Xtories

Alicia En La Fiesta de la Prepa

La música golpea su clítoris y el sudor le pega al cuello. Sabe que él la está mirando desde la barra, y esta noche decide no apartar la vista. En medio del caos de la fiesta, el baño de visitas se convierte en el escenario de un placer prohibido y sin filtros.

Alicia8.2K vistas9.2· 5 votos

Me llamo Alicia, tengo 18 recién cumplidos y esta noche estoy en la fiesta de fin de cursos de la prepa, en la casa enorme de Marco, ese wey que siempre organizaba las pedas más cabronas. La música retumba tan fuerte que siento el bajo vibrándome directo en el clítoris, como si alguien me estuviera tocando desde adentro. Hay luces estroboscópicas rojas y azules parpadeando, el aire huele a chela derramada, mota, perfume barato y sudor de un montón de cuerpos apretados bailando.

Llevo un vestidito negro cortito que se me sube cada vez que me muevo, sin sostén porque mis tetas gordas se ven mejor así, rebotando libres con cada paso. El escote es profundo, casi hasta el ombligo, y ya siento los pezones duros rozando la tela fina, puntiagudos y visibles para cualquiera que se fije. Estoy sudada, el pelo rubio platino pegado al cuello y a la frente, mechones cayéndome en la cara mientras bailo como loca en medio de la sala. Mis muslos gruesos se rozan, la piel caliente y pegajosa, y entre las piernas ya siento ese calor húmedo creciendo, el coño palpitando al ritmo de la música.

Y entonces lo veo: Diego, el amigo de la prepa que siempre me miraba de reojo en clases, el morro alto, moreno, con esa sonrisa pendeja y manos grandes que me ponían nerviosa desde tercero. Está apoyado en la barra improvisada de la cocina, chela en mano, viéndome fijo. Nuestros ojos se cruzan y no aparta la mirada. Me muerdo el labio inferior, le sonrío lento, sucio, y sigo moviendo las caderas más fuerte, arqueando la espalda para que mis tetas se empujen hacia adelante. Sé que me está viendo todo: el sudor brillando en mi pecho, cómo el vestido se pega a mi pancita suave, cómo mis nalgas se marcan cuando me agacho un poco fingiendo recoger algo del suelo.

No pasa ni un minuto y ya está detrás de mí. Siento su cuerpo pegarse al mío en la pista improvisada. Sus manos grandes me agarran de la cintura, fuertes, sin pedir permiso, y me jala contra él. Su verga ya dura presionando contra mi culo a través de los jeans. “¿Qué pasa, güerita? ¿Ya te calentaste tanto bailando sola?” me susurra al oído, voz ronca por la música y el alcohol. Su aliento caliente me roza el cuello y me hace cerrar los ojos un segundo.

Empiezo a restregarme contra él despacio, subiendo y bajando el culo por su entrepierna, sintiendo cómo se pone más dura. “¿Tú qué crees, cabrón? Mira cómo me tienes…” le digo girando la cabeza, labios rozando su oreja. Meto una mano atrás, entre nosotros, y le agarro la verga por encima del pantalón. Está gruesa, caliente, palpitando. La aprieto fuerte y él suelta un gruñido bajo que me vibra en todo el cuerpo.

La gente alrededor baila sin fijarse, o fingiendo no fijarse, pero a mí me prende más saber que nos pueden ver. Diego me gira de golpe, cara a cara, y me besa duro, lengua metiéndose sin aviso, saboreando el trago que me acabo de echar. Sus manos bajan a mis nalgas, las aprietan, las separan un poco por debajo del vestido. Siento sus dedos rozando la orilla de mis calzones empapados. “Estás chorreando, pinche puta…” murmura contra mi boca.

No aguanto más. Lo jalo de la playera y lo llevo por el pasillo oscuro, pasando parejas besándose y weyes fumando. Entramos al baño de visitas del piso de arriba, cierro la puerta con llave, pero el ruido de la fiesta sigue retumbando a través de las paredes. Me subo al lavabo de un salto, abro las piernas bien abiertas, el vestido subido hasta la cintura. Mis calzones negros de encaje están pegados al coño, transparentes del jugo que chorrea. El vello rubio oscuro se ve a través, mojado y salvaje.

Diego se arrodilla sin decir nada. Me baja los calzones de un tirón, los deja colgando en un tobillo. Su cara queda a centímetros de mi coño hinchado. “Mira nomás este coñito rosita pidiendo verga…” dice, y pasa la lengua plana desde el ojete hasta el clítoris en una lamida larga y lenta. Gimo fuerte “¡ay, cabrón, sí…!” y le agarro el pelo, empujándolo más adentro.

Me chupa el clítoris como si fuera lo único que importa, succionando fuerte, metiendo dos dedos al mismo tiempo en mi coño empapado. Entran chapoteando, las paredes calientes apretándolo, succionándolo. Bombeo las caderas contra su cara, tetas rebotando, pezones duros rozando el aire fresco del baño. “¡Más dedos, méteme más, rómpeme!” grito, y él mete un tercero, curvándolos, rozando ese punto que me hace arquear la espalda y temblar las piernas.

Siento el orgasmo subiendo rápido, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos, el clítoris latiendo como loco bajo su lengua. “¡Me vengo, Diego, me vengo, no pares, chúpame todo!” exploto, chorros calientes salpicando su cara y su pecho, mojando el piso. Mis muslos tiemblan sin control, el culo se aprieta y se abre, rogando más.

Pero él no para. Se para, se baja los jeans, saca la verga gruesa y venosa, ya goteando precum. Me agarra de las caderas y me jala al borde del lavabo. “Abre bien las piernas, güerita, que te voy a llenar hasta el fondo”. Empuja de una vez, entra hasta las bolas en un solo movimiento. Grito de placer y dolor rico “¡sí, toda, rómpeme el coño, cabrón!”. Empieza a bombear fuerte, el sonido de piel contra piel mezclándose con la música lejana.

Me folla sin piedad, una mano en mi teta apretándola hasta dejarla roja, pellizcando el pezón duro. La otra en mi culo, un dedo metiéndose en el ojete mientras me clava la verga. “¿Te gusta así, puta? ¿Que te usen en el baño de una fiesta?” me dice entre embestidas. “¡Sí, más, lléname, córrete adentro!” respondo, arañándole la espalda.

Siento su verga hincharse más, palpitar. Se viene fuerte, chorros calientes llenándome el coño, rebalsando y chorreando por mis muslos. Me corro otra vez con él adentro, apretándolo, ordeñándolo hasta la última gota. Quedamos jadeando, pegados, sudorosos, oliendo a sexo puro.

Me baja del lavabo despacio, las piernas me tiemblan. Me besa lento esta vez, saboreando mi boca. “Esto no termina aquí, Alicia… la fiesta apenas empieza”.

Y yo, con el coño lleno de su leche, el vestido arrugado y las piernas temblando, solo sonrío y pienso: pinche Diego… ya quiero la segunda ronda.