La culpa fue de…
Se lo dijo a su cuñado con la culpa, pero fue la mirada de otro hombre lo que encendió la mecha. Entre el ruido de la casa y el silencio del ascensor, la rutina se rompe con una urgencia que no pide permiso.
Tengo claro que la culpa de todo lo que pasó fue de mi cuñado. Como casi todos los días, se me había echado el tiempo encima. Aquel día, los niños estaban muy revoltosos, reaccionando a su manera a la novedad de que le tocaba a su padre llevarlos al cole. El mayor jugaba con la leche, la mediana acusaba al pequeño de quedarse con la tostada más pequeña y éste no paraba de repetir una lección de sociales para enfadarla aún más. Luego quedaba asearlos y vestirlos, por lo que apenas me quedó tiempo para mí misma, a pesar de que mi marido hizo lo que pudo intentando darles el último repaso a los tres a la vez.
Sin una idea clara de lo que quería ponerme, me vestí a toda prisa. Primero, me puse unas pantimedias negras, las primeras que encontré en el cajón, después un sujetador muy cómodo de nylon, y luego una falda lápiz estrecha y elástica azul oscuro con una blusa blanca sencilla. Me calcé unos zapatos con un poco de tacón, me maquillé en el espejo del recibidor y me despedí de los peques y de mi marido, que estaba intentando meter una manzana en la mochila de la niña sin aplastarle el bocadillo.
Salí de casa con el pelo aún húmedo, el bolso sin cerrar colgando del hombro y esa sensación de ir a medio gas que me acompaña casi todas las mañanas cuando arrastro a los niños al colegio. Pero ese día no iba al cole, iba a desayunar con otros padres, y me animé.
Habíamos iniciado esa costumbre cierto día, cuando un grupito que habíamos hecho buenas migas decidimos que una vez cada dos semanas nos sustituirían nuestros cónyuges para darnos un pequeño respiro. Si bien las primeras veces todo era muy informal, Paqui cada vez venía más arreglada, con el pelo demasiado bien peinado para ir de diario, e incluso se atrevía a ir con zapatos de tacón de aguja. Cuando María empezó también a venir con ropa más ajustada y maquillaje muy llamativo, me di cuenta de que ambas iban detrás de Pablo, recién divorciado y con barba perenne de tres días. Los demás nos fuimos contagiando de esa forma desinhibida de vestir, y yo aproveché para renovar mi armario volviendo a una ropa más atrevida que había dejado atrás después de los embarazos, permitiéndome además practicar otros tipos de maquillaje. En esa hora del desayuno volvía a sentirme viva, deseable otra vez, y, exceptuando el juego de Paqui y María, había cierto flirteo inocente que mejoraba la autoestima del grupo.
Abajo, ya me estaba esperando mi cuñado en su coche, con el motor encendido y apoyado en el volante leyendo algo en el móvil. Cuando vio que me acercaba, me sonrió, me abrió la puerta del copiloto y me dijo «venga, que llegas tarde» muy relajado, quitando importancia a los minutos que seguramente le habría hecho esperar. Me dejé caer en el asiento con un suspiro de alivio. El olor a coche nuevo, que mantenía a pesar de los años, y la forma de conducir de mi cuñado, estilo chófer profesional, me relajó de inmediato, a pesar de no sentirme del todo a gusto con la ropa.
Iniciamos una conversación neutra, de esas que sirven para llenar el silencio. Le pregunté por mi hermana, por el trabajo de ella para ser más concretos, y él me dio la habitual respuesta vaga, pero que matizaba el contenido de mis conversaciones con ella. Enseguida me devolvió la pelota preguntándome por el motivo de que mi coche aún siguiera en el taller. Le conté lo de la pieza que no llegaba, que el mecánico ya ni contestaba los mensajes, y mientras hablaba percibí una fugaz mirada suya a mis piernas. Sabía que esa falda tendía a subirse, más aún con la forma descuidada en que me había sentado, pero con simple vistazo entendí que la razón de su mirada era otra. Las pantimedias estaban muy mal puestas, resaltando unos pliegues horribles en un muslo, y comprendí que la sensación incómoda que arrastraba desde que me subí al coche venía porque el nylon de la otra pierna se había arrugado justo por debajo de la braguita.
Estaba medio dormida todavía, con el piloto automático de las mañanas de madre, así que sin pensarlo dos veces levanté el culo del asiento y empecé a estirarlas. Primero tiré de la parte de los muslos hacia arriba, alisando con las palmas abiertas, luego subí las manos por las caderas, ajustando la cintura elástica para que quedara lisa contra la piel. Fueron movimientos rápidos, precisos, automáticos, los mismos que hago mil veces delante del espejo del baño o antes de salir de casa, pero en cuanto volví a dejarme caer en el asiento fui consciente de lo inadecuado que fue haberlo hecho delante de mi cuñado.
Además, dio la casualidad que lo hice con el coche parado en un semáforo, por lo que él lo vio todo. Seguramente estaba en piloto automático como yo, porque no perdió un detalle de mi maniobra hasta que, rojo como un tomate, miró hacia adelante y sujetó con fuerza el volante mientras apretaba los dientes. Yo también me puse colorada y estuvimos en un silencio que sólo evidenciaba que entre él y yo se interponía una falda corta y mis muslos. Carraspeó una vez, fingió ajustar el retrovisor y manipuló el móvil, y yo me quedé mirando por la ventanilla, como si los viandantes adormecidos fueran lo más interesante del mundo.
Pero por dentro algo acababa de encenderse. Ahora sentía el nylon perfectamente estirado rozándome la piel, la falda elástica cada vez más subida dejándome demasiado expuesta y una sensación de mariposillas subiéndome por el vientre. Más allá de la vergüenza que sentía, también se estaban despertando ciertas fantasías respecto al grupo que me esperaba en el bar. No pensaba en mi cuñado, que no me interesaba en ese sentido, sino en que sabía que iba a despertar un deseo poco inocente en más de uno. Cogí el móvil y me hice un selfie para anunciar al grupo que ya me quedaba poco para llegar. Esa vez, la mirada que echó mi cuñado fue de lo más natural y tener la falda cada vez más corta me pareció algo irrelevante.
Llegamos a nuestro destino. Antes de cerrar la puerta, me agaché un poco más de lo necesario para despedirme con un «Gracias por traerme, guapo». Busqué algo en el bolso, dándole la oportunidad de mirar por el canalillo de la blusa. No había mucho que ver, realmente, pues la prenda no estaba hecha para esos juegos, pero a mí me reactivó lo de las mariposas de nuevo. Cerré la puerta del coche muy colorada, sin poder frenar esa sensación de ser deseada de nuevo. Yo creo que tenía que ver el que hacía meses que mi marido y yo no follábamos, por lo que mi cuerpo pedía a gritos esos pequeños estímulos. Antes de dar un paso, me alisé la falda rápidamente, y hasta que no me alejé unos metros no salió el coche. La idea de que mi cuñado se haría una paja pensando en mí me impidió pensar en otra cosa mientras caminaba. Ahí me di cuenta de que me había equivocado al elegir aquel sujetador porque los pezones rozaban contra el nylon, poniéndomelos cada vez más duros y sensibles, y cuando llegué a la mesa de mis amigos la humedad caliente que tenía entre las piernas me hizo sentir un poco tonta por haberme dejado llevar de esa manera.
Noté las miradas sobre mí. Paqui me sonreía con una mezcla de envidia y complicidad, como si me hubiera unido a ella en algún tipo de cruzada. María, por otro lado, me recorrió de arriba abajo con los ojos y soltó un medio en broma «¡vaya, hoy vienes cañera!», pero por la cara de los demás, todo indicaba que sí, que iba «cañera». Pablo, el recién separado, sentado entre las dos, también me miraba con la taza entre los dedos, sin saber si iba a beber o a dejarla en el plato. El resto, me saludó con medias sonrisas y miradas que se demoraban entre mis piernas. Romu, otro padre, me hizo un hueco y me senté a su lado. Me dijo que me sentaba muy bien el azul, en referencia a la falda, y le agradecí el cumplido.
Mientras pedía mi café, una vibración en el móvil hizo que lo mirara, dándome una excusa para darme un respiro. Era una madre que avisaba que no podía venir, pero a mí me sirvió para ver mejor la foto que les había enviado en el coche. Estaba realmente bien. No me importa decirlo. Me han pedido que sea sincera al escribir esto y reconozco que siempre he sido muy coqueta. Un segundo vistazo me hizo comprender las miradas cuando llegué, ya que los muslos lucían muy bien y más de uno se podía imaginar el color de mis braguitas. Me dieron ganas de borrarla «para todos», pero ya era demasiado tarde para eso y guardé el móvil.
Romu, tan extrovertido como era siempre, ese día estaba algo más atento a mí. No diré que estaba tocón, pero me rozó la mano varias veces, algo que nunca había hecho, y cuando me dio unas palmadas en el brazo, miré hacia abajo y vi que la falda, al cruzar las piernas, volvía a subirse un pelín más de lo que me hubiera gustado. Mantuvimos una conversación más de dos que grupal, como si él buscase mi cercanía. Me hablaba mirándome a los ojos pero de vez en cuando miraba también mi boca, y yo, por acto reflejo, también miraba la suya. Romu ganaba mucho en esas distancias cortas y me rubericé. Volvió a tocarme del brazo y esa vez ya no lo sentí extraño. Como si hubiera activado un mecanismo, de pronto volví a sentir ese calor en la vulva y los pezones se endurecieron. Nunca había sentido eso con los burdos juegos de flirteo entre nosotros y desee acabar la reunión, ir al trabajo y volver a casa para darme una ducha antes de que llegasen los peques con su padre.
Llegó el momento de la despedida grupal y, cuando ya estábamos de pie y la gente empezaba a recoger bolsos y a mirar el reloj, Romu se acercó más. Su mano bajó despacio por mi espalda, primero sobre la blusa, luego se coló sutilmente justo en la base de la espalda, donde la falda empieza a ceñirse. No fue agresivo; fue… exploratorio. Sentí sus dedos cálidos, presionando ligeramente, trazando una línea horizontal que casi recorría el elástico de las pantimedias. Desde que estaba con mi marido, cuando un hombre me tocaba así, yo lo ignoraba y me apartaba educadamente y sin dramatismos. Ese día, contaba con que la reunión ya había acabado y que enseguida cada uno iría a donde tuviese que ir, por lo que no hice nada. Bueno, en realidad me estaba recreando en el calentón que su mano estaba provocando, volviendo a mojar indudablemente las bragas.
Me giré un poco para despedirme de Paqui con dos besos, y al hacerlo, mi cuerpo rotó contra el de Romu. Mis nalgas rozaron su ingle de una manera no planeada, o al menos no conscientemente, pero ninguno de los dos se apartó. Al volver a mi posición original, volví a frotarme contra él, despacio, deliberadamente esta vez. Sentí cómo algo se ponía duro bajo sus vaqueros. Su mano bajó un centímetro más, sin rozarme el culo pero con los dedos abiertos. Era todo lo que él podía hacer sin llamar la atención en la terraza. Yo había entendido el mensaje y el clítoris me empezó a latir recordándome la cantidad de tiempo que llevaba sin sexo de verdad.
Romu y yo nos quedamos solos casi sin darnos cuenta. A mí me temblaba la voz cuando dije con voz ahogada algo así como «Bueno, habrá que irse», dejando en el aire que buscaba una excusa para no hacerlo. Él, no menos nervioso que yo, respondió sin pensar que se le había olvidado la bolsa con el portátil en casa y que tenía que subir a por ella. Terminó con un «¿Me acompañas?» que transformó en certeza física la sensación de que tenía las bragas mojadas.
Romu vivía al lado de la cafetería, era una de las razones de quedar allí, y enseguida traspasamos su portal. Agradecí que todo estuviese tan cerca porque las braguitas, con tanta humedad, se ceñían aleatoriamente a cada pliegue de mi sexo con cada paso, creándome la necesidad imperiosa de quitármelas. En una estupenda sincronización, el ascensor nos esperaba en la planta baja, alentándonos para que no perdiésemos un tiempo innecesario.
Por eso, cuando se cerraron las puertas, no aguantamos ni dos segundos. Me empujó contra la pared del fondo, me besó con hambre, la lengua buscando la mía de inmediato. Yo le devolví el beso con la misma urgencia, las manos en su nuca, tirando de su pelo, sintiendo cómo su polla dura se apretaba contra mi vientre. El ascensor llegó demasiado pronto al octavo piso, justo cuando su pulgar comprobó la ligereza del sujetador al rozar impunemente mi pezón.
Salimos tambaleándonos, él abrió la puerta con manos temblorosas, y entramos directos al pasillo. La casa estaba revuelta, con juguetes por el medio y olor a leche y mantequilla, lo normal con dos niños pequeños. No nos paramos a mirar nada. Fuimos al dormitorio principal sin hablar.
La cama de matrimonio estaba sin hacer, las sábanas arrugadas, una camiseta de Marga, su mujer, mi amiga, tirada en medio. Iba a follar en su cama, con sus sábanas, con su marido. Me deshice de los zapatos infinitamente más cachonda. No hubo preliminares ni palabras bonitas. Sólo prisa. Me bajé la falda de un tirón, dejándola caer al suelo. Sentada en la cama, las pantimedias se engancharon en un pie mientras intentaba quitármelas, con la braguita negra detrás, empapada, brillante de humedad. Él se quitó los vaqueros y los calzoncillos en un solo movimiento, se quedó con la camisa, el jersey y los calcetines puestos.
Al verme con las piernas abiertas intentado quitarme la ropa enganchada en el pie, no aguantó más y se abalanzó sobre mí, empujándome boca arriba. Ambos semi desnudos en la parte que importaba. Se colocó encima, la polla dura y caliente rozándome el interior del muslo antes de entrar de una embestida, facilitado por el exceso de lubricación que me empapaba. Gemí fuerte cuando me llenó entera, y él respondió con un gemido. Empezamos a movernos sin ritmo al principio, pero con mucha necesidad de sentirnos, con él empujando profundo, rápido, haciendo crujir la cama y que mis jadeos se mezclaran con los suyos.
Fueron minutos en que nos comunicábamos con respiraciones entrecortadas, sin palabras. Solo el roce húmedo de su polla entrando y saliendo, mis gemidos y sus gruñidos bajos cuando parecía que empujaba aún más profundo. Yo tenía las piernas abiertas alrededor de sus caderas, las dichosas pantimedias aún enganchadas en un tobillo como una especie de grillete ridículo que me recordaba lo improvisado y lo urgente de todo. El sujetador me apretaba los pechos, y el roce de su jersey no sólo me daba más calor del que emanaba de mí, sino que me hipersensibilizó la aureola mojando sus penetraciones aún más.
El peso empezaba a agobiarme y me cansé de tenerlo encima. También me apetecía sentirlo más adentro, más salvaje, así que le empujé los hombros y me giré. Me puse a cuatro patas sobre las sábanas revueltas, con el culo en alto, las rodillas en el colchón. Saqué la pantimedia que aún colgaba del pie y la tiré al suelo. Él se colocó detrás al instante, me la metió entera, se quitó el jersey con la camisa y lo arrojó a un lado, me agarró por las caderas con fuerza, la sacó hasta la punta y volvió a entrar de golpe. Gemí más alto esta vez, excitándome aún más al ver que él no intentaba refrenar el ruido que estaríamos haciendo. En casa no podemos follar así, ni cuando no están los niños. Lo que me hacía gritar no sólo era el morbo de mi infidelidad o hacerlo en la cama de Marga con su propio marido, sino el cambio de ángulo, que hizo que su polla llegara directa al punto que llevaba meses desantendido.
Empezó a follarme con más ritmo, más bestia, el choque de nuestros cuerpos resonando por la casa. Yo me agarraba a las sábanas, oliendo la almohada de Marga, empujando hacia atrás para encontrarme con él. Vi la foto de familia en la mesita de noche con los tres niños y ella sonriendo a cámara, y me hizo sentir más sucia y más excitada. Y mientras él me follaba, no pude evitar fantasear con la idea de que mi cuñado no tenía ni idea de lo que estaba haciendo en ese momento, con otro hombre haciendo lo que estaba segura que era una fantasía en él. Estaba tan convencida de eso como de que me había vuelto a hacer una foto a escondidas en el coche, con la falda subida. Romu me sacó del pensamiento al darme con la polla en un punto que no me había dado antes y apreté la vagina como agradecida respuesta, haciendo que me gruñera un «joder, qué apretada estás».
De repente, se tensó, y me avisó que se corría con voz ahogada. Le dije que no había problema, al fin y al cabo, tomo la píldora y él es de fiar. Al darle vía libre me folló más fuerte, más rápido, haciendo golpear el cabecero contra la pared mientras yo me abandonaba a mis gemidos. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo latía, y luego el calor de su corrida llenándome entera, profunda, espesa. Paró de golpe, jadeando, sus manos sujetando mis muslos y la polla aún dentro unos segundos más, como si no quisiera salir.
Cuando la sacó, sentí la humedad que mojaba mi entrepierna, proveniente de mi flujo, el sudor y su esperma saliente. El silencio en la casa era sepulcral, hasta que empezamos a oír el sonido del tráfico y algún otro del edificio. El miedo llegó de golpe, como un cubo de agua fría. Quizás habíamos hecho demasiado ruido. Quizás Marga se daría cuenta. No lo hablamos, pero era evidente que él pensaba lo mismo que yo. Sin hablar apenas, nos aseamos por turnos en uno de los aseos. Me dio una pequeña toalla limpia que luego usó él tras limpiarse la polla. Salimos de la casa casi sin hablar, solo un «nos vemos» seco en el portal.
Dos pensamientos se entrelazaron en mi cabeza. El primero era que yo no había llegado al orgasmo, pues me había dado corte tocarme delante de él y tenía el coño hinchado y muy sensible. El otro era que no podía llegar al trabajo con buena parte de su semen aún dentro, mezclándose con el flujo que todavía recorría mi coño, aún bajo la influencia del polvazo. Así que mandé un mensaje a la oficina diciendo que llegaría más tarde por «un imprevisto familiar». Volví a casa sola, en taxi, con la cabeza llena de remordimientos que aún no sabían si eran de culpa o de ganas de repetirlo.
Llegué con las piernas menos temblorosas y el coño menos sensible. Tras cerrar la puerta, me quedé en el recibidor y me miré en el espejo. Pensé que quizás, por el calor del momento, había exagerado mis emociones. No estaba despeinada y la ropa estaba bien puesta. Me subí la falda y ahí estaban de nuevo, escondidas, las arrugas de las pantimedias. Me las estiré y pensé que esa mañana tres hombres distintos me habían visto hacer ese gesto. El coño me respondió con una palpitación. El silencio era absoluto en mi casa, como en la de Romu. Me dije que por cinco minutos más para mí, privados, no pasaría nada.
Me quité los zapatos de un puntapié, dejé el bolso en el suelo y fui directa al dormitorio. La persiana a medio bajar aún me daba la suficiente luz. Me excitó no tocar nada más de lo necesario, como si fuese una espía en mi propia casa. Me desnudé completamente, empezando por el sujetador y dejando para el final las braguitas mojadas. Las olí, y me empapé de mi esencia y del olor del semen de ese otro hombre que no compartía mi cama. Saqué de su escondite dos juguetes que tenía guardados, fuera del alcance de los niños, y me tumbé boca arriba.
Comprobé la limpieza del vibrador con forma de polla y que el succionador funcionaba perfectamente. Abrí las piernas y me apliqué sin preámbulos. Primero puse el succionador directamente sobre el clítoris hinchado, aún sensible por las embestidas de Romu, y el zumbido suave me hizo arquear la espalda al instante. Gemí bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Con la otra mano introduje el vibrador, despacio al principio a pesar de lo fácil que se metía por el exceso de lubricación, pero luego lo empujé hasta el fondo y lo puse en modo medio. No me esperaba la reacción inmediata de mi cuerpo a aquel doble estímulo. Cerré los ojos y fue como si el succionador tomase el control de mi mano temblorosa y supiese qué hacer para llevarme sin reservas a un estado en el que a una se le olvida respirar. Con la otra mano, metía y sacaba el consolador como si no fuese mi cuerpo, o como me lo estuviese metiendo mi cuñado dándome duro, por guarra, o fuese la polla desatada de Romu, o la de mi marido, castigándome merecidamente por ser tan puta.
El orgasmo llegó rápido. Pero no fue suficiente. El vibrador se quedó sin pilas acabando la primera sacudida, lo hizo de golpe y me dejó casi gimiendo de rabia, lo metí hasta el fondo y me concentré con el succionador, poniéndolo de lado para poder frotarme a la vez. Un espasmo que me sacudió entera me anunció la segunda parte del orgasmo. Fui relajando el vientre poco a poco, la espalda sudada, y aún convulsioné una vez más.
Después vino el silencio, otra vez. El remordimiento. Me levanté, me duché con agua muy caliente hasta que la piel se puso roja. A la hora de vestirme, me puse de nuevo la ropa que había llevado, por si mi marido se daba cuenta de algún cambio, con la salvedad de que me puse unas braguitas limpias muy similares a las que había llevado esa mañana. Salí a la calle como si nada hubiera pasado. En los días siguientes intenté no pensar en la próxima reunión de padres ni en Romu, ni en lo peligrosamente cerca que vivía del punto de encuentro. Más fácil fue no pensar en mi cuñado, a pesar de haber tenido la culpa de todo, por mirarme así y hacerme imaginar lo que podía estar pensando.
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