La playa (Capítulo II de III)
El agua salada limpia el rastro del orgasmo, pero no el deseo. Bajo la mirada indiferente del mar, ella decide que hoy no será él quien lleve las riendas. ¿Qué pasa cuando la fantasía de la oficina se encuentra con la realidad de la arena?
Tras un largo rato en soledad, nadando con mis pensamientos, le hice una señal con el dedo para que se acercara. El sol brillaba sobre su cuerpo cuando se encaminó hacia la orilla, llevando consigo una semierección aún brillante por el orgasmo y que el agua salada se ocupó de limpiar.
—Bienvenido a mi playa —dije socarronamente mientras se sumergía hasta el cuello.
—¿Crees que alguien nos ha visto? —preguntó irracionalmente preocupado.
—¿Quién? Dudo que entre los complementos de playa de ninguno de los habitantes de ese par de sombrillas se encuentren unos prismáticos —me carcajeé.
—Bah. —La onomatopeya se escapó de su boca a la vez que se daba cuenta de que lo estaba tratando como a un tonto.
—¿Y qué más da? —resolví cruzando mis brazos por su cuello y aplastando mi pecho contra su espalda. — Aquí no nos conoce nadie.
Se giró, tratando de no romper el cerco de mis extremidades, y apoyó sus manos en mis caderas.
—¿A qué sabe tu lengua? —preguntó con cierta curiosidad inocente.
—¿Tú a qué crees? —respondí con sarcasmo, fingiendo estar molesta por la pregunta después de lo que acababa de pasar.
—Lo siento —replicó, ruborizándose como una colegiala.
—Pues a ti. Pruébala si quieres —le propuse, dejando asomar la punta entre mis labios para que la atrapara con los suyos.
Aproveché su cercanía para tratar de devorarlo. Nuestras salivas se mezclaron en una batalla por ver quién llegaba más lejos. Me agarró del pelo con ambas manos sin dejar de besarme y yo di un pequeño salto para abrazarlo con mis piernas, apoyando mi pelvis en su abdomen. Me mordió el labio, quizá con más fuerza de la cuenta a juzgar por el calor que enseguida desprendió la zona.
Aprovechando la nueva postura, me dejé caer hacia atrás, estirando los brazos en cruz y cerrando los ojos. Mi pecho y mi cara eran lo único que asomaba sobre la superficie del agua. Acarició mi barriga, mi ombligo y mi pubis, caminando con los dedos sobre un sendero de vello oscuro.
—¿Sabes que tienes las tetas casi igual que como las había imaginado? —dijo rompiendo el silencio.
—¿Y se puede saber cuándo te las habías imaginado? —repliqué sonriendo sin abrir los ojos.
—¡Venga ya! ¿A qué crees que nos dedicamos en los corrillos masculinos de la oficina? ¿A compartir informes?
—Ya, bueno —contesté pensando en que quizá la pregunta debería haber sido retórica. — Al fin y al cabo, es en lo único en lo que pensáis desde que cumplís catorce años hasta que os entierran. No me sorprende.
—Míralo por el lado bueno. Seguro que has sido inspiración para muchos de nosotros en nuestras tardes de soledad. O al menos para mí.
—¿Me lo dices en serio? —respondí, esta vez sí, con verdadera sorpresa.
—Si tú supieras la de fiestas que me he montado en la oficina tras habernos quedado accidentalmente encerrados toda la noche... Y todo sin salir de casa.
—Me halaga haberte servido de inspiración. Lástima que hayas tenido tanto acierto en tu imaginación; has echado a perder el factor sorpresa.
—Bueno. No del todo. En la mente es imposible acertar con cualquier cosa que tenga que ver con el tacto —contestó mientras deslizaba sus manos por mi abdomen hasta posarse sobre mis pechos y agarrarlos con suavidad, robándome un gemido camuflado en una sonrisa.
El tiempo y la escena pesaron más que la temperatura del agua, y entre sus piernas volvió a crecer una erección, no pudiendo evitar rozar el final de mi espalda con su glande.
—Ya noto que al tacto también son de tu agrado —dije presumida.
Tomó mis pies hasta deshacer el nudo con el que lo tenía preso y, levantándolos, consiguió deslizar mis piernas por sus hombros. Sus manos bucearon por debajo de mi cuerpo, quedando ahora mi espalda a su alcance para ayudarme a incorporarme, sacándome en parte del agua. Apoyando sus piernas contra mi culo, se inclinó para besar mi cuello. Buscó con su lengua la hendidura de mi clavícula y me regaló un mordisco procurando no dejar marca. Acarició mi esternón con su nariz y su boca rodó por mi canalillo hasta situarse justo donde quería. Sus labios apretaron uno de mis pezones, erizados por el frío y el calor. Jugó con él un rato, abrazándolo entre los dientes y dibujando con saliva la circunferencia de la areola.
—Al gusto tampoco están nada mal. Deberías probarlas —afirmó contra mi piel mientras me acercaba una a la cara para que nuestras lenguas se entrelazaran sobre ella.
—Prefiero tu sabor —respondí apretando su cabeza contra mí, deseando que terminara de devorarme.
Hice por sumergirme por completo para ponerme de pie y, sujetando su excitación, tiré de él para obligarlo a acompañarme fuera del agua.
Ya bajo nuestras sombrillas, me indicó que me tumbara boca abajo sobre su toalla, haciendo él uso de la mía para adoptar la misma posición y poder acariciarme la espalda...
El juego en el agua fue solo el principio. Lo que ocurre bajo esa sombrilla, la forma en la que tomo el control absoluto de la situación y la inolvidable frase con la que me despido de él dejándolo destrozado en la arena, es demasiado intenso para contarlo aquí.
Descubre cómo termina esta escena (y la antología completa gratis y sin censura) en mi libro: https://www.amazon.es/dp/B0GHZYJPFR¿Alguna vez habéis tomado las riendas por completo hasta dejar a un hombre suplicando por más? ¡Os leo en los comentarios!
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