Profesora chantajeada por los amigos de su hijo 6
La casa está vacía, el marido y el hijo se han ido, y el grupo de WhatsApp vibra con una promesa prohibida. Dora sabe que esta noche no será una noche normal: va a entregar su cuerpo y sus secretos a los jóvenes que siempre la miraron con deseo.
Dora llegó a casa pasadas las dos de la madrugada. El vestidito negro de lycra seguía pegado a su piel, húmedo en algunos sitios, y los tacones rojos resonaban con un sonido obsceno en el pasillo silencioso. Se quitó los zapatos antes de entrar para no despertar a nadie. La casa olía a cena recalentada y a la colonia suave de su marido. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Se duchó rápido, con el agua muy caliente, pero no para borrar nada: para revivirlo. Cada gota que caía sobre sus pechos hinchados le recordaba las manos que la habían apretado, las pollas que habían entrado y salido despacio, como ella había suplicado. Cuando se tocó entre las piernas, todavía sensible y un poco dolorida, se corrió en menos de un minuto contra la pared de azulejos, mordiéndose el labio para no gemir.
Se metió en la cama al lado de su marido, que roncaba suavemente. Él ni se enteró. Dora se quedó mirando el techo, con el coño todavía palpitando y una sonrisa pequeña, secreta, en los labios.
Al día siguiente, miércoles, todo siguió igual por fuera. Desayuno familiar. Tom, su hijo de 18 años, comentando algo del instituto. Su marido, Carlos, hablando del trabajo. Dora sonreía, asentía, preparaba café. Pero por dentro ardía. Cada vez que cerraba los ojos veía la habitación del hotel, los cinco chicos desnudos, la cámara grabando, su propia voz pidiendo más, más despacio, más fuerte, más.
Por la tarde, en el gimnasio, se corrió dos veces en la sauna vacía, con la mano dentro del pantalón de deporte, recordando cómo se había meado de gusto sobre el colchón de plástico.
El jueves por la mañana Carlos y Tom cargaban el coche. Iban a pasar el fin de semana en casa de los padres de Carlos, en el pueblo. Una tradición que Dora siempre había odiado un poco: tres días de comidas pesadas, conversaciones aburridas y miradas de suegra.
—Mamá, ¿seguro que no quieres venir? —preguntó Tom desde la puerta, con una mochila al hombro—. Papá dice que la abuela ha hecho empanadas.
Dora sonrió desde la cocina, con su bata de seda corta (ya no usaba las largas y recatadas).
—No, cariño. Tengo planes con las chicas del trabajo. Cena de viernes y quizá algo el sábado. Necesito desconectar un poco.
Carlos se acercó, le dio un beso rápido en la mejilla.
—Pásalo bien, amor. No hagas muchas locuras —bromeó, sin sospechar nada.
Dora lo miró a los ojos un segundo. «Locuras», pensó. Si supieras.
Cuando el coche desapareció al final de la calle, Dora respiró hondo. La casa era suya. Todo el fin de semana. Sacó el móvil y abrió el grupo de WhatsApp que había creado hacía una semana: «Los cinco». Los mismos que la habían follado hasta dejarla temblando en el hotel.
Mensaje de voz, voz ronca y dulce:
—Chicos… mi marido y mi hijo se han ido hasta el domingo por la noche. La casa es mía. Viernes por la tarde, a las 7. Traed lo que queráis: alcohol, juguetes, lo que os apetezca. Yo estaré lista. Muy lista.
Casi al instante llegaron respuestas:
Héctor: Joder, Dora, ¿en serio? En tu casa? Juan: Me pongo duro solo de pensarlo. Raúl: Llevo la cámara buena. Marcos: ¿Podemos quedarnos a dormir? El quinto, el que siempre era más callado pero la había follado el culo más profundo: Traigo lubricante y algo para que te corras como una fuente otra vez.
Dora se mordió el labio y contestó con voz temblorosa de excitación:
—Traed todo. Y sí… podéis quedaros. Quiero despertarme con polla dentro. Varias, si hace falta.
Envió una foto: ella en el salón, con la bata abierta, tetas al aire, coño ya brillando. Sin texto. Solo la imagen.
Luego se fue al baño, se depiló completamente otra vez, se puso crema hidratante cara, se maquilló como una puta de lujo: labios rojos brillantes, ojos ahumados, coleta alta. Se probó varios conjuntos y al final eligió uno sencillo pero letal: un vestido negro muy corto, sin tirantes, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Debajo, nada. Ni bragas, ni sujetador. Tacones rojos, los mismos del hotel.
Se miró en el espejo grande del dormitorio.
—Soy una puta —susurró—. Y me encanta.
El viernes por la tarde, a las 18:45, sonó el timbre. Dora abrió la puerta con el corazón latiéndole fuerte y una sonrisa de zorra feliz.
Allí estaban los cinco. Con bolsas, botellas, una mochila sospechosa y miradas que ya la desnudaban.
—Hola, chicos —dijo ella, abriendo la puerta de par en par—. Pasad. La casa es vuestra… y yo también.
Héctor fue el primero en entrar. Le puso una mano en la cintura y la besó en la boca, profundo, sin preguntar.
—Esta vez no hay chantaje, Dora. Esto es porque tú quieres.
Ella gimió contra su boca, ya mojada.
—Sí… quiero. Quiero todo.
Y cerró la puerta detrás de ellos.
Los cinco chicos entraron al salón como si ya fueran dueños del lugar. Dora los siguió, el vestido negro pegado a su piel, el coño ya húmedo solo de verlos allí, en su espacio familiar. El sofá donde veía la tele con Carlos y Tom, la mesa donde cenaban, las fotos de familia en las estanterías. Todo parecía inocente, pero ahora olía a promesa de sexo crudo.
Héctor, siempre el líder, se dejó caer en el sofá grande y abrió una de las bolsas. Sacó una botella de whisky caro y unos vasos de plástico.
—Bonita casa, profe —dijo con esa sonrisa tranquila que la hacía temblar—. ¿O debería decir puta? Porque después del hotel, ya no hay vuelta atrás.
Dora se mordió el labio, sintiendo un latido fuerte entre las piernas. Se acercó, contoneando las caderas sin darse cuenta.
—Llamadme como queráis —susurró, voz ronca—. Mientras me folléis como la última vez.
Juan rio y se sentó al lado de Héctor, abriendo otra bolsa. Sacó un vibrador negro, largo y grueso, con un mando a distancia.
—Mira lo que traemos para ti, Dora. Para que empieces a calentar.
Raúl, el de la cámara, ya estaba montando el trípode en una esquina del salón, enfocando el sofá.
—Voy a grabar todo. Para que lo veas después y te corras sola recordándolo.
Marcos y el quinto, Pablo, se ocuparon de las botellas: cerveza fría, más whisky, algo de vodka. Pusieron música en un altavoz portátil: un ritmo bajo, electrónico, que vibraba en el suelo.
Dora se quedó de pie en medio del salón, mirándolos. El corazón le latía fuerte. Esto era su casa. Su territorio. Pero ellos lo estaban invadiendo, y le encantaba.
—¿Qué queréis que haga primero? —preguntó, voz temblorosa de excitación.
Héctor la miró de arriba abajo, bebiendo un trago directo de la botella.
—Quítate el vestido. Despacio. Como en el hotel. Enséñanos lo que hay debajo.
Dora obedeció. Sus manos subieron al dobladillo del vestido negro, lo levantó centímetro a centímetro, dejando ver sus muslos pálidos, el coño depilado ya brillante de humedad, el vientre plano, las tetas pesadas saltando libres cuando la tela pasó por su cabeza. Quedó desnuda salvo los tacones rojos, el pelo en coleta alta balanceándose.
Los chicos silbaron bajo, miradas hambrientas.
—Joder, mira cómo chorrea ya —dijo Juan, señalando el hilito transparente que le bajaba por el muslo.
Dora sonrió, orgullosa, y se tocó un poco, metiendo un dedo en su coño y sacándolo mojado.
—Estoy así desde que os invité. Quiero que me uséis aquí, en mi sofá.
Pablo, el callado, se levantó y le cogió la mano, llevándosela a su polla ya dura bajo los pantalones.
—Arrodíllate, puta. Empieza con una mamada para cada uno. Despacio, como te gusta.
Dora cayó de rodillas en la alfombra del salón, la misma donde Tom jugaba de pequeño. Abrió el pantalón de Pablo y sacó su polla gruesa, curva. La miró un segundo, luego abrió la boca y la tragó entera, hasta la garganta. Sin arcadas. Solo placer.
Gemía alrededor de la polla, saliva empezando a caer por su barbilla. Los otros miraban, bebiendo, tocándose.
Raúl ajustó la cámara: —Sonríe para el vídeo, Dora. Di lo que eres.
Ella sacó la polla un segundo, jadeando: —Soy vuestra puta. En mi propia casa. Follando con los amigos de mi hijo.
Y volvió a engullirla, chupando despacio, profunda.
Héctor se acercó por detrás, le separó las nalgas y le metió dos dedos en el coño de golpe.
—Estás empapada. ¿Te excita que estemos aquí, donde comes con tu familia?
Dora gimió fuerte alrededor de la polla de Pablo, asintiendo. Los dedos chapoteaban dentro de ella, y ya sentía el primer orgasmo acercándose.
Juan cogió el vibrador y lo encendió, pasándoselo por los pezones.
—Vamos a hacer que te corras antes de que nos turnemos. Abre las piernas más.
Dora obedeció, rodillas separadas en la alfombra. El vibrador bajó a su clítoris, vibrando bajo. Ella tembló, la polla de Pablo saliendo y entrando lenta en su boca.
Marcos se unió, pellizcándole las tetas con fuerza.
—Gime más fuerte, profe. Que se oiga en toda la casa.
El orgasmo llegó brutal: Dora se corrió gritando alrededor de la polla, un squirt corto pero potente que mojó la alfombra y los pies de Héctor.
—Dios… ya me corro… ¡sí!
Sacaron la polla de su boca, y ella jadeó, temblando.
—Siguiente… quiero otra polla ya.
Los chicos rieron, y Juan tomó el lugar de Pablo. La primera hora en el salón acababa de empezar, y Dora ya sabía que sería interminable.
Los chicos no perdieron tiempo. Después de la primera mamada a Pablo, con Dora de rodillas en la alfombra del salón jadeando por su primer orgasmo, Héctor la levantó por los brazos como si fuera una muñeca y la tiró boca arriba en el sofá grande. El mismo sofá donde su familia veía películas los domingos. Dora rebotó un poco, las tetas temblando, las piernas abiertas por instinto, el coño chorreando un hilito que ya manchaba el cuero.
—Ahora vamos a rotar como en el hotel —dijo Héctor, desabrochándose el pantalón—. Despacio, profundo. Boca, coño, culo. Una polla cada vez. Y tú, puta, vas a squirt hasta empapar todo esto.
Dora gimió, asintiendo, los ojos brillantes de anticipación.
—Sí… por favor… hacedlo despacio al principio. Quiero sentir cada centímetro.
Juan fue el primero en el coño. Se arrodilló entre sus piernas, la polla dura y venosa rozando su entrada empapada. Empujó centímetro a centímetro, como ella había pedido. Dora arqueó la espalda, un gemido largo saliendo de su garganta.
—Dios… sí… así… lento… me estás abriendo entera…
Raúl se colocó al lado de su cabeza, polla en mano, y se la metió en la boca despacio, hasta el fondo. Dora succionó, saliva cayendo por las comisuras, mientras Juan empezaba a moverse: salida lenta, entrada profunda.
Marcos y Pablo miraban, tocándose, bebiendo cerveza. El vibrador seguía encendido en la mesa, zumbando como una promesa.
A los tres minutos, Dora empezó a temblar. El ritmo lento la volvía loca: cada embestida de Juan golpeando su punto G, la polla de Raúl llenándole la garganta. El orgasmo llegó suave al principio, luego brutal. Un squirt salió disparado alrededor de la polla de Juan, mojando sus abdominales, el sofá, incluso salpicando a Marcos que estaba cerca.
—¡Me corro! ¡Joder, mirad cómo squirteo! ¡No paréis!
Juan sacó la polla con un sonido húmedo, semen no, solo sus jugos. Rotaron: ahora Pablo en el coño, despacio como antes, y Marcos en la boca.
—Más profundo… —suplicó Dora entre gorgoteos—. Quiero sentirlo en el estómago.
Pablo obedeció, enterrándose hasta los huevos en una sola embestida lenta. Dora gritó alrededor de la polla de Marcos, las tetas rebotando. El salón olía a sexo: sudor, humedad, cerveza derramada.
Héctor cogió el vibrador y lo puso en su clítoris mientras Pablo la follaba.
—Vamos a hacer que squirt más fuerte, profe. Imagina que tu marido entra ahora y te ve así.
Dora se corrió otra vez, el squirt saliendo en chorros intermitentes, empapando el brazo de Héctor, el suelo bajo el sofá. Temblaba tanto que los tacones rojos patinaban en la alfombra mojada.
—Cambiad… quiero en el culo ahora —jadeó ella, sacando la polla de la boca—. Despacio… abridme bien.
Raúl la puso a cuatro patas en el sofá, culo en pompa. Untó lubricante (el que Pablo había traído) y empujó despacio en su culito depilado. Dora gimió alto, empujando hacia atrás.
—Ahí… sí… me encanta despacio en el culo… me hace correrme tanto…
Juan se arrodilló delante y le metió la polla en la boca. Rotación perfecta: lento, profundo, sin prisa. Los otros grababan con móviles, riendo.
A los cinco minutos, tercer orgasmo: squirt desde el coño vacío, pero tan fuerte que mojó las piernas de Raúl y goteó al suelo.
—Soy una fuente… miradme… ¡me corro sin que me toquéis el coño!
Siguieron rotando: Marcos en el culo, Pablo en la boca. Luego Héctor en el coño otra vez, Juan en el culo. Dora perdía la cuenta de los orgasmos. El sofá estaba empapado, charcos en la alfombra, el aire denso.
Después de media hora, Dora jadeaba, cuerpo brillante de sudor y squirt.
—Acelerad un poco… folladme más fuerte ahora… pero seguid rotando.
Los chicos asintieron, pollas duras como piedras. La primera hora en el salón terminaba, pero la noche apenas empezaba.
Después de casi una hora de follada intensa en el salón, el sofá estaba completamente destruido: lleno de manchas, charcos de squirt y olor a sexo. Dora yacía tirada, jadeando, el cuerpo brillante de sudor, el maquillaje corrido y el coño rojo e hinchado.
Héctor la cogió por el pelo con fuerza y la obligó a mirarlo.
—Levántate, puta. Esto recién empieza. Vamos a tu habitación. Quiero follarte en la cama donde duermes con tu marido.
Dora tembló. Una mezcla de vergüenza y excitación brutal la recorrió.
—¿En… en mi cama matrimonial? —susurró.
—Exacto —respondió Juan con una sonrisa cruel—. Vamos a destrozar esa cama.
Los cinco la obligaron a subir las escaleras completamente desnuda, solo con los tacones rojos. Raúl iba detrás grabando todo. Cuando entraron al dormitorio principal, Dora sintió un nudo en la garganta.
La cama king size perfectamente hecha, las sábanas blancas limpias, las fotos de su boda y de Tom en la mesita de noche. Todo tan normal… hasta ahora.
—Joder, qué cama más grande —dijo Marcos, tirando de las sábanas de un tirón—. Perfecta para cinco pollas.
Héctor empujó a Dora sobre la cama boca arriba. Ella cayó con las piernas abiertas, mirando el techo donde tantas noches había follado aburridamente con Carlos.
Pablo abrió la mochila grande que habían traído y sacó varios juguetes: un dildo negro enorme (más grueso que ninguna de sus pollas), esposas acolchadas, un collar con cadena y un plug anal de tamaño medio.
—Vamos a jugar en serio ahora —dijo Pablo.
Dora abrió mucho los ojos al ver el dildo.
—Es demasiado grande…
—Pues te lo vas a tragar entero —le respondió Héctor—. Abre las piernas.
Dos chicos le sujetaron las piernas bien abiertas mientras Pablo empezaba a meterle el dildo enorme poco a poco. Dora gritó de placer y dolor mezclado.
—¡Ahhh! ¡Despacio! ¡Me parte en dos!
Mientras Pablo la follaba con el juguete, Héctor le puso el collar y tiró de la cadena.
—Dime la verdad, Dora. ¿Cuánto tiempo llevas soñando con esto? ¿Desde cuándo eres una puta?
Dora gemía fuerte, casi sin poder hablar mientras el dildo entraba y salía.
—Desde… hace años… —confesó entre jadeos—. Siempre he sido una guarra… pero lo escondía. Fantaseaba con que los amigos de Tom me usaran… me follasen en mi propia casa…
Los chicos rieron.
—Sabía que eras una zorra reprimida —dijo Juan.
Entonces empezó lo más fuerte.
Héctor y Pablo la pusieron a cuatro patas en la cama de matrimonio. Héctor le metió la polla en el coño de un golpe fuerte, mientras Pablo le metía la suya en el culo al mismo tiempo.
Doble penetración completa.
—¡Dios mío! ¡Me vais a romper! —gritó Dora, casi llorando de placer.
Los dos empezaron a follarla con fuerza, sincronizados. La cama crujía violentamente. Las tetas de Dora se balanceaban como locas mientras gemía sin control.
Raúl le metió la polla en la boca, follándole la garganta. Ahora tenía tres agujeros ocupados al mismo tiempo.
—Squirtea otra vez, puta —ordenó Héctor tirando del collar—. Moja la cama de tu marido.
Y Dora se corrió brutalmente. Un squirt potente salió disparado, empapando las sábanas, las almohadas y hasta el cabecero. Gritaba como una loca alrededor de la polla de Raúl.
Siguieron rotando sin piedad. Cada pareja de chicos la follaba en DP (doble penetración) mientras otro le usaba la boca. La cama se convirtió en un desastre absoluto: sábanas empapadas, olor a sudor y sexo, gemidos y golpes de carne por todos lados.
Después de casi 40 minutos de follada salvaje, Dora estaba destrozada, temblando, con la voz ronca de tanto gritar.
Marcos se acercó a su oído y le susurró:
—Todavía nos queda toda la noche… ¿Quieres que sigamos siendo suaves o prefieres que te tratemos como la puta barata que eres?
Dora, con la mirada perdida de placer, respondió con voz quebrada:
—Tratadme como una puta… sin piedad.
Dora jadeaba en la cama matrimonial, con Raúl enterrado en su coño y Juan follándole el culo despacio pero con fuerza, cada embestida haciendo que sus tetas rebotaran contra el colchón. El satisfyer seguía zumbando en algún lugar de la cama, olvidado pero aún encendido, vibrando contra las sábanas empapadas. Ella tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gemido constante, el cuerpo brillante de sudor y squirt.
—Quiero tres… —repitió con voz rota, mirando a Héctor directamente a los ojos—. Métemela en la boca… quiero sentirme llena por completo… como una puta de verdad.
Héctor sonrió con esa malicia que la hacía derretir. Se arrodilló delante de ella en la cama, polla dura y venosa rozando sus labios hinchados.
—Pide bien, Dora. Di lo que quieres exactamente. Y mientras, cuéntanos esa confesión más oscura de tu pasado. La que nunca le has dicho a nadie.
Dora sacó la lengua y lamió la punta de su polla, saboreando el precum salado. Raúl y Juan no paraban: embestidas sincronizadas, abriéndola al límite.
—Quiero tu polla en mi garganta… hasta el fondo… mientras estos dos me rompen el coño y el culo… —suplicó, voz temblorosa—. Y… mi confesión más oscura… fue hace cinco años… en una fiesta de padres del instituto… me follé a tres padres de alumnos míos… en el baño de la escuela… uno era el padre de un amigo de Tom… me grabaron con el móvil… y me hicieron tragar todo… pero lo peor… es que lo hice sabiendo que Tom estaba en la fiesta, a pocos metros… y me corrí pensando en que podía entrar y verme…
Héctor gruñó de placer y le metió la polla en la boca de un empujón lento pero implacable. Dora tuvo una arcada violenta, saliva cayendo a chorros por su barbilla, pero no se apartó. Succiono con fuerza, garganta abierta, mientras las tres pollas la penetraban: coño, culo, boca. El ritmo era brutal ahora, no tan despacio como antes. Cada embestida la hacía temblar, el cuerpo convulsionando.
Pablo y Marcos miraban desde el borde de la cama, tocándose, esperando su turno.
—Joder, qué puta eres, Dora —dijo Pablo, voz baja—. Confiesa más. ¿Cuántas veces has follado con alumnos o padres?
Dora sacó la polla de Héctor un segundo para jadear, con hilos de saliva conectando su boca a la polla.
—Dos alumnos… hace tres años… en mi despacho… después de clases… y un padre… el año pasado… en el parking del instituto… me dejó el coño lleno… y volví a casa con Carlos así… follé con él esa noche sintiendo la leche de otro dentro…
Juan aceleró en su culo, golpeando fuerte.
—Eres una cerda casada. ¿Y tu hijo? ¿Alguna vez has fantaseado con algo prohibido?
Dora gimió alto, el orgasmo acercándose como un tren.
—No… nunca con Tom… pero… he oído a sus amigos hablar de mí… y me he tocado pensando en ellos… como ahora…
El orgasmo explotó. Dora se corrió gritando alrededor de la polla de Héctor, un squirt violento saliendo disparado del coño, empapando las piernas de Raúl y las sábanas matrimoniales. Chorros calientes, intermitentes, mezclados con meada de placer incontrolable. Temblaba tanto que las tres pollas casi se salen, pero ellos la sujetaron fuerte.
—No pares… ¡llenadme! —gritó cuando pudo, voz ronca—. Quiero creampies en todos los agujeros…
Raúl fue el primero en correrse: chorros calientes en su coño, rebosando inmediatamente. Sacó la polla y el semen blanco chorreó por sus muslos.
Juan siguió, explotando en su culo con un gruñido animal.
Héctor la agarró del pelo y se corrió en su garganta, obligándola a tragar todo.
Dora quedó tumbada, temblando, semen saliendo de todos sus agujeros, la cama destrozada.
Pero miró a Pablo y Marcos con ojos hambrientos.
—Ahora vosotros… quiero más… usad los juguetes… hacedme squirtear hasta que no pueda más.
Pablo y Marcos no se hicieron de rogar. Dora seguía tumbada en la cama matrimonial, el cuerpo convulsionando con réplicas de placer, semen blanco y espeso chorreando de su coño y culo, manchando las sábanas que olían a la colonia de Carlos. Ella jadeaba, los ojos vidriosos, pero su mirada era de pura hambre cuando se fijó en los dos que quedaban.
—Venid… —susurró con voz ronca, extendiendo una mano temblorosa—. Usad el satisfyer… el dildo… lo que queráis… quiero squirtear hasta mojar toda la cama… y luego llenadme con vuestras pollas…
Pablo, el callado pero intenso, cogió el satisfyer de la cama y lo encendió al máximo. El zumbido llenó la habitación. Marcos agarró el dildo grueso de 22 cm, untándolo con lubricante extra.
—Primero vamos a jugar un poco, puta —dijo Pablo, arrodillándose entre sus piernas abiertas—. Abre más. Quiero verte squirtear sin tocarte con polla todavía.
Dora obedeció, separando las rodillas hasta que le dolieron los músculos. Pablo colocó el satisfyer directamente en su clítoris hinchado, la succión brutal empezando de inmediato. Dora arqueó la espalda como si la electrocutaran.
—¡Ahhh, joder! ¡Es demasiado fuerte… me voy a correr ya!
Marcos se unió, metiendo el dildo despacio en su coño ya rebosante de semen. Lo hundió centímetro a centímetro, girándolo para que las venas falsas rozaran sus paredes sensibles.
—Confiesa más, Dora —exigió Marcos mientras empujaba—. ¿Cuál es la follada más sucia que has tenido en esta casa?
Ella gimió alto, el satisfyer succionando sin piedad, el dildo llenándola al límite.
—Aquí… en esta cama… hace un año… me follé al fontanero… mientras Carlos y Tom estaban en el salón viendo fútbol… me tapó la boca para que no gritara… me corrí tres veces… y tragué su leche para no dejar rastro…
Héctor, Raúl y Juan miraban desde los lados, recuperándose, pollas semi-duras empezando a endurecerse otra vez. La cámara grababa todo: los chorros que empezaban a salir.
El orgasmo llegó como un tsunami. Dora gritó, el cuerpo entero convulsionando, un squirt potente saliendo disparado alrededor del dildo, empapando el brazo de Marcos, el satisfyer, las tetas de ella misma. Chorros calientes, mezclados con meada incontrolable, mojando la colcha hasta que formó un charco oscuro.
—¡Me corro! ¡Mirad cómo me meo de placer! ¡No paréis… metedme el dildo en el culo ahora!
Pablo sacó el satisfyer un segundo para que respirara, pero Marcos cambió el dildo al culo, empujando fuerte. El satisfyer volvió al clítoris.
—Otra confesión —dijo Pablo, voz oscura—. ¿Alguna vez has usado juguetes pensando en nosotros?
—Sí… —admitió Dora entre jadeos—. Después del chantaje… me tocaba con esto… imaginando que erais vosotros… los amigos de mi hijo… follándome en clase…
Segundo orgasmo: squirt aún más brutal, salpicando la pared detrás de la cama, mojando la foto de la boda en la mesita. Dora temblaba como una hoja, lágrimas de placer cayéndole por la cara.
—Ahora pollas —suplicó—. Llenadme… quiero creampies frescos…
Pablo tiró el satisfyer y se colocó entre sus piernas, metiendo su polla gruesa en el coño de un empujón. Marcos sacó el dildo y entró en su culo, sincronizándose con Pablo.
Los otros tres se unieron: Héctor en la boca, Raúl y Juan pellizcando tetas y clítoris.
Era una ronda salvaje ahora: cinco pollas turnándose en sus agujeros, juguetes vibrando en los huecos libres. Dora se corrió cuatro veces más, squirts empapando todo, meadas calientes saliendo sin control.
Pablo se corrió primero en su coño: chorros abundantes, rebosando.
—Lléname… sí… ¡siente cómo reboso!
Marcos explotó en su culo segundos después.
Héctor la sacó de la boca y se corrió en sus tetas, pintándolas blanco.
Dora quedó destrozada, pero miró al grupo con una sonrisa ida.
—Más… toda la noche… no paréis…
La noche se diluyó en un borrón de orgasmos interminables. Dora perdió la cuenta de cuántas veces se había corrido, cuántos creampies habían llenado sus agujeros, cuántos squirts habían empapado la cama matrimonial hasta que las sábanas eran un desastre pegajoso e irreparable. Los cinco chicos se turnaron sin descanso, usando su cuerpo como un juguete vivo: pollas, dildos, vibradores, dedos, lenguas. Ella suplicaba más, confesando pecados cada vez más oscuros entre gemidos —como aquella vez en el gimnasio con el entrenador personal, o la aventura rápida con un compañero de trabajo en el ascensor del instituto—. Al amanecer, exhaustos, se durmieron en un enredo de cuerpos sudorosos sobre la cama destrozada.
Dora se despertó primero, con el sol filtrándose por las cortinas. Su cuerpo dolía deliciosamente: coño y culo hinchados, tetas marcadas con chupetones, piernas temblorosas. Héctor dormía a su lado, una mano posesiva sobre su muslo. Juan roncaba en el suelo, sobre la alfombra empapada. Los otros tres estaban esparcidos por la habitación. Ella sonrió, sintiéndose viva, poderosa, adicta. Se levantó despacio, sin vestirse —desnuda salvo por el semen seco en su piel—, y bajó a la cocina.
Preparó café, huevos, tostadas. El olor familiar de desayuno casero llenó la casa, pero su mente estaba en otra parte: en las confesiones de la noche, en cómo cada revelación la había liberado un poco más. Mientras removía los huevos, se tocó distraídamente, metiendo un dedo en su coño todavía sensible. Un gemido escapó de sus labios.
Héctor fue el primero en bajar, desnudo y con la polla semi-dura.
—Buenos días, puta —dijo, acercándose por detrás y apretando su cuerpo contra el de ella—. Hueles a sexo y a café. Perfecto.
Dora se giró, besándolo profundo, sintiendo su polla endurecerse contra su vientre.
—Buenos días… ¿Quieres desayuno? O… ¿yo primero?
Él la levantó sobre la encimera de la cocina —la misma donde preparaba la comida para Carlos y Tom— y le abrió las piernas.
—Tú siempre primero.
Le metió la polla en el coño de un empujón, despacio al principio, como a ella le gustaba. Dora gimió alto, agarrándose al borde de la encimera.
—Fóllame aquí… donde cocino para mi familia… hazme correrme antes de que bajen los demás.
Héctor aceleró, golpeando fuerte. Los huevos se quemaban en la sartén, pero a ella no le importaba. Se corrió rápido, un squirt salpicando el suelo de la cocina, mojando los pies de Héctor.
—¡Sí… Dios, me corro en mi propia cocina!
Los otros bajaron atraídos por los gemidos. Juan se unió, metiéndole la polla en la boca mientras Héctor seguía follándola. Raúl y Marcos la tocaron por todas partes, Pablo grabando con el móvil.
—Confiesa algo nuevo, Dora —dijo Juan, follándole la garganta—. Algo que nos ponga duros para el desayuno.
Ella gorgoteó alrededor de la polla, luego sacó un segundo para jadear:
—He follado… con mujeres también… dos veces… una fue la madre de una alumna… en el baño del instituto… nos grabamos lamiéndonos… y la otra… una desconocida en un club… me hizo squirtear con un strap-on… me sentí tan sucia… tan libre…
Los chicos gruñeron de excitación. La ronda en la cocina se volvió salvaje: turnándose en sus agujeros sobre la encimera, la mesa del desayuno, incluso contra la nevera donde había dibujos de Tom de niño. Dora se corrió tres veces más, squirts empapando el suelo, meadas de placer incontrolables. Creampies frescos chorreando por sus muslos mientras comían los huevos quemados, riendo.
El resto del fin de semana fue un maratón: sexo en el salón, en el baño, en el jardín trasero a medianoche. Dora confesaba más: aventuras con vecinos, un trío con dos profesoras en una convención educativa, incluso una noche con una mujer trans en un hotel anónimo que la había hecho cuestionar todo. Cada revelación la evolucionaba: de profesora chantajeada a mujer liberada, adicta al placer sin límites, explorando fronteras con hombres, mujeres, quien fuera.
El domingo por la tarde, los chicos se fueron, dejando la casa en caos. Dora limpió lo justo, se duchó, y se miró en el espejo: ojos brillantes, cuerpo marcado, alma transformada. Carlos y Tom llegarían pronto. Pero en su mente, ya planeaba la próxima: quizás invitar a esa madre de alumna, o buscar nuevas presas. El chantaje había terminado, pero su evolución apenas empezaba.
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- Relato #249821— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
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