Voyeurismo en la Oficina: Lo Que Pasó Después
La lluvia atrapa a Daniela en la oficina, pero no es el clima lo que la mantiene allí. Al descubrir a Alejandro en su momento más íntimo, el miedo se convierte en hambre. Y cuando él regresa, la puerta cerrada ya no es una barrera, sino una invitación.
La lluvia llevaba horas cayendo sobre Sevilla como si alguien hubiese dejado un grifo abierto sin intención de cerrarlo. Desde la ventana del edificio, Daniela veía cómo la Avenida de la Constitución brillaba bajo el agua, los adoquines convertidos en espejos rotos y los paraguas rendidos contra el viento. Los mensajes no paraban de entrar: autobuses desviados, líneas cortadas, calles anegadas entre Puerta de Jerez y San Bernardo. El centro, colapsado.
Dentro de la oficina, en cambio, el tiempo parecía suspendido.
Eran pasadas las siete y media. Demasiado tarde para un día laboral normal, pero diciembre y enero no entienden de horarios: cierres, pendientes acumulados, correos que nadie quiere responder antes de irse. Daniela seguía sentada, con el blazer abierto y las mangas remangadas, revisando documentos bajo la luz blanca del techo. El café, frío. El teclado, constante. Afuera, las sirenas lejanas y el golpe persistente de la lluvia contra los ventanales altos.
Pensó en irse. Miró el celular. Imposible. Sevilla Centro estaba impracticable y, por una vez, no le molestó la idea de quedarse.
La oficina se había ido vaciando poco a poco. Primero los saludos rápidos, luego los ascensores bajando, después el silencio. Ese silencio particular que no es calma, sino expectativa. Solo quedaban algunas luces encendidas y el murmullo lejano de otro despacho al fondo del pasillo.
La lluvia seguía golpeando los cristales con una cadencia hipnótica, constante, como si Sevilla hubiera decidido lavarse por dentro. Desde el piso alto del edificio, el sonido se amplificaba y aislaba la oficina del resto del mundo. No había tráfico reconocible, no había voces claras; solo agua, reflejos y luces distorsionadas en los ventanales.
La planta estaba casi vacía.
Al fondo, los cubículos beige —todos iguales, todos apagados— formaban un pequeño laberinto silencioso. Alfombra gruesa, mullida, diseñada para absorber pasos… y secretos. A cada lado, dos despachos cerrados: uno, el de Daniela; el otro, el del compañero nuevo.
El despacho de Daniela imponía sin necesidad de decirlo. Escritorio blanco, amplio, limpio. Sofá y sillón beige, modernos, de líneas rectas. Una mesa auxiliar con dos sillas para reuniones rápidas. Un jarrón discreto con flores claras. La computadora perfectamente alineada. Y, junto a la pared, el perchero de diseño, con forma de espalda humana, sosteniendo su blazer como si fuera una extensión de ella misma. Alto mando. Control. Orden.
Daniela estaba absorta en un informe cuando un sonido leve y desconocido captó su atención. Era rítmico, casi imperceptible, como un gemido ahogado. Intrigada, se recostó en su silla y dirigió la mirada hacia la oficina de Alejandro. Él era nuevo, trasladado desde la sede de Madrid para supervisar la fusión. Alto, de cabello oscuro y notablemente atractivo, había sido una incorporación interesante a la empresa, aunque apenas habían intercambiado palabras.
Se dirigió hasta su oficina y observó que la puerta de su despacho estaba ligeramente entreabierta. El sonido aumentó apenas un poco y, con una sacudida interna, comprendió que se trataba inequívocamente de un hombre dándose placer. Sus ojos se abrieron cuando vio a Alejandro, de espaldas, su mano moviéndose rítmicamente bajo el escritorio. De fondo se escuchaba, en volumen bajo, un video pornográfico; los gemidos de los actores se mezclaban con la respiración cada vez más agitada de él.
El corazón de Daniela latía con fuerza en su pecho. Sabía que debía apartar la mirada, pero no lograba hacerlo. Había algo intensamente erótico en observarlo así, sin que él supiera que estaba siendo visto. Sintió un calor conocido acumularse entre sus piernas, su ropa interior humedeciéndose mientras veía cómo la mano de Alejandro aceleraba el movimiento y su respiración se volvía más entrecortada.
De pronto, el cuerpo de Alejandro se tensó con rigidez al alcanzar el clímax. Daniela apartó la vista rápidamente, el rostro encendido, el pulso acelerado. Se levantó; su silla retrocedió con un leve chirrido. Dudó un instante y luego regresó a su despacho, la mente hecha un torbellino.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? No podía simplemente ignorar lo que había visto. Pero si lo contaba, sería increíblemente incómodo. Y, sin embargo, fingir que nada había pasado, permitir que él siguiera creyendo que estaba solo, resultaba igual de inquietante.
Se sentó frente a su escritorio, atrapada entre pensamientos contradictorios. No había tenido sexo en meses, desde la ruptura con su último novio. El estrés del trabajo, las largas jornadas y la presión constante apenas le dejaban tiempo o energía para citas. Pero verlo así, tan vulnerable y desinhibido, había despertado algo en ella. Un hambre antigua. Una necesidad que no sentía desde hacía mucho.
Más tarde, él apareció en la puerta de su despacho. Nervioso. Demasiado consciente de su propio cuerpo. Daniela estaba recostada en el borde del escritorio, las piernas cruzadas, los brazos apoyados de tal forma que su blusa blanca —con dos botones abiertos— hacía exactamente lo que no debía hacer. Ella lo sabía. No hizo nada por corregirlo.
—Yo… —empezó él—. Lo de antes… no era lo que parecía.
Daniela alzó una ceja, divertida.
—Alejandro —dijo con calma—, llueve, es tarde y Sevilla está colapsada. A todos nos afecta de alguna manera.
Él rió, nervioso. “Tienes razón. Madrid me tiene acostumbrado a sequías emocionales.” Ella también rió, y el ambiente se relajó apenas lo justo.
—Solo te digo —continuó ella— que debes tener más cuidado. Si alguien más lo hubiera visto, Recursos Humanos no habría sido tan comprensivo como yo.
Hizo una pausa.
—En todo caso… el archivo tiene una ventanita pequeña arriba. Mucho más discreta.
Alejandro abrió los ojos, sorprendido. Luego soltó una carcajada incrédula. “Vaya, no esperaba consejos prácticos. Eres toda una experta en discreción, ¿eh?”
Ella también. La tensión se transformó en algo compartido.
Él se disculpó. Dijo que llevaba meses solo, y que necesitaba desahogarse, que fue un momento de debilidad; pero que no quería causar una mala impresión. Que entendía perfectamente si ella prefería olvidar el tema. Daniela lo escuchó con atención… y notó, durante microsegundos, cómo su mirada se desviaba hacia su escote antes de volver rápidamente a su rostro.
—Borrón y cuenta nueva —dijo él, extendiendo la mano.
Daniela miró la mano. Luego lo miró a él. Sonrió.
—Mejor lo dejamos en palabras —respondió, riendo suavemente.
Él entendió. Se sonrojó. Asintió. Se despidió. “No te prometo que olvide, pero intentaré no repetirlo… a menos que me invites.”
Daniela sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas ante esa provocación directa. Soltó una risa baja, alzando una ceja con picardía. “Cuidado con lo que deseas, compañero. Podría tomarte la palabra.” Dijo que ya se iba.
Cuando la puerta del ascensor se cerró y la oficina quedó completamente vacía, Daniela volvió a sentarse. Afuera seguía lloviendo. Y por primera vez en semanas, sintió esas cosquillas conocidas, largamente ignoradas por el estrés, los cierres y el cansancio.
No hizo nada más esa noche.
Pero la imagen no la abandonó.
Ni en casa.
Ni en los días siguientes.
Ni cuando la lluvia siguió cayendo sobre Sevilla.
Y cuando, días después, Daniela se quedó sola otra vez en la oficina… esta vez no fue una sorpresa.
Fue una decisión.
Daniela salió de la oficina minutos después, el corazón aún latiéndole con fuerza. Mientras conducía bajo la lluvia hacia su apartamento, no podía dejar de morderse el labio inferior. Cada semáforo en rojo era una tortura: la imagen de Alejandro volvía una y otra vez. Su mano moviéndose con esa cadencia lenta y concentrada, la espalda ancha tensándose, el gemido grave que había escapado de su garganta al correrse. Sentía un calor traicionero entre las piernas solo de recordarlo. No era solo curiosidad… era un deseo que empezaba a instalarse en su cuerpo como algo vivo.
Llegó a casa, cerró la puerta y se apoyó contra ella un momento, respirando agitada. Se quitó la ropa con manos temblorosas y se metió en la cama completamente desnuda. Abrió el cajón de la mesita y sacó el dildo grande que guardaba para noches como esta. No necesitó lubricante: solo con evocar a Alejandro, su sexo ya estaba empapado, resbaladizo, palpitante.
Se tumbó de espaldas, abrió las piernas despacio y acercó la punta del juguete a su entrada. Lo deslizó dentro con un suspiro largo y profundo. El grosor la llenó poco a poco, rozando cada centímetro sensible. Empezó a mover las caderas en un vaivén suave, imaginando que era él. Sus pechos pesados subían y bajaban con cada respiración, los pezones duros apuntando al techo. Gemía sin pudor, la boca abierta, los ojos cerrados, dejando que el placer creciera en oleadas. Se corrió con fuerza, arqueando la espalda, un orgasmo que la dejó temblando y jadeando… pero no fue suficiente. La imagen de Alejandro seguía allí, latiendo dentro de ella.
Los días siguientes transcurrieron con aparente normalidad para el resto de la oficina. Para Daniela, en cambio, fueron una lenta y deliciosa agonía.
Alejandro había despertado algo que llevaba meses dormido. Sabía que no era una buena idea involucrarse con un compañero, mucho menos con uno que solo estaba de paso en Sevilla por la fusión. Pero cada vez que se lo repetía, su cuerpo le contestaba lo contrario. Y era evidente que él también lo sentía: coincidencias “casuales” en la cafetería, miradas que duraban un segundo de más, sonrisas que decían más de lo que las palabras se atrevían.
Daniela empezó a jugar su juego favorito: provocar sin tocar. Elegía tacones altos con medias negras transparentes que susurraban al caminar, faldas que se ceñían justo a sus caderas, blusas con un botón más abierto de lo profesional. Observaba con deseo disimulado cómo Alejandro se servía el café: esas manos grandes y fuertes, la espalda ancha bajo la camisa, la barba cuidada y esa arruga sexy entre las cejas cuando se concentraba. Todo en él exudaba masculinidad tranquila.
Cada día el intercambio de miradas se volvía más intenso. Una sonrisa coqueta de ella, una ceja ligeramente alzada de él. Ninguno decía nada… pero los dos sabían que la tensión estaba ahí, creciendo, espesándose.
Hasta que un día coincidieron solos en el ascensor.
Después de las formalidades de rigor (“¿Cómo va la carga de trabajo?”), Daniela se giró ligeramente hacia él, bajó la voz y, con una sonrisa lenta y peligrosa, le soltó:
—Hoy tengo mucho trabajo pendiente… me quedaré hasta tarde. Espero que tú también.
No esperó respuesta. Las puertas se abrieron y ella salió con paso seguro, desapareciendo entre los pasillos sin mirar atrás. Pero sintió la mirada de Alejandro clavada en su espalda hasta el último segundo.
Alejandro había captado el mensaje perfectamente.
Pasaron las horas. La oficina se fue vaciando. Y lejos de calmarse, el deseo de Daniela solo creció.
Sentada frente a su escritorio, ya sola, no conseguía concentrarse en nada. Cada pocos minutos cerraba los ojos y se imaginaba encima de él, bajando despacio, sintiendo cómo la llenaba por completo. Se mordía el labio con fuerza. Llevaba días excitada, húmeda incluso en las reuniones más aburridas. Se había masturbado cada noche pensando en él… y nada lograba apagarlo. Era como si su cuerpo ya no le perteneciera del todo.
Solo quedaba esperar.
Y esta vez, cuando oyó los pasos acercándose por el pasillo vacío, supo que la espera había terminado.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Levantó la vista y vio a Alejandro de pie, con su traje impecable y su colonia de hombre inundando la oficina.
Con predecible seguridad, Daniela se levantó y rodeó el escritorio hasta quedar frente a él. Pudo ver el deseo en sus ojos; el mismo deseo que empezaba a recorrer su propio cuerpo.
—¿Y ahora? —preguntó en voz baja—. ¿Sigues necesitando desahogarte?
Los ojos de Alejandro se abrieron un poco más; su respiración se volvió pesada.
—Daniela… no sé qué decir —dijo, con una sonrisa ladeada que revelaba su lado juguetón—. Pero si insistes, podría mostrarte cómo lo hago en Madrid.
Ella alzó la mano y la posó en su mejilla.
—No tienes que decir nada —susurró, rozando con el pulgar sus labios—. Solo demuéstramelo.
La mirada de Alejandro se oscureció; su mano subió para cubrir la de ella. Giró el rostro y rozó sus labios contra la palma de Daniela, su lengua probando la piel. “Sabes a problema delicioso,” murmuró contra su mano. El aliento de ella se quebró; su cuerpo respondió con una necesidad creciente.
El primer beso fue lento, casi tímido: labios contra labios, respiraciones mezclándose. Pero cuando sus bocas se abrieron y las lenguas se encontraron, todo cambió. Daniela sintió un escalofrío que le recorrió la columna; la lengua de Alejandro era caliente, húmeda y exploraba la suya con una urgencia contenida que la hizo gemir bajito contra su boca. Él la sujetó de la nuca con una mano firme, tirando suavemente de su cabello, y el beso se volvió profundo, húmedo, desesperado. Saliva compartida, dientes que se rozaban, lenguas enredadas en una danza hambrienta.
Sin separar las bocas, Daniela se quitó la blusa y dejó que el sostén cayera. Sus pechos pesados quedaron libres, turgentes, pezones oscuros y endurecidos apuntando directamente hacia él. Alejandro los miró con hambre cruda y soltó un suspiro ronco que vibró contra los labios de ella. Ella siguió: falda y bragas deslizándose por sus piernas hasta el suelo. Quedó completamente desnuda salvo por los tacones negros, la piel dorada brillando bajo la luz tenue de la oficina, el coño ya reluciente de humedad.
Alejandro, con la respiración cada vez más agitada, se desnudó también: dejó caer el americana, desanudó su corbata, se sacó la camisa por encima de la cabeza, revelando el torso ancho y musculoso con vello negro que bajaba tentador hasta la cintura. Se descalzó y luego desabrochó el cinturón con manos deliberadas, dejó caer el pantalón y los calzoncillos al suelo. Su polla erecta saltó libre, gruesa, venosa y palpitante, la cabeza brillante de deseo. “Mira lo que has provocado desde el primer día,” dijo con voz ronca, guiñando un ojo.
Daniela sintió cómo esa dureza caliente rozaba su vientre, y movió las caderas instintivamente, frotándose contra ella con un roce sutil, desesperada por sentirlo más cerca, entre sus piernas.
Alejandro respondió con un gruñido bajo. Sus manos subieron a sus pechos, apretándolos con fuerza contenida, jugando con los pezones entre sus dedos, pellizcándolos suavemente hasta que ella jadeó. La llevó a un trance de deseo puro: el tacto era eléctrico, cada roce enviando ondas de placer directo a su centro. Luego bajó la boca a su cuello, besándolo con labios húmedos, mordisqueando la piel sensible. Sus manos bajaron a su cintura, apretándola como si quisiera fundirla con su cuerpo, sentirla, romperla y adorarla al mismo tiempo.
Besó sus hombros con lentitud, descendiendo hasta sus pechos grandes y turgentes. Los lamió despacio, escupiendo sobre la piel para luego succionar los pezones chocolate con hambre creciente, tragándoselos enteros mientras sus manos los apretaban. Los pechos de Daniela quedaron cubiertos de saliva brillante; la imagen era mucho mejor de lo que había imaginado en sus noches solitarias, más real, más cruda.
Daniela se arrodilló frente a él sin que se lo pidiera, los tacones aún puestos, las rodillas sobre la alfombra mullida. Su cara quedó a centímetros de esa polla gruesa que palpitaba con fuerza. Primero se acercó y la olió profundamente: ese aroma masculino intenso, cálido, con un toque almizclado que le hizo cerrar los ojos de puro placer. Luego la tomó con las dos manos delicadas en la base, sintiendo cómo latía bajo sus dedos, y, sin preámbulos, la deslizó entera hasta el fondo de su garganta en un movimiento lento y profundo.
Alejandro soltó un gruñido gutural largo, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados de éxtasis. “Dios… Daniela… eres una diosa con esa boca,” jadeó, enredando una mano en su pelo. La sensación de esa boca caliente, apretada y húmeda envolviéndolo por completo lo hizo temblar de pies a cabeza. Cada vena de su polla sentía la presión de los labios y la lengua de ella.
Ella no fue suave en absoluto: chupaba con devoción hambrienta, subiendo y bajando la cabeza con ritmo perfecto, lengua recorriendo cada vena hinchada, labios apretados creando succión. Bajó aún más, sacó la polla un segundo para tomar sus huevos pesados y calientes en la boca, succionándolos uno a uno con cuidado mientras su mano masturbaba la longitud empapada de saliva. Arcadas suaves la hacían llorar lágrimas de placer, saliva escurriendo por su barbilla y cayendo sobre sus propios pechos, pero no paraba. Sentía su propia humedad correrle abundantemente por los muslos internos y gotear sobre la alfombra. Le encantaba estar así: arrodillada en su oficina, desnuda, con la polla de su compañero llenándole la boca hasta la garganta, sintiéndose completamente usada y adorada al mismo tiempo.
Alejandro la levantó tirándole del pelo con suavidad firme, la besó con brutal ternura y la sentó en el sillón beige, abriéndole las piernas con reverencia total. Se arrodilló entre ellas y bajó la cabeza. Su lengua plana y caliente lamió todo su sexo de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris hinchado para chuparlo con succiones lentas y profundas que hacían que Daniela arqueara la espalda y gritara. Dos dedos gruesos entraron en ella al mismo tiempo, curvándose hacia arriba para rozar ese punto rugoso que la volvía loca.
Daniela enredó las manos en el cabello de él, tirando con fuerza. “Sí… así… por favor, no pares…” Sentía la lengua caliente y húmeda recorriendo cada pliegue hinchado, el clítoris latiendo y palpitando contra los labios y la succión de Alejandro, los dedos entrando y saliendo con un ritmo perfecto que la hacía mojar más y más. El placer era tan intenso que sus piernas empezaron a temblar sin control y sus jugos le corrían por el culo.
Alejandro gruñó contra su coño empapado: “Estás tan dulce… tan mojada…” Luego bajó más la lengua y pasó directamente por su ano, lamiendo en círculos lentos y provocadores mientras sus dedos seguían follándola sin piedad. Daniela sintió un relámpago de placer prohibido que le subió por la columna; el orgasmo la atravesó como una ola violenta, chorro caliente que Alejandro bebió con avidez, lamiendo y succionando hasta que ella se retorció de sensibilidad, gimiendo y suplicando que parara y que no parara al mismo tiempo.
Alejandro se sentó en el sillón, piernas abiertas, polla erecta apuntando al techo como una invitación. Daniela se subió sobre él con movimientos deliberados y sensuales, tacones aún puestos. Primero rozó la cabeza gruesa y caliente contra su entrada empapada, sintiendo cómo palpitaba. Luego bajó centímetro a centímetro, muy lento, dejando que esa polla larga y gruesa la abriera, la estirara y la llenara por completo hasta tocar fondo con un golpe suave contra su cervix.
—Oh por Dios… —susurró ella con la voz quebrada y temblorosa—. Te siento… absolutamente todo. Me estás inundando toda por dentro.
Alejandro cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula con fuerza. El coño de Daniela era un guante caliente, apretadísimo y empapado que envolvía cada milímetro de su polla. Sentía las paredes internas palpitar y contraerse alrededor de él, rozando la cabeza sensible y cada vena hinchada con una fricción perfecta que lo hacía jadear. “Estás tan apretada… tan mojada y caliente… me estás apretando como si quisieras ordeñarme hasta la última gota…”
Daniela empezó a moverse: arriba y abajo, primero lento y profundo, saboreando cada centímetro que entraba y salía, luego más rápido, girando las caderas en círculos. Sus pechos turgentes rebotaban hipnóticamente frente a la cara de Alejandro. Él los atrapó con ambas manos, los amasó con fuerza contenida, los levantó y los dejó caer, los besó, los lamió, mordió suavemente los pezones y escupió sobre ellos para lamer la saliva después, dejando la piel brillante. La besó en la boca con desesperación mientras ella cabalgaba sin parar. Sus manos bajaron a la cintura estrecha de Daniela, apretando sus nalgas redondas y firmes con dedos clavados. Con el dedo medio de una mano deslizó saliva abundante entre ellas y empezó a rozar y presionar su ano en círculos lentos y provocadores, metiendo apenas la yema, haciendo que ella se arqueada y gimiera más fuerte contra su boca.
Él empezó a moverse: primero lento y profundo, saboreando la sensación, luego más rápido y fuerte. Nalgadas secas y sonoras resonaban. Una mano le tiraba del cabello hacia atrás arqueándole la espalda, la otra apretaba y separaba su culo. “Te deseaba así desde el primer día…” gruñó contra su oído, mordiéndole el lóbulo.
Alejandro la levantó como si no pesara nada y la giró con firmeza. La colocó de espaldas contra el escritorio, el torso de Daniela apoyado sobre la superficie fría que contrastaba con su piel ardiente. Le subió una pierna sobre la mesa, abriéndola completamente, exponiendo su coño hinchado y brillante. Los tacones negros aún puestos, el culo perfecto en pompa hacia él. Daniela se aferró al borde del escritorio con ambas manos, el corazón latiéndole tan fuerte que sentía cada latido entre las piernas.
Él se pegó a su espalda, la polla gruesa y caliente rozando primero sus nalgas. Con una mano guió la cabeza hinchada hasta su entrada empapada y entró de un solo empujón profundo y lento, hasta el fondo.
Daniela soltó un gemido largo, ronco y entregado que retumbó en toda la oficina. “¡Ahhh… Dios!” Sentía cada centímetro abriéndola, estirándola, tocando ese punto exacto que la hacía ver estrellas. La polla de Alejandro la llenaba por completo, caliente, palpitante, rozando paredes que nadie había tocado con tanta profundidad.
Alejandro gruñó contra su oído, la voz baja y oscura:
—Joder, Daniela… estás tan mojada que resbalas alrededor de mi polla… ¿sientes cómo te abro? ¿Cómo te lleno hasta el fondo?
Empezó a moverse: primero lento y profundo, sacando casi todo y volviendo a clavarla con fuerza, saboreando cada milímetro. Luego aceleró, embestidas más rápidas y brutales que hacían que el escritorio crujiera bajo ellos. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba el despacho.
Mientras follaba, una mano subió por su costado y atrapó uno de sus pechos pesados, apretándolo con fuerza, amasándolo, pellizcando el pezón duro entre sus dedos y tirando de él. La otra mano se enredó en su cabello largo, tirando hacia atrás para arqueando la espalda y exponer su cuello. Alejandro lo besó con labios calientes, luego lo mordió suavemente justo donde late el pulso, haciendo que Daniela gimiera más alto.
—Así… gime para mí —susurró contra su oreja, la voz ronca de deseo—. Me encanta oírte… esos gemiditos que sueltas cada vez que te clavo hasta el fondo. Dime qué sientes, preciosa… dime que te gusta que te folle así.
Daniela apenas podía hablar, pero jadeó entre embestidas:
—S-sí… me encanta… Alejandro, rómpeme… más fuerte… ¡ahhh!
Él sonrió con malicia contra su cuello y mordió su espalda, justo entre los omóplatos, mientras aceleraba el ritmo. Nalgadas secas y sonoras resonaban cada vez que su pelvis chocaba contra su culo. La mano en su pecho no paraba: apretaba, giraba el pezón, lo pellizcaba hasta que ella se arqueaba más.
—Eres mía esta noche… —gruñó bajito, tirándole más fuerte del pelo—. Este coño apretado es mío… míralo cómo me aprieta, cómo me chupa la polla. ¿Quieres que te folle más duro? Dímelo… suplícame.
Daniela temblaba entera, las piernas flojas, el placer subiendo como una ola imparable. Cada embestida la empujaba contra el escritorio, sus pechos rebotaban contra la madera fría, los pezones sensibles rozando la superficie. Alejandro no paraba: besaba su cuello, mordía su hombro, apretaba su cintura con la mano libre y seguía susurrando:
—Te deseaba así desde que te vi… imaginaba exactamente esto: follarte por detrás, oírte gemir mi nombre, sentir cómo te corres alrededor de mi polla…
El ritmo se volvió salvaje. Embestidas profundas, rápidas, sin piedad. Daniela ya no controlaba los gemidos: gritaba, jadeaba, suplicaba. El orgasmo se acercaba rápido, brutal.
Alejandro sintió cómo ella se contraía alrededor de él y gruñó contra su oído:
—Así… córrete para mí… apriétame… quiero sentir cómo me ordeñas…
Y Daniela se corrió con un grito ahogado, todo su cuerpo temblando, chorros calientes mojando la polla de él y el suelo bajo sus tacones.
La llevó al sofá y la puso de rodillas, culo en pompa alto, coño y ano completamente expuestos y brillando. Primero le pasó la lengua por todo con devoción: lamió los pliegues hinchados, chupó el clítoris, metió la lengua en su coño y luego a su ano, lamiendo en círculos profundos mientras amasaba y separaba sus nalgas con fuerza.
Luego presionó la cabeza de su polla contra el ano de Daniela. Entró despacio, milímetro a milímetro, abriéndola con paciencia y saliva. Ella gimió largo y profundo: una mezcla perfecta de dolor ardiente y placer prohibido que la hizo temblar entera. Cuando lo tuvo todo dentro, Alejandro empezó a moverse, primero lento y profundo, luego más rápido, alternando entre coño y culo sin salir del todo, cambiando de agujero cada pocas embestidas.
Daniela sentía cómo la llenaba de formas distintas, cómo cada cambio la llevaba más cerca del abismo. Chorros de placer salían de su coño cada vez que él salía del ano. Gritaba, temblaba, suplicaba. Cuando Alejandro se corrió dentro de su ano —chorros calientes, espesos y profundos—, ella se corrió con él, apretando tanto que casi lo expulsó. Pero él no salió. La giró boca arriba, se tumbó sobre ella y la penetró otra vez en el coño mientras se besaban con desesperación animal. Daniela se corrió por tercera vez, mojando el sofá, su vientre y todo lo que tocaba.
Finalmente, Alejandro sacó su polla aún dura, se masturbó dos veces rápidas y se corrió fuerte sobre sus pechos y cuello: hilos espesos y calientes que le pintaron los pezones. Daniela pasó los dedos por la leche, se los llevó a la boca y lo miró mientras chupaba con ojos brillantes de placer total.
La lluvia seguía cayendo sobre Sevilla con la misma insistencia que al principio de la noche, como si el cielo supiera que dentro de esa oficina aún quedaba fuego por apagar.
Daniela, con las piernas aún temblorosas, se separó despacio del sofá. El semen de Alejandro le corría cálido por los pechos y el cuello; un recordatorio pegajoso y delicioso de todo lo que acababa de pasar. Lo miró con una sonrisa lenta, satisfecha, casi traviesa.
—Voy a… arreglarme un poco —susurró, señalando la puerta del baño privado de su despacho.
Él asintió, aún desnudo y respirando agitado, con esa sonrisa peligrosa que le había robado el aliento toda la noche.
Daniela entró al baño, encendió la luz suave y se miró al espejo. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados de besos y mordidas, y la piel brillante de sudor y placer. Abrió el grifo, tomó papel y se limpió con cuidado los hilos espesos que le pintaban los pechos. Cada pasada le arrancaba un pequeño escalofrío: recordaba exactamente cómo había gemido cuando él se corrió sobre ella. Se lavó la cara, se pasó un poco de agua entre las piernas (todavía sensible, todavía mojada) y se recompuso el maquillaje lo justo para no parecer que acababa de ser follada contra un escritorio.
Cuando salió, ya vestida —blusa abrochada, falda en su sitio, tacones impecables—, Alejandro estaba completamente vestido de nuevo. Traje perfecto, corbata bien anudada, como si nada hubiera pasado. Solo el leve desorden de su pelo y el brillo oscuro en sus ojos delataban la verdad.
Se miraron en silencio un segundo. Luego él se acercó, le rodeó la cintura con una mano y la besó suave, lento, sin prisa. Un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo.
—Esto… no puede quedarse en una sola noche —murmuró contra sus labios.
Daniela sonrió, mordiéndose el inferior.
—Lo sé. Tú vuelves a Madrid en unas semanas… pero mientras estés aquí, en Sevilla… mi oficina tiene llave. Y mi apartamento está a solo quince minutos.
Alejandro soltó una risa baja, ronca.
—Entonces mañana, después de que se vayan todos… vuelvo a quedarme hasta tarde. Y esta vez… te follo en tu casa. Sin prisa. Sin interrupciones.
Ella sintió un nuevo latido entre las piernas solo de oírlo. Lo besó una última vez, profundo, y susurró:
—Trato hecho. Ahora vete antes de que alguien note que los dos seguimos aquí… y que huele a sexo en toda la planta.
Alejandro caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró y le lanzó una última mirada que le erizó la piel.
—Buenas noches, compañera.
—Buenas noches, Alejandro.
La puerta se cerró. Daniela se quedó sola, apoyada contra su escritorio, escuchando la lluvia. Sonrió para sí misma, todavía sintiendo su sabor en la boca y su calor entre las piernas.
La noche había terminado.
Pero la historia… apenas empezaba.
.
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✍️ Comentario de la autora: Lamento la demora en nuevos relatos – el cierre de año fue caótico y sin musas... hasta que esta experiencia en la oficina me devolvió el fuego. Si te calentó, imagina lo que sentí contándolo. 😉
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🚫 Aviso legal: Este relato es una obra original de ficción erótica (o no...), escrita para su publicación exclusiva en esta plataforma. Queda prohibida su copia, reproducción o redistribución bajo cualquier medio, incluso mencionando a la autora o incluyendo enlaces a esta publicación.
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