrando sus bragas. Casi las desgarra para hacerlas a un lado y enseñar su ya húmedo sexo al hombre que tenía delante y resultaba que es su nieto.
Sin estar totalmente depilado lo llevaba bien arreglado. Era evidente que se cuidaba para su marido.
- ¡Ven! ¡Fóllame! – Ordenó: - ¡Lléname el coño! ¡Quiero tu polla!
Guille, desviando la mirada, casi llora al ver que la gran señora doña Amparo Espuela, su querida abuela, había sido drogada de la forma más humillante.
Berta pensaba lo mismo. Explicó:
- Le dieron la droga y la dejaron delante de todo el mundo. Expuesta a la humillación, a la burla. Ante alguien que quisiera aprovecharse.
Guille casi gritó:
- ¡Quien lo haya hecho es hombre muerto!
- Llama al abuelo.
Ordenó Berta y era lo lógico. El esposo debía estar ahí.
El teléfono sonaba sin que contestaran mientras veía a la mujer meterse varios dedos por el coño y empleando palabras soeces ordenaba a su nieta que le comiera las tetas.
Berta sollozaba a su lado.
Don Francisco no contestaba al teléfono. Guille supuso que estaba follando por ahí con alguien de veinte o treinta años más joven que él.
Berta ya parecía reponerse. Con los dedos se retiraba las lágrimas del rostro. El maquillaje emborronaba su cara.
- Guille, cariño. A nadie podemos llamar pidiendo ayuda porque todo el mundo se enteraría. ¡Hay que evitarlo! Y como solución hay que hacer lo que le hicimos a Nilea.
- Jamás me dijiste el qué.
- Vale. Pues... Eres su nieto. Vete. – Ordenó ruborizada. - Y te pido perdón cariño mío, yo… voy a follar con tu… con nuestra querida abuela.
Entendió la idea. Había que desfogarla para que el efecto de la droga pasara antes. Seguramente había otra solución, de ser así la desconocían.
En esto que doña Amparo atrapó en una garra el cuello de Berta y llamándola puta le ordenaba que le chupara el coño. Tras la sorpresa, la joven reaccionó. En tres movimientos de sus manos aplicando lo aprendido en defensa personal, ya estaba libre.
Y ocurrió algo que tanto a Guille como a Berta les parecía increíble. Doña Amparo hizo unos gestos que parecían Tai-Chi, pero debía ser otra técnica de lucha, y atrapó otra vez a Berta.
- No te niegues, bonita. Te gustará.
Doña Amparo demostraba que sabía luchar. También había sido alumna del Centro de instrucción y cortesía.
Berta tuvo que aplicar sus conocimientos en defensa y aprovechar que la abuela estaba drogada para superarla y liberarse. La contuvo con una llave con la que presionaba el codo de la mujer.
- Abuela. Perdona. Espero que nunca recuerdes lo que te voy hacer. Lo siento de verdad. Sí, vamos hacer cosas. Pero sin lastimarnos.
La mujer sonrió al ordenar:
- Sí. Puta. Chúpame el coño.
Berta acercó su boca a la de doña Amparo y mientras se daban un lascivo morreo se puso a acariciar las tetas de una mujer de sesenta años que no eran tan flácidas como Berta esperaba porque durante mucho tiempo siguió exitosos tratamientos en los que jamás intervino un bisturí. Le había destapado las dos tetas. La mujer ordenó:
- Sigue, guarra, sigue, y que ese me folle. ¡Quiero su polla!
- ¡Ayúdame! – Ordenó Berta a su marido al ver que sola nada conseguía.
Rápidamente, Guille se quitó la corbata, a continuación, la chaqueta arrojándola a una cercana butaca, arremangó la camisa y se puso a acariciar el sexo de una irreconocible mujer que cuando no morreaba a Berta ordenaba que la follara.
Berta se retiró un poco para respirar.
- De verdad que no entiendo de esto, pero creo que le han dado una dosis mayor que a Nilea. ¡Cómo me la pase con la saliva estamos listos! ¡Ya sé! – Exclamó ante lo que parecía una buena solución. – Déjame, Guille. Chuparé las tetas.
Guille asintió, aunque en verdad nada sabía y metió tres dedos por esa vagina que continuamente manaba flujo. Con dos dedos de la otra mano acarició el clítoris.
La mujer gritó:
- ¡Así, así!
Tuvo un orgasmo. Y parecía calmarse. Pero ordenó.
- Ahora por el culo. Sí, cabrón. Ven. - Ordenó. - ¡Lléname el culo con tu leche! - Se giró a Berta. - Tú, lame mi coño. ¡Ya!
Berta se acercó entre las piernas de doña Amparo, pero no con la intención de lamerle el sexo. Levantó una pierna de la mujer. Se mojó con saliva dos dedos y se los metió por el ano.
La mujer gritó su gozo. Ordenó:
- ¡Así guarros, así! Llenarme de semen los dos agujeros.
No se daba cuenta que la acariciaban con los dedos.
Berta también se ocupó de la caricia en el clítoris y ordenó a Guille que le pellizcara los pezones.
- Acaricia sus tetas. Hazlo fuerte o nada notará.
El marido, mirando entre las lágrimas que inundaban sus ojos obedeció.
Doña Amparo gimió ante la caricia y ella misma se cogió las tetas para apretarlas con más fuerza. Retorcía y estiraba los pezones. Se masajeaba con fuerza las tetas. Llegó a arañarse.
Pronto tuvo otro orgasmo sin que la pareja cesara con la caricia.
- ¡Uh! ¡Así putones! ¡Así!
Casi cinco minutos más tarde, después de escuchar tantas barbaridades de quien creían imposible, la señora volvió a correrse y esta vez parecía que ya no se podía mover, aunque entre murmullos pedía más.
Guille dejó de mover sus manos.
- Creo que ya está.
- Sí. Retiremos los dedos de ahí. - Dijo Berta refiriéndose al coño y el ano. - Cariño perdona, pero presionaré el clítoris un poco más. Por si se mueve que note la caricia.
Estuvieron un buen rato esperando hasta que la rítmica respiración de doña Amparo indicaba que dormía. Al parecer había sucumbido al agotamiento.
Berta, retiró las manos y dio más explicaciones.
- Nilea durmió tres horas, ella puede que sean cuatro, no sé. Voy a lavarla y le ponemos mi pijama. – Dudó un momento. – Cariño, necesito que me ayudes.
Guille ayudó en silencio. Le quitaron el vestido, la rota ropa interior. Con el extremo de una toalla lavaron primero el rostro y la frente retirando el sudor y lo que quedaba del maquillaje. Luego su sexo. Iban a ponerle el pantalón del pijama, pero Berta corrió a buscar unas bragas. Eran las más grandes de las que usa normalmente, y según afirmó en otro momento, cuando tiene la regla las prefiere así. Guille ya había visto ese tipo de bragas muchas veces e incluso en alguna ocasión, recordando aquellas que llevaba cuando vivía con sus padres, las llamaban armaduras. Pero en ese momento simplemente asintió, deberían ser más cómodas. Luego le pusieron el pijama de Berta.
La llevaron a la cama.
- Guille, cariño. Debes regresar a la fiesta. Ya sabes, las apariencias. Eres el jefe. Haz un buen discurso para ese que se marcha. Bueno es algo que sabes mejor que yo.
No era del todo cierto, Guille no fue al Cic y todavía era un estudiante universitario.
En silencio obedeció. Primero fue al aseo, donde se lavó la cara y manos. Mirándose en un espejo ajustó la camisa, la corbata, y se marchó tras dedicar una mirada a su novia.
Berta se había quitado el vestido. Ahora llevaba una camiseta y un pantalón vaquero.
Se miraron al rostro, en silencio. Se apoyaban.
- Cariño. – Llamó la atención de Berta. – Refresca tu rostro.
No quería decirle que el rímel manchaba su rostro y tenía el labial por la barbilla. Todo era producto de haber llorado.
Guille caminaba en dirección del ascensor pensado que Berta es lo mejor que le sucedió jamás.
Don Francisco estaba haciendo un elogio al que se jubilaba mientras miraba severamente a su nieto. Con la mirada le ordenó que se acercara colocándose a su lado. Había llegado a tiempo.
Hubo aplausos y un brindis.
Guille, cuando le tocó hablar, agradeció el trabajo del ya jubilado y mediante la Cualidad pedía la colaboración y fidelidad tanto a la empresa como a sus representantes. Y añadió una frase que intrigó a don Francisco: si veían que ocurría algo que afectara al buen hacer de la empresa o sus dirigentes no dudaran en decirlo, no cómo acusadores sino como ayuda para que todo funcione correctamente.
Don Francisco, aplaudiendo las palabras de Guille le preguntó en un susurro qué estaba haciendo. Guille respondió el propósito.
- Alguien ha drogado a tu esposa.
El hombre se estremeció.
- ¿Mi Amparito?
Don Francisco sacó el teléfono de un bolsillo y vio en el registro las llamadas de Guille, así como dos mensajes diciendo que acudiera rápido a la habitación de sus nietos. Guille añadió más explicaciones:
- Sí. Le dieron calientacoños y la dejaron en esta sala. Ante todos, supongo que para exponerla a la burla.
En la mano de don Francisco se oyó un crujido y Guille dudó si se trataba de la carcasa del teléfono o los huesos de la mano del anciano.
Don Francisco aspiró sonoramente por la nariz mostrando una sangre fría que pasmó a Guille. El abuelo retomó el micrófono y volvió a dar otro discurso. Aparentemente era una aclaración de las palabras de Guille, pero en verdad es que él tenía más experiencia en esos bretes. Aparentando tranquilidad y mediante un montón de circunloquios de quince minutos de duración, exigía que se entregase o delatasen a aquel que afrentó a su esposa. Concluyó:
- Y me despido por esta noche que uno ya no está para estos trotes, pero no sin pedir antes un doble aplauso para el amigo que se va y por el que viene.
Dicho esto, don Francisco casi corrió para salir de la sala antes que alguien le interceptase y así poder estar al lado de su esposa.
Durante casi dos horas, Guille tuvo que soportar el estrechar de manos, palmaditas en la espalda, tira levitas… mientras la sala se vaciaba. Como Don Francisco no estaba no tenía más remedio que ejercer el papel de director.
Siguiendo el consejo del abuelo al menos repitió la frase “lo estudiaré con interés” cuatro veces ante aquellas propuestas que presentaban como brillantes oportunidades.
Por fin en la sala tan solo quedaban dos borrachos que se animaban entre ellos para ir a un renombrado puticlub donde ver bonitos culos y preciosas tetas. Y Guille pensó que era el momento de agradecer a los camareros su labor esa noche, para, a continuación, reunirse con la familia.
Una voz femenina interrumpió sus intenciones.
- Guille. Querido jefe. Tengo algo que decirte.
Se giró para encontrarse con Julia Soler que le mostraba una sonrisa tan sensual y provocadora que a Guille le hizo el efecto contrario, le dio asco. Pensó que si esa lagarta le pedía sexo le ordenaría que se metiera por el coño la pata de una silla.
Soler empleó muchas palabras para confesar que era ella quien quiso gastar una broma a doña Amparo. Le puso dos dosis de calientacoños en su bebida en un descuido mientras hablaban sobre la familia. Volvió a repetir que era una broma.
¡Dos dosis! Berta ya dijo que le parecía más fuerte que cuando su amiga. ¡A eso llamaba broma!
- Solamente quería poner una, pero ya ves. Por culpa de los nervios se me fue la mano. – Sonrió al añadir: - De ir bien habría sido divertido. Pero tu chica, esa monada que evita a todos los tíos que se insinúan, se la llevó rápidamente. Una lástima, ¿no crees? Esta fiesta se hubiera convertido en otra mucho más divertida. Una bacanal.
Guille respiró profundamente conteniéndose de estrangularla.
- Bien. Lo entiendo, por supuesto, querida mía. Así como puedes comprender que te voy a vigilar y como cometas el más mínimo fallo te pongo de patitas en la calle.
La iba a dejar marchar, pero recordando a la abuela ordenando que la follara, decidió añadir más órdenes.
- Supongo que tienes un consolador en casa. Pues bien, te lo metes por el coño hasta correrte diez veces y luego por el culo. Y te lo dejas tan adentro que tengas que ir al médico para que te lo saquen. Y por último… vas a dedicar tu vida a la empresa, no a ti misma, que te quede claro. En una intensidad que te realice como persona y sin tramar contra nadie por su puesto laboral. Esto es, desde el que estás actualmente. Ahora vete y cumple mis órdenes.
La dejó marchar pensando que era un castigo suave ante lo que podía haber hecho a su familia. Pero si lo denunciaba a la policía, doña Amparo también saldría perjudicada al enterarse mucha gente.
No tuvo en cuenta su enfado y que esas órdenes eran interpretadas de otra forma. Lo del consolador diez veces por el coño y luego por el culo, era interpretado como diez más por el segundo orificio. Esa madrugada en urgencias de un hospital tuvieron que darle varios puntos para curar el desgarro anal.
Luego, su dedicación casi exclusiva a la empresa la obligaba a trabajar más de diez horas al día, a veces doce o trece, incluso en festivos. Ni su mente ni su cuerpo aguantaron cinco años a ese ritmo. Enfermó, tuvo un ataque cardiaco, y le dieron la jubilación anticipada. Aun así, de vez en cuando se acercaba a la empresa para ver en qué podía ayudar hasta que le negaron la entrada en el edificio.
Con la orden de dedicarse en exclusiva a la casa Cifuentes no buscó otro trabajo y su economía se resentía. La pensión era ligeramente aceptable por lo que tuvo que vender los caros vestidos, joyas, el coche y cambiar a otra vivienda más barata de mantener. Tenía cincuenta y un años cuando su corazón dio su opinión: hasta aquí.
Guille entró en la habitación. Ahí estaba Berta, durmiendo al lado de la muy querida abuela. Continuaba con los vaqueros y una camiseta. Con una mano estaba sujeta al brazo de doña Amparo.
Sentado en una butaca el abuelo insultaba a todo el mundo entre murmullos. Se dirigió a él cogiéndole de un brazo y tiró. Lo sacó de la habitación en unos empujones.
- Vamos abuelo. Mi esposa duerme vestida para no mostrarse casi desnuda ante ti. Ya has visto que cedió su pijama a tu esposa. Vamos a tu habitación. ¿Qué hora es? - Miró el reloj de pulsera y resulta que la alarma de Berta todavía parpadeaba. La apagó desde el teléfono. – Bien. Aún podemos dormir unas horas.
Ya en la habitación don Francisco reconoció su error.
- Por estar un rato con una mujer que tan solo es un capricho pasajero he descuidado a quien de verdad me importa.
No era correcto del todo, aquella guapa mujer tenía un defecto de dicción y un tic nervioso en el labio inferior. Con unas palabras la curó y a cambio mostró su belleza posando desnuda. Se corrió tres veces con esas caricias mientras don Francisco sin llegar a desnudarse y sentado en una butaca pasaba un agradable momento.
Guille intervino en favor de su abuelo.
- Abuelo, no se puede controlar todo. Se supone que estábamos entre amigos. No te preocupes ya he aislado y neutralizado al culpable.
Explicó las órdenes dadas a Soler y don Francisco que sí las interpretó correctamente, dedujo que su nieto era cruel. Era devolver diez por uno. Pero como habían dañado a su Amparito las aceptó sin objetar.
- Además necesito decirte que se trata de calientacoños y no conozco un remedio. Berta sabía uno, porque lo empleó con una amiga.
- ¡Un remedio contra esa porquería! ¡No! No lo hay. Bueno. Quizás con un anestésico o similar.
No dijo que durante un tiempo buscó el antídoto. Y que también se interesó en qué contenía y las proporciones. Pero se trataba de un caro secreto bien guardado. Se enteró que en Lyon, Francia, un laboratorio buscaba algo parecido y lo único que consiguieron fue intoxicar a los jóvenes que lo probaron.
- Pues… eso. Berta descubrió uno en Barcelona que, bueno no es un remedio, pero puestos a evitar una violación sirve para calmar el ansia de la afectada hasta que se duerme. - Bajó la cabeza, avergonzado. - Abuelo no estabas y tuve que suplirte mediante tocamientos y hacer que mi adorada abuela… se… quedase relajada y ya durmiera.
Comprendió. Durante unos segundos don Francisco miró con odio y asco a Guille. Las venas del cuello se hincharon y mediante una respiración ruidosa ya se relajó, y pudo murmurar que de conocer esa única solución habría hecho lo mismo. En ese momento no pensó la cantidad de veces que empleó la Cualidad para acostarse con más jóvenes que él, aunque luego estaba la compensación.
Guille, ignorante de esos pensamientos, lo abrazó y se puso a llorar pidiendo perdón varias veces.
- Si la hubieras oído… si la hubieras oído… Mi querida abuela hablando así. Diciendo todo eso.
- Vale muchacho. Calma. – Pidió don Francisco colaborando en el abrazo. - Ahora comprendo la dimensión de tu castigo a esa malnacida.
Guille no le escuchó o no le entendió.
Don Francisco fue al baño donde bebió dos vasos de agua. Lo necesitaba. Sirvió para regular la temperatura de su cuerpo. Recordando a su esposa con el pijama de Berta preguntó:
- ¿Por qué la llevasteis a vuestra habitación?
- Es de la única que tenemos llave. – Señaló el entorno. – Tú mismo has empleado tu tarjeta para que entremos aquí.
Don Francisco soltó uno de sus gruñidos.
Solamente se quitaron los zapatos para acostarse en la misma cama.
El anciano meditó. Durante años ha estado con muchas amantes. Incluso su esposa los tenía y le parecía normal. ¿Por qué le sentaba tan mal que Guille tuviera que hacer esa intimidad con ella? Realmente no son familia. Y dos años atrás no le habría importado. ¿Qué había cambiado? Lo reconoció: Había vuelto a amarla.
Habían dormido cuatro horas, pero si el abuelo afirmara que no lo hizo en toda la noche, cualquiera que viera sus ojos le creería.
Doña Amparo se despertó una hora más tarde. Tenía hambre y sed, aunque estaba un poco desorientada. Recordó la fiesta y que bebía una copa mientras hablaba con Berta. Se ruborizó al pensar que se había pasado con la bebida. Hablaba suave, cansada. Estaba algo mareada.
- Espero no haber hecho algo indecoroso.
Berta, que estuvo sentada en el lateral de la cama se levantó de un salto y se retiró al lavabo donde lloró su rabia durante unos minutos. Guille se dedicó a mirar unos interesantísimos mensajes en el móvil sobre cambiar el router de casa. Don Francisco le acercó un vaso con agua, afirmó sonriendo:
- Querida mía. Siempre fuiste, eres y serás una dama.
Se bebió el agua casi de un trago.
- Bien. Esta ropa no es mía. - Era una pregunta.
- Se estropeó tu vestido, abuela. - Dijo Guille sin entrar en detalles. - Ese pijama es de Berta. Ahora mismo estamos en su habitación.
- En la suya. – Comprendió: - En la vuestra.
La mujer se ruborizó, pidió perdón y afirmó que se contendría más al beber. Meditó: ¿Cuándo fue la última vez que se pasó con la bebida? Recordó una piscina y unas manos masculinas sobre su cuerpo. Se sobresaltó. Miró a los dos hombres como si temiera que descubriesen sus pensamientos. Calma. Se ordenó a sí misma entornando los ojos. No es momento para recordar algo acaecido varias décadas atrás.
- Necesito levantarme.
Los dos hombres se movieron solícitos ofreciendo sus manos para ayudar a que se levantara.
- Gracias, caballeros. Perdón. Tengo que ir al lavabo.
La puerta del lavabo se abrió y fue Berta quien desde ese instante se ocupó de ayudarla.
Avergonzada tuvo que sujetarse al brazo de Berta para, con la otra mano, retirar la ropa hasta las rodillas.
La mujer se sentó en el retrete, orinó avergonzada por estar Berta ahí mismo, aunque le daba la espalda en ese momento, y cuando se limpiaba notó que la vulva estaba muy sensible. Se preocupó. Se tocó los senos por encima de la ropa. Le dolían. Retiró el suéter alzándolo hasta el cuello, no llevaba sujetador, y se observó las tetas, los castigados pezones.
Se levantó tambaleándose y con el problema añadido de llevar el pijama en los tobillos. Se acercó hasta el espejo auxiliar para emplear el de aumento. Localizó los moretones en las tetas que al tocarlos dolían. Algún arañazo.
- ¡Dios!
Del neceser sacó un pequeño espejo y se situó sobre el bidet. Se miró el sensible sexo.
- ¡Dios! - Repitió.
Al escuchar las mismas palabras, Berta recordó la mirada de miedo que mostró la abuela horas antes. Cuando sabía lo que le iba a pasar y pidiendo ayuda intentaba proteger su dignidad.
Doña Amparo se giró para mirar a Berta, que ruborizada miraba al suelo.
- Hija mía, quiero que me cuentes que he hecho esta noche.
Berta la abrazó poniéndose a llorar de nuevo y pidiendo perdón le contó lo sucedido horas antes y la implicación de Guille.
- Abuela. Créeme que lo siento. Lo siento mucho.
Doña Amparo murmuró:
- Gracias por hacer lo que te pedí. Hija mía, no me acuerdo de… bueno algo viene como un sueño. – Se ruborizó. - ¡Oh! Dios mío. Siento como si hubiera follado con vosotros.
- Abuela. Nosotros te hicimos caricias, pero Guille nada más te hizo. Por favor no se lo digas, pero tienes que saber que lloraba al acariciarte.
Tras unos minutos abrazadas doña Amparo murmuró:
- Me habéis salvado de una gran vergüenza.
Había pasado casi una hora cuando las dos mujeres salieron del baño. Los hombres, abuelo y nieto, se pusieron en pie ante la presencia de las dos señoras. Todos estaban serios. Doña Amparo se acercó a su nieto y lo besó en la mejilla.
Se miraban a los ojos y Guille pronto bajó la mirada. El silencio hablaba por ellos. Ya todo se sabía.
Berta reaccionó. Se puso unas deportivas y ordenó a Guille que bajaran a desayunar, dejando solos al veterano matrimonio.
Durante las siguientes semanas solamente vieron a la abuela cuando acudían a la mansión los domingos para cenar. Y las tres o cuatro primeras veces durante el saludo doña Amparo les llamaba, "Mis protectores", o "Los protectores de mi dignidad".
Si bien hubo unos días de lluvia, en general hizo buen tiempo y calor esa primavera. En la casa de Los Nopales durante dos días se preparó la piscina ya que había que impermeabilizarla otra vez, repasar filtros... Que estuviera varios años sin emplearla la estropeó más que en un uso normal. El jardín estaba arreglado con unas flores que además de aportar aroma brillaban en varios colores.
Guille estaba en el despacho. Sobre la mesa Carmen le había dejado el albarán del pedido extra para ese fin de semana. Relacionaba varias bolsas de aperitivos, algunos dulces. ¡Cuatro botellas de ginebra y dos de ron! Y cuatro docenas de diversos refrescos en latas.
Pensó que esas chicas no tenían intención de salir de la casa en todo el fin de semana. Y organizaban una gran fiesta.
- Quizás también debiéramos comprar sal de frutas, bicarbonato o un calmante digestivo. - Murmuró.
Oyó a Berta gritar su nombre anunciando que las amigas habían llegado.
Salió a recibirlas.
Nilea y Violeta ya estaban subiendo a las habitaciones cuando Guille las encontró en el recibidor. Hubo abrazos, besos. Nilea se mostró amistosamente cariñosa quedando colgada de los hombros de Guille mientras se decían las consabidas preguntas de cómo va y todo eso.
Se ofreció a ayudar con el equipaje y las chicas se negaron. Violeta, con ganas de reír, propuso:
- Puedes subirme en brazos por la escalera.
- Vale.
Violeta chilló al sentirse alzada. Se sujetó al cuello de Guille, y a mitad de escalera pidió que la dejara. Temía que Guille tropezara y se cayeran. Con un accidente así los dos se harían daño. Guille la soltó y preguntó si quería algo más la señora.
- Pues no, gracias. Aún es pronto para la cena.
- ¡Ah! ¡La cena! - Recordó Berta que había estado riendo al ver la escena. - Estábamos hablando de comprar comida china. ¿Qué te parece?
Guille aceptó. Sabía que ante aquellos cuatro diablillos carecía de voto. Todavía estaba sopesando la idea de salir huyendo.
Las chicas pasaron la tarde en una habitación hasta que Guille anunció que el repartidor con la cena estaba cerca. Le había alertado el vigilante de la puerta a la urbanización. Con todo, se retrasaron varios minutos. Entonces bajaron hablando a gritos y riendo a carcajadas. Guille se alegró al ver tan contenta a su esposa. Al llegar a su lado mostró las bolsas con la cena y fueron a la cocina. Aquel cercano comedor era suficiente para los cinco.
Fue cuando notó que Ana María se ruborizaba cada vez que sus miradas se cruzaban. Y que las otras tres parecían tramar algo con aquellos cuchicheos. Evitaban que él se enterase de un secreto.
Después de comer fueron al gabinete a escuchar música y tomar un trago. Terminaron bailando y quedó demostrado que Nilea y Berta eran mucho mejores. Ana María movía las caderas y hombros, pero no tenía gracia. Violeta era un terremoto con gestos exagerados, casi gimnásticos y sin harmonía.
Horas más tarde, en la intimidad de la habitación, Guille preguntó sobre los secretitos y por qué Ana María se ruborizaba cuando la miraba.
- ¡Oh, cariño! Pues... - Berta sonrió. Esperó a meterse en la cama para decirlo. - Antes de la comida hemos estado contando de nuestra primera vez.
- ¡Uhm! Sí, la primera vez es importante, no se olvida. El primer cigarrillo, el primer pedaleo en bici. Nadar solo. - Miró fijamente a la risueña Berta para decir. - El primer polvo.
- ¡Bruto!
- Sí, por supuesto. Vosotras habláis de esas cosas, pero el bruto soy yo.
- Guille, cariño. ¿Te gustaría follar con Ana María?
- Ya veo. Y luego comparar qué tal ha ido, contando todos los detalles.
- ¡Pues claro!
- Vamos a dormir.
Guille no sabía que esa chica era virgen todavía. Pero sí que le daba vueltas en la cabeza a la pregunta de por qué a ella entre las otras que por supuesto eran más lanzadas y seguramente más dispuestas. Las rosadas tetas de Nilea acudieron a su mente. Y frotando la espalda de Berta, que lo abrazaba como siempre, borró esa imagen.
Guille salía del agua por tercera vez. Le sentaba bien refrescarse. Miró a las chicas mientras se retiraba el agua de la cara. Ocupaban las cuatro únicas tumbonas que había mientras que él se conformaba con una silla reclinable. Si quería tumbarse debía hacerlo sobre una toalla en el duro suelo, o algo más alejado en el césped.
¿Cómo podían aguantar tanto rato al sol? Vale que se habían puesto una buena capa de crema, pero ya era para estar quemadas.
Ana María llevaba las dos piezas del bikini. Se negó a quitarse el sujetador cuando Violeta le pidió que liberara las tetas.
Nilea llevaba un bañador que parecía deportivo. Dejaba bien libres sus piernas y los brazos. En ese momento lo llevaba recogido sobre la cadera y mostraba los rubios pezones culminando sus bonitas tetas. Se había puesto mucha crema en el rostro y parecía que llevaba una máscara. ¿Por qué no llevaba una braga de bikini prestada de Berta? No preguntó.
Los bañadores de Berta y Violeta eran normales. Quizá la braga de Violeta era algo más pequeña o así lo parecía en ese bonito culo. Berta llevaba aquel bikini que ya dijo que se transparentaba un poco. Pero era demasiado poco para lo que le gustaría a Guille.
No llevaban sujetadores y esos volúmenes eran muy similares. Quizás las tetas de Berta fueran las más pequeñas, luego las de Nilea, Ana María y por fin Violeta. Pero de todas se podía decir que eran del tamaño adecuado, perfectas. El color de los pezones de Berta y Violeta era similar, quizás Violeta un poco más oscuros. Nilea los tiene rosados mientras que Ana María, Guille se quedaba sin saber cómo eran.
Sonaron unos pitidos de una alarma y a la vez las cuatro se giraron bocabajo. Berta preguntó quién quería más crema. Nilea quería más para proteger esa piel que era la más blanca de las amigas.
- ¿Quién me hace el favor, nenas? – Pidió Nilea.
A lo que Berta pidió a Guille que se la pusiera.
- ¡Sí! Señoras mías. Aquí tenéis a vuestro fiel servidor. – Replicó Guille en lo que parecía una protesta. Se acercó a Nilea con el protector. – Soy el esclavo de vuestro deseos y caprichos.
- Por favor, Guille. - Pidió Nilea. - Pon mucha, que no quiero quemarme.
- La solución es fácil, amiga mía: No te pongas al sol.
- ¡Guille! - Llamó Berta arrastrando un poco la letra “e”. - No seas malo que son mis amigas.
Estuvo un rato esparciendo crema en esa espalda. Ya se retiraba cuando Nilea insistió:
- Las piernas, y un poco más por la cintura. Puedes bajar el bañador.
- Mira, nena. - Protestó Guille divertido. - Si lo bajo más quedarás con el culo al aire y tu novia, que nos está mirando mientras afila un sable, me matará.
- Un momento. - Pidió Nilea.
Se levantó casi en un salto y acudió al lado de Ana María. Hablaron flojito. Aquella no parecía conforme en algo y miraba a Guille como si fuera un enemigo o el demonio. Pero finalmente se encogió de hombros y accedió a lo que Nilea pedía.
La muchacha se puso de espaldas a Guille, que la esperaba sentado en la tumbona, y se bajó el bañador retirándolo por los pies. Con una mano se cubría el sexo al regresar a la tumbona. El problema para Guille fue que, estando delgada y al agacharse para pasar el bañador por los pies, mostró el ano, la entrada de la vagina y parte de su vulva entre las nalgas.
Violeta silbó y afirmó que tenía un buen culito.
Berta, sonrió y no sabía qué decir. En principio no le molestaba que la amiga se desnudara en la piscina, pero es que estaba ahí su marido y podía verle todo. Y ahora le tocaría el culo al extender la crema.
Ana María estaba ruborizada y silenciosa ante el atrevimiento de su pareja.
El masaje en el culo y los muslos fue rápido, intentando no mirar ese sexo color fresa que asomaba entre los glúteos.
Cuando terminó se pasó las manos por los hombros para retirarse la crema y de paso algo sí que se pondría.
- ¿Para terminar, puedo hacer un redoble?
- ¿Qué? – Preguntó Nilea.
- ¡Ja! – Rio Violeta.
- ¿En el culo de mi amiga? - Berta protestó: - ¡Eres malo!
Ana María estaba celosa y así lo manifestó:
- ¡Cómo la toques, te mato!
- Pues mal. Porque ya se lo he tocado al poner la crema.
Iba a retirarse a su sitio cuando intervino Violeta.
- ¡Eh, nene, no te vayas! ¡Ven aquí que me toca! Quiero decir que me tocas. - Dijo riendo. Se bajó la braga para mostrar una nalga. - Mira que culito tengo. A que te gusta.
- ¿En serio? – Protestó Guille.
Violeta se cubrió poniendo bien la braga, mientras decía, sin dejar de reír, que ya le gustaría tocarles el culo a todas.
Dedujo que debía hacer una retirada estratégica.
- Vale chicas, me voy a beber algo. ¿Os apetece?
- ¡Agua!
- ¡Cola!
- ¡Limón!
- ¡Una cervecita bien fría!
Se quedó mirando al grupo que había pedido sin moverse, sin levantar las cabezas de las tumbonas.
- Esto me pasa por preguntar.
Tardó casi quince minutos en volver con una bandeja. Además, llevaba unos platillos con patatas fritas de bolsa y unas aceitunas.
- ¡Caramba, sí que tardas! - Protestó Berta.
- Habrá ido al Antártico por el hielo. - Rio Violeta.
- Pues no, nenas. - Sabía que no podría ni intentar defenderse, pero les siguió el juego. - He ido al Ártico por los cubitos, que me caía de paso a la despensa.
Guille se bañó dos veces más mientras que las chicas, amontonadas bajo una sombrilla, tomaban sus refrescos. Nilea se cubría la cintura con una toalla. Lo cual era de agradecer o Guille tendría un problema detrás de su bañador.
Más tarde todas fueron a la misma habitación y se ducharon por turnos.
Guille ya duchado y vistiendo un pantalón corto, chanclas, camiseta y una gorra, regresó a la piscina para recoger los muebles. No podían quedarse ahí cuando más sol hace o se estropearían. En caso que se bañaran por la tarde ya se pondrían otra vez. Encontró que la sirvienta había recogido los vasos sobre la bandeja e intentaba plegar y amontonar las tumbonas y sillas. No sabía hacerlo. Guille se ofreció:
- No se preocupe, señora. Yo lo hago.
- Sí…Sí, señor.
La mujer iba a retirarse cuando se detuvo y dijo:
- La… comida está… estará en unos minutos… ¿Do... dónde la sirvo?
La mujer tartamudeaba, por nervios o carácter vergonzoso. Guille no hizo caso, solamente respondió:
- En el comedor. Gracias.
Ya estaban con el postre. Todas comían helado mientras que Guille tomaba un café. Y eso le sirvió de excusa para que, poco más tarde, no acudir al gabinete a tomarlo con ellas.
- Os dejo que voy a estudiar un rato. Podéis hacer lo que queráis sin destrozar la casa. ¿Vale?
- Te quiero. - Dijo Berta con una vocecita cargada de amor.
- Vale, nene. ¿Veis? ¡Siempre poniendo límites! Ahora no quiere que le rompamos la casa. - Soltó Violeta con ese carácter que siempre tenía ganas de reír. - Adiós, vete. Pero antes responde una curiosidad. ¿Es verdad que tuviste una novia que al alcanzar el clímax gritaba “hostias con mermelada”?
Ana María se cubrió la cara ruborizada. Berta se puso colorada. Nilea y Violeta se estaban divirtiendo. Guille se rascó la sien derecha intentando no sonreír ni mirar a su pareja, y simplemente se despidió.
- Voy a estudiar un rato. – Añadió.
Las chicas entraron en el gabinete de visitas y se sentaron en los sofás. Berta les dijo que eran malas.
- ¿Era un secreto? Perdona, amorcito, con tres cubatas en el cuerpo no te entendí.
- Demasiado entendiste.
- ¡Beber ginebra durante la comida!
- ¡Eh, eh! Que solo fueron unas gotas en la cola.
- Acabas de admitir lo contrario.
Dijo Ana María y sirvió para ser atacada mencionando su futuro oficio:
- Ya está aquí la jurista.
Eran las seis de la tarde y Guille estaba seguro que se había quemado las pestañas estudiando. Tenía la espalda dolorida por estar tanto tiempo en la misma postura. Con gestos mecánicos repetidos mil veces subió al lavabo de la habitación. Iba agitando los hombros comprobando la necesidad de moverse por lo que pensó en acudir a la piscina. Sabía que estando al sur de la casa el sol debía dar todavía en el agua. Ya en la habitación se asomó a la ventana con la intención de comprobarlo.
Sí, el sol daba en el agua y también en cuatro cuerpos tendidos bronceándose. Violeta y Nilea estaban desnudas mientras que Berta y Ana María llevaban la braga del bikini.
Las cuatro tenían unos bonitos cuerpos, y como era la primera vez que los veía se fijó más en los de las amigas. ¿Por qué Ana María esconde tanto su cuerpo? Es preciosa y sus tetas le hacen justicia. El vello sobre el pubis de Nilea era rubio, y esa rajita que dibujaba los labios mayores resultaba atrayente. ¡No! Espera. Algo asomaba entre esos labios. Unos pliegues rosados que parecían sabrosos.
Violeta tenía una mata de vello que naturalmente era oscuro. Su sexo, si bien estaba cerrado, los labios mayores no podían juntarse del todo porque los menores lo impedían, es más, podían verse perfectamente desde esa distancia por diferencia de color. Marrón. En la cúspide había un garbancito atrayente. Brillaba, seguro que se había puesto protector solar ahí.
Guille podría estar un buen rato mirándolas sin hartarse.
Un sexo rojo y el otro marrón. ¿Cuál sería más sabroso? Pensó que jamás lo sabría.
Las tetas de Ana María eran de un tamaño entre medias de Nilea y Violeta. De pezones marrones ligeramente más oscuros que las demás. Y también eran bonitas.
Al cuerpo de su amada Berta tan solo le dedicó unos segundos, lo conocía muy bien.
“Bueno. Basta ya de hacer de mirón”. Pensó.
Iba a retirarse de la ventana cuando las cuatro casi a la vez se incorporaron para darse la vuelta. Guille no lo oyó, pero estaba seguro que seguían el tiempo marcado por esa alarma grabada en un móvil. Violeta tardó un poco más porque agitó los hombros. Ahora, con todas tumbadas, podía ver sus torneadas espaldas y un par de culitos.
Ana María se incorporó para poner más protector solar en la espalda de su novia.
Vale, ahora sí se retiró de la ventana.
Evitando fastidiarles el momento de tranquilidad decidió no bajar a nadar. Con ese calor tampoco podía ir a correr. Miró los libros, el reloj. Lanzó un resignado suspiro, dedicaría otra hora al estudio. Pasó la lengua por el paladar y sintió ganas de tomar un café.
“Servirá para concentrarme”.
Cenaron los cinco juntos. Al poco y no queda claro cómo salió el tema, el caso es que Nilea y Violeta se pusieron a hablar de los chicos con los que habían salido o conocido y lo tontos que eran. Ana María no tenía esa experiencia y Berta solamente salía con Guille por lo que de vez en cuando aportaban preguntas, frases de asombro y risas. Al estar Guille, también reía y si era preguntado el por qué los tíos hacen esto o lo otro, simplemente sonreía o se encogía de hombros. Diplomáticamente alegaba que cada persona es un mundo. Que había situaciones en las que obraría distinto a lo descrito y otras que simplemente las eludiría.
Sus respuestas eran malinterpretadas o retorcidas con intención de burlarse, de reír. Llegó un momento que estaba claro que en su presencia no había comentarios más fuertes o íntimos.
Fueron al gabinete, pusieron música. Inmediatamente Berta y Nilea se pusieron a bailar. La alemana marcaba unos pasos que aprendió por ahí y Berta disfrutaba del juego.
Guille se retiró por unas bebidas tras conocer las preferencias de las chicas.
- Y ya puestos… ¿Desean algo más las señoras?
Se miraron entre ellas, no tenían hambre. Pero la divertida de Violeta pidió:
- Un chico un poco más mayor que yo, aunque si está bueno no me importa un jovencito, pero que esté libre. Y que sepa darme lo que quiero.
Todas rieron. Guille, intentando mostrarse serio, contestó que de eso no guardaban en la despensa.
Cinco vasos. Cuatro con hielo. De los que dos de cubata, uno de naranja y ginebra, el otro con ron. Una cerveza para él. Retiró el vaso de la bandeja. Luego regresaría a buscarlo pensando que las dejaría que continuaran riendo a su aire.
“Ya me canso de hacer de mártir”.
Llegó Berta. Esa camiseta era algo amplia, pero ese pantaloncito corto al ser elástico le marcaba muy bien el culito. Abrazó a Guille y le dio varios besitos en los labios.
- Gracias por todo. Lo estamos pasando bien.
- Me alegro, cariño.
Guille estuvo tentado de acariciar ese culo tan bien enmarcado, pero empujó a Berta para que se separara.
- Ves con tus amigas. Os llevo esto en seguida. Y cariño. Creo que es mejor que me retire.
- Nos hemos visto muy poco y…
- No te preocupes por eso. Ya estaremos juntos.
Berta volvió a abrazarle.
- Es que… esta noche, me gustaría pasarla con ellas.
- ¡Ah! Una reunión de pijamas o hay tema.
Berta se sorprendió.
- ¿Qué?
- Sí. A eso me refiero. Sois cuatro chicas jóvenes, guapas, sanas…
- Creo que tienes mucha imaginación. Además, ¿con quién crees que me lo montaría?
Guille agitó la cabeza al responder:
- Eso está muy claro, cariño. Se trata de una sencilla resta. Son tres chicas de las que dos son pareja. Ya sabes la respuesta.
Berta se ruborizó. Era precisamente con quien ya lo había hecho. Intentó disimularlo.
- Ya. Y supongo que te gustaría vernos desnudas mientras hacemos cositas.
- Francamente… mejor si participo.
- ¡Qué! ¿Te gustaría follar con mi amiga?
- Bueno. No exactamente, verás, me gustaría follar contigo mientras tu amiga te lame el cuerpo y os besáis.
Si bien estaba asombrada disimuló haciéndose la enfadada.
- ¡Eres un salido!
- Puedes estar segura, cariño. Pero esta noche este salido se dará una ducha fría mientras oigo a mi esposa gemir de placer en la habitación de al lado.
La cara que puso Berta… Guille tuvo una sospecha. Y por primera vez en su vida sintió miedo de perder a una mujer. Precisamente a la que consideraba su esposa.
La besó y la abrazó con fuerza.
- Mira nena, si solo son risas, besitos, caricias y pasar un buen rato… no me molesta. Incluso si no es con una mujer. Pero por favor no dejes de amarme.
Berta se retiró un poco para mirarle mejor el rostro.
- Te amo, no lo dudes nunca. Yo. Tengo curiosidad, solo eso. Y si no te molesta, yo…
- Pásalo bien, cariño. Violeta es preciosa. ¿Y mañana me lo cuentas todo?
- Te quiero. – Se ruborizó. - Pero nada te contaré.
Se besaron. Todo un buen morreo de más de un minuto de duración que quedó interrumpido por unas risas y la voz de Violeta.
- ¿Lo veis? Ya os dije que se estaban entreteniendo demasiado con algo muy distinto a las bebidas.
Nilea añadió:
- Un minuto más y derriten todo el hielo de los vasos.
Ana María también reía cubriéndose la boca con una mano.
Guille no podía estudiar, ni dormir. Solamente pensaba que en la habitación de al lado su amada esposa debía estar disfrutando con una chica, o con tres. Estaba nervioso. ¿Se daba una ducha fría o se la pillaba con una puerta? Resultaba menos drástico salir a dar un paseo.
Ya vestía camiseta y un pantalón corto para estar por casa, por lo que solo tuvo que cambiarse de calzado y coger las llaves.
Salió a las calles de la urbanización creyendo que estaría tranquilamente solo y se encontró con otros vecinos. Paseantes, corredores y los que sacan los perros para hacer sus cosas. La gente iba por parejas, pequeños grupos o en solitario. Normalmente no había niños, salvo esos que dormitaban en brazos de un adulto, o en el traqueteo de un cochecito. Desde algunos jardines se oían risas y música. Era sábado por la noche. Verano. La gente no podía o no quería dormir.
En la habitación de invitados cuatro mujeres intercambiaban besos.
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- Relato #251653— title-regex: contiguous parts (21 -> 22)
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