Xtories

Una tarde de paseo con sorpresa

El motor se apaga, pero el verdadero juego apenas comienza. Con la mirada de tu marido clavada en ti, bajas la ventanilla y descubres que la tentación tiene tres rostros hambrientos. Esta vez, no hay límites, solo asfalto y deseo.

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Era un domingo de finales de marzo, de esos que todavía pican el sol pero ya no queman. Habíamos decidido salir a pasear sin rumbo fijo, solo para despejarnos. Luis iba conduciendo, yo —MC— llevaba un vestido veraniego corto de tirantes finos, floreado, sin sostén porque me habías pedido expresamente que no me lo pusiera. Las bragas eran un tanga negro mínimo que apenas cubría nada. Me sentía expuesta, cachonda y un poco nerviosa, que era exactamente lo que a ti te ponía.

Paramos en una gasolinera abandonada en las afueras, de esas que cerraron hace años y ahora solo sirven de refugio para gente sin techo. Había tres hombres sentados contra la pared desconchada: uno flaco con barba larga y sucia, otro más corpulento con una camiseta rota que dejaba ver un torso cubierto de tatuajes descoloridos y cicatrices, y el tercero, el más joven, quizás unos 35, con el pelo grasiento pegado a la frente y una mirada que ya me estaba desnudando antes de que bajara del coche.

Tú apagaste el motor, me miraste con esa sonrisa torcida que pones cuando tienes una idea sucia y me dijiste bajito:

—Baja el vidrio… y enséñales las tetas.

El corazón me dio un vuelco. Miré hacia ellos. Los tres ya nos observaban. El flaco se había sentado más recto, el grandote se limpiaba la boca con el dorso de la mano como si ya estuviera saboreando algo.

Bajé el vidrio despacio. El vestido tenía un escote bastante pronunciado. Me incliné hacia adelante apoyando los codos en la ventanilla, de forma que los tirantes se deslizaron un poco y buena parte de mis pechos quedó a la vista, los pezones ya duros rozando la tela.

—Buenas tardes, chicos… —dije con voz melosa, fingiendo inocencia.

El grandote fue el primero en hablar, voz ronca de tabaco y alcohol barato:

—Joder… ¿eso es de verdad o me estoy imaginando cosas?

Me reí bajito y, sin que me lo pidieras, me bajé un tirante del todo. El pecho izquierdo quedó completamente expuesto al aire. El pezón marrón oscuro, hinchado, apuntando hacia ellos.

Tú pusiste la mano en mi muslo y lo abriste lentamente hasta que el vestido se subió casi hasta la cintura. El tanga negro estaba empapado, se marcaba perfectamente la raja hinchada.

—Mi mujer está muy caliente hoy… —dijiste en voz alta, para que te oyeran bien—. Y creo que vosotros también lo estáis.

El flaco se levantó primero. Se acercó cojeando un poco, los pantalones sucios cayéndole bajos. Olía a sudor rancio, a cerveza agria, a calle. Se paró a un metro del coche y se bajó la cremallera sin preguntar. La polla que sacó era larga, delgada, venosa, ya medio dura y con el glande brillante de humedad.

—¿Quieres probarla, guapa? —preguntó con una sonrisa torcida que mostraba dientes amarillos.

Miré hacia ti. Asentiste casi imperceptiblemente.

Abrí la puerta del coche y salí. El vestido se me había subido tanto que prácticamente se me veía todo el culo. Me acerqué al flaco, me puse de rodillas sobre el asfalto sucio sin importarme mancharme y agarré su polla con las dos manos. Estaba caliente, palpitante. Olía fuerte, a sexo viejo, a meados, a hombre que no se ha lavado en días. Y eso, en lugar de darme asco, me puso todavía más mala.

La lamí desde los huevos hasta la punta, despacio, dejando un reguero brillante de saliva. Él gimió como animal. El grandote y el joven ya se habían acercado, también con las pollas fuera. La del grandote era gruesa, corta, pero con un capullo enorme y morado. La del joven más normal, pero muy tiesa y goteando precum en abundancia.

—Quiero que me la metáis todos… —dije mirándolos uno a uno, con voz temblorosa de pura calentura—. Quiero que me uséis como la puta barata que soy hoy.

Tú te bajaste del coche, te apoyaste en el capó y te cruzaste de brazos, mirando. No ibas a intervenir. Solo ibas a mirar cómo me follaban.

El flaco fue el primero. Me agarró del pelo y me metió la polla hasta la garganta de un solo empujón. Me dio arcadas, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no paré. Chupaba con ganas, haciendo ruido, babeando. Mientras, el grandote se puso detrás de mí, me arrancó el tanga de un tirón y me metió dos dedos directamente en el coño. Entraron sin resistencia, estaba chorreando.

—Joder, esta zorra está empapada… —gruñó.

Me puso a cuatro patas allí mismo, en el suelo lleno de colillas y latas aplastadas. El flaco seguía follándome la boca. El grandote escupió en su mano, se untó la polla y me la clavó de una embestida. Grité con la boca llena. Era grande, me abrió mucho, me dolió y a la vez me volví loca de placer.

El joven se arrodilló a mi lado y empezó a masturbarse mientras me pellizcaba los pezones con saña. Me los retorcía, tiraba de ellos hasta que dolía de verdad. Yo gemía como loca alrededor de la polla que tenía en la boca.

Cambios constantes.

En un momento tenía al grandote en el coño y al flaco en la boca. Luego el joven me levantó y me puso contra la pared desconchada, me abrió de piernas y me folló de pie mientras el grandote me metía dos dedos por el culo al mismo tiempo. El flaco se masturbaba mirándome y me escupía en la cara.

En otro momento me tumbaron sobre una manta mugrienta que había en el suelo. Los tres encima de mí. Uno en la boca, otro en el coño, el tercero frotándose contra mis tetas. Me corrí así, apretada entre tres cuerpos sucios, oliendo a sudor, a sexo rancio, a calle. Grité tan fuerte que creo que se oyó en la carretera.

Después me pusieron a gatas otra vez. El grandote se tumbó debajo y me hizo sentarme sobre su polla gruesa. El joven me abrió el culo con los dedos y me la metió por detrás sin avisar. Doble penetración en el suelo, mientras el flaco me follaba la boca y me daba cachetadas suaves en la cara.

—Dile a tu marido lo puta que eres… —me ordenó el grandote mientras me reventaba el coño.

Miré hacia ti, con la cara llena de babas, lágrimas, mocos y semen que ya empezaba a gotear.

—Soy… soy una puta… —jadeé entre embestida y embestida—. Me estoy dejando follar… por tres vagabundos… en una gasolinera abandonada… y me encanta…

Tú solo sonreíste y te tocaste por encima del pantalón.

Terminaron casi al mismo tiempo.

El joven se corrió primero, dentro de mi culo, gruñendo como loco. Sentí los chorros calientes llenándome.

El flaco se sacó de mi boca y me corrió en la cara, chorros largos y espesos que me cayeron en los ojos, en la nariz, en la boca abierta.

El grandote aguantó un poco más, me agarró de las caderas con fuerza y se corrió dentro del coño, empujando tan profundo que sentí que me llegaba al estómago.

Cuando terminaron me dejaron allí tirada, jadeando, con el vestido subido, las piernas abiertas, semen goteándome del coño, del culo, de la cara, del pecho. El pelo pegado a la frente, el maquillaje corrido.

Tú te acercaste despacio, te agachaste a mi lado y me diste un beso suave en los labios manchados de semen.

—¿Estás bien, cariño?

Asentí, todavía temblando.

—Entonces vámonos… que todavía queda tarde por delante.

Me ayudaste a levantarme. Los tres hombres se quedaron mirando, con las pollas todavía medio duras, sonriendo con satisfacción.

Subí al coche con las piernas temblorosas, el vestido pegado al cuerpo por el sudor y los fluidos, el coño y el culo ardiendo, la cara pegajosa.

Arrancaste el motor.

Y mientras nos alejábamos por el camino polvoriento, me miraste de reojo y dijiste:

—La próxima vez… traemos lubricante y los invitamos a casa.

Solo pude cerrar los ojos, apretar los muslos y gemir bajito.

Porque los dos sabíamos que sí.

Que la próxima vez lo haríamos todavía mejor.