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El gitano del mercadillo (IV)

La chapa fría contra mi espalda terminó de anclarme al presente. Abelardo seguía mirándome en el espejo, pero ya no con burla. Había algo más urgente en sus ojos. Algo que no pedía permiso.

Felicia CP3.7K vistas

La chapa fría contra mi espalda terminó de anclarme al presente. Abelardo seguía mirándome en el espejo, pero ya no con burla. Había algo más urgente en sus ojos. Algo que no pedía permiso.

—No me hables como si fueras dueño de nada —le dije, girándome hacia él.

Mi voz no tembló esta vez. Él sonrió, lento.

—Entonces dime qué quieres.

La pregunta quedó suspendida entre los dos, más peligrosa que cualquier roce. Afuera, alguien gritó una oferta. Una mujer rió. El mundo seguía a escasos metros, separado de nosotros por una puerta mal cerrada. Di un paso hacia él. No me arrastró. No me sujetó primero. Fui yo quien redujo la distancia.

Sentí su mano en mi cintura casi al mismo tiempo que la mía se apoyaba en su pecho. Era firme, duro, real. No había delicadeza en el gesto, pero tampoco violencia. Era un reconocimiento físico, casi primitivo.

—Solo esto —murmuré.

No era una declaración de amor. Era una concesión al instante.

Su boca bajó a mi cuello con una urgencia contenida. No fue un beso tierno; fue una presión caliente, marcada, que me hizo cerrar los ojos. Mis dedos se aferraron a su camiseta sin pensarlo, como si necesitara confirmar que aquello estaba ocurriendo de verdad. El encaje rojo era una frontera mínima entre piel y piel., me quedaba de maravilla.

El ruido del mercadillo se filtraba como un recordatorio constante de lo que arriesgábamos. Cada paso cercano al exterior hacía que el pulso se me disparara. Ese peligro no frenaba el deseo; lo intensificaba.

Abelardo me sostuvo por las caderas, acercándome con decisión. Su respiración era áspera, mezclada con café y tabaco, cosa que en otro contexto me hubiera dado asco, pero que ahora me excitaba. No me habló con dulzura. No prometió nada. Solo me miró, oscuro, afirmando con el cuerpo lo que ya estaba decidido.

—Todas las payas sois iguales— dijo.

Toleré su comentario, ya todo me ponía caliente. No hubo romanticismo. Solo el choque de dos voluntades que se reconocen y se consumen en un instante robado.

Cuando el silencio regresó, solo interrumpido por el murmullo lejano del mercado, sentí el latido en las sienes y el peso de lo que acababa de hacer. Abelardo me sostuvo la mirada un segundo más, sin sonrisa ahora.

—Ya sabes cómo sois —murmuró.

Pero esta vez no sonó a desprecio. Sonó a constatación. Me aparté despacio. Ajusté mi ropa. Mis manos estaban firmes. No me sentía avergonzada. Me sentía despierta. Y eso, comprendí mientras corría apenas la cortina y dejaba que la luz me tocara el rostro, era mucho más peligroso que el propio acto.

***

Abelardo fue el primero en apartarse. Lo hizo con un resoplido largo, casi animal, apoyando una mano contra la pared metálica como si necesitara sostenerse. Su pecho subía y bajaba con respiración agitada. El brillo en sus ojos ya no era desafío; era agotamiento satisfecho.

Yo, en cambio, me sentía extrañamente serena.

No porque lo que hubiera ocurrido fuera pequeño—al menos por en lo que respectaba a su miembro—. Al contrario. Pero dentro de mí no había tormenta, sino una especie de claridad nueva. Como si algo que llevaba años comprimiendo hubiese encontrado salida.

Bajé la vista. Entre mis muslos, descendía un río de su masculinidad, tibio aún, que trazaba un camino lento hacia las rodillas. La imagen me golpeó más que el acto mismo. Era la prueba tangible de que había cruzado la línea. Él me alcanzó una prenda cualquiera de las que colgaban en los percheros para que me limpiase. Quizá fue el gesto más amable del encuentro.

No sentí vergüenza. Sentí una sacudida íntima.

Con movimientos tranquilos —casi ceremoniales— me subí las braguitas, ajustando el encaje rojo sobre la piel todavía sensible. Me alisé la falda. Me recompuse el cabello frente al espejo diminuto, donde la mujer que me devolvía la mirada tenía las mejillas encendidas y los labios ligeramente hinchados.

Abelardo me observaba desde el otro lado del espacio estrecho. Ya no había burla en su expresión. Tampoco ternura. Solo una especie de reconocimiento callado. Se pasó la mano por la boca y dijo, con voz más ronca de lo habitual:

—Te regalo la prenda. No hace falta que la pagues.

No era generosidad. Era un cierre. Una manera de marcar que aquello no había sido transacción, sino otra cosa.

Asentí. No le di las gracias. Corrí la cortina. Empujé la puerta. La luz del mediodía me golpeó el rostro con una violencia casi simbólica.Y allí estaban: Carlota, inmóvil detrás del puesto, con las manos apoyadas sobre una pila de camisones. Su rostro era una máscara dura, pero sus ojos eran cuchillas. No necesitaba preguntar nada. Rafael, a un par de pasos, con las manos aún en los bolsillos. No parecía enfadado. Tampoco confundido. Parecía atento. Nos miramos.

No sé cuánto duró ese instante. Sentí cómo mi cuerpo aún vibraba bajo la ropa. Sentí el encaje ajustado contra la piel. Sentí el recuerdo físico todavía húmedo entre los muslos. Rafael bajó la mirada un segundo. Apenas un segundo. Lo suficiente. Lo sabía. No dijo nada. Carlota tampoco.

Pero entre los cuatro se extendió una corriente espesa, eléctrica, hecha de conocimiento compartido y silencios pactados. Abelardo salió detrás de mí, ya recompuesto, y se colocó junto a su mujer como si nada extraordinario hubiera sucedido. El mercadillo seguía su curso. Una mujer pedía una talla. Un niño lloraba. Alguien continuaba gritando ofertas.

El mundo no se había detenido. Pero yo sí había cambiado. Y lo más inquietante no era que Rafael lo supiera. Era que, al mirarlo, no vi reproche. Vi deseo.