Xtories

Profesora chantajeada por los amigos de su hijo 5

Cinco hombres la esperan desnudos, pero ella es quien lleva el mando. Dora no pide permiso; dicta las reglas, exige las rotaciones y controla cada orgasmo. Esta noche, el hotel Ibis se convierte en su escenario, y ella es la única reina.

Tinta errante4.8K vistas

Dora llegó al Hotel Ibis a las 18:50 exactas. No había tráfico, no había excusas. Había decidido la hora ella misma, igual que había decidido todo lo demás: el vestidito negro de lycra elástica que se le pegaba como una segunda piel, tan corto que cada vez que daba un paso se le veía el comienzo del culo y el brillo húmedo de su coño depilado. Sin bragas, por supuesto. Tacones de aguja de 12 cm, rojos, que hacían que sus piernas parecieran interminables. Los labios hinchados de tanto chupar en los últimos días, pintados con gloss rojo brillante que parecía sangre fresca.

Subió sola en el ascensor. Se miró en el espejo: ojos brillantes, pezones marcados bajo la lycra, el vestido ya mojado entre las piernas. Sonrió. Era exactamente lo que quería.

Llamó a la puerta de la 512 con dos golpes suaves. Se abrió antes de que terminara el segundo.

Los cinco estaban dentro. Desnudos, ya duros, alineados como si hubieran estado esperándola desde hacía horas. La habitación olía a colonia cara y a polla caliente. La cama king size estaba sin sábanas, solo el colchón con una funda de plástico debajo (ella lo había pedido por mensaje). Una cámara en trípode grababa desde la esquina, luz roja encendida.

Dora cerró la puerta con el talón, echó el pestillo y se quedó un segundo mirándolos. Luego sonrió como la zorra más feliz y orgullosa del planeta y habló con voz clara, calmada, casi dulce:

—Esto es porque yo quiero. Nadie me obliga. Quiero que me rotéis por la boca, el coño y el culo toda la noche… pero siempre una polla cada vez. Quiero sentir cada centímetro entrando y saliendo despacio. Y quiero correrme hasta que me mee encima como una cerda.

Se quitó el vestidito por la cabeza de un solo movimiento. Quedó completamente desnuda salvo los tacones. Las tetas perfectas, duras, pezones como piedras. El coño ya hinchado, abierto, chorreando un hilito transparente que le bajaba por el muslo.

Se dejó caer de rodillas en la moqueta. Abrió la boca todo lo que pudo, sacó la lengua plana y esperó.

El primero —alto, polla gruesa y venosa— se acercó. Dora lo miró a los ojos mientras lo engullía entero. Hasta el fondo. Sin arcadas. La garganta se abrió como si estuviera hecha para eso. Empezó a babar inmediatamente: hilos gruesos de saliva que le caían por la barbilla, por las tetas, por el vestido tirado en el suelo. El sonido era obsceno: glug-glug-glug húmedo, constante.

Los otros cuatro se acariciaban despacio, mirando cómo la garganta de Dora se hinchaba con cada embestida lenta. Ella gemía alrededor de la polla, ojos llorosos de placer, manos en los muslos del chico para tirar de él más profundo.

Después de tres minutos exactos, el primero salió de su boca con un “pop” mojado. Dora jadeó, saliva colgando de los labios, y dijo con voz ronca:

—Siguiente… quiero una en el coño ahora.

El segundo se arrodilló detrás de ella. Dora se puso a cuatro patas, culo en pompa, espalda arqueada. El chico puso la punta contra su entrada empapada y empujó despacio, centímetro a centímetro, tal como ella había pedido. Dora soltó un gemido largo y tembloroso cuando lo sintió llegar al fondo.

—Dios… sí… así… despacito…

Empezó a mover las caderas hacia atrás, follándose ella misma, lenta, profunda. El chico solo tenía que quedarse quieto y dejar que ella marcara el ritmo.

A los cuatro minutos de esa penetración lenta y deliciosa, Dora empezó a temblar. Sus muslos se tensaron. Los tacones se clavaron en la moqueta. De repente soltó un grito agudo y un chorro potente de squirt salió disparado alrededor de la polla que la estaba follando, salpicando las piernas del chico, el suelo, sus propios tacones.

—¡Me corro! ¡Joder, me corro ya!

El orgasmo la sacudió entera. Siguió corriéndose durante casi veinte segundos, chorros intermitentes que empapaban todo. Cuando por fin bajó la intensidad, jadeando, miró por encima del hombro y susurró:

—No pares… sigue metiéndomela despacio… quiero el siguiente orgasmo ya…

Y sonrió, todavía temblando, con la cara llena de saliva y los ojos brillantes de lujuria.

El chico que la estaba follando por detrás obedeció sin decir una palabra. Mantuvo exactamente el mismo ritmo lento, profundo, casi hipnótico: sacaba la polla hasta que solo quedaba la punta rozando los labios hinchados de Dora, y luego volvía a entrar hasta el fondo, centímetro a centímetro, dejando que ella sintiera cada relieve, cada vena, cada latido.

Dora tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta, jadeando contra la moqueta. Sus tetas se balanceaban con cada embestida. El coño le chorreaba sin parar, un hilito constante que ya había formado un charquito debajo de ella.

De pronto volvió a tensarse. Los muslos le temblaron. Los tacones rojos se clavaron en el suelo.

—Ahí… justo ahí… no aceleres… —suplicó con voz rota.

Y explotó otra vez.

Esta vez el squirt fue aún más violento. Un chorro largo, casi horizontal, que salió disparado alrededor de la polla y salpicó las piernas de los tres chicos que esperaban delante, la pared del fondo y hasta el espejo del armario. Dora gritó como una loca:

—¡Me estoy meando de gusto! ¡Mirad cómo squirt como una cerda! ¡No pares, joder, no pares!

El orgasmo duró casi treinta segundos. Chorros intermitentes, cada vez más débiles pero igual de abundantes. Cuando por fin se calmó, estaba temblando de pies a cabeza, el pelo pegado a la cara por el sudor y la saliva.

Respiró hondo, miró por encima del hombro al chico que aún la tenía dentro y le sonrió como una diosa sucia:

—Saca… quiero una polla en la boca ahora. Y quiero que otro me empiece a follar el culo… despacito, como os he dicho.

El que estaba detrás salió con un sonido húmedo y obsceno. Dora se quedó un segundo a cuatro patas, coño abierto, palpitando, chorreando una mezcla de sus squirts y sus jugos.

El tercero —el que había estado esperando con la polla dura y brillante de precum— se puso delante. Dora abrió la boca y lo tragó entero de una vez, hasta que la nariz tocó su pubis. Empezó a babar de nuevo, hilos gruesos que caían sobre sus tetas y goteaban al suelo.

Al mismo tiempo, el segundo chico se colocó detrás, puso la punta contra su culito perfectamente depilado y empujó… muy despacio. Dora gimió alrededor de la polla que tenía en la garganta, un gemido largo y vibrante que hizo que el chico de delante temblara.

Centímetro a centímetro, el culo de Dora se fue abriendo, tragándose la polla entera. Cuando la tuvo completamente enterrada, Dora soltó la polla de la boca un segundo para jadear:

—Dios… qué llena estoy… seguid así… quiero sentir las dos a la vez, pero despacio… muy despacio…

Y volvió a engullir la polla de delante hasta la garganta.

Durante los siguientes quince minutos la tuvieron así: una polla entrando y saliendo lenta de su culo, otra follándole la boca con la misma lentitud. Dora se corrió dos veces más. La primera fue un squirt que salió disparado hacia abajo y empapó las rodillas del chico que la follaba por el culo. La segunda fue tan fuerte que le mojó los tobillos y los tacones otra vez.

Cuando bajó el segundo orgasmo, Dora sacó la polla de la boca, escupió un hilo grueso de saliva y dijo con voz ronca, mirando a los otros tres que esperaban:

—Cambiad… quiero otra en el coño ahora. Y seguid rotando. No quiero que pare nunca.

Sonrió, con la cara llena de saliva, los ojos brillantes de pura lujuria, y se lamió los labios.

—Quiero sentir cada una de vuestras pollas… una por una… durante horas.

El chico que la estaba follando por detrás obedeció sin decir una palabra. Mantuvo exactamente el mismo ritmo lento, profundo, casi hipnótico: sacaba la polla hasta que solo quedaba la punta rozando los labios hinchados de Dora, y luego volvía a entrar hasta el fondo, centímetro a centímetro, dejando que ella sintiera cada relieve, cada vena, cada latido.

Dora tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta, jadeando contra la moqueta. Sus tetas se balanceaban con cada embestida. El coño le chorreaba sin parar, un hilito constante que ya había formado un charquito debajo de ella.

De pronto volvió a tensarse. Los muslos le temblaron. Los tacones rojos se clavaron en el suelo.

—Ahí… justo ahí… no aceleres… —suplicó con voz rota.

Y explotó otra vez.

Esta vez el squirt fue aún más violento. Un chorro largo, casi horizontal, que salió disparado alrededor de la polla y salpicó las piernas de los tres chicos que esperaban delante, la pared del fondo y hasta el espejo del armario. Dora gritó como una loca:

—¡Me estoy meando de gusto! ¡Mirad cómo squirt como una cerda! ¡No pares, joder, no pares!

El orgasmo duró casi treinta segundos. Chorros intermitentes, cada vez más débiles pero igual de abundantes. Cuando por fin se calmó, estaba temblando de pies a cabeza, el pelo pegado a la cara por el sudor y la saliva.

Respiró hondo, miró por encima del hombro al chico que aún la tenía dentro y le sonrió como una diosa sucia:

—Saca… quiero una polla en la boca ahora. Y quiero que otro me empiece a follar el culo… despacito, como os he dicho.

El que estaba detrás salió con un sonido húmedo y obsceno. Dora se quedó un segundo a cuatro patas, coño abierto, palpitando, chorreando una mezcla de sus squirts y sus jugos.

El tercero —el que había estado esperando con la polla dura y brillante de precum— se puso delante. Dora abrió la boca y lo tragó entero de una vez, hasta que la nariz tocó su pubis. Empezó a babar de nuevo, hilos gruesos que caían sobre sus tetas y goteaban al suelo.

Al mismo tiempo, el segundo chico se colocó detrás, puso la punta contra su culito perfectamente depilado y empujó… muy despacio. Dora gimió alrededor de la polla que tenía en la garganta, un gemido largo y vibrante que hizo que el chico de delante temblara.

Centímetro a centímetro, el culo de Dora se fue abriendo, tragándose la polla entera. Cuando la tuvo completamente enterrada, Dora soltó la polla de la boca un segundo para jadear:

—Dios… qué llena estoy… seguid así… quiero sentir las dos a la vez, pero despacio… muy despacio…

Y volvió a engullir la polla de delante hasta la garganta.

Durante los siguientes quince minutos la tuvieron así: una polla entrando y saliendo lenta de su culo, otra follándole la boca con la misma lentitud. Dora se corrió dos veces más. La primera fue un squirt que salió disparado hacia abajo y empapó las rodillas del chico que la follaba por el culo. La segunda fue tan fuerte que le mojó los tobillos y los tacones otra vez.

Cuando bajó el segundo orgasmo, Dora sacó la polla de la boca, escupió un hilo grueso de saliva y dijo con voz ronca, mirando a los otros tres que esperaban:

—Cambiad… quiero otra en el coño ahora. Y seguid rotando. No quiero que pare nunca.

Sonrió, con la cara llena de saliva, los ojos brillantes de pura lujuria, y se lamió los labios.

—Quiero sentir cada una de vuestras pollas… una por una… durante horas.

Dora apenas había terminado de decirlo cuando los cinco se pusieron en movimiento como una máquina perfectamente engrasada.

Segunda ronda completa. Ahora ya sabían exactamente cómo le gustaba: lento, profundo, sin piedad en la lentitud. Pero esta vez un poco más fuerte. Solo un poco. Lo suficiente para que cada embestida le hiciera temblar las tetas y le arrancara gemidos guturales.

El primero volvió a su boca. Dora lo recibió con la garganta abierta, tragándoselo hasta los huevos mientras el tercero se enterraba de nuevo en su coño con un golpe más seco que los anteriores. El sonido fue brutal: plap… plap… plap lento pero pesado, cada vez que la polla gruesa chocaba contra su cervix.

—Así… joder… más fuerte pero despacio… quiero sentir cómo me rompes por dentro…

Se corrió a los noventa segundos. Un squirt tan violento que salió en dos chorros seguidos, como si se estuviera meando de verdad. El líquido caliente salpicó las piernas del chico que la follaba por el coño, le mojó los abdominales y cayó al suelo con un chapoteo audible. Dora gritó alrededor de la polla:

—¡Me estoy corriendo como una puta fuente! ¡Miradme! ¡Soy una cerda en celo!

No la dejaron bajar. Rotaron otra vez. Ahora boca + culo. El segundo se metió en su culito con más decisión, empujando más fuerte pero manteniendo el ritmo lento que ella había exigido. Dora arqueó la espalda tanto que casi se le disloca, los tacones clavados en la moqueta empapada.

Tercer orgasmo de la ronda: cuando el chico del culo empezó a rotar las caderas mientras ella tenía otra polla hasta la garganta. El squirt salió hacia atrás, empapando los huevos del que la follaba por el culo y chorreando por sus propios muslos hasta los tacones. Temblaba tanto que los tacones patinaban en el charco.

—Cambiad… coño otra vez… quiero la más gruesa… quiero que me destrocéis el coño despacio…

El cuarto volvió a entrar en su coño. Esta vez no fue suave. Fue lento, sí, pero con fuerza. Cada vez que entraba hasta el fondo le golpeaba el culo con los huevos. Dora se corrió inmediatamente, un squirt que salió disparado hacia delante y mojó el pecho del chico que tenía delante.

—¡Sí! ¡Así! ¡Llenadme el coño! ¡Quiero sentir cómo me rebosáis aunque todavía no os corráis!

Cuarto squirt de la ronda. Quinto. Sexto. Ya no distinguía dónde terminaba un orgasmo y empezaba el siguiente. Estaba en un bucle continuo de placer líquido. El suelo parecía una piscina. La moqueta estaba oscura, empapada. Sus tacones rojos brillaban cubiertos de sus propios fluidos. El olor a sexo era tan denso que casi se podía masticar.

Después de que cada uno hubiera pasado otra vez por los tres agujeros, Dora estaba jadeando, temblando, con la cara llena de saliva, lágrimas de placer y restos de precum. El coño y el culo le palpitaban abiertos, rojos, chorreando sin parar.

Se dejó caer de lado un momento, respirando como si hubiera corrido una maratón, pero enseguida levantó la cabeza y miró a los cinco con ojos de puta completamente ida:

—Ahora… quiero que me folléis más fuerte. De verdad más fuerte. Quiero que me uséis como a una muñeca de carne. Pero todavía no os corráis. Quiero sentir cómo os hincháis dentro de mí… quiero que me folléis hasta que no pueda ni hablar… y luego… luego sí… quiero que empecéis a llenarme.

Se puso de rodillas otra vez, temblando, coño y culo goteando semen de sus propios jugos, y abrió la boca.

—Rotad otra vez. Boca, coño, culo. Más fuerte. Hacedme gritar. Hacedme squirt hasta que la habitación huela solo a mí.

Sonrió, con la cara sucia y los ojos brillantes, y susurró:

—Soy vuestra puta de agua… usadme hasta que no pueda más.

Los cinco la miraron un segundo, como confirmando que realmente lo quería así. Luego la cogieron entre todos y la pusieron de pie un instante, solo para tirarla boca arriba sobre el colchón empapado. Las sábanas de plástico crujieron bajo su espalda. Los tacones quedaron colgando fuera del borde, rojos, brillantes de squirt.

Ahora sí: sin piedad.

El primero se le echó encima en misionero y la penetró con un golpe seco, fuerte, profundo. Dora gritó, voz ya ronca:

—¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame como a una puta de verdad!

Empezó a embestirla con fuerza pero controlada, cada golpe haciendo que sus tetas rebotaran y que el coño le chapoteara. A los cuarenta segundos Dora ya estaba corriéndose otra vez: un squirt que salió disparado hacia arriba, le mojó las tetas, la cara y salpicó al chico que tenía encima. Gritó con la voz quebrada:

—¡Me corro! ¡Llenadme! ¡Quiero creampies calientes dentro!

No paró. El segundo tomó su lugar sin sacar del todo la polla anterior; solo un cambio rápido. Ahora la follaban más rápido, más duro, pero aún rotando cada dos o tres minutos. Dora ya no hablaba, solo gemía y gritaba palabras sueltas:

—¡Más fuerte! ¡Rompedme! ¡Quiero que me llenéis!

Tercer squirt brutal: cuando el tercero la puso de lado, pierna levantada, y la taladró el coño con golpes cortos y potentes. El chorro salió lateral, empapando la pared y la mesilla de noche. Dora temblaba tanto que los tacones golpeaban el colchón como si tuviera un ataque.

—Quiero… correrme… dentro… —jadeó, voz casi rota—. Empezad a llenarme… por favor… necesito sentirlo…

El primero fue el que cedió primero.

La tenía en misionero otra vez, follándola con fuerza, sudando, huevos golpeando su culo. De repente gruñó, se enterró hasta el fondo y se corrió. Dora sintió el primer chorro caliente, grueso, disparado contra su cervix. Abrió los ojos como platos y gritó de puro placer:

—¡Sííí! ¡Lléname el coño! ¡El primero… joder, qué caliente!

Siguió corriéndose dentro durante largos segundos. Cuando sacó la polla, un río blanco espeso le salió del coño, chorreando por su culo y cayendo al colchón. Dora metió dos dedos, recogió semen y se lo llevó a la boca, lamiéndolo con gusto.

—Siguiente… quiero otro creampie ya…

El cuarto entró en su coño todavía palpitante, todavía lleno del primero. La folló más fuerte que nunca, golpes secos, rápidos. Dora se corrió otra vez con un squirt que salió mezclado con el semen del anterior, salpicando todo. A los dos minutos el cuarto también explotó dentro: otro creampie abundante, caliente, que la hizo arquear la espalda y gritar:

—¡Dos! ¡Ya tengo dos dentro! ¡Más! ¡Quiero más!

El tercero la puso a cuatro patas y la folló por el culo, fuerte, profundo. Dora chillaba, voz ya casi sin fuerza:

—¡En el culo también! ¡Quiero sentirlo todo!

Se corrió con un squirt que le mojó las rodillas y los antebrazos. El tercero aguantó un poco más, pero al final se corrió dentro de su culo, llenándola con chorros largos y espesos. Cuando salió, el semen le chorreaba por el coño y los muslos, mezclándose con todo lo demás.

Dora estaba temblando incontrolablemente, coño y culo rebosando, cuerpo cubierto de sudor, saliva y semen. Miró a los dos que aún no se habían corrido y susurró, casi sin voz:

—Ahora vosotros… quiero que me llenéis el coño los dos… uno detrás del otro… y luego uno en la boca… quiero tragar el último…

Se puso de rodillas en el colchón, tambaleándose, coño abierto y chorreando semen por los muslos, y abrió la boca como una puta hambrienta.

—Venid… usadme… llenadme hasta que rebose…

Dora seguía de rodillas en el colchón empapado, tambaleándose, coño y culo abiertos, chorreando los tres creampies que ya llevaba dentro. El semen blanco y espeso le bajaba por los muslos en gruesos hilos, mezclándose con sus propios squirts. Tenía la cara roja, el pelo pegado, los labios hinchados y brillantes. Y aun así sonrió como una diosa sucia cuando vio a los dos últimos acercarse.

—Venid… —susurró con voz rota, casi sin fuerza—. Quiero el tercero en el coño… y el último en la boca. Llenadme hasta que no pueda más.

El segundo chico la cogió por las caderas, la levantó un poco y la empaló de un solo golpe fuerte. Dora soltó un grito ahogado, los ojos en blanco. Ya estaba tan llena, tan sensible, que cada embestida le hacía temblar entero el cuerpo. Él la folló con fuerza, sin piedad, golpeando fondo cada vez. El sonido era brutal: chap-chap-chap húmedo, semen saliendo a borbotones con cada salida.

Dora se corrió casi inmediatamente. Un squirt mezclado con semen que salió disparado hacia delante, empapando el pecho del chico y salpicando el colchón otra vez.

—¡Tres! ¡Ya tengo tres creampies en el coño! ¡Joder, me estáis destrozando!

Él aguantó solo dos minutos más. De repente se enterró hasta el fondo, gruñó y explotó. Dora sintió el cuarto chorro caliente disparado contra su cervix, tan abundante que inmediatamente empezó a rebosar. Cuando él sacó la polla, un río blanco espeso salió de su coño como una cascada, cayendo al colchón con un sonido húmedo y obsceno.

Dora jadeaba, temblando, pero no tuvo tiempo de recuperarse.

El quinto —el último— se puso delante de ella. Dora levantó la cabeza, abrió la boca todo lo que pudo y lo engulló entero. Lo chupó como una puta desesperada, garganta profunda, babando a chorros, mirándolo a los ojos mientras él le follaba la boca con fuerza.

—Quiero tragar… —murmuró entre arcadas de placer—. Quiero sentir cómo me llenas la garganta…

Él no tardó. A los pocos segundos se corrió con un gruñido largo. El primer chorro le entró directo al fondo de la garganta. Dora tragó con avidez, gimiendo de gusto, pero era demasiado: el segundo y tercer chorro le llenaron la boca hasta rebosar. El semen le chorreó por las comisuras, por la barbilla, por las tetas, goteando sobre sus pezones endurecidos.

Cuando él sacó la polla, Dora mantuvo la boca abierta un segundo, enseñando el semen que aún tenía dentro, y luego tragó lo que quedaba con un gemido de pura satisfacción. El resto le caía por la cara, el cuello, las tetas, mezclándose con la saliva y el sudor.

Quedó arrodillada un instante más, temblando violentamente, coño y culo rebosando semen, cara y tetas cubiertas de corrida, tacones clavados en el colchón empapado. Luego se dejó caer de lado, exhausta, cuerpo convulsionando todavía con pequeños orgasmos residuales.

Los cinco chicos la miraban en silencio, respirando agitados, pollas todavía semi-duras y brillantes.

Dora, tirada en el suelo, sonrió con los ojos entrecerrados, completamente ida de placer. El coño y el culo le palpitaban abiertos, rojos, chorreando semen sin parar. Parecía una diosa destruida y feliz.

Respiró hondo, se pasó la lengua por los labios saboreando los restos de semen y susurró, casi sin voz:

—Dios… qué noche…

Dora se quedó tirada de lado en el colchón empapado, el cuerpo todavía convulsionando con pequeñas réplicas de placer. Los tacones rojos seguían puestos, uno de ellos medio caído, brillante de squirt y semen. Tenía las piernas abiertas sin fuerza, el coño rojo, hinchado, completamente abierto, chorreando un río constante de los cuatro creampies que llevaba dentro. El culo también palpitaba, entreabierto, con hilos blancos escapando cada vez que respiraba hondo.

La cara era un cuadro de puta satisfecha: labios hinchados, mejillas y barbilla cubiertas de saliva y semen, ojos entrecerrados, sonrisa lenta y beatífica. Las tetas subían y bajaban agitadas, pezones todavía duros, también salpicadas de corrida. El pelo pegado a la frente por el sudor.

Temblaba. Entera. Como si aún estuviera corriéndose en oleadas pequeñas. Cada pocos segundos un hilito de squirt mezclado con semen le salía del coño y caía al colchón con un sonido suave, casi tierno después de todo lo que había pasado.

Los cinco chicos la rodeaban, respirando fuerte, mirándola como si fuera una diosa caída del cielo. Nadie decía nada. Solo se oía su respiración entrecortada y el goteo constante de fluidos sobre el plástico.

Pasaron casi dos minutos así. Dora por fin abrió los ojos del todo. Se lamió despacio los labios, saboreando los restos de semen que aún tenía en la boca, y soltó una risita baja, ronca, feliz.

—Joder… —susurró—. Qué puta pasada…

Con esfuerzo, se apoyó en un codo y se incorporó un poco. El movimiento hizo que más semen le saliera del coño y le chorreara por el muslo hasta el tacón. Miró directamente a la cámara que había estado grabando todo desde la esquina, luz roja aún encendida.

Sonrió. Esa sonrisa de zorra orgullosa, de mujer que sabe exactamente lo que quiere y lo ha conseguido.

—El viernes mi marido está de viaje y mi hijo sale. Os quiero a los cinco en mi casa. En mi cama matrimonial. Toda la noche. Traed a quien queráis.

Se quedó mirando a la cámara un segundo más, como si estuviera sellando un pacto con el diablo. Luego se dejó caer otra vez de espaldas, abrió las piernas del todo, metió dos dedos en su coño rebosante, los sacó llenos de semen y se los lamió despacio, mirándolos a ellos con ojos brillantes.

—Ahora… dejadme un rato aquí… todavía estoy corriéndome un poco.

Cerró los ojos, sonrió como una diosa completamente destruida y feliz, y dejó que el semen siguiera chorreando de ella mientras su cuerpo temblaba de puro placer residual.

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