Amor Inconcluso… Intruso Seguro
La noche de su cumpleaños se convierte en un interrogatorio cuando un desconocido aparece en su puerta con el mismo dolor que él. Entre vodka y humo de pipa, Diego desmonta su vida perfecta mientras el invitado descubre que su ex esposa no es la única culpable.
6. Se le dan dos tazas
—Bueno, ¿y por dónde estábamos? —Muy seguro de sí mismo y con una actitud curiosa, tomó Joaquín la redonda lata de la picadura aromática, analizó el contenido y la acercó a su nariz.
—Mmmm, creo que recibía, de parte suya, una charla sobre el perdón y el olvido, y yo le refutaba su teoría, supongo que ya experimentada, con la hipótesis de lo que será muy pronto mi realidad. —Diego Alejandro, sin brusquedad, retiró de la ajena mano su lata de tabaco para taparla y la acomodó muy cerca de la botella alargada del Beluga Gold Line, para enseguida abrir de nuevo las puertas-ventanas y salir a la terraza.
—Por mí no se preocupe. Puede hacerlo aquí, ya que no me molesta. —Le dijo Joaquín, instándolo a quedarse en la sala de estar.
—Resulta que a mi muj... A su amiga, no le agrada que lo haga dentro de la casa —le respondió el cumpleañero y oprimió el interruptor para iluminar aquel yermo exterior, tras lo cual suspiró—. ¡Supongo que ahora ya no le va a incomodar!
—¡Ja, ja, ja! Sí, hombre, sí. A mí también me lo tien... Me lo tienen prohibido, pero yo, al igual que usted, continúo haciéndolo a escondidas. Bueno, a decir verdad, no es que fume tan seguido. Tan solo de vez en cuando, y para acompañar alguna bebida. Se podría decir que soy un fumador esporádico. —Y sacando del bolsillo interior de su chaqueta de piloto una cajetilla de Pall Mall, extrajo un largo cigarrillo y decidió salir para acompañar a su anfitrión.
Esa noche, como solía hacerlo algunas veces, obviamente a solas, cuando su «atadito de canela» estaba volando muy lejos, Diego Alejandro, antes de acomodarse en la silla mecedora de madera y tela, encendió el calefactor de ambiente —una esbelta torre de más de dos metros de alto en el centro de la terraza—, ajustando la perilla para controlar la calefacción a su gusto, y procedió a darle fuego, y las suficientes chupadas a su elegante pipa, para por fin, calmar sus ansías de tabaco.
Se sentó justo en el centro y abrió sus piernas, sin dejarle espacio a nadie más —no estaba ya su mujer para guardarle un lugar—, e indiferente, apoyó su vaso en la mesita auxiliar.
Y hasta allí llegó aquella visita insospechada, que mantuvo entre sus labios apretados el cigarrillo y se frotó las manos para calentarse, justo antes de decirle a su anfitrión...
—No solo la vista debe ser impresionante, sino que el gusto al decorar este lugar lo hace más encantador.
—Uhum, todo es obra de ella. Yo tan solo tuve que correr con los gastos. —Le comentó Diego Alejandro, aspirando por sexta ocasión.
—Lo supuse; tiene su toque… Ehhh, ¡exquisitamente femenino! —respondió Joaquín, casi que guturalmente, al mantener presionado su Pall Mall entre los labios.
—Pareciera ser que la conoce muy bien. —Le dijo el cumpleañero, mirándolo de reojo, sin expresar emoción alguna.
—¿A Salomé? ¡Ja, ja, ja! ¿A su mujer?
—Sí, a ella. ¿A quién más iba a ser? ¿Y cómo fue eso?
—Pues... Recuerdo que nos cruzamos en... Déjeme hacer memoria. Ahhh, sí, hombre, sí. ¡Por supuesto! Fue en una de las plataformas de despegue de un aeropuerto. Creo que sucedió en el de Frankfurt. Yo iba de camino al hangar y Salomé, su mujer, inspeccionaba visualmente el carenado del vientre de su avión. —Al terminar la última frase, Joaquín se retiró el cigarrillo de la boca y con la otra mano llevó hasta sus labios su vodka. Tras dos cortos sorbos, continuó suministrándole información al anfitrión.
—La saludé primero, por cortesía, y ella me enseñó su hermosa dentadura, muy blanca, por cierto, y con eso tuvo ella para detenerme. Avancé hacia ella y, ya cerca del tren de morro, la alcancé y le extendí mi mano. Al ver la identificación colgando de su cuello, la saludé por su apellido. «Comandante Palacios, ¡mucho gusto! ¿Qué hace usted por aquí?». Le pregunté de manera graciosa, como para romper el hielo, por supuesto, pero tras mirarme con seriedad, su mujer me respondió: —«Por acá revisando cuál es la causa para que a este aparato no le entre la reversa. ¿De casualidad es usted un buen mecánico?».
El cumpleañero volvió a sonreír —sutilmente, pero sonrió—, pues se dijo para sí mismo: «Efectivamente, así de respondona era Salo cuando nos conocimos. Parca y distante, toda una fiera indómita».
—Recuerdo que me causó mucha gracia y me reí. Salomé ni siquiera sonrió, aunque al final me correspondió mi saludo de igual forma, amigable, sí, pero guardando la distancia. El caso, Diego, es que su esposa estaba afanada por terminar sus labores de inspección, y en verdad no soy muy bueno coqueteándole a las mujeres, y me fui de allí con el rabo entre las patas. Con el tiempo volvimos a encontrarnos por acá, en El Dorado, para ser exactos, en una de las cafeterías del segundo nivel, y allí la vi junto a sus compañeros de tripulación, disfrutando de una buena charla y un delicioso Latte. Allí fue cuando, tras las presentaciones de rigor, pudimos comenzar a hablar. ¿Y ustedes? ¿Cuántos años tienen de conocerse?
—El tiempo justo para responderle que fue insuficiente, pues no comprendo por qué o por quién me abandonó hasta ahora, y no antes. —Le respondió Diego Alejandro, con un tono de voz tan pausado que a Joaquín le sonó distante y demasiado frío.
—¡Es verdad, hombre, es verdad! A veces, ni las personas o determinadas experiencias son como nos lo parecen. No obstante, no debemos olvidar que este mundo gira sin cesar y con él lo hacemos nosotros mismos, que vamos montados y, en ocasiones, lo hacemos dando tumbos. ¡Supongo que se enamoraron siendo muy jóvenes! —Con cierto cariz de admiración, le preguntó, mirándolo fijamente, dejando escapar por la nariz una blancuzca humareda.
—Mmmm, ya que lo pregunta, no lo sé en realidad —y en el rostro de Joaquín se formó el gesto de la intriga—. Quiero decir que recuerdo muy bien el momento mío, pero en realidad desconozco el instante de ella.
Tras declarar aquello, Diego Alejandro aspiró el tabaco y, sin expulsar el humo, bebió un poco de su vodka, y todo aquello lo hizo mientras observaba el firmamento. Entoldado el cielo, de un azul muy oscuro sobre la casa, más tinturado de un tono bilioso cuando miró con tristeza hacia la apartada ciudad.
—Le parecerá curioso, pero Salomé no me habló para nada de su vida personal. Nuestras conversaciones han versado sobre aspectos pasados, de nuestros inicios... En el mundo de la aviación. De cómo ha intentado siempre despejar sus dudas, y yo le hablé de cómo resolví las mías, para, juntos después, emprender nuestras carreras paralelas, separadas, similares pero tan diferentes. Pocas veces tocamos el tema familiar, y cuando lo hicimos en persona, fue de manera somera, ya sabe, lo básico, lo superficial.
—Pues a ver, me parece normal en ella, ya que suele esquivar cualquier intento de ingreso a su intimidad si detecta en esa persona, nueva dentro de su círculo de conocidos, algún interés demasiado personal, más allá de la simple curiosidad. Es una mujer... ¡Quisquillosa! —Le respondió el cumpleañero, más enredada entre sus neuronas, una información velada, forcejeaba por ser liberada y en espera de ser utilizada.
—¡Claro, hombre, esa es! —Emocionado, aquel extraño se acercó hasta la silla mecedora y chocó, amistosamente, el filo de su vaso de vodka contra el lateral del que Diego Alejandro sostenía en su mano izquierda—. Exactamente, esa es la palabra que buscaba. Le encanta fijarse mucho en los detalles, a pesar de que, a mi parecer, sería algo normal entre dos personas que apenas están aprendiendo a conocerse. ¿No lo cree usted?
—Ya. Claro ―respondió y apretó los labios―. Me imagino que ella no lo dejó pasar de ahí, tan solo le entregó la información usual y lo cortó de raíz.
—¡Exacto! ¿Cuál era mi estado civil y cuál el suyo? ¿Cuántos hijos teníamos y a qué se dedicaban? Nuestra música favorita, e incluso me preguntó si me gustaban las mascotas. Alguna vez, mientras manteníamos contacto por la aplicación de mensajería, incluso tocamos el tema de aquellos lugares más visitados y de cuáles nos encantaría conocer, si se presentara la ocasión para aventurarse por ahí. Los pilotos volamos, pero no lo hacemos por todo el mundo, como quisiéramos. —Y Diego Alejandro, cabizbajo pero atento, asintió.
—Una mujer culta y fascinante, pero reservada con su vida privada ―alegó con entusiasmo el invitado―. «¡No preguntes lo que no debes ni necesitas saber!». Ha sido esa su frase favorita para evitar que me inmiscuyera en su pasado. Por eso sé muy poco de su vida y de la suya junto a ella; por lo mismo, a pesar de esta incómoda situación, es que me agradaría saber más sobre cómo ha sido la relación de ustedes dos. Es... ¡Resulta morbosamente interesante descubrir que la llevó esta noche a actuar así!
—Ajá. Es un enigma por resolver. Pero... ¿Sabe usted una cosa? Esas palabras no son de ella. ¡Se las apropió! Las hizo suyas después de escucharlas salir de mi boca, cuando recién nos conocimos, antes de aceptar mi propuesta. Es una mujer desconfiada por naturaleza. Al parecer, es usted un tipo con una curiosidad... Mmmm, ¿desbordada? Con razón, ella lo detuvo en seco. —Y como Joaquín puso cara de idiota, terminó por explicarse.
—Sin embargo, es muy noble y para nada mezquina ni traición... ¡Al menos antes lo era! Así le hacía honor a su signo zodiacal. Esa era ella, la mujer que amé y no... ¡La puta bandida en que se convirtió!
―¡Hombre! Me va a disculpar, pero no debe hablar de ella de esa manera. Al menos, mientras pueda hacerlo en su cara. Y además, resolver crucigramas y misterios es mi debilidad, y yo diría que más que curiosidad, lo que despertó mi interés fue su manera de ser.
Diego Alejandro miró con determinación e interés a su interlocutor, mientras aspiraba suavemente su pipa de madera, pendiente de alguna rendija por la cual se escapase una revelación importante.
―Es una mujer de una simpatía desbordada cuando está rodeada de varias personas ―le seguía comentando aquel invitado―, y a pesar de no querer ser el centro de atención, su mujer tiene un aura que atrapa y la convierte en un ser exquisitamente apreciable. Aunque en ocasiones la pude contemplar en una actitud pasiva, analítica y pensativa, como si entre tantas conversaciones desorganizadas, ella necesitara ordenarse, abstrayéndose de la realidad, planificando el siguiente comentario a ofrecer para los demás.
―Por supuesto que es muy analítica. ¡Vaya, sí lo es! Lo acaba de probar. Me ha dejado delante de todo el mundo como un estúpido marido cachón.
Entre molesto y desilusionado, Diego Alejandro se puso en pie y se acercó hasta el borde de aquella terraza, para aferrarse a algo sólido, algo para apretarlo con todas sus fuerzas, aunque el intento de ahorcamiento lo sufriera aquella noche, un inocente y entumecido barandal de aluminio.
―Pues no debería de importarle lo que esas personas piensen de usted. ¡No, hombre, no! Ni su mujer ni usted necesitan la aprobación de los demás. Ambos han sido felices teniéndose el uno al otro durante años. Ahora, los dos deben seguir su vida buscando rehacer su felicidad en los restantes. Nadie tiene la autoridad moral para clasificarlos en alguna estúpida categoría. Ella no es una cualquiera, así haya causado demasiado malestar con lo que hizo, y usted tampoco debe convertirse en un mártir por ello. ―Y Joaquín caminó por detrás del enojado anfitrión, aconsejándole con calma, pero mantuvo prudencialmente la distancia.
―Eso es muy fácil decirlo cuando no se ha estado en los zapatos del otro. Me mintió, me engañó y se burló de mí delante de mi familia y mis amigos. Planeó todo esto para poder escabullirse con su amante sin darme la cara. Aparte de rastrera, es una mujer llena de cobardía. ¡Mucha hijueputa!
―Comprendo que ahora usted intente menospreciar sus virtudes, las que en algún día consiguieron enamorarlo, y pruebe ahora el sabor del odio por marcharse así, de esta forma tan radical. Pero honestamente, Diego, en su mirada al hablar sobre ella, su resentimiento tiene muchas fisuras por donde fluyen, todavía, ríos de su amor.
—¿Le parece? Debe ser que usted no sufrió para nada cuando le pidieron el divorcio. Usted no alcanza a dimensionar el nivel de infidelidad al que me refiero. Hay demasiadas raíces enterradas sobre las cuales crece esa maleza llamada traición. Culear por ahí, con otro a mis espaldas, es el detalle menor. Aprendí a quererla con todo y sus mañas; por lo tanto, puedo fijarme en esos errores para igualmente aprender a odiarla. ¡Vea qué curioso! Dice no conocerla demasiado y, sin embargo, me la ha retratado muy bien. Podría decir que ustedes son bastante cercanos. —Y bajo el arco de la ceja izquierda, le quedó, como registrado al perspicaz anfitrión, un curioso interrogante. ¿Qué tanto?
—Bueno... ¡Es verdad! Ahora que lo pienso, me estoy poniendo en su lugar. En el de ella, y no en el suyo, cuando me separé de mi esposa. Y es que a ver…, a veces esa conexión especial que creemos tener con nuestra pareja no depende tanto de los años que se han vivido juntos, sino de la intensidad con la que se disfrutaron. Yo no estaba feliz del todo. Por lo mismo, hacía infeliz a la mujer que compartía su tiempo conmigo. Su interés era entregarme todo, amarme sin reparos, y el mío era simplemente fingir. A eso sí le llamo yo: ¡cobardía!
Diego Alejandro se dio la vuelta para mirar con ojos de inquisidor a su invitado, y en cierta forma le dio la razón, pues pensó que de todo esto aprendería, y por lo tanto, con paciencia y tiempo, sanaría. Igualmente la olvidaría. ¿O no?
―En eso tiene usted razón y no llega a imaginar cuánto se asemeja a su amiga. Porque... ¿Sabe una cosa? Sinceramente, creo que tanto usted a su esposa, como Salomé conmigo, nos quisieron a su conveniencia, sin entregarse por completo, ni corresponder a nuestro amor como lo deberían haber hecho, y simplemente, se acomodaron a las circunstancias, de la manera más fácil, cómoda y descarada. Sí, veo que usted y ella comparten algo más que simples saludos y conversaciones por sus redes sociales. ―Le respondió con un tono de voz más alto, grave y afectado, tan diferente como la mirada de un azul hielo, que le dirigió a aquel amigo de María Salomé.
Joaquín lo percibió de inmediato y llegó a atemorizarse un poco por defender con ahínco a Salomé. Aquel cambio súbito lo llevó a pensar que el hombre, frente a él, no era un pendejo, y mucho menos manipulable. En algún momento iba a explotar. Eso lo sabía. Y, en algún instante, estúpidamente se había delatado.
Diego Alejandro aspiró con mayor intensidad. No hubo sabor que registrar en su paladar ni humo para lanzar bocanadas por boca o nariz. Levantó su vaso y observó que, de igual manera, su trago se había evaporado, guargüero abajo. Y se acercó hasta donde se encontraba Joaquín de pie, a menos de un paso, y sin quebranto en su voz, le hizo una solicitud al extraño invitado.
―¡¡¡Llámela ya y me la comunica!!! ―Le gritó, mas al instante, languidamente reculó y remató diciéndole: ―¡Por favor!
―¡No, hombre, no! Lo lamento, pero no puedo hacer eso. Como amigo de ella, tengo el deber de respetar su decisión, y usted... Usted, Diego, si tanto la ama, también tendrá que hacerlo. ¡Ella está en su derecho! ―le respondió con firmeza, mas sin alzar su voz demasiado, para evitar una confrontación.
―¿Su derecho? Su derecho, ¿dice usted? Por favor, no me haga reír. Mire... Joaquín, por si no lo ha hablado con ella, déjeme decirle que yo siempre he respetado su parecer, pero todo tiene un límite y Salomé ha traspasado esa frontera al vulnerar los míos. ¿O qué? ¿Acaso es que mis sentimientos no cuentan? Ella tenía que haberlo discutido previamente y en privado conmigo, y no hacerlo de esa forma cobarde y vil en que lo hizo. Planeó concienzudamente mi cumpleaños. Esperó precisamente a que llegara este día para desatar su tormenta encima de mí, delante de toda mi familia y la suya. De mis amigos, de nuestras amistades y enfrente de mis empleados. Esperó a que todos ellos me cantaran Las Mañanitas para enterrarme por la espalda, una puñalada. ―En aquel instante, Joaquín hizo el intento de disimular su incomodidad.
Estirando el brazo ―y tomando por el borde, con dos dedos, el vaso sin contenido del anfitrión―, fue capaz de sostenerle la mirada, pero adicionó a aquel gesto una sonrisa labial, discreta y reservada, ofreciéndose enseguida a servirle de nuevo. No obstante, Diego Alejandro lo sostuvo con firmeza y se adelantó al invitado, adentrándose en la casa hasta alcanzar del mesón de la cocina la botella de aguardiente amarillo y la copa pequeña de vidrio.
―Salomé tampoco lo tuvo que tener tan fácil. ―Flanqueó Joaquín, aquel descargo por parte del afligido cumpleañero, hablándole desde el vano de las puertas-ventanas, y apostado más hacia la jamba de su diestra.
―Quiero decir que para ella, al tomar esta decisión, debió sentarle fatal. Puede que no lo hubiese planeado así, tan crudamente como me lo expone, y tras pensarlo bien, la vergüenza y la pena, más su dolor de esposa y madre, también y en parte, algo de temor a su reacción y a la de su familia, la llevaron a planteárselo y ejecutarlo a las carreras, casi hasta el final. ¿No lo cree usted? ―Diego observó cómo Joaquín tranquilamente se servía otro vodka, adicionándole unos cuantos trozos de hielo, y de pie, al costado del sofá, levantó el rostro y lo enfrentó con las pupilas dilatadas y sus iris celestes.
La pipa la sostuvo en su boca, apretándola con los dientes de la cánula, y con la mediana botella de aguardiente agarrada por la mano izquierda ―más la copita de cristal tallado, sujeta entre el dedo pulgar y el índice de la diestra―, avanzó hasta la sala, se acomodó en su sillón, y con presteza, se sirvió, sin dejar de pensar eso sí, de qué manera podría convencer a aquel extraño, y así, conseguir hablar con su mujer. ¿Piedad? Podría ser.
—«¡Te lo mereces!», me dijo ya en la cama, mientras terminaba de esparcirse por el rostro su «milagrosa» crema para las arrugas ―se lo recalcó entrecomillando la palabra con sus dedos―. Y después... Después me dio un corto y tierno beso en la boca, pero... suelto y reseco, de esos castos, casi... ¡Indiferente! Ese día…, el domingo anterior, la pasamos juntos, aquí en la casa. ―La voz gruesa se le fue adelgazando y quejumbrosa se le escuchó ya al final. Pero continuó recordando y poniendo sobre la mesa, ante el amigo defensor, la evidencia de ese engaño.
―Limpiamos todo entre los dos, de arriba para abajo. Ella se esmeró con el almuerzo, y yo con barrer muy bien el antejardín y el patio interior. Su amiga cocina delicioso, ¿sabe usted? Lleva en la sangre la herencia de su madre y su abuela paterna. Preparó un espectacular sancocho de pescado, arroz con coco, aborrajados de pescado y hasta la presioné un poco para que por la noche, cuando llegara a casa nuestra hija con su combo de amigas, les tuviéramos también un sabroso ceviche de camarones. No hubo disgusto alguno ni avisos u otras señales, y tuvo todo ese tiempo para hablarme, pero me negó la oportunidad de arreglar lo nuestro, algo que yo jamás pensé que estuviese descompuesto. O de disculparme por algo en lo que, honestamente, desconozco el sentido ni el tamaño de mi ofensa.
Joaquín demostró un poco de asombro, mas no obstante, se volvió a sentar en aquel amplio sofá, balanceando con parsimonia su vaso, conteniendo las ganas de hacer la pregunta, con temor a que, para Diego, le pareciera demasiada indiscreción y lo echara de esa casa por entrometido. Mas no se pudo aguantar, y de medio lado, con la cabeza algo gacha y en un tono tímido y despreocupado, se lo expuso, así como así.
—E inmediatamente después, ustedes dos hicieron el amor, para culminar muy bien ese día. ¡Supongo yo! ―Sin lugar a duda, para Joaquín aquella noche, casi entrada la madrugada... ¡El valor no le faltó!
La reacción no fue la esperada. El marido traicionado no lo tomó a mal y para nada se ofendió. Por el contrario, confiado le contestó cómo lo haría en una charla entre hombres, pero una de aquellas que se dan entre confidentes, junto a los verdaderos amigos, aunque aquel extraño, obviamente, no pertenecía a ninguno de los dos bandos.
―Pues no, no hicimos el amor y mucho menos tuvimos una sesión de sexo desenfrenado. Digamos que ambos faltamos a la regla. Una excepción de la que me arrepiento ahora. Precisamente, al otro lado de este mundo, se mantenían despiertos y trabajando. Recibí una llamada de mi contacto comercial en Shanghái y tuve que, sí o sí, levantarme e ir hasta el estudio para confrontar algunas cifras de los pagos estipulados y otros detalles menores sobre la calidad de la mercancía. Él, a su vez, confirmó la llegada del buque al puerto, cuatro días más tarde. Al volver a la habitación, Salomé respiraba con suavidad. Ya reposaba en los brazos de Morfeo, y muy seguramente... Se encontraba en sus sueños con los de ese otro tipo. ¡Mucha hija de puta!
―¡No, hombre, no! Tan poco creo que ella así lo quisiera. ¿Sabe qué pienso? Tal vez estaba cansada y el sueño la venció. Al menos al dormirse tan rápido tuvo sin quererlo un gesto de sinceridad con usted ―Diego, incrédulo, miró con detenimiento al extraño interlocutor, mas no lo interrumpió―, para evitar fingir si a usted le daba por buscarla para tener sexo antes de su partida.
―¿Sinceridad? Ja, ja, ja. ¡Pero por favor! Comprendo que se ponga de su lado, por ser usted un amigo suyo, pero a eso yo... Yo lo veo como un acto más de su puta cobardía.
―Pues déjeme decirle, que es muy valiente esa cobarde, ya que asumió sus temores y se levantó sobre sus flaquezas, para salir, como me lo ha contado usted mismo, desde las sombras que le protegían del que dirán de esta sociedad, y ante todos, familiares incluidos, y usted por supuesto, exponerse a ser tildada como una puta. ¡Perdón!... Como suele pasar con las mujeres que engañan, para confiarles el padecimiento que llevaba encima, el tiempo que haya sido, porque se sentía culpable hacia usted, por su desamor. Traicionarlo a usted, Diego, al hombre que venía amando durante bastantes años, con seguridad la estaba afectando interiormente, y esa certeza la animó a enfrentar con valor, ante todos, su nueva realidad.
―En esa parte tiene usted razón. Complicada su situación, por supuesto. Claro que sí. Pero ella solita se lo buscó. No quiso hablarlo conmigo y me lo ocultó todo este tiempo. ¡Carajo! Ella no era así. ―Bebió Diego Alejandro todo el contenido amarillento de su copa, sin dejar de observarlo fijamente, y su mandíbula la enseñó endurecida―. Siempre fue honesta y directa, aunque a las personas les pareciera que su sinceridad rayaba en la descortesía. Por eso es que presiento que hubo algo más. Algo que no puedo determinar ni ver del todo, pero que está ahí, frente a mis narices.
―Ella no está aquí para explicarse, Diego, pero si lo pensaba dejar desde antes, ¿para qué tramar todo esto y utilizar esa celebración para huir de usted? No lo comprendo. Debió hacerle usted algo muy grave para llevarla a tomar este camino. ―Le dijo con bastante aplomo.
―¿Hacerle? No hice nada raro. Estábamos bien, como siempre. De hecho, ella utilizó las solitarias tardes disponibles, aprovechando el merecido y obligado descanso antes de comandar su vuelo hasta España, y de allí volar a Fráncfort, para que al regreso, de vuelta en Madrid, llamara para avisar que, tras realizar una corta escala en París, regresaría pronto a casa para festejar mi cumpleaños. Como puede ver, no hubo nada inusual en su manera de actuar. Nada que me llevara a presagiar este engaño.
Joaquín tomó un largo sorbo del frío vodka, en un escueto intento por ganar algo de tiempo para proseguir con la defensa de la acusada, su amiga, mas como no lo halló, simplemente se limitó a suavizar aquel rencor en el rostro del anfitrión diciéndole...
―A veces, cuando sospechamos que algo sucede, nuestra mente interpreta ciertas actitudes o acciones para jugarnos una mala pasada y lo ocultamos en espera de obtener alguna prueba fehaciente o una disculpa. Quizá solo necesitaba que usted se diera cuenta de que ella esperaba que le hablara.
―Pero a ver…, eh, ¿Joaquín? ¿De qué cosas le podría hablar yo si todo marchaba a las mil maravillas entre los dos? La vi ahí mismo ―le señaló el lugar con el dedo―, sentada en el sofá donde está usted, googleando, revisando restaurantes y bares, para buscar el local perfecto donde hacerme el festejo y arrancar con la «gozadera», según me contó el domingo anterior, después de cenar junto a Luisa Fernanda y sus amigas. Primero habló con sus compinches, en especial con Fabiana, su amiga de toda la vida, con un divorcio encima y la socia divertida e ideal para cometer pequeñas pilatunas. Y luego, a escondidas con Teresa, mi mano derecha en la empresa, para averiguar mi agenda, y, de paso, terminar por hacer una lista de invitados cercanos a mi compañía, y, de hecho, escogió entre ellos a los más allegados.
Diego Alejandro mantuvo su postura, convencido de que María Salomé había planeado todo con anterioridad y, curiosamente, la compañía de aquel extraño le sirvió para descargar aquella amargura en alguien más. Pensó que, de seguir hablando, le ayudaría a aclarar ciertas dudas.
―Visitó varios sitios para cotizar los costos y verificar la disponibilidad para esta fecha. Algunos bares no estaban disponibles y otros restaurantes tenían problemas de estacionamiento para los invitados, así que esos fueron descartados de primeras. Ese restaurante campestre, al cual usted llegó cuando ya no había nada por ver, finalmente ganó el pulso, no tanto por sus precios, pero si por su oferta gastronómica, los eventos de diversión, y amplios espacios para los invitados. Además, según me confesó, porque no quedaba muy lejos de nuestra casa. Su amiga lo eligió, como siempre, al ser práctica y eficiente.
―Bueno, entonces no estoy tan equivocado con la forma de ser de Salomé. En nuestro medio, por los pasillos y las plataformas de vuelo, de su esposa, todos tienen el mismo concepto. Pero aún no se resuelven del todo mis sospechas. Si no hubo nada malo antes, ¿qué le hizo adelantar a ella su decisión? ¿Se enteró de algo? ¿Le dijeron algo? O... ¡Seguramente recibió un consejo de alguien a última hora! ¿Usted qué opina?
―Es lo más factible. Aunque en la fiesta, durante su declaración, ante todos admitió que nadie había influido sobre ella, y que tan solo lo hacía para beneficiarme, y a su manera, salvar mi reputación descartando alguna culpa mía. ¿Cree usted que se haya comunicado con su amante y este, entonces, le sugirió dejarme de una buena vez? ¿Piensa usted que ese hijo de puta la presionó?
―¡Hombre! Pues sí. Cabe la posibilidad de que así ocurriera. Sin embargo, si su mujer confesó que actuó sola, habrá que creer en sus palabras. Salomé ya no es una niña para dejarse influenciar de esa manera. Este tipo de decisiones, con las cuales se afectan a otras personas, y hay que incluirla a ella por igual, son difíciles de manejar. ―Le respondió Joaquín, con una actitud algo neutral, pero franca y directa.
A Diego Alejandro le pareció que el hombre, sentado en diagonal a él, sabía bastante de lo que hablaba. Tal vez lo juzgó mal, y tras su divorcio lo pasó tan mal como ahora, ―con esta huida por parte de su «atadito de canela»―, le sucedía a él.
―Sabe algo... Joaquín. No me gusta dejarle todo al azar. ―Y lo miró con intensidad para continuar advirtiéndole―. He aprendido que las coincidencias rara vez suceden porque sí. Y justo esta noche... Usted aparece en mi casa y se presenta como un amigo de mi mujer. Me trae un encargo de mi hijo… ¡Y también distingue a mi hija! Pero yo nunca los he escuchado mencionarlo. Eso es un poco raro, ¿sí o no? Ahhh, y además comparte en algo de mi nueva situación. Su mujer le pidió el divorcio. Usted ya conoce mi historia, pero yo desconozco los antecedentes de la suya. ¿Quién es usted en realidad? ¿Me lo puede aclarar?
Joaquín se inclinó hacia delante ―acompañando aquel movimiento con una sonrisa enigmática―, para posar sobre la mesa de centro su vaso con menos de un tercio de aquel vodka, y llevó el puño diestro cerrado hasta la altura de la boca para liberar dos cortos carraspeos, antes de responder a la inquietud.
―A ver, hombre. Fíjese que yo, por el contrario, sí creo en las coincidencias que nos depara la vida. Esta noche, por ejemplo. Sin saber nada, el uno del otro, aquí estamos. Usted sin su mujer y la mía ahora sin mí. ¿Casualidad? Tal vez el destino simplemente escogió un mismo lugar para hacernos coincidir. Usted pasando la pena con su copita de aguardiente, y yo, ofreciéndole consejos, agotando con algo de pena el obsequio que le traje. No siempre hay conspiraciones detrás de todo lo que sucede a nuestro alrededor. ¿O tal vez sí?
Los dos hombres permanecieron en silencio unos segundos, evaluando poses y gestos ajenos, cargando de tensión la atmósfera de aquel espacio, cálido, familiar y seguro para uno. Extraño pero bastante acogedor para el otro. Diego Alejandro descruzó brazos y piernas, sorprendido ante la última afirmación de aquel recién llegado, pero al final dejó entrever una sonrisa y con ello provocó en Joaquín un liberador relajamiento, expresado por medio de una risotada.
―¡Ja, ja, ja! No me haga caso, hombre; era una broma. ¿Quién querría conspirar contra usted? Esto es solo una coincidencia. ―Y arqueando una ceja, pero manteniendo una actitud cordial, Joaquín destapó la botella de aguardiente amarillo y se puso en pie para caminar hasta la cocina, necesitado de una copita para servirse.
―¿Y si las hay? Pues algo me dice que usted y yo estamos conectados de una manera que todavía no comprendo. ―Y dejando la presunción en el aire, se inclinó sobre la mesa de centro para recoger de nuevo su pipa y la lata de tabaco.
―Pues haciendo un uso similar a sus palabras y a las de Salomé, a veces no saber es lo mejor que a uno le puede pasar. Casi siempre termina uno buscando respuestas que pueden no llegar a gustarnos. ―contestó Joaquín, imprimiendo en su faz una de las acostumbradas sonrisas amigables al final.
―¡Pues yo no nací el día de los temblores! Así que no me suelo detener ante lo desconocido. Prefiero enfrentarme a esas verdades, a pesar de que me puedan costar un riñón. ¿Y usted? ―Diego Alejandro le respondió, ciertamente en un tono más cortante.
Joaquín mantuvo la cordialidad, se acercó hasta el sofá, botella en mano, y llenó primero la copa de Diego Alejandro, para enseguida servir la suya. Parecía querer acompañar en todo al anfitrión, incluso bebiendo ese aguardiente amarillo, nuevo para él. Entre tanto, la flama de una cerilla culminaba su tarea de hacer arder las aromáticas virutas, acompañando a la suave aspirada.
Y tras tomar un nuevo cigarrillo, antes de encenderlo con su propio encendedor, mirando fijamente al anfitrión, le respondió con un tono de voz más ronco y serio: —Depende de qué verdad estamos hablando. Pero si se encuentra tan decidido, tal vez debería pensar en quién y por qué podría estar ocultándosela.
Diego Alejandro intuyó que Joaquín podría estar enterado de algo más, retiró la boquilla de sus labios y, estando a punto de sonsacarle mayor información, desde el bolsillo interior de la chaqueta del piloto, la melodía de una llamada volvió a repicar. Y se contuvo, para fijarse en que, después de sacárselo, observó cómo leyó el nombre, torció la boca y dejó escapar un ladeado y corto chasquido, para, posteriormente, devolverlo con displicencia a su oculto lugar.
―¿No va a contestar?
―Bah, nada importante. Tendrá que esperar. Ahora estamos ocupados resolviendo su caso. ¿O no, hombre?
―¿Está seguro? Porque puedo salir a la terraza y darle la privacidad que requiere, si es alguien que lo necesita, precisamente a estas horas. ―Y Diego le señaló el reloj sobre la chimenea, y de inmediato, Diego Alejandro se colocó en pie, dispuesto a salir de la sala de estar.
―No es necesario, en verdad, pero mantengamos el respeto y el orden que mantuvo su mujer en esta casa. Quién quita que esto tan solo sea una pataleta, y regresé maña... Más tarde hoy por la mañana. Yo no voy dejando pistas de mis andanzas detrás de mí. ¡Ja, ja, ja!
Tras la risa, se hizo de nuevo silencio ―soportable esa vez―, y los dos caminaron fuera, hacia la terraza. Diego tenía en mente a su mujer y, frente a él, al hombre que podría tener la llave para localizarla. Así que sin más, tras la tercera aspirada y entre los bucles de humo expelidos de su boca, finalmente le realizó por segunda ocasión aquella solicitud.
―Basta de juegos. ¿Por qué no la llama y así los dos salimos de la duda?
―No, hombre, no. Otra vez usted con eso. Mire, es muy tarde; debe estar cansada y no voy a incomodarla ahora. Dejémoslo para más tarde, si le parece. Mejor, porque no seguimos con nuestra charla; íbamos por buen camino. Para el mal del desamor, hablar es lo mejor. Y no precisamente de lo que pasó recientemente, sino de los recuerdos bonitos que vivió junto a Salomé. Porque a su lado lo fue. ¿Sí o no?
―Ahora resulta que, además de ser un piloto privado, su otra profesión preferida, ¿es la de hacer de consejero matrimonial?
―Ja, ja, ja, no precisamente, hombre. Pero tenga en cuenta que, además de ser aviador, soy un ser humano y justo he tenido tantas entradas como salidas. También he perdido... ¡Algunos vuelos! ¿Sí me entiende? He sufrido la pérdida de más de un ser querido, entre ellos, los de dos grandes amores. Así como usted con el suyo. Hablemos de eso, ¿le parece?
―¿Qué quiere saber? Y... ¿Por qué tanto interés?
―Pues no lo sé. Podríamos empezar por el momento y la manera de conocerse. De pronto entre los dos podemos encontrar esas respuestas. ¿Se conocieron desde pequeños? ¿Por qué es que llevan bastante tiempo casados? Me encantaría escucharle cómo recuerda usted eso. ¿Cómo fue su historia?
Antes de que Diego Alejandro le pudiera responder, su teléfono celular vibró de nuevo. En esa ocasión, al desbloquearlo con algo de nerviosismo y una pizca de ansias, el nombre que apareció en la pantalla no lo emocionó, y mucho menos lo sorprendió. «¡Tere!», alcanzó a visualizar Joaquín y su expresión se endureció.
Aquella infaltable amiga, sin poder dormir y oculta, posiblemente, de la vista de su esposo, le escribió preocupada por saber cómo llevaba su situación. Con algo de precipitud, le respondió con un escueto...: ―Todo bien y mejorando, preciosa. Lo tengo bajo control. Duerme y descansa.
―No es lo que piensa ―le mencionó el anfitrión a su invitado, tras observar en aquel rostro un gesto de intriga―. Teresa es solo una gran amiga que se preocupa por mí.
―¿No es lo que pienso? A ver, hombre. ¿Por qué cree usted que me debería importar? ¿Acaso cree que voy a salir de esta casa con el cuento, directo a contarle a su mujer? No me interesa lo que haya hecho antes o cómo interactúe usted de ahora en adelante con esa u otras mujeres, así se sienta incómodo al ver que yo lo noté nervioso, actuando como si tuviera algo que ocultar. ¡No le pare bolas a eso!
Finalmente, Diego Alejandro caminó hasta la chimenea, con un andar tranquilo, y sin perder la calma, apoyó mano y pipa sobre aquella caja alargada que marcaba la hora nueva, y sin voltear a ver a Joaquín, fijó su mirada en la fotografía familiar, y se remontó a su pasado.
―Ella... Mi mujer... ¡Su amiga no fue la primera mujer en mi vida! Tampoco la última, pero quizás sí sea mi único amor. Y no... No era tan pelao cuando la conocí. Yo cursaba ya el segundo semestre de administración de negocios internacionales. Unos amigos de por aquí, del barrio donde crecí, me invitaron a una fiesta en la casa de una "sardina", una quinceañera conocida por ellos. Recuerdo que estaba escuchándolos hablar de sus rumbas y romances con sus compañeras del colegio, lo normal, y me preguntaron por mi última conquista, Anne Marie.
La punta blanda del dedo índice se posó sobre el cristal del cuadro, y dibujó el contorno de la cabeza de María Salomé, y con los labios muy juntos, algo fruncidos, terminó por cubrir con su huella el rostro moreno y la sonrisa perlada, a la madre de sus hijos y a la mujer de su vida, antes de continuar relatándole su pasado a aquel extraño… ¡Sin voltear a mirarlo!
―Una chica norteamericana, pelirroja y pecosita. Graciosa, bonita y aventurera, que vino a vivir a casa de Carolina, mi novia por aquel entonces, gracias a un intercambio escolar. Mi chica viajó a la ciudad de ella, en California, y me recomendó no descuidar a la gringuita que se hospedaría en su casa. Y así lo hice. Digamos que me esmeré de más y tuvimos... Bueno, ¡un romance de verano!, como lo tituló Anne Marie.
La boquilla regresó a su boca, aspiró con suavidad, colmando de humo y sabor su paladar, al tiempo que la concentración para recordar con mayor nitidez le llevó a cerrar los ojos.
―Les contaba los pormenores de mi despedida con ella, exagerando caricias y besos, pues esa misma noche, acababa de dejar a Anne Marie en el aeropuerto para su viaje de regreso, con la promesa de escribirle y visitarla en un futuro. La admiración de mis amigos, por los cachos que le monté a Carolina con la gringa, no se hicieron esperar. Y recibí, de parte de algunos, preguntas sobre cómo afrontaría mi relación sentimental con Carolina, tan pronto regresara a mis brazos. Estando en esas, súbitamente fuimos interrumpidos por las palabras de una muchacha a quien yo desconocía, mas mis amigos, no.
―¡Ay, ve! ¿Mirá a quién tenemos por aquí? Ha llegado nuestro príncipe agalludo y su corte de amangualaos. ¿Ya se cansó de comer cuajada con melao? ¡Garoso, infeliz! Vos te creés muy interesante. La última Coca-Cola del desierto. ¿No es verdad? ¡Pedazo de cari lambido! Pero te acordarás de mí cuando se lo cuente todo a mi amiga, apenitas la vea.
Con gran claridad, Diego Alejandro recordó aquel momento, y así mismo, como sucedió, se lo comunicó a su insospechado invitado.
―Tan pronto como calló y se dio la vuelta para marcharse, así como así, tal cual como llegó dejándome sorprendido, supe que esa mujer sería peligrosa para mí, porque la muy bandida se me instaló en la mente, justo después de quedarse grabada en mis retinas. ¡Y lo peor de todo fue que lo hizo completamente vestida!
―¡Ja, ja, ja! ¿En serio? No, hombre, no. No lo puedo creer. ¡Qué mujer tan frentera y dominante! Le causó entonces una fuerte impresión, como a mí. ¡Je, je, je! Y usted entonces... ¿La dejó marchar sin contestarle nada? ―Le preguntó demostrando un gran interés. Así que mientras se bebió otro trago del aguardiente amarillo del que se había apropiado, esperó a que el anfitrión le respondiera de inmediato, con seguridad, recordando a la perfección aquel momento.
―¡Oyeee!... Le grité para hacerme notar por encima de la algarabía y la música a alto volumen.
―Disculpa, ¿y tú quién eres? ―Pero no me respondió. Entonces, tras alcanzarla y tocarle el hombro con mi dedo índice y el del medio, aquella espigada muchacha se dio media vuelta, seguida por su frondosa cabellera y, cruzándose de brazos, me respondió con cara de enfado…
―¿Perdón? Demasiado tarde para averiguarlo. ¿No lo cree?
Diego Alejandro se giró por completo, y recostado aún de medio lado contra la pared de piedra, prosiguió esbozando con palabras las imágenes de sus recuerdos, observando el gesto admirado de aquel insospechado confidente.
―No me amilané y, por el contrario, anteponiendo mi mejor sonrisa, le tomé una mano y, a pesar de que ella intentó apartármela, con decisión y un poco de firmeza, se lo impedí, para decirle, ya muy cerca de su rostro, casi que nariz contra nariz: ―Creo que nunca es tarde para conocer a un «atadito de canela», tan preciado como tú.
―¿Usted es atembao o es que se hace? Ni piense que porque es bien nacido y anda bambao, voy a regar las babas por conocerlo. No me atraen los hombres tan blancos como cirios pascuales y perfumaditos como usted.
―¿Cómo yo? ¿Y cómo crees que soy? ―Le respondí.
―¡Veavé! Un paliducho quebrador y fanfarrón, libertino y picaflor, embaucador y arrogante, creído y boquisuelto, culiseco y... ¿Querés que siga? ―Me contestó, sin expresar ningún gesto diferente al del rencor.
―Ok, ok. Podré ser o no, todo eso para ti, y no me ofendes para nada, te lo aseguro, pero aun así, solo quiero saber tu nombre. ¿Ves algo de raro en eso? ―Le contesté acercándome a ella, un paso más.
―«Prefiero un burro que me lleve y no un caballo que me arrastre». Decía mi abuela. Pero si con eso me deja en paz, perfecto. Mi nombre es María Salomé. ¿Satisfecho?
―Ahhh, la famosa ¡Crespa! ―Le respondí e intenté alcanzar con mis dedos un rizo de sus cabellos, que le caía con soltura desde la frente, como si se tratase de un frágil resorte, cubriendo en parte su ojo izquierdo. Obviamente, no lo conseguí, pues en ese instante echó su cabeza para atrás, al igual que su pie derecho, apartándose de mí.
―Aguanta la lancha, cachaquito. Únicamente a mis amistades les dejo llamarme así: «La Crespa». Para los demás, soy María o Salomé. Como mejor les parezca. Pero para los extraños como usted, soy María Salomé Palacios Mina. ¡Se demora más, pero se expone un poquitico menos!
―Bueno, entonces para demorarte menos y que no desperdicies tanta saliva, de ahora en adelante podrás llamarme El Mono López, como todos los demás. O si quieres seguir exponiéndote más, puedo seguir siendo para ti esa «traga maluca» que no te deja dormir en paz. No le pongo tiza a eso, así que puedes llamarme como mejor te plazca. Y, por cierto, mi nombre completo es Diego Alejandro López Gómez. ¡Encantado de conocerte!
―¡No se crea palmera, que esas también caen! Mejor... ¿Sabe qué? Tengo muchas cosas que hacer, entre esas, seguir rumbeando con mis amigas. Así que... Dé-Je-Me... ¡En paz! ¿Comprendió?
―¡Pero por supuesto! Solo déjame saber, si en tu lista de cosas por hacer, antes de morir, por supuesto, ¿acaso está insultar primero al hombre que va a ser el amor de tu vida, y por lo tanto, el padre de tus hijos?
Continuará...
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
LA CENA DEL IDIOTA. Y se acabó
Dani creía haber perdido todo cuando descubrió la traición de Alba, pero la verdad resultó ser mucho más complicada de lo que imaginaba.
Comparte:Infidelidad consentidaTraicion y culpaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
Las cámaras de seguridad I
Las cámaras no mienten, pero lo que graban rompe todo lo que creía saber de su matrimonio. Mientras ella finge normalidad, él descubre que su esposa…
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Punto de congelación
El frío de la montaña no es lo que más quema. Es la verdad desnuda de un hombre que no le pide permiso, ni cortesía, ni excusas.
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualVerguenza y placer
- Hetero: Infidelidad
En el show de La Mala
Alberto está roto y necesita alivio, y tú estás ahí, dispuesta a ayudar. Entre tragos y confesiones, la línea entre amistad y deseo se desdibuja en…
Comparte:Infidelidad consentidaSoledad y deseoTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Otra despedida de soltera
Raúl siempre supo lo que ella quería, pero ella eligió a otro. Ahora, en un hotel lejos de la ciudad, el amigo de la confianza se convierte en el…
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualTraicion y culpa
- Hetero: Infidelidad
Secretos y Mentiras 7
Lara cruzó la puerta con la verdad en la punta de la lengua y el deseo en los ojos. Samuel no sabía si creerla, pero el beso de despedida le confirmó…
Comparte:Infidelidad consentidaDespedida sexualTraicion y culpa