Xtories
Sadomasofeb 2026

Sandra Icardi Reyes

No es solo sexo; es un juego de vida o muerte donde el aire es un privilegio concedido. Sandra creía conocer sus límites, pero Pedro y Raquel están a punto de demostrarle que su cuerpo y su respiración ya no le pertenecen.

JBWriter3.8K vistas

Esta historia es la continuación de una narración con varias partes:

Las Refugiadas 1: https://www.todorelatos.com/relato/195640/

Las refugiadas 2: https://www.todorelatos.com/relato/203244/

Las refugiadas 3: https://www.todorelatos.com/relato/217388/

Y los capítulos de esta parte de la narración:

Las refugiadas 4ª parte: Creando el paraíso: https://www.todorelatos.com/relato/230688/

Las refugiadas 4 - Visita de Alfiya a Melanie: https://www.todorelatos.com/relato/232066/

Cuestión de grupo… sanguíneo: https://www.todorelatos.com/relato/233098/

Incorporaciones, más incorporaciones: https://www.todorelatos.com/relato/233375/

Confirmaciones y cambios: https://www.todorelatos.com/relato/237079/

Las refugiadas - Bienvenida de las Ponys: https://www.todorelatos.com/relato/237411/

Bienvenida a Rosa: https://www.todorelatos.com/relato/237503/

Joaquín y Elisabeta: https://www.todorelatos.com/relato/238030/

La verdad sobre Ester: https://www.todorelatos.com/relato/238647/

Regreso accidentado: https://www.todorelatos.com/relato/243175/

El castigo y la prueba: https://www.todorelatos.com/relato/243914/

Pruebas y acuerdos: https://www.todorelatos.com/relato/244096/

Entrega total: https://www.todorelatos.com/relato/245081/

Raquel Dalí Bence (primera parte): https://www.todorelatos.com/relato/245551/

Raquel Dalí Bence (segunda parte): https://www.todorelatos.com/relato/245963/

Raquel Dalí Bence (3ª parte): https://www.todorelatos.com/relato/246278/

Raquel Dalí Bence (4ª parte): https://www.todorelatos.com/relato/247098/

Raquel Dalí Bence (5ª parte): https://www.todorelatos.com/relato/247643/

Sandra y Mercedes: https://www.todorelatos.com/relato/248361/

Y ahora comencemos con la narración:

—En cuanto a vosotras dormiré con ambas en mi habitación. Raquel ve a decírselo a Olha para que organice los cambios y vete a cenar. —Le guiñó el ojo—. Yo enseñaré a Sandra la casa.

Pese al guiño del ojo Raquel buscó a Olha, a la que esperaba encontrar en el despacho de Pedro. Aunque no estaba allí, la encontró no muy lejos; en la mazmorra, organizando las nuevas camas, ya que anastasia y Svetlana, que habitualmente dormían en el cuarto de Pero lo harían esa noche en la mazmorra.

Pedro la llevó primero hacia la cocina, en el semisótano. Allí la presentó a Antonia, Nuria, Natividad, Vanessa y Cristian, que estaban preparando la cena. Pasaron por sus habitaciones vacías (y claramente insuficientes de tamaño para las cuatro personas que eran, en especial las de la pareja, que se había cambiado a la individual al llegar las dos mujeres. Natividad, explicó Pedro, dormía en la cocina en una manta de mascota.

Después subieron a la planta baja donde recorrieron el comedor (que Sandra ya conocía), el vestíbulo, donde durante su ausencia, Olha había organizado un armario para que cada mujer pudiera tener una muda de ropa, para vestirse y salir, o dejar la ropa que trajese puesta, ya que en la casa todas, salvo ella Susana y Carmen, iban desnudas. Pasaron a la primera planta, con la habitación de Daniel, vuelta a colonizar por algunas de las mujeres, y las demás de invitados, claramente sobrepasadas. Subieron directamente hasta el garaje, donde en estos momentos él solo reunía tres vehículos: su tesla, el de Elena y el todo terreno 4x4 Ford Ranger Raptor con nueve plazas pick up (cuatro de ellas eran en esa parte trasera abierta y sin legalizar) con el que durante un tiempo hicieron excursiones con algunos amigos. Pasaron por su despacho, donde se hallaba Olha trabajando y no llegaron a entrar, limitándose a verlo desde la puerta y la mazmorra, que había cambiado radicalmente de aspecto; habían sacado las sillas (y las habían devuelto a sus lugares de origen), vuelto a bajar la cama de matrimonio y complementándola con unos cuantos colchones hinchables extendidos por el suelo y tres de las mujeres estaban todavía hinchando.

Solo tras esa visita regresaron a su habitación. Una bandeja de bocadillos fríos sobre la cómoda indicaba que Olha no solo había estado editando los vídeos.

—¿Es ahora cuando me vas a follar por el culo? —preguntó Sandra.

—Eso tenemos que hablarlo —respondió Pedro pensando que se lo había puesto muy fácil—. Primero te follaré el coño, para que Pablo pueda volver a hacerlo. Después hablaremos mientras cenamos y dormiremos, que nos espera mañana un día ocupado.

»En cuanto a tu culo —añadió a la vez que con un gesto dirigía a Raquel hacia la cama—, lo trataremos cuando hablemos. Pero no será de forma inmediata, ya que no quiero que entorpezca tu trabajo. Y créeme, puede ser muy incómodo estar dolorida por una fisura anal, que podría incluso requerir una visita a la doctora Melanie, o en su defecto cualquier otro ginecólogo, y tener que estar sentada trabajando.

Pedro la guio hacia la cama, siendo ese el momento en que Sandra se dio cuenta que no estaban solos.

—¡Uy! —se sorprendió—. ¿Qué haces aquí?

—Follar, espero. Si no me lo jode tu presencia. Y dormir con el Amo. Esta iba a ser mi noche.

—Y lo será —intervino Pedro que no se esperaba ese desaire de Raquel a Sandra. «Quizá —pensó Pedro—, Raquel no sea tan sumisa como parece y pueda hacer de ella un ama, o al menos una switch aprovechable»—. Aunque me extraña que habiendo sido desvirgada hace un rato tengas ganas de más

—Estoy rota, Amo —reconoció Raquel—, con el coño y el culo en carne viva de tan irritado, pero si quiere usarme no diré que no… y si me lo permite me correré.

Pedro soltó una carcajada.

—No hace falta que te sacrifiques —se rio Pedro—. Tenemos los agujeros de esta otra puta estúpida…

—¡Yo no…! —empezó a protestar Sandra pero se calló cuando la palma de la mano de Pedro impactó en su cara.

A su bofetón siguió un puñetazo en el abdomen que casi la hizo llegar al orgasmo, aunque ella dudo que fuese esa su intención y una zancadilla inesperada que la tiró al suelo cuando estaba doblada.

—Ahora, como el gusano que eres —añadió Pedro—, te arrastraras por el suelo hasta la cama. Y subirás reptando a ella. ¿Entendido, puta?

Sandra iba a volver a protestar, no le gustaba lo de «puta», y menos que se lo dijese delante de la sonriente Raquel.

—Sí, Amo —respondió resignada y pensando en lo que le diría cuando pudiese hablar a solas con Pedro. Ese no era el Pedro que ella conocía.

Pedro y Raquel, que fueron andando los cinco pasos que lo separaban de la cama. Él se quitó la camisa y los pantalones, también había prescindido de la ropa interior, y se tumbaron en ella y comenzaron a besarse en un intenso morreo.

—Esto es lo que quería hacerte —susurró Pedro a su oído mientras daba mordisquitos a su oreja y metía la lengua por el canal auditivo haciéndola cosquillas—, besarte y arrumarte con cariño. Algo que ninguna pedís, pero que en ocasiones necesitáis. En especial en estos momentos de cambio en vuestra vida. Me gustaría decirte que siempre estaré de inmediato cuando lo necesites, pero sois muchas y no sé si llegaré a todas. Pero aunque tarde un poco si alguna vez lo necesitas, me lo pides, tendrás tu noche.

»Hoy tendremos que compartirla con Sandra.

—No me importa —respondió en un susurro Raquel haciéndole lo mismo a Pedro y sintiendo como él también se estremecía—, además una tercera nos da más juego. ¿Qué tal una comida de coño entre chicas?

—Eres perversa cuando quieres —bromeó Pedro—, eso es algo que me gusta en las mujeres que tienen carácter. Ya que lo quieres esta noche serás su maestra.

Sandra hizo su aparición en la cama. Había reptado hasta ponerse al lado y elevó la cabeza para situarse en el colchón.

—Así no —dijo Pedro al verla aparecer—. Al revés.

—¿Cómo?… Amo —se acordó de añadir Sandra tras una pausa.

—Que te pongas con la cabeza mirando hacia los pies de la cama.

—Sí, Amo —respondió Sandra que ya empezaba a intuir de qué iba el juego.

Se puso en posición fetal para, a continuación, girarse apoyándose sobre su espalda y, presionando con las manos, girar como una peonza, de forma que sus pies quedasen mirando al cabecero y su cabeza a los anticuados pies de forma de la cama. Pies en los que se fijó al tomar la nueva posición no estaban apoyados en el suelo: estaban atornillados a él.

Subió los brazos, y después la cabeza, esperando que ahora la hicieran subir de otra forma con cualquier excusa, pero no le puso ninguna pega. Entonces apoyó sus tetas en la cama e hizo fuerza para subir su abdomen. Soltó un quejido de dolor, pues, aparte de otros moratones, le dolía al hacer fuerza la zona donde acababa de recibir el puñetazo.

—Quítame los calcetines, puta —ordenó Pedro que vio el gesto de disgusto de su cara y como movía las manos hacia sus pies—. ¡Chst, chst! Así no. Eres un reptil, puta. No tienes manos.

—Entonces, ¿cómo lo hago, Amo?

—Raquel, ensáñale a la puta estúpida, que no sabe —mandó Pedro viendo la sonrisa de Raquel a sus palabras y la cara de disgusto de Sandra—. Pero tú no eres reptil, no hace falta que reptes.

Raquel se incorporó y a cuatro patas se cambió en la cama para acercar su boca y morder uno de los calcetines estirando.

—Es suficiente —dijo Pedro—. Puta pon tu cara hacia arriba. Puedes venir aquí, Raquel. Y de paso escupe en la cara a la puta estúpida como pago por tus servicios.

Raquel volvió hacia la cabeza de pedro gateando y, de camino, escupió a Sandra en la cara que, esta vez, se dejo hacer con una sonrisa. Después reptó a quitarle los calcetines mientras Pedro y Raquel se besaban y lamian por toda la cara, con algún morreo adicional. Sandra estiró de los calcetines con al boca. No estaban muy sudados; se los había puesto después de ducharse para follar con Raquel y el tiempo que estuvo con ella en la cama tampoco los había usado. Usó los calcetines para limpiarse la cara. Cuando por fin consiguió quitarlo Pedro la hizo bajar de la cama, con las manos en la espalda y los calcetines en la boca y reptar al baño para tirarlos al cesto de la ropa sucia. Cuando volvió y consiguió subirse por segunda vez a la cama Pedro la ordenó lamerle los pies. Ella empezó por el empeine. Y Pedro no la hizo caso, aunque la insultaba llamándola estúpida y puta en conversaciones con Raquel lo bastante altas como para que ella los oyese. Raquel, sin embargo, apenas la insultaba y solo auspiciada por Pedro. Cansada y buscando un cambio Sandra reptó un poco más hacia los pies de la cama y empezó a lamer la planta de los pies.

—Por fin la puta estúpida empieza a comprender cuál es su función —comentó Pedro cuando ella inició su tarea en la planta de los pies—. Pensé que también tendría que indicarte que le enseñases cómo hacerlo.

—Creo que la pobre no ha sido correctamente educada, Amo —comentó Raquel—, pero con tiempo será buena.

—Tú siempre tan optimista —replicó Pedro y volvió a besarla por toda la cara.

Sandra no era tonta y había visto vídeos de humillación, aunque no era lo que le atraía, por lo que de la planta pasó a los dedos y al espacio entre estos. Pedro la dejó en torno a un cuarto de hora en esa tarea. Después ordenó a Raquel sentarse en L sobre el almohadón con las piernas abiertas y él se tumbó, boca abajo, también con las piernas abiertas.

—Cómeme el culo, puta estúpida. Ya me he cansado de que estés en mis pies.

—Sí amo —dijo Sandra—, soy tonta y siento haberle disgustado, señor.

—No quiero que me adules, puta estúpida, quiero que me comas el culo. Literalmente. Raquel enseña a la puta estúpida como se hace. Y ambas podéis poneros a gatas.

—Sí, Amo —contestó Raquel levantándose para ponerse a gatas y acercándose a sus nalgas las acarició para luego separarlas y metiendo al cabeza lamer el ano de Pedro.

—Suficiente —dijo Pedro apenas notó la primera lamida—. Vuelve a tu sitio, pequeña. Y tú, puta estúpida, ya has visto como se hace, ahora tú, hasta que te diga que pares.

Con reluctancia Sandra se acercó hasta las nalgas de Pero y metió la cabeza entre sus nalgas. Sacó la lengua y la pasó por el orificio sintiendo arcadas antes de llegar a tocar la piel. Sin embargo, el tacto de esta una vez puso la legua sobre el cerrado agujero le mostró que estaba limpio. Pasó varios lengüetazos sin demasiada convicción por lo que hirientes palabras de Pedro la invitaron a esmerarse.

Mientras Pedro comía el enrojecido coño de Raquel hasta que la provocó un estruendoso orgasmo. En ese momento, pedro dio por finalizada la sesión de lamida de culo, bastante mediocre en su opinión, y así se lo hizo saber entre insultos a Sandra y las puso juntas, de rodillas, mirando a un lateral de la cama.

—Es bastante obvio que Raquel es una puta esclava sumisa entrenada, falta por ver si tienes madera de Ama, también, para ser switch como ha manifestado la puta estúpida.

»En cuanto a ti, puta estúpida, me has hecho ver la necesidad de hablar con Melanie y otras Amas profesionales del grupo para que os evalúen a todos los recién incorporados, aficionados, al menos los que habéis elegido algunas funciones de dominación, ya sea como dominantes o switches. No sé como actuaras como ama, pero de momento tu desempeño como sumisa es menos que mediocre.

»Y no digamos ya lo que pretendes de ser mi esclava personal.

—Perdón, Amo —se disculpó Sandra—. Yo… yo… es cierto que no tengo experiencia, fuera de ser golpeada para obtener placer, pero mejoraré, se lo prometo, mejorare. Puede castigarme por todas mis falta, Amo, no me resistiré.

—Que no te resistirás es seguro —replicó Pedro—, al menos si es un castigo físico. Pero no pidas lo que no sabes si podrás soportar. Para vosotras, y otras putas masoquistas como vosotras, tendré que buscar otro tipo de castigos, para evitar que el castigo sea, en realidad, una recompensa.

»Quiero dejar claro una cuestión —prosiguió Pedro—, para ambas en particular y para todas las que manifestáis ser esclavas mías en general. Para empezar esto es algo totalmente voluntario, aunque si requiere algunos compromisos.

»Hasta que seáis marcadas podéis dejar de ser mis esclavas simplemente con acercaros a mí y decir «Renuncio a ser tú esclava». Una vez marcada será más difícil, puede deberéis esperar a que el tiempo y vuestro trabajo os permita retirar la marca. —Raquel levantó la mano—. Y eso, os aviso, será tan doloroso como la marca o más, ¿sí Raquel?

—Perdón Amo —preguntó Raquel—, pero según he visto en la señora Anastasia y Danuta las marcas son a fuego, con hierro candente, muy posiblemente, y eso quema la piel bastante adentro, ¿cómo la va a retirar? La cirugía para ello es muy complicada, casi imposible.

—Eso es cierto —reconoció Pedro—, que la cirugía es poco viable. Pero ya retiré en su día una de Anastasia. Y no, no era de Alexandre, sino de un amo anterior. Alexander no se atrevió a retirarla por el dolor necesario: Le puse la plancha de la ropa, caliente al máximo, sobre la marca durante diez minutos. No quedó nada de la marca.

»Así que ya sabéis lo que os espera si cambiáis de idea después de la marca. Ahora volvamos a las condiciones. A mis condiciones, porque cada amo tiene su punto de vista. Hablaré en plural, ya que os afecta a todas, no solo a vosotras dos, pero me centraré especialmente en la puta estúpida, porque supongo que no estas preparada para lo que te espera y que fallarás mucho de ahora en adelante.

»Empezaremos por recordar las normas básicas de protocolo del BDSM, ya que, al parecer, entra nosotros hay una novata que las desconoce: Soy un Amo y vosotras no. Por ello siempre me tratareis de usted. En toda situación que nos veamos, salvo que yo, específicamente, os indique lo contrario.

»Y, aunque eso es más específico y depende de gustos, sois mis putas esclavas, lo que significa que siempre que estemos solos o en presencia solo de gente que conozca la relación me llamareis «Amo». Mientras que si estamos en presencia de desconocidos o gente que no os conste que conoce la relación me llamareis «Señor».

»Por poner un ejemplo extremos, José Papis no es de la comunidad, pero se le ha presentado la comunidad y es, por ahora, un cliente asociado, es decir: conoce la relación aunque no participa de ella, a menos que pague. —Sandra levantó la mano—. Raquel no lo conoce, por lo que hasta que se lo presente me deberá llamar «Señor» en su presencia. Y sumando esta conversación a la presentación, a partir de ese momento, me llamará «Amo» aunque esté delante, siempre que no haya otro tercero. Tú, por supuesto, puta estúpida —se dirigió a Sandra mirándola a la cara y escupiéndola—. Me llamaras Amo en su presencia, siempre que no haya otros terceros ajenos. Por supuesto para eso deberéis estar muy atentas a quienes tengáis a la espalda.

»No os voy a castigar por aquello que no sepáis. Eso quiere decir que la faltas de tratamiento de puta estúpida no las tendré en cuenta, a menos que ella reconozca al final de la noche que sí conocía lo del tratamiento en el estilo de vida. De momento no se da el caso con Raquel, de algo dudoso, pero cuando se dé lo veremos.

»Por otra parte sois mis putas esclavas. Y eso es veinticuatro horas al día todos los días de vuestra vida mientras no me pidáis dejar de serlo.

»Por lo tanto vuestro cuerpo ya no es vuestro, es mío. Vuestra mente ya no es vuestra, es mía. Si trabajáis, si folláis, si estáis con la familia es porque yo os lo permito. Y por lo tanto en cualquier momento podría ordenaros que dejarais de hacerlo. Y por lo mismo puedo usaros, insultaros y vejaros en cualquier momento y lugar, esté quien esté delante. Y si en ocasiones no lo hago será porque no me apetezca o porque me pueda reportar algún problema a mí. Por eso follareis conmigo o quien yo diga cuando lo diga sin ponerme excusas ni problemas. Sea como sea esa persona. Y si queréis follar con alguien, cada vez, me pediréis permiso y esperareis a recibirlo. —Sandra volvió a levantar la mano—. ¿Sí Sandra?

—Dices…

—Ahora sí es una falta constitutiva de castigo —la interrumpió Pedro—. Recuerda el tratamiento.

—Perdón. Es la costumbre. Usted dice que consideremos a José, y supongo que a los demás, como participantes, al menos a título de conocimiento, del estilo de vida y de nuestra situación de esclavas, pero, ¿quién les informará de lo segundo?

—Tú. Al menos si quieres controlar cómo les llega la información y que no sea de forma humillante para ti. —Sandra se puso roja—. Aunque ya sabes que siempre puedes renunciar.

—No Amo —respondió Sandra—. No renuncio, pero ¿qué pasa con Pablo?

—Supongo que lo dice por lo de pedir permiso antes. —Sandra asintió con la cabeza—. Bien, esa es la norma general. Siempre hay excepciones. El caso de Pablo lo trataremos al final de la noche porque hay más cosas que hablar.

»Un ejemplo de excepción, aunque no os aplica a vosotros ahora, son las que trabajan de putas. Lo hacen por gusto, así que no pongas esa cara Sandra. Si te lo ordeno tú lo harás te guste o no. Pero no es el caso, por ahora con nadie. Las que trabajan de putas lo hacen porque quieren. En Hryhorivka Alexander tenía unos quinientos hombres y ellas eran menos de cien, así que como supondréis follaban bastante todos los días. Algunas deseaban seguir haciéndolo y tras una temporada en el puticlub de Juan Ángel, un amigo que les dio refugio cuando la muerte de Elena y mis discrepancias con la empresa me llevaron a huir, ya lo conoceréis. El caso es que me pidieron permiso y, tras establecer unos límites de seguridad acepté. Como es lógico ellas no piden permiso con los clientes. No sería operativo. Pero si lo hacen si quieren follar fuera del trabajo.

»En todo caso las normas las pongo yo… y las excepciones también. Como os decía sois mías. Vuestro cuerpo es mío. Eso quiere decir que no podéis usar ninguna parte de vuestro cuerpo para follar con nadie hasta que yo la hasta usado antes. Y usado quiere decir correrme con ella. —Raquel levantó la mano—. Por eso ahora te follaré, puta estúpida. Para que mañana puedas follar con Pablo. Pero no solo vuestro cuerpo, también vuestra mente, por lo que no quiero ver ninguna mala cara ante un insulto, una humillación o una riña, sea en privado o en público, merecida o no. Sonreiréis y mostréis que disfrutáis, ¿está claro puya estúpida?

—Sí Amo —respondió Sandra con una sonrisa tras unos segundos de vacilación.

—¿Qué querías Raquel?

—Perdón Amo, pero me asalta una duda —preguntó Raquel, Pedro asintió con la cabeza—, pues aunque usted me ha follada y se ha corrido en mi coño, ano y boca… y yo lo he acariciado con mis manos, no se ha corrido haciéndole una paja. ¿Quiere eso decir que no puedo usar las manos para masturbarme.

—Tú sí —respondió Pedro—. Quiero decir que sí podéis usar una parte del cuerpo, aunque no haya sido usada por mí en el sexo, para daros placer a vosotras mismas, siempre pidiendo permiso primero, pero no podéis usarla con un tercero.

»Es decir podrías masturbarte, aunque de ese tema hablaremos mañana con tus padres. —Sandra se puso roja al oír esas palabras, aunque no eran para ella—. ¡Mírala! Si va a resultar que la puya estúpida es una puta vergonzosa —se burló Pedro—. Como te decía pequeña, que no me hayas masturbado con las manos hasta correrme no te impediría usarlas para masturbarte, si pudieras, pero si usarlas para masturbar a otra persona, como tu padre o tu hermana. Lo que sí podrías usar es tu boca, tu culo o tu coño… aunque aquí entraran en juego otras implicaciones que te diré cuando estemos con tus padres.

»En cuanto a ti, puta estúpida —se dirigió a Sandra, que estaba una más roja—, y por lo que veo vergonzosa, ahora amos a follar, lo que te permitirá usar tu coño con Pablo. Pero aunque uses tu boca y tus manos para ponérmela dura, como no me voy a correr en ellas no las podrás usar con Pablo. In embargo, esta noche vamos a hacer una excepción, pues quiero ver cómo le comes el coño a la pequeña mientras te follo, así que aunque aún no las has usado conmigo, como yo te lo rodeno, la usaras con ella.

»Túmbate en la cama boca arriba y con las piernas abiertas. Empezaremos por algo suave: Raquel te comerá el coño para humedecerlo mientras yo me sitúo encima tuyo y me la vas poniendo dura con tu boca.

Una vez tumbada ciñó un dispositivo de actividad a su tobillo. Después la fue dando más indicaciones; la hizo extender los brazos en cruz y, después, llevar sus manos a sus hombros. Solo entonces, cuando él se arrodilló apoyando sus canillas sobre sus bíceps y antebrazos, ella se sintió completamente inmovilizada. Respiró aceleradamente con ansiedad, pero también con mucha excitación. Esta aumentó cuando sintió como la joven separaba sus piernas y la lengua húmeda de Raquel rozaba su rosado coño apartando los pelos que lo cubrían. Sin embargo, no fue exactamente eso lo que sintió cuando Pedro descendió hasta apoyar los muslos en sus propias pantorrillas, inmovilizando más aún sus brazos e introdujo su grueso y largo pene en su boca.

No es que ella no hubiera usado esta, pero con Pablo, siempre había sido estando él de pie y ella de rodillas, o sentado o tumbado y ella encima de él. Y con los anteriores solo en estas dos últimas situaciones y no dejándoles coger su cabeza, cosa que Pablo nunca hacía. Apoyar las manos sí, a veces, pero sin presionarla. Ella sí había fantaseado, aunque solo con Pablo, con los demás no había sentido suficiente confianza, con que la sujetase fuerte, pero no lo hacía. También había fantaseado mucho con Pedro, el Máster Brian de su juventud, cuando veía videos porno encasa de una amiga, que fue su primera amante. Ahora él se estaba introduciendo en su boca y salvo las piernas la tenía completamente inmovilizada. Sus pulsaciones subieron de excitación y tuvo que controlarse para no correrse entre esos pensamientos y la hábil lengua de Raquel. Inspiró y recurrió a las técnicas de meditación para alargar este momento, Había aceptado perder su categoría, ganada con esfuerzo, en dos ocasiones, para acercarse más a su ídolos de masturbaciones juveniles, pajas compartidas y sexo húmedo lésbico mientras ambas se excitaban viendo su cara y su verga en acción, en la pantalla, y fantaseando con tenerlo entre sus piernas.

Pedro vio en el monitor como, de repente, las pulsaciones bajaban casi hasta la normalidad. Introdujo su capullo hasta tocar con él la campanilla de la guardaespaldas. Las pulsaciones subieron un poco, pero sin pasar de 100. Lo que sí notó Pedro era como los músculos cercanos de la garganta se comprimían y relajaban en una lucha perdida. Sandra, mientras, estaba pugnando por conseguir que las arcadas que sentía al notar el inusual roce con su campanilla no se convirtiesen en una vomitera de bilis y jugos estomacales, pues hacia casi cinco hora que había comido. Perdió la batalla, aunque no llegó a salir nada pues justo cuando notaba que el contenido de su estómago subía por el esófago también notó otra presión que hizo que sus pulsaciones se disparasen de forma irregular más allá de ciento cuarenta: el intruso de su garganta rebasó la campanilla y taponó todas sus visa. Entró en pánico. Inspiró profundamente, pero nada de aire llegó a sus pulmones, la entrada estaba cerrada y no dependía de ella abrirla. Las pulsaciones rebasaron los 180.La presión cedió y Pedro se retiró permitiendo que entrase el aire en sus inspiraciones. La bilis y los jugos estomacales que habían frenado su velocidad de subida al encontrar un obstáculo en la parte alta del esófago salieron mucho más suavemente que un vomito, como baba amarilla por las comisuras de sus labios.

—Tranquila —dijo Pedro—. No dejaré que mueras. Aunque lo de permitirte respirar de forma continua va a ser que no. Inspira a fondo.

Sandra tomó todo el aire que sus pulmones fueron capaces de inhalar en una inspiración larga y profunda. Pedro entró de nuevo taponando la vía de entrada de aire y causándole nuevamente arcadas, aunque en esta ocasión el pase del capullo por la campanilla fue fugaz, pero la presión del tronco contra esta ejercía la misma función hacia su estómago haciendo que sus jugos, de nuevo, subieran hacia su boca. De nuevo fueron tapados por el capullo que obstruía su respiración, aunque con los pulmones llenos de aire y la seguridad de saber que ahora ni siquiera dependía de su voluntad respirar, sino de la de su idolatrado Master Brian y que su vida estaba, literalmente, en la polla de su ídolo, las pulsaciones aumentaron, pero de excitación. Aunque esa excitación apenas aguantó noventa segundos, antes de transformarse en necesidad. Necesidad de aire para sobrevivir. Trató de concentrarse y descubrió el fallo de su formación. Por suerte para ella, la verga de Pedro salió de su garganta dejándola tomar are desaforadamente.

Pero apenas necesitó córtale la respiración otras tres veces para tenerla dura y lo bastante rígida como para que le fuese doloroso metérsela hasta el esófago, así que se retiró del todo e indicó a Raquel que tomase su puesto mientras él tomaba el suyo.

Raquel había notado un aumento del flujo en la vagina de Sandra en las últimas ocasiones que Pedro la había cortado la respiración. «Está excitándose —pensó la joven—, pero no creo que llegue a hacerla correrse». Cuando Pedro indicó que cambiasen ella se situó en la misma forma que él había estado antes: con las canillas sobre el brazo y el antebrazo de la mujer. Sin embargo, en lugar de hacia su cara, Raquel se posicionó mirando hacia los pies. De ese modo, según le indicó Pedro en el wasap de instrucciones, cuando bajase para tapar la boca con el culo, obstruiría la nariz de la mujer con su culo. Además disponía de una muñequera, que le proporcionó Olha, con la que pulsando un botón reiniciaría el cronometro de la pantalla. Y también dos enganches que sujetó a sus muñecas con tiras a los laterales de la cama. Eran tiras anchas y negras, como los cinturones de un coche. Y como ellos, tuvo que jalar de ellos con suavidad. En el momento que se sentó sobre la cara de la mujer, Pedro encendió de nuevo la pantalla desde su mando de la muñequera, vio una onda de pulso cardiaco, un número, que en ese momento indicaba setenta y tres, del que dedujo eran las pulsaciones por el corazón que parpadeaba a su lado y6 un porcentaje en azul indicando el 96%, que por sus conocimientos de medicina, tomados de los libros de sus padres y de su ya interés pues el próximo curso esperaba estar en alguna facultad de Medicina, la saturación o proporción de oxígeno en sangre.

A una indicación de Pedro, coincidiendo con el momento que Pedro la penetraba de un empujón bajó obstruyendo boca y nariz y pulsó el crono. Apareció un reloj en pantalla mostrando 00:00:00 y la cuenta corrió a toda velocidad, pues los dos últimos eran décimas y centésimas de segundo y los dos primeros minutos. Pedro entraba y salía de la mujer; sus pulsaciones aumentaban, en el minuto ya indicaban 160; el ritmo se hacía más irregular y la saturación bajaba indicando 94%; hizo amago de levantarse, pero Pedro la ordenó que no con la cabeza. Lo intentó otra vez al cumplirse el minuto y medio con más de 190 pulsaciones y 92% de saturación y Pedro la volvió a indicar que no con la cabeza a la vez que pegaba un fuerte tirón de un puñado de pelos del pubis arrancándoselos. Las pulsaciones subieron a 205; la saturación bajó al 91%; siguió indicándole que no con la cabeza. Dos minutos; Sandra mordió el coño de Raquel al borde del desmayo; pulsaciones a 219; saturación 90%; Pedro asiente y Raquel se eleva. Las pulsaciones bajan a 160 mientras Sandra inspira tres veces, respira dos, Pedro indica que bajé, insiste por señas. Raquel baja y la asfixia en la tercera inspiración. Raquel aguanta al borde del orgasmo mientras Sandra, esta vez muerde con más fuerza su coño, aunque sin poder cerrar las mandíbulas por la presión. Pedro le ha dicho que se puede correr cuanto quiera, pero está convencida que si se deja ir perderá la presión de ahogo sobre la mujer. Espera a que las pulsaciones suban por encima de 210 para su primer amago de levantarse; la saturación está en unos peligrosos 88%. Pedro niega y, sin dejar de salir y entrar de ella, tira de otro mechón de pelos del pubis. Las pulsaciones suben a 223 y Pedro la indica que se levante. Nota humedad en su sexo. Cree que podrían ser sus jugos, pese a que ha contenido el orgasmo, pero también que podría ser sangre, pese a que la mujer no ha podido cerrar las mandíbulas, pero sí clavarle los dientes. La hace bajar en la segunda inspiración con las pulsaciones a 178 y la saturación apenas en 90%. Sandra hace amago de empujarla fuera de ella, como Pedro la avisó y Raquel extiende sus bazos, sujeta con las manos las tiras y jala de ellas con fuerza: Las tiras se bloquean sujetándola hacia abajo haciendo más presión sobre la cara de la mujer. Sandra contra ataca: sus dientes se le clavan en la piel y está casi segura de que está sangrando. Pedro jala un mechón algo más grueso que los anteriores y tira con fuerza de él. Algo de piel sigue a los pelos. Con la otra mano, con el puño cerrado, golpea el estómago de la guardaespaldas, Sandra se corre en un brutal orgasmo mientras sus pulsaciones se disparan a 230 y la saturación baja de nuevo a 88%. Pedro hace la señal de emergencia a Raquel. Ella suelta las tiras y se deshace de las muñequeras de velcro. Baja de la cama con todo el choco dolorido y húmedo. Mira atrás y ve gotas de sangre. Toma el kit de oxigeno de emergencia, pone la mascarilla en la boca y nariz de la mujer y abre la válvula. Mira la pantalla. Las pulsaciones siguen en 223, pero la saturación va subiendo de 89% a 94%. Retira la mascarilla. Se sienta de nuevo sobre la cara de Sandra, que no ha quitado los brazos de la posición que le indicó Pedro. Ahora lo hace inclinada sobre su pecho y apoyando las manos en las pequeñas tetas de la mujer.

—¡Ahora chupa! —ordena Raquel seca como Pedro le había indicado—, ¡Venga Puta estúpida, que tienes que hacer que me corra!