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La Puta de los Albañiles: Día 1

El calor de junio no era solo climático; era una presión que le subía desde el vientre. Cuando el timbre sonó y el olor a sudor fresco y trabajo duro invadió la cocina, Laura supo que su vida aburrida estaba a punto de terminar.

Sasha Ponce19K vistas9.3· 12 votos

Me llamo Laura, tengo 34 años y soy mexicana de pura cepa, nacida y criada en Aguascalientes. Mi cuerpo es lo que más me define: soy una mujer boluptuosa, con pechos grandes y pesados, talla 38D, que se mueven con cada paso que doy, y un trasero enorme, redondo y firme, de esos que hacen que los hombres se queden mirando aunque intenten disimular. Mi esposo, Carlos, siempre me dice que soy “demasiado mujer” para él, pero la verdad es que hace años que nuestra vida sexual se volvió aburrida y rutinaria. Él viaja mucho por trabajo y yo me quedo sola en nuestra casa grande, con piscina y jardín, sintiendo que mi cuerpo pide más… mucho más.

Esa mañana de junio el calor era insoportable. Carlos había salido temprano a Guadalajara por una semana entera. Yo estaba en la cocina preparando café con una bata ligera de seda que apenas me cubría los muslos cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaban ellos: cinco albañiles que mi marido había contratado para arreglar el muro del patio trasero que se había agrietado con las lluvias.

Los cinco eran morenos, fuertes, con la piel bronceada por el sol y los músculos marcados por el trabajo duro. Vestían pantalones de mezclilla sucios y camisetas sin mangas empapadas de sudor. El olor me golpeó de inmediato: un aroma fuerte, masculino, a sudor fresco mezclado con tierra y hormigón. Ese olor… Dios mío, nunca imaginé que me excitaría tanto. Era crudo, animal, y sentí que mi entrepierna se humedeció al instante.

—Buenos días, señora —dijo el más alto, un tipo de unos 28 años llamado Jesús, con barba de tres días y brazos gruesos como troncos—. Venimos a arreglar el muro.

Les sonreí y les dije que pasaran. Mientras caminaban hacia el patio, no pude evitar mirar sus cuerpos. Sus pantalones se pegaban a sus nalgas duras y, cuando se agachaban a preparar las herramientas, el olor a sudor se intensificaba. Me quedé parada en la puerta de la cocina, con las piernas temblando, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela de la bata.

Pasaron las horas. Yo les llevaba agua fría cada rato, fingiendo que solo era amable. Pero en realidad me acercaba lo más posible para aspirar ese olor. Sudor de verdad, no de gimnasio… sudor de hombre que trabaja bajo el sol. Cada vez que me inclinaba para dejar las botellas, mis pechos grandes se asomaban por el escote y veía cómo sus miradas se clavaban en ellos. Y ellos… ellos también sudaban más.

A las once del día el calor ya era brutal. Jesús se quitó la camiseta y la tiró a un lado. Su torso brillaba, cubierto de gotas de sudor que corrían por sus pectorales y bajaban hasta la cintura de su pantalón. El olor era más intenso ahora, casi embriagador. Sentí que mi tanga estaba completamente empapada.

—Señora, ¿puede traernos más agua? —pidió otro, un moreno llamado Miguel, de unos 30 años, con el pelo corto y una sonrisa pícara.

Fui a la cocina, pero esta vez no solo llevé agua. Me miré en el espejo: mi cara estaba roja, mis pechos subían y bajaban con cada respiración agitada. Me quité la bata y me quedé solo con un shortcito de algodón muy corto y una blusa sin sostén que apenas contenía mis tetas enormes. Cuando regresé al patio, los cinco se quedaron callados un segundo. Mis pezones se marcaban perfectamente y mi trasero se movía con cada paso.

—Aquí tienen, muchachos —dije con voz más ronca de lo normal.

Jesús se acercó a tomar la botella y su brazo rozó el costado de mi pecho. Sentí un escalofrío. El olor a sudor de su axila me llegó directo y gemí bajito sin poder evitarlo.

—¿Está todo bien, señora? —preguntó con una sonrisa que ya no era inocente.

—Sí… solo que hace mucho calor —respondí, mordiéndome el labio.

Entonces pasó. Miguel se acercó por detrás y sentí su cuerpo sudoroso contra mi espalda. Sus manos grandes me tomaron por la cintura.

—Usted también está sudando mucho, doña Laura —susurró en mi oído—. Y huele delicioso.

No dije nada. Solo me dejé llevar. Jesús se puso enfrente, me levantó la blusa y mis pechos grandes saltaron libres. Sus manos callosas los apretaron con fuerza mientras los otros tres se acercaban. El olor a sudor de cinco hombres me rodeaba como una nube espesa y excitante.

Me arrodillé ahí mismo en el patio, sobre el piso de concreto todavía tibio. Los cinco se bajaron los pantalones al mismo tiempo. Y ahí estaban… sus miembros, gruesos, pesados, brillantes de sudor. Los describo uno por uno porque nunca los voy a olvidar:

Jesús, el más alto, tenía una verga morena de unos 22 centímetros, gruesa como mi muñeca, con venas gruesas que la recorrían desde la base hasta el glande hinchado y oscuro. El prepucio apenas cubría la cabeza y olía fuerte a sudor y a hombre sin lavar en todo el día. El tronco estaba ligeramente curvado hacia arriba y los huevos pesados colgaban, cubiertos de vello negro y húmedos.

Miguel, el de la sonrisa pícara, tenía una polla un poco más corta pero más gruesa: 19 centímetros de pura circunferencia. El glande era enorme, como una ciruela morada, y la piel del tronco brillaba con gotas de sudor que bajaban desde su pubis. Tenía un olor más ácido, más fuerte, y cuando la movió frente a mi cara, el aroma me mareó de placer.

El tercero, Pedro, era más joven, 25 años, y su verga era larga y recta: 24 centímetros finos pero con una cabeza rosada que contrastaba con su piel morena. Tenía venas muy marcadas y el tronco estaba completamente empapado de sudor. Sus huevos eran más pequeños pero muy apretados, y el olor era más dulce, casi como a cuero mojado.

El cuarto, Raúl, tenía la verga más oscura de todas: 21 centímetros, gruesa, con el glande casi negro y una gota de líquido preseminal que brillaba en la punta. El tronco estaba cubierto de venas azules gruesas y el olor a sudor era tan intenso que sentí que me corría solo de olerlo.

Y el último, Antonio, el más callado, tenía una polla monstruosa: 23 centímetros y tan gruesa que apenas podía rodearla con una mano. El glande era enorme y brillante, y todo el miembro estaba cubierto de una capa fina de sudor que lo hacía brillar al sol. Sus huevos pesados olían a macho puro, a trabajo duro.

Me volvieron loca. Empecé a chuparlos uno por uno, saboreando ese sabor salado a sudor, a piel caliente y a hombre. Primero la de Jesús: la metí hasta la garganta mientras olía sus huevos sudados. Luego la de Miguel, tan gruesa que apenas entraba en mi boca. Los cinco gemían y me agarraban del pelo, llamándome “puta”, “pinche caliente”, “perra pendeja”.

Jesús fue el primero en cogerme. Me puso contra la pared del patio, me bajó el short y metió su verga gruesa de un solo empujón. Grité de placer. Mientras me follaba por atrás, agarrándome las nalgas grandes, los demás se turnaban para meterme sus pollas en la boca. El olor a sudor era abrumador: cinco cuerpos calientes sudando sobre mí, sus vergas entrando y saliendo, sus huevos golpeando mi barbilla.

Después me acostaron sobre una lona que usaban para el trabajo. Pedro me abrió las piernas y metió su verga larga hasta el fondo mientras Raúl me follaba la boca. Sentía cómo sus troncos sudorosos se deslizaban dentro de mí, cómo sus venas rozaban mis paredes. Miguel se puso debajo y me penetró el culo con su polla gruesa mientras Antonio me metía la suya enorme en la boca. Cinco vergas a la vez, cinco olores diferentes a sudor, cinco hombres usándome como su puta.

Me corrieron adentro, uno tras otro. Primero Jesús llenándome el coño con chorros calientes mientras gritaba. Luego Pedro en mi boca, obligándome a tragar su semen espeso que sabía a sudor y sal. Miguel me corrió en el culo, Raúl en mis tetas grandes y Antonio me inundó la garganta con su leche espesa.

Cuando terminaron, yo estaba tirada en el piso, cubierta de sudor de ellos y de semen, con el coño y el culo abiertos y chorreando. El olor a sexo y sudor llenaba todo el patio.

Jesús me miró y sonrió:

—¿Quiere que volvamos mañana, señora?

Yo, todavía jadeando, con mis pechos enormes subiendo y bajando, solo pude responder:

—Vuelvan todos los días… y traigan más amigos si quieren.

Porque desde ese día supe que mi esposo nunca más me iba a satisfacer. Solo el olor a sudor de albañiles y sus vergas gruesas, venosas y sudadas podían hacerme sentir viva.

Al día siguiente pasaron cosas que me dejaron con ganas de más, pero será historia para otro dia....