Me tiro a los alumnos en un club
A sus 43 años, Andrea creía conocer el placer, pero la noche en Sevilla le reserva una lección que nunca imaginó. Cuatro cuerpos jóvenes y atléticos, sus propios alumnos, le ofrecen un viaje sensorial donde el control se pierde escalón tras escalón. ¿Qué pasa cuando la autoridad de la profesora se rinde ante el deseo crudo de sus discípulos?
Me llamo Andrea, tengo 43 años y estoy especializada en dar cursos de coaching y motivación para empresas.
Me habían contratado para dar un curso en Sevilla, a 600 km. De mi casa, por lo que cuando cuatro de los alumnos del curso me propusieron ir a tomar algo para celebrar lo bien que había ido, no me pude resistir.
Total, mi marido no estaba en el hotel para esperarme y hacía mucho que no salía sola.
Me arreglé a conciencia. Dejé mi pelo suelto rubio cayendo por mi espalda, me compré un precioso vestido negro, era ajustado y el escote favorecía mi generoso busto.
Además me calcé los zapatos de tacón negro que había usado en el curso y unas medias de las que llegan a mitad de muslo.
Mis alumnos me vinieron a buscar al hotel.
Eran unos años más jóvenes que yo.
Antonio tenía veintiséis, Carlos veintiocho. Juan rondaba los treinta y dos y Damián treinta y seis. Todos eran bastante atractivos, se dedicaban al sector del deporte, eran instructores en un gimnasio de lujo dedicado a mujeres, por lo que sus cuerpos estaban muy trabajados.
La selección de personal había sido excelente.
Primero fuimos a cenar. No dejaron de coquetear conmigo, de comentarme lo buena profe que era y lo que habían disfrutado en el curso.
Después de tres botellas de vino reconozco que estaba bastante achispada, aunque lo estaba pasando de miedo.
Los chicos insistieron en llevarme a un club nuevo. Me hice un poco la remolona, aunque terminé accediendo.
Me gustaba sentirme atractiva, sobre todo teniendo en cuenta que aquellos tres elementos podrían estar con cualquiera y habían decidido pasar parte de su noche conmigo.
El club estaba ubicado en una zona algo alejada del centro, era un local con varias plantas al que accedimos sin dificultad. Los chicos conocían al portero.
Fuimos directos a la segunda planta. Tropecé en un escalón y Damián puso la mano en mi trasero para que no me cayera. Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo. Me disculpé por ser tan patosa y él me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No pasa nada. Por cierto, tienes un culo de escándalo. —Le reí la gracia. Sobre todo porque no podía compararlo con el suyo.
Una vez arriba nos sentamos en una mesa del reservado. Pidieron varias copas y yo opté por un Cosmo.
La música suave y la penumbra hicieron que me relajara. Antonio se sentó a mi lado, Juan, Carlos y Damián enfrente de nosotros. Me recosté en el sofá con el Cosmopolitan entre las manos. Me sorprendí de lo cómoda que estaba: relajada, sin la presión típica de cuando conoces a alguien y no sabes cómo actuar. Tenían miles de historias absurdas que contar y nunca se les acababa la conversación. Solté más de una carcajada y no dejé de tener la sensación de que los cuatro me deseaban.
El caso era que me lo estaba pasando bien, y la verdad no me lo esperaba, teniendo en cuenta que yo era una mujer más mayor que ellos y encima estaba casada.
—Decidme la verdad… os lo estáis inventando todo... ¿A que sí?
Los cuatro rieron sin darme una respuesta clara.
—Carlos es el peor de todos —me dijo Antonio al oído— siempre tenemos que rescatarle de las situaciones más absurdas…
Su aliento caliente me rozó el lóbulo de la oreja, y fue como si alguien hubiese encendido un interruptor dentro de mí. Me moví un poco en mi asiento, inquieta. Carlos me miró por encima del borde de su copa mientras tomaba un sorbo. ¿Estaba lanzándome una mirada seductora, o era mi imaginación?
—No es que sea el peor. Vosotros no os quedáis atrás —dijo.
—Pero sí el más inconsciente —respondió Damián, y volvieron a reír.
De repente fui consciente de mis alrededores, del calor, de los gemidos que se escuchaban en la oscuridad, siluetas moviéndose rítmicamente… y perdí el hilo de la conversación. No sabía de qué estaban hablando, pero cuando volví a prestarles atención estaban expectantes, como esperando a que yo dijese algo.
—¿Qué? —pregunté, porque realmente no me había enterado de lo que estaban diciendo. Estaba un poco… distraída. Y no era el alcohol, era el ambiente, que me estaba envolviendo poco a poco. Juan se inclinó un poco hacia delante, con su copa en la mano.
—Puedes probar un poco de cada uno. Ver si te gustamos. Estamos a tu disposición, será lo que tú quieras que sea… —dijo, con la voz ronca de deseo.
Oh dios. Así que de eso estaban hablando. Me pregunté cómo habían pasado de contar anécdotas de su trabajo a volver a insinuarse, pero me imaginé que yo no era la única afectada por el ambiente. Mentiría si dijera que no tenía curiosidad. No sé si era por la semioscuridad, que hacía que todo pareciesen susurros, o la gente en el resto de asientos, se encontraba en diferentes grados de desnudez, disfrutando del sexo en diferentes posturas… pero el aire estaba cargado de erotismo. Antonio me rozó un poco el muslo, con suavidad. Jadeé.
—¿Dónde me habéis traído?
—¿Tú qué crees? —Carlos se relamió. No podía dejar de mirar a mi alrededor.
—¿Qué dices? ¿Te animas? No tienes que compromerte a nada. Solo tienes que probar.
Si tengo que ser sincera, mi estado de ánimo no había cambiado mucho desde el principio de la noche, pero ahora también estaba un pelín intrigada… y húmeda, pero era nada más por la curiosidad, me dije a mí misma. Me volví hacia Antonio.
—¿En serio? ¿Me dejáis probaros a los cuatro? —pregunté traviesa. ¿Cuánto tiempo hacía que no estaba con hombres como esos. Demasiado.
Antonio asintió.
—Puedes hacer con nosotros lo que quieras. —Les di un repaso y noté mis pezones diros y expectantes, igual que ellos.
—¿Por quién empiezo?
Sonreí lentamente, y no pude dejar de mirarle las comisuras de los labios…
La música seguía sonando, pulsante, por debajo de los susurros y gemidos, y añadía un grado más de sensualidad al ambiente.
Juan, que estaba sentado en el sofá frente a mí, se desabrochó el pantalón y liberó su sexo duro y erecto. No pude apartar los ojos. Era grande, dura… perfecta. Un poco escorada hacia la derecha, con una maravillosa curva que tenía que sentirse increíble dentro de mí. Me pasé la lengua por los labios. De repente tenía la boca seca.
Cogí mi copa y bebí un sorbo. La verdad era que por probar no perdía nada. Aún así estábamos en público, así que lo primero que hice fue mirar a mi alrededor. No había nadie mirando y quienes estaban en el resto de sofás estaban a lo suyo. Lo segundo que hice fue levantarme y acercarme a Juan. Me quedé de pie a su lado, sin moverme. Él cogió la indirecta, subió una mano por mi muslo hasta encontrar mi tanga y lo deslizó por mis piernas. Acabó en mis tobillos; di un paso para dejarlo atrás. Vi con el rabillo del ojo como uno de ellos —Antonio— se lo guardaba en el bolsillo de sus pantalones.
Me levanté la falda y me senté encima de Juan, poco a poco. No había necesidad de ir despacio. Estaba más húmeda de lo que pensaba. Me sorprendí. Cuando la tuve metida hasta adentro se me escapó un gemido, no pude evitarlo.
—Ah.
Cerré un poco los ojos. Le sentí duro y caliente dentro de mí, pulsante. Me llenaba bastante y, como había anticipado, la curvatura era una ventaja. Abrí los ojos y empecé a moverme, lentamente. No tuve que hacer ningún esfuerzo, porque enseguida Antonio se situó detrás de mí y me cogió de las nalgas, subiendo y bajándome, clavándome en Juan una y otra vez. No estaba mal. No estaba nada mal. Juan estaba quieto, muy quieto, mordiéndose el labio y con las manos agarrándose al borde del sofá, supuse que para no correrse. Todos estábamos vestidos, quitando mi falda hasta la cintura y la bragueta abierta de él.
—¿Qué tal? —preguntó uno de ellos.
—Bien… muy bien —respondí, con un pequeño gemido. Mejor de lo que esperaba, de hecho. Estaba sorprendentemente excitada, y o mucho me equivocaba o… El orgasmo me sorprendió, por lo rápido y fácil. Cuando lo noté llegar empecé a subir y bajar yo, y ya no hizo falta que Antonio me ayudase. —¡Ah, ah, aaaaah! Me apoyé en Juan, mi frente contra la suya, temblando.
—Joder —dijo él, y por su tono de voz supe que había hecho un esfuerzo infinito para no correrse conmigo. Sonreí. Había sido una sorpresa y no me lo esperaba, y le besé suavemente en los labios.
—¿Quieres probar otra? —preguntó Carlos, a su lado. Le miré, la piel oscura brillando en la penumbra, y le sonreí. Por qué no. Todavía sentada en Juan, vi cómo se desabrochaba los pantalones. Tragué saliva. Era enorme, y oscuro. No era tanto la largura, que también, como la anchura. Si tenía que ser sincera, me preocupaba un poco. Le miré fijamente mientras se enrollaba el condón.
—Ven aquí —dijo. No me lo pensé. Me levanté con cuidado de Juan —todavía estaba intentando no correrse, los ojos cerrados y me situé sobre Carlos.
Empecé a bajar poco a poco. Muy poco a poco. Esta vez empecé a gemir desde el principio.
—¿Qué te parece?
—Es… es muy grande —dije, con la voz entrecortada—. No sé si voy a poder…
—Claro que sí, cariño —dijo Carlos, sujetándome por las caderas—. Estás muy caliente y húmeda, ya verás como sí… También estaba muy sensible de la polla de Juan, y cuanto más me metía de la Carlos, más perdía el sentido. Estaba empezando a estar muy, muy excitada. Mucho más de lo que me imaginaba.
—¡Oh dios! —dije, cerrando los ojos, apretando los dientes—. Creo que me voy a correr…
—¿Otra vez? ¿Tan pronto? —escuché decir a Carlos, sorprendido y complacido al mismo tiempo. Entonces fue cuando me senté del todo, empalándome en su polla. No había otra palabra: empalarme.
—¡Sí, sí, sí!
Empecé a moverme arriba y abajo, sintiéndolo llegar, iba a ser más intenso que el anterior… Mi marido no la tenía así de ancha. Carlos me agarró de las caderas y me movió en círculos, ayudándome con la penetración, ensanchándome cada vez más…
—Así, muy bien, sí, sigue así… joder Andrea, qué caliente estás, qué estrecho tienes el coño… ah, me va a costar un montón no correrme…
—¿Te gusta? ¿Te gusta la polla de Carlos? —preguntó Damián a mi lado.
—Sí, joder, me encanta… ah, qué bien, qué rico… es muy grande… mmmm…
Damián metió su mano por debajo de mi falda y puso los dedos por donde estábamos unidos. —Está dentro entera… joder, Andrea. Casi nadie puede meterse a Carlos entero, es enorme… Damián me acarició ligeramente el clítoris y me corrí otra vez, más violentamente que la anterior, temblando, subiendo y bajando, sin poder parar, sin querer hacerlo. Carlos me ayudó empujando hacia arriba, llenándome una y otra vez… cuando terminé aún seguía duro dentro de mí. Me pasó los nudillos por la mandíbula, acariciándome la cara.
—¿Estás bien? —preguntó. Asentí con la cabeza—. ¿Te atreves con Damián?
Me mordí el labio inferior. Me estaba pasando algo que no esperaba, cada vez estaba más hambrienta, cada vez tenía ganas de más. Lo que había empezado como un juego, una forma de distraerme, de quitarme el aburrimiento, estaba resultando ser justamente lo que necesitaba.
—La mía es la más pequeña… —dijo Damián sonriendo, cuando me posicioné sobre él, una pierna a cada lado de las suyas, sobre el sofá. Me senté en su polla, sin preliminares, me la clavé del todo de un solo movimiento, y cerré los ojos. Pequeña no era la palabra, la palabra era normal. Lo agradecía, después de la locura de Carlos. Además, estaba totalmente sensibilizada, solo con el roce ya me estaba volviendo loca. Empecé a moverme, más que antes, a subir y a bajar, a rotar las caderas…
—Vamos Andrea vamos… dinos qué opinas de la polla de Damián… es la tercera. La voz de Antonio sonaba ronca, grave, como si estuviese súper excitado.
—Me encanta. Estoy a cien, sois los mejores… ah… qué bien, qué bien… Cómo me gusta… —Damián tiró de mi escote hacia abajo y dejó salir mis tetas.
—Joder, ¡menudos pezones tiene! —Damián se puso a succionarlos con ahínco y yo me volvía loca.
Intenté agarrarme a los últimos hilos del control que me quedaba. Imposible. Lo estaba perdiendo por momentos… Damían me llenó los pechos de baba, chupetones y mordiscos, mientras yo gritaba. Me daba igual si alguien me escuchaba. Me corrí mojándolo por completo.
—¿Quieres probar la última? ¿Quieres probar a Antonio?
Lo de la última me sonó fatal. No quería que fuese la última. Quería seguir toda la noche con ellos.
—Sí sí, por favor sí…
Esta vez fueron ellos quienes me sacaron de Damián y me sentaron encima de Antonio, que se había sentado en el hueco que Carlos le había dejado libre.
De golpe, sin concesiones, su polla entró en mí y los primero que hice fue gemir, un gemido alto y claro. Me di cuenta, en el fondo de mi mente, de que había gente en el pasillo, gente mirándonos. Nuestra pequeña fiesta, yo pasando por cada uno de ellos, no había pasado desapercibida. Ni mis orgasmos, supuse.
—Ah, por favor, por favor… —dije mientras me movía erráticamente, el control una cosa del pasado.
—Por favor, ¿qué? —preguntó Antonio, la voz estrangulada.
—Por favor fóllame, fóllame bien… fuerte… Me cogió de las caderas y eso fue lo que hizo, subirme y bajarme, una y otra vez, hasta que le cogí de los hombros y empecé a convulsionar. Otra vez. Estaba supersensibilizada, podría correrme durante horas seguidas…
—¡Ah, ah ah! ¡Me corro, me corro! —avisé para los hombres que me rodeaban, y sinceramente, para toda la planta de arriba, con los gritos que estaba pegando. Uno de ellos me cogió de las nalgas y me movió en círculos. Ya no sabía quién me estaba tocando, quién me estaba pellizcando los pezones, quién me estaba besando. Quién tenía dos dedos en mi clítoris para intensificar mi orgasmo mientras me corría, temblando encima de Antonio. Eran todos y era yo, y era lo que quería, el control totalmente perdido, solo placer, era como si fuese solamente mi piel, mi placer lo que contase.
Estaba enloquecida, descontrolada, fuera de mí. Apoyé la frente en la de Antonio, que también había conseguido no correrse, aguantar durante mi orgasmo. Los demás hombres seguían acariciándome las nalgas, los pechos…
—¿Qué te ha parecido? ¿Te hemos gustado? —me preguntó Carlos, al oído—. ¿Quieres que sigamos?
—Sí, por favor —respondí sin dudarlo.
—Muy bien porque vamos a subirte al escenario. —Sin que pudiera decir nada me vi desprovista del vestido y alzada por ellos cuatro hasta la cima más alta, donde un foco iluminaba mi cuerpo frente a todos los presentes, solo cubierto por las medias y los tacones.
Mis cuatro amantes erectos y dispuestos subieron para hacer de aquella noche un inolvidable.
Aquello no había hecho más que empezar. Afortunadamente para mí.
*****
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