Xtories

Profesora chantajeada por los amigos de su hijo 4

Llevaba el dinero en el bolso para comprar su silencio, pero al cruzar la puerta de la habitación 312, Dora descubrió que el verdadero precio no era económico. Dos jóvenes la esperaban no para cobrar, sino para desmontar su fachada de autoridad y revelarle un placer prohibido del que no podría escapar.

Tinta errante15K vistas9.1· 7 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Madrid, finales de junio. El calor era una manta húmeda que se pegaba a la piel y no dejaba respirar. El aire acondicionado del coche apenas refrescaba; solo movía el aire caliente de un lado a otro, como si el verano mismo se burlara de ella. Dora conducía con las dos manos en el volante, los nudillos blancos, los ojos fijos en la carretera que llevaba a la salida 12 de la A-2. El hotel Ibis Budget aparecía ya a lo lejos, un bloque gris y anodino rodeado de camiones y coches de comerciales que solo querían dormir unas horas antes de seguir viaje.

Llevaba tres semanas sin dormir bien. Tres semanas en las que cada vez que cerraba los ojos volvía el mismo olor: a suelo mojado, a semen, a sudor adolescente. Volvían las risas. Volvía su propia voz, rota, diciendo cosas que nunca pensó que diría. Y volvía, sobre todo, la certeza de que todo estaba grabado. Que bastaba un solo mensaje para que su vida se derrumbara: el instituto, el marido, el hijo, la reputación de años construida con esfuerzo.

Pero esta vez iba a ser diferente. Esta vez era ella quien decidía. Quien controlaba.

Se había pasado los últimos días repitiéndose lo mismo delante del espejo del baño, después de que su marido se fuera a Berlín y Tom se quedara en la residencia: “Soy la profesora. Soy la adulta. Ellos son solo dos críos. Yo tengo el poder. Yo pongo las reglas”. Y para demostrarlo se había vestido exactamente como la Dora que mandaba en el aula cuando alguien se pasaba de listo: blusa blanca de algodón fino, pero esta vez elegida dos tallas más pequeña, ceñida hasta el límite, los botones tensos sobre los pechos que todavía se mantenían altos a sus treinta y ocho años. Debajo, un sujetador push-up negro que empujaba la carne hacia arriba y creaba un escote profundo, profesional pero intimidante. Falda de tubo gris oscuro, hasta justo debajo de la rodilla, pero con una raja atrás que al caminar dejaba ver el borde de las medias de nylon color carne, muy finas, muy caras. Tacones negros de diez centímetros, los mismos que usaba para las reuniones importantes del claustro. El pelo recogido en un moño severo, tirante, sin un solo mechón suelto. Gafas de pasta negra, rectangulares, que le daban ese aire de mujer que no tolera tonterías. Labios pintados de rojo oscuro. Nada de perfume barato. Solo el suyo, el de siempre: Chanel Nº5, limpio, caro, autoritario.

Se miró en el espejo retrovisor por enésima vez. “Esta vez mando yo”, pensó. “Esta vez soy yo la que entra, la que habla, la que amenaza. Solo son dos. Héctor y Juan. Dos chavales de dieciocho años. Se van a asustar. Van a coger el dinero y van a borrar todo. Y yo volveré a ser quien era.”

Tenía el sobre con cuatro mil euros en el bolso. Había sacado más de lo previsto. Dinero que no le sobraba, pero que estaba dispuesta a dar con tal de cerrar la boca de aquellos dos para siempre. Había ensayado las frases en voz alta en el coche, con tono frío, cortante: “Esto se acaba aquí”, “Borradlo todo o os hundo”, “Soy vuestra profesora, no vuestra puta”. Cada vez que las repetía se sentía más fuerte, más dueña de sí misma. El coño le latía un poco, sí, pero eso era solo nervios. Solo el recuerdo. Nada más.

Llegó al parking del hotel a las 18:58. Aparcó lejos de la entrada, donde nadie la viera bajar del coche con aquella falda tan ajustada. Se miró las piernas al salir: las medias brillaban ligeramente bajo la luz anaranjada del atardecer. El taconeo resonó en el asfalto. Se sintió poderosa. Se sintió invencible.

Subió en el ascensor sola. Tercer piso. Pasillo largo. Habitación 312.

Llamó. Tres golpes secos, autoritarios.

La puerta se abrió casi al instante.

Héctor estaba allí, en chándal gris, descalzo, con esa sonrisa tranquila que nunca llegaba a los ojos. Sentado en la cama doble, solo Juan. Los dos la miraron de arriba abajo. Lentamente. Muy lentamente.

—Vaya —dijo Héctor con voz baja—. Has venido vestida de profesora buena, mama Dora. Qué profesional.

Dora entró sin esperar invitación. Cerró la puerta tras ella con un golpe seco. El clic del pestillo sonó como un disparo en la habitación en penumbra. Las cortinas estaban echadas. Solo una lámpara de mesilla encendida, luz amarillenta, íntima, sucia.

—Esto se acaba hoy —dijo ella. La voz le salió firme, cortante, exactamente como había ensayado—. Traigo dinero. Cuatro mil euros. Los borráis todo. Los vídeos, las fotos, los audios. Todo. Y no volvéis a dirigirme la palabra nunca más. Ni a mí ni a mi hijo. ¿Entendido?

Héctor no contestó con palabras. Solo sonrió, esa sonrisa tranquila que nunca llegaba a los ojos, y dio un paso más hacia ella. Dora sintió cómo la pared fría de la habitación se le clavaba en la espalda. El corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a salírsele por la garganta.

—Quítate las gafas —repitió él, la voz baja, casi un susurro.

Dora tragó saliva. —No… por favor, Héctor… no me hagas esto otra vez… —susurró, pero los dedos ya le temblaban cuando se llevó las manos a la cara y se quitó las gafas. Las dejó sobre la mesilla con un clic suave.

—Ahora el moño. Deshazlo.

—Héctor… soy tu profesora… no puedes pedirme esto… —la voz le salió rota, casi suplicante.

—Deshazlo, Dora.

Las manos de ella subieron a la nuca. Sacó las horquillas una a una. El pelo castaño oscuro cayó pesado, ondulado, caliente, oliendo todavía al champú caro de esa mañana. Parecía otra mujer. Más joven. Más vulnerable. Más puta.

—Así… ¿contento? —murmuró ella, casi con rabia, pero el coño le dio un latido fuerte y húmedo.

—Desabróchate la blusa. Botón por botón. Muy despacio.

—No quiero… —dijo ella, pero los dedos ya estaban bajando—. Por favor… solo coged el dinero y dejadme ir…

El primer botón saltó. El segundo. El tercero. La tela se abrió, revelando el sujetador push-up negro, la carne pálida empujada hacia arriba, el canal profundo y húmedo de sudor entre los pechos. Juan soltó un gruñido bajo.

—Joder, qué tetas tiene la profe…

Dora cerró los ojos con fuerza. —No miréis así… por favor… —susurró, pero el coño ya estaba chorreando, la humedad empapando las bragas de algodón blanco.

—Sigue.

Cuarto botón. Quinto. La blusa quedó abierta del todo. Héctor extendió la mano y le bajó las copas del sujetador de un tirón brusco. Los pechos saltaron libres, pesados, blancos, pezones duros, oscuros, hinchados.

—Ay… no me pellizques así, joder… duele… —gimió cuando Héctor se los cogió y los retorció con fuerza, tirando de ellos hasta que Dora arqueó la espalda sin querer.

—Las tetas de una puta barata.

—Calla… no digas eso… —dijo ella con voz temblorosa, pero los pezones se pusieron aún más duros.

Héctor le agarró la mano y se la llevó directamente a su entrepierna. El bulto era enorme, duro, palpitante bajo la tela del chándal.

—Sácala.

—No… no quiero… —murmuró Dora, pero ya estaba bajando la goma. La polla de Héctor saltó fuera: gruesa como su muñeca, venosa, curva, la cabeza morada brillante de precum—. Dios… está muy dura… —se le escapó en un susurro avergonzado.

—Arrodíllate.

Dora cayó de rodillas sobre la moqueta áspera. Las dos pollas quedaron delante de su cara: la de Héctor gruesa y curva, la de Juan más larga y recta, ambas goteando.

—Solo una mamada rápida y me voy… ¿vale? —suplicó, mirando hacia arriba con los ojos húmedos.

Héctor le cogió la cabeza con las dos manos y le metió la polla hasta el fondo de un empujón lento pero implacable.

El sabor la inundó: salado, almizclado, caliente. La cabeza gruesa le abrió los labios al máximo, le llenó la lengua, le rozó el fondo de la garganta. Dora tuvo una arcada violenta, los ojos se le llenaron de lágrimas que le corrieron el rímel, la saliva espesa empezó a caerle a chorros por la barbilla y a mojarle las tetas desnudas.

—¡Mmmph! ¡Dios… es demasiado gruesa… me abre la boca entera… me ahogo…! —gimió alrededor de la polla, las palabras convertidas en gorgoteos húmedos.

—Traga más hondo.

—Nnngh… por favor… despacio… me estás llegando muy al fondo… me vas a hacer vomitar… —suplicó ella entre arcadas, pero succionaba con fuerza, las mejillas hundidas, la lengua plana lamiendo la vena gruesa.

Juan se colocó detrás. Le subió la falda tubo hasta la cintura de un tirón, le bajó las bragas blancas de algodón hasta los tobillos. El coño quedó al aire: hinchado, abierto, brillante, un hilo largo y transparente de humedad colgando.

—Joder, mira cómo chorrea la profesora…

—No… no mires ahí… por favor… estoy muy mojada… me da vergüenza… —gimió Dora, separando un poco más las rodillas sin darse cuenta.

Juan le metió tres dedos de golpe, hasta el fondo. El coño hizo un sonido húmedo, chapoteante, obsceno.

—¡Aaaahhh! ¡Qué profundo… joder… me estás rompiendo con los dedos…! —gritó ella con la boca llena.

Los dedos entraban y salían rápido, curvándose, golpeando el punto G. El coño chapoteaba cada vez más fuerte. Dora se corrió de repente, brutalmente: el coño se contrajo, eyaculando un chorro claro y caliente que salió con fuerza, mojando la mano de Juan, la moqueta, sus propias medias.

—¡Me corro… me corro… no pares… joder… me estoy corriendo como una puta…! —chilló, las piernas temblando, un chorrito de pis caliente escapándosele sin control, mezclándose con el squirt.

Héctor sacó la polla brillante de saliva y se la restregó por toda la cara, embadurnándola.

—Estás chorreando como una cerda.

—Calla… no me digas eso… por favor… me da tanta vergüenza… —sollozó ella, pero sacó la lengua y empezó a lamerle los huevos despacio, saboreando el sudor salado, mientras Juan seguía metiendo los dedos, prolongando el orgasmo hasta que Dora se meó otra vez, un chorro más largo que empapó la moqueta.

Héctor la levantó del suelo como si no pesara nada. Los brazos fuertes la agarraron por debajo de las axilas y la lanzaron boca arriba sobre la cama doble. El colchón se hundió con un crujido. Dora quedó con las piernas abiertas de par en par, la falda tubo subida hasta la cintura, las bragas blancas todavía enredadas en un tobillo, las medias rotas en varios sitios, el coño hinchado, rojo, abierto, chorreando un hilo continuo de jugos mezclados con el squirt y el pis que acababa de soltar.

—Dios… no… así no… —gimió ella, intentando cerrar las piernas por instinto, pero Héctor se las abrió aún más, los dedos clavándose en la carne blanda de los muslos.

—Así sí, Dora. Mírate. El coño te palpita solo de ver nuestras pollas.

Juan se subió a la cama por el lado contrario. Le cogió las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza. Dora sintió cómo la polla de Héctor, todavía dura y brillante de su saliva, se restregaba contra su entrada empapada.

—Por favor… despacio… está muy sensible… acabo de correrme… —suplicó, la voz rota, los ojos llenos de lágrimas.

Héctor empujó. La cabeza gruesa le abrió los labios hinchados y entró de una sola vez, hasta el fondo, golpeándole el útero con fuerza. Dora soltó un grito largo, animal, que llenó toda la habitación.

—¡Aaaahhhh! ¡Me partes en dos, joder… está muy adentro… me llega al fondo del todo! —chilló, las uñas clavándose en las sábanas, el cuerpo entero arqueándose.

Héctor empezó a follarla lento pero profundo: sacaba casi todo el glande y volvía a meterlo hasta los huevos, cada embestida haciendo que el coño chapoteara fuerte, que los jugos salpicaran los muslos de ambos. El sonido era obsceno, húmedo, constante.

—Más… más adentro… por favor… rómpeme… —se le escapó a Dora sin poder contenerlo, las tetas rebotando violentamente con cada golpe.

Juan le metió la polla en la boca de nuevo, follándosela por la garganta mientras Héctor la destrozaba el coño. Dora gemía alrededor de la polla, arcadas fuertes, saliva cayendo a chorros por las comisuras, mojándole las tetas y el cuello.

—Mmmph… sí… usadme… usadme los dos como una puta barata… —suplicó entre gorgoteos.

El orgasmo llegó brutal. El coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Héctor, eyaculando un chorro claro que salió con fuerza, mojando el vientre de él, las sábanas, incluso salpicando la pared detrás de la cama.

—¡Me corro… me corro otra vez… me estoy meando… no puedo parar…! —chilló con la boca llena, un chorro caliente de pis saliendo mezclado con el squirt, empapando todo.

Héctor gruñó y se corrió dentro: chorros espesos, calientes, abundantes, llenándole el útero hasta rebosar. Cuando sacó la polla, el semen blanco y cremoso salió a borbotones, chorreando por el coño abierto, bajando por el culo, empapando las sábanas.

—Sácamela… está muy caliente… me quema por dentro… —jadeó Dora, tocándose el coño con los dedos, sintiendo cómo salía la leche a borbotones.

Juan ocupó su lugar inmediatamente, metiendo la polla en aquel coño lleno de semen ajeno, resbaladizo, caliente.

—Dios… está lleno de leche… resbaladizo… fóllame fuerte… quiero sentirlo todo… —suplicó ella, las piernas temblando en el aire.

Juan la destrozó a golpes rápidos y brutales. Dora se corrió una tercera vez, eyaculando otro chorro fuerte que salpicó el pecho de Juan.

—¡Lléname… córrete dentro… por favor… quiero estar llena de los dos…! —gritó con voz rota.

Juan lo hizo. Chorros calientes que se mezclaron con los de Héctor, saliendo a espumarones blancos con cada embestida.

Pero no pararon.

La pusieron a cuatro patas. Héctor la cogió por las caderas y la penetró otra vez por detrás, más profundo aún. Juan se arrodilló delante y le metió la polla en la boca. Dora mamaba entre arcadas mientras el coño chapoteaba fuerte con cada embestida.

—Así… así… me estáis usando como una muñeca… me encanta… —gemía ella, empujando el culo hacia atrás.

Cuarto orgasmo. Squirt saliendo a chorros, meada caliente empapando las rodillas de Héctor, el cuerpo entero convulsionando.

La tumbaron de lado. Héctor la penetró en cucharita, lento pero profundo, mientras Juan le metía los dedos en la boca para que chupara. Dora se corrió otra vez, temblando, llorando de placer.

—Quiero más… no paréis… llenadme otra vez… —suplicó con voz rota.

La pusieron de pie contra la pared. Héctor la levantó una pierna y la folló de pie, golpeándola contra la pared. Juan se arrodilló y le comió el coño mientras Héctor la penetraba, lamiendo el clítoris y el semen que chorreaba.

—¡Dios… dos bocas… una polla… me voy a volver loca…! —gritaba Dora, las uñas clavadas en la pared.

La última ronda fue la más salvaje: la pusieron en el borde de la cama, piernas abiertas al máximo. Héctor y Juan se turnaban dentro de su coño, uno después del otro, sin parar, llenándola una y otra vez. Creampie tras creampie. Squirt tras squirt. Meadas de placer que empapaban la cama entera.

Cuando por fin se detuvieron, Dora quedó tumbada, destrozada, el coño como un cráter rojo e hinchado chorreando semen por todos lados, las tetas cubiertas de saliva y leche, la cara pringada, el pelo pegado, las medias destrozadas, las bragas hechas un guiñapo en un tobillo.

Héctor cogió el móvil. Abrió la carpeta delante de ella y borró todo: vídeos, fotos, audios, copias en la nube. Todo desapareció.

—Se acabó, Dora —dijo con voz tranquila—. No queda nada. El chantaje termina aquí. Eres libre.

Dora jadeaba, el semen saliéndole a borbotones del coño.

—¿De verdad…? ¿Ya está…? —preguntó con voz pastosa, casi sin creérselo.

—De verdad. Puedes irte cuando quieras.

Héctor la levantó como si no pesara nada y la puso de rodillas en el borde de la cama, de espaldas a él. Juan se colocó debajo, tumbado boca arriba. Dora, todavía temblando y chorreando semen por los dos agujeros, se subió encima de Juan de espaldas otra vez. Se dejó caer despacio. La polla gruesa volvió a entrar en su coño hasta el fondo, haciendo que saliera un chorro fuerte de semen mezclado con sus jugos.

—Dios… otra vez… está tan resbaladizo… me llena tanto… —gimió, empezando a cabalgar despacio, luego más rápido, las tetas botando pesadas delante de Héctor.

Héctor se colocó detrás, le separó las nalgas con las dos manos y empujó la polla directamente en su culo ya abierto y lleno de leche.

Dora soltó un grito ronco y largo cuando los dos la llenaron otra vez al mismo tiempo.

—¡Aaaahhh… otra vez los dos… me estáis rompiendo de verdad… no puedo más… pero no paréis…! —gritó, las tetas saltando violentamente mientras empezaba a cabalgar de espaldas como una loca.

Ahora era una follada salvaje, sin control, sin piedad. Dora rebotaba con fuerza animal, las tetas botando delante de Héctor, el coño y el culo tragándose las dos pollas hasta el fondo con cada bajada brutal. El sonido era ensordecedor: carne chocando con violencia, chapoteo constante de semen, squirt y pis, gemidos, gritos, arcadas.

Héctor la agarró del pelo y tiró hacia atrás con fuerza mientras la follaba el culo con fuerza brutal. Juan la agarraba de las caderas y la bajaba con violencia sobre su polla. Dora eyaculaba sin parar, chorros claros saliendo cada pocos segundos, meándose encima una y otra vez, el pis caliente cayendo sobre los muslos de Juan y empapando la cama entera.

—Mirad cómo se mea la puta… no para de correrse… —gruñó Héctor.

—Me estoy meando… no puedo parar… me corro otra vez… por favor… no paréis… quiero que me destrocéis… —sollozaba Dora, las lágrimas cayéndole por la cara, el cuerpo entero convulsionando sin control.

La pusieron de pie contra la pared. Héctor la penetró por el coño desde atrás mientras Juan le metía la polla en la boca. Luego la giraron, la pusieron a cuatro patas en el suelo y se turnaron sin parar: uno en el coño, otro en el culo, luego cambiando, llenándola sin descanso.

La siguiente ronda fue en el suelo: Dora tumbada boca arriba, piernas abiertas al máximo. Héctor la follaba el coño con fuerza salvaje mientras Juan le metía la polla en la boca hasta la garganta. Luego cambiaron. Luego volvieron a cambiar. Luego la pusieron de lado y la penetraron los dos a la vez otra vez, uno en cada agujero, follándola sin piedad.

Dora tuvo orgasmo tras orgasmo, cada uno más fuerte y más largo que el anterior. Squirt saliendo a chorros constantes, meadas calientes empapando el suelo, el cuerpo entero temblando, gritando hasta quedarse ronca.

Finalmente, los dos se colocaron entre sus piernas y se corrieron casi al mismo tiempo: uno descargando chorros calientes en su coño, el otro en su boca abierta, llenándola por última vez.

Dora tuvo un orgasmo final tan fuerte que perdió la visión por unos segundos. El cuerpo entero convulsionando, eyaculando un último chorro largo y potente, meándose encima sin control, gritando hasta quedarse sin voz, el coño y el culo contrayéndose alrededor de las dos pollas como si nunca quisieran soltarlas.

Cuando todo terminó, quedó tirada en el suelo, completamente inmóvil, cubierta de semen, sudor, pis y squirt, temblando en espasmos, sollozando bajito de placer y vergüenza absoluta.

Héctor se agachó y le acarició el pelo con suavidad.

—Buena chica… ya eres nuestra puta para siempre.

Dora solo pudo susurrar con voz rota, casi inaudible:

—Sí… soy vuestra puta… vuestra puta para siempre…

Dora salió de la habitación 312 tambaleándose, como si cada paso fuera una batalla contra su propio cuerpo. El pasillo del hotel le pareció interminable: moqueta gastada que absorbía el sonido de sus tacones irregulares, luces fluorescentes que le parpadeaban en los ojos, paredes que olían a desinfectante barato mezclado con el rastro de sexo que llevaba pegado a la piel. Cada paso hacía que más semen le bajara por los muslos en hilos espesos y calientes, empapando las medias rotas, goteando hasta los tobillos y dejando pequeñas manchas húmedas en el suelo. La falda tubo, subida y arrugada, se le pegaba a la piel mojada. La blusa blanca estaba abierta, transparente por el sudor y los fluidos, marcando los pezones duros y las marcas rojas de dedos y dientes. El pelo le caía desordenado sobre la cara, pegado por saliva, lágrimas y semen seco.

Llegó al ascensor. Entró sola. Las puertas se cerraron con un ding suave. Se miró en el espejo metálico.

La imagen era devastadora: una mujer completamente destruida. El maquillaje corrido en riachuelos negros hasta la barbilla, los labios hinchados y rojos, el cuello lleno de chupetones morados y marcas de dedos, las tetas fuera del sujetador, brillando de saliva y sudor, la falda manchada, las piernas brillantes de semen y pis hasta los tobillos. Olía a sexo crudo, a semen fresco, a pis caliente, a sudor adolescente. Se miró fijamente a los ojos.

—¿Qué coño has hecho, Dora? —susurró en voz alta, la voz rota, temblorosa—. Eres profesora… esposa… madre… y acabas de dejar que dos alumnos de tu hijo te destrocen como a una puta barata. Te han llenado el coño y el culo… te has meado encima de placer… has suplicado más… y has disfrutado. Has disfrutado.

Se tocó el coño por encima de la falda. Estaba hinchado, sensible, chorreando. Los dedos se mojaron al instante. Se corrió allí mismo, de pie en el ascensor, un orgasmo corto pero violento, mordiéndose el labio para no gritar, un chorrito de pis caliente bajándole por las piernas.

El ascensor llegó al parking. Salió. El aire fresco de la noche le golpeó la piel caliente y pringada. Caminó hasta el coche con pasos inestables, dejando un rastro húmedo detrás. Se sentó. El cuero frío se mojó al instante con el semen que seguía saliendo. Arrancó.

Durante todo el trayecto a casa se tocó sin parar. Una mano en el volante, la otra entre las piernas, metiéndose los dedos en el coño y el culo, corriéndose una y otra vez, meándose encima en el asiento, gritando sola en el coche:

—Soy una puta… soy una puta… me han destrozado… y quiero más… quiero que me usen otra vez… quiero sus pollas dentro… quiero correrme así… meándome… squirteando… llena de leche…

Llegó a casa a las tres y media de la madrugada. La casa vacía. Marido en Berlín. Tom en la residencia. Subió las escaleras dejando huellas húmedas en cada peldaño. Entró en el baño. Se miró en el espejo grande durante minutos eternos.

La imagen era la de una mujer completamente rota: cubierta de semen seco y fresco, el maquillaje corrido, el pelo pegado, las tetas marcadas, el cuello lleno de chupetones, la falda manchada, las piernas brillantes de fluidos hasta los tobillos. Se quitó la ropa despacio. Todo cayó al suelo empapado. Se metió en la ducha.

El agua caliente le cayó encima. Se frotó fuerte, con jabón, con la esponja, intentando borrar cada huella. Pero cada vez que se tocaba el coño o el culo se corría otra vez. De pie, apoyada en la pared, metiéndose tres dedos en el coño, dos en el culo, recordando cada embestida, cada creampie, cada vez que se había meado de placer.

—¡Me corrí tanto… me meé encima como una cerda… y me encantó…! —gemía en voz alta, corriéndose una y otra vez bajo el agua, las piernas temblando, el chorro de pis mezclándose con el agua de la ducha.

Salió de la ducha casi una hora después. Se secó despacio. Se miró otra vez en el espejo. El coño seguía hinchado, rojo, sensible. Se tumbó en la cama desnuda.

Se tocó otra vez. Se corrió cuatro veces más seguidas, cada orgasmo más fuerte que el anterior, gritando sola en la casa vacía, recordando cómo la habían llenado los dos a la vez, cómo se había meado encima, cómo había suplicado “no paréis”.

Se durmió exhausta, con los dedos todavía dentro del coño, el olor a semen todavía en la piel.

Al día siguiente, al despertar, el coño le dolía. Pero también le palpitaba. Se tocó otra vez. Se corrió dos veces antes de levantarse.

Tres días después, a las 11:47 de la mañana, le llegó el WhatsApp de Héctor:

“Se acabó, Dora. Todo borrado. No queda nada. Eres libre. Adiós.”

Dora leyó el mensaje cinco veces. El corazón le dio un vuelco. El coño le dio un latido fuerte, húmedo, traicionero.

Se quedó mirando la pantalla durante minutos eternos.

Luego abrió la aplicación de notas y escribió:

“Hotel Ibis Budget. Habitación 312. Mañana a las 19:00. Quiero volver.”

Y pulsó enviar.

El mensaje salió.

Dora se dejó caer en la silla de la cocina, las piernas temblando. El coño le chorreaba otra vez, empapando las bragas limpias que acababa de ponerse.

Ya no había chantaje. Ya no había excusa.

Solo quedaba ella.

Y su deseo.

Y la certeza absoluta de que al día siguiente volvería a esa habitación, se arrodillaría voluntariamente y suplicaría que la usaran otra vez.

Porque ya no podía vivir sin ello.

Continúa en