Xtories

La apuesta terminó con la señora casada cogida

La apuesta era solo una excusa. Cuando el agua caliente corre por el fregadero, Sebastián le recuerda quién manda realmente en esa cocina. Ella debe lavar los platos, pero él tiene otras cuentas que saldar.

janice16K vistas9.4· 14 votos

El olor a lomo de bien cocinado se mezclaba con el perfume caro de Luciana en el comedor. Era una noche perfecta. Su esposo, Ricardo, estaba en un viaje de negocios, y ella había decidido invitar a Sebastián, un amigo de la pareja con el que siempre existía una corriente de tensión divertida, una chispa que nunca se había atrevido a encender.

La cena fue un éxito. El vino corrió, las risas fueron fáciles y la conversación, inteligente y picante. Mientras tomaban el último sorbo de un Malbec robusto, Sebastián sonrió, con ese brillo travieso en los ojos que a Luciana tanto le intrigaba.

—Bueno, como anfitriona, no puedo permitir que usted se lleve todo el trabajo —dijo ella, señalando las copas vacías y los platos manchados de salsa.

—Ni hablar —replicó él—. Pero ya que somos tan competitivos, hagamos una apuesta. Una sola mano de cartas. El que pierde, lava los platos.

Luciana rio. —Acepto. ¿Qué puede salir mal?

Veinte minutos después, la carta de Sebastián, un rey, aplastaba humildemente su dama. Luciana lanzó sus cartas a la mesa con una teatral exageración.

—Maldición. Parece que esta noche de sirvienta seré yo.

Se rió mientras recogía los platos y se dirigía a la cocina. El agua caliente corrió por el fregadero de acero inoxidable mientras empezaba a enjabonar los primeros platos, con las mangas de su blusa de seda recogidas con delicadeza.

Se sintió una presencia detrás de ella. Era Sebastián, observándola en silencio con los brazos cruzados.

—Nooo, así no —dijo él, su voz cargada de una sorna que la erizó—. Así no lava los platos como corresponde.

Luciana se giró, una sonrisa divertida en los labios. —¿Ah, no? ¿Y cómo se supone que debe lavarlos una dama de sociedad?

—No una dama de sociedad —dijo él, acercándose y abriendo un armario—. Una sirvienta. Una sirvienta de verdad.

Sacó un delantal. No era el de tela burda que usaba la mucama. Era de raso rosa palo, con un volante de encaje blanco en el borde y un lazo enorme en la espalda. Era ostentoso, deliberadamente vulgar.

—Sebastián, estás bromeando —dijo Luciana, pero su risa era más nerviosa esta vez.

—Para nada. Póntelo. Y también esto —añadió, sacando del cajón un par de guantes de goma amarillos, brillantes y nuevos—. Es parte del uniforme.

—¿Yo? ¿Ponerme esa cosa? ¡No way! Soy tu anfitriona, no tu...

—¿Tu qué? —la interrumpió él, acercándose tanto que Luciana pudo sentir el calor de su cuerpo—. ¿Tu esposa? No, eso es Ricardo. Tú esta noche eres la perdedora. Y las perdedoras pagan sus deudas. La apuesta fue lavar los platos. Y yo quiero que los laves como se debe.

La mirada de él era un desafío directo. La lógica retorcida de la situación la atrapó. Había aceptado las reglas. Protestar ahora sería admitir que no podía soportar la broma. Con un suspiro de resignación y un escalofrío de excitación secreta, aceptó el delantal. Sebastián se la pasó por la cabeza, sus dedos rozando intencionadamente su cuello. Anudó el lazo de encaje a su espalda con un lentitud tortuosa. Luego, ella se puso los guantes de goma, el látex apretándole las manos.

Se volvió hacia el fregadero, sintiéndose ridícula y, al mismo tiempo, increíblemente viva. Volvió a lavar los platos, pero esta vez, sus movimientos eran torpes, conscientes de la imagen que proyectaba.

Sebastián se acercó de nuevo por detrás. Esta vez, no hubo distancia. Se pegó a ella, su cuerpo duro presionando contra su espalda y sus nalgas. Una de sus manos rodeó su cintura y descendió hasta posarse sobre su vientre, palpándola a través del raso.

—Así está mejor —murmuró él en su oído—. Una señora casada, en su propia cocina, con el delantal de una sirvienta putona, lavando los platos para otro hombre. ¿Qué diría tu marido si te viera así?

Luciana se quedó quieta, el plato en su mano. La protesta murió en su garganta, ahogada por la oleada de deseo que recorrió su cuerpo.

—Sebastián, no... —susurró, sin convicción.

Él ignoró su protesta. Con su otra mano, levantó la falda de su vestido y le deslizó las panties hasta los tobillos. Luciana sintió el aire fresco en su piel y un temblor involuntario. Se apoyó con más fuerza en el fregadero, como si fuera su único ancla a la realidad.

—No te muevas —ordenó él—. Sigue lavando.

Mientras ella, con las manos enguantadas, sumergía otro plato en el agua caliente, él la penetró de un solo golpe, profundo y sin preámbulos. Luciana soltó un gemido ahogado, una mezcla de shock y un placer tan intenso que casi la dobla en dos.

—Así... —gruñó él, empezando a moverse dentro de ella con un ritmo lento y dominante—. Así se usa a una señora casada. Como una sirvienta más. Un agujero caliente para que lo llene un macho que no es su marido.

Cada palabra era una afrenta y una caricia. La cogía allí, de pie, usándola, mientras ella continuaba con la tarea absurda de lavar los platos. El raso del delantal se rozaba contra su piel con cada embestida, los guantes de goma se sentían extraños y excitantes.

—¿Lo sientes, Lucy? —le sopló él, acelerando el ritmo—. ¿Lo sientes cómo te abro? Esta cocina es mía esta noche. Tú también. Eres mi sirvienta, mi puta, mientras el bueno de Ricardo está en su hotel, pensando que su esposa es una dama.

La humillación era tan potente como el éxtasis. Luciana dejó caer el último plato en el fregadero con un golpe sordo y se rindió por completo. Dejó de protestar, de pensar. Empezó a mover sus caderas, sincronizadas con las de él, aceptando su rol, su sumisión.

—Sí... —logró decir, entre jadeos—. Soy tu sirvienta...

Sebastián rio, un sonido de triunfo. La cogió con más fuerza, más profundamente, reclamándola. La usó como un objeto, como la fantasía que él había tejido a su alrededor. Y cuando finalmente se vino dentro de ella, con un rugido de posesión, Lucentina sintió que se rompía en mil pedazos, no de dolor, sino de una liberación sucia y total.

Se quedaron así un momento, unidos, con el olor a jabón y a sexo llenando la cocina. Luego, él se retiró. Luciana se apoyó en el fregadero, temblando, con el delantal rosa manchado de agua y su entrepierna humedecida por él. Se quitó lentamente los guantes y luego el delantal, dejándolo caer al suelo. Ya no era la anfitriona, ni la señora casada. Era una mujer que había sido descubierta y usada, y que había descubierto una parte de sí misma que nunca supo que existía.